L´escala de l´enteniment, dedicada a Ramon Llull, Fundació Vila Casas, 2016

(tercer intento)

Hoy es uno de esos días en los que siento que nada va bien, ni el hombre, ni el arte, ni el país, ni todos los países. Si acaso, la música. Escuchas Los conciertos de Brandeburgo, de Bach, y sientes algo, pero después de ojear el periódico estoy inconsolable y el destino de la humanidad me parece más incierto que nunca. Hablan de poetas que riegan el mar y del Tribunal de Cuentas, que tiene poco de tribunal y mucho de pasar cuentas, pero estoy cansado y no quiero hablar de entelequias. Estamos en julio, hace calor, en el jardín los pájaros están felices y dicharacheros y una pareja de urracas bien trajeada acosa a un gato rubio, atigrado, que supone una amenaza para ellas. Me refugio en el interior de la casa, que es de pueblo y sus muros maestros superan el metro de grosor. No hay mejor aislante que éste. Cojo un libro sobre Ramon Llull, que leo a ráfagas, y me entretengo con el relato del proceso que el Santo Oficio, que de oficio tenía mucho y de santo nada, le abrió al “doctor iluminado”. ¡Qué poco hemos cambiado! El demonio que buscaba la Iglesia estaba en los inquisidores, en este caso representados por el dominico Nicolau Aymeric, porque si una característica tiene el diablo es que es tan taimado que ni siquiera él sabe que lo es. Setecientos años más tarde, en Roma siguen sin enterarse de nada.

Hablando de inquisidores, encuentro en internet una entrevista reciente a La Trinca, un trío musical que combinaba con singular acierto humor y crítica política y social, allá por los años setenta y ochenta del siglo XX. La inteligencia artificial ha activado un algoritmo que opina que me puede interesar. Me cuesta reconocerlos, han pasado muchos años. Constato, una vez más, que la mezquindad es una combinación de falsedad, racanería y estupidez. No me refiero a ellos, naturalmente, sino a la policía franquista. Cuentan, regocijados y perplejos, que cuando los funcionarios policiales se personaban en el teatro para ejercer de censores, mostraban sus credenciales a la taquillera para no pagar la entrada; de esta manera alertaban a los cantantes de su presencia y estos interpretaban versiones light de sus temas.

Tampoco eso ha cambiado.

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