Tríptico Rojo Rothko, 2012, Museu Can Framis, Fundació Vila Casas, Barcelona

Wittgenstein en 1950 era uno de los filósofos más famosos del mundo y no tenía dónde caerse muerto (murió, por cierto, un año más tarde), y su amigo, colega y admirador Norman Malcolm, con el que coincidió en Cambridge, tramitó para él una beca de investigación de la Fundación Rockefeller. Wittgenstein, que acababa de rechazar una invitación de la Universidad de Oxford para dar un cursillo muy bien pagado sobre John Locke, porque asistirían más de doscientos estudiantes y no habría discusiones durante las conferencias -“No creo que dar conferencias formales ante un público tan amplio sea de algún provecho”-, respondió que no podía aceptar el dinero a menos que la Fundación Rockefeller “sepa toda la verdad sobre mí”:

La verdad es ésta: a) No he podido hacer ningún trabajo bueno y sistemático desde principios de marzo de 1949. b) Incluso antes de esa fecha, no pude trabajar bien durante más de seis o siete meses al año. c) Con la edad, mis pensamientos pierden fuerza notablemente, cristalizan más raramente y me canso con mucha más facilidad. d) Mi salud es algo débil debido a una ligera y persistente anemia que me hace propenso a las infecciones. Esto, a su vez, disminuye las posibilidades de hacer un trabajo realmente bueno. e) Aunque me es imposible hacer predicciones definitivas, me parece probable que mi mente nunca vuelva a funcionar tan vigorosamente como, pongamos, hace catorce meses. f) No puedo prometer publicar nada durante mi vida.

Es de una franqueza conmovedora, pero así era él, un hombre que trató de cambiar su destino y, de paso, el de la humanidad, como si de un moderno Jesucristo se tratara. No sabemos quiénes somos, sólo de qué material estamos hechos. El nacimiento, el entorno, la familia, la condición social, los hermanos, el colegio, la universidad, el amor, los hijos, no escogemos nada de lo que nos condiciona de manera irreversible y con este material tenemos que construir un relato, en el estrecho margen que queda entre todos esos condicionantes. En los intersticios. “Se sentía como si el mundo y todo su orden se pudiera extraviar en el hueco existente entre dos frases”, escribe Peter Sloterdijk, refiriéndose a Wittegenstein, en Temperamentos filosóficos, de Platón a Foucault. Buscando complementar la frase que encontré por azar en un libro de Félix de Azúa, que me impactó hasta el extremo de transcribirla -“Todo aquello que puede decirse, se puede decir con claridad; y sobre aquello de lo que no podemos hablar, mejor es guardar silencio”-, me he topado en la biografía de Ray Monk con un hombre de una intensidad impresionante: lúcido, honesto, desequilibrado, brillante, marginal, temerario, contradictorio, marginal y gramatical, en el sentido de que el lenguaje estructura el pensamiento y éste la lógica, pero seguro que lo he entendido mal.

A finales de los años 60, asistía a las sesiones de dibujo de desnudo al natural del Real Círculo Artístico de Barcelona -Reial Cercle Artistic sería más apropiado, entonces no lo era-, lo más cerca que he estado nunca de recibir una formación académica. Pagabas una cuota mensual y tenías cada día modelo, casi siempre una mujer, con un horario vespertino fijo. Dibujabas en silencio, nadie te enseñaba, nadie te corregía, pero aprendías, si tenías talento para ello, en los descansos, viendo y comentando lo que hacían los demás y oyendo lo que opinaban ellos de tu trabajo. Allí me encontré con la señorita Miralles, mi profesora de dibujo en el colegio, que me presentaba orgullosa como alumno suyo. Nunca lo fui, jamás destaqué en su clase, pero en aquel escenario antiguo, débilmente iluminado, salvo en el lugar donde posaba la modelo, nos inventamos una relación que nunca existió. Era muy mayor y la hacía feliz. Los asistentes eran siempre los mismos: hombres y mujeres de edad por lo general avanzada, pintores aficionados y algunos profesionales, pero también había unos cuantos jóvenes que preparaban su examen de ingreso en la Escuela de Bellas Artes. Yo no sé por qué iba. Me gustaba, supongo. Mi padre era socio, aunque no iba casi nunca -no recuerdo haber coincidido con él-, pero me mostró este templo secreto donde el desnudo no era pecado, sino una fuente de inspiración. Empecé a ir a los diecisiete años y dejé de hacerlo a los veinte o veintidós, creo que por impago de cuotas. Era tan poco constante con la asistencia como con los pagos. Mi cabeza estaba en California, por nombrar un lugar que en aquella época sonaba a utopía, pero tenía por delante la universidad, a la que estaba abocado por inercia social, y el servicio militar, como dos murallas infranqueables, y algo tenía que hacer mientras tanto. La pintura me escogió, no tengo ninguna duda. A otros les pones delante de un piano, aunque sea el primero que han visto en su vida, y saben que es lo suyo, porque establecen en el acto una complicidad que va más allá de lo racional. Yo no quería saberlo; quiero decir, no me planteaba nada más que el día a día. Nunca quise ser pintor, si acaso, quería viajar por la interestatal 240 entre Berkeley y Monterrey, con una furgoneta Volkswagen y una chica preciosa a mi lado, con el pelo largo, una sonrisa deslumbrante y una cinta floreada en el pelo.

