Hace un mes viví una semana en un barrio de Barcelona que hacía décadas que no visitaba. Por las mañanas, de camino para comprar el periódico, pasé cada día por delante de un colegio en el que empezó una noche muy singular, cuarenta años atrás. La había olvidado, pero aquella fachada imponente y aburrida, funcionarial, cuartelaria, de color marrón claro, sin ninguna gracia arquitectónica, me trajo a la memoria una chica que conocí, guapa, divertida, original, con personalidad, bastantes adjetivos para definir a una persona cuyo físico se me ha borrado de la memoria. Cada día, a cada nueva pasada, recordaba algún nuevo detalle de aquella noche trepidante, una versión musical de After Hours, la película de Scorsese, con la que en realidad sólo tiene en común el protagonismo de lo inesperado. A aquella chica sin rostro le gustaba la música; me dijo que venía a Barcelona Lionel Hampton y quedamos para ir juntos al concierto. Me citó en el colegio en el que daba clases de francés. El día señalado me presenté allí y pregunté por ella; una monja muy amable -no me había dicho que era un colegio religioso- me indicó el camino de la sala de actos, que estaba muy animada, repleta de padres y familiares de alumnas, porque el colegio era femenino, segregado, y estaban celebrando algo, posiblemente una fiesta de fin de curso. Yo tenía veinticinco o veintiséis años, no recuerdo que hubiera nadie de mi edad en el aforo. Apareció mi amiga, me sonrió, me pidió que me sentara en una localidad próxima a la puerta trasera de la sala y me dijo que se escaparía a la primera oportunidad que se le presentara. Yo estaba alucinado; mi infancia y adolescencia quedaban lejos y la posibilidad de ser padre era una idea abstracta y sumamente improbable; en consecuencia aquel ambiente me pareció raro y las representaciones delirantes. Pasa un poco como con el ejército; si has tenido que vivirlo, por la razón que sea, haces como que lo entiendes, pero si no estás involucrado te parece irreal. Lo es. Me pareció surrealista y un poco naïf, porque no había público objetivo, todos estaban entregados a la causa que defendían sus hijas y nietas. ¿Qué demonios hacía yo allí? En esa época estaba filosóficamente muy cerca del hippismo, llevaba el pelo bastante largo y aunque cuando estaba en mi ciudad natal vestía con cierta moderación, era incuestionable que mi aspecto desentonaba en aquel escenario.

Una hora más tarde, que se me hizo eterna, salimos por fin al exterior. En la ciudad caía la tarde, la temperatura era agradable, los taxis seguían siendo amarillos y los autobuses rojos. Yo estaba como si me hubiese tomado un ácido, pero ella parecía feliz, despreocupada. Bajamos hacia el centro en mi coche, un Seat blanco que había pasado por muchas manos, luego viramos hacia la derecha del Ensanche, en dirección a la montaña de Montjuïc, hasta llegar al Palacio de los Deportes, donde se celebraba el concierto. Fue brutal. Lionel Hampton tenía ya una edad respetable, pero se subió al xilofón y tocó con los pies, con una agilidad asombrosa. Más o menos por aquella época vi a Jerry Lee Lewis hacer algo parecido con su piano, en un concierto country, patrocinado por Marlboro, en el que compartió cartel con Brenda Lee. Entre los músicos que acompañaban al vibrafonista de Louisville destacaba precisamente el pianista, contratado para la gira europea; luego me enteré de que a pesar de su juventud se trataba de un reputado intérprete de woogie-boogie, con una sólida carrera a sus espaldas y un brillante futuro por delante. Llevaba el pelo mucho más largo que yo. Sus manos volaban sobre el teclado, mi amiga estaba fascinada, ella también tocaba. Me dijo que tenía la carrera de piano clásico.

Cuando acabó el concierto quiso saludar al pianista -era decidida- y nos quedamos cerca del escenario, esperando una oportunidad. Apareció cuando el aforo estuvo vacío y ella le gritó, desde la distancia, «Congratulations!», o «Thank you!», no estoy seguro. Él la miró, sonrió y la invitó a subir al escenario, ya he dicho que era atractiva. Se sentaron frente al teclado y tocaron alguna cosa juntos. Yo había pasado a segundo término, pero no me importó, estaba disfrutando. Me encanta el piano. Cuando ella volvió a mi lado me dijo que le esperaríamos, para ir a comer algo. “Está hambriento”, me aclaró, como si lo conociera de toda la vida. Simpatizamos. Los llevé al Miramelindo, en el Paseo del Borne, y cuando terminó su refrigerio descubrimos que en el local había un piano vertical. No sé cómo acabó frente al teclado, primero tímidamente -es una manera de hablar- pero enseguida sus manos volaron nuevamente sobre su terreno de juego favorito, con una energía arrolladora, vibrante. El woogie-boogie bien tocado es poderoso y enseguida se silenciaron las conversaciones, cesaron los murmullos, aparecieron nuevas sonrisas y la magia de aquel ritmo endiablado se adueñó del local. Fue corto, fue bueno, apareció el dueño, le expliqué de dónde veníamos y nos invitó a las consumiciones.

Salimos. Barajamos otras posibilidades. La noche era joven. El músico nos explicó que durante las giras rara vez tenía ocasión de conocer los lugares donde actuaba. Estaba disfrutando de aquella oportunidad que el azar le brindada. Ella sugirió entonces una discoteca que creo recordar que se llamaba Studio Ono, pero no estoy seguro. Yo no había estado nunca, en aquella época vivía más fuera de la ciudad que en ella, pero me indicó cómo llegar. Allí descubrí que era popular, conocía a mucha gente, nos explicó que la semana anterior habían celebrado una fiesta erótica, en la que pasó de todo. Nos explicó detalles asombrosos. Esa chica era sorprendente, también era osada y desinhibida, según avanzaba la noche se me iban acabando los adjetivos calificativos. Los hippies fumábamos yerba en comunidades neorurales, leíamos a Sábato y Cortázar, escuchábamos a Dylan y no teníamos dinero para fiestas sofisticadas. Mientras ella socializaba, en un mundo que a mí me pareció decadente, el pianista y yo bebimos cerveza, acodados en la barra, y charlamos como viejos camaradas. Intenté explicarle que la velada había empezado en un colegio de monjas, pero no sé si lo conseguí. Mi inglés no era lo suficientemente bueno y la historia no era fácil de explicar.

Salimos de madrugada y ella me indicó la dirección de su casa, que no estaba lejos del colegio donde había empezado todo. En aquella película, por fin me daba cuenta, yo era el chófer. Soy un poco lento para ciertas cosas de la vida. Aquella no fue la primera ni la última vez que padecí desubicación, una rara enfermedad que puede llevarte frente al teclado, en este caso el del ordenador -o la máquina de escribir, si lo hubiera escrito entonces-, para escribir un libro titulado Diario de un outsider. No es una enfermedad dolorosa, ni contagiosa, su síntoma más relevante es que te resta protagonismo, pero a cambio te da perspectiva. El piso era absurdamente burgués, anodino, había un piano, tocaron, les hice un gesto vago de despedida y desaparecí. Amanecía cuando cogí de nuevo el coche.

Nunca los volví a ver, pero guardo un grato recuerdo de los dos.

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