Portada

Me acaban de enviar una foto de la reapertura del Museo Isaac Albéniz de Camprodón, ayer por la tarde. En ella aparece Jorge de Persia en la visita guiada, rodeado de gente, gesticulando, mientras desgrana su discurso en un tramo de la escalera de acceso al piso de arriba, donde está la parte más importante de la exposición. En primer término asoma la escultura de Florenci Cuairán que un grupo de intelectuales de la República, encabezados por Federico García Lorca y Margarita Xirgu, ofreció a la tumba de Albéniz en 1935. Aquel día Lorca leyó su famoso “Epitafio a Albéniz”. Detrás de Jorge podemos ver una pequeña muestra del gran mosaico (4×3 m) que trata de explicar gráficamente la vida y el entorno más próximo del compositor nacido en Camprodón. Junto a él hemos instalado un monitor con el mosaico en la página de inicio, de manera que clicando en cualquiera de las imágenes aparece un texto descriptivo en cuatro idiomas. Es una manera de hacer grande lo pequeño, porque cada una de esas ventanas nos permite hacer un largo viaje, que va de Camprodón a la casa de Tolstói, pasando por Tiana y Alicia de Larrocha, Fauré o Déodat de Séverac.

El objetivo de este museo es explicar al mundo que hubo una edad de oro de la música española, con un marcado acento catalán, que tiene en Albéniz a su primer referente. No digo que sea el mejor, pero sí el primero, seguido muy de cerca por Granados, Falla, Pau Casals, Mompó y muchos otros. Nos gustaría equiparar el proyecto Albéniz-Camprodón al de Wagner y Beyrouth, por ejemplo, salvando las diferencias culturales y presupuestarias, o Mozart-Salzburg. Claro que en Austria la Filarmónica de Viena es una cuestión de Estado. O Chopin-Żelazowa, en un marco incomparable, con el modernismo como fondo.

Creo que necesitamos, como país, referentes culturales de este nivel.

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Cuando empezaron las obras de remodelación en la sede provisional del Museo Isaac Albéniz de Camprodon se hizo un soporte de madera, a media escalera, para colocar un panel con una gran foto del compositor. Entonces se me ocurrió la idea de hacer un mosaico de fotos, en lugar de una sola, aprovechando los 56 agujeros que aparecían en el bastidor. De esta manera se podría explicar gráficamente diferentes aspectos de la vida y el entorno de Albéniz.

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En aquella visita de obras estaba el arquitecto, Ramon Fortet, que cogió la idea al vuelo, al igual que Jorge de Persia, que es el director del museo en funciones. Hacía poco que había visto un álbum de fotos de la familia Albéniz muy interesante, en casa de mi primo Julio Samsó, y se lo pedí para completar el archivo de mi padre. Con este material empecé a diseñar un collage fotográfico que explicara la vida y el entorno mas próximo del compositor. No seguí un criterio cronológico, me lo planteé como un mural pictórico, en función de la composición de las imágenes y su color, incluso recurrí a la fotocopia para introducir un espacio temporal diferente en la composición. Quería que el mosaico vibrara.

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Una vez acabado apareció como por arte de magia la idea de escribir un libro con el mosaico como estructura. No recuerdo cómo ni cuándo pasó. ¿Será eso la inspiración de la que tanto hablan? La actividad fue febril y me pasé un año leyendo y escribiendo compulsivamente, hasta tener un cuerpo de texto con la potencia suficiente como para compartirlo con mi entorno. Siguieron pasando cosas, a lo largo del siguiente año. Algunas de ellas las transcribí e incorporé al manuscrito, porque lo que en realidad narra este libro es mi experiencia personal con este personaje tan singular.

La idea, ahora, a punto de reabrir el museo, tras siete largos años cerrado, es poner al lado del mosaico una pantalla táctil con la imagen completa del mosaico en la página de inicio, de tal manera que se pueda poner el dedo encima de cada una de las fotos y aparezca entonces en pantalla una explicación de la imagen elegida, en varios idiomas. Como un pie de foto, un poco más extenso de lo habitual.