El edificio era y es imponente, de piedra, de aire medieval, al lado de la catedral, decorado con el estilo modernista característico de la ciudad. Respiraba historia por todos los poros de la piel, una historia entre bohemia y burguesa, porque sus referencias eran pintores burgueses. Esa es la seña de identidad de Barcelona: la burguesía. Recuerdo una apasionada discusión que mantuve con una pareja de mi edad, saliendo de una sesión, camino de las Ramblas. Eran una pareja romántica: ella era baja, él alto, ella tenía una ligera tendencia a la corpulencia, él era muy delgado, casi afilado, ella era tranquila, él apasionado, pero no, los dos eran muy apasionados, si acaso en él se notaba más porque era extrovertido. Era muy guapo e interpretaba a la perfección el papel de joven artista sin recursos, poseído por las musas, con un futuro heroico por delante y un presente demasiado prosaico, para su gusto, porque era de familia acomodada. La de ella era rica. El tema del debate era el genio. Ya entonces yo tenía dudas sobre su existencia, no tanto como concepto -sabía que había personas con dotes innatas para la expresión artística-. sino más bien como estatus, aquel que establece jerárquicamente quién es la referencia para todos los demás. “¡Todo lo que hace Picasso es bueno! ¡Es un genio!”. Yo no estaba de acuerdo, ni siquiera estaba seguro de si me gustaba. Todos hacemos cosas buenas y malas, le respondí, tan seguro de mi mismo que se escandalizó. Podría haberme extendido más, diciendo que normalmente son más los errores que los aciertos, aunque estos puedan llegar a justificar los primeros, pero eso entonces no lo sabía y mi respuesta fue menos elaborada, aunque firme: “Depende del criterio de cada uno”. Primero dije “gusto”, pero rectifiqué a tiempo. Apareció de nuevo el estatus: la condición de Picasso era indiscutible. Lo que establecía la diferencia era precisamente la unanimidad de criterio, lo que, según mi criterio, valgan todas las redundancias, eliminaba el criterio personal, algo que para mí ha sido siempre sagrado. Entró Miró en la conversación y ella lo defendió con el entusiasmo del converso: “Antes no me gustaba, no lo entendía, ahora no entiendo el arte sin él”. Llegamos a la Plaça del Pí y nos despedimos delante de la iglesia de Santa Maria. Con la iglesia hemos topado, pensé.

Foto Maria Alzamora

Hace unos días publiqué en mi blog una imagen de mi estudio, acompañando a un texto en el que reflexionaba sobre el concepto de las vanguardias en la historia del arte. A mí es un tema que me resulta en cierta manera ajeno, porque lo que yo busco es una verdad que, asociada a la belleza, me lleve a una ilusión de trascendencia, una idea que está más próxima a la intemporalidad que la contemporaneidad. Me parece una discusión importante y oportuna, en medio de la enorme confusión que rodea al arte contemporáneo, pero lo que llamó realmente la atención de mis lectores fue la foto. “¿Para cuándo un texto sobre tu estudio?”, me preguntó Ana Pániker, alejándose de cualquier discusión intelectual y centrando su mirada en unas imágenes que le resultaron evocadoras. Bien, es el centro del mundo, como sabía Sherezade. Ahí empieza todo. El estudio es un eterno comienzo. Ahora mismo estoy en él. Escribo aquí, rodeado de pinturas, esculturas, bocetos, carteles, maquetas y libros. He empezado este texto en circunstancias especiales. El ruido del teclado -sí, hago ruido pulsándolo, soy de una generación que le daba duro a las teclas para que la Olivetti grabara bien su mensaje- está amortiguado por el del papel de lija frotando la madera. Un pintor llamado Miquel acaba de pintar la fachada y ahora le toca barnizar la puerta y las ventanas. Tres ventanas, dos ventanales y una puerta. Dos días de trabajo, dos días de pérdida de intimidad. No me gusta dejarle el estudio a nadie, así que me he puesto un grueso jersey de lana -están todas las aberturas abiertas- y he venido a trabajar. No puedo pintar si hay alguien más en el estudio, pero de momento parece que puedo escribir.

Mi padre fue un buen pintor, aficionado, no profesional, pero qué más da, era bueno. A punto de cumplir noventa años me pidió que le diseñara y produjera un catálogo. ¿Cómo resumir en un solo libro una vida artística tan prolija, sin gastarse una fortuna? El presupuesto era limitado, casi tanto como la vida que le quedaba por delante. Tardé más de un año en dar con la solución a este problema, a pesar de que la tenía delante, a un palmo de la nariz: el estudio. Su estudio, que estaba en el piso de abajo de donde residía. Le pedí a Eduardo Llasat, un fotógrafo que entendió la idea sin tener que explicársela dos veces, que entrara en su estudio y disparara. No preparamos nada, lo que había aquel día es lo que sale en el catálogo, y ahí está, perfectamente reflejada, su alma de pintor.

Juan Gris envidiaba la coquetería de Picasso cuando dejaba sus pinturas inacabadas, “porque ya están explicadas”. Él era incapaz de hacerlo, aunque, visto el resultado de su trabajo, sabía parar a tiempo. Imagino su estudio pulcro. En el de Picasso, en París, durante la II Guerra Mundial se produjo un insólito encuentro entre unos oficiales alemanes, que se las daban de intelectuales, y el pintor malagueño. Uno de los oficiales, curioseando, se encontró con un montón de bocetos del Guernica, pintado unos pocos años antes, y no se pudo contener: “¿Cómo ha sido usted capaz de hacer eso?”. “Esto no lo he hecho yo, lo han hecho ustedes”. Imagino aquel estudio grande y con un desorden relativo. Los de Bacon y Brossa eran caóticos y poco acogedores, sin embargo sus obras son limpias, pero un poco frías.

