He estrenado mi nuevo portátil con un documental sobre Leonardo. Nunca deja de sorprenderme. No me refiero al ordenador, ni a You Tube, que también, tener la Biblioteca de Alejandría en un aparato electrónico tan ligero es alucinante, sino a Leonardo. Jean-Pierre Isbouts afirma desde una pantalla impoluta que la primera pintura moderna de la historia es La última cena, de Leonardo da Vinci, que está en el refectorio de la iglesia de Santa Maria delle Grazie, de Milán. Leonardo introdujo el teatro en un espacio de dos dimensiones, contando tantas historias como apóstoles hay en la composición. El planteamiento es digno del mejor de los dramaturgos. En el comedor de los frailes de los monasterios solía haber una crucifixión y una última cena, y todas eran más o menos iguales. En las cenas inmortalizaban invariablemente la escena del pan y del vino, el cuerpo y la sangre de Cristo, y todos los asistentes contemplaban extasiados a su maestro, pero Leonardo prefirió centrarse en otro momento del drama: “Uno de vosotros me traicionará”, y se armó un escándalo monumental. Las figuras abandonaron su tradicional movimiento detenido -no sé cómo llamarlo-, incluso en los más osados de sus contemporáneos, como las figuras de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, que posan, sin acabar de mostrarse del todo, o los filósofos de La escuela de Atenas, de Rafael, que me recuerdan el inicio del partido de fútbol entre pensadores griegos y alemanes, de Monty Python, en el que no acaban de decidirse por entrar en juego; en la cena de Leonardo todos se dan por aludidos y cada uno reacciona según su personalidad, abandonando toda contención.

Lo que poca gente sabe es que el Duque de Sforza encargó también las pinturas de la iglesia y la de la pared sur del refectorio, que fueron adjudicadas a Pedro de Verona y Giovanni da Montorfano, respectivamente, porque eran los mejores artistas del momento, según los expertos, y a Leonardo, que además de pintor y escultor era ingeniero, arquitecto, filósofo, botánico, urbanista, poeta, anatomista, inventor y paleontólogo le tocó la pared que daba a la cocina, lo que, a la postre, causó su posterior deterioro.

Tenemos, sin embargo, dos buenas referencias de cómo era esa pintura en realidad, antes de estropearse en un noventa por ciento, sin perder milagrosamente su encanto, gracias a Luis, rey de Francia, que se enamoró de la obra y al no poder arrancarla de la pared para llevársela a su reino encargó una copia. Leonardo hizo dos, en su taller, una de ellas liderada por su discípulo predilecto, Andrea Solario, que está actualmente en la abadía de Tongerlo, en Amberes, Bélgica. Dice el abad que las figuras de Cristo y del apóstol Juan -siguen sin atreverse a pronunciar el nombre de María Magdalena- las pintó Leonardo en persona. La otra réplica la dirigió Jan Pietrino y está en la Royal Academy de Londres. Las tres son fantásticas, incluso la original, que a pesar de su estado sigue siendo la mejor, a lo mejor porque nos recuerda a un hombre curioso que pintó la primera obra de arte moderno de la historia en el peor de los rincones, el que da a la cocina.

He encontrado esta foto en un rincón de mi ordenador y le he puesto mentalmente un título: “Cuando era pintor”. La foto es de Maria Alzamora, no recuerdo de qué año, y rezuma pintura. Nadie se cree que he dejado la pintura y mucho menos que haya sido ella la que me ha dejado a mí. Piensan que lo digo por oscuras razones o por desaliento, o quizás por una suerte de coquetería intelectual. Es un poco más serio y, a la vez, más sencillo: he cerrado un círculo. Se puede ser y dejar de ser. Tengo obra por medio mundo, desde Seattle a Beirut, y he expuesto en Barcelona, Madrid, Valencia, Nueva York, París, Londres, Zurich, Miami, Bruselas, La Haya, Ginebra y Dubai y en ninguno de esos lugares estaba lo que buscaba, está en la foto de Maria, en la obra que no está en el lienzo, sino fuera de él.

He escrito mucho sobre arte y he llegado a la temeraria conclusión -suelo asociar estas dos palabras, todas las conclusiones me parecen temerarias- de que los artistas que he conocido, estudiado y disfrutado a lo largo de mi vida tienen su etapa más creativa en cualquier momento de su trayectoria, y en la mayoría de los casos ese momento álgido de creatividad no coincide con sus últimas etapas, en las que su producción no tiene más mérito que el haber sido creada por aquel artista que pintó aquellos cuadros.

