33 Cecilia Albéniz

En una de las imágenes del Mosaic Museu Isaac Albéniz de Camprodon aparece Cecilia Albéniz, en la plenitud de su belleza. Como toda la familia era políglota y culta. Esta circunstancia y el carácter indómito que debió heredar de su abuelo propició que se convirtiera en azafata de Iberia.

“Cuando yo la conocí – explica su sobrino Julio Samsó – hacía la línea Ginebra-Barcelona y pasaba muchas noches en casa de mis padres. En una época en que no habían juguetes ni buen chocolate, nos trajo juguetes y chocolate suizo a mi hermana y a mí. Fue algo impresionante y yo, que era un niño, me quedaba maravillado ante una mujer tan preciosa. La familia tenía miedo de que sufriera un accidente de aviación y en una ocasión en que quería ir a París para pasar las Navidades con su hermana Diana, comunicó a todo el mundo que no se preocuparan, porque haría el viaje con unos amigos en coche.”

Desgraciadamente tuvieron un fatal accidente.

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Cuando empezaron las obras de remodelación en la sede provisional del Museu Isaac Albéniz de Camprodon se hizo un soporte de madera, a media escalera, para colocar encima un panel con una gran foto del compositor. Entonces se me ocurrió la idea de hacer un mosaico de fotos, en lugar de una sola, aprovechando los 56 huecos que aparecían en el bastidor. De esta manera se podría explicar gráficamente diferentes aspectos de la vida y el entorno de Albéniz.

Todas las fotos son antiguas y la mayoría provienen de archivos familiares. Las hay en blanco y negro, sepia y en cualquier degradación cromática producida por el paso del tiempo. En algunas ocasiones he prescindido del original y he preferido fotocopiarlo para conseguir un efecto de casualidad e improvisación. Pero, a pesar de estos juegos conceptuales, imperceptibles para el espectador, el efecto general es clásico.

Su distribución es aleatoria, lo cual quiere decir que obedece más a cuestiones estéticas que históricas. Lo he trabajado como si me hubieran encargado un mural pictórico y hubiera escogido la técnica del collage fotográfico para realizarlo.

MOSAIC II

ausencia

20 de agosto de 2002. Ayer tarde vino a verme mi amigo Rafa Teja y estuvimos hablando de la exposición que inauguré el sábado pasado en la Galería Trece, de Ventalló. Sentados en el patio, envueltos en el silencio de una tranquila tarde de verano, repasamos el montaje, mis expectativas, nos detuvimos en algunas piezas y analizamos de forma particular Un trabajo sobre la ausencia, una serie de esculturas y grabados en los que he intentado mostrar la ausencia y su particular relación con el espacio y el tiempo.

En el transcurso de la conversación surgió un referente que se instaló un buen rato entre nosotros: Chillida. Cité el Elogio del horizonte, una imponente escultura de hormigón que se levanta, solitaria, en un acantilado junto al mar. La proporción es ajustada al lugar, igualmente imponente y solitario, y lo que de verdad me fascina es que la intención del escultor invita al espectador a “obviarla”, a mirar a través de ella, cediéndole el protagonismo al horizonte, desde esta atalaya natural cerca de Gijón. Al mismo tiempo, vista la obra desde este horizonte, desde el mar, la línea del acantilado se ve interrumpida en un punto preciso que lo define de una manera adecuada y silenciosa.

Rafa, que es de San Sebastián, me habló entonces del Peine de los vientos, de lo que significa (y lo que significaba, antes de su instalación) el particular enclave en el que está instalada. Y sobre todo del hecho de que el viento y el mar sean los verdaderos protagonistas, detrás de la formidable densidad del acero.

Por la noche Teresa y yo fuimos a cenar a casa de unos amigos y allí nos dieron la noticia de la muerte de Eduardo Chillida, a las seis de la tarde, más o menos mientras tenía lugar aquella conversación en el patio en la que, como tantas otras veces, estuvo presente.

A mí me cuesta poco hablar de influencias. Cada artista elige los registros de los maestros que le precedieron que más le interesan. Suelo llamar cariñosamente “abuelitos sabios” a los que más me gustan, los que de una manera u otra están siempre presentes en mi obra, porque me han mostrado caminos, intenciones y diversas formas de ver y entender la vida.