Me interrumpe Miquel para preguntarme cuánto tiempo hace que no barnizo la madera. No me atrevo a decirle que no lo he hecho nunca, desde que restauré este pajar para convertirlo en un confortable cuarto de jugar. Cambia de táctica: “¿Cuánto tiempo hace que trabajas aquí?”. “Treinta años”. Se dice pronto, pero de este espacio sagrado ha salido todo mi imaginario, porque cuando me trasladé aquí me traje todos los estudios que he tenido.

Esta es la tercera vez que publico este texto. La primera fue con la entrada anterior de este blog, formando un único texto, hasta que descubrí que era demasiado abigarrado y necesitaba respirar, por lo que lo dividí en dos. La segunda fue hace solo unos días, pero no estaba satisfecho y seguí trabajándolo. El blog, para mí, es un lugar de trabajo y pueden pasar estas cosas. No es la primera vez. Soy un corrector compulsivo.

Aparte de los doscientos ejemplares de Entre Creta y Sausalito, autoeditados en 2009, sólo tengo un libro publicado: Suite Albéniz (Turner, 2018), y es biográfico. Sin embargo, a mí, en general, no me gustan mucho las biografías. Otra cosa es la biografía novelada, que puede ser apasionante, como el perfil que Harry Thompson traza de dos personajes fascinantes, antagónicos y en cierta manera complementarios, Charles Darwin y Robert FitzRoy, naturalista y capitán del Beagle, en su mítico viaje rumbo a la teoría de la evolución (Hacia los confines del mundo, Salamandra, 2007). Hace poco salió al mercado una biografía de Susan Sontag y leí una entrevista que le hicieron a su autor, Benjamin Moser, con motivo del lanzamiento del libro. Me sorprendió la liberalidad con la que el biógrafo emitía juicios de valor sobre su biografiada: “Si Sontag hubiera asumido su lesbianismo, habría sido más feliz”, proclama. Susan Sontag, vale la pena recordarlo, no tiene ya derecho a réplica. Nunca he sentido ese tipo de fascinación, yo me he limitado a hablar de mi experiencia personal con Isaac Albéniz, porque me interesó saber cosas de él y he disfrutado compartiéndolas. Sigo haciéndolo. Suite Albéniz es un anecdotario que me sirve para hablar de casi cualquier cosa. Como le dijo un amigo mío a un tercero, en mi presencia: “¡Cómo va a ser una biografía, si sólo habla de sí mismo!”. Tenía razón. Walter Aaron Clark, en cambio, es profesor de musicología en la universidad de Kansas y biógrafo, y su libro Isaac Albéniz, retrato de un romántico es una referencia obligada, aunque creo que también cae en la trampa de emitir juicios, por ejemplo cuando afirma que al hablar de su leyenda el compositor de Iberia miente, y en realidad sólo exagera. La diferencia no es insignificante. La vida de las personas está llena de matices, lo que las hace inabarcables. El lugar de nacimiento, la extracción social, el entorno político, las relaciones familiares y sentimentales, son circunstancias que imprimen carácter, algunas de manera indeleble, y con frecuencia ni siquiera el propio interesado sabe con certeza cuáles han sido las más importantes. “Los amores no consumados son eternos”, dice un personaje que se parece sospechosamente a mí en Entre Creta y Sausalito. A pesar de la gran diferencia intelectual que hay entre Clark y yo, a su favor, mi libro se acerca más al personaje que el suyo y, por lo tanto, también a su música, que es lo importante, pero yo no hubiera podido escribir mi libro sin leer el suyo, eso es cierto y es justo reconocerlo. Hanna Arendt: una biografía, de Laure Adler, es también un producto académico y como tal hace meses que vive en mi mesita de noche, junto a Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk, que trato valerosamente de acabar, pero no lo consigo. Es agotador. A pesar de la enorme cantidad de datos que nos ofrece el autor, no he conseguido captar el alma del filósofo y matemático austríaco, nacionalizado británico, que peleó valerosamente en la I Guerra Mundial contra Inglaterra, país que adoraba. Las conclusiones son mías. A lo mejor no está tan mal, después de todo.