En otras partes del museo habrá un recorrido cronológico; este no lo es. El espectador clicará en la imagen que le despierte más curiosidad y de esta manera, poco a poco, irá entrando en el universo Albéniz.

17 Francis Money-Coutts e Isaac Albéniz

Supongamos que yo fuera mañana a la Galería de los Uffizi de Florencia, y supongamos que fueran allí lo suficientemente necios como para venderme La Sagrada Familia de Botticelli por 100.000 libras: ¿no se diría que he obtenido valor a cambio de mi dinero? ¿Cual es entonces la diferencia si en lugar de honrar a un artista muerto comprando su obra ofrezco a un artista vivo la oportunidad de producir su obra?

Esta párrafo, de una carta de Francis Money-Coutts a Rosina, mujer de Isaac Albéniz, con la que siempre tuvo una relación difícil a pesar de la legendaria generosidad del amigo y mecenas de su marido (o quizás debido a ello), me parece admirable.

Suite Albéniz nació aquí, al pie de este mosaico que realicé para el Museu Isaac Albéniz de Camprodon en 2017. Mide cerca de cuatro metros de altura por tres de ancho y trata de explicar gráficamente la vida y el entorno más próximo del compositor nacido en este bello pueblo del Pirineo catalán. Presenté el libro en Madrid, en junio del año pasado, y en Barcelona, unos meses más tarde, y preparo presentaciones en Valencia y Palma de Mallorca, pero la del sábado que viene en Camprodón es la más especial de todas, porque es el Km 0 de este proyecto. He esperado a que el museo se reabriese, después de siete años cerrado, porque no concebía una cosa sin la otra.

MOSAIC I

El Museu Isaac Albéniz de Camprodon i l’editorial Turner el conviden a la presentació del llibre “Suite Albéniz” d’Alfonso Alzamora.

L’autor estarà acompanyat per Jorge de Persia i el guitarrista Jaume Torrent, que interpretarà diverses obres d’Albéniz i Granados.

Prèviament, els assistents podran gaudir d’una visita guiada al museu, recentment remodelat, on es troba el mosaic que ha inspirat aquest llibre.

Dissabte, 13 d’abril de 2019 a les 17h, visita guiada al museu,
i a les 18h, presentació del llibre a l’auditori de Cal Marquès

Museu Isaac Albéniz de Camprodon
Sant Roc, 22
17867 Camprodon

menina y HA papel IIVelázquez, Rubens y Lawrence Durrell vivían del cargo de aposentador real o eran diplomáticos, mientras pintaban y escribían lo que les daba la gana y se saltaban alegremente las modas de la época. Eso les hacía diferentes. La mayoría de los poetas, pintores y músicos dan clases para ganarse la vida -o venden dulces, como Foix-, no importa el prestigio que tengan, porque la fama, el poder y la gloria con frecuencia están reñidas con la libertad creativa, por eso desconfío tanto del éxito. Vermeer no fue el artista más reputado de su tiempo, pero sí el mejor, y murió pobre, como Rembrandt, que acabó sepultado en una fosa común, al igual que Mozart.

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Mi madre hablaba siempre en castellano. Era su lengua materna, nunca mejor dicho, porque su madre era aragonesa, de Barbastro, y no conoció a su padre, nacido en Manlleu, en la Plana de Vic. Fue hija póstuma, mi abuelo murió de gripe española poco antes de que ella naciera. Lo entendía perfectamente, como es natural, pero no lo hablaba, porque su acento era muy malo y consideraba que debía hacerlo bien, dada su condición de catalana. Sabía francés, porque de pequeña había estudiado con monjas francesas, y estudiaba inglés, que le encantaba, pero su acento era en todos los casos de Valladolid, y no sé si estuvo alguna vez allí.

Eso viene a cuento porque utilizaba frecuentemente expresiones catalanas para dar énfasis a sus comentarios. Después de leer y transcribir esas palabras de Orson Welles, a quién admiro por su obra y actitud, murmuré: Quina lliçó! Era una de sus preferidas.

