En Ginebra, una ciudad tranquila, de clase alta, habitada por seres cosmopolitas disfrazados de afables burgueses, he colgado una pintura en un entorno singular. El propietario del apartamento, situado en un selecto barrio residencial, es el director de una importante fundación cultural; un hombre que, según sus propias palabras, viaja más en avión que una tripulación normal de una compañía aérea normal, lo cual quiere decir que el apartamento se utiliza poco. Su residencia particular está en otra capital europea, en Ginebra está la sede de la fundación que dirige y por lo tanto recala regularmente en esta ciudad. Siempre de paso.

La pintura es una menina pintada en un díptico de un metro de altura por un metro sesenta de ancho y preside el salón, observando atentamente los curiosos objetos que la acompañan. A su derecha, en una repisa de superficie pulida, detrás de la cual se accede a la cocina, hay un gran busto de mármol del siglo XVIII de Jean Jacques Caffieri; es el retrato de un artista: Corneille Van Cleve, escultor de la corte de Luis XIV. El original está en el Museo de Cleveland y en el Louvre hay varias obras de ambos. Me imagino a la menina preguntándole a Corneille por sus primas de la corte de Versalles, todas ellas vestidas con el miriñaque característico de la época. Un poco más allá, siempre mirando a su derecha, cruzado el paso al recibidor, hay una mesa baja con un juego de espejos chinos de bronce de hace dos mil años. Nuestro amable anfitrión nos explica que su cara reflejante, muy bruñida, sirve para alejar a los malos espíritus, por eso solían acompañar al difunto en su tumba y en muchos casos se han conservado en buenas condiciones. Tengo apuntado en el dorso de la tarjeta de embarque (hemos llegado esta misma mañana) que son de la época de los Reinos Combatientes (siglo IV a. de J.C.), dinastías Han (siglos III a. de J.C. a II de J.C.), Tang (siglos VII-IX) y Song, Jin.

Encima de ellos cuelga una tabla medieval muy bella y al fondo, en un ángulo, hay una talla de madera más o menos de la misma época (¿siglo XV?). Espléndida. Y algunos dibujos antiguos: Alto en la Huída a Egipto, de Simon Vouet, y un paisaje de Van Goyen.

El fondo de la Menina azul está pintado con óleo índigo, caligrafiado, y los interiores de su barroco y minimalista atuendo tienen reflejos azulados, por el contraste entre este fondo y el blanco de zinc que utilicé para resaltar el rostro y ciertas partes del vestido. Lo observa todo con interés. Parece que comparte los gustos refinados de su anfitrión, que explica los detalles de cada pieza con entusiasmo de coleccionista.

La luz entra en el salón por amplios ventanales que dan a una zona arbolada y tranquila. Frente a ellos hay un curioso banco de madera africano, alargado, moderno pero que parece mucho más antiguo que los espejos chinos. En realidad es una cama hecha de una sola pieza, de la etnia senufo (la tarjeta de embarque es un pozo de sabiduría), que ocupa un gran territorio entre el sur de Mali y el norte de Costa de Marfil. Suele haber una de estas camas en cada aldea y en ella se colocan los cuerpos sin vida de los “chefs de village” para que se les rinda pleitesía.

La Menina azul estuvo expuesta en 2008 en un tercer piso de Old Bond Street, en el centro de Londres. La galería privada de William Thuillier consta de dos salas, con alfombras orientales sobre moqueta, paredes de color azul verdoso, agrisado, techo blanco y un insólito caballete forrado de terciopelo rojo oscuro, muy gastado por el paso de los años. Allí compartió protagonismo con otras de su generación. Fue bonito mientras duró, pero todas parecieron aliviadas cuando se acabó el baile y cada una se fue a su residencia definitiva o volvió al estudio. Les gusta sentirse únicas.

Viajé a Ginebra en octubre de 2011 con Mercedes Durban, Cheche. “El miércoles fue lluvioso y desapacible, pero el jueves amaneció soleado. Visitamos algunas galerías y tomamos un café en una terraza en la Place du Bourg De Four, al sol. Un capuccino, para ser exactos, delicioso”. Cheche era (que difícil es hablar en pasado de una persona que se acaba de ir y nunca debió hacerlo tan pronto) una activista cultural, como ella misma se definía, única. También fue ella la que organizó la exposición de Londres y las de La Haya, en la galería de Ellen Cleyndert, y llevó mi trabajo a Dubai, con Art-Andalus, y Madrid, con Aina Nowack. Nada me gustaría más que detener el tiempo aquel jueves, con el sabor espumoso del capuccino en los labios.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s