Hace dos o tres años vi una esquela en La Vanguardia de una mujer que conocí cuando éramos adolescentes. Nunca me detengo en esas páginas del periódico, pero en aquella ocasión la vi porque debajo de su nombre y apellidos estaba entrecomillado el nombre por el que todos la conocíamos, que era original. Sólo podía ser ella. Entonces recordé una escena en una calle sin asfaltar que subía desde el Club Náutico de Vilassar de Mar, donde veraneábamos, hacia el interior del pueblo, una tarde de finales de agosto o principios de septiembre de los años sesenta. Caía el verano y anochecía más pronto. Yo caminaba solo, ella venía en sentido contrario acompañada de su hermana y una amiga. Éramos del mismo grupo, de manera que me paré a hablar con ellas. Les expliqué que venía de navegar en solitario, un acto que me parecía romántico. Lo acababa de descubrir: iba al Náutico por la tarde, cuando había muy poca actividad, aparejaba el vaurien sólo con la vela mayor y salía al mar, plateado a estas horas, con una mano en el timón y la otra en la escota de la mayor. Mi padre compró el Karisma de segunda mano -el nombre estaba incluido- y llamaba la atención porque era de madera, cuando estos ligeros veleros de poco más de cuatro metros de eslora hacía años que se construían de fibra de vidrio. Era por lo tanto, un poco más pesado y menos competitivo que los demás, pero el tacto era muy diferente. La sensación de libertad y soledad combinadas de aquellas escapadas me resultaba excitante, con toda aquella belleza para mí solo. El mar, cerca de la puesta de sol, la vela, blanca, hinchada por el viento, el sonido del agua pegando en el casco, la madera barnizada, la piel bronceada, el horizonte, la sensación de lejanía; cada vez más adentro, cada día un poco más lejos. Era algo que no me habían enseñado y que, con el tiempo, se convirtió en un hábito: hacer cosas solo, sin más compañía que la naturaleza. No sé si lo expliqué bien o mal, pero ella me miró y supe que había captado su atención; era la primera vez que eso sucedía. Morena, con el pelo largo y lacio, alta, esbelta, con un lejos que recordaba vagamente a Françoise Hardy, me pareció bellísima, tanto que me acobardé, me despedí y me fui, no sin antes advertir que mi marcha la había decepcionado. Cruzar el Cabo de Hornos y cartografiar la Tierra de Fuego con el Beagle era tarea fácil, al lado del reto que suponía responder a aquella mirada. Seguí viéndola, como es natural, pero me intimidaba y ella se enamoró poco después de otro, más decidido que yo. He vivido una vida entera sin pensar en ello, hasta que vi la esquela. ¿Qué biógrafo sería capaz de describir esta escena, que ni siquiera yo recordaba? Sin embargo, ese rasgo de mi personalidad -una inseguridad patológica, tampoco es algo demasiado original- ha permanecido oculto, y no es cualquier cosa. Creemos conocer a las personas, pero nos faltan los datos más relevantes.

He escrito mucho sobre arte contemporáneo y algo menos sobre literatura, mi otra gran pasión. Tengo otra: la moto, que también es una manera de ser. Rodar a buen ritmo por un puerto de montaña en primavera, con una buena moto, potente y estable, con flores de todos los colores bordeando el asfalto, es una experiencia mística y oxigenante, y una buena metáfora de la vida: lo importante no es de dónde vienes ni a dónde vas, sino lo que sucede mientras haces el trayecto. Visualizas una curva de izquierdas y el cerebro hace cálculos complejos: mide el ángulo, busca el ápice, que es el punto a donde debes dirigirte para cerrar la curva y empezar a abrirte, valora la calidad del asfalto y el grado de inclinación que necesitarás para tener un buen paso por curva, escoge la marcha más indicada para que el motor no baje de vueltas y puedas salir con tracción, y entonces metes la parte izquierda del cuerpo en la curva un instante antes que la moto, señalándole el camino. Eso es vivir intensamente el momento. La lectura también tiene este poder, algunas veces, pero no siempre. Hace años que empiezo muchos libros y acabo muy pocos, de lo cual deduzco que o bien me he vuelto demasiado exigente o se publica demasiado. Creo que es más bien lo segundo. Cuando abandono un libro del que había oído hablar bien, lo hago con la misma sensación de frustración que tengo al salir de un museo o galería de arte después de ver una exposición que me ha resultado decepcionante, a pesar del apoyo de la crítica y de los medios de comunicación, que la han publicitado con generosidad. Durante la pandemia esta tendencia se ha agudizado, debido a mis problemas de concentración, derivados de la preocupación y la incertidumbre. Uno de los pocos libros que he acabado recientemente pertenece a una saga de tres o cuatro, quizás cinco, de los que he leído dos. El autor es muy bueno. El primero que leí tenía un título vulgar, peor que eso: banal, pero su prosa me envolvió. El segundo tiene quinientas sesenta páginas y las primeras quinientas son buenísimas, pero al final el escritor se gusta y aparece él y desaparece el relato que me había subyugado. Mientras tanto, yo llevo meses tratando de publicar El ascenso y la caída de los Romanov y Diario de un outsider, subtitulado Un ensayo sobre arte contemporáneo, porque sin ser propiamente un ensayo ese el el eje central del relato. Creo que escribo bien y que mi voz merece ser escuchada, también pienso que cuestionar el mundo del arte contemporáneo es otra manera de ponerlo en valor, y yo lo hago desde dentro, porque lo conozco, si fuera jurista trataría de desenmascarar la gran mentira de la independencia del poder judicial y si fuera economista denunciaría los excesos del capitalismo, que se resume en una idea muy sencilla: robar a los pobres para dárselo a los ricos. Pero es difícil ir a contracorriente, el mercado es poderoso y despiadado con la disidencia, a veces me siento como Sean Connery en The Untouchables, señalado y a punto de caer acribillado a balazos.

Es difícil definir el concepto de vanguardia y es importante porque es el gran mito del arte contemporáneo. La vanguardia entendida desde una perspectiva de progreso es de una linealidad sin concesiones, plana, como una regla milimetrada de 0 a 100, de menos a más. Cuando decimos que la obra de un artista genial se adelanta a su tiempo, parece que el elemento diferencial enriquecedor por excelencia sea la propia noción de futuro. En la medida en que algunas de las esculturas de las islas Cícladas, de hace cuatro mil años, también tienen esta cualidad de proyectarse hacia el futuro, no parece disparatado pensar que unos y otros se encuentran finalmente en un mismo lugar, que quizás no sea simplemente el futuro, sino un momento preciso en el espacio que contiene pasado presente y futuro al mismo tiempo. A la linealidad oponemos un concepto esférico, más armónico, más zen. Copérnico halló la serenidad en el espacio y Einstein la refrendó en el tiempo, Picasso se paseó por África y Miró buscó la formidable concentración del niño jugando, por esto unos y otros siempre serán modernos. (Entre Creta y Sausalito, 2009)