Chillida sabía que Tindaya era su última oportunidad para seguir vivo, para no empezar a repetirse, para seguir siendo eternamente joven un ratito más, pero no lo consiguió.

Yo también tengo varios Tindayas, más pequeños, pero no menores, que seguramente no haré y no me conformo con menos.

Mientras tanto, escribo.

Estoy leyendo El impulso nómada, de Jordi Esteva, y aunque he superado las tres cuartas partes del relato sigo enganchado a una imagen del primer cuarto, de su mítico viaje a India por tierra, en un desvencijado Land Rover, acompañado de unos amigos. Fue algo que pasó en Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán, cuando un hombre de ojos grises armado con un kaláshnikov tomó el mando de la pequeña expedición y les invitó a acompañarle a su casa, que estaba más o menos en la misma dirección que ellos llevaban. Allí les ofreció su hospitalidad, que fue espléndida, abriendo un paréntesis en sus vidas que ninguno de ellos olvidará jamás. Después, he seguido viajando con él y en este momento me encuentro en El Cairo, donde pasaron tantas cosas, con el proyecto de fotografiar los Oasis en el horizonte. Cuando he desistido por fin de retener en la memoria los nombres de sus nuevos amigos, como si estuviera leyendo a un autor ruso, me he impregnado de imágenes, música y olores, pero aquel remoto rincón del planeta revelado por un insólito autoestopista armado hasta los dientes se ha quedado ahí para siempre, inmortalizado en unos cuantos párrafos de un libro de aventuras.

Esta anécdota me ha recordado una experiencia similar. Leer es viajar. En 1996 iba con un grupo de amigos en un 4×4, parecido al Land Rover requisado a punta de kaláshnikov, en el trayecto entre el templo de Konarak, famoso por sus relieves eróticos, y la ciudad santa de Puri, en la provincia de Orissa, al sur de Calcuta. La carretera bordeaba el mar, pero no lo veíamos porque una franja de selva nos lo tapaba, pero sabíamos que estaba ahí, de vez en cuando un claro entre los árboles nos permitía disfrutar de su bello color azul marino, en contraste con el azul límpido del cielo. De pronto el coche empezó a fallar, hasta que se paró. Salía humo del motor. El conductor bajó, abrió el capó y puso cara de preocupación, aunque su expresión parecía un poco impostada, como para darse importancia. Sí, era grave, pero ahí estaba él para solucionarlo. Empezó a aparecer gente, salida de no se sabe dónde, de entre los árboles, porque otra cosa no había, rodearon al conductor y lo abrumaron con sus opiniones y ofertas de colaboración. Al mismo tiempo nos sonreían, nos consolaban, nos daban la mano y a Genín, que iba en el asiento del copiloto y se había manchado los pies de aceite salido del motor, de un color oscuro asqueroso, la ayudaron a limpiárselos, primero con gasolina y luego con agua. Desmontaron buena parte del motor, en medio de una recta interminable flanqueada por árboles muy altos, sacudidos por la brisa del mar, que hacía soportable el calor tropical. De vez en cuando aparecía un vehículo, se paraba, ofrecía su ayuda y sus conocimientos y luego seguía su camino. Nosotros llevábamos el tiempo suficiente en la India como para tomarnos las cosas con filosofía. Ví a mi querido y añorado amigo Rafa Teja dirigirse a lo que parecía un sendero, en dirección al mar, y le seguí. Pronto se apuntaron los demás, dejando solo al conductor del coche y a sus numerosos colaboradores, además de todas nuestras pertenencias, con la seguridad de que nadie tocaría nada. Apenas habíamos andado un centenar de metros cuando se abrió ante nosotros un paisaje de ensueño: una playa de arena blanca, dos o tres chozas, una laguna salada con el puente más bello del mundo y otra playa, al otro lado, con el mar arbolado. Cruzamos el puente y nos llenamos los sentidos con aquel rincón del Golfo de Bengala que el azar y un viejo motor diésel en dificultades nos había regalado. Rafa nos mostró el camino.

He seguido leyendo y en los Oasis he entendido una vez más por qué me gusta tanto el cine de Jordi Esteva: sabe escuchar.

