foto Maria Alzamora

El sábado pasado, 5 de junio, se inauguró la exposición de las obras finalistas del concurso de escultura de la Fundación Vila Casas, en el Museo Can Mario de Escultura Contemporánea, en Palafrugell, Girona. Pero antes de hablar de ella me gustaría comentar brevemente algunas noticias relacionadas que han coincidido en el tiempo, para contextualizar el evento. Estamos en 2021 y Marina Abramovic ha sido galardonada con el premio Princesa de Asturias de las Artes. En una de sus acciones más conocidas, Abramovic permaneció con su pareja, frente a frente, de pie, desnudos, en el umbral de la puerta de entrada de la galería donde se presentaba la performance, dejando un intersticio entre ellos por el que pasaba el público, forzando un contacto físico entre artistas y visitantes, porque la puerta era deliberadamente pequeña; pero su consagración definitiva fue en 2010, en el MoMA de Nueva York, cuando se sentó 716 horas frente al público, sentado frente a ella, de uno en uno, mirándose fijamente y en silencio a los ojos, con una sencilla mesa por en medio.

Mona Hatoum, artista británica de origen palestino, inaugura estos días una gran exposición en el IVAM de Valencia, después de ganar el premio Julio González, en la que muestra, entre otras muchas ocurrencias, como diría mi madre -no es una expresión peyorativa, es descriptiva-, ralladores de verdura y queso aumentados de tamaño hasta el absurdo, convertidos en biombos y bancos en los que nadie osaría sentarse. Es impactante, sin duda. “Podríamos hablar de un cierto humor negro, además de la influencia surrealista de artistas como Duchamp o Magritte que Hatoum ha señalado como referencia”, escribe José Miguel Cortés, comisario de la exposición.

“Chiharu Shiota (Osaka, 1972) es una de las artistas de más proyección internacional, una especialista destacada en performance e instalaciones, obras efímeras que caducan y que se conocen por haber sido documentadas y fijadas por la fotografía. Esta semana, Shiota ha presentado la que será su única obra permanente en Europa, In the beginning was…, una instalación construida en un edificio cúbico de 6 metros de alto ubicado en el complejo artístico-industrial Planta de la Fundación Sorigué, una gran cantera de tratamiento de áridos en la Plana del Corb, cerca de Balaguer”. De este modo empieza Pau Echauz su artículo a página completa en La Vanguardia del lunes, 7 de junio de 2021. La foto que lo encabeza es bastante grande: “Chiharu Shiota ante su obra evocadora del origen de todo, construida con lana y piedra”.

Se impone lo efímero, para retratar una sociedad que parece encaminarse hacia ninguna parte. ¿Para qué construir, si todo va a ser destruido? Abramovic, Hatoum y Shiota buscan el arte donde no lo buscarías nunca, en los objetos más banales, en las asociaciones más disparatadas, en la fragilidad y el azar, sobre todo en el azar. Y en la nada; y el gesto; a veces basta con una mirada. Siguiendo esta lógica los artistas deberían ser también anónimos, como el sabater d´Ordis, que dirigía la tramontana con una batuta, para regocijo de Philip Glass, que nunca supo de su existencia, pero le hubiera aplaudido. O la obra de Lichtenberg Un cuchillo sin mango cuya hoja se ha perdido, que expusieron los dadaístas en el siglo XX. Su autor, en el XVIII, no sabía que había hecho una obra de arte y murió feliz. ¿Se puede juzgar una idea en tres dimensiones, por trivial que sea? Es un tema interesante, porque lo bueno puede que sea malo y lo malo bueno, no hay nada que sea bueno o malo, lo importante es que esté acompañado por un relato literario bien construido. Al final, la obra no es la forma, es el título, como anticipó Lichtenberg sin ser consciente de ello, es ahí donde tiene que esforzarse el artista.

Pero volvamos a Can Mario, os diré por qué creo que vale la pena ver esta exposición. Yo el sábado busqué el Aleph, ese lugar en el que convergen todas las energías, porque ahí está el ganador del concurso. El montaje es abrumador: cuarenta esculturas, seleccionadas entre cuatrocientas candidatas, forzadas a convivir en un espacio común, por fortuna bastante grande. Busco una capaz de representarlas a todas. Es una tarea imposible, lo sé, porque las hay que han abrazado la causa de la contemporaneidad, mientras que otras han permanecido fieles al objeto capaz de definirse por sí mismo. A lo mejor no existe, después de todo, pero vale la pena intentarlo, ese es el objetivo de la visita. Es posible que a lo largo y ancho del museo haya un Aleph tan potente que anule cualquier competencia, como Saturno devorando a sus hijos; o puede que no, que esté ahí, delante nuestro, en la pieza más pequeña, aquella que nos pasó inadvertida en nuestro primer recorrido, porque el arte nos enseña que con frecuencia lo grande es pequeño y lo pequeño puede ser enorme. Ahí está Vermeer con sus pequeños lienzos en los que cabe todo el universo.

Busqué el Aleph en la doblez de una plancha de hierro pintada de negro, en un destello dorado, en un reflejo, en el vacío, en la opacidad, en el aire, en una piedra, en la madera que serpentea, y encontré dos: uno pequeño, en la sala de los finalistas y otro, mucho más poderoso, entre los que no llegaron a la final.

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