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En Baltimore, a mediados de los años noventa, Teresa y yo conocimos a una pareja encantadora que hacía bueno un viejo aforismo inglés que dice que para resultar interesante hay que estar interesado. Ella era muy aficionada al arte y nos acompañó a visitar el Baltimore Museum of Art, donde había en aquel momento una extraordinaria exposición de impresionistas norteamericanos. Me impactó la calidad de las obras de Mary Cassatt y de John Singer Sargent, que me recordó un poco a Ramon Casas. Durante la comida nos explicó cómo conoció a su marido y lo rápido que congeniaron. Nos dijo que tardó sólo media hora en enamorarse, a pesar de venir de un divorcio traumático. Siempre me ha sorprendido la liberalidad con la que algunos americanos hablan de las cosas más íntimas delante de perfectos desconocidos.

Dos días más tarde salí en moto con él. Era un loco de las dos ruedas y tenía una pequeña colección de máquinas de carretera y off road. Me dejó una preciosa Seven Fifty (una Honda 750 de corte clásico y buenas prestaciones) y él cogió para la ocasión una impresionante Ducati 916. No creo que quisiese marcar diferencias, era un día de pruebas. Además, su amor por las motos tenía algo de fetichismo y yo soy mucho más práctico: sencillamente me encanta ir en moto. El día era radiante, las carreteras bellísimas, la primavera exultante y la sensación de circular por aquellas tierras embriagadora. Tengo tanta información sobre aquella cultura que me es difícil sustraerme a su embrujo y, una y otra vez, me siento protagonizando una película indie de bajo presupuesto. Paramos a comer y una mujer joven, rubia, uniformada, que probablemente se llamaba Peggy Sue, nos sirvió unas hamburguesas memorables.

Mi nuevo amigo me habló, cómo no, de su mujer y de lo rápido que se enamoraron. “La vi entrar en mi despacho y supe que era ella”. Aunque ya había visto la película le escuché con atención y me sorprendió agradablemente las notables diferencias que había en las dos versiones, la filmada por ella y la que llevaba su firma. Lo único que no variaba era el escenario: un despacho de abogado y una cliente en proceso de divorcio con un problema patrimonial.

Aquella historia de amor narrada a cuatro manos se quedó dando vueltas por mi cabeza hasta que, un par de años más tarde, salió expulsada en forma de un cuento que presenté a un concurso que organiza cada año un grupo de amigos de Barcelona aficionados a la Novela Negra. No había participado nunca porque soy muy poco competitivo fuera del asfalto y porque, además, no suelo leer novelas de este género, pero me sedujo la idea de escribir una historia de amor, en oposición a los sórdidos crímenes, perpetrados por sofisticados asesinos, que a buen seguro presentarían la mayoría de los concursantes. Lo único que respeté, para ceñirme a las bases de la convocatoria, fue la escenografía, sacada directamente de las novelas de Hammett y Chandler.

Me sentía en deuda con Baltimore, así que me tomé la molestia de traducirlo al inglés (On any day, anything can happen) y se lo envié por mail a nuestros amigos, advirtiéndoles que ellos habían puesto una semilla, pero que yo me había tomado todas las licencias, por lo que cualquier parecido con la realidad sería pura coincidencia.

Luego nos enteramos, por un amigo común, que el relato les había gustado tanto que poco a poco habían ido adaptado sus versiones a la mía, escrita al otro lado del Océano.

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“… El tío dibujaba bien, manejaba correctamente los colores, las luces y las sombras, sus composiciones estaban proporcionadas y, a primera vista, parecía que sus cuadros eran perfectos y que llevaban la firma de un artista auténtico. Sólo después de un examen más detallado, cuando uno ya conocía muchos de los cuadros del tío Franz, se revelaba que en ellos faltaba algo. Él era el que faltaba en sus cuadros, el que no aparecía. Era tan humilde y delicado que no se atrevía a dejar oír su propia voz en sus pinturas. Era un artista, pero nunca llegó a pronunciar la última palabra.”