Por la noche, el umbra de Farafra nos hablaba de las leyendas del desierto, de las “tribus negras” procedentes del Chad y del Sudán, que robaban y esclavizaban a los habitantes. De la ciudad de Zarzura, perdida en las arenas, “una ciudad amurallada, resplandeciente como el cristal y repleta de fabulosos tesoros”, contaba, “cuyos habitantes dormían el sueño del encantamiento convertidos en piedra. Toda ella es de mármol y solo la encuentran quienes se pierden durante las tempestades de arena, pero nadie, nadie, nadie, regresa cuerdo de ella”, concluía refugiándose en una condescendiente sonrisa que no acertaba a disimular su firme creencia en la leyenda.

Desgraciadamente, el progreso ha acabado llegando a esos lugares remotos y con él la electricidad, internet, la velocidad y el estrés, pero Jordi en aquella época no lo sabía, aunque lo intuía.

Aquel viaje activó en mí algo tan profundo que regresé a El Cairo siendo otro. Cierto, aquel desierto no era tan espectacular como el del Tassili o el del Teneré, los habitantes no vestían de azul con vistosos ropajes como los tuaregs, ni se tocaban con elegantes turbantes, las mujeres no lucían complicadas joyas de plata o ámbar y los poblados resultaban simples cubículos de adobe comparados con las orgullosas ciudades del Yemen o con Jaisalmer, la perla del desierto del Thar. Y, sin embargo, sentí una atracción por los oasis de Egipto como no había tenido nunca por otro lugar. Me cautivaron la sencillez y el gran valor que se daba a cosas que en nuestra sociedad de la abundancia pasamos por alto. Saborear el agua fresca de un manantial, comparar los frutos de un vergel con los del vecino, mojar una hogaza de pan recién horneado en aceite de oliva prensado en rueda de piedra, preparar té en el suelo con las ramas de un arbusto y perfumarlo con una hierba aromática recién cortada o bañarse en una poza de agua cristalina. Estaba decidido a dedicarle a aquel proyecto fotográfico todo el tiempo que fuera necesario.

Triple homenaje: Picasso, Malévich y Velázquez, 1994

En su homenaje, flanqueado por tres instituciones neoyorquinas de prestigio: el MoMA, el Met y el Metropolitan Opera House, representados por sus directores, el viejo profesor habló mucho, muchísimo, siempre de sí mismo con admiración y de los demás con sano espíritu crítico. Su especialidad eran las artes plásticas y mencionó a todos los genios comprendidos del siglo XX, americanos y europeos, a los que conoció lo suficiente como para tutearlos, pero no aportó nada significativo. Los únicos nombres desconocidos que oyeron Mimma y Suth eran alemanes, de pensadores y teóricos de prestigio, a juzgar por el contexto, pero no escucharon el de ningún artista nuevo, nada que no supieran ya, hasta el aburrimiento -Rauschenberg, Johns, Mitchel, De Kooning, Picasso, Dalí, Warhol, Basquiat, Miró-, como si no hubiera pasado nada más en el mundo. También aparecieron algunos intelectuales de su entorno más cercano, todos famosos -la celebridad siempre es bien recibida en ese tipo de actos-, como Robert Hugues, con el que el protagonista de la velada compartió redacción en la revista Time, y Gore Vidal, con el que mantuvo una larga amistad. A pesar del afecto que le profesaba, añadió, con malicia: “No era simpático”. Mimma sonrió al oírlo, recordó haber leído una entrevista al escritor y ensayista americano afincado en Ravello, Italia, en los años ochenta, en la que el periodista le mencionó aquella supuesta gran amistad y Vidal se limitó a apuntar que lo conocía muy bien, “esa es la razón principal por la que nunca seremos amigos”.

Se sentaron en la tercera fila con un amigo de Suth, también pintor, al que hacía tiempo que no veían, con el que coincidieron en la puerta. Se encontraron con un hombre derrotado por la vida. Cuando le preguntaron cómo le iba tuvo un ataque de sinceridad y les dijo que por los diez o quince años que le quedaban podía haber tenido un final un poco más honorable. Les impresionó, porque lo tenían por un artista reservado, además de honesto y digno. No ayudó que Suth le dijera que había dejado la pintura, o que la pintura le había dejado a él, aunque le interesó la proposición. Entonces le hablaron de una obra suya, muy bella, que está en los fondos del MoMA. Le gustó que Mimma la calificara de referencial.

