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Una de mis teorías más queridas es que el arte suele estar en cualquier lugar, menos donde dicen que está. Exagero un poco, pero no mucho. Hace un año y medio fui a ver una gran exposición sobre el expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York, en el Guggenheim de Bilbao, y me decepcionó bastante, a pesar de las ganas que tenía de verla. ¡Me ha influido mucho! Volví con un alabastro maravilloso de Chillida en la retina (y unas cajas negras de Oteiza) y con la Torre Iberdrola, de César Pelli, un cuerpo por delante del Guggenheim de Frank Gehry. Están casi de lado. Me di cuenta, una vez más, de que mis referentes envejecen mal.

En cambio, recuerdo con emoción a Neus Borrell cantando en las esculturas de Pere Casanovas (en un momento de su actuación metió la cabeza en una esfera pulida de acero cortén y el eco de su voz nos llegó al alma, como a Ulises el canto de las sirenas), en el pequeño Museu de Pintura de Sant Pol de Mar, en 2011. Aquel día estaba allí. Me refiero al arte.

El viernes pasado lo encontré en la pequeña iglesia de Palau de Santa Eulàlia, en una nave románica con una curiosa insinuación gótica en lo alto de la bóveda, en forma de una línea central donde convergen las dos curvas ascendentes de los laterales. La chelista Frances Bartlett nos presentó a Adriana Alcaide, violín, Francesco Olivero, que toca un curioso doble laúd barroco, con dos palos y doce cuerdas en la caja, y Carine Tinney, soprano. En el programa convivía alegremente música del siglo XVII, con Purcell a la cabeza, y del XX: Police, Beatles y Queen. ¡Fue extraordinario!

Creo que es la primera vez en mi vida que mis gustos se decantaron por la música barroca, en detrimento de obras maravillosas de músicos ejemplares de mi generación. La culpa fue de la voz de Carine, otra sirena capaz de convertirme en Ulises. Al menos un rato.

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lo pequeño es grande I

El sábado pasado Hiroshi Kitamura, Víctor Pérez-Porro y yo nos encontramos en la galería Km7, durante la inauguración de la exposición “0 Figura”. La última vez que nos vimos los tres solos en este mismo escenario fue hace dos o tres años y escribí entonces una de las mejores crónicas que he escrito sobre una exposición. Nos miramos con complicidad, sonreímos y Víctor y yo esperamos que Hiroshi dijera algo. Es el jefe. Dijo: “Es todo”.

Me parece muy interesante la idea de José Luis Pascual de proponer a sesenta artistas que den lo mejor de sí mismos en un espacio de 14×18 cm (en la jerga profesional de los pintores, a este tamaño se le denomina 0 Figura). Lo bueno es que lo hacen. No he visto a ninguno de ellos trabajar por debajo de sus posibilidades. Están ahí, minúsculos, con toda su grandeza o con sus limitaciones; cuando los errores están por encima de los aciertos y la obra no funciona el tamaño no es excusa. Hiroshi tiene razón: ¡está todo ahí!

José María Guerrero Medina cuando me vio exclamó: “¡Lo pequeño es grande!”. Es una vieja discusión que mantenemos; ambos estamos de acuerdo en que Vermeer es grande y casi cualquier artista contemporáneo sobrevalorado (tengo ganas de dar algún nombre, pero no lo haré) pequeño, no importa que la obra del primero mida 44×39 cm y la del segundo 242×542 cm. Todo Guerrero está en este gran desnudo un poco freudiano sobre un fondo rojo y negro con reminiscencias anarquistas. No hay más Guerrero en un 60 Figura (130×97 cm) que en este 0 Figura.

¿El tamaño importa?

