Damero, 2014, de la serie Si es música

El Monestir de Santa Maria de Cervià de Ter es una maravilla, recogido, íntimo, románico y con una altura sobrenatural. Nelson Goerner estuvo a la altura del decorado y nos regaló una interpretación soberbia. ¿Por qué nunca había oído hablar de él? La primera parte la dedicó a Chopin y poco a poco la música fue entrando en mí. Es un proceso lento, porque mi formación musical es precaria y en consecuencia mi capacidad de concentración limitada, pero Goerner lo intuyó y se tomó su tiempo, hasta conseguir que el ritmo de mi corazón y el aleteo de sus manos, justo delante mío, palpitaran al unísono. Es una cursilada, lo que acabo de escribir, pero ¿cómo se pinta una gloriosa puesta de sol sin que parezca excesivo? Luego llegó la suite Iberia, la primera parte -la segunda, que completaría la integral, sería al día siguiente-, ahí yo pisaba terreno conocido y pude seguirle mejor. Me impresionó su claridad, su limpieza, las notas se superponían sin molestarse, cada una a su aire, construyendo un relato magistral, de una modernidad atemporal. Esta música tiene más de cien años, pero podía haberse compuesto ayer. A mi derecha, Jorge de Persia estaba conmovido, lo que no es habitual. Por mi parte, en determinado momento de Rondeña estuve a punto de levantarme de la silla, lo que es más raro todavía. Brutal. El primer bis me devolvió al planeta tierra. Tocó un preludio de Debussy, yo esperaba Mallorca, tal vez Sevilla, en plan desenlace apoteósico, y se lo comenté a Jorge, me dijo “Es la esencia…”, y yo callé, disciplinado. Luego nos regaló un Nocturno de Chopin, delicado, poético, tierno, que me hizo comprender de golpe lo que quería decir.

Lo mejor que puedo decir del segundo día del concierto de Nelson Goerner, en el que completó la Iberia, es que estuvo a la altura del primero. Esta vez, en la primera parte sustituyó a Chopin por cuatro Impromptus de Shubert -“¡Esto es Shubert!”, exclamó Jorge con una sonrisa, anticipándose a mi pregunta-, y el bis fue de Brahms.

El tercer cuaderno de la Iberia empieza con El Albaicín, una pieza que le encantaba a Enrique Fernández Arbós, colega y amigo del alma de Albéniz, que quiso orquestarla. No sé por qué siempre recuerdo esta anécdota, cuando la escucho, quizás era una buena idea, aunque no llegara a materializarse. Es una obra muy bella, un poco triste, romántica, Arbós le vio mucho recorrido. Creo que entiendo su perspectiva. Yo de música no entiendo, pero sé algo de procesos creativos y me parece que Arbós, violinista, director y compositor, no brilló como compositor porque no encontró el relato adecuado. Es importantísimo, el relato, porque le sobraban recursos técnicos para afrontar cualquier reto.

El Polo remonta un poco el ánimo, al ritmo de una tonadilla, amable y juguetona, puro Albéniz, y Lavapiés es un cuerpo extraño, muy evocador. En el fondo es más introspectivo que narrativo, a pesar del organillo que se escucha de fondo. No estoy seguro de si el orden de los cuadernos es cronológico, de ser así la tentación de pensar que en este momento, cercano ya el fin, el compositor se olvida del paisaje exterior y se centra en el drama interior es irresistible.

El poeta tiene la última palabra, dice Albéniz, desesperado, pero decidido.

Me doy cuenta de que cuando espero un bis más o menos concreto, como me pasó el primer día, es porque quiero oír la Suite Española, que me parece extraordinaria, a pesar de su aparente sencillez. “Las comparaciones son odiosas”, dice el refrán, pero Alba Ventura, con Sevilla, en el Palau, y Luis Fernando Pérez con Mallorca, en Camprodón, nos devolvieron la sonrisa, después de este paseo por el amor y la muerte, como he llamado muchas veces a la Iberia, parafraseando a John Houston. El propio Albéniz la reivindicaba al final de sus días, y fue Mallorca la pieza que tocó Granados en el lecho de muerte de su amigo. Mi primo Julio Samsó dice que hay Albéniz más allá de Iberia. Tiene razón.

Reivindico la sencillez, en la confianza de que convive perfectamente con la complejidad.

segundo intento

Me gustaría contar la historia de la chica que hay detrás mío, en el Patio de los Leones, de La Alhambra, en Granada, pero no la conozco y no se me ocurre nada que esté a la altura de su imagen risueña. Ni siquiera la vi, ha sido la cámara la que ha captado su existencia. Contrasta su naturalidad con la pose forzada de este niño rubio de unos diez años, que se coge las mangas de la americana con las manos, un poco incómodo, con un disfraz que no es el suyo. Ella, en cambio, se deja llevar por un entorno mágico, está deslumbrada, o quizás esté enamorada, seguramente las dos cosas. Observándola con más atención, veo que lleva la mano izquierda cerrada, en un gesto que parece un poco crispado, pero estábamos en 1961, las mujeres necesitaban protegerse cuando salían al descubierto.

Hace unos días escribí sobre mi primera y hasta ahora única visita a La Alhambra, con mis padres y una de mis hermanas. En otro texto, por aquellos mismos días, afirmaba que mi primer interés por la corbata fue en la adolescencia, hasta que recordé unas fotos de aquel mítico viaje, las encontré y apareció esta curiosa versión de mí mismo con americana y corbata en la infancia, tratando de emular a mi padre, que estaba agradablemente sorprendido con aquella súbita metamorfosis. Empezábamos a conocernos, mi padre y yo. Me temo que lo hice a menudo: ser otro, para agradar, pero también para tratar de encontrar un lugar en el mundo. Sigo en ello.

