[segundo intento]

La lógica existencial militar se basa en la obediencia de obligado cumplimiento, un concepto difícil de entender y fácil de aplicar, para el que empuña el arma. Todos los militares deben obediencia a sus superiores y la escala jerárquica no se acaba nunca. El soldado es el primer eslabón de la cadena y el primer galón, aquel que le hace por primera vez merecedor de obediencia por parte del resto de la tropa, es sencillo, de color rojo, discreto, pero llevar este distintivo lo convierte en cabo. Y el siguiente -estamos en la base de la pirámide- es idéntico, pero dorado, y lo convierte en cabo primero. “El hábito es el monje”, escribió Lacan, a partir de ahí empieza el baile de verdad: sargentos, oficiales, jefes, generales y dios nuestro señor: emperador, rey o presidente. Desde las alturas las cosas se miran con más preocupación de lo que pudiera parecer a primera vista, porque los amos del universo saben que la institución está por encima de ellos mismos. La norma, en todos los casos, es ser servil con los superiores y despiadado con los inferiores. Esta es la lógica del Ejército, la más ilógica de las sociedades humanas y, quizás, la más poderosa.

En 1876, en Montana, las tribus lakota, cheyennes y arapajó se reunieron para parlamentar, preocupados por los excesos del hombre blanco, encarnados en aquel momento por un general llamado Georges Armstrong Custer, que estaba al mando de un pequeño ejército que respondía al nombre de Séptimo de Caballería. Después de largas deliberaciones, decidieron atacar. La mayoría se apuntaron a la batalla, pero hubo clanes que prefirieron no participar. Y no lo hicieron. Y no fueron estigmatizados por ello. La libertad de elección estaba en el orden natural de las cosas y por lo tanto era sagrada y respetable, y aquellos clanes abandonaron la región a mediados de julio, antes de que comenzara la batalla, que tuvo lugar los días 25 y 26, cerca del río Little Bighorn. Los indios ganaron, pero acabaron perdiendo la guerra, porque tenían frente a ellos a un ejército disciplinado, sin fisuras, sin facciones disidentes ni discursos morales, una perfecta máquina de represión colectiva y anulación individual. Esta es la naturaleza de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, entonces y ahora. Da miedo hasta escribirlo.

Un siglo más tarde, a principios de verano de 1975, me faltaban pocos días para acabar mi servicio militar obligatorio cuando viví una escena que se me quedó grabada para siempre en la memoria. Ahí sigue, intacta, con toda su carga dramática, como un buen guión a punto de ser rodado de nuevo. San Roque, donde estaba mi regimiento, está muy cerca de Algeciras, desde donde salen los ferrys que van a Ceuta, la puerta de África, donde estaba acuartelada la Legión, que es algo así como el Séptimo de Caballería del ejército español. Aquel día yo entraba de guardia, un servicio que duraba veinticuatro horas. Una de las primeras obligaciones del sargento de guardia era ir a los calabozos, pasar lista y ordenar zafarrancho, o sea, limpieza general. Siempre había algunos legionarios entre los internos, porque los calabozos del regimiento acuartelado en Algeciras no daban abasto y los distribuían por los cuarteles más cercanos. Lo habitual es que estuvieran ahí por contrabando de grifa, que es como ellos llamaban a la marihuana, aunque también podían haber cometido delitos más graves. Los demás arrestados eran soldados de reemplazo y estaban ahí por faltas menores, por lo que se intentaba no mezclarlos. Aquella luminosa mañana estival una de las celdas estaba ocupada por dos cabos legionarios, uno mayor, de pelo blanco, y otro joven, moreno. Sacaron las camas al patio -eran unas literas metálicas livianas-, y limpiaron hasta el último rincón de la celda, hombro con hombro, con precisión obsesiva. Veinticuatro horas más tarde, repetimos la operación con el suboficial que debía relevarme. Al abrir la puerta me sorprendió que el cabo de más edad luciera galones dorados -luego me explicaron que durante el día había recibido el nombramiento del ascenso y le había faltado tiempo para cambiarse los galones-, y les ordené que procedieran. El joven, como cada día, se puso en un extremo de las literas y le pidió con un gesto a su compañero que le ayudara, sujetándolas por el otro lado, para sacarlas al patio. Entonces el recién ascendido cabo primero se encaró al cabo y le cruzó la cara con la mano abierta, derribándolo brutalmente contra las literas, que cedieron con estrépito; acto seguido, como si se tratara de un ballet perfectamente ensayado, se giró hacia mí, se cuadró, como hacen los legionarios, entrechocando los talones haciendo un ruido seco, fuerte, me saludó con la mano derecha, mientras la izquierda pegaba en el muslo en el mismo instante en que los talones se encontraban, redoblando el impacto sonoro, y exclamó, con la barbilla alzada, mirando al firmamento: “¡A sus órdenes, mi sargento!”. El cabo, por su parte, se levantó inmediatamente, con la mejilla ardiendo, y también se cuadró, oteando el infinito. Las cosas habían cambiado. Todo sucedió en pocos segundos. Más de cinco, menos de diez. Nosotros, la guardia, entrante y saliente, nos quedamos petrificados, pero yo llevaba ya diez meses en el Ejército y algo había aprendido. “Procedan”, dije.

Casi medio siglo más tarde, en 2021, tras un año de pandemia y con la primavera en el horizonte -hoy he visto la primera amapola-, contemplo con estupor el auge de la extrema derecha en las democracias occidentales y busco en el pasado respuestas que no encuentro en el presente. Por ahí en medio, no sé si antes o después de mi desventurada experiencia militar, leí esta definición del militante de partido político, de 1984, de George Orwell:

… un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo único preciso es que exista un estado de guerra. La desintegración de la inteligencia que el partido necesita de sus miembros y que se logra mucho mejor en una atmósfera de guerra, es ya casi universal, pero se nota con más relieve a medida que subimos en la escala jerárquica.

La vida es un continuo ir atando cabos.

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