A Borges

Hace tiempo que me cuesta encontrar libros buenos, de esos que te hacen mejor persona. Compro mucho, lo empiezo todo y acabo sólo un veinte o un treinta por ciento, y me parece que estoy siendo generoso. Recuerdo con añoranza cómo en la adolescencia y la juventud devoraba literatura en ingentes cantidades. Pasada la explosión inicial, en la que cualquier cosa impresa tenía el don de llevarme lejos de una realidad asfixiante, como era el franquismo en el que crecí, tuve la suerte de que irrumpiera el boom iberoamericano y fue una fuente inagotable de placer, como los “expatriados místicos británicos de California del Sur”, encabezados por Huxley y Watts, y los alemanes, rusos, italianos y españoles, ¿soy yo el que ha cambiado o es la literatura? Tengo siempre la mesita de noche repleta de libros empezados, que voy renovando cada pocas semanas. En general son buenas ideas, planteamientos interesantes, a veces geniales -si no, no los hubiera comprado-, pero se me caen de las manos al cabo de unas cuantas páginas, cuando me doy cuenta de que se han quedado en la idea y la han escrito apresuradamente, como si tuvieran miedo de que alguien se la arrebatara. Hay un periodo en la gestación de una obra de arte que es muy importante: el reposo. Dejar reposar la pintura, el libreto, el proyecto de escultura pública, el manuscrito, y cogerlo de nuevo “cuando ha dejado de ser hijo para ser sobrino”, en acertada expresión de una amiga mía, escritora y periodista. Esa perspectiva ayudará a mejorar el producto. Pero el reposo y la posterior relectura no son habituales, se impone el ruido mediático y la velocidad.

La literatura tiene muchos géneros, la mayoría tipificados, pero hay unos cuantos a los que todavía no se les ha puesto etiqueta. Hace unas semanas me preguntaron qué era lo mejor que había leído este año. No encontré la respuesta en las mesitas de noche de los últimos meses, por más que me esforcé, y respondí lo primero que me vino a la cabeza: unas líneas de un artículo sobre Mario Camus en La Vanguardia. Sin duda es lo mejor que he leído últimamente. Y son sólo unas líneas.

Busco el artículo en la mesa del estudio. Es de Gustavo Martín Garzo, del 19 de septiembre de 2021 y se titula Los héroes tristes de los relatos eternos. Hay un párrafo de una belleza impresionante y de una profundidad insondable:

«Las sobremesas se prolongaban hasta bien entrada la tarde, y en ellas no cesaba de contarnos sabrosas anécdotas. Recuerdo una de ellas. Televisión Española le contrató para hacer un documental sobre la vida en un convento de clausura. Terminado el rodaje, quiso enseñárselo a las monjas para ver si les parecía bien. Y durante la proyección, una de ellas no paró de llorar. Antes de irse, pidió hablar con ella y le preguntó por la razón de su incontenible llanto. Y la monja le contó que había entrado en el convento siendo muy joven, y que llevaba cuarenta años sin moverse de allí. En todo ese tiempo no había visto su rostro (en aquel convento no tenían espejos), y ahora las imágenes de su película le devolvían no el rostro de la muchacha que fue al hacer sus votos, si no el de una monja vieja y triste en la que no se reconocía. Y se preguntaba qué habría sido de aquella niña.»

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