Cae la tarde en L´Olivar, la fundación de Enric Pladevall. Este año el verano se ha adelantado. La brisa viene del mar y refresca lo justo para no caer fulminados por la ola de calor. Enric y yo hablamos de arte. Los dos somos outsiders. Aunque hemos llegado a esta condición por caminos diferentes la conclusión es la misma: o perseguimos el éxito colectivo, multitudinario, o el personal. Se cuela en la conversación una frase sorprendente: “Lo echo de menos”.

Se refiere al confinamiento; no sé cómo ni por qué hemos llegado a este momento, pero capto la idea al instante y una corriente de sincronía se cuela con la brisa entre las esculturas, esparcidas con orden y concierto en el amplio espacio ajardinado –no es la palabra adecuada, no es un jardín–, y se queda flotando en el aire. Bebemos un trago de cerveza. Somos de una generación que sólo ha visto la guerra por televisión, como una representación digna del genio de Shopenhauer, con el sufrimiento en el centro del escenario. Estamos en la platea, algunos en el anfiteatro y la mayoría en el gallinero. Pero hemos vivido una cosa extraordinaria: un día el mundo se paró, las calles se vaciaron, los coches, los trenes, los aviones y los tractores enmudecieron y cuanto mayor era la calidad del silencio humano más alegre fue el canto de los pájaros.

Al día siguiente Enric me invita a una visita guiada en su fundación. El momento cumbre es la visita a La cripta, la obra a la que ha dedicado los últimos cinco años de su vida. No es fácil de describir, porque tiene muchas lecturas. “Es una experiencia”, oigo decir a alguien al lado mío. Otro se atreve a proponer otros desenlaces posibles, lo cual quiere decir que algo se ha movido en su interior. “Si esta obra estuviera firmada por Neil Sutherland” –me atrevo a decir, citando otro nombre– “estaríamos todos desmayados de la emoción”.

Todas las interpretaciones son posibles, yo he visto la historia del hombre.

Es la obra de un loco, sin duda, en el sentido metafísico de la palabra.

Es la obra de un poeta.

Segundo intento. El reduccionismo en filosofía es peligroso. En todo lo demás también, pero los pensadores son especialmente estrictos con las palabras. Les va la vida en ello. Yo todavía no he entendido si la voluntad de vivir de Shopenhauer era la causa o el remedio frente al sufrimiento, por lo que he decidido eliminar ese concepto de esta versión.

Dejé Ciencias Económicas en quinto. Sólo me quedaba un año para licenciarme. Abracé la causa hippy y me convertí en artista. Seguramente ya lo era. Recuerdo mi habitación de soltero en casa de mis padres, con un caballete demasiado grande y tubos de pintura, y olor a aceite, mi madre decía que no ventilaba lo suficiente; luego, cuando abrí la ventana de par en par y se me llevó el viento, se arrepintió. Siempre me he jactado de que a pesar de aquellos estudios universitarios no sé nada de Economía, pero aprendí una cosa: los grandes temas son siempre sencillos de plantear, lo difícil es gestionarlos. Esta certeza me ha acompañado siempre. Los impuestos, por ejemplo, nacen para satisfacer la necesidad de financiar infraestructuras destinadas al servicio público, cómo se implementan y quiénes se encargan de hacerlo es otra cuestión. Keynes, el economista que nunca pasa de moda, amigo de Bertrand Russell y de Ludwig Wittgenstein, pertenecía a una generación de pensadores que apenas distinguía entre Filosofía, Matemática y Economía. Ante una Crisis con mayúscula proponía que si no había empleo ni dinero el Estado lo creara, contratando personal e imprimiendo papel moneda, aunque eso provocara Inflación, también con mayúscula, porque lo importante era frenar el pánico y evitar que la gente, arruinada y desesperada, se lanzara por las ventanas de los rascacielos de Wall Street, como sucedió en el Crac del 29. Una receta sencilla para un problema angustioso.

