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Creo que los artistas nos apoyamos poco. No sé si añadir “en este país”, porque no sé cómo se organizan los demás. Dominica Sánchez aparece en un texto de mi blog, que colgué también en Facebook, y me agradeció que su nombre apareciera en él, junto a los de El Greco, Jim Jarmush, Joan Brossa y Etsuro Sotoo, en un artículo que hablaba precisamente de creatividad y calidad. Se lo merece. Si se llamara Sarah McCartney y tuviera obra en el MoMA de Nueva York o en la Tate Modern de Londres (también se lo merece), sería una referencia obligada para los buenos aficionados a la pintura y la escultura.

Si Socotra, la isla de los genios estuviera firmada por Bar Marukami sería una película de culto, pero la firma Jordi Esteva y parece que no es lo mismo. A pesar del reconocimiento internacional que ha recibido la película, no ha sido suficiente para deslumbrarnos.

Si este párrafo de Jacobo Siruela, de Libros, Secretos (Atalanta) lo hubiera firmado Jacobs Zèshck, nos inclinaríamos ante su profundidad y su bella factura:

“Durante siglos, Europa había vivido sometida al poder eclesiástico, y para paliarlo vino la Ilustración, con la bienaventurada promesa de liberar al mundo de todas las supersticiones y yugos sociales del pasado. Entonces, los vientos de la historia soplaron hacia esta meta dorada. Pero esto tuvo un precio: la realidad se tornó fría, fáctica, literal; y, poco a poco, el mundo fue haciéndose cada vez más pragmático, feo y deshumanizado. Contra esa áspera sequedad del espíritu implantada por la Revolución Industrial, se rebelaron los surrealistas, capitaneados por Breton, con el impetuoso afán de buscar en la otredad la belleza y verdad de la vida, por la sencilla razón de que una realidad desprovista de poesía resulta insoportable.”

Ahora también lo admiramos, porque es fantástico, pero de otra manera.

¿O son imaginaciones mías?

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