Tengo tantas posibilidades de pasar a la historia del arte como cualquiera. Kieffer, Barceló, Koons, Lita Cabellut y Antonio López no son mejores artistas que yo. No se entra en este selecto círculo por cotización y cantidad de obra, sino por criterio, calidad y oportunidad. Leonardo da Vinci, Velázquez y Vermeer tienen muy poca obra, Picasso y los expresionistas abstractos americanos demasiada, y hasta hace poco era condición indispensable ser hombre. También ayuda que alguien se fije en ti, desde otro lugar, a ser posible intelectualmente excitante, como Ali Smith reivindicando, como quién no quiere la cosa, la obra de Pauline Boty, en un libro extraño y envolvente titulado Otoño. No entender eso es abrazar la fe del mercado, olvidarse del criterio personal e identificar la historia del arte con el arte contemporáneo, y jamás han ido de la mano. Insisto, porque es importante: nunca la contemporaneidad ha escrito la historia del arte, por eso suelo decir que el arte -se entiende el que se está haciendo ahora mismo- está en todas partes, excepto donde nos dicen que está. Una aseveración inspirada sin duda en estas palabras de Paul Claudel: “la poesía está en todas partes, excepto en los malos poetas”.

Lo pensaba el sábado por la tarde, mientras entregaba en mi estudio una menina, firmada en 2008, a unos clientes, pero no llegaron a formular ninguna pregunta comprometedora y nos ahorramos la respuesta. Otras veces he tenido que explicarlo, escogiendo muy bien mis palabras, para no parecer arrogante. Me gustaría explicárselo a un coleccionista que hace muchos años que quiere que le regale una obra, o más de una, me lo ha propuesto de mil maneras diferentes, dice que me interesa estar en su colección; por lo visto no soy lo suficientemente bueno como para gastarse el dinero, pero tampoco quiere quedarse con las manos vacías. Me resulta un poco insultante, la verdad, aunque sé que no es su intención ofenderme. Otro, dueño y señor de una colección muy particular -sólo adquiría obra realizada expresamente para él-, murió hace poco tiempo sin que llegáramos a un acuerdo, a pesar de que empezamos a hablar del tema en 1979 -no exagero, era mi segunda exposición, lo recuerdo muy bien-. ¿Esperaba que se lo regalase? El caso es que creo que no. Nunca sabré la respuesta. Los nuevos propietarios de la menina de 2008 estaban muy contentos. Yo también, viéndola salir de casa, con trece años cumplidos, dispuesta a comerse el mundo.

Paul Claudel pone el dedo en la llaga, porque ¿qué es arte, en realidad? Si tuviera que escoger una respuesta ahora mismo describiría la escena de unos niños y adolescentes paraguayos, que viven en una favela construida sobre un enorme vertedero de basura, tocando violines y violonchelos fabricados con deshechos, y suenan bien, maravillosamente bien, porque les va la vida en ello. Pero en aquel momento, en el estudio, arte éramos también nosotros. Una obra de arte es aquella que te hace mejor persona, sólo la poesía es capaz de hacer eso. Y la música.

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