7 o´clock!, 1985

Hace años que abandoné la tribu a la que pertenecía por nacimiento. Sentado en la mecedora del porche contemplo a los guerreros pasar por delante mío, con sus pinturas de guerra, decididos, valientes, asustados; yo aparto la vista, incómodo, porque a pesar de todo haber dejado de ser uno de ellos me desasosiega. No es mi guerra. No quiero convertirme en un soldadito de plomo, manejado por oscuros intereses. La guerra no es lo que parece, es otra cosa, y yo no sé de qué va la cosa. Me resisto a ser instrumentalizado. No quiero que manipulen mis sentimientos, que es lo más preciado que poseo, no quiero caer en el agravio comparativo de categorizar a los refugiados: los rubios a un lado, los morenos en el otro. Pero algo hay que hacer. No sé qué, no sé cómo. Sentado en la mecedora del porche veo pasar la vida, esperando que no me alcance el fuego cruzado.

Empezó en la adolescencia. Hablaba mucho de lo que haría, de lo transgresor que sería mi comportamiento, pero no me apartaba del camino trazado, hasta que a los 25 años, recién acabado el servicio militar, lo dejé todo y me fui a vivir al campo, de la mano de una chica mucho más joven que yo, pero también mucho más avanzada en el camino que yo anhelaba y temía. Fuera hacía frío y la inseguridad económica era aterradora. ¡Y la soledad! No supe lo que era hasta que se rompió nuestra relación y me instalé solo en el Ampurdán, donde no conocía a nadie. A principios de año, no recuerdo cual, nevó con fuerza varios días seguidos y el paisaje cambió. Me encontré en el norte de Europa, solo, sin coche, en un pueblo pequeño, sin calefacción, con una chimenea que a duras penas calentaba el salón. La víspera de Reyes dejó de nevar y la temperatura bajó a quince grados bajo cero. Reventaron las cañerías. Pinté toda la noche, bajo la luz parpadeante de las velas, porque la electricidad también abandonó el mundo en el que vivía. Nunca me he sentido tan solo, pero trabajé sorprendentemente bien, o al menos así me lo parece ahora, viendo una obra de aquella larga noche de mi juventud. Así es como me siento ahora mismo, cuarenta años más tarde, con la casa caliente y dos coches en la plaza; reconozco aquel frío interior pavoroso, desclasado, del que no pertenece a ningún clan, para no tener que pelearse con otro.

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