7 o'clock!
7 o’clock! 1985

La noche de Reyes de 1985 fue gélida. Había nevado los dos días anteriores y el paisaje estaba irreconocible. El 4 de enero me fui a dormir en el Ampurdán, un país del Mediterráneo, y me desperté al día siguiente en Austria. El país se paralizó, porque lo de Austria es una metáfora y no estamos acostumbrados al blanco manto que cubrió de repente nuestras vidas. Mi casa no estaba preparada para resistir aquella temperatura, que rozó los veinte grados bajo cero, y las cañerías de agua reventaron. Me quedé sin suministro. Tampoco tenía calefacción, solo una chimenea que costaba encender. Estaba terriblemente solo, aquella noche de Reyes.

Me desvelé, tratando de pensar cómo solucionar el cúmulo de problemas prácticos que de repente se cernieron sobre mí. Mientras tanto, pintaba, porque cuando lo hacía no pensaba en lo que pasaría después. Ni siquiera reparaba en lo que estaba pasando afuera. Pasaron las horas y yo seguía ahí, frente a las dos mesas bajas de grandes dimensiones donde trabajaba la obra sobre papel. Pensé que lo que estaba haciendo dejaría constancia de una noche de congoja, transformándola en algo más. En algo mejor. Aquellos papeles eran un documento notarial. Estaba angustiado y trataba de defenderme del frío y de la soledad que rodeaban mi casa, esperando que dieran las siete de la mañana para poder llamar al lampista.

le chien qui n'a pas d'horloge 1994
Le chien qui n’a pas d’horloge 1994

Arte es introspección más comunicación. Naturalmente el guisado tiene otros ingredientes, como sal, orégano, tomillo, aprendizaje, improvisación, gestualidad, azar, etc., pero si no hay introspección el resultado de la ecuación es, simplemente, artesanía, dicho sea esto con todo el cariño y el máximo respeto.

mujer sentada sobre fondo rojo 1990
Mujer sentada sobre fondo rojo, 1990

EL AMPURDÁN, ORDIS, ALFONSO ALZAMORA / David Fdez. Miró, mayo 1990

“Les artistes sont les vrais aristocrates du monde” / Joan Miró

Vamos una vez más hacia el Alto Ampurdán, en un día completamente soleado y claro de principios de mayo. Al cabo de una hora de trayecto empiezo a reconocer el paisaje ansiado. El campo nos ofrece un verde fulgurante, el trigo está alto y rebosante, con los tallos casi azulados y, de vez en cuando, aparecen alfombras naturales de amapolas, o pequeñas extensiones abigarradas de flores amarillas y violetas, hileras de chopos y cipreses que protegen las cosechas de la Tramontana, todo mecido por una brisa ligera que ondula plantas y flores que nos reciben con parsimonia acogedora.

Ya divisamos el Pirineo ampurdanés, con la Mare de Déu del Mont al fondo y, al este, una pequeña hilera de montañas que, por aquellos caprichos de la naturaleza, tienen la forma de un gigantesco obispo yacente; una de las montañas se convierte en mitra y, sobre las manos plegadas que forman otros dos montes más pequeños, sobresale un castillo que se ha convertido en anillo; es como un anuncio o premonición de la magia del lugar. Al fin aparece la referencia obligada de nuestro punto de destino: el campanario de la iglesia de Borrassà, estilizado y de piedra clara, visible desde muy lejos, como una efigie elegante y sobria que corona el llano entre la montaña y el mar. De noche, iluminado, parece un faro flotante y, en las madrugadas claras de luz de luna y estrellas, su piedra clara parece que brilla.

