Estoy leyendo El impulso nómada, de Jordi Esteva, y aunque he superado las tres cuartas partes del relato sigo enganchado a una imagen del primer cuarto, de su mítico viaje a India por tierra, en un desvencijado Land Rover, acompañado de unos amigos. Fue algo que pasó en Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán, cuando un hombre de ojos grises armado con un kaláshnikov tomó el mando de la pequeña expedición y les invitó a acompañarle a su casa, que estaba más o menos en la misma dirección que ellos llevaban. Allí les ofreció su hospitalidad, que fue espléndida, abriendo un paréntesis en sus vidas que ninguno de ellos olvidará jamás. Después, he seguido viajando con él y en este momento me encuentro en El Cairo, donde pasaron tantas cosas, con el proyecto de fotografiar los Oasis en el horizonte. Cuando he desistido por fin de retener en la memoria los nombres de sus nuevos amigos, como si estuviera leyendo a un autor ruso, me he impregnado de imágenes, música y olores, pero aquel remoto rincón del planeta revelado por un insólito autoestopista armado hasta los dientes se ha quedado ahí para siempre, inmortalizado en unos cuantos párrafos de un libro de aventuras.

Esta anécdota me ha recordado una experiencia similar. Leer es viajar. En 1996 iba con un grupo de amigos en un 4×4, parecido al Land Rover requisado a punta de kaláshnikov, en el trayecto entre el templo de Konarak, famoso por sus relieves eróticos, y la ciudad santa de Puri, en la provincia de Orissa, al sur de Calcuta. La carretera bordeaba el mar, pero no lo veíamos porque una franja de selva nos lo tapaba, pero sabíamos que estaba ahí, de vez en cuando un claro entre los árboles nos permitía disfrutar de su bello color azul marino, en contraste con el azul límpido del cielo. De pronto el coche empezó a fallar, hasta que se paró. Salía humo del motor. El conductor bajó, abrió el capó y puso cara de preocupación, aunque su expresión parecía un poco impostada, como para darse importancia. Sí, era grave, pero ahí estaba él para solucionarlo. Empezó a aparecer gente, salida de no se sabe dónde, de entre los árboles, porque otra cosa no había, rodearon al conductor y lo abrumaron con sus opiniones y ofertas de colaboración. Al mismo tiempo nos sonreían, nos consolaban, nos daban la mano y a Genín, que iba en el asiento del copiloto y se había manchado los pies de aceite salido del motor, de un color oscuro asqueroso, la ayudaron a limpiárselos, primero con gasolina y luego con agua. Desmontaron buena parte del motor, en medio de una recta interminable flanqueada por árboles muy altos, sacudidos por la brisa del mar, que hacía soportable el calor tropical. De vez en cuando aparecía un vehículo, se paraba, ofrecía su ayuda y sus conocimientos y luego seguía su camino. Nosotros llevábamos el tiempo suficiente en la India como para tomarnos las cosas con filosofía. Ví a mi querido y añorado amigo Rafa Teja dirigirse a lo que parecía un sendero, en dirección al mar, y le seguí. Pronto se apuntaron los demás, dejando solo al conductor del coche y a sus numerosos colaboradores, además de todas nuestras pertenencias, con la seguridad de que nadie tocaría nada. Apenas habíamos andado un centenar de metros cuando se abrió ante nosotros un paisaje de ensueño: una playa de arena blanca, dos o tres chozas, una laguna salada con el puente más bello del mundo y otra playa, al otro lado, con el mar arbolado. Cruzamos el puente y nos llenamos los sentidos con aquel rincón del Golfo de Bengala que el azar y un viejo motor diésel en dificultades nos había regalado. Rafa nos mostró el camino.

He seguido leyendo y en los Oasis he entendido una vez más por qué me gusta tanto el cine de Jordi Esteva: sabe escuchar.

Por la noche, el umbra de Farafra nos hablaba de las leyendas del desierto, de las “tribus negras” procedentes del Chad y del Sudán, que robaban y esclavizaban a los habitantes. De la ciudad de Zarzura, perdida en las arenas, “una ciudad amurallada, resplandeciente como el cristal y repleta de fabulosos tesoros”, contaba, “cuyos habitantes dormían el sueño del encantamiento convertidos en piedra. Toda ella es de mármol y solo la encuentran quienes se pierden durante las tempestades de arena, pero nadie, nadie, nadie, regresa cuerdo de ella”, concluía refugiándose en una condescendiente sonrisa que no acertaba a disimular su firme creencia en la leyenda.

Desgraciadamente, el progreso ha acabado llegando a esos lugares remotos y con él la electricidad, internet, la velocidad y el estrés, pero Jordi en aquella época no lo sabía, aunque lo intuía.

Aquel viaje activó en mí algo tan profundo que regresé a El Cairo siendo otro. Cierto, aquel desierto no era tan espectacular como el del Tassili o el del Teneré, los habitantes no vestían de azul con vistosos ropajes como los tuaregs, ni se tocaban con elegantes turbantes, las mujeres no lucían complicadas joyas de plata o ámbar y los poblados resultaban simples cubículos de adobe comparados con las orgullosas ciudades del Yemen o con Jaisalmer, la perla del desierto del Thar. Y, sin embargo, sentí una atracción por los oasis de Egipto como no había tenido nunca por otro lugar. Me cautivaron la sencillez y el gran valor que se daba a cosas que en nuestra sociedad de la abundancia pasamos por alto. Saborear el agua fresca de un manantial, comparar los frutos de un vergel con los del vecino, mojar una hogaza de pan recién horneado en aceite de oliva prensado en rueda de piedra, preparar té en el suelo con las ramas de un arbusto y perfumarlo con una hierba aromática recién cortada o bañarse en una poza de agua cristalina. Estaba decidido a dedicarle a aquel proyecto fotográfico todo el tiempo que fuera necesario.

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