José Luis Pascual y Alfonso Alzamora en Km7 Espai d´Art, 2012. Foto Maria Alzamora

Museu Can Mario, Fundació Vila Casas, Palafrugell (Girona), sábado 9 de abril de 2022, mesa redonda dedicada a José Luis Pascual. En la mesa presidencial, de izquierda a derecha: Laurent Martin “Lo”, Toni Álvarez, moderador, José Luis Pascual, Luis Krauel y yo. Unas treinta personas de público, aforo limitado. Poco antes de que empezara la mesa redonda vi a José Luis, el homenajeado, muy concentrado leyendo un papel enmarcado colgado en la pared, cerca de la mesa, que resultó ser una carta autógrafa de Regina Saura en la que explicaba su visita al taller de José Luis en Ibiza, en la década de los ochenta. Allí encontró al parecer lo que buscaba, el arte, y su vida cambió para siempre. A mi derecha, Luis Krauel explicó que hizo su primera exposición en la Galería Trece, de Ventalló, siendo José Luis su director, y un poco más allá Lo afirmó que se lo debía todo, porque creyó en él, escuchó imperturbable su naciente historia de amor con el bambú –entonces apenas cuatro palitos vacilantes en el espacio–, le compró una obra y le organizó su primera exposición en Km7, la galería que montó en su estudio de Saus-Camallera, poco después de cerrar la etapa de Ventalló. Entre el público, Javier Garcés asentía, podría explicar una historia muy similar. Y Xavier Krauel. Y Hiroshi Kitamura y Montse Baqués, que llegaron a Camallera con una parte del camino hecho, como yo. Y Maria Alzamora, que hizo su primera exposición individual, NUE, en Km7. Recuerdo también a uno de los grandes ausentes: nuestro amigo –todos éramos buenos amigos– Jaime García Antón, que abandonó su empresa pionera de electrónica y la producción cinematográfica para hacerse pintor, recuperando un antiguo sueño de juventud. Expuso en la Trece y en Km7, como Raimon Ollé, joyero, que solía explicar a quien quisiera escucharle que José Luis lo convirtió en escultor. Como el flautista de Hamelín, José Luis arrastraba detrás suyo una larga hilera de ratoncitos artistas, alegres y dicharacheros –las tertulias de Km7, en la larga mesa de madera frente a la entrada de la sala de exposición, con whisky, cerveza, vino y altramuces, y la sonrisa de Eugenia, compartidas con aficionados al arte, escritores, periodistas, poetas, músicos y coleccionistas son legendarias–. Hablábamos de compromiso cultural y de lo que nos hacía diferentes, porque como dice una leyenda popular a ningún ratón se le ocurriría fabricar una trampa para cazar ratones, como hacen los humanos.

Al principio de su intervención, José Luis nos leyó un fragmento de un poema de Narcís Comadira, otro habitual de Km7, en el que viene a decir que los artistas tenemos una extraordinaria habilidad para complicarnos la vida (y con harta frecuencia la de los demás). “Tots ho sabem que no serveix de res, l´Art, només per torturar els que s´hi dediquen” –“Todos lo sabemos, que no sirve de nada, el Arte, sólo para torturar a los que se dedican”–.

Conocí a José Luis en la Galería Trece, cuando le fui a ver con una carpeta bajo el brazo. Esa anécdota causó un cierto revuelo entre el público asistente al acto y una artista sentada en la primera fila se apresuró a decir que ella nunca había ido a ninguna galería con una carpeta bajo el brazo. Enseguida, alguien más se apuntó al grupo de los artistas que jamás han visitado una galería con una carpeta bajo el brazo. ¿Es vergonzante? Yo lo he hecho poco, por temor al rechazo, pero no creo que haya nada malo en llevar bajo el brazo una muestra de lo mejor de nosotros mismos. Recuerdo que yo llevaba viviendo ya unos cuantos años en el Ampurdán, trabajando con galerías de Barcelona, y decidí buscar algo cerca de mi estudio. Hice dos visitas, una al Museu de l´Empordà y otra a la Galería Trece. En Figueras, Anna Capella me atendió amablemente y se quedó los catálogos que le llevaba. Después, silencio administrativo. No me sorprendió. En Ventalló, José Luis ojeó esos mismos catálogos y al cabo de unos minutos, pocos, me dijo: «Me gusta». Yo no lo sabía entonces, pero la suerte estaba echada, dos palabras de José Luis equivalen a quince discursos parlamentarios, y me quedo corto.

La esperança, la noieta esperança, / aquella que es llevava cada matí, / aquella que mai fa llum cap al passat, / ha desaparegut darrere les bardisses de l´incert. / S´ha pervertit i només mira cap ahir. / S´ha convertit en nostàlgia. / La crido i no em respon. / – On ets?, li dic. I res. Ella calla.

José Luis cerró el acto con estas bellas palabras de Narcís Comadira –se le quebró la voz al llegar a “La llamo y no me responde”–, ya habíamos hablado bastante del pasado, el presente nos reclamaba. En el estudio desaparece la nostalgia.

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