Cuarenta años atrás, aquel joven artista destacaba sobre los demás, gracias a su oficio, que era notable. Mientras se imponía el expresionismo abstracto él se mantuvo fiel a la figuración, a la europea, con permiso de Sargent, y contra viento y marea consiguió labrarse una sólida reputación. Para Suth fue un poco más fácil, porque estaba más cerca de la contemporaneidad, pero ahora se encontraban los dos derrotados, aunque la magnitud de la tragedia era sustancialmente diferente. Suth había dejado de pintar porque se le había terminado el discurso y no quería repetirse. Su amigo, en cambio, no era sólo pintor, era pintura; había algo sólido en su vocación y para él era un drama sentir que su obra había dejado de gozar del reconocimiento que merecía, mientras que para Suth parecía que la vida estaba ya en otra parte.

El espectáculo -no debería usar esa palabra-, una vez más estaba en el aforo, no en el escenario, porque había un abismo entre la intensidad emocional del amigo de Suth -puro Dostoyevski, incluso en las formas, con su poblado mostacho, gafas con montura de concha, americana de pana, verde oscuro, y una bufanda de colores gastados por el uso, dando más de una vuelta alrededor del cuello- y la diletancia del viejo profesor, la misma distancia que hay entre la verdad y la impostura.

NewYork, 1982, foto Lucas Lewin

Suena Walk of Life, de Dire Straits, en Spotify, y mi cuerpo reacciona, sacudido por una descarga eléctrica, y me aparto el flequillo de la frente, yo, que hace cuarenta años que soy calvo, como Mark Knopfler. Pienso en el rock&roll, en aquellos grupos que tuvieron su momento, Chicago, Credence y tantos otros, luego se disolvieron, poco a poco, hasta caer en la memoria, lejos del presente. Muchos de ellos quisieron volver ahí, a la cima de la creatividad y del reconocimiento, pero no lo consiguieron y acabaron reinterpretando una y otra vez sus grandes éxitos del pasado, en un bucle sin fin. Suele pasar, en el mundo del arte, y es un poco triste.

Hace un mes viví una semana en un barrio de Barcelona que hacía décadas que no visitaba. Por las mañanas, de camino para comprar el periódico, pasé cada día por delante de un colegio en el que empezó una noche muy singular, cuarenta años atrás. La había olvidado, pero aquella fachada imponente y aburrida, funcionarial, cuartelaria, de color marrón claro, sin ninguna gracia arquitectónica, me trajo a la memoria una chica que conocí, guapa, divertida, original, con personalidad, bastantes adjetivos para definir a una persona cuyo físico se me ha borrado de la memoria. Cada día, a cada nueva pasada, recordaba algún nuevo detalle de aquella noche trepidante, una versión musical de After Hours, la película de Scorsese, con la que en realidad sólo tiene en común el protagonismo de lo inesperado. A aquella chica sin rostro le gustaba la música; me dijo que venía a Barcelona Lionel Hampton y quedamos para ir juntos al concierto. Me citó en el colegio en el que daba clases de francés. El día señalado me presenté allí y pregunté por ella; una monja muy amable -no me había dicho que era un colegio religioso- me indicó el camino de la sala de actos, que estaba muy animada, repleta de padres y familiares de alumnas, porque el colegio era femenino, segregado, y estaban celebrando algo, posiblemente una fiesta de fin de curso. Yo tenía veinticinco o veintiséis años, no recuerdo que hubiera nadie de mi edad en el aforo. Apareció mi amiga, me sonrió, me pidió que me sentara en una localidad próxima a la puerta trasera de la sala y me dijo que se escaparía a la primera oportunidad que se le presentara. Yo estaba alucinado; mi infancia y adolescencia quedaban lejos y la posibilidad de ser padre era una idea abstracta y sumamente improbable; en consecuencia aquel ambiente me pareció raro y las representaciones delirantes. Pasa un poco como con el ejército; si has tenido que vivirlo, por la razón que sea, haces como que lo entiendes, pero si no estás involucrado te parece irreal. Lo es. Me pareció surrealista y un poco naïf, porque no había público objetivo, todos estaban entregados a la causa que defendían sus hijas y nietas. ¿Qué demonios hacía yo allí? En esa época estaba filosóficamente muy cerca del hippismo, llevaba el pelo bastante largo y aunque cuando estaba en mi ciudad natal vestía con cierta moderación, era incuestionable que mi aspecto desentonaba en aquel escenario.

