El señor Pritchard se tocó nerviosamente las gafas.

– Ah, entiendo.

Volvió la cabeza hacia Juan, y la luz se reflejó sobre sus gafas de modo que en lugar de ojos tenía dos espejos. Su mano extrajo velozmente el reloj del bolsillo del chaleco. Abrió una pequeña lima de uñas de oro y pasó rápidamente la punta por debajo de cada una de sus uñas. Echó un vistazo a su alrededor y le sobrevino un pequeño estremecimiento de incertidumbre. El señor Pritchard era un hombre de negocios, presidente de una empresa de tamaño mediano. Nunca estaba solo. Sus negocios los llevaban grupos de hombres que trabajaban todos igual, pensaban todos igual y hasta se parecían unos a otros. Almorzaba con hombres como él mismo, que se reunían en clubes para impedir la entrada a elemento o idea ajena alguna. Tenía su vida religiosa también, en su club y en su iglesia, y tanto una como la otra estaban vedadas y protegidas. Una noche a la semana jugaba al póker con unos hombres tan idénticos a él que las partidas resultaban bastante igualadas, dato este que tenía convencido a todo el grupo de ser jugadores de un gran nivel. Adondequiera que fuese, no era un hombre solo, sino el miembro de una empresa, de un club, de una asociación, congregación o partido político. Sus pensamientos e ideas no se veían sometidos nunca a la crítica, pues de forma deliberada se relacionaba solo con aquellos que eran como él. Leía un periódico escrito por y para su gente. Los libros que entraban en su casa eran escogidos por un comité que suprimía cualquier material que pudiera irritarle. Detestaba a los extranjeros y a sus países porque en ellos era difícil encontrar a sus iguales. No quería destacar dentro de su grupo. No le habría disgustado llegar a la cima del mismo y ser admirado por ello, pero nunca se le habría ocurrido abandonarlo. En las ocasionales despedidas de soltero en las que unas chicas desnudas bailaban encima de las mesas y se sentaban dentro de enormes copas de vino, el señor Pritchard aullaba de risa y bebía vino, pero había otros quinientos señores Pritchard allí con él.

“El hombre es esencialmente estúpido”, pienso, mientras levanto la vista de El autobús perdido, de John Steinbeck, para fijarla en la pantalla del televisor, donde un anciano de aspecto venerable, vestido con camisa blanca, americana oscura y pantalón claro, habla de un libro epistolar que acaba de salir al mercado. Pasea por su barrio barcelonés, diría que está en el límite del Ensanche; la calle Trafalgar, quizás, o Ronda Universitat. Este escenario es importante para él, para el locutor, para el entrevistador, para la gente que lo mira al pasar y sospecho que también para los que están a este lado de la pantalla, y yo no me creo que la vida sea eso: un cruce de cartas entre iguales.

Trato de cambiar de registro y cojo el periódico, porque me resulta más fácil de compaginar con las noticias de la televisión, que ahora giran en torno a la pandemia y su enésima oleada, tras una Semana Santa en la que la gente ha abandonado su aislamiento con una inconsciencia absoluta, pero comprensible, y una determinación implacable. Me detengo en una crítica literaria, firmada por Alexis Racionero: “Batchelor defiende la tesis de que la meditación y el retiro al interior tienen sentido en la medida en que contribuyen a que nos convirtamos en el tipo de persona que aspiramos a ser”. Todo lo que tiene que ver con la reivindicación de lo individual frente a lo colectivo despierta mi interés, de manera que sigo leyendo: “Ralph Waldo Emerson, en su ensayo Confianza en uno mismo (1841), afirmaba que es muy fácil vivir en el mundo conforme a las opiniones de este o hacerlo en soledad, con las opiniones propias”. No sé si el señor Pritchard entendería eso. “El reto es ser capaz de conservar la perfecta dulzura e independencia de la soledad en medio de la multitud”. Bella rúbrica, Alexis.

Dejo la transcripción del texto en suspenso y me dirijo hacia la mesa de dibujo. Es muy grande, muy baja, por ella han pasado todos mis proyectos en los últimos treinta o cuarenta años. En mi largo abandonar la pintura de estos últimos cuatro o cinco estoy experimentando algo: pintar con los ojos cerrados. Me coloco frente a la cartulina de metro por setenta y cierro los ojos, empuño el carboncillo, palpo los bordes del papel, inspiro, espiro, aspiro y empiezo a dibujar, tratando de entender la oscuridad como si esta no existiera, porque tengo una imagen en el cerebro, que trato de plasmar. Luego abro los ojos e interpreto lo que veo. Me reconozco, también en la ceguera. Y me sorprende. Estoy en la antesala de la nada, en el comienzo de todo. He visto esta madrugada, antes de venir al estudio, un fragmento de una conferencia de Chantal Maillard, en internet, y decía que la nada y el todo son la misma cosa. Rafa Teja, por su parte, solía decir que barroco y minimalismo vienen a ser lo mismo. Cerrar los ojos a la experiencia plástica es morir un poco.

Trato de no ser como el señor Pritchard, pero no es fácil.

Trato de no ser estúpido, pero es condenadamente difícil.

Tengo un título para un libro, Elogio del fracaso, pero es tan bueno que me da miedo que el contenido no esté a su altura. Hace unos meses empecé a leer un libro que está teniendo un éxito espectacular: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Las primeras páginas saciaron todas mis expectativas, son maravillosas; luego no tanto, pero quizás sea cosa mía. Otro, de Siri Hustvedt, se podría resumir entero en su primera frase: “Las declaraciones de los artistas sobre su propia obra son fascinantes porque nos revelan algo acerca de lo que creen estar haciendo”. En ambos casos se trata de logros importantes, que no están al alcance de cualquiera.

Estoy dando palos de ciego, estoy dibujando con los ojos cerrados.

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