(Segundo intento)

Todos tenemos un pasado. Esta pintura de 1983, titulada El bikini rojo, representa un camino iniciado y no completado. Uno de tantos. El viento cambió de rumbo, pero la mujer y el damero siguen estando en mi trabajo. Lo que pudo ser y no fue nos define con la misma fuerza que lo que finalmente ha sido. En la adolescencia me enamoré de una chica de mi grupo veraniego, alta, morena, esbelta, misteriosa (a mí me lo parecía), pero nunca se lo dije. Debíamos tener dieciséis o diecisiete años y como es natural ella era mucho más mujer que yo hombre. Aquel verano ella se enamoró de un chico que tenía solo dos o tres años más que nosotros. Le recuerdo llegando al Náutico de Vilassar un mediodía, trajeado, y a ella corriendo por la arena para abrazarlo. Era como una película de televisión de domingo por la tarde, los dos tan jóvenes, tan bellos, tan adultos, y yo tan niño, tan rubio; todos tan morenos. Llevaba un bikini minúsculo de color rojo.

Esta podría ser la historia de esta pintura: una pulsión sexual adolescente. Cuando la pinté yo no quería cambiar el mundo, ni conmover conciencias, ni revolucionar la pintura, y mucho menos pretendía cambiar el paradigma de las artes plásticas, tampoco quería convertirme en poeta, ni abanderar causas nobles, no sé lo que quería, sólo sé que una vez quise y no pude. Sólo eso.

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