En aquella época todo se hacía con corbata. He visto fotos de pilotos de carreras, con sus vetustos y rapidísimos Maserati, Alfa Romeo y Jaguar, con casco y corbata. Eso fue un poco antes de la década prodigiosa, pero no tanto como para olvidarlo. En España, además, teníamos el franquismo y la religión, en perfecta simbiosis. Si en China inventaron el cuello Mao, en Occidente popularizamos la corbata, la cuestión era ir uniformado, de esta manera es más fácil distinguir la disidencia y, si conviene, aplastarla. Aquellas vacaciones de Semana Santa recorrimos todo el perímetro de la península ibérica, excluida Portugal, en poco más de una semana. Cinco mil kilómetros. Las autopistas sólo existían en el imaginario fascista italiano y en las fotos que llegaban de América.

El nacional-catolicismo lo impregnaba todo, y en Pascua todavía más. Por Peñíscola no sé si pasó el Cid, pero Charlon Heston sí, lo vi aquel mismo año en el cine Kursaal, de Rambla Cataluña, acompañado por Sofía Loren. Allí comí por primera vez lenguado Meunière, pescado aquel mismo día. Fue mi primer plato sofisticado, que sustituyó a los huevos fritos con patatas al que parecía estar abonado a perpetuidad. De vez en cuando a mi madre se le ocurría rezar el rosario, siempre al atardecer, sospecho que lo hacía por si un ojo invisible nos vigilaba (mi padre había hecho la guerra con los rojos,). Las letanías eran interminables y algunas muy originales: mater puríssima, mater castíssima, mater inviolata, a las que había que responder, una y otra vez, ora pronobis y, de repente, nunca supe por qué, había que cambiar a miserere nobis. Todavía hoy no sé qué quiere decir, y es bien fácil. Yo fallaba siempre el cambio, sumergido en el sofá trasero del Seat 1400 Especial bicolor, mortalmente aburrido, atravesando pueblos en domingo, cuando la carretera se llenaba de gente paseando. Los novios, nos aclaró mi madre con una sonrisa divertida, son los que se alejan más, para estar solos. No había otro sitio dónde ir. En las pequeñas ciudades de provincias se paseaba por la Plaza Mayor, los hombres en una dirección, las mujeres en la opuesta, mientras las parejas circulaban en todas direcciones. En Murcia visitamos el Museo Salzillo; había unas cuantas maneras de vivir el franquismo y una de ellas pasaba por allí. En Sevilla una señora me acarició el pelo, en el ascensor del hotel, y me dijo que era tan rubio que parecía alemán. Allí vimos una procesión imponente, de esas que mezclan el gozo y el sufrimiento con mucho arte. Los encapuchados siempre me han infundido un profundo respeto, aquí y al otro lado del Atlántico. El paso principal, con un Cristo sufriente, chorreando sangre, se paró al grito desgarrador de una saetista, que le puso música al lamento colectivo e interrumpió el repicar monótono de los tambores. Nunca olvidaré la imagen de los dos o tres penitentes que iban detrás del paso, descalzos, con cadenas en los tobillos, purgando algún terrible pecado.

Nos explicaron que uno de ellos se emborrachó, de eso hacía ya unos cuantos años, y después de piropear a la Macarena, que también desfilaba, le lanzó un vaso de vino tinto, con tan mala fortuna que le impactó en la cara. Este acto reprobable es el que estaba purgando. Yo creo que, en el fondo, disfrutaba de su condición. Los tres eran de clase trabajadora, de eso tampoco me di cuenta, ahora sé que la República fue un renacer, con la mirada puesta en una utopía, a veces tan sencilla como una semana de vacaciones pagadas al año para los trabajadores.

En Cáceres dormimos en un convento. No encontrábamos alojamiento y mi madre recurrió a sus contactos. Como miembro de la Asociación de Antiguas Alumnas De Las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús -tengo que poner una coma, porque llego exhausto al final del enunciado-, contactó con una institución de esta orden y pudimos pasar la noche en un oscuro y frío convento. Las celdas eran espartanas. Intimidaban. Pasé miedo, pero de Extremadura tengo un grato recuerdo. Medellín, Trujillo, Mérida. Las ruinas romanas estaban descuidadas, accesibles. En Castilla vivimos otro domingo de pueblos y paseos por la carretera, entonces me fijé en los últimos, una pareja que caminaba dejando medio metro entre ellos, él con corbata, claro, ella con vestido largo y abrigo oscuro. Me quedé mirándolos un buen rato, arrodillado, con los codos en la bandeja posterior, viéndolos empequeñecerse poco a poco, hasta desaparecer en una curva.

En Ribadeo, cenamos mi padre y yo mano a mano un pollo al ajillo, como viejos camaradas, mientras mi madre y mi hermana se daban un baño reparador.

La corbata era a cuadros pequeños y con goma.

