La noche anterior, en Daarjeling, en un hotel cuyo nombre he olvidado, pero del que recuerdo la calidad del entarimado del suelo, oscuro, colonial, bien cuidado, en una habitación presidida por un insólito retrato del rey Eduardo VIII, leí que en Estrasburgo, en 1770, las autoridades erigieron un pabellón en una isla en medio del Rin, para celebrar el encuentro entre la archiduquesa María Antonieta de Austria y los emisarios de su prometido, el futuro rey de Francia, Luis XVI. Leer es otra forma de viajar. Un joven poeta, escritor y estudiante de leyes, llamado Johann Wolfgang von Goethe, sobornó a un guardia de seguridad para entrar en el pabellón, vacío en aquellos momentos, con la intención de ver los tapices que decoraban las paredes. Los de las dos salas laterales fueron tejidos a partir de cartones de Rafael de Urbino y representaban la vida de los santos Pedro y Pablo, y la sala principal “la habían guarnecido con tapices de lizo alto mucho más grandes, brillantes y ricos que los anteriores, orlados de densos ornamentos y tejidos a partir de cartones de artistas franceses modernos”, en palabras del propio Goethe, en Poesía y verdad. Los más notables eran de Jean François de Troy, pero no le gustaron, ni la ejecución, demasiado barroca, para su gusto, ni la temática, que le pareció inadecuada. No le faltaba razón, tratan de un trágico enlace, el de Jasón y Medea, que mató a sus hijos para vengarse de su marido cuando este la repudió para casarse con Creúsa -a la que también asesinó- y acceder al trono de Corinto.

– ¡Cómo! – exclamé, sin preocuparme de quienes me rodeaban -. ¿Es lícito poner tan impunemente ante la vista de una joven novia en el primer paso que da en su país el ejemplo de la boda más espantosa que se ha celebrado jamás? ¿Acaso ninguno de los arquitectos, decoradores y tapiceros franceses comprende que las imágenes representan algo, que influyen sobre los sentidos y la sensibilidad, que generan impresiones, que suscitan presentimientos?

El joven Goethe describe muy bien el compromiso y la responsabilidad del artista, y parece profetizar el terrible destino de la pareja real, cuyas cabezas rodaron veintitrés años más tarde a los pies de la Revolución Francesa, en nombre de la República. También se dio cuenta de otra cosa, no menos importante: a la gente, en general, no le cuesta nada quedarse con la forma y desconectar del fondo, no importa de qué cuestión se trate, pública o privada, convirtiendo este absurdo proceder en una regla universal de conducta, de consecuencias imprevisibles, con frecuencia trágicas. “La estupidez” -porque de eso se trata- “es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás”, escribió Voltaire, unos pocos años antes. Aquel día a Goethe le dolió la inteligencia y se indignó, hasta el punto de que sus amigos tuvieron que calmarle, no sin esfuerzo. Afortunadamente, no lo consiguieron, se hubiera quedado sin estímulos para seguir trabajando.

Dejé el libro a un lado, me levanté y me acerqué a la ventana, con la esperanza de ver la luna. Daarjeling se levanta en una ladera empinada y mi hotel estaba en la parte alta, de manera que había que trepar para alcanzarlo. La vista debía ser magnífica, pero yo no lo sabía todavía. Cuando llegué, la tarde del día anterior, el angosto valle estaba cubierto de una fina capa de niebla llorona que no nos había abandonado. A Goethe se le considera el padre del Romanticismo, un movimiento cultural que nació como reacción al Barroco. La burguesía frente a la rancia aristocracia. El lujo desbordante frente al sentimiento desbordado. A un exceso de forma, como el rococó, los románticos opusieron un exceso de fondo y en ese contexto acuñaron el término “genio”, que ha hecho fortuna, sobre todo en sentido literal, porque muchos artistas han sabido sacarle réditos importantes. Volví a la cama, defraudado, porque ¿qué hay más romántico que una noche de luna llena en una terraza en la cima del mundo? Pero ella no acudió a la cita. En el fondo no está mal, porque suena desgarrador. “Los artistas intentan equilibrar la balanza para que la condena de la humanidad sea lo más leve posible”, anoté, en mi cuaderno de viaje. Ya era un romántico. “A eso le llaman inspiración, quizás sea porque para ellos es tan necesario como respirar”.

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