El sonido acompasado de las ruedas metálicas sobre los raíles adormeció a Mimma, que dio una cabezada y a punto estuvo de caérsele el libro de las manos, abandonadas sobre el regazo, pero lo salvó en el último momento con un movimiento reflejo, que la sorprendió. Desconcertada, miró a su alrededor, con expresión de preguntarse quién era, de dónde venía y, sobre todo, adónde iba. Sonrió, para sí misma. “¡Demasiado vino en la comida!”. El tren atravesaba una zona salvaje, verde, frondosa, con árboles muy altos y carreteras secundarias encantadoras, pero enseguida llegaron las primeras granjas y los cobertizos cochambrosos, que suelen descuidarse junto a las vías del tren, por considerar que es un lugar marginal y poco atractivo, demasiado cerca de la herida que el ferrocarril infringe al paisaje. Detrás de ellos apareció un polígono industrial, con la misma lógica en cuanto a la distribución de equipamientos semiabandonados, carreteras importantes, aparcamientos enormes, gente con prisa, semblantes preocupados, relajados, parejas enamoradas, jóvenes esperanzados, felices, infelices, anónimos, perros callejeros y un gato pegado a una ventana, viendo pasar el tren; la humanidad entera pasa ante sus ojos adormilados; todos los trenes del mundo atraviesan el planeta, pero no todos son iguales; los indios van abarrotados, en los rusos hace frío, los suizos y los británicos son puntuales, los latinos no tanto; a finales del siglo XIX el tren atravesaba los Estados Unidos de costa a costa en menos de una semana, algo inimaginable para la lógica de la época, como el Concorde cien años más tarde atravesando el Atlántico a velocidad supersónica. La máquina que empuja el convoy en el que viaja Mimma tiene cuatro mil caballos de potencia. ¿Cómo lo sabe? La memoria es caprichosa. A Mimma le cuesta desconectar, pero cuantos más pensamientos acuden a su cabeza, en alegre algarabía, más cerca está de alcanzar la mente en blanco, el nirvana, la meditación trascendental. El blanco no es un color, es una ausencia, el blanco de Mimma está poblado de dameros cúbicos de color blanco. Resignada, pero serena, toma de nuevo el libro, Algo que quería contarte, de Alice Munro.

No estoy al tanto de lo que Hugo escribe. A veces veo su nombre en la biblioteca, en la portada de alguna revista literaria que no me molesto en abrir; no he abierto una revista literaria en más de diez años, gracias a Dios. O veo en el periódico, o en un póster -quizás en la biblioteca, también, o en una librería- un anuncio de una mesa redonda en la universidad, donde Hugo va a debatir sobre el estado actual de la novela, o sobre el cuento contemporáneo, o sobre el nuevo nacionalismo en nuestra literatura. Entonces pienso: ¿de verdad irá gente?, gente que podría estar dándose un baño o tomando algo paseando, ¿de verdad irá hasta el campus a buscar la sala y se sentará en filas a escuchar a esos tipos pedantes y peleones? Tipos hinchados, testarudos, impresentables, así es como los veo, consentidos por la vida académica, la vida literaria, por las mujeres. La gente irá a oírles decir que a tal y tal escritor ya no merece la pena leerlos, y que hay que leer a tal otro; a oírles menospreciar y ensalzar y discutir y burlarse y escandalizar. La gente, digo, pero me refiero a las mujeres, mujeres de mediana edad, como yo, atentas y temblorosas, deseando hacer preguntas inteligentes y no quedar en ridículo; jovencitas de pelo sedoso rebosantes de veneración, deseando trabar la mirada con uno de los hombres del estrado. Las chicas, y también las mujeres, se enamoran de hombres como esos, imaginan que hay poder en esos hombres.

¡Esto le encantará a Suth! Hugo es el exmarido de la protagonista de esta historia, pero lo importante, para mí -el que escribe esta historia sobre la historia escrita por Alice Munro-, es que la reflexión no es de Alice Munro, ella sólo escribió el libro, es de uno de sus personajes; una mujer, por otro lado, inteligente y decidida, como la propia autora. Mimma vuelve a leer el párrafo, ¿es machista?, ¿es heteropatriarcal? ¡No!, la protagonista se ríe de Hugo, lo caricaturiza, y lo hace extensivo a todos los Hugos, en este caso intelectuales encantados de haberse conocido.

Hugo probablemente fue un joven con inquietudes sociales, un idealista, a lo mejor pensó que el arte podría cambiar el mundo, pero lo cambió a él, y no para mejor. “Las mujeres tenemos otra manera de enfocar el éxito artístico”, pensó Mimma, “hemos sufrido tanto que no es fácil sobornarnos, tenemos conciencia de clase, empatía de género, nos jugamos demasiado para creernos el centro del universo”. Piensa en Alice Neel, una pintora portentosa que a duras penas transita por la senda del reconocimiento, años después de su desaparición, mientras que sus colegas, varones en su inmensa mayoría, desfilan orgullosos por museos de medio mundo. La desproporción entre hombres y mujeres artistas sigue siendo escandalosa. No es justo. Suth lo sabe, por eso lo ama. Por eso y por otras cosas. Tiene por delante una semana de celibato y ya le está pesando, a pesar de que se han despedido hace sólo unas horas, después de hacer el amor hasta el agotamiento.–

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