Homenaje a Isaac Albéniz y Alicia de Larrocha, L´Auditori, Barcelona

“Pero la música te gusta, ¿no?”. El nivel cultural de música clásica de la mesa, expresado en cuatro idiomas: catalán, castellano, inglés y alemán -también oí alguna expresión en francés-, era espectacular; y no éramos muchos, siete u ocho personas, nueve, a lo sumo. Eso fue ayer noche, en Vilabertrán, después de oír unas sonatas de Shubert interpretadas al piano por Imogen Cooper. Conocía a la mitad (de las personas, de las sonatas mejor no digo nada) y a la otra mitad fui presentado como biznieto de Albéniz, un hecho que siempre genera expectación. Unas expectativas que, lamentablemente, no puedo colmar, dada mi precaria educación musical, por lo que en un momento u otro de la velada suelo intercalar alguna expresión del tipo “¡Soy un impostor!”. Parece un acto de coquetería intelectual, pero no lo es, lo hago en defensa propia, la música no se hereda, es un error poner en valor la consanguinidad.

“¡Claro! Me encanta. Además, he tenido la suerte de que me ha caído en gracia Albéniz, que es una maravilla, por el mismo precio podría ser cualquier otro que, por la razón que fuera, no me interesara. Pero ¿Albéniz? Conocerlo es amarlo, dijo Sevérac, y es cierto”. Yo no estaba programado para representar a mi bisabuelo, como mucho a mi padre y, a través de él, a mi abuela, a quien no conocí, pero ¿a Isaac Albéniz? Me va muy grande. No es fácil de explicar en pocas palabras y en un ambiente distendido, pero sofisticado, que “descubrí” su música cerca de los cincuenta años, cuando mi padre me pidió que le acompañara en el patronato de la fundación creada en torno al museo que quería hacer en Camprodón. Acepté, no podía hacer otra cosa, y en ese momento empezó una carrera contra reloj para intentar ponerme al nivel mínimo que se le debe exigir a un miembro de la familia que pretende ostentar la representatividad de su legado. Obviamente, no lo he conseguido, pero he aprendido algunas cosas.

Me hubiera gustado explicarle a mi interlocutor que la música clásica me ha acompañado toda la vida. Literalmente: acompañado. Así, mientras vibraba con Hurricane, de Bob Dylan, The Wall, de Pink Floyd y Sultans Of Swing, de Dire Straits, con el inconfundible punteo de la guitarra eléctrica de Mark Knopfler al frente, pintaba por las noches hasta que me vencía el cansancio con música clásica de fondo. Los Conciertos de Brandenburgo, de Bach, las Polonesas, de Chopin, arias de Jessie Norman y de la Callas, Vivaldi, es como hablar de pintura y nombrar a Miguel Ángel, Leonardo y Rafael y no salir de ahí, pero mi cultura era así: escasa. Mozart, las sinfonías, 39, 40 y 41, sobre todo la 40, y Beethoven, claro, pero poco más y, desde luego, Albéniz no estaba en aquella colección de discos que tenía en el estudio. Increíble, pero cierto.

La primera parte del concierto de Imogen Cooper me pareció interesante, pero tuve la sensación de que le costaba conectar con el auditorio. Una vez más, no me di cuenta de que el que estaba frío era yo. La segunda parte disfruté mucho más. Subí y bajé al ritmo de sus manos, que volaban sobre el teclado, a veces lo acariciaba, otras jugaba con él, pero sobre todo me gustó ver como bailaban sobre aquel suelo de marfil. Una maravilla. Ví que Jorge de Persia, sentado en primera fila, de manera que yo podía verlo -yo estaba en un lateral-, tomaba notas. A veces Jorge dice cosas sencillas cargadas de sentido: “Pasar una velada escuchando buena música debería bastarnos, ¿no?”. Realmente, es un regalo, porque la calidad escasea y la excelencia no digamos. A lo mejor no fue el concierto de mi vida, es posible que no lo recuerde como una referencia ineludible en mi tardía educación musical, pero pasé un buena velada escuchando buena música. Me basta con eso, Jorge.

Estos últimos veinte años, desde que mi padre solicitó mi presencia en el universo familiar albeniciano, han estado cargados de conciertos y he tenido el privilegio de conocer el mundo de la música clásica por dentro. Ha sido muy emocionante. Recuerdo que el principio de la suite Iberia me resultaba un reto insuperable, sin embargo hoy Evocación es mi pieza favorita de la colección, porque toda la historia de la humanidad está contenida en estos pocos minutos. He tratado de suplir mis limitaciones buscando algo que es común a todas las artes: la verdad. No es fácil de definir, pero la reconoces cuando la encuentras. Ayer, mientras me dejaba llevar por la música de Imogen Cooper, me la creí, y esa creencia me llevó al placer.

Foto Maria Alzamora, 2013

Villon se convirtió de repente en Rimbaud -al que Rydell reverenciaba-. Rydell seguía matriculado en el curso preuniversitario de letras, pero no pisaba nunca el instituto. Le decía a Marie-José: “Cualquier centro de enseñanza es una camarilla. Cualquier partido, cualquier religión, cualquier asociación es una panda de gánsters”. Marie-José lo aplaudía. Rydell convenció definitivamente a Marie-José de que cualquier tipo de instrucción era una educación para la sumisión, la desindividualización de cada cual y la regulación de todos en provecho de unos pocos y al servicio del orden, del pulpo yanqui y de la paz armada.

La ficción permite al autor decir cosas como ésta sin comprometerse. Es mordaz, lúcido, tal vez demasiado, pero no lo dice Pascal Quignard, lo dice Rydell. El libro se titula Las nieves de antaño (el título original, L´occupation américaine, es mucho mejor). Rydell afina la puntería: “El político está siempre chupando sangre, y a veces dinero: desde el comienzo de los tiempos, no produce nada. En el mejor de los casos, pesadillas”. Lo dice Rydell, insisto, no Quignard, que sólo firma el libro.

