Salgo del estudio y caminamos hacia el norte, de cara a la tramontana, que sopla con fuerza moderada. A las perras no parece que les moleste el viento, que peina y despeina su pelo largo y, en el caso de Miss Brown, enmarañado. Molly lo tiene lacio. Una es un garabato encantador, la otra es la elegancia, un poco melancólica, de una archiduquesa rusa, con una pincelada oriental, pues tiene una raya negra dibujada en torno a los ojos que realza la expresividad de su mirada, que es, ya lo he dicho, un poco triste. Además de la compañía y del placer de verlas disfrutar finjo que hablo con ellas, pero lo hago conmigo mismo. Soy un buen auditorio. Algunas veces se me ocurren pensamientos profundos y originales, que luego se desvanecen. Acabo de descubrir el truco de enviarme mensajes de voz a mí mismo por whatsapp, de esta manera no necesito buscar una sombra para escribir en el móvil una nota que no quiere ser escrita. Quiere evaporarse. Irse, al bosque de los genios, donde juegan con las reflexiones de los humanos y se ríen de ellas hasta que se les saltan las lágrimas. Esta vez evito la frustración y declamo, entre susurros de ráfagas de viento: “Yo entiendo la calidad de una obra de arte por la cantidad de verdad que contiene, si no hay verdad no hay calidad, el compromiso ético del artista es consustancial. Y también lo relaciono con la afirmación de George Steiner, que dice que toda obra de arte es crítica por definición”.

Ahí es nada. ¿Cómo definir la calidad? La tentación de relacionarla con la ética es irresistible, para mí, pero no sé si es una proposición acertada. Mi tendencia natural, como la de Miss Brown, es pensar que todo el mundo es bueno y a partir de esta frágil premisa que cada uno haga lo que pueda con su talento, si lo tiene, y si no, casi mejor, que haga felices a los que le rodean y salga a caminar en días radiantes como el de hoy, entre campos de colza de un amarillo insolente, rodeados de flores de todos los colores, entre las que destacan, por su poética prestancia, las amapolas. Esta de más decir que son las flores preferidas de Molly. El artista sufriente, parece decirme, tiene el alma desgarrada por el desamor y la injusticia, pero me disculparás, porque me ha parecido ver un conejo entre aquellas encinas y mi instinto me pide ir tras él. Cuando me enteré del tipo de persona que era Gauguin empecé a ver su obra con otros ojos, aunque hacía algún tiempo que sospechaba algo. Lo mismo me pasó con la misoginia de Picasso y con la belleza de las palabras de Chillida, cargadas de poesía, como las de Leonard Cohen. En un sentido o en otro, me interesa el compromiso del artista con la ética, hasta el punto de creer que influye decisivamente en la calidad de su trabajo.

Las perras han cazado algo, grito, doy palmadas, lo sueltan, es un topillo que corre aterrorizado, le va la vida en ello, no me obedecen, grito más fuerte y por fin lo dejan en paz, lo dejan vivir. ¿Cómo encajo eso en mi discurso? ¿No fue el instinto lo que motivó a Gauguin? No sé distinguir entre inspiración, instinto y pulsión. No sé dónde está la verdad, pero sí sé -me parece que oigo carcajadas entre los árboles del bosque, que queda ahora a mi izquierda, mezcladas con palabras de consuelo de un duende que acaricia al topillo- que cuando una obra de arte no me gusta es porque no hay verdad en lo que he visto, oído o leído.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s