Confesiones de un burgués / Sándor Márai

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“Yanagi Soetsu, filósofo, historiador del arte y poeta, había desarrollado una teoría para explicar por qué ciertos objetos -vasijas, cestas, telas- hechos por artesanos anónimos eran tan bellos. En su opinión, expresaban la belleza inconsciente porque el artesano los había hecho en tal número que se había liberado de su ego.”

La liebre con ojos de ámbar / Edmund de Waal

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Creo que los artistas nos apoyamos poco. No sé si añadir “en este país”, porque no sé cómo se organizan los demás. Dominica Sánchez aparece en una entrada de mi blog, que colgué también en Facebook, y me agradeció que su nombre apareciera en él, junto a los de El Greco, Jim Jarmush, Joan Brossa y Etsuro Sotoo, en un texto que hablaba precisamente de creatividad y calidad. Se lo merece. Si se llamara Sarah McCartney y estuviera expuesta en el MoMA de Nueva York o en la Tate Modern de Londres (también se lo merece), sería una referencia para los buenos aficionados a la pintura y la escultura.

Si Socotra, la isla de los genios estuviera firmada por Bar Marukami sería una película de culto, pero la firma Jordi Esteva y parece que no es lo mismo. A pesar del reconocimiento internacional que ha recibido, no ha sido suficiente para deslumbrarnos.

Si este párrafo de Jacobo Siruela, de Libros, Secretos (Atalanta), lo hubiera firmado Jacobs Zèshck, nos inclinaríamos ante su profundidad y su bella factura:

“Durante siglos, Europa había vivido sometida al poder eclesiástico, y para paliarlo vino la Ilustración, con la bienaventurada promesa de liberar al mundo de todas las supersticiones y yugos sociales del pasado. Entonces, los vientos de la historia soplaron hacia esta meta dorada. Pero esto tuvo un precio: la realidad se tornó fría, fáctica, literal; y, poco a poco, el mundo fue haciéndose cada vez más pragmático, feo y deshumanizado. Contra esa áspera sequedad del espíritu implantada por la Revolución Industrial, se rebelaron los surrealistas, capitaneados por Breton, con el impetuoso afán de buscar en la otredad la belleza y verdad de la vida, por la sencilla razón de que una realidad desprovista de poesía resulta insoportable.”

Ahora también lo admiramos, porque es fantástico, pero de otra manera.

¿O son imaginaciones mías?

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Pinto con la cabeza y pienso con la mano que sujeta el pincel, mientras aprendo otras cosas paseando, hablando, leyendo y, tal vez, escribiendo. Sobre la intelectualidad de los artistas modernos se ha escrito mucho, desde el “Jo pinto i prou!”, de Joaquim Mir. Paul Cézanne era un pintor compulsivo, como Picasso, pero de vez en cuando dejaba caer frases del tipo “El mejor gobierno es el que menos se hace notar”, que debería estar grabado con letras doradas en el frontispicio del Parlamento, o “Nada se parece más a un buen cuadro que un mal cuadro”, que es uno de mis aforismos preferidos. Cambiando “cuadro” por “idea” ahí están los cimientos de una teoría filosófica equiparable a cualquier otra de la enjundia de Aristóteles o la Escuela de Frankfurt.

3 díptico (copia)
Dyptich for a German collector III

Sea cual fuere la forma final en la que se muestra, como un dibujo, una pintura, una fotografía, o como el propio objeto con sus dimensiones y materiales originales, está pensada para divertir, desconcertar, molestar o incitar a la reflexión, pero no para despertar la admiración por ninguna de las excelencias técnicas que suelen buscarse en las obras de arte. Las calles están llenas de artesanos admirables, pero de muy pocos soñadores con sentido práctico.

Man Ray

Menina sobre una paleta improvisada, 2016 (copia)

“…Entonces recorría los cafés taciturnos de los barrios viejos en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los poemas que acababa de leer. A veces lo encontraba –siempre un hombre- y nos quedábamos hasta pasada la medianoche en algún cuchitril de mala muerte, rematando las colillas de los cigarrillos que nosotros mismos nos habíamos fumado y hablando de poesía mientras en el resto del mundo la humanidad entera hacía el amor.”

Gabriel García Márquez / Vivir para contarla