Foto Maria Alzamora

Maria Lluïsa Borràs, comentando una Bienal de Venecia de los años noventa, escribió que aquella enorme y variopinta exposición representaba la visión que tenían los artistas del mundo en el que vivían. Creo recordar que utilizó la palabra metáfora. Supongo, y eso es una apreciación muy personal, que se refería a que aquellas obras mayoritariamente absurdas, surrealistas, chirriantes, en el peor y más banal de los sentidos, ruidosas, obvias, predecibles, provocadoras, cuando ya nada es capaz de conmovernos, ni siquiera centenares de frágiles embarcaciones atiborradas de gente desesperada cruzando el mar Egeo, huyendo de la guerra de Siria, eran un reflejo en el que la sociedad podía mirarse y tal vez reconocerse. Si el liberalismo es una estafa, porque tiene poco de libertad y mucho de dominación, si el sistema capitalista es inhumano, porque basa su estrategia mercantilista en robar a los pobres para dárselo a los ricos, si los socialistas son monárquicos, el poder judicial es dependiente del poder político y financiero y todos los políticos, sin excepción, son corruptos, porque aceptan las prebendas del cargo sin someterlas a debate, a pesar de saber que son injustas y que alimentan un agravio comparativo de proporciones siderales con el resto de la población trabajadora, ¿por qué habría de extrañarnos que su reflejo artístico, plasmado en esos delirantes pabellones feriales, sean un fraude colosal? A la estupidez responden con estupidez, al engaño con engaño, y todos contentos.

Hay otra sociedad, pero está en la periferia, lejos de los focos mediáticos; hay otros artistas, pero nadie los conoce todavía.

El cangrejo ermitaño se protege el abdomen, que es muy vulnerable, con una caracola, que es lo que queda de un animal muerto, que vivió antes que él. Chantal Maillard se apresura a explicar que el ermitaño no es la caracola, a pesar de las apariencias.

El ermitaño no es la caracola, como tampoco el poema es la poesía. El poema es aquello a lo que apunta el decir diciendo. El poema es el eco, por eso cuando las palabras o los versos con el tiempo se endurecen y pierden su sentido es preciso decir de otro modo, con otro ritmo; cuando la concha en la que habita el ermitaño se le queda pequeña, o se deteriora, el animal busca otra más apropiada. A lo largo de su vida cambia de habitáculo con frecuencia. Así es como el poema atraviesa la historia.

El poema es el eco, dice Chantal Maillard, la obra de arte es un reflejo de la sociedad donde se ha gestado, dice Maria Lluïsa Borràs; yo, mirando algunas de esas obras contemporáneas, me tapo los oídos para no verlas.

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