Estos días estoy aturdido. Desasosegado. ¿Será la Navidad? ¿La pandemia? ¿El cambio de año? Suelo ponerme melancólico en estas fechas, con pandemia y sin ella, no puedo evitarlo. Pero hay algo más. Después de dedicarle a mi último proyecto literario –Elogio del fracaso / Un ensayo sobre arte contemporáneo– varios años de mi vida, además de aparcar mi trabajo en pintura y escultura, hasta el punto de sospechar que ahí ya lo había dado todo, que es llegar muy lejos, no sé cuál es la tesis de la obra, si es que la hay. ¿La de Suth: el arte contemporáneo es un fraude colosal? Es atractiva, pero simplista. ¿El arte está en todas partes, menos donde nos dicen que está? Eso está mejor. “El peor enemigo del arte es el mercado”, escribí, como respuesta a la proposición anterior. De cualquier forma, no creo que haya sido capaz de demostrar que el arte tenga una relación directa con la ética, a pesar de que he procurado comprometer al artista con las causas más nobles y los derechos humanos más elementales, pero no he logrado superar el mito del genio incomprendido, inalcanzable, un poco tosco, mitificado, más que místico, que es la piedra filosofal de todo el asunto. “Sacralizar el arte, convirtiendo a los artistas en seres sobrenaturales, no es una buena idea”, añadí un poco más tarde, porque creo honestamente que nada ni nadie es incuestionable. “Si el arte no es un foro de debate no es nada”. Eso también es mío. He llegado incluso a cuestionar la propia existencia del arte, tomando como referencia a Aristóteles, que a pesar de profundizar en lo divino y lo humano nunca distinguió entre arte y artesanía, y a la respuesta de los habitantes de Bali a los colonizadores ingleses: “Nosotros no tenemos arte, sólo hacemos las cosas lo mejor posible”. He intentando establecer un vínculo orgánico entre arte y pensamiento, pero ahí ya iba cuesta abajo porque de existir el sentimiento se confundiría con el conocimiento y Basquiat le ganaría la partida a Walter Benjamin, después de que Goethe hiciera lo propio con el Barroco. Y no es lo mismo Basquiat que Goethe. El triunfo incontestable del genio romántico es mi fracaso, y ahí sigo, atascado, buscando una respuesta que debería estar cerca de mis narices porque, como escribió Elias Canetti, “lo más difícil de todo es descubrir, una y otra vez, lo que uno de todos modos, ya sabe”.

Escribir tantas páginas y descubrir que apenas te has movido del punto de partida puede ser desolador. Sin embargo, ¡ahí hay algo!, pensaba, no sé si esperanzado o desesperado, porque lo dije en voz alta, casi gritando, mientras subía en coche hacia Camprodón una fría y luminosa mañana de finales de diciembre. Me esperaban Jorge de Persia, director del MIAC –Museu Isaac Albéniz de Camprodon– y Xavi Guitart, alcalde de este bello pueblo pirenaico. Delante del tocador modernista del dormitorio de la familia Albéniz-Jordana en París, Xavi me entregó un borrador del convenio entre el Ayuntamiento y la familia Albéniz, que deberá regir la gestión del museo en el futuro. Un momento histórico, que nos ha llevado un año de trabajo y más de veinte de preparación, desde que se inauguró la primera versión del museo, en 1999. Poco después aparecieron Edmon Colomer y Maria Lluïsa Muntada, él director de orquesta, ella cantante, y ambos muchas cosas más, y entre una cosa y otra Jorge deslizó en mis manos un tríptico de una exposición del Museo Etnológico y de Culturas del Mundo de Barcelona, titulada Traços, que comisaría Estela Ocampo. “Me lo ha dado Estela para ti”. Lo guardé en el bolsillo, después de agradecérselo y me olvidé de él, hasta la noche.

Cuando conseguí aparcar las emociones del día, en la cama, recostado, con las perras paseadas y el estómago apaciguado, tomé de nuevo el tríptico y me encontré con unas pinturas étnicas admirables, australianas, aborígenes, pintadas con pigmentos naturales sobre corteza de eucalipto. En estas pinturas, explica Estela, los artistas muestran interpretaciones de los mitos del DreamtimeTiempo de los sueños–, un bonito enunciado y un concepto temporal asombroso: es una dimensión de la realidad que contiene pasado, presente y futuro a un tiempo, y que no ha cesado de existir. Brutal. Remite a un pasado ancestral –60.000 años de historia nos contemplan– que, sin embargo, está ahí mismo, en el presente, alimentando un futuro que también puedes tocar. ¡Esa es la tesis! Me he pasado la vida buscando la atemporalidad, en oposición a la contemporaneidad.

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