También las proposiciones filosóficas son sencillas. Wittgenstein opinaba que de lo que no se puede nombrar es mejor no hablar, el imperativo categórico de Kant nos dice que debemos obrar de tal manera que nuestro comportamiento pueda erigirse en regla universal de conducta y Shopenhauer pone el acento en el sufrimiento, y no puedo estar más de acuerdo con él, no es fácil vivir, y dejo entonces que sean sus actos los que me den la información que en realidad busco. Me fascina la renuncia de Wittgenstein a su fabulosa herencia y el entusiasmo con el que abrazó la causa patriótica en una guerra estúpida y devastadora –la Gran Guerra–, mientras su amigo Russell cumplía en prisión una condena por pacifismo. Algo parecido le pasó al compositor Benjamin Britten en la II Guerra Mundial.

Escogí el arte porque es otra manera de decir. Y escogí la literatura porque también en el arte he llegado a un callejón sin salida.

Cinco cubos de aluminio

Dejé Ciencias Económicas en quinto y último curso y aquel acto representó mi divorcio con la vida a la que estaba destinado. Siempre me he jactado de que a pesar de aquellos estudios superiores no sé nada de Economía, pero aprendí una cosa: los grandes temas son sencillos de plantear, lo difícil es la gestión posterior. Los impuestos, por ejemplo, nacen para satisfacer la necesidad de financiar estructuras destinadas al servicio público. Cómo se implementan es otra cuestión. Keynes, el economista que nunca pasa de moda, amigo de Bertrand Russell y de Ludwig Wittgenstein, pertenecía a una generación de pensadores que apenas distinguía entre Filosofía, Matemática y Economía. Ante una Crisis con mayúscula proponía que si no había dinero el Estado lo creara, imprimiendo papel moneda, aunque eso provocara Inflación, también con mayúscula, porque lo importante era frenar el pánico y evitar que la gente, arruinada y desesperada, se lanzara por las ventanas de los rascacielos de Wall Street, como sucedió en el Crac del 29. Una receta sencilla para un problema angustioso, y un reto formidable por delante.

También las proposiciones filosóficas son sencillas y difíciles de implementar. Wittgenstein opina que de lo que no se puede nombrar es mejor no hablar, el imperativo categórico de Kant nos dice que debemos obrar de tal manera que nuestro comportamiento pueda erigirse en regla universal de conducta y Shopenhauer pone el acento en el sufrimiento, y no puedo estar más de acuerdo, no es fácil vivir, y nos receta un remedio: la voluntad de vivir.

Escucho estas doctrinas como si se tratara de una canción en inglés, que no entiendo pero me cautiva, y me acerco al personaje y dejo que sean sus actos lo que me de la información que en realidad busco. Es fascinante. Wittgenstein y el acto de renunciar a una fortuna, y el sorprendente entusiasmo con el que su generación abrazó la causa patriótica, en una guerra estúpida y devastadora, con la única excepción de su amigo Russell, cuyo pacifismo fue duramente criticado y le llevó a prisión. Algo parecido le pasó al compositor Benjamin Britten en la otra gran guerra del siglo XX.

Escogí el arte porque es otra manera de decir y la literatura porque también en el arte llegué a un callejón sin salida. Hoy, con setenta años, que es una edad provecta, he empezado a ir a clases de inglés, a ver si por fin entiendo algo.

Basilio Baltasar, en el primer párrafo de su artículo de La Vanguardia del 28 de mayo de 2022, nos advierte que Italo Calvino no quiso publicar Un optimista en América, una crónica sobre su viaje de seis meses por los Estados Unidos, en 1960, porque pensaba que era literariamente pobre y periodísticamente poco interesante. En aquel momento John Kennedy y Marilyn Monroe estaban vivos, muy vivos, y no había ninguna crisis de los misiles ni guerra del Vietnam que enturbiara la plácida autocomplacencia de un país que se consideraba elegido por Dios para redimir a la humanidad.

