“Como decía Fontaine, “La grâce, plus belle encore que la beauté”. Hoy día buscamos ser sorprendidos, y la gracia ha quedado un poco relegada. Pero creo que es la clave de la esencia de la vida. Yo no dejo nunca en las grabaciones de poner trozos imperfectos, la imperfección es lo que trae la emoción. Momentos mágicos en que llegas al punto más sublime de emoción, aquel que no es perfecto, pero es eterno e irrepetible”. Este párrafo de la entrevista de Maricel Chavarria a Jordi Savall, que he leído esta mañana en La Vanguardia, me ha traído a la memoria una anécdota que he referido muchas veces, de Arthur Rubinstein, en casa de mi abuela Enriqueta Albéniz, en Palma de Mallorca, en la primera mitad del siglo XX. El maestro sentado en el piano, posiblemente el Bechstein que está en el MIAC (Museu Isaac Albéniz de Camprodon), Rosina, la viuda de Albéniz, a su lado, le insiste en que toque Iberia, sus hijas Enriqueta y Laura se suman a la petición, pero el maestro se resiste: “¡Hay que ser español para tocar la suite Iberia!”; sin embargo sus manos se deslizan sobre el teclado y suenan las primeras notas. ¿Evocación? ¿El puerto? ¿Lavapiés? En un momento dado se equivoca y una de las hijas exclama: “¡Como papá!”. A partir de aquel día incorporó Iberia a su repertorio y fue uno de sus grandes embajadores, a lo largo de todo el siglo XX.

He estado una sola vez en La Alhambra, de Granada, cuando tenía diez o doce años, con mis padres y una de mis hermanas. Viajábamos en un Seat 1400 Especial, bicolor, gris y blanco, con el cambio en el volante y un asiento-sofá corrido de dos o tres plazas delante, y otras tantas detrás. A mí me parecía enorme; ahora, cuando veo alguno restaurado, lo encuentro pequeño. Me pasa con casi todo, es como si hubieran reducido mi infancia. La calle Colón, de Vilassar de Mar, donde mis padres alquilaban cada verano una casa, cerca del Campo de Deportes, era muy ancha; era algo así como la Diagonal del pueblo. Pues bien, no es ancha, es normal tirando a estrecha. Circulo por la carretera y veo un Mini de los años setenta y me impresiona pensar que en una ocasión viajamos en uno igual tres amigos a esquiar al Pirineo de Huesca, desde Barcelona, con toda la parafernalia: botas, descansos, anoraks y maletas, por no hablar de las feromonas que llevábamos encima. Nunca he olvidado aquella visita a un palacio en el que yo viviría, y no lo haría en ninguno, porque no me gusta el lujo, pero La Alhambra es diferente. Mi padre contrató a un guía, un joven muy simpático que llevaba la lección aprendida, se notaba que repetía una y otra vez lo mismo. Una de esas letanías, la única que recuerdo, es esta: “Todos los arabescos ornamentales del techo, las paredes y las cornisas están hechos a mano, sin plantillas, los artesanos evitaban la repetición exacta, porque sólo Alá es perfecto”.

Juan Gris admiraba el coraje de sus colegas cubistas, que dejaban sus obras inacabadas “cuando ya están explicadas”, en palabras de Picasso. A él le costaba mucho hacerlo, era meticuloso y sus obras están más trabajadas que la de sus colegas, pero no por ello dejaba de admirarlos. A este gesto que no era capaz de imitar, pero sí de valorar, lo llamaba “coquetería”.

La gracia es un concepto metafísico, que yo asocio a la verdad y a la belleza.

No es fácil de encontrar.

Yo la vi casualmente ayer, en un documental de La 2, en una bellísima obra de Artemisia Gentileschi, de 1639, titulada Autoritratto come allegoria della Pittura.

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