Rydell intimidaba a Patrick. Aquella desgana, aquellos bolsillos que tan pronto rebosaban dinero como estaban vacíos, aquella negativa a estudiar, aquellos poemas, aquellas paradojas, los porros, la cocaína, lo ponían fuera del alcance de cualquiera. Se llamaba a sí mismo filósofo. Tenían discusiones secas, y a veces dramáticas, pues prefería el soliloquio y que se lo aplaudieran. Patrick no sabía de aplausos. Marie-José tampoco tenía esa costumbre. Contradecía con violencia a Rydell cuando éste se metía con las luchas feministas, con los valores, con los paisajes, con las novelas y las películas de América. Para los tres era cuestión de honor enfrentarse con mayor virulencia que los servicios secretos soviéticos y los servicios secretos americanos en las novelas de espionaje de aquel tiempo. Aquello era Stalin contra Roosevelt. En opinión de Rydell, lo que pasaba era que habían sobornado a la tierra entera. Aquello era de repente Aragon contra Faulkner. Palabras contra imágenes, música de jazz contra protagonistas de películas. En opinión de Rydell, en las sociedades todo estaba “alienado”, la naturaleza estaba “colonizada”, la población de la tierra entera se había vendido a los yanquis para colmar el vientre de Danaide del “pulpo de Wall Street”. Los imperios se dan más prisa en envejecer que las generaciones de hombres a sucederse y las palabras se desgastan con mayor rapidez de lo que se ajan, en el bostezo de la muerte, los labios que la pronuncian.

“Lo que pasa es que habían sobornado a la tierra entera”. Esta frase resume el triunfo definitivo del capitalismo en la faz de la Tierra, pero Pascal Quignard sólo es un espectador que se limita a narrar la escena que sucede delante suyo, sin tomar partido. Como el fotógrafo de guerra, se protege tras la cámara. Uno y otro se limitan a encuadrar y enfocar, con la mayor nitidez posible, lo que ven sus ojos, con la secreta esperanza de que el papel emulsionado y la página mecanografiada vayan un poco más allá de la mirada.

Voy a probar. Neil Sutherland oyó como alguien le llamaba desde la calle y se asomó a la balconera. Sabía quién era; a esta hora, las tres de la madrugada, sólo podía ser Linda. Se demoró un poco para dar las últimas pinceladas de la jornada, cogió un trapo sucio, pero limpio, y se asomó de nuevo al balcón. “¡Está abierto!”. Linda venía acompañada. “Hemos visto la luz encendida y hemos pensado que a lo mejor te gustaría tener compañía”. “Si no fuera así, ¿te irías?”. Linda sonrió. “Ella es Margaret, Margaret, él es Suth”. Las dejó curioseando y se dirigió a un lavamanos que había en un rincón del estudio, donde se entretuvo todo lo que pudo, mientras la magia abandonaba el local y las musas se colaban por las rendijas de las ventanas y los quicios de las puertas, de vuelta a casa, donde quiera que estuviera, o se evaporaban en el espacio. “Fascinante”, dijo Margaret, tratando de atrapar a una musa rezagada. Estaba frente a una tela cuadrada, de metro y medio, pintada de color oscuro. Lo único que rompía la monotonía del fondo era una caligrafía apenas perceptible, pero significativa. Nada más. “Está inacabado”, dijo su autor, como si con eso zanjara una cuestión.

La cuestión de Suth era, según sus propias palabras, saber qué hacer con su obra, apilada contra las paredes del estudio, en alegre desorden. Suth había tenido éxito, el suficiente para vivir de su trabajo con cierta holgura durante un generoso espacio de tiempo, pero hacía unos años que había decidido no exponer más y se había desligado de casi todas sus obligaciones profesionales. Poco a poco, había conseguido su sueño de juventud: dejar la pintura, a la que había dedicado buena parte de su vida, como hizo Marcel Duchamp en su día. Eso no le impedía pintar, ni vender a particulares, y a esta última serie a la que dedicaba ese tiempo de descuento la llamó “No sé qué pintar, mientras tanto, pinto”. Marcel Duchamp había sido un referente, para él, pero envejeció mal, como todos los demás. Margaret, que lo sabía todo de Suth, porque en aquella pequeña comunidad artística y rural se conocían todos, y los nuevos, como ella, eran rápidamente puestos al día, estaba ahora frente a un cartel inmenso de Chillida, enmarcado, una serigrafía sobre papel de estraza con uno de sus gestos característicos y su nombre debajo, junto al de Galerie Maeght. Era de una elegancia impresionante. “He visto esta serigrafía antes, sobre un papel de color blanco, sin tipografía, y me gustó mucho, pero el cartel es mucho mejor”. “Y más barato”, respondió Suth, una vez más zanjando una cuestión.