Ya hemos dejado la autopista, como reclamados por el campanario y, en un abrir y cerrar de ojos, nos adentramos en pleno Ampurdán, escoltados por hileras de árboles, algún que otro rebaño y por los colores de esta tierra agraciada, desembocando en Ordis, fin de trayecto, que también nos avisa de su presencia por su curioso campanario inacabado. Justo detrás de la iglesia de Ordis, de piedra oscura y trazado simple y acogedor, está la casa de Alfonso Alzamora, pintor, donde tan buenos momentos hemos pasado. Es una casa de pueblo restaurada con paciencia y cariño, de color tierra y construida con esa piedra única del Ampurdán, maciza y segura, de un color marrón como el del país. Le tengo un cariño especial a esta casa, pues desde ella como base he tenido la suerte de conocer el Alto Ampurdán, y ha sido un descubrimiento revelador para mí. Es una tierra que te posee y que en poco tiempo te reclama, creando con rapidez una nostalgia de ella que nunca había experimentado. Cada vez comprendo más el apego de Alzamora a Ordis y sus campos, con las montañas protegiendo el llano que desemboca como un suspiro en la bahía de Rosas. El saber que el mar está cerca da una sensación de alivio que Alzamora define muy bien al decir que se siente un “nacionalista del Mediterráneo”. Es una tierra que posee como una mezcla de gran fuerza y dulzura a la vez, de gentes peculiares y dignas. Con Alzamora es ineludible la visita al bar-estanco regentado por el “Siset” y su familia. “Siset” es como el oráculo del pueblo, respetado por sus juicios y por su laboriosidad -también es el carpintero del pueblo.

Después de paseos al atardecer, en las noches de invierno, junto a la chimenea, he ido conociendo a Alfonso Alzamora como persona y ahora me halaga pidiéndome unas palabras para esta exposición, lo que acepto con placer, pero también con cierto temor, pues no es fácil opinar de la obra de un amigo.

Alzamora es pausado y fino. Su compañía proporciona sosiego y bienestar y la conversación fluye por sí misma, pues es buen compañero de tertulia. En la sala de su casa de Ordis, con la bóveda baja que te envuelve sin darte cuenta, el fuego crepitando y música –quizás Cohen– de fondo, el pintor adquiere su verdadera dimensión humana y se halla en su verdad. Hablamos de la vida, comparamos tierras y lugares, contrastamos ilusiones y dudas, fracasos y aciertos.

La pintura, el arte –cómo no– aparecen en la conversación. Hablamos de preferencias que solemos compartir con más o menos vehemencia –Picasso, Miró, Bacon, de Kooning, Chillida– y me doy cuenta de que Alfonso tiene las cosas claras. Su elección de vivir en el Ampurdán, alejado de modas, estilos y de los lamentables tejemanejes del arte y su comercio hoy en día, han proporcionado a Alzamora, no sin sacrificio, me consta, seguridad en su trabajo. Ha adquirido recursos y registros, facilidad y oficio, lo que le ha llevado a decir con una humilde rotundidad que “el cuadro siempre tiene que ser mejor de lo que uno puede hacer”. “Si supiera el resultado final, no lo pintaría”. “Necesito encontrar cosas a medida que la obra avanza”.

Siempre he creído que la meta de todo artista que se precie es encontrar un lenguaje propio, suyo. Todas las influencias, buenas o malas, son positivas en el proceso de creación, si éstas llevan a la concreción, a la plasmación de los sentimientos y las emociones experimentadas por el artista y de las que el espectador va a ser testigo y posible partícipe.

Después de haber pasado por una corta etapa de guiños al “pop art”, y por otra, más seria y madura, basada en el constructivismo, ahora Alzamora nos presenta una obra ya suya, con su lenguaje. Pasteles, óleos o mezcla de ambos. Llaman la atención los fondos negros que derivan en gamas casi imperceptibles de azules o violetas oscuros. La geometría es esencial, entendida como marco o soporte de la figura. Me choca por su fuerza un cuadro de esta exposición, es una figura antropomórfica de mujer, voluminosa y de trazo sinuoso, resuelta en tonos blancos y grises y sin cabeza, con un fondo oscuro y enmarcado en un rectángulo negro. En esta obra todo casa: fondo y soporte nos lanzan una forma enérgica, una presencia contundente. En otro cuadro, desde un impresionante y magnífico fondo rojo oscuro, surge un personaje-mujer en negro rotundo, de trazo fuerte, cuyo resultado me causa inquietud y misterio.