El bisonte de Altamira, una de las obras de arte más bellas de la historia, fue pintado hace quince o veinte mil años por un hombre primitivo, durante la última glaciación; las pirámides de Kéops, Kefrén y Micerinos las construyeron esclavos con rodillos de madera y herramientas de cobre, moviendo y encajando uno a uno colosales bloques de piedra revestidos de caliza con una precisión exquisita; el 12 de octubre de 1492 Colón descubrió América, para sorpresa de los americanos; en 1907 Picasso inauguró oficialmente el arte contemporáneo con Les demoiselles d’Avignon y tres años más tarde Kandinsky pintó la primera pintura abstracta de la historia, una acuarela, aunque en Altamira hay algunas abstracciones realizadas por artistas magdalenienses que hoy arrasarían en Art Basel; la gripe española, la mayor pandemia de la era moderna, que causó tres o cuatro veces más mortandad que la I Guerra Mundial, sigue siendo española, a pesar de que está probado que el primer foco apareció en 1917 en un campamento militar en Kansas; uno de los pilares de la democracia es la independencia del poder judicial, de manera que si esta no existe tampoco existirá la otra; a John F. Kennedy lo mató un lobo solitario, llamado Lee Harvey Oswald, y Juan Pablo I, el papa Luciani, murió de muerte natural treinta y tres días después de ocupar el trono de San Pedro y de proclamar a los cuatro vientos que instauraría la iglesia de los pobres; en España los socialistas son socialistas y los conservadores liberales; en 2001 un pequeño grupo de jóvenes derribaron las Twin Towers de Manhattan con aviones comerciales, después de hacer un cursillo para aprender a pilotar avionetas en Miami y en 2020 apareció una nueva pandemia de la nada y el mundo se sumió en la incertidumbre.

Piero della Francesca era geómetra, matemático y pintor, Ludwig Wittgenstein no encontraba diferencias notables entre las matemáticas y la filosofía y Joan Miró no distinguía entre poesía y pintura. Los museos de arte contemporáneo están llenos de público que no entiende lo que ve, pero que acude disciplinadamente a cualquier evento bien publicitado. La confusión es enorme. Hooper, Giacometti, Rothko, Chillida, Kiefer, Jeff Koons y Damien Hirst juntos, en el mismo relato. ¿Evolucionamos, como quieren hacernos creer, o involucionamos, como sostenía Jack Kerouac en On the Road, cuando afirmaba que de los griegos para acá todo ha sido mal formulado? “Como la incapacidad de crear belleza es clamorosa, se ha preparado un discurso sobre la fealdad, y la gente se dedica a hacer cosas feas, a las que da el mismo valor que a las cosas hermosas, porque tiene ya su propia teoría, fabricada a la medida de su limitación”, escribió Andrés Trapiello en 2001, en La Vanguardia, a su regreso de la Bienal de Venecia, en un artículo titulado Va desnudo y además se ríe.

En arte, en general, me gustan mucho poquísimas cosas, me gustan bastantes, me dejan indiferente la mayoría, me disgustan unas cuantas y me horrorizan una barbaridad, sobre todo de arte contemporáneo. Ya lo decía el viejo proverbio griego que citaba Sócrates en uno de los primeros Diálogos de Platón, hace dos mil cuatrocientos años: lo bello es difícil. No se puede decir más con menos. Voy a poner un ejemplo, de los que hacen daño. Me voy a mojar. El Tàpies que sale por televisión día sí y día no, de grandes dimensiones, con el gobierno de la Generalitat delante, me horroriza, casi prefiero el que sale caricaturizado en Polònia. El gobierno de Madrid ha copiado descaradamente al de Cataluña y ha puesto un enorme Barceló presidiendo su consejo de ministros, que me gusta tan poco como el otro. Me refiero a los cuadros. Me fascina la relación de estas obras con el poder, porque son una vívida representación de El rey va desnudo, como apuntaba Trapiello.

Hay pocos artistas y muchos genios, a menos que la palabra artista no tenga tanto recorrido como parece y se sitúe más cerca del artesano que del santo, como creía Aristóteles, que no distinguía entre arte y artesanía, y los seres sobrenaturales sean los verdaderos protagonistas de esta historia. Ahí no entro.

¿Intemporalidad o contemporaneidad?, para mí esa es la cuestión.

Sigo entrando en el estudio por las mañanas con la sensación de que detrás de la puerta hay un cierto revuelo, como si las meninas, al oír el sonido de mis pasos por la escalera y el ruido de la llave en la cerradura, volvieran apresuradamente a sus bastidores, con el crujir de sus vestidos de rígido apresto y altos vuelos, después de haber estado reunidas para hablar de sus cosas y mirar de reojo a los héroes anónimos, que las observan con esa expresión perpleja tan característica suya, mientras las sillas y los dameros continúan su danza interminable, cerca de los rojos rothko, que aspiran a abrazarlo todo. No hace mucho soñaba con esta imagen: todas las telas y papeles diseminados por el estudio -hay muchísimos-, pintados con el mismo rojo, de bordes oscuros y gran luminosidad en el centro. Debería hacerlo, pero hace tiempo que lo primero que reclama mi atención es el teclado y la pantalla del ordenador, y no me fijo mucho en todo lo demás, hasta pasados unos minutos. No sueño con imágenes, sino con palabras; aunque, en el fondo, todo es lo mismo, por esta razón el estudio sigue siendo el templo donde paso casi todas mis horas. Lo que está sucediendo, me parece que ahora lo entiendo, es que las palabras se han incorporado a la escenografía y por eso sigo oyendo ruido antes de abrir la puerta: risas ahogadas, revoloteos, frases aisladas, incluso de los bocetos de los proyectos de escultura pública parecen surgir comentarios apenas audibles de personajes dibujados junto a la obra, que están ahí para dar una medida de su escala. ¿Seis, siete metros de altura? “Hay una medida adecuada al lugar”, me parece oír que susurra uno de ellos.

