Basilio Baltasar, en el primer párrafo de su artículo de La Vanguardia del 28 de mayo de 2022, nos advierte que Italo Calvino no quiso publicar Un optimista en América, una crónica sobre su viaje de seis meses por los Estados Unidos, en 1960, porque pensaba que era literariamente pobre y periodísticamente poco interesante. En aquel momento John Kennedy y Marilyn Monroe estaban vivos, muy vivos, y no había ninguna crisis de los misiles ni guerra del Vietnam que enturbiara la plácida autocomplacencia de un país que se consideraba elegido por Dios para redimir a la humanidad.

La confesada aversión del autor por los beatniks –“tienen un aspecto poco higiénico, son arrogantes y no pueden considerarse buenos vecinos”– expresa lo ajeno que se siente al esnobismo de las modas. Calvino admite su “deplorable falta de sensibilidad hacia quien prefiere andar mal vestido” y un franco desdén por sus obras literarias; cree ver además en estos movimientos culturales una impostura similar a la que rige cualquier otra farsa del gregarismo social. Calvino comenta su admiración por la espléndida belleza de los negros que siguen a Martin Luther King, nos cuenta que el free jazz racionaliza el “nerviosismo actual” y lamenta que el expresionismo abstracto sea una pintura cargada de consternación “ciega y vociferante”.

A mí los beatniks me caían bien, son primos hermanos de los hippies, con los que me identifiqué cuando era joven, porque cualquier actitud que implicara salirse del sistema me parecía bien –esencialmente sigo pensando lo mismo–, pero entiendo lo que quiere decir y aplaudo su manera pulcra y elegante de denunciar la brutal segregación racial de aquellos años; y la última frase, en la que define el expresionismo abstracto como una pintura cargada de consternación “ciega y vociferante” me parece muy buena. Hay otras maneras de verlo, desde luego, pero su voz es la de un intelectual culto y sensible. Sesenta y dos años más tarde, el arte contemporáneo sigue teniendo un destacado protagonismo en nuestra vida cultural y analizándolo con esa perspectiva la primera palabra que me viene a la cabeza no es “excitante” ni “apasionante”, es “consternado”.

En Elogio del fracaso la voz del narrador es la de un artista desconocido, que sin embargo parece muy seguro de sí mismo. Eso es debido a la fe irracional que acompaña indefectiblemente a todos los procesos creativos; sin ella nadie estaría dispuesto a sacrificar tanto con unas perspectivas profesionales tan desfavorables. La apuesta por la intemporalidad lo hace todavía más difícil, la contemporaneidad es un lugar más fértil donde volcar el talento, porque el retorno es más fácil, es lo que tiene el gregarismo del que habla Calvino, pero como él también dice produce obras de dudosa calidad. Pasada la moda, la obra se desvanece, poco a poco, barrida por el viento del olvido. Y yo quiero trascender.

En Poesía y verdad, las memorias de juventud de Goethe, hay un episodio acerca de un concurso de poemas en el que Goethe habla de su sorpresa cuando descubre que no tiene la menor duda de que los suyos son los mejores, actitud que comparten la inmensa mayoría de los participantes. Todos piensan que lo que han escrito ellos es mejor, lo que le lleva a una reflexión inquietante: ¿no le estará pasando lo mismo que a los demás? Recuerdo las discusiones sobre arte moderno que tenía hace muchos años con un colega bastante mayor que yo, que vivía en la costa mediterránea, en un lugar muy bello. En verano solíamos reunirnos en una terraza junto al mar y hablábamos, fumábamos y bebíamos cerveza hasta altas horas de la madrugada, mientras a nuestro alrededor la humanidad entera paseaba por la playa susurrándose palabras afectuosas. Era un hombre encantador, culto, con experiencia y criterio, era un placer criticar el mercado con él y buscar la verdad entre tanto artificio mediático. Sin embargo, su obra no me gustaba. Es más, la consideraba manierista y banal. ¿Pensaría él lo mismo de la mía?

Emily Dickinson publicó sólo diez poemas en vida. Comparado con ella yo, que no soy nadie en el mundo del arte contemporáneo, pero que he expuesto mi trabajo en Londres, París, Nueva York, Miami, Dubai, Ginebra, La Haya, Madrid, Valencia y Barcelona, soy una rutilante estrella del arte. Cuando se escriba mi historia –cosa que no descarto en absoluto– parecerá que las cosas me fueron muy bien y no es verdad, aunque no debería quejarme, pero a nadie extrañará del todo que mi obra se vaya colando poco a poco en las páginas de la historia del arte. A menos que mi viejo compañero de tertulias mediterráneas considerara que su trabajo estaba muy por encima del mío y tuviera razón, y que Calvino acierte con su acerada definición del expresionismo abstracto. En tal caso, un beatnik llamado Jack Kerouak, en su mítica novela On the Road, habrá acertado también con su famosa proposición “de los griegos para acá todo ha sido mal formulado”.

Un error de principio condiciona el futuro y todo el entramado del arte contemporáneo se sostiene a partir de los preceptos de la Escuela de Nueva York.

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