La confesada aversión del autor por los beatniks –“tienen un aspecto poco higiénico, son arrogantes y no pueden considerarse buenos vecinos”– expresa lo ajeno que se siente al esnobismo de las modas. Calvino admite su “deplorable falta de sensibilidad hacia quien prefiere andar mal vestido” y un franco desdén por sus obras literarias; cree ver además en estos movimientos culturales una impostura similar a la que rige cualquier otra farsa del gregarismo social. Calvino comenta su admiración por la espléndida belleza de los negros que siguen a Martin Luther King, nos cuenta que el free jazz racionaliza el “nerviosismo actual” y lamenta que el expresionismo abstracto sea una pintura cargada de consternación “ciega y vociferante”.

A mí los beatniks me caían bien, son primos hermanos de los hippies, con los que me identifiqué cuando era joven, porque cualquier actitud que implicara salirse del sistema me parecía bien –esencialmente sigo pensando lo mismo–, pero entiendo lo que quiere decir y aplaudo su manera pulcra y elegante de denunciar la brutal segregación racial de aquellos años; y la última frase, en la que define el expresionismo abstracto como una pintura cargada de consternación “ciega y vociferante” me parece muy buena. Hay otras maneras de verlo, desde luego, pero su voz es la de un intelectual culto y sensible. Sesenta y dos años más tarde, el arte contemporáneo sigue teniendo un destacado protagonismo en nuestra vida cultural y analizándolo con esa perspectiva la primera palabra que me viene a la cabeza no es “excitante” ni “apasionante”, es “consternado”.

En Elogio del fracaso la voz del narrador es la de un artista desconocido, que sin embargo parece muy seguro de sí mismo. Eso es debido a la fe irracional que acompaña indefectiblemente a todos los procesos creativos; sin ella nadie estaría dispuesto a sacrificar tanto con unas perspectivas profesionales tan desfavorables. La apuesta por la intemporalidad lo hace todavía más difícil, la contemporaneidad es un lugar más fértil donde volcar el talento, porque el retorno es más fácil, es lo que tiene el gregarismo del que habla Calvino, pero como él también dice produce obras de dudosa calidad. Pasada la moda, la obra se desvanece, poco a poco, barrida por el viento del olvido. Y yo quiero trascender.

En Poesía y verdad, las memorias de juventud de Goethe, hay un episodio acerca de un concurso de poemas en el que Goethe habla de su sorpresa cuando descubre que no tiene la menor duda de que los suyos son los mejores, actitud que comparten la inmensa mayoría de los participantes. Todos piensan que lo que han escrito ellos es mejor, lo que le lleva a una reflexión inquietante: ¿no le estará pasando lo mismo que a los demás? Recuerdo las discusiones sobre arte moderno que tenía hace muchos años con un colega bastante mayor que yo, que vivía en la costa mediterránea, en un lugar muy bello. En verano solíamos reunirnos en una terraza junto al mar y hablábamos, fumábamos y bebíamos cerveza hasta altas horas de la madrugada, mientras a nuestro alrededor la humanidad entera paseaba por la playa susurrándose palabras afectuosas. Era un hombre encantador, culto, con experiencia y criterio, era un placer criticar el mercado con él y buscar la verdad entre tanto artificio mediático. Sin embargo, su obra no me gustaba. Es más, la consideraba manierista y banal. ¿Pensaría él lo mismo de la mía?

Emily Dickinson publicó sólo diez poemas en vida. Comparado con ella yo, que no soy nadie en el mundo del arte contemporáneo, pero que he expuesto mi trabajo en Londres, París, Nueva York, Miami, Dubai, Ginebra, La Haya, Madrid, Valencia y Barcelona, soy una rutilante estrella del arte. Cuando se escriba mi historia –cosa que no descarto en absoluto– parecerá que las cosas me fueron muy bien y no es verdad, aunque no debería quejarme, pero a nadie extrañará del todo que mi obra se vaya colando poco a poco en las páginas de la historia del arte. A menos que mi viejo compañero de tertulias mediterráneas considerara que su trabajo estaba muy por encima del mío y tuviera razón, y que Calvino acierte con su acerada definición del expresionismo abstracto. En tal caso, un beatnik llamado Jack Kerouak, en su mítica novela On the Road, habrá acertado también con su famosa proposición “de los griegos para acá todo ha sido mal formulado”.