Hoy he pillado a una menina fuera de su bastidor. Ella ha estado lenta y yo muy rápido, porque tenía prisa por transcribir algo que se me ha ocurrido durante el paseo matinal con Molly y Miss Brown. Me ha mirado aterrorizada. Yo me he quedado helado. Es más bella de lo que recordaba. Lleva pintadas en su interior muchas meninas; es muchas mujeres, es todas las mujeres, y es una sola, la que me mira con los ojos desorbitados por la sorpresa y la incertidumbre. Pasados unos segundos he sonreído, pero ella miraba de reojo detrás suyo, donde estaba su bastidor de fondo índigo caligrafiado. La he invitado con un gesto a seguir su camino y recuperar su lugar, pero no se ha movido. “¿Por qué ya no pintas?”. Su voz es joven, cristalina, madura, de cuando las mujeres empezaban a madurar a los diez o doce años, asfixiadas por un patriarcado feroz. No he sabido qué decir y ella se ha relajado un poco. “¡Nos tienes abandonadas!”.

Dirige su mirada a otra menina, vestida con tonos claros, con caligrafías en su vestido y unos planos geométricos pintados de color blanco que la enmarcan como si fuera un paréntesis. Sin abandonar su bastidor alza un poco la barbilla, es un poco altanera. “¿Volverás a pintar?”, me pregunta, mirándome a los ojos. Su tono es más grave, parece algo mayor. Me gusta. Trato de explicarles a las dos que mis meninas -obviamente no hablo de ellas, que sólo se pertenecen a sí mismas- no son floreros, ni bellezas de esas que se ven el primer día y acaban convertidas en apliques del pasillo a los que no prestamos atención, sino que representan algo más elevado: la feminidad. En el juego de ajedrez -esa es una lección aprendida, que sé recitar de carretilla en varios idiomas-, el rey representa tan sólo la vida y la muerte, tiene una movilidad reducida y un ejército dispuesto a dar la vida por él, mientras que la reina es la figura más poderosa del tablero.

Entonces he recordado lo que quería escribir al llegar al estudio con tantas prisas. Es algo que había oído hacía unos días en un documental sobre Emilio Lledó. En uno de los primeros Diálogos de Platón, llamado Hipias Mayor, supe que Sócrates, incapaz de dar con una buena definición de belleza, acaba citando este viejo proverbio griego: “Lo bello es difícil”.

Después del viaje por el sofisticado mundo del arte contemporáneo de Diario de un outsider, y del ensimismamiento de La incertidumbre, que no deja de ser una continuación del anterior, necesito un nuevo reto que me permita llegar hasta el fondo de la cuestión, porque hasta ahora no he hecho otra cosa que bordearla. Me refiero a la cuestión humana y a su dimensión social, en la medida en que seremos juzgados colectivamente, porque como individuos no somos nada. Desde esta perspectiva nos diferenciamos muy poco de las termitas, sin un espejo donde mirarnos no existimos. Para los que saben que exagero: en la no existencia, es decir, en la marginalidad, es donde mejor se vive. ¿Hay termitas hippies?

Quino, el padre de Mafalda, explica en una entrevista en la televisión pública argentina que en el principio de los tiempos solo éramos cuatro: Adán, Eva, Caín y Abel, y un hermano mató al otro y con él se llevó el veinticinco por ciento de la humanidad. Empezamos mal -dijo, con una sonrisa forzada-, con un fratricidio y una estadística estremecedora.

El guión de Antígona, como el de muchas tragedias griegas, tiene también un trasfondo familiar inquietante. Eteocles y Polinices, hermanos de Antígona, se enfrentan en el asedio de Tebas y mueren, uno es enterrado con honores mientras que el otro yace insepulto por orden de su tío Creonte, rey de Tebas, que premia la fidelidad y condena lo que él considera traición. Antígona decide enterrar también al otro hermano, a pesar de la prohibición, movida por ideales humanitarios, pero es descubierta y encerrada viva en una tumba, donde se suicida, ahorcándose. La virtud no tuvo premio. No he mencionado que los tres hermanos eran hijos de Edipo, que tiene su propia historia, por todos conocida: mató a su padre y desposó a su madre. Hogar, dulce hogar.

La familia se rige por unas leyes donde prima la jerarquía y los derechos de sangre, que con frecuencia entran en conflicto. Sólo después de vivirlos he podido entender, por fin, por qué el mundo va mal, por qué nuestros gobernantes son zafios y crueles, por qué la inteligencia no vale nada, frente a la estupidez organizada, por qué siempre ganan los más brutos. El poder tiene una relación orgánica con el dinero, tanto tienes, tanto vales. La excepción es la poesía, un mundo paralelo donde el prestigio no se traduce en dinero ni en poder, lo que convierte a los poetas en amenazas subversivas de las que hay que guardarse. Eso también lo he vivido. La historia de la humanidad no es la de la cultura, es la de la guerra, no es la del arte, es la de la fealdad, la de los bajos instintos. La guerra va asociada a la idea de progreso. David no venció a Goliat y los orcos aplastaron a los hobbits, pero nosotros seguiremos fingiendo que no ha sido así, que existió de verdad una termita hippie que se construyó un banjo con un pedazo de madera y unos pelos de bigote de gato.