Una hora más tarde, que se me hizo eterna, salimos por fin al exterior. En la ciudad caía la tarde, la temperatura era agradable, los taxis seguían siendo amarillos y los autobuses rojos. Yo estaba como si me hubiese tomado un ácido, pero ella parecía feliz, despreocupada. Bajamos hacia el centro en mi coche, un Seat blanco que había pasado por muchas manos, luego viramos hacia la derecha del Ensanche, en dirección a la montaña de Montjuïc, hasta llegar al Palacio de los Deportes, donde se celebraba el concierto. Fue brutal. Lionel Hampton tenía ya una edad respetable, pero se subió al xilofón y tocó con los pies, con una agilidad asombrosa. Más o menos por aquella época vi a Jerry Lee Lewis hacer algo parecido con su piano, en un concierto country, patrocinado por Marlboro, en el que compartió cartel con Brenda Lee. Entre los músicos que acompañaban al vibrafonista de Louisville destacaba precisamente el pianista, contratado para la gira europea; luego me enteré de que a pesar de su juventud se trataba de un reputado intérprete de woogie-boogie, con una sólida carrera a sus espaldas y un brillante futuro por delante. Llevaba el pelo mucho más largo que yo. Sus manos volaban sobre el teclado, mi amiga estaba fascinada, ella también tocaba. Me dijo que tenía la carrera de piano clásico.

Cuando acabó el concierto quiso saludar al pianista -era decidida- y nos quedamos cerca del escenario, esperando una oportunidad. Apareció cuando el aforo estuvo vacío y ella le gritó, desde la distancia, «Congratulations!», o «Thank you!», no estoy seguro. Él la miró, sonrió y la invitó a subir al escenario, ya he dicho que era atractiva. Se sentaron frente al teclado y tocaron alguna cosa juntos. Yo había pasado a segundo término, pero no me importó, estaba disfrutando. Me encanta el piano. Cuando ella volvió a mi lado me dijo que le esperaríamos, para ir a comer algo. “Está hambriento”, me aclaró, como si lo conociera de toda la vida. Simpatizamos. Los llevé al Miramelindo, en el Paseo del Borne, y cuando terminó su refrigerio descubrimos que en el local había un piano vertical. No sé cómo acabó frente al teclado, primero tímidamente -es una manera de hablar- pero enseguida sus manos volaron nuevamente sobre su terreno de juego favorito, con una energía arrolladora, vibrante. El woogie-boogie bien tocado es poderoso y enseguida se silenciaron las conversaciones, cesaron los murmullos, aparecieron nuevas sonrisas y la magia de aquel ritmo endiablado se adueñó del local. Fue corto, fue bueno, apareció el dueño, le expliqué de dónde veníamos y nos invitó a las consumiciones.

Salimos. Barajamos otras posibilidades. La noche era joven. El músico nos explicó que durante las giras rara vez tenía ocasión de conocer los lugares donde actuaba. Estaba disfrutando de aquella oportunidad que el azar le brindada. Ella sugirió entonces una discoteca que creo recordar que se llamaba Studio Ono, pero no estoy seguro. Yo no había estado nunca, en aquella época vivía más fuera de la ciudad que en ella, pero me indicó cómo llegar. Allí descubrí que era popular, conocía a mucha gente, nos explicó que la semana anterior habían celebrado una fiesta erótica, en la que pasó de todo. Nos explicó detalles asombrosos. Esa chica era sorprendente, también era osada y desinhibida, según avanzaba la noche se me iban acabando los adjetivos calificativos. Los hippies fumábamos yerba en comunidades neorurales, leíamos a Sábato y Cortázar, escuchábamos a Dylan y no teníamos dinero para fiestas sofisticadas. Mientras ella socializaba, en un mundo que a mí me pareció decadente, el pianista y yo bebimos cerveza, acodados en la barra, y charlamos como viejos camaradas. Intenté explicarle que la velada había empezado en un colegio de monjas, pero no sé si lo conseguí. Mi inglés no era lo suficientemente bueno y la historia no era fácil de explicar.