Linda no esperó la invitación y se dirigió a la pequeña cocina, improvisada en otro rincón, buscó un cuenco donde verter una bolsa de patatas chips, cogió tres cervezas del frigorífico, las abrió y lo trajo todo, haciendo malabarismos, hasta la gran mesa baja que presidía buena parte del espacio destinado a trabajar. “No me lo digas, eres galerista”. Margaret se encogió de hombros. “Te ahorraré el trabajo. He dejado de exponer porque me parece que el arte contemporáneo es un fraude colosal. ¿De verdad alguien cree que este arte nos sobrevivirá? Tengo setenta años y en algún momento de mi trayectoria he sentido el vértigo del triunfo, hasta el punto de dudar de mí mismo, porque no me gusta cómo se valoran los artistas. Confundís valor y precio. Tampoco me gustan las galerías, no te ofendas, y detesto las ferias de arte, aunque he participado en unas cuantas e incluso he defendido su existencia, todos tenemos un pasado, pero estoy fuera de juego. Ahí es donde quiero estar”. Linda miró a su amiga y se encogió de hombros, el mensaje era elocuente: “Te lo advertí”, pero Margaret tenía un plan: comprará y especulará, es lo que se espera de ella, y Suth aceptará el trato.

Linda escogió este momento para anunciar que traía un regalo para Suth. Éste miró sus manos y enarcó las cejas, pero ella respondió, con una sonrisa pícara: “Es una cita. De un escritor francés, Pascal Quignard, deberías leerlo: Les peintres? Les cartons verts épinard. Les musiciens? Les boîtes noires et luisantes. Les écrivains? Les mains vides. He pensado que te gustaría”.

“Me parece que el arte contemporáneo es un fraude colosal”. Lo ha dicho Neil Sutherland, no quiero apropiarme de lo que no es mío.

Referente a la traducción de la cita de Quignard, una amiga del otro lado de los Pirineos me aclara que “les cartons vert épinard” hace referencia a las carpetas de dibujo, de ese color, que se cierran con cintas de tela de color negro.

El único periodo de mi vida en el que me interesó la corbata fue la adolescencia. A los diecisiete años le encargué al sastre de mi padre un traje completo, con chaleco, de un color imposible, marrón, tirando a claro, de un tejido un poco brillante. Era horroroso, pero mis padres estaban encantados, porque aquel era el buen camino. “El chico está encauzado”, le oí decir a mi padre, satisfecho. El día que lo estrené me caí, cuan largo era, por culpa de un perro, en el cruce de Paseo de Gracia y Mallorca. Se metió entre mis piernas, persiguiendo algo. Lo encontró: era mi vergüenza. Si hubiera ido vestido normal no habría sido tan bochornoso, pero un crío disfrazado de hombre con un traje brillante llama la atención, con perro y sin él. Me sacudí el polvo con torpeza y emprendí una retirada poco digna. Es el único recuerdo que tengo del único traje con chaleco que he tenido en mi vida.

En este caso la primera vez fue también la última. En el caso de Eva no, afortunadamente. Mis escarceos amorosos habían sido bastante numerosos, para la edad que tenía, pero por alguna razón me costaba llegar hasta el final. Tenía dieciocho años y estaba desesperado por perder la virginidad. Eva no creo que llegara a los veinticinco, o quizás sí, nunca he sido bueno para calcular edades, pero había estado casada y frecuentaba Bocaccio, donde la conocí. Yo iba allí porque era pobre y tenía un primo rico, que me quería mucho y puso a mi disposición una botella de Vat 69 de la que solo podíamos disponer nosotros dos y nuestros invitados. Luego pasó a Johnnie Walker etiqueta negra, pero los usuarios seguimos siendo los mismos. Yo no tenía un céntimo, invitaba a alguna amiga, íbamos a Bocaccio, que era lo máximo, el portero me conocía (mi primo era muy popular y yo era simpático), y pasábamos la tarde. A veces íbamos solos, mi primo y yo, sobre todo de noche. Eva había sido amante de un popular cantante de rock y su marido era francés. Si quería impresionarme, lo consiguió. Para mí, era una mujer madura y experimentada. Me citó en su casa para el fin de semana siguiente, en una calle del Ensanche, no recuerdo cual. No me acuerdo de casi nada, y fue la primera vez. Me cuesta evocar el acto físico, en todos los casos, en todas mis relaciones, en cambio tengo buena memoria para los detalles poco importantes. Estaba muy nervioso. Llamé a la puerta, después de un leve titubeo. En una ocasión, el año anterior, había ido a una fiesta un sábado por la tarde y en la puerta de la casa donde se celebraba me quedé parado en el rellano, oyendo las risas y la música en el interior, y sufrí un ataque de pánico. Me fui. Pero esta vez tenía clarísimo que aquello no iba a pasar. Eva me abrió la puerta. No sé lo que llevaba puesto, y no debía ser cualquier cosa. El corazón me latía a doscientos kilómetros por hora, pero aguanté el tipo, o eso me pareció, mientras observaba alucinado una escenografía muy cuidada. Todo el piso estaba en penumbra, iluminado por multitud de velas. El cuarto de baño era una maravilla, la bañera estaba llena y rebosaba espuma. Eva tenía los dientes irregulares y un cuerpo esbelto. Sonreía siempre. Ininterrumpidamente. Era muy joven, pero yo no lo sabía. No debió ser glorioso, porque no repetimos. ¿O sí? Quizás una vez, o dos. Tampoco recuerdo eso. Vaya desastre de primera vez. Sólo me viene a la memoria un cierto temor, porque el ex marido estaba y no estaba presente, y una palmada en el trasero que me propinó en la barra de abajo de Bocaccio, unas cuantas semanas más tarde, en un arranque de deseo que no tuvo respuesta. No supe reaccionar. Si acaso, sonreí.

Se lo expliqué a mi primo, claro, y a alguien más, un amigo circunstancial, un chico de nuestra edad que leía mucho. Aunque no la conocía, me explicó que lo más probable es que ella estuviera casada, pasando una crisis, y yo hubiera sido un simple pasatiempo. Yo estaba encantado con esta versión.