Foto Eva Brunner

La primera vez que vinieron mis padres a Ordis fue un luminoso día de finales de primavera o principios de verano de 1979. Yo ya llevaba casi un año viviendo en este pequeño pueblo ampurdanés. Fue uno de estos raros momentos en los que el tiempo se detiene y se queda en suspenso, grabado para siempre en la memoria de sus protagonistas. Las calles, entonces, eran de tierra, las casas no tenían agua corriente, todas tenían pozo, y el teléfono pasaba por una centralita. La carretera de acceso era estrecha y había varios tramos en los que no pasaban dos vehículos de lado, por lo que uno debía ceder el paso al otro, y los diez kilómetros que le separan de Figueras, la capital de la comarca, eran en aquella época una distancia considerable. Luego llegó la carretera nueva y el AVE, en el vecino pueblo de Vilafant, que abrieron sendas heridas en el paisaje, y desde entonces estamos mucho más cerca del mundo civilizado. No era eso lo que yo buscaba. El progreso nos ha alcanzado, quizás sería el momento de hacer las maletas de nuevo.

Mi madre siempre recordó la primera vez que me vio en Ordis, caminando por la carretera de entrada al pueblo, con barba tupida y el pelo muy largo, vestido tan solo con unos tejanos descoloridos, recortados, ¡y descalzo! -nunca olvidaba mencionar este detalle-, porque se habían pasado de largo la calle en la que yo vivía y fui tras ellos agitando el brazo, con un cachorro entre las piernas. Trancos fue el primero de una larga lista, y fue como un primer gran amor. Desde entonces he tenido bastantes perros, pero Trancos ocupa un lugar privilegiado en mi corazón. Aquella visita de mis padres fue también histórica, hasta entonces yo había vivido en otros dos pueblos, en el Berguedà y la Garrotxa, pero antes había abandonado Barcelona y una carrera universitaria en el último curso para abrazar el hippismo, porque el hippismo se abrazaba, y además lo había hecho acompañado de una amiga, sin reglas. Eran demasiados cambios para ellos y les costó asimilar que me había salido del camino trazado, pero entre nosotros siempre prevaleció el amor y nunca, o casi nunca, nos faltamos el respeto, por grandes que fueran nuestras diferencias ideológicas. Eso sí, no vinieron a verme hasta que yo estuve solo, para asegurarse de que mi decisión era solo mía. Hasta entonces -me contó mi hermana-, me consideraron víctima de las malas compañías o de un extraño trauma post-servicio militar -yo no lo descartaría del todo-, o entonaban aquel largo lamento de qué habremos hecho mal para que nuestro hijo salga así. Un clásico.

Aquel día abandoné la marginalidad y me instalé en la bohemia, que está socialmente mejor valorada.

Ordis se caracteriza por su campanario inacabado y es conocido sobre todo por la obra de un poeta: Carles Fages de Climent. Estas dos referencias bastarían para hacerlo atractivo a mis ojos, porque creo que todas las obras de arte están inacabadas -y en lo que no vemos está la perfección que busca el artista- y porque los poetas son los mejores cronistas de la historia.

La obra más popular de Fages de Climent es seguramente La Balada del Sabater d´Ordis, publicada en 1954, con prólogo de Eugeni d´Ors -que lo comparó con el Quijote– y epílogo e ilustración de Salvador Dalí. Está basada en un hecho real. Vivo enfrente de donde estaba su casa y hace muchos años tuve ocasión de hablar con gente que lo conoció personalmente. Ahora están todos muertos, como Anton Iglesias, un humilde zapatero remendón que perdió a su hijo por arma de fuego -se le disparó la escopeta de caza a un muchacho de su edad, con tan mala fortuna que hirió mortalmente al joven Iglesias- y poco más tarde fue abandonado por su mujer, su mundo se derrumbó, cerró el negocio y se dedicó a partir de entonces a recorrer los pueblos del Ampurdán con una caña en la mano, a modo de batuta, con la que dirigía la tramontana, un viento del norte característico de esta zona. Suele ser muy fuerte e imprime carácter, hasta el punto que de nosotros, los ampurdaneses, se dice que estamos un poco tocats de tramuntana. La traducción literal de esta expresión sería “tocados de tramontana”, pero tocats, en según qué contexto, tiene que ver con la locura. Tocat de l´ala -literalmente: “tocado del ala”- quiere decir loco. Sin llegar a la completa enajenación mental, es cierto que tenemos un toque de lucidez que nosotros asociamos más a la originalidad que a patologías más graves, aunque de todo hay en la viña del señor.

Sus actuaciones más memorables eran los jueves que soplaba tramontana en Figueras. El jueves es día de mercado, no sólo de alimentación, también de ropa y de otros enseres, y congrega a gente de todos los pueblos de los alrededores. Es el día más importante de la semana y Anton Iglesias aprovechaba que tenía el aforo lleno para colocarse en un extremo de la rambla y dirigir el viento, como si fuera una orquesta. Es una locura, sí, pero lo hacía. Philipp Glass hubiera pagado por asistir a uno de sus conciertos. Nuestro zapatero ignoraba que el órgano es un instrumento musical que produce sonido al conducir aire insuflado por medio de una turbina con un fuelle, a pesar de que lo que él hacía tenía el mismo principio dinámico. Tampoco sabía que los americanos construyeron a principios del siglo XX el órgano Wanamaker, el instrumento musical funcional más grande del mundo. Está en Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos, pesa 287 toneladas, tiene más de 28.000 tubos, seis teclados de marfil, 168 botones de pistones y 42 controles de pie, y es capaz de igualar la potencia de tres orquestas sinfónicas. En Ordis no lo tenemos tan claro, que sea el más grande, porque no hay fuelle que pueda competir con la tramontana.