Un error de principio condiciona el futuro y todo el entramado del arte contemporáneo se sostiene a partir de los preceptos de la Escuela de Nueva York.

Si es música, 2021

Yo he llegado tarde al mundo de la música clásica, después de una infancia y adolescencia en la que mi familia se olvidó de mí. No es que no me quisieran, es que les pillé cansados. Fui el cuarto de cinco hijos y llegué descolgado. En aquella época no había manera de impedir que la familia creciera y buena parte de mi generación le debe la existencia a un ginecólogo japonés llamado Kyūsaku Ogino, que prometía más de lo que podía ofrecer. Inventó un control de natalidad basado en una abstinencia sexual más o menos controlada que fracasó estrepitosamente. Proviniendo de una estirpe noble –mi abuela era hija del gran Isaac Albéniz– no recibí educación musical de ningún tipo, lo que no deja de ser extraño. Décadas más tarde, las circunstancias me han puesto en contacto con este mundo, tan bello como un paisaje neozelandés, agreste, o uno africano, desértico, o un rincón del Cabo de Hornos sacudido por un viento huracanado y olas de diez metros de altura. Un mundo tan exclusivo como un jardín provenzal bien cuidado, rodeado de un seto alto y tupido, tan sensible que se ha convertido en la más elevada de las artes y tan hermético que tiene su propio lenguaje, que hablan sólo unos pocos iniciados.

Beethoven, Bach, Mozart, Schubert y Chopin pertenecieron a familias de músicos. Los Bach fueron varias generaciones de músicos, todos excelentes, pero sólo Johann Sebastian ha pasado a la historia con una obra portentosa. He dicho y escrito muchas veces que para mí una obra de arte es un 90% relato y un 10% oficio. J. S. Bach tenía algo que decir.

Dicen que en la infancia está la semilla de todo lo que sucederá después. Debe ser cierto, porque no conozco a nadie del mundo de la música clásica que no haya tenido un entorno musical apropiado durante su infancia. Esta es una cita a la que no se puede llegar tarde, ese es un tren que no se puede perder. Yo lo perdí, sé de lo que hablo, aunque esta tardía afición no me impide disfrutar y admirar, pero disfruto y admiro menos.

La guerra en Ucrania nos devuelve una imagen distorsionada de lo que creíamos ser, en un espejo roto de una casa destrozada por un misil que ha costado una pequeña fortuna, que habrá que reponer. En ese contexto, estresante y deprimente, me han invitado a formar parte del jurado de un concurso literario que se celebra anualmente en mi pueblo de elección, con motivo de la festividad de Sant Jordi. No me gustan los concursos, no soy nadie para juzgar a nadie y nunca he creído en el arte como una carrera en la que uno gana y los demás pierden, pero no he podido negarme. Sin embargo, he sido afortunado, porque los grandes protagonistas de la convocatoria de este año han sido Els follets d´OrdisLos duendes de Ordis–, un grupo de niños y niñas, de entre tres y cinco años, que han arrasado en su categoría con su obra El collar mágico, presentada con el premonitorio pseudónimo Invencibles.

HABÍA UNA VEZ UN PEQUEÑO PRÍNCIPE QUE VIVÍA EN UN CASTILLO EN ÁFRICA AL LADO DE UN RÍO.

EL PEQUEÑO PRÍNCIPE TENÍA UNA GOMA DE BORRAR QUE VIVÍA DENTRO DE SU ESTUCHE.

UN DÍA, EL PEQUEÑO PRÍNCIPE ESTABA JUGANDO EN SU HABITACIÓN CON EL COLLAR MÁGICO DE SU MADRE CUANDO LO LLAMARON PARA IR A CENAR.

FUE A CENAR MUY RÁPIDO PORQUE TENÍA MUCHA HAMBRE, Y SIN QUERER, DEJÓ EL COLLAR SOBRE LA GOMA DE BORRAR.