“Como decía Fontaine, “La grâce, plus belle encore que la beauté”. Hoy día buscamos ser sorprendidos, y la gracia ha quedado un poco relegada. Pero creo que es la clave de la esencia de la vida. Yo no dejo nunca en las grabaciones de poner trozos imperfectos, la imperfección es lo que trae la emoción. Momentos mágicos en que llegas al punto más sublime de emoción, aquel que no es perfecto, pero es eterno e irrepetible”. Este párrafo de la entrevista de Maricel Chavarria a Jordi Savall, que he leído esta mañana en La Vanguardia, me ha traído a la memoria una anécdota que he referido muchas veces, de Arthur Rubinstein, en casa de mi abuela Enriqueta Albéniz, en Palma de Mallorca, en la primera mitad del siglo XX. El maestro sentado en el piano, posiblemente el Bechstein que está en el MIAC (Museu Isaac Albéniz de Camprodon), Rosina, la viuda de Albéniz, a su lado, le insiste en que toque Iberia, sus hijas Enriqueta y Laura se suman a la petición, pero el maestro se resiste: “¡Hay que ser español para tocar la suite Iberia!”; sin embargo sus manos se deslizan sobre el teclado y suenan las primeras notas. ¿Evocación? ¿El puerto? ¿Lavapiés? En un momento dado se equivoca y una de las hijas exclama: “¡Como papá!”. A partir de aquel día incorporó Iberia a su repertorio y fue uno de sus grandes embajadores, a lo largo de todo el siglo XX.

He estado una sola vez en La Alhambra, de Granada, cuando tenía diez o doce años, con mis padres y una de mis hermanas. Viajábamos en un Seat 1400 Especial, bicolor, gris y blanco, con el cambio en el volante y un asiento-sofá corrido de dos o tres plazas delante, y otras tantas detrás. A mí me parecía enorme; ahora, cuando veo alguno restaurado, lo encuentro pequeño. Me pasa con casi todo, es como si hubieran reducido mi infancia. La calle Colón, de Vilassar de Mar, donde mis padres alquilaban cada verano una casa, cerca del Campo de Deportes, era muy ancha; era algo así como la Diagonal del pueblo. Pues bien, no es ancha, es normal tirando a estrecha. Circulo por la carretera y veo un Mini de los años setenta y me impresiona pensar que en una ocasión viajamos en uno igual tres amigos a esquiar al Pirineo de Huesca, desde Barcelona, con toda la parafernalia: botas, descansos, anoraks y maletas, por no hablar de las feromonas que llevábamos encima. Nunca he olvidado aquella visita a un palacio en el que yo viviría, y no lo haría en ninguno, porque no me gusta el lujo, pero La Alhambra es diferente. Mi padre contrató a un guía, un joven muy simpático que llevaba la lección aprendida, se notaba que repetía una y otra vez lo mismo. Una de esas letanías, la única que recuerdo, es esta: “Todos los arabescos ornamentales del techo, las paredes y las cornisas están hechos a mano, sin plantillas, los artesanos evitaban la repetición exacta, porque sólo Alá es perfecto”.

Juan Gris admiraba el coraje de sus colegas cubistas, que dejaban sus obras inacabadas “cuando ya están explicadas”, en palabras de Picasso. A él le costaba mucho hacerlo, era meticuloso y sus obras están más trabajadas que la de sus colegas, pero no por ello dejaba de admirarlos. A este gesto que no era capaz de imitar, pero sí de valorar, lo llamaba “coquetería”.

La gracia es un concepto metafísico, que yo asocio a la verdad y a la belleza.

No es fácil de encontrar.

Yo la vi casualmente ayer, en un documental de La 2, en una bellísima obra de Artemisia Gentileschi, de 1639, titulada Autoritratto come allegoria della Pittura.

Foto Eduardo Llasat

Me llamó la atención el mensaje que llevaba impreso en la vitola, en grandes caracteres, blancos sobre fondo rojo: “Autobiografía, ensayo, crónica periodística y ficción: la gran obra de un autor imprescindible”. Lo compré, claro, luego me di cuenta de que no era yo. Fue una amarga decepción, pero el libro que debía anunciar, el mío, se titula Elogio del fracaso, de modo que no es tan extraño, después de todo. Se trata de Yoga, de Emmanuel Carrère. Tampoco me llamo Paul Auster, ni Enrique Vila-Matas, ni John Berger, ni Javier Cercas, lo tengo mal para que me acepten en este selecto grupo de celebridades literarias a las que todo le está permitido. Yo sigo etiquetado como inclasificable y difícil de vender. Es un error, mis lectores del blog y yo hace tiempo que lo sabemos, pero el mundo editorial todavía lo ignora; para cuando se enteren será tarde para mí, espero que no para la siguiente generación. Eso suena tan pedante como la prosa de Carrère, pero si no lo pensara no me levantaría cada día a las seis y escribiría hasta las nueve. Fuera de este horario también escribo, sobre todo cuando paseo con mis perras por los alrededores del estudio, y cuando intento dormir, en este mágico estado de duermevela, donde tantas cosas pasan. Me gusta darle vueltas y más vueltas a un recuerdo que quiero escribir, porque en todos mis textos trato de universalizar una experiencia particular. ¿Cuál es la de hoy? No estoy muy seguro. En la página 33 de Yoga, el autor transcribe estas palabras de Glenn Gould: “El objetivo del arte no es la descarga momentánea de una secreción de adrenalina, sino la construcción paciente, a lo largo de toda una vida, de un estado de quietud y de fascinación”.

