Foto Maria Alzamora

La casa del poeta es transparente, no tiene suelo, techo ni paredes, es inhóspita o acogedora, depende del tiempo que haga fuera; en una de sus aristas verticales hay dibujado un perfil femenino, una cariátide, que representa la inspiración, pero puede ser cualquier otra cosa. Yo veo a una de las nueve musas, o a todas ellas. El cubo representa una verdad esencial.

La primera maqueta la hice en 1991 con un viejo calderero de Figueras, un hombre que amaba la forja, la de toda la vida, pero sus hijos se habían hecho cargo del negocio y se habían especializado en torres de alta tensión. La nave era enorme, sucia, ordenada. En un rincón trabajábamos el calderero y yo, por horas, ajenos a todo lo que no fuera lo que teníamos entre manos. Me lo recomendó Gabriel, un escultor que por aquel entonces vivía en el mismo pueblo que yo. Cuando le pedí ayuda al calderero para experimentar con la escultura me miró con curiosidad. Gabriel es un escultor informalista, de modo que de mí también podía esperar cualquier cosa. Los dibujos que le mostré a aquel artesano de manos talladas en piedra no creo que le impresionaran mucho, pero el yunque, las tenazas, el martillo y el fuego estaban cerca y él estaba harto de hacer torres de asalto, todas iguales. Tenía una excusa para volver a su rincón y hacer lo que más le gustaba. Los hijos me miraban con desconfianza y reclamaban la atención de su padre siempre que podían, pero lo pasamos bien juntos y aprendí mucho. De escultura, poco, no sabía contener el espacio, como hacen los verdaderos escultores, yo dibujaba en él, como hacen los pintores. Cuando algún tiempo más tarde empecé a trabajar con Pere Casanovas, me llevé aquellos perfiles femeninos forjados en una calderería que está al lado de las vías del tren, cerca de la estación de Figueras. La Porta d´Ordis, de Ordis (hay otra versión idéntica en Barcelona), y La casa del poeta, de Salou, son herederas directas de aquella primera serie. Treinta años más tarde, a principios de 2021, segundo año de pandemia, decidí hacer una nueva versión de La casa del poeta. No podía hacerla de diez metros de altura, como hubiese sido mi deseo, así que reduje mis pretensiones y escogí una escala sensiblemente más pequeña: metro y medio de arista, y un metal noble más liviano que el acero, el aluminio.

Me ha sorprendido mucho el resultado. En este momento está expuesta en el museo de Can Mario, de la Fundació Vila Casas, en Palafrugell. Invito al público a entrar en ella, porque es habitable y en su interior pasan cosas. Por de pronto, el visitante cambia de escala, reduce su tamaño, es muy extraño, su metro setenta o metro ochenta de altura disminuye entre treinta y cuarenta centímetros, que es muchísimo. Sólo hay que ver la foto que encabeza estas líneas. Yo mido metro ochenta y seis, soy rubio y llevo el pelo largo y lacio, tengo veintiocho años, pero nadie lo diría, viendo la foto, ya dije que ahí adentro pasaban cosas. Desde el interior apenas lo notas, pero para los que lo ven desde el exterior es muy notorio. El objetivo de la cámara es más sensible que el ojo humano y capta el fenómeno perfectamente. A mí me ha impresionado verme, la verdad. Parezco mayor.

Tengo una teoría. Hace unos días escribí que entre las cuarenta obras expuestas en el museo, finalistas de un concurso, hay un aleph, o más de uno, que hay que buscar para encontrar al ganador. Es un juego. Un aleph se manifiesta por medio de sensaciones e intuiciones que suelen ir acompañadas de fenómenos inexplicables. ¿Y si está en La casa del poeta? No digo que sea obra, sólo que a lo mejor está en su interior.

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