Salimos de madrugada y ella me indicó la dirección de su casa, que no estaba lejos del colegio donde había empezado todo. En aquella película, por fin me daba cuenta, yo era el chófer. Soy un poco lento para ciertas cosas de la vida. Aquella no fue la primera ni la última vez que padecí desubicación, una rara enfermedad que puede llevarte frente al teclado, en este caso el del ordenador -o la máquina de escribir, si lo hubiera escrito entonces-, para escribir un libro titulado Diario de un outsider. No es una enfermedad dolorosa, ni contagiosa, su síntoma más relevante es que te resta protagonismo, pero a cambio te da perspectiva. El piso era absurdamente burgués, anodino, había un piano, tocaron, les hice un gesto vago de despedida y desaparecí. Amanecía cuando cogí de nuevo el coche.

Nunca los volví a ver, pero guardo un grato recuerdo de los dos.

A Borges

Hace tiempo que me cuesta encontrar libros buenos, de esos que te hacen mejor persona. Compro mucho, lo empiezo todo y acabo sólo un veinte o un treinta por ciento, y me parece que estoy siendo generoso. Recuerdo con añoranza cómo en la adolescencia y la juventud devoraba literatura en ingentes cantidades. Pasada la explosión inicial, en la que cualquier cosa impresa tenía el don de llevarme lejos de una realidad asfixiante, como era el franquismo en el que crecí, tuve la suerte de que irrumpiera el boom iberoamericano y fue una fuente inagotable de placer, como los “expatriados místicos británicos de California del Sur”, encabezados por Huxley y Watts, y los alemanes, rusos, italianos y españoles, ¿soy yo el que ha cambiado o es la literatura? Tengo siempre la mesita de noche repleta de libros empezados, que voy renovando cada pocas semanas. En general son buenas ideas, planteamientos interesantes, a veces geniales -si no, no los hubiera comprado-, pero se me caen de las manos al cabo de unas cuantas páginas, cuando me doy cuenta de que se han quedado en la idea y la han escrito apresuradamente, como si tuvieran miedo de que alguien se la arrebatara. Hay un periodo en la gestación de una obra de arte que es muy importante: el reposo. Dejar reposar la pintura, el libreto, el proyecto de escultura pública, el manuscrito, y cogerlo de nuevo “cuando ha dejado de ser hijo para ser sobrino”, en acertada expresión de una amiga mía, escritora y periodista. Esa perspectiva ayudará a mejorar el producto. Pero el reposo y la posterior relectura no son habituales, se impone el ruido mediático y la velocidad.

La literatura tiene muchos géneros, la mayoría tipificados, pero hay unos cuantos a los que todavía no se les ha puesto etiqueta. Hace unas semanas me preguntaron qué era lo mejor que había leído este año. No encontré la respuesta en las mesitas de noche de los últimos meses, por más que me esforcé, y respondí lo primero que me vino a la cabeza: unas líneas de un artículo sobre Mario Camus en La Vanguardia. Sin duda es lo mejor que he leído últimamente. Y son sólo unas líneas.

Busco el artículo en la mesa del estudio. Es de Gustavo Martín Garzo, del 19 de septiembre de 2021 y se titula Los héroes tristes de los relatos eternos. Hay un párrafo de una belleza impresionante y de una profundidad insondable:

«Las sobremesas se prolongaban hasta bien entrada la tarde, y en ellas no cesaba de contarnos sabrosas anécdotas. Recuerdo una de ellas. Televisión Española le contrató para hacer un documental sobre la vida en un convento de clausura. Terminado el rodaje, quiso enseñárselo a las monjas para ver si les parecía bien. Y durante la proyección, una de ellas no paró de llorar. Antes de irse, pidió hablar con ella y le preguntó por la razón de su incontenible llanto. Y la monja le contó que había entrado en el convento siendo muy joven, y que llevaba cuarenta años sin moverse de allí. En todo ese tiempo no había visto su rostro (en aquel convento no tenían espejos), y ahora las imágenes de su película le devolvían no el rostro de la muchacha que fue al hacer sus votos, si no el de una monja vieja y triste en la que no se reconocía. Y se preguntaba qué habría sido de aquella niña.»