Aunque parezca difícil de creer, el colegio al que fui durante la mayor parte de mi infancia y adolescencia no dejó ninguna huella indeleble en mi personalidad, al menos no de manera significativa. Es una afirmación temeraria, lo sé, porque tiene un considerable margen de error, es imposible adivinar qué hubiera pasado si en lugar del Instituto Técnico Eulàlia hubiera sido La Salle Bonanova, pero ése es mi sentimiento y me atrevería a hacerlo extensivo a la mayoría de la gente que me rodea. Nunca, que yo recuerde, he pensado: “Mira, éste se ha educado en los Jesuitas, se nota enseguida”, o esta chica tiene el sello inconfundible del Colegio Alemán, o del Liceo Francés, o del Virtelia. Otros, observadores más sensibles y perspicaces que yo, serán capaces de sacar conclusiones determinantes sobre el carácter de sus amigos o conocidos en función de la escuela donde estudiaron, yo no. El sistema imprimía carácter, la escuela no. El franquismo, por ejemplo, me hizo inmune a la retórica conservadora; el colegio, en cambio, religioso o laico, permeabilizaba, porque su función primordial era integrar el sujeto al rebaño y encerrarlo en una cerca. Claro que había algunas excepciones y muchos matices, algunos importantes, pero después de darle muchas vueltas a lo máximo que he llegado es a distinguir entre escuela pública y privada, a partir de ahí todas las escuelas públicas se parecen y las privadas también.

Reflexiones como ésta, expresadas en voz alta, suelen soliviantar a mis interlocutores, para los que el deseo de pertenencia es esencial, pero tengo la sensación de que cuando defienden su colegio lo que hacen es alienarse en una categoría social, más allá del nombre de la institución. Pero no es de esto de lo que quería hablar.

Durante todos aquellos interminables años -la etapa escolar es la más larga de mi vida, parecía no acabar nunca- tenía que cruzar media Barcelona para llegar al colegio. Eso sí me marcó. Yo vivía en el Ensanche, hoy L´Eixample, en la calle Lauria, ahora Roger de Llúria, y cada mañana caminaba dos manzanas y media hasta una parada de autobús en el Paseo de Gracia, esquina Mallorca, donde cogía el 22 y pasaba cuarenta o cincuenta minutos mirando sin ver por la ventanilla, mientras subíamos por Mayor de Gracia, hoy Gran de Gràcia, hasta plaza Lesseps, luego enfilábamos la Avenida República Argentina, la calle Craywinckel, el Paseo San Gervasio, el Paseo de la Bonanova, la plaza Sarriá, hoy Sarrià, y unos metros más allá, por fin, llegábamos a la calle Reina Elisenda de Montcada, donde estaba mi colegio: imponente, majestuoso y temible. Ahí sigue, inasequible al desaliento. Soñaba con que en República Argentina el autobús tuviera un grave percance, del que saldríamos todos milagrosamente ilesos, y me hicieran regresar al centro de la ciudad, pero eso nunca sucedió.

Mi colegio era mixto, pero segregado, ellas tenían su propio edificio y apenas coincidíamos. Entrábamos a las nueve y las chicas salían a las seis de la tarde, mientras que nosotros lo hacíamos a las siete, para no confraternizar. Por la mañana estábamos tan dormidos que se nos olvidaba hacerlo. El único día que salíamos a la misma hora era el sábado, a la una del mediodía. O sea que debía de ser sábado. Yo iba con mi amigo Eduardo, que vivía cerca de casa. La nuestra fue una amistad forjada en transportes públicos; merecería un capítulo aparte, porque fue importante para mí. Encontramos asiento delante de la plataforma intermedia, donde se abría una doble puerta de bajada, con un silbido característico, como de aire comprimido. La vimos entrar y sentarse tres o cuatro hileras más adelante, era la chica -apenas una niña, como nosotros- que nos gustaba a todos. Aquel día la habíamos visto, porque uno de los poquísimos lugares donde nos encontrábamos los dos sexos era en misa de nueve, los sábados. Yo la miraba, con el altar por en medio, con la devoción que debería haber reservado al Altísimo, pero no había color, aquella chica era preciosa.

En el autobús repetimos el único rito sexual que conocíamos: la mirada, pero sin el altar por en medio nos sentimos expuestos y Eduardo y yo bromeamos, nerviosos, mientras ella permanecía impasible, como una reina. Pasado un cuarto de hora se levantó y se dirigió a la plataforma, ¡hacia nosotros! Se llamaba Teresa y era preciosa, ya lo he dicho. Se puso delante nuestro y Eduardo se removió, inquieto, era muy nervioso, mientras yo, que era muy tímido, la miraba y no la miraba, embobado. Ella nos ignoró, se giró y miró por encima de un mar de cabezas, en dirección al conductor, y dijo en voz alta e inesperadamente ronca: “¡Parada!”. Eduardo la imitó, con voz más ronca aún, “¡Parada!”, y se rió un buen rato, pero ella hacía otro tanto que había abandonado el vehículo. Yo estaba catatónico, nunca había estado tan cerca suyo. ¿Me vio? Me parece que no, a pesar de que era muy rubio y en aquella época éramos raros. Recuerdo sus facciones como si la tuviera delante, y ha pasado más de medio siglo. Su pelo era oscuro, brillante y lacio, las facciones regulares, bien dibujadas, los ojos también oscuros y la mirada profunda, madura para su edad, y sus labios eran perfectos, su boca parecía cincelada por un artista del Renacimiento. Ella estaba a un metro de distancia, observada por dos rapaces inseguros y ávidos de no se sabe qué, y miró por encima de aquel mar de cabezas en dirección al conductor. Visto con perspectiva, me parece que fue la primera de una larga lista de oportunidades perdidas.

