segundo intento

Este es el equivalente indio-tibetano-nepalí del Burger King que hay en el área de servicio de La Selva, en la autopista AP7, entre Girona y Barcelona. Está entre Daarjeling y Kalimpong, en la falda del Himalaya, y pasé por allí en 1996. El pico más alto del fondo es el Kanchenjunga, de más de ocho mil quinientos metros de altura. El local ocupaba una superficie de dos por dos metros y sobraba espacio, porque la terraza era inabarcable, iba de Afganistán hasta China, pasando por Sikkim, un pequeño reino -actualmente es un estado de India- para el que saqué un visado en Daarjeling que finalmente no utilicé, pero que guardo con cariño, porque me costó una mañana entera conseguirlo. Parece que lo estoy viendo ahora mismo: una callejuela empinada, un edificio destartalado, una bandera que parecía una alfombra, una oficina pequeña, atiborrada de papeles, y dos funcionarios muy meticulosos nadando en un mar de celulosa amarillenta, como sus rostros, macilentos, por efecto de los años, la humedad y la mala ventilación. Estas dos jóvenes sonrientes, en cambio, tenían un aspecto saludable y atendían su negocio con diligencia. Los viajeros hacían un alto en el camino para degustar sus raviolis picantes en un ambiente acogedor, con unas vistas incomparables. Una de ellas, la mayor -la otra era casi una niña, probablemente su hija, o su hermana pequeña- me preguntó a qué me dedicaba, en mi país de origen. I´m an artist, le dije. No creo que entendiera lo que quería decir. Tampoco es fácil de explicar. Sonreímos.

Sus rasgos eran tibetanos, o nepalís, no sé distinguirlos, aunque me consta que son diferentes. Recuerdo un rostro agradable, bien dibujado, que coronaba un cuerpo pequeño, compacto, de un bonito color pardo, y el brillo de su mirada, que me pareció perspicaz. El pelo, negro azabache, lo llevaba parcialmente cubierto con un pañuelo azul. La primera decisión importante que tuve que tomar cuando dejé la adolescencia, me habría gustado explicarle, para tratar de concretar algo, fue elegir entre libertad y anhelo de pertenencia, y abracé el hippismo. Sabía que por aquella ruta transitaban hippies desde hacía muchos años y quería formar parte de algo que a ella pudiese resultarle familiar. Quizás el arte tenga algo que ver con la libertad, después de todo, en cualquier caso fue la única actividad que se me ocurrió para empezar a vivir la vida lo más lejos posible de los convencionalismos sociales, que en aquella época eran asfixiantes. ¡Tardaría años en explicárselo! La bohemia fue una buena coartada, continué mentalmente, en inglés. ¿Cómo se dice coartada? ¿Excuse? Bohemia lo dije en francés. En realidad no dije nada, claro, me limité a sonreír, una vez más, y ella me correspondió.

Este es un capítulo volátil, desprovisto de intelectualidad y rigor filosófico, pero con pretensiones. O sea, lo que viene a ser un poema. O un dibujo, como el que encabeza este relato. Sin él, no habría historia, ni memoria, ni poema. Cuando pienso en un rincón del mundo al que me gustaría volver, uno cualquiera, me acuerdo de Sikkim, donde nunca estuve, por lo que difícilmente podré volver, y recuerdo estas luminosas sonrisas y me pregunto qué habrá sido de ellas. Sikkim simboliza algo, todavía no sé qué. Un lugar remoto, para el que tengo un permiso de acceso que nunca he utilizado. Esa es la frase que mejor resume mi búsqueda.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s