Una imagen y algo que no cuadra, si no fuera porque vaya si cuadra. Me refiero al cuadro de la pared, ¿es un garabato? ¡No!, es un sentimiento, es un Miró, pero a mí sigue pareciéndome un garabato. Es algo más que eso, es una obra de un artista que no distinguía entre poesía y pintura y nos legó un universo de imágenes poderosas, en un viaje regresivo hacia la infancia y, en consecuencia, hacia los orígenes del hombre. Lo consiguió, sin duda, pero yo sigo viendo, como mucho, al autor. El trazo es inconfundible. Un galerista con el que trabajé solía decir que lo único que le interesaba de un artista era el copyright, que se distinguiera su autoría desde lejos, cuanto más mejor; hasta ahí le había llevado su pasión por el arte contemporáneo. ¡Pero estamos hablando de Miró! Su valor es incuestionable. Tanta insistencia tiene un propósito, pero a mí sigue pareciéndome un garabato.

¿Tú sabes lo que vale? Ni idea.

A mí me gustan las Constelaciones y La masía, y El carnaval del arlequín, sobre todo El carnaval del arlequín, pero esto no. Y de Picasso, el Guernica y el Retrato de Gertrude Stein, pero los mosqueteros de su etapa de madurez, no. El Mata Mua, de Paul Gauguin, me parece una pintura naïf poco interesante y, sin embargo, parece ser la joya de la Colección Thyssen. No lo entiendo, porque tiene cosas estupendas, ¿por qué prendarse de esta pintura menor? Miguel Ángel antes de los treinta años había hecho La pietà y el David, y a los treinta y tres acometió el reto formidable de la Capilla Sixtina, a la que dedicó cuatro intensos años, ¿por qué tendríamos que esperar que todo lo que saliera de sus manos posteriormente estuviera a la misma altura? Los artistas no siempre evolucionan, algunos involucionan y la mayoría no saben dónde están.

Miro de nuevo la foto, la vestimenta, los gemelos, el barniz de la mesa, el bolígrafo, las cortinas, el marco de época y el garabato, porque es un garabato. ¿Se puede decir eso, hoy? Me temo que no. Hace tiempo que dejamos de ver las obras, deslumbrados por el brillo del autor.

De todas maneras, lo que más me gusta de la foto es el garabato. Es fresco, espontáneo, real, todo lo demás es impostado.

En un lugar muy hostil, los ju/´hoansi trabajan unas 15 horas semanales y pasan la mayor parte de su tiempo haciendo tareas domésticas o dedicándose al arte, tal como hacían nuestros antepasados.

James Suzman, antropólogo sudafricano, entrevistado por Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, no vive en el Kalahari, Namibia, como sus admirados ju/´hoansis, sino que lo hace en Cambridge, Inglaterra, y su economía está lejos del esfuerzo inmediato, propia de esta sociedad de cazadores-recolectores. La vida de estas sociedades, en algunos casos inalterada durante los últimos 100.000 años, según el autor, no es ni ha sido nunca salvaje ni corta, ni desagradable, como nos han contado o nos quieren hacer creer. La que nosotros conocemos, en cambio, basada en la explotación del hombre por el hombre y en la propiedad privada, no es mejor. Atesoramos ingentes cantidades de cosas que no necesitamos y, si se presenta la ocasión, compramos una porción del planeta, que está en venta. Esencialmente, no somos mejores que ellos. Esta ha sido la primera vez que leyendo una Contra de La Vanguardia he sentido la necesidad de sugerir que la frase destacada, con la que abren siempre las entrevistas, no sea del entrevistado, como sucede en el 100% de las ocasiones, sino de la entrevistadora: “¿Cuándo empezamos a equivocarnos?”.

Para los ju/´hoansi el arte es una manera digna e interesante de pasar el tiempo. Nada más, y nada menos.

La abuela de Suth incorporó el teléfono a su vida en la edad adulta y lo utilizaba como un aparato militar de alta tecnología; le infundía respeto. Lo colocó en el descansillo de la escalera, pegado a la pared, en un lugar de paso que no invitaba a largas conversaciones. Sus llamadas eran legendarias: “Salgo”, “Vengo”, “Neil está aquí”; ni saludos ni despedidas, ni un sencillo “¿Cómo estás?”. Si se lo preguntaban a ella, lo ventilaba con un seco “Bien” y colgaba, no añadía “Cambio y Corto” de milagro Su generación todavía estaba digiriendo el ferrocarril. Entraban en la era de la velocidad. La de Suth, por su parte, en la década de los sesenta contempló embelesada las secuencias de 2001 Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, en las que los astronautas hablaban con sus familias y en el monitor aparecían sus imágenes en tiempo real. Aquello era el futuro, en su casa tenían teléfonos de baquelita. Hoy, cualquier niño con un móvil sencillo hace eso mismo sin pestañear. ¿Qué será lo siguiente? ¿El espacio-tiempo? Es inquietante, no tanto por la velocidad con la que se suceden estos cambios portentosos, sino porque no nos hacen más inteligentes, ni más sensibles, ni más creativos, ni mejores personas.