París, 1960. El periodista va impecablemente vestido, a juego con el lujoso salón del hotel en el que se desarrolla la entrevista. Frente a él, al otro lado de una mesita con un juego de café de porcelana blanca, está Orson Welles, un hombre del que nunca diría si va bien o mal vestido.

– Quería preguntarle si alguna vez contrató a algún amigo en lugar de la persona adecuada para un papel.

– Frecuentemente.

– ¿Lo lamentó?

– Frecuentemente.

– ¿Volvería a hacerlo?

– Sí – Hace una pausa. El tema tiene más recorrido de lo que parece –. Porque no considero que el arte sea lo más importante. Ya le dije que prefiero cualquier otra forma de lealtad en la vida que el arte.

Llevan un buen rato hablando. Welles fuma un puro que se le apaga con frecuencia, lo que le obliga a coger la caja de cerillas, encender una, pasarla por el extremo apagado, llevárselo a la boca en el momento exacto e inhalar con delicadeza. El habano le hace compañía, además de proporcionarle placer y una ración moderada de un narcótico llamado nicotina. Su entrevistador, una elaborada combinación de Edward Murrow (Good Night, and Good Luck) e Iñaki Gabilondo, fuma cigarrillos.

– Odio la concepción romántica sobre los artistas, que están por encima de todo lo demás. Sin duda la amistad es más importante que mi arte.

Da la sensación de que el periodista ha controlado bastante bien la situación hasta este momento. Incluso se ha permitido disentir sobre algunas de las opiniones de su formidable interlocutor, en un intento desesperado por mantenerse a su altura, pero ahora el rumbo de la conversación le desconcierta. No se atreve ni a disentir. Ha preparado la entrevista a conciencia. Orson Welles es el Gran Outsider, el hombre de las Mejores Películas de la Historia del Cine que no consigue financiación para terminar su Don Quijote; pero, sobre todas las cosas, para este periodista con pretensiones de intelectual es el artista que firmó Ciudadano Kane a los veinticinco años, la misma edad que tenía Miguel Ángel cuando esculpió la Pietá.

– Tengo un gran respeto por la gente que sí aprecia su arte de esta manera – El actor trata de echarle un cable, generoso –. Y creo que ellos son, probablemente, los artistas más valiosos. De modo que no defino cómo debería ser un artista, sólo hablo del tipo de artista que soy yo.

– Bueno. ¿Es feliz en estas condiciones? ¿Le gustaría ser la clase de artista que son ellos?

– No, no, no. Para nada, porque en realidad no me considero a mí mismo como un profesional. Soy, básicamente, un aventurero. Y la gente que sí es seria y que es profesional, que es profundamente seria a expensas de cualquier otro valor en la vida, es quizás la gente que hace las mayores aportaciones al arte. Yo no quisiera ser uno de ellos.

Yo, modestamente, tampoco.

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Díptico sillas (detalle), 2002

Estos últimos meses he restaurado dos cuadros de grandes dimensiones atacados por la humedad. Soy un pésimo restaurador, por lo que primero los miro y luego aconsejo al cliente qué hacer. Normalmente les digo que acudan a un profesional. Esta vez asumí el reto, los limpié con una esponja húmeda y un secador y conseguí alguna cosa, pero no lo suficiente, y acabé dándoles una capa uniforme de índigo a las zonas oscuras. Se vinieron arriba, como un niño repeinado para el bautizo de su primo. Lo más interesante ha sido revisitarlos, vivir de nuevo con ellos una temporada. Hacía años que no los veía y he disfrutado de su compañía. Me he acordado de una escritora que hace muchos años me aconsejó que dejara reposar los manuscritos y que los abordara de nuevo cuando dejaran de ser hijos, para pasar a ser primos. Estos son primos hermanos. Uno de los clientes me ha insistido mucho para que le cobre la restauración. El otro, solo un poco. Naturalmente me he negado. ¿Cómo le voy a cobrar la habitación de invitados a un primo hermano que viene de visita?