segundo intento

Me gustaría contar la historia de la chica que hay detrás mío, en el Patio de los Leones, de La Alhambra, en Granada, pero no la conozco y no se me ocurre nada que esté a la altura de su imagen risueña. Ni siquiera la vi, ha sido la cámara la que ha captado su existencia. Contrasta su naturalidad con la pose forzada de este niño rubio de unos diez años, que se coge las mangas de la americana con las manos, un poco incómodo, con un disfraz que no es el suyo. Ella, en cambio, se deja llevar por un entorno mágico, está deslumbrada, o quizás esté enamorada, seguramente las dos cosas. Observándola con más atención, veo que lleva la mano izquierda cerrada, en un gesto que parece un poco crispado, pero estábamos en 1961, las mujeres necesitaban protegerse cuando salían al descubierto.

Hace unos días escribí sobre mi primera y hasta ahora única visita a La Alhambra, con mis padres y una de mis hermanas. En otro texto, por aquellos mismos días, afirmaba que mi primer interés por la corbata fue en la adolescencia, hasta que recordé unas fotos de aquel mítico viaje, las encontré y apareció esta curiosa versión de mí mismo con americana y corbata en la infancia, tratando de emular a mi padre, que estaba agradablemente sorprendido con aquella súbita metamorfosis. Empezábamos a conocernos, mi padre y yo. Me temo que lo hice a menudo: ser otro, para agradar, pero también para tratar de encontrar un lugar en el mundo. Sigo en ello.

En aquella época todo se hacía con corbata. He visto fotos de pilotos de carreras, con sus vetustos y rapidísimos Maserati, Alfa Romeo y Jaguar, con casco y corbata. Eso fue un poco antes de la década prodigiosa, pero no tanto como para olvidarlo. En España, además, teníamos el franquismo y la religión, en perfecta simbiosis. Si en China inventaron el cuello Mao, en Occidente popularizamos la corbata, la cuestión era ir uniformado, de esta manera es más fácil distinguir la disidencia y, si conviene, aplastarla. Aquellas vacaciones de Semana Santa recorrimos todo el perímetro de la península ibérica, excluida Portugal, en poco más de una semana. Cinco mil kilómetros. Las autopistas sólo existían en el imaginario fascista italiano y en las fotos que llegaban de América.

El nacional-catolicismo lo impregnaba todo, y en Pascua todavía más. Por Peñíscola no sé si pasó el Cid, pero Charlon Heston sí, lo vi aquel mismo año en el cine Kursaal, de Rambla Cataluña, acompañado por Sofía Loren. Allí comí por primera vez lenguado Meunière, pescado aquel mismo día. Fue mi primer plato sofisticado, que sustituyó a los huevos fritos con patatas al que parecía estar abonado a perpetuidad. De vez en cuando a mi madre se le ocurría rezar el rosario, siempre al atardecer, sospecho que lo hacía por si un ojo invisible nos vigilaba (mi padre había hecho la guerra con los rojos,). Las letanías eran interminables y algunas muy originales: mater puríssima, mater castíssima, mater inviolata, a las que había que responder, una y otra vez, ora pronobis y, de repente, nunca supe por qué, había que cambiar a miserere nobis. Todavía hoy no sé qué quiere decir, y es bien fácil. Yo fallaba siempre el cambio, sumergido en el sofá trasero del Seat 1400 Especial bicolor, mortalmente aburrido, atravesando pueblos en domingo, cuando la carretera se llenaba de gente paseando. Los novios, nos aclaró mi madre con una sonrisa divertida, son los que se alejan más, para estar solos. No había otro sitio dónde ir. En las pequeñas ciudades de provincias se paseaba por la Plaza Mayor, los hombres en una dirección, las mujeres en la opuesta, mientras las parejas circulaban en todas direcciones. En Murcia visitamos el Museo Salzillo; había unas cuantas maneras de vivir el franquismo y una de ellas pasaba por allí. En Sevilla una señora me acarició el pelo, en el ascensor del hotel, y me dijo que era tan rubio que parecía alemán. Allí vimos una procesión imponente, de esas que mezclan el gozo y el sufrimiento con mucho arte. Los encapuchados siempre me han infundido un profundo respeto, aquí y al otro lado del Atlántico. El paso principal, con un Cristo sufriente, chorreando sangre, se paró al grito desgarrador de una saetista, que le puso música al lamento colectivo e interrumpió el repicar monótono de los tambores. Nunca olvidaré la imagen de los dos o tres penitentes que iban detrás del paso, descalzos, con cadenas en los tobillos, purgando algún terrible pecado.

Nos explicaron que uno de ellos se emborrachó, de eso hacía ya unos cuantos años, y después de piropear a la Macarena, que también desfilaba, le lanzó un vaso de vino tinto, con tan mala fortuna que le impactó en la cara. Este acto reprobable es el que estaba purgando. Yo creo que, en el fondo, disfrutaba de su condición. Los tres eran de clase trabajadora, de eso tampoco me di cuenta, ahora sé que la República fue un renacer, con la mirada puesta en una utopía, a veces tan sencilla como una semana de vacaciones pagadas al año para los trabajadores.

En Cáceres dormimos en un convento. No encontrábamos alojamiento y mi madre recurrió a sus contactos. Como miembro de la Asociación de Antiguas Alumnas De Las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús -tengo que poner una coma, porque llego exhausto al final del enunciado-, contactó con una institución de esta orden y pudimos pasar la noche en un oscuro y frío convento. Las celdas eran espartanas. Intimidaban. Pasé miedo, pero de Extremadura tengo un grato recuerdo. Medellín, Trujillo, Mérida. Las ruinas romanas estaban descuidadas, accesibles. En Castilla vivimos otro domingo de pueblos y paseos por la carretera, entonces me fijé en los últimos, una pareja que caminaba dejando medio metro entre ellos, él con corbata, claro, ella con vestido largo y abrigo oscuro. Me quedé mirándolos un buen rato, arrodillado, con los codos en la bandeja posterior, viéndolos empequeñecerse poco a poco, hasta desaparecer en una curva.

En Ribadeo, cenamos mi padre y yo mano a mano un pollo al ajillo, como viejos camaradas, mientras mi madre y mi hermana se daban un baño reparador.

La corbata era a cuadros pequeños y con goma.

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