En esta serie de “mujeres” he tenido la oportunidad de ver la evolución de varias obras, casi desde su inicio hasta tal como ahora se nos presentan, y hay algo que siempre, de principio a fin, me ha llamado la atención: los rostros de las mujeres de Alzamora. En cada visita espaciada al estudio, guiaba la mirada, por pura inercia, hacia esos rostros inquietantes, era como si me llamaran y, casi sin notarlo, me iba directo hacia ellos. Se trata de expresiones ambigüas, que parecen inacabadas, pero que, a medida que me fijaba, notaba que la intención del pintor era crear esa sensación de inquietud en el espectador. Son rostros de rasgos apenas apuntados, pero que dicen mucho, que corroboran la intención de Alzamora de dar el cuadro por hecho cuando él lo considera así, dando un margen de libertad a la imaginación del que mira el cuadro, obligándola a indagar, logrando su propósito y sacudiendo el espíritu, en fin, creando emoción, algo que hoy sucede poco.

Una característica marcada de Alfonso Alzamora que no quiero pasar por alto es su elegancia. Es parte de su persona y de su obra. Pero como verdadera que es, se trata de una elegancia que apenas se nota, es natural. Está presente en estos trazos rápidos y seguros, contundentes, pero esto no quiere decir que se trate de una obra amable, relajante, al contrario, es una obra en expansión y búsqueda constante. Hace pocos días, estando los dos solos en el estudio, le pregunté: “Alfonso, ¿y ahora qué? ¿qué va a pasar después? ¿lo sabes?”. Me contestó: “no, ni me importa, pero de algo estoy seguro: tengo recursos”. Me alegré por él, pues Alfonso es persona honesta y, por tanto, artista honesto y quién, como él, tiene recursos, también tiene, y tendrá, nuevos registros, es decir, formas de exaltar el alma.

Los diez o quince años que ha pasado el pintor alejado de modas y frivolidades están dando resultado. El lenguaje propio e inalienable de Alfonso Alzamora está presente en esta exposición. Lenguaje abierto, en clave de futuro.

Por mi parte, espero seguir yendo a Ordis, a seguir conversando con Alfonso en el seno de su verdad, esa tierra mágica del Alto Ampurdán, coronada por el monasterio de Sant Pere de Rodes, lugar excepcional en el que Alzamora y yo imaginamos, nos trasladamos a la Edad Media misteriosa, que allí nos atrapa, poblada de monjes ingeniosos y caballeros audaces y salvajes.

8 Albéniz en París

He recibido tu “Suite Albéniz”, con la dedicatoria que tanto te agradezco. El libro ya lo tenía desde unos días antes, enviado por la editorial, y está prácticamente leído. Has hecho el libro que tenías que hacer: distinto, personal, sentido, vivido… Nos dice cosas y es de lectura interesante y amena. ¡Enhorabuena!

Este feedback es de una persona muy vinculada a la música y la radio. No sé si puedo citar su nombre sin preguntárselo antes.

Me encanta la frase “ Has hecho el libro que tenías que hacer”.

tres cabezas asomadas 1991
Tres cabezas asomadas, 1991

Me está emocionando la lectura de Narciso y Goldmundo, de Hermann Hesse, como lo hizo El filo de la navaja (Somerset Maugham) hace unos meses. Son libros que me marcaron cuando lo tenía todo por hacer y ahora, cuando he hecho cuatro cosas, no más, me doy cuenta de hasta qué punto estas lecturas fueron premonitorias. La vida de Goldmundo se divide en tres partes claramente diferenciadas: estudiante, vagabundo y artista. Estudiando en el monasterio sigue la senda trazada por su padre; cuando lo abandona sale de su zona de confort, como se dice ahora, y se lanza a la aventura, el camino y el amor de las mujeres, hasta que se topa con una versión de sí mismo que desconocía: la creativa.