PARA CENAR HABÍA SOPA DE PISTONES Y UN MUSLO DE POLLO, PARA POSTRE FRESAS, CHOCOLATE Y NATA.

POR LA NOCHE, MIENTRAS EL PEQUEÑO PRÍNCIPE DORMÍA, LA GOMA DE BORRAR TENÍA MUCHA HAMBRE Y SE COMIÓ TODA LA TINTA DE LOS DEBERES DEL NIÑO.

¡¡¡POR LA MAÑANA EL PRÍNCIPE VIÓ QUE NO TENÍA NINGUN DEBER HECHO!!! SE ENFADÓ MUCHO Y LANZÓ EL ESTUCHE POR LA VENTANA. LA GOMA DE BORRAR SALIÓ ESCOPETEADA Y CAYÓ DENTRO DEL RÍO.

POR EL RÍO VINO UN COCODRILO Y SE COMIÓ LA GOMA, PERO DESPUÉS LA ESCUPIÓ PORQUE NO LE GUSTABA Y SALIÓ VOLANDO HACIA LA SELVA.

EN MEDIO DE LA SELVA LA GOMA SE ENCONTRÓ CON UN TIGRE, UNA SERPIENTE, UN RINOCERONTE Y UN ELEFANTE. EL ELEFANTE LA COGIÓ CON LA TROMPA Y LA TIRÓ AL AIRE, DESPUÉS EL RINOCERONTE LA PINCHÓ, EL TIGRE LE DIÓ UN GOLPE DE ZARPA Y LA SERPIENTE UN GOLPE DE COLA.

LA POBRE GOMA DE BORRAR SE MARCHÓ MUY ASUSTADA Y POR EL CAMINO SE ENCONTRÓ A SU AMIGA LA MAQUINETA, EL ROTULADOR Y LA COLA.

LOS 4 AMIGOS DECIDIERON VOLVER AL CASTILLO DEL PEQUEÑO PRÍNCIPE E HICIERON UNA FIESTA PARA CELEBRAR EL CUMPLEAÑOS DE LA GOMA.

Es insuperable. Luego, els follets aprenderán a escribir y desaparecerá la magia, cuando la ficción se convierta en realidad.

En Ginebra, una ciudad tranquila, de clase alta, habitada por seres cosmopolitas disfrazados de afables burgueses, he colgado una pintura en un entorno singular. El propietario del apartamento, situado en un selecto barrio residencial, es el director de una importante fundación cultural; un hombre que, según sus propias palabras, viaja más en avión que una tripulación normal de una compañía aérea normal, lo cual quiere decir que el apartamento se utiliza poco. Su residencia particular está en otra capital europea, en Ginebra está la sede de la fundación que dirige y por lo tanto recala regularmente en esta ciudad. Siempre de paso.

La pintura es una menina pintada en un díptico de un metro de altura por un metro sesenta de ancho y preside el salón, observando atentamente los curiosos objetos que la acompañan. A su derecha, en una repisa de superficie pulida, detrás de la cual se accede a la cocina, hay un gran busto de mármol del siglo XVIII de Jean Jacques Caffieri; es el retrato de un artista: Corneille Van Cleve, escultor de la corte de Luis XIV. El original está en el Museo de Cleveland y en el Louvre hay varias obras de ambos. Me imagino a la menina preguntándole a Corneille por sus primas de la corte de Versalles, todas ellas vestidas con el miriñaque característico de la época. Un poco más allá, siempre mirando a su derecha, cruzado el paso al recibidor, hay una mesa baja con un juego de espejos chinos de bronce de hace dos mil años. Nuestro amable anfitrión nos explica que su cara reflejante, muy bruñida, sirve para alejar a los malos espíritus, por eso solían acompañar al difunto en su tumba y en muchos casos se han conservado en buenas condiciones. Tengo apuntado en el dorso de la tarjeta de embarque (hemos llegado esta misma mañana) que son de la época de los Reinos Combatientes (siglo IV a. de J.C.), dinastías Han (siglos III a. de J.C. a II de J.C.), Tang (siglos VII-IX) y Song, Jin.

