Habían confirmadas casi un centenar de personas para la inauguración de la pequeña muestra-homenaje dedicada a Déodat de Séverac en el MIAC (Museu Isaac Albéniz de Camprodon), y más de doscientas para el concierto de Albert Guinovart. El museo es pequeño y el aforo habitual del Monestir de Sant Pere es de poco más de 100 asientos, 150 como máximo, pero milagrosamente llegamos a cubrir las expectativas. A Jorge de Persia, director del MIAC, le preocupaba que el piso de arriba del museo se viniera abajo, pero lo tranquilicé, o más bien me negué a intranquilizarne yo.

Jorge estuvo en su exposición contenido y sabio y, además de hablarnos de Séverac y su estrecha vinculación con Cataluña y los Albéniz, hizo una brillante visita guiada a un museo que quizás sea pequeño y artesanal, por el momento, pero contiene un relato de gran proyección internacional. Es como una pintura de Vermeer, aparentemente de pequeñas dimensiones pero enorme, porque cabe en ella el universo entero. Previamente el alcalde de Camprodón recibió a la familia Albéniz y a algunos invitados en el Ayuntamiento. Nos dio la bienvenida, nos deseó suerte y me cedió la palabra. Tan sólo añadí a lo que todo el mundo ya sabe algo que es esencial en esta versión 2.0 del MIAC: tenemos un problema de país, nos deslumbra todo lo que viene de fuera y no valoramos lo que tenemos cerca, nos gustaría colaborar con otras instituciones públicas y privadas parecidas a la nuestra para revertir esta tendencia, porque es injusta. Queremos contribuir a poner en valor una generación extraordinaria de artistas, encabezada por Albéniz, cronológicamente, al que siguen Granados, Falla, Casals, Mompou, Montsalvatge y Guinovart, al que poco después tuvimos el privilegio de escuchar en un concierto memorable.

Acabada la recepción hablé con Joan Francesc Marco, Director General del INAEM, a quién me acababan de presentar, y me dijo que estaba totalmente de acuerdo con mis palabras. Es importante.

Ya en el Monestir repetí discurso más o menos con las mismas palabras. Tan sólo añadí que en sus asientos tenían el programa y un flyer redactado en cuatro idiomas con una invitación para hacerse socio, porque este es un proyecto colectivo y de futuro. Nosotros solos no conseguiremos nuestros objetivos, juntos sí. Tenía en la mano una frase de Àlex Susanna, de su Libro de los márgenes, que explica muy bien lo que quería transmitir:

Construir un país –conciencia de país, quiero decir, lo que parece aún más importante que la propia construcción física o material– prescindiendo de la memoria y de su constante actualización y revalorización, es una operación condenada al fracaso. Hasta que no tengamos claro quiénes han sido nuestros escritores, pintores, escultores, músicos, científicos y humanistas, hasta que no tengamos mínimamente asimilado todo este bagaje patrimonial de la tradición no podemos aspirar a casi nada, entre otros motivos porque tampoco tendremos claro quiénes lo son ahora.

Estaba mecanografiada en una cuartilla con letra grande y visible, y la tenía en la mano, pero no la leí porque estaba nervioso y ¡me olvidé!

Después del concierto el alcalde nos invitó a un reducido grupo de personas a cenar y de esta manera cerrar una jornada intensa y emocionante. Todos estuvieron de acuerdo en que se trata de un proyecto ilusionante y necesario.

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