Triple homenaje: Picasso, Malévich y Velázquez, 1994

En su homenaje, flanqueado por tres instituciones neoyorquinas de prestigio: el MoMA, el Met y el Metropolitan Opera House, representados por sus directores, el viejo profesor habló mucho, muchísimo, siempre de sí mismo con admiración y de los demás con sano espíritu crítico. Su especialidad eran las artes plásticas y mencionó a todos los genios comprendidos del siglo XX, americanos y europeos, a los que conoció lo suficiente como para tutearlos, pero no aportó nada significativo. Los únicos nombres desconocidos que oyeron Mimma y Suth eran alemanes, de pensadores y teóricos de prestigio, a juzgar por el contexto, pero no escucharon el de ningún artista nuevo, nada que no supieran ya, hasta el aburrimiento -Rauschenberg, Johns, Mitchel, De Kooning, Picasso, Dalí, Warhol, Basquiat, Miró-, como si no hubiera pasado nada más en el mundo. También aparecieron algunos intelectuales de su entorno más cercano, todos famosos -la celebridad siempre es bien recibida en ese tipo de actos-, como Robert Hugues, con el que el protagonista de la velada compartió redacción en la revista Time, y Gore Vidal, con el que mantuvo una larga amistad. A pesar del afecto que le profesaba, añadió, con malicia: “No era simpático”. Mimma sonrió al oírlo, recordó haber leído una entrevista al escritor y ensayista americano afincado en Ravello, Italia, en los años ochenta, en la que el periodista le mencionó aquella supuesta gran amistad y Vidal se limitó a apuntar que lo conocía muy bien, “esa es la razón principal por la que nunca seremos amigos”.

Se sentaron en la tercera fila con un amigo de Suth, también pintor, al que hacía tiempo que no veían, con el que coincidieron en la puerta. Se encontraron con un hombre derrotado por la vida. Cuando le preguntaron cómo le iba tuvo un ataque de sinceridad y les dijo que por los diez o quince años que le quedaban podía haber tenido un final un poco más honorable. Les impresionó, porque lo tenían por un artista reservado, además de honesto y digno. No ayudó que Suth le dijera que había dejado la pintura, o que la pintura le había dejado a él, aunque le interesó la proposición. Entonces le hablaron de una obra suya, muy bella, que está en los fondos del MoMA. Le gustó que Mimma la calificara de referencial.

Cuarenta años atrás, aquel joven artista destacaba sobre los demás, gracias a su oficio, que era notable. Mientras se imponía el expresionismo abstracto él se mantuvo fiel a la figuración, a la europea, con permiso de Sargent, y contra viento y marea consiguió labrarse una sólida reputación. Para Suth fue un poco más fácil, porque estaba más cerca de la contemporaneidad, pero ahora se encontraban los dos derrotados, aunque la magnitud de la tragedia era sustancialmente diferente. Suth había dejado de pintar porque se le había terminado el discurso y no quería repetirse. Su amigo, en cambio, no era sólo pintor, era pintura; había algo sólido en su vocación y para él era un drama sentir que su obra había dejado de gozar del reconocimiento que merecía, mientras que para Suth parecía que la vida estaba ya en otra parte.

El espectáculo -no debería usar esa palabra-, una vez más estaba en el aforo, no en el escenario, porque había un abismo entre la intensidad emocional del amigo de Suth -puro Dostoyevski, incluso en las formas, con su poblado mostacho, gafas con montura de concha, americana de pana, verde oscuro, y una bufanda de colores gastados por el uso, dando más de una vuelta alrededor del cuello- y la diletancia del viejo profesor, la misma distancia que hay entre la verdad y la impostura.

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