Dice la leyenda que Anton Iglesias murió cuerdo, acaso más que la mayoría de los que se burlaban de él, como Don Alonso Quijano, aunque más de uno lo mirara con simpatía, con ternura -solía pedir comida, de casa en casa- y quizás con un punto de comprensión. Eso es estar tocat de tramuntana. Trato de averiguar por qué sigo aquí.

¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que hay?

Escribí estas preguntas ayer noche, de madrugada, en el móvil, porque no tenía nada más a mano. Parece el estribillo de una canción de Leonard Cohen; en Everybody knows, por ejemplo, pienso que encajaría. El ordenador portátil que tengo en la mesita de noche es viejo y no me sirve para escribir, pero puedo ver cosas por internet y busqué una versión de Hallelujah, la de Rufus Wainwright, acompañado por un coro de mil quinientas personas, en una fábrica abandonada de Toronto. Buscaba consuelo. Si esa fuera la humanidad, yo creería en ella.

Estaba muy agobiado, porque la administración de la herencia de mi padre amenaza con destruirme. La tradición, que él simboliza, hace siglos que no va por el camino que a mí me gustaría. “De los griegos para acá todo ha sido mal formulado”, dice Moriarty en On the Road, de Jack Kerouac. Creo que soy capaz de enfrentarme a la nada y convivo razonablemente bien con el silencio, dudo de la existencia de Dios y del arte, no sé si por ese orden, y sospecho que cualquier tipo de autoridad es cuestionable, pero las estructuras de poder me provocan ansiedad, por muy zafias que sean, seguramente porque todas lo son, y ante la monstruosa inconsistencia del sistema social en el que vivimos me declaro objetor de conciencia. Soy un perdedor orgulloso en un mundo de falsos triunfadores. No soy rival para las instituciones públicas y llevo diez años, desde que murió mi padre, lidiando con ellas en un proyecto cultural suyo, un museo dedicado a Isaac Albéniz, su abuelo materno, que languidece en medio del silencio administrativo. También soy muy vulnerable -no encuentro el adjetivo adecuado- en las reuniones familiares para tratar asuntos patrimoniales. Soy un juguete en manos de los poderosos. ¿Es eso lo que soy?

Leonard Cohen me devuelve la juventud con un poema y me hace mejor persona.

Junio de 1978. Faltan seis años para el estreno de Hallelujah. Me despierto muy temprano, salgo de la habitación en silencio para no despertar a mi novia, que duerme plácidamente un sueño de veintidós años. Subo la escalera de piedra con la gata cruzándose entre mis piernas, abro la puerta de la casa y me encuentro con una vaca de proporciones ciclópeas a un palmo de mi nariz. Jesús, qué susto. Han vuelto a derribar el cerco de la era. No sé qué hacer. Me lo han explicado, pero soy nuevo en eso. “Son mansas, sólo tienes que tener cuidado si alguna va alta, entonces los toros pueden ser peligrosos”. Como la vida misma. ¿Cómo sabes si una vaca está en celo? Doy enérgicas palmadas, tratando de aparentar una seguridad que no siento y un savoir faire que desde luego no tengo. Tirarles piedras o ramas es un buen recurso, lo he visto hacer, pero no lo hago, me impone respeto; tampoco quiero gritar, aunque el vecino más próximo está a varios kilómetros de distancia. La vaca, que no ha apartado la vista de mí, preguntándose quién demonios soy -lo sabe, pero también sabe cómo hacerme sentir un extraño-, se da la vuelta y se dirige con parsimonia a la roca donde hace unos meses su propietario le ponía sal. Eso fue antes de que nos alquilara la casa, apenas una ruina, bellísima, en un lugar paradisíaco de La Garrotxa. Algo de sal debe quedar, o quizás sea sólo una querencia por esa piedra en concreto. Me lavo la cara en un bidón de hojalata con el logotipo de Repsol, muy descolorido, que hay en un extremo de la era; en la casa no hay baño, ni agua corriente. Hace frío a esta hora, pero soy joven y llevo puesto un grueso jersey de lana. Camino por un sendero cuesta arriba, por donde transita el ganado, no me acabo de creer que esté ahí arriba, que aquella sea mi casa. Me asomo al valle, que está cubierto de nubes. En mi colina luce el sol. Abajo están los hombres, sumidos en la penumbra, ahí arriba estamos las vacas, la gata y nosotros, restaurando una casa con nuestras propias manos.

No es la casa del padre, la que estamos restaurando.

Nunca llegué a tener la relación de pertenencia que tenía aquella vaca de color pardo claro con el paisaje, ni por asomo, yo venía del Eixample de Barcelona y a mí, en el fondo, me tiraba el valle, y ahí es donde estoy ahora, peleando batallas que me son ajenas, lejos de aquella casa maravillosamente bella y prodigiosamente incómoda, pasados los veinte, los treinta, los cuarenta, los cincuenta y los sesenta años. Eso es lo que hay.