Encima de ellos cuelga una tabla medieval muy bella y al fondo, en un ángulo, hay una talla de madera más o menos de la misma época (¿siglo XV?). Espléndida. Y algunos dibujos antiguos: Alto en la Huída a Egipto, de Simon Vouet, y un paisaje de Van Goyen.

El fondo de la Menina azul está pintado con óleo índigo, caligrafiado, y los interiores de su barroco y minimalista atuendo tienen reflejos azulados, por el contraste entre este fondo y el blanco de zinc que utilicé para resaltar el rostro y ciertas partes del vestido. Lo observa todo con interés. Parece que comparte los gustos refinados de su anfitrión, que explica los detalles de cada pieza con entusiasmo de coleccionista.

La luz entra en el salón por amplios ventanales que dan a una zona arbolada y tranquila. Frente a ellos hay un curioso banco de madera africano, alargado, moderno pero que parece mucho más antiguo que los espejos chinos. En realidad es una cama hecha de una sola pieza, de la etnia senufo (la tarjeta de embarque es un pozo de sabiduría), que ocupa un gran territorio entre el sur de Mali y el norte de Costa de Marfil. Suele haber una de estas camas en cada aldea y en ella se colocan los cuerpos sin vida de los “chefs de village” para que se les rinda pleitesía.

La Menina azul estuvo expuesta en 2008 en un tercer piso de Old Bond Street, en el centro de Londres. La galería privada de William Thuillier consta de dos salas, con alfombras orientales sobre moqueta, paredes de color azul verdoso, agrisado, techo blanco y un insólito caballete forrado de terciopelo rojo oscuro, muy gastado por el paso de los años. Allí compartió protagonismo con otras de su generación. Fue bonito mientras duró, pero todas parecieron aliviadas cuando se acabó el baile y cada una se fue a su residencia definitiva o volvió al estudio. Les gusta sentirse únicas.

Viajé a Ginebra en octubre de 2011 con Mercedes Durban, Cheche. “El miércoles fue lluvioso y desapacible, pero el jueves amaneció soleado. Visitamos algunas galerías y tomamos un café en una terraza en la Place du Bourg De Four, al sol. Un capuccino, para ser exactos, delicioso”. Cheche era (que difícil es hablar en pasado de una persona que se acaba de ir y nunca debió hacerlo tan pronto) una activista cultural, como ella misma se definía, única. También fue ella la que organizó la exposición de Londres y las de La Haya, en la galería de Ellen Cleyndert, y llevó mi trabajo a Dubai, con Art-Andalus, y Madrid, con Aina Nowack. Nada me gustaría más que detener el tiempo aquel jueves, con el sabor espumoso del capuccino en los labios.

José Luis Pascual y Alfonso Alzamora en Km7 Espai d´Art, 2012. Foto Maria Alzamora

