dibujo de la serie “no sé qué pintar, mientras tanto, pinto”

segundo intento

Mi abuela reinaba en el número 86 de la calle Roger de Llúria, en el Ensanche de Barcelona. Entonces se llamaba sucintamente Lauria, el catalán estaba prohibido. Vivía en el Principal y sus hijos estaban distribuidos en varios pisos; la casa entera era de su propiedad. Los nietos nos movíamos por toda la finca, terrados y patios interiores incluidos, con total libertad. Era un microcosmos dentro de la gran ciudad. Pero de quien me gustaría hablar hoy es de Trini, la portera. Era la bondad personificada y nos quería mucho. Entró a trabajar con mi abuela a los trece años, después de la guerra, o quizás antes, formando parte de su servicio doméstico, y siguió con ella hasta el final. Cuando se casó con Severiano Tineo, un inválido de guerra, pasó a la portería, de donde no se movió hasta que se jubiló; entonces se fue a vivir con su marido a un piso que compraron en Sant Just Desvern, en las afueras de la ciudad. Por aquel entonces mi abuela estaba enferma y no salía de casa. Nadie se atrevió a decirle que Trini se jubilaba y dejaba la portería. Suena muy fuerte, pero la consideraba de su propiedad. Trini, por su parte, la adoraba y la consideraba su protectora, nada malo podía sucederle estando cerca de ella. Sufría una variante doméstica del Síndrome de Estocolmo, bastante común en aquella época de tatas y seños. En el periodo de tiempo que transcurrió entre su jubilación y la muerte de mi abuela, quizás fueron dos o tres años, Trini cogió cada día al atardecer un autobús de ida y uno de vuelta desde Sant Just hasta el Ensanche para asomar la cabeza a su dormitorio y, desde el quicio de la puerta, darle las buenas noches, como había hecho siempre.

A finales de los años cincuenta o principios de los sesenta ocurrió algo extraordinario, en el número 86 de la calle Lauria. Franco visitó Barcelona y su mujer, doña Carmen, visitó a Maruja, la sombrerera del segundo primera. Maruja era una mujer muy religiosa y sus sombreros se habían ganado la admiración de la burguesía y la nobleza, que acudía a su casa-taller en busca de turbantes de seda y pájaros de tela a punto de revolotear alrededor de las cabezas de las damas de alcurnia que se lo podían permitir. Trini dejó la portería, el ascensor y la escalera como una patena, fue a la peluquería, se puso sus mejores galas y esperó con las manos en el regazo y una sonrisa beatífica la llegada de la mujer del dictador. Severiano no asomó la cabeza; no quiso o no le dejaron hacerlo. Seguramente las dos cosas. Había luchado en el bando republicano. Oí decir que había sobrevivido a un fusilamiento. Tenía una joroba prominente. Aquel día uno de mis primos vio subir a la azotea a un soldado armado con un fusil enorme, para establecer un puesto de vigilancia.

En la esquina de arriba, la de la calle Mallorca, estaba la sede de la Falange Española, en un bonito edificio modernista que hoy alberga la Delegación del Gobierno -no sé si escribir los mismos perros con distintos collares, pero eso sería pasarse un poco-, y yo vi, no estoy seguro de si fue aquel mismo año u otro, desde el balcón del cuarto segunda, donde vivíamos, un acto de exaltación franquista en la acera de enfrente, al anochecer, con un grupo de falangistas con boinas rojas, que desde luego no había fabricado Maruja, en perfecta formación cantando el Cara al sol a voz en grito, en presencia de su líder. Por lo demás, la calle estaba desierta y las azoteas pobladas de sombras vigilantes.

Mi generación ha sido testigo directo del horror fascista. No sé si somos del todo conscientes, o si la memoria es frágil. Yo, aquella noche, en el balcón, mirando a través de los barrotes, pude percibir el arrobamiento un poco impostado de mi madre y el silencio incómodo de mi padre, mientras nuestra idílica imagen familiar aparecía en el visor de una mira telescópica con visión nocturna. Todos éramos amenazas potenciales. Imagino cómo debía sentirse Trini, agazapada con su marido en un rincón de la portería.

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