Otro día, al atardecer, era oscuro, debía ser invierno, Eduardo y yo estábamos de pie en la misma plataforma donde había estado ella, hablando de la amistad. Fue una de estas conversaciones profundas que tienes a los catorce años, si tienes la suerte de tener un amigo como Eduardo y un trayecto interminable en el 22. De pronto oímos una voz a nuestra izquierda: “¿Vosotros debéis ser muy buenos amigos, verdad?”. Nos giramos para ver a la persona que nos interpelaba, un fraile de poblada barba gris y sonrisa acogedora. “Sólo los buenos amigos hablan de la amistad como lo estabais haciendo vosotros”. Era verdad. No se nos había ocurrido. En aquella época, a mediados de los años sesenta, no era extraño ver hábitos religiosos, sobre todo curas con sotanas de botonadura interminable y monjas, todos de negro, excepto la toca de las religiosas, que era blanca, pero el hábito de los frailes capuchinos, o franciscanos, que no sé si es lo mismo, era marrón, con cuerda en la cintura y capucha, y llamaba la atención. Se llamaba padre Daniel y entendí que era el que mandaba en su convento. Charlamos un buen rato, no recuerdo el contenido de la conversación, pero sí que pasamos por alto la diferencia de edad y tuvimos una conversación que fue enriquecedora para todos. Bravo por el padre Daniel. Incluso aceptamos su invitación a visitarle en el convento, olvidando por un momento que no teníamos control alguno sobre nuestras vidas, pero fue hermoso suponer que sí, que cualquier día nos acercaríamos por allí y preguntaríamos por él, como buenos amigos. También en esta ocasión la oportunidad pasó de largo; pero, como en el caso anterior, fue tan bello y tan intenso que nunca lo he olvidado.

Todavía bajo los efectos de Paterson, de Jim Jarmusch, salgo a dar una vuelta por el barrio con las manos en los bolsillos, como haría cualquiera de sus personajes. Las calles son distintas después de ver una película de Jarmusch. Cada rincón cuenta. Siempre digo que si una obra de arte no te hace mejor persona no es arte, es solo entretenimiento, dicho sea eso con todos los respetos, pero no es lo mismo. Me gusta mucho el cine de Jarmusch. Me acuerdo de las primeras imágenes de Down by Law, con la voz rota de Tom Waitts entonando Jockey Full of Bourbon, entonces pensé que era el mejor inicio de película de la historia del cine. De Paterson me quedo con todo, incluso con lo que todavía no entiendo, pero hay una imagen que me ha removido interiormente, porque tiene que ver conmigo, ahora mismo, pero no puedo contarlo, porque haría un spoiler.

L´escala de l´enteniment, dedicada a Ramon Llull, Fundació Vila Casas, 2016

(tercer intento)

Hoy es uno de esos días en los que siento que nada va bien, ni el hombre, ni el arte, ni el país, ni todos los países. Si acaso, la música. Escuchas Los conciertos de Brandeburgo, de Bach, y sientes algo, pero después de ojear el periódico estoy inconsolable y el destino de la humanidad me parece más incierto que nunca. Hablan de poetas que riegan el mar y del Tribunal de Cuentas, que tiene poco de tribunal y mucho de pasar cuentas, pero estoy cansado y no quiero hablar de entelequias. Estamos en julio, hace calor, en el jardín los pájaros están felices y dicharacheros y una pareja de urracas bien trajeada acosa a un gato rubio, atigrado, que supone una amenaza para ellas. Me refugio en el interior de la casa, que es de pueblo y sus muros maestros superan el metro de grosor. No hay mejor aislante que éste. Cojo un libro sobre Ramon Llull, que leo a ráfagas, y me entretengo con el relato del proceso que el Santo Oficio, que de oficio tenía mucho y de santo nada, le abrió al “doctor iluminado”. ¡Qué poco hemos cambiado! El demonio que buscaba la Iglesia estaba en los inquisidores, en este caso representados por el dominico Nicolau Aymeric, porque si una característica tiene el diablo es que es tan taimado que ni siquiera él sabe que lo es. Setecientos años más tarde, en Roma siguen sin enterarse de nada.

Hablando de inquisidores, encuentro en internet una entrevista reciente a La Trinca, un trío musical que combinaba con singular acierto humor y crítica política y social, allá por los años setenta y ochenta del siglo XX. La inteligencia artificial ha activado un algoritmo que opina que me puede interesar. Me cuesta reconocerlos, han pasado muchos años. Constato, una vez más, que la mezquindad es una combinación de falsedad, racanería y estupidez. No me refiero a ellos, naturalmente, sino a la policía franquista. Cuentan, regocijados y perplejos, que cuando los funcionarios policiales se personaban en el teatro para ejercer de censores, mostraban sus credenciales a la taquillera para no pagar la entrada; de esta manera alertaban a los cantantes de su presencia y estos interpretaban versiones light de sus temas.

Tampoco eso ha cambiado.