Museu Can Mario, Fundació Vila Casas, Palafrugell (Girona), sábado 9 de abril de 2022, mesa redonda dedicada a José Luis Pascual. En la mesa presidencial, de izquierda a derecha: Laurent Martin “Lo”, Toni Álvarez, moderador, José Luis Pascual, Luis Krauel y yo. Unas treinta personas de público, aforo limitado. Poco antes de que empezara la mesa redonda vi a José Luis, el homenajeado, muy concentrado leyendo un papel enmarcado colgado en la pared, cerca de la mesa, que resultó ser una carta autógrafa de Regina Saura en la que explicaba su visita al taller de José Luis en Ibiza, en la década de los ochenta. Allí encontró al parecer lo que buscaba, el arte, y su vida cambió para siempre. A mi derecha, Luis Krauel explicó que hizo su primera exposición en la Galería Trece, de Ventalló, siendo José Luis su director, y un poco más allá Lo afirmó que se lo debía todo, porque creyó en él, escuchó imperturbable su naciente historia de amor con el bambú –entonces apenas cuatro palitos vacilantes en el espacio–, le compró una obra y le organizó su primera exposición en Km7, la galería que montó en su estudio de Saus-Camallera, poco después de cerrar la etapa de Ventalló. Entre el público, Javier Garcés asentía, podría explicar una historia muy similar. Y Xavier Krauel. Y Hiroshi Kitamura y Montse Baqués, que llegaron a Camallera con una parte del camino hecho, como yo. Y Maria Alzamora, que hizo su primera exposición individual, NUE, en Km7. Recuerdo también a uno de los grandes ausentes: nuestro amigo –todos éramos buenos amigos– Jaime García Antón, que abandonó su empresa pionera de electrónica y la producción cinematográfica para hacerse pintor, recuperando un antiguo sueño de juventud. Expuso en la Trece y en Km7, como Raimon Ollé, joyero, que solía explicar a quien quisiera escucharle que José Luis lo convirtió en escultor. Como el flautista de Hamelín, José Luis arrastraba detrás suyo una larga hilera de ratoncitos artistas, alegres y dicharacheros –las tertulias de Km7, en la larga mesa de madera frente a la entrada de la sala de exposición, con whisky, cerveza, vino y altramuces, y la sonrisa de Eugenia, compartidas con aficionados al arte, escritores, periodistas, poetas, músicos y coleccionistas son legendarias–. Hablábamos de compromiso cultural y de lo que nos hacía diferentes, porque como dice una leyenda popular a ningún ratón se le ocurriría fabricar una trampa para cazar ratones, como hacen los humanos.

Al principio de su intervención, José Luis nos leyó un fragmento de un poema de Narcís Comadira, otro habitual de Km7, en el que viene a decir que los artistas tenemos una extraordinaria habilidad para complicarnos la vida (y con harta frecuencia la de los demás). “Tots ho sabem que no serveix de res, l´Art, només per torturar els que s´hi dediquen” –“Todos lo sabemos, que no sirve de nada, el Arte, sólo para torturar a los que se dedican”–.

Conocí a José Luis en la Galería Trece, cuando le fui a ver con una carpeta bajo el brazo. Esa anécdota causó un cierto revuelo entre el público asistente al acto y una artista sentada en la primera fila se apresuró a decir que ella nunca había ido a ninguna galería con una carpeta bajo el brazo. Enseguida, alguien más se apuntó al grupo de los artistas que jamás han visitado una galería con una carpeta bajo el brazo. ¿Es vergonzante? Yo lo he hecho poco, por temor al rechazo, pero no creo que haya nada malo en llevar bajo el brazo una muestra de lo mejor de nosotros mismos. Recuerdo que yo llevaba viviendo ya unos cuantos años en el Ampurdán, trabajando con galerías de Barcelona, y decidí buscar algo cerca de mi estudio. Hice dos visitas, una al Museu de l´Empordà y otra a la Galería Trece. En Figueras, Anna Capella me atendió amablemente y se quedó los catálogos que le llevaba. Después, silencio administrativo. No me sorprendió. En Ventalló, José Luis ojeó esos mismos catálogos y al cabo de unos minutos, pocos, me dijo: «Me gusta». Yo no lo sabía entonces, pero la suerte estaba echada, dos palabras de José Luis equivalen a quince discursos parlamentarios, y me quedo corto.

La esperança, la noieta esperança, / aquella que es llevava cada matí, / aquella que mai fa llum cap al passat, / ha desaparegut darrere les bardisses de l´incert. / S´ha pervertit i només mira cap ahir. / S´ha convertit en nostàlgia. / La crido i no em respon. / – On ets?, li dic. I res. Ella calla.

José Luis cerró el acto con estas bellas palabras de Narcís Comadira –se le quebró la voz al llegar a “La llamo y no me responde”–, ya habíamos hablado bastante del pasado, el presente nos reclamaba. En el estudio desaparece la nostalgia.

No sabemos de qué trata un relato hasta que lo terminamos, incluso si somos nosotros quienes lo estamos escribiendo; no tenemos ni idea de por qué hicimos un viaje hasta que estamos de vuelta en casa; una vida es una secuencia de acciones sin pies ni cabeza hasta que termina.

