Homenaje a Isaac Albéniz y Alicia de Larrocha, L´Auditori, Barcelona

“Pero la música te gusta, ¿no?”. El nivel cultural de música clásica de la mesa, expresado en cuatro idiomas: catalán, castellano, inglés y alemán -también oí alguna expresión en francés-, era espectacular; y no éramos muchos, siete u ocho personas, nueve, a lo sumo. Eso fue ayer noche, en Vilabertrán, después de oír unas sonatas de Shubert interpretadas al piano por Imogen Cooper. Conocía a la mitad (de las personas, de las sonatas mejor no digo nada) y a la otra mitad fui presentado como biznieto de Albéniz, un hecho que siempre genera expectación. Unas expectativas que, lamentablemente, no puedo colmar, dada mi precaria educación musical, por lo que en un momento u otro de la velada suelo intercalar alguna expresión del tipo “¡Soy un impostor!”. Parece un acto de coquetería intelectual, pero no lo es, lo hago en defensa propia, la música no se hereda, es un error poner en valor la consanguinidad.

“¡Claro! Me encanta. Además, he tenido la suerte de que me ha caído en gracia Albéniz, que es una maravilla, por el mismo precio podría ser cualquier otro que, por la razón que fuera, no me interesara. Pero ¿Albéniz? Conocerlo es amarlo, dijo Sevérac, y es cierto”. Yo no estaba programado para representar a mi bisabuelo, como mucho a mi padre y, a través de él, a mi abuela, a quien no conocí, pero ¿a Isaac Albéniz? Me va muy grande. No es fácil de explicar en pocas palabras y en un ambiente distendido, pero sofisticado, que “descubrí” su música cerca de los cincuenta años, cuando mi padre me pidió que le acompañara en el patronato de la fundación creada en torno al museo que quería hacer en Camprodón. Acepté, no podía hacer otra cosa, y en ese momento empezó una carrera contra reloj para intentar ponerme al nivel mínimo que se le debe exigir a un miembro de la familia que pretende ostentar la representatividad de su legado. Obviamente, no lo he conseguido, pero he aprendido algunas cosas.

Me hubiera gustado explicarle a mi interlocutor que la música clásica me ha acompañado toda la vida. Literalmente: acompañado. Así, mientras vibraba con Hurricane, de Bob Dylan, The Wall, de Pink Floyd y Sultans Of Swing, de Dire Straits, con el inconfundible punteo de la guitarra eléctrica de Mark Knopfler al frente, pintaba por las noches hasta que me vencía el cansancio con música clásica de fondo. Los Conciertos de Brandenburgo, de Bach, las Polonesas, de Chopin, arias de Jessie Norman y de la Callas, Vivaldi, es como hablar de pintura y nombrar a Miguel Ángel, Leonardo y Rafael y no salir de ahí, pero mi cultura era así: escasa. Mozart, las sinfonías, 39, 40 y 41, sobre todo la 40, y Beethoven, claro, pero poco más y, desde luego, Albéniz no estaba en aquella colección de discos que tenía en el estudio. Increíble, pero cierto.

La primera parte del concierto de Imogen Cooper me pareció interesante, pero tuve la sensación de que le costaba conectar con el auditorio. Una vez más, no me di cuenta de que el que estaba frío era yo. La segunda parte disfruté mucho más. Subí y bajé al ritmo de sus manos, que volaban sobre el teclado, a veces lo acariciaba, otras jugaba con él, pero sobre todo me gustó ver como bailaban sobre aquel suelo de marfil. Una maravilla. Ví que Jorge de Persia, sentado en primera fila, de manera que yo podía verlo -yo estaba en un lateral-, tomaba notas. A veces Jorge dice cosas sencillas cargadas de sentido: “Pasar una velada escuchando buena música debería bastarnos, ¿no?”. Realmente, es un regalo, porque la calidad escasea y la excelencia no digamos. A lo mejor no fue el concierto de mi vida, es posible que no lo recuerde como una referencia ineludible en mi tardía educación musical, pero pasé un buena velada escuchando buena música. Me basta con eso, Jorge.

Estos últimos veinte años, desde que mi padre solicitó mi presencia en el universo familiar albeniciano, han estado cargados de conciertos y he tenido el privilegio de conocer el mundo de la música clásica por dentro. Ha sido muy emocionante. Recuerdo que el principio de la suite Iberia me resultaba un reto insuperable, sin embargo hoy Evocación es mi pieza favorita de la colección, porque toda la historia de la humanidad está contenida en estos pocos minutos. He tratado de suplir mis limitaciones buscando algo que es común a todas las artes: la verdad. No es fácil de definir, pero la reconoces cuando la encuentras. Ayer, mientras me dejaba llevar por la música de Imogen Cooper, me la creí, y esa creencia me llevó al placer.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s