Y así es como me sentí cuando nos dieron la triste noticia, acusé la pérdida de un abuelo, con toda la importancia que este hecho tiene. En sentido metafórico, desde luego, entre otras cosas porque generacionalmente estoy mucho más cerca del hijo que del nieto.

Ahora, solo en el mismo rincón del patio, en una mañana temprana, soleada y apacible, escribo estas líneas de homenaje, afecto y agradecimiento para un artista capaz de casar formidables estructuras de acero y hormigón, de una extraordinaria densidad, con el poema más sutil, la verdad filosófica más esencial, con la música y con la naturaleza.

147 el color de la música (copia)

La pintura y la música son disciplinas muy diferentes, a pesar de tener en común el color, el ritmo, la armonía, la composición y la posibilidad de exaltar el alma, como diría David Miró, nieto del pintor. Sin embargo, las artes plásticas gozan de una libertad mucho mayor para entronizar a sus miembros más relevantes, mientras que los músicos lo tienen un poco más difícil: antes tienen que aprender un oficio.

En la pintura y la escultura -no digamos en las perfomances– abundan los genios en una proporción abrumadoramente mayor que en la música o la literatura. Yo no creo mucho en ellos, aunque disfruto con sus genialidades. No es lo mismo hacer un trabajo genial que ser un genio, afortunadamente. Lo primero puede y debe ser circunstancial, porque no deja de ser un adjetivo calificativo, desde luego muy potente, y lo segundo no se sabe muy bien lo que es.

Quizás esta sea la razón por la que la mayoría de los intelectuales se sienten más a gusto con Vermeer, Tiziano o Ingres que con Koons, Barceló y Keefer, porque los primeros, como los músicos y los escritores de todas las épocas, incluida la nuestra, tuvieron que aprender un oficio, como cualquier mortal. Con maestría, que es la antítesis de la torpeza. Con arte, que es lo contrario de la banalidad.

 

menina cubista IV (copia)

A mi padre le cogió la guerra por sorpresa en Barcelona (era de Palma de Mallorca), a los veintidós años, recién acabada la carrera de Aparejador. Fue reclutado y nombrado teniente del cuerpo de Ingenieros. Se dedicó a construir fortificaciones. Dos años más tarde ascendió a capitán. Poco después, estando en Barcelona de permiso, se organizó un desfile y le pidieron que participara, pero no pudo hacerlo porque no sabía desfilar.

Quiero decir que no era un militar profesional, sólo un joven mareado por la Historia.

Le tocó perder y pasó a Francia por Portbou, atravesando los Pirineos al mando de un camión atiborrado de desgraciados como él. Me contó que el avance de la larga columna de gente de toda edad y condición que huían de las tropas fascistas era tan lento que hizo casi todo el recorrido caminando junto al camión, cediendo su asiento en la cabina a una mujer con dos niñas pequeñas.

Acabó en un campo de concentración en Argelés, en la playa, en invierno, con un frío glaciar, custodiado por tropas senegalesas francesas. Por una de estas ironías del destino, logró salir al cabo de unos meses, que se le hicieron insoportablemente largos, gracias al dinero que le hizo llegar nada menos que Juan March, “el banquero de Franco”, amigo o conocido de su familia, y a la ayuda solidaria de unos parientes que residían en aquel momento en Biarritz. Después de barajar varias posibilidades, entre ellas México, decidió regresar a España a la primera oportunidad que se le presentó. Como tantos otros no hablaba nunca de su pasado republicano. El silencio de los vencidos era ensordecedor.