Álvaro Enrigue (Ahora me rindo y eso es todo, Anagrama) tiene más razón que un santo. ¿Alguna vez tuvieron razón, los santos? El proceso de alineamiento empieza muy pronto. Capa tras capa te vas creando una personalidad, al ritmo que marca el grupo social al que perteneces. En Blade Runner hay una escena estremecedora en la que una bella replicante le enseña a Harrison Ford fotografías de su infancia, como documentos notariales que dan fe de una infancia feliz, que colma su anhelo de pertenencia. ¿Lo fue, en realidad? En este caso sabemos que son falsas, ¿hasta que punto son auténticas, las nuestras? Yo no parezco feliz, en esta foto, podría haber sido tomada en una comisaría de policía. En los años 60 España era un horror, pero yo entonces no lo sabía, estaba muy ocupado tratando de gestionar un horario escolar inhumano. Cuando me enteré reaccioné, no sólo se trataba de España, el modelo capitalista también era un error colosal, siempre al borde del colapso y necesitado de guerras para sostener la economía de bienestar (eso lo dijo Tony Blair en el Parlamento británico, cuando trataba de involucrar a su país en la guerra de Irak, una masacre espantosa sin justificación posible, como la Primera Guerra Mundial, una guerra estúpida librada por imperios decadentes de cartón piedra que se cobró millones de muertos). Traté de ser otro y fracasé, pero no me arrepiento de haberlo intentado.

¿Harrison Ford existe, realmente, o es otro replicante, como sugiere Ridley Scott?

7 o´clock!, 1985

Hace años que abandoné la tribu a la que pertenecía por nacimiento. Sentado en la mecedora del porche contemplo a los guerreros pasar por delante mío, con sus pinturas de guerra, decididos, valientes, asustados; yo aparto la vista, incómodo, porque a pesar de todo haber dejado de ser uno de ellos me desasosiega. No es mi guerra. No quiero convertirme en un soldadito de plomo, manejado por oscuros intereses. La guerra no es lo que parece, es otra cosa, y yo no sé de qué va la cosa. Me resisto a ser instrumentalizado. No quiero que manipulen mis sentimientos, que es lo más preciado que poseo, no quiero caer en el agravio comparativo de categorizar a los refugiados: los rubios a un lado, los morenos en el otro. Pero algo hay que hacer. No sé qué, no sé cómo. Sentado en la mecedora del porche veo pasar la vida, esperando que no me alcance el fuego cruzado.

Empezó en la adolescencia. Hablaba mucho de lo que haría, de lo transgresor que sería mi comportamiento, pero no me apartaba del camino trazado, hasta que a los 25 años, recién acabado el servicio militar, lo dejé todo y me fui a vivir al campo, de la mano de una chica mucho más joven que yo, pero también mucho más avanzada en el camino que yo anhelaba y temía. Fuera hacía frío y la inseguridad económica era aterradora. ¡Y la soledad! No supe lo que era hasta que se rompió nuestra relación y me instalé solo en el Ampurdán, donde no conocía a nadie. A principios de año, no recuerdo cual, nevó con fuerza varios días seguidos y el paisaje cambió. Me encontré en el norte de Europa, solo, sin coche, en un pueblo pequeño, sin calefacción, con una chimenea que a duras penas calentaba el salón. La víspera de Reyes dejó de nevar y la temperatura bajó a quince grados bajo cero. Reventaron las cañerías. Pinté toda la noche, bajo la luz parpadeante de las velas, porque la electricidad también abandonó el mundo en el que vivía. Nunca me he sentido tan solo, pero trabajé sorprendentemente bien, o al menos así me lo parece ahora, viendo una obra de aquella larga noche de mi juventud. Así es como me siento ahora mismo, cuarenta años más tarde, con la casa caliente y dos coches en la plaza; reconozco aquel frío interior pavoroso, desclasado, del que no pertenece a ningún clan, para no tener que pelearse con otro.