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Cuarto intento

Escribo desde la perspectiva de un artista de a pie, y en ocasiones la ausencia de contexto hace que algunas de mis elucubraciones parezcan una cosa distinta de lo que son en realidad. To be or not to be guay parece un lamento personal y no lo es, al menos no era esa mi intención, sólo trataba de ser una reflexión sobre la banalidad del mercado del arte. Quizás me haya influido que una de las últimas grandes noticias generadas por ese mercado tan sofisticado la haya protagonizado un plátano pegado a la pared con cinta americana en Art Bassel 2019, la feria de arte más importante del mundo. A su lado, un clavo solitario en la pared y una cartela con el título Un cuchillo sin mango cuya hoja se ha perdido, de Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799), presentada en París en 1920 en una exposición dadaísta, es una obra maestra de arte vanguardista. Prefiguraba el objeto Dadá por excelencia, que existe, puesto que es objeto de una definición, pero que al mismo tiempo no es nada. En la cartela que acompañaba al plátano figuraba una cantidad: 120.000 $. Dicen que la vanguardia va siempre por delante, pero yo diría que en el siglo XVIII fueron un poco más allá que en Miami el año pasado (el plátano estaba en la franquicia americana de Art Bassel). Rose Bertin, costurera mayor de María Antonieta de Francia y contemporánea de Lichtenberg, afirmaba que sólo es moda aquello que por viejo ya habíamos olvidado, y si seguimos por esta senda nos encontraremos buscando las claves de la existencia humana en el pasado tanto como en el futuro, porque las pirámides construidas hace milenios en varias partes del planeta tienen más respuestas sobre el origen y el destino de la humanidad que la tecnología híbrida de los nuevos automóviles japoneses.

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1985

En unas jornadas sobre música española, en la Academia Marshall-Granados de Barcelona, un hijo de Xavier Montsalvatge comentó que su padre cuestionaba la importancia de Beethoven. Amé al hijo por decirlo y al padre por pensarlo. Albéniz sostenía que Mozart era un genio, sí, de acuerdo, aunque su música resultara demasiado predecible, comparada con la de Wagner. La cuestión es que Montsalvatge, Beethoven, Albéniz, Mozart y Wagner son guays. Molan. Yo no, y en consecuencia mi voz, como la de tantos otros, es fácil de silenciar. A lo largo de mi vida he tenido momentos guays que me han permitido exponer mi obra en fundaciones y museos, así como en espacios públicos, pero mi militancia atemporalista, que con frecuencia entra en conflicto con la contemporaneidad, y mi afición a cuestionar todo lo que se me pone por delante me relegan una y otra vez al olvido, del que salgo cada vez más debilitado. No soporto la sacralización del arte y mi imagen sube y baja como un tiovivo. En una ocasión me invitaron a formar parte de una exposición institucional importante dedicada a Ramon Llull, con motivo del séptimo centenario de su muerte, y me honró que contaran conmigo; luego me desinvitaron, sin previo aviso, simplemente dejaron de contar conmigo porque alguien le dijo al comisario que yo no era guay. Quién sabe, quizás tenía razón.

To be or not to be guay, that is the question.

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Todos los héroes son anónimos, 1995

París, II Guerra Mundial: un grupo de oficiales alemanes visitan el estudio de Picasso. Se las dan de intelectuales. Uno de ellos, curioseando, da con un fajo de papeles con estudios sobre el Guernica. No puede contenerse: “¿Cómo ha sido usted capaz de hacer eso?”. “Esto no lo he hecho yo” -dicen que respondió el artista malagueño-, “esto lo han hecho ustedes”.

El poder le debe más al silencio de sus opositores que a la calidad de sus arengas, que suelen ser intelectualmente muy limitadas, con la dosis de brutalidad necesaria para infundir miedo, ya que no es capaz de inspirar respeto. No conoce la piedad, aplasta la disidencia y una vez está en el suelo le exige silencio para no romper la armonía del pensamiento único que trata de imponer.

 

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No sé de qué año es este tríptico con tres meninas, ni dónde está; no recuerdo quién se lo quedó, si es que lo supe alguna vez; podría ser que lo hubiera vendido un intermediario a un desconocido. Esta es la última imagen que tengo de esta obra, en mi estudio, poco antes de emprender el vuelo e independizarse. La he encontrado por casualidad. Si alguna vez volvemos a vernos, el extraño seré yo.

Busco en el pasado lo que no encuentro en el presente. Reconozco este lugar: colorista, equilibrado, en cierta manera festivo. La composición se sostiene por la izquierda, amarrada a la línea de horizonte, y por la derecha, donde hay unas manchas de color también con algunas líneas rectas; hay como un ensamblaje. El rojo domina, el amarillo ilumina y el blanco más todavía, mientras el negro perfila y el azul actúa de contrapunto. Las meninas miran de frente, a pesar de no tener ojos dibujados en el rostro. Eso me gusta. En escultura aprecio las figuras que miran sin tener ojos cincelados en el rostro, quizás porque la palabra cincelados me parece que es más potente que dibujados.

El observador observado, en este caso por partida triple.

Pero este es un lugar que pertenece al pasado. Sé hacer esas cosas, pero no sé repetirme y esto me condena a la incertidumbre, porque creo que es una buena pintura. La perspectiva del tiempo y el olvido me han dado la objetividad necesaria para poder afirmar eso.  No sé si seré capaz de volver a pintar así. Creo que no. Quizás de otra manera.

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Foto Maria Alzamora

No se pinta ni se toca un instrumento musical con las manos, ni se modela el barro con ellas, ni se escribe con el teclado, tampoco se canta con las cuerdas vocales, es el cerebro el que da las órdenes y el alma el que muestra el camino. Jordi Casals, un amigo de Pere Casanovas al que no llegué a conocer, decía que un buen artista siempre es una buena persona.

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Conocí a Montserrat Roig a mediados de los años ochenta en Barcelona, en una cena de aniversario multitudinaria en un piso de la Avenida del General Mitre, al lado de la Clínica de la Sagrada Familia. Nada más lejos de generales y catolicismos porque todos los invitados habían militado en Bandera Roja menos yo, que había abrazado la causa del hippismo y algo parecido a la bohemia y era aceptado con reservas por aquel grupo tan compacto de ex-guerrilleros urbanos y disidentes ilustrados. Me soportaban con una sonrisa burlona en los labios porque les caía bien, pero estaba muy claro para todos que yo no era uno de ellos. Tengo la virtud de encajar en todos lados y en ninguno. Apenas nos vimos durante la cena. Creo que ella llegó muy tarde. Luego, en el coche, de camino hacia el Ensanche, yo iba sentado detrás con otros dos acompañantes, muy apretados, y ella delante, junto al conductor. Alguien dijo algo, cualquier cosa, yo tomé la palabra al vuelo y la convertí en una sonrisa que a ella le pareció, además, inteligente, se volvió, me miró, me vio por primera vez y me sonrió. No sé de lo que hablamos pero el resto del trayecto lo hicimos como si estuviésemos solos; no había nadie más en el coche ni en la ciudad dormida. No recuerdo cuánto duró aquel viaje, pero su efecto todavía perdura. Aquella sonrisa cargada de promesas se me quedó pegada en la piel. Quizás sólo me sedujo, porque Montserrat Roig era muy seductora. En cualquier caso, de todas las vidas que no he vivido esta es una de mis preferidas.