La playa de Argelès-sur-Mer está a dos kilómetros del pueblo. Ochenta mil republicanos fueron recluidos en un amplio recinto rodeado de alambradas y sacudido por la Tramontana, un viento del Norte que baja por el Ródano y va ganando velocidad hasta que llega a esta zona del Mediterráneo, donde sopla con gran violencia. El mar, en cambio, amenaza desde Levante, y son famosas sus “levantadas”, que han provocado muchos naufragios, empujando a las embarcaciones contra la costa. El Golfo de León es respetado y temido por los navegantes a lo largo de toda la historia. Imagino a mi padre con veinticinco años, aterido de frío, contemplando con tristeza el mismo mar que baña su Mallorca natal. Está fumando, sin tragarse el humo, nunca aprendió a hacerlo; se gira y tiene ante sí la imponente silueta del Canigó, el pico más alto de esta zona de la cordillera pirenaica, que parece el de un águila con las alas extendidas, al menos desde donde yo vivo, un poco más al sur, al otro lado de la frontera.

Las condiciones de vida del campo eran miserables, el agua insalubre y escasa y la comida insuficiente para tanta gente. La mortalidad infantil fue enorme y la inseguridad de las mujeres, expuestas al capricho de sus vigilantes, brutal.

Mi padre formó parte de un éxodo de refugiados sin precedentes hasta aquel momento en Europa. Se instaló en la zona militar, un poco más organizada que la civil, porque los galones jerarquizaban aquella multitud de hombres desamparados, y pudo disponer del raro privilegio de dormir bajo cubierto en un camión inutilizado que, como muchos otros, había llegado milagrosamente hasta allí. Sorteó la epidemia de disentería y la de escorbuto, pero no pudo librarse de la sarna, que lo martirizó durante semanas; probablemente meses. Nunca me dijo cuánto tiempo estuvo en este lugar tan parecido a los campos de Lampedusa y Lesbos de nuestros días, por no hablar de los que hay en territorio turco, financiados por una Unión Europea que participa activamente en las guerras de Oriente Medio y en los desórdenes políticos, sociales y económicos del Norte de África, pero mira hacia otro lado cuando de lo que se trata es de gestionar sus consecuencias.

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Foto Maria Alzamora

Hace muchos años fui un soñador, un hippie, y viví una vida marginal sin teléfono ni televisión. Habité una casa en medio de la montaña que por no tener no tenía ni cuarto de baño. Tampoco había agua corriente y cuando hacía frío nos lavábamos con un barreño en el suelo, junto a la chimenea, como en los cuadros de Bonnard. Teníamos, eso sí, unas vistas magníficas y por la mañana con frecuencia veíamos el campanario del pueblo emerger entre las nubes, mientras en la ladera de nuestra montaña lucía el sol. Hacíamos el amor a cualquier hora del día y cuando la niebla se disipaba podíamos ver a la humanidad entera dándose de hostias todo el tiempo, organizando guerras sin descanso para sostener su forma de vida y mirando hacia otro lado cuando no les interesaba ver las consecuencias de lo que habían hecho.

Ha pasado mucho tiempo, he bajado de la montaña y me he mezclado con los hombres y las mujeres que habitan el valle, pero una parte mía se ha quedado ahí arriba para siempre. Por esto a veces estoy tan triste.

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Siempre he considerado el feedback como un instrumento de trabajo.

Hace unos días publiqué en Facebook una foto de un Díptico Rojo Rothko que estaba trabajando en aquel preciso momento en el estudio. Un work in progress. Me gustan los estados intermedios. Me interesa el proceso. Me pierden los matices. Me encanta ir en moto porque lo importante no es ni el punto de partida ni el de llegada, el objetivo es estar por ahí en medio. Pues bien, en el quicio de la imagen, apenas visible, aparecía una tela vertical con una Menina sobre fondo oscuro apenas perceptible, excepto para el ojo entrenado de un buen aficionado. Ina Terlau lo es. Me preguntó en abierto qué pasaba con aquel lienzo que despertaba su curiosidad y le respondí publicando una foto de la obra, de cuerpo entero, que consideraba inacabada. Ella quería saber si el fondo era negro y le respondí que, como siempre, era índigo (“dark blue”).

En realidad, yo ni siquiera estaba disfrutando de este tramo de la carretera.

Pero el feedback fue abrumador. La obra gustó mucho y los comentarios que me llegaron hicieron tambalear mi criterio, que suele ser ferozmente independiente, inflexible e insobornable, y he dado la obra por acabada, con el título Menina Dark Blue.