Los artistas, en general, prefieren la gloria hoy a la eternidad mañana. Esta frase es tan buena que debería ser de un clásico, pero es mía, o quizás la leí hace muchos años y se me olvidó la fuente. El Pacto de Fausto siempre ha gozado de buena salud, pero es un poco triste porque cambiar el éxito de ahora mismo por una hipotética y poco probable trascendencia en el futuro es ir contra el orden natural de las cosas: no se dedica uno a la cultura para hacerse rico y famoso. “El hombre que sólo tiene dinero es muy pobre”, ese es otro aforismo que debería llevar una firma más ilustre que la mía. Escribo en la cama, desvelado, en pleno ataque de lucidez, pero sé muy bien que cuando salga el sol estos pensamientos perderán fuerza y la mayoría se desvanecerán, arrastrados por el viento; que, por cierto, sopla con fuerza. Mi habitación da al norte, de donde viene la Tramontana, y escucho sus ráfagas, sus silencios, sus furias y sus caricias aterciopeladas. La mayoría de los grandes triunfadores de la historia del arte son perdedores en tiempo real.

Finalmente me rindo a la evidencia de que la noche va a ser larga y me levanto, resignado, pero decidido, me visto, me preparo un café americano muy caliente y salgo a la calle. El tramo que hay desde mi casa al estudio es de apenas veinticinco metros, pero se me hace largo, el viento es frío y encoge el ánimo, que no va sobrado. Subo la escalera metálica y tengo que agarrar con fuerza el pasamanos, porque en el descansillo, frente a la puerta, estoy muy expuesto. Entro apresuradamente y enciendo la luz en un único gesto, aprendido, automático. No escucho el habitual revuelo de faldas recogidas para ir más deprisa y volver a sus bastidores, ni palabras suspendidas en el aire, no cojo a nadie desprevenido y las meninas, los héroes y los dameros están exactamente donde los dejé ayer, al atardecer. Sus tertulias secretas se producen en noches serenas, con la sonrisa fácil y el verbo suelto; cuando los elementos se desatan permanecen prudentemente en silencio, esperando momentos más propicios.

Extiendo encima de la gran mesa de trabajo una corta serie de grabados que he decidido transformar en originales, trabajándolos encima con carboncillo y pintura acrílica, de manera que la base es idéntica pero cada uno de ellos es diferente. Pienso en una exposición que está haciendo mi hija en la Fundación Vila Casas, titulada El gest mínim. Me quedo con la primera palabra: el gesto. Cada artista tiene uno, sólo uno, mientras finge tener varios. El asterisco de Miró, la geometría difusa de Rothko, la muñeca de Pollock, la cruz de Tàpies, el dibujo del movimiento de una mano de Chillida, que inspiró toda su obra, el perfil estilizado de Giacometti o el cuadrado blanco de Malévich. El mío es también un cuadrado, o un cubo, que contiene una menina, a veces un héroe anónimo, o una silla, o un color rojo sobre un fondo índigo caligrafiado. Todo eso pasa por mi cabeza mientras observo las diferencias que hay entre unos papeles que una vez fueron idénticos y ya no lo son. Al cabo de un rato me siento delante del ordenador y empiezo a describir la historia de esta noche, que no es como las demás. Pongo a mi izquierda el bloc donde anoté aquellos aforismos, tengo curiosidad por saber si aguantarán: “Los artistas, en general, prefieren la gloria hoy a la eternidad mañana. Esta frase es tan buena que …”

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