Linda y Suth se conocieron a principios de la década de los noventa en Boston, en una fundación privada, en una muestra colectiva en la que él participaba con una obra titulada Las edades del vino. La propietaria de la fundación era una destilería importante, con viñedos en California. Suth fue al baño, apto para los dos sexos, y cuando abrió la puerta vio a dos mujeres besándose, una de ellas era muy joven, con el uniforme de camarera del catering que servía el aperitivo. Pasó por detrás de ellas, excusándose, era un vestíbulo angosto, y entró en una de las dos cabinas, había bebido demasiado -las inauguraciones le ponían nervioso- y necesitaba orinar. Cuando acabó, habían desaparecido, se lavó las manos y entró en la sala. Delante de su pintura estaba Alex, el director de arte de la fundación, hablando con una mujer; él valoraba la calidad cromática y la composición, que mostraba una pareja heterosexual, ella sentada, él de pie, que sostenían una botella y un vaso medio lleno de un líquido de color rojo, y un niño, de pie al otro lado de la que parecía ser su madre, con un racimo en la mano derecha. “Una pintura de encargo”, dijo Suth, cuando se la enseñó por primera vez a Alex. El estilo, expresionista, se servía de un trazo suelto, enérgico, y un uso muy libre del color para el fondo, que era abstracto. Se acercó, era una de ellas. Se presentaron. Jamás hablaron del incidente.

Linda abrió una galería de arte en la década de los 80, en un piso de West Broadway, llamada The Office. Eso es lo que era, en realidad, una oficina, un poco desordenada, incluso cuando inauguraba exposiciones monográficas, cosa poco frecuente. Linda era galerista, curator, dealer, pero sobre todo era asesora de colecciones. Algunos de sus clientes eran coleccionistas importantes, interesados en el arte contemporáneo, más como una actitud social, incluso empresarial, que por genuino interés; en consecuencia, no confiaban en su instinto y tenían miedo de que les tomaran el pelo, de manera que confiaban en la profesionalidad de Linda, que nunca les defraudaba. En el nivel en el que se movían había muy poca diferencia entre la bolsa de valores y el mercado del arte. También era experta en Larry Rivers, un “valor contrastado”, había hecho su tesis doctoral sobre él y cuando se publicó, con el título de una de las series de Rivers, El continuo interés por el arte abstracto, tuvo muy buena acogida. El mundo no se acababa en el expresionismo abstracto y la Escuela de Nueva York.

Ahora se peleaba con Sutherland. Bien, iba con el sueldo. Era su producto, y lo defendería hasta la muerte. Además, lo quería, admiraba su obra y respetaba sus heroicos esfuerzos por ser honesto, en un entorno que no lo era en absoluto. Sus discusiones eran frecuentes, retóricas y enriquecedoras, a menudo agotadoras, pero no cambiaban nada. En su ya larga carrera había tenido que enfrentarse a problemas mucho más graves, la mayoría relacionados con el alcohol y las drogas, pero también con el sexo y el suicidio. Lo de Suth era una balsa de aceite.

Aquella primera noche hablaron de la posibilidad de hacer algo juntos, pero antes ella debía ir a su estudio. Ambos vivían en Nueva York. Quedaron para la semana siguiente. Hasta ahí, normal, es lo que suele pasar, lo extraordinario, para Linda, fue la respuesta de Suth cuando mencionaron sus condiciones de trabajo: 50%, lo habitual, en estos casos. Los artistas normalmente lo consideran abusivo y los galeristas justificado, pero Suth no: “Viendo al precio al que se vende toda esta basura”, alzó el brazo y abarcó el universo entero, “me parece que el 50% para el vendedor es poco, debería quedarse el 90, y con el 10 restante el artista debería darse por satisfecho, porque en la inmensa mayoría de los casos no lo vale”. “¿Tu obra tampoco?”, le respondió ella, sardónica. “Tampoco, si haces bien tu trabajo acabaremos en un escenario donde el mérito está en vender productos malos como si fueran buenos, mejor que eso, excelsos”.