He estrenado mi nuevo portátil con un documental sobre Leonardo. Nunca deja de sorprenderme. No me refiero al ordenador, ni a You Tube, que también, tener la Biblioteca de Alejandría en un aparato electrónico tan ligero es alucinante, sino a Leonardo. Jean-Pierre Isbouts afirma desde una pantalla impoluta que la primera pintura moderna de la historia es La última cena, de Leonardo da Vinci, que está en el refectorio de la iglesia de Santa Maria delle Grazie, de Milán. Leonardo introdujo el teatro en un espacio de dos dimensiones, contando tantas historias como apóstoles hay en la composición. El planteamiento es digno del mejor de los dramaturgos. En el comedor de los frailes de los monasterios solía haber una crucifixión y una última cena, y todas eran más o menos iguales. En las cenas inmortalizaban invariablemente la escena del pan y del vino, el cuerpo y la sangre de Cristo, y todos los asistentes contemplaban extasiados a su maestro, pero Leonardo prefirió centrarse en otro momento del drama: “Uno de vosotros me traicionará”, y se armó un escándalo monumental. Las figuras abandonaron su tradicional movimiento detenido -no sé cómo llamarlo-, incluso en los más osados de sus contemporáneos, como las figuras de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, que posan, sin acabar de mostrarse del todo, o los filósofos de La escuela de Atenas, de Rafael, que me recuerdan el inicio del partido de fútbol entre pensadores griegos y alemanes, de Monty Python, en el que no acaban de decidirse por entrar en juego; en la cena de Leonardo todos se dan por aludidos y cada uno reacciona según su personalidad, abandonando toda contención.

Lo que poca gente sabe es que el Duque de Sforza encargó también las pinturas de la iglesia y la de la pared sur del refectorio, que fueron adjudicadas a Pedro de Verona y Giovanni da Montorfano, respectivamente, porque eran los mejores artistas del momento, según los expertos, y a Leonardo, que además de pintor y escultor era ingeniero, arquitecto, filósofo, botánico, urbanista, poeta, anatomista, inventor y paleontólogo le tocó la pared que daba a la cocina, lo que, a la postre, causó su posterior deterioro.

Tenemos, sin embargo, dos buenas referencias de cómo era esa pintura en realidad, antes de estropearse en un noventa por ciento, sin perder milagrosamente su encanto, gracias a Luis, rey de Francia, que se enamoró de la obra y al no poder arrancarla de la pared para llevársela a su reino encargó una copia. Leonardo hizo dos, en su taller, una de ellas liderada por su discípulo predilecto, Andrea Solario, que está actualmente en la abadía de Tongerlo, en Amberes, Bélgica. Dice el abad que las figuras de Cristo y del apóstol Juan -siguen sin atreverse a pronunciar el nombre de María Magdalena- las pintó Leonardo en persona. La otra réplica la dirigió Jan Pietrino y está en la Royal Academy de Londres. Las tres son fantásticas, incluso la original, que a pesar de su estado sigue siendo la mejor, a lo mejor porque nos recuerda a un hombre curioso que pintó la primera obra de arte moderno de la historia en el peor de los rincones, el que da a la cocina.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s