fotomontaje II
Imagen virtual del Homage to Isaac Albéniz and Francis Money-Coutts en un parque londinense

El Homenaje a Isaac Albéniz consta de dos esculturas idénticas emplazadas en lugares muy diferentes. La primera, dedicada al mecenazgo -no se le suele dar la importancia que tiene-, debería ir en Londres y está dedicada también a Francis Money-Coutts, mecenas y libretista del compositor. La segunda, la única que he podido realizar hasta la fecha, gracias al apoyo de la Fundació Vila Casas, está emplazada frente a L´Auditori de Barcelona y está dedicada a los músicos, representados por Alicia de Larrocha. Creo que este doble homenaje satisfaría al creador de Iberia.

riaño, 1987

Esta pintura de 1987 la titulé Riaño. Por aquellas fechas se inauguró el pantano que lleva el nombre de esta localidad de la provincia de León, cerca de los Picos de Europa. Eso quiere decir que un pueblo entero, con sus casas, su iglesia, su campanario, el ayuntamiento, los huertos, los caminos, los prados, los árboles, las flores, la brisa entre el follaje y la memoria que abraza todos los rincones del vecindario desaparecieron para siempre bajo las aguas. Me conmovió que eso fuera posible y traté de explicarlo con las herramientas que tenía a mano. Nunca he sido muy narrativo pintando, pero a veces me da por ahí. Imaginé mi pueblo de adopción, Ordis, sumergido bajo millones de metros cúbicos de agua, capaces de generar millones de kilovatios para la industria y el consumo doméstico y no me puse a llorar porque soy un tipo duro. El ciclomotor de la izquierda representa el progreso, imparable, las cuatro figuras centrales son generacionales, una de ellas está embarazada, aunque parece llevar el niño en la espalda (cosas del arte contemporáneo), y la pareja heterosexual que asoma a la derecha es cualquier pareja heterosexual capaz de engendrar niñas pensativas y adolescentes con patines. La velocidad. Entre la mujer motorizada de la izquierda y la sexy del traje marrón hay un interruptor que apenas se ve, pero que está ahí, todo ese sacrificio es para que alguien venga y lo accione.

Veinticinco años más tarde me encontré pilotando una KTM SM 990 con mis amigos moteros de toda la vida, llaneando cerca de Soria, entre campos de trigo interminables que pintan de amarillo las suaves ondulaciones del terreno. Nuestro objetivo era los Picos de Europa, una zona mítica para los motards, que vienen de toda Europa. Montañas agrestes, rocosas, grises, de tonos claros, flanqueando valles verdes con ríos caudalosos y carreteras sinuosas de ritmos perfectos, ideales para nuestras monturas, que manejamos con la habilidad que nos dan todos estos años de experiencia. Cuando llegamos a Riaño, el nuevo Riaño, recordé, cómo no, mi pintura y olvidé por un momento lo que pasó, mientras contemplaba las montañas reflejadas en aquel lago artificial. Era espectacular. El tipo de la gasolinera me puso en mi sitio. Le dije, exultante: “¡Cuánta belleza!”, y él me respondió, lacónico: “Sí, para parar, ver y marcharse”.

Blanquerna I

Antes de transcribir una reflexión del pianista Joaquín Achúcarro, que acabo de leer, debería escribir una introducción para entrar en calor. Escribo así, armando puzzles, a veces funciona y otras no. Tendría que ser algo poético: una descripción de un paisaje singularmente bello, una experiencia personal notable, un concierto inolvidable, una puesta de sol -eso está muy visto, pero es una fuente inagotable de inspiración-, una conversación, una carta, la contemplación de una obra de arte, la ocurrencia genial de un niño, un paseo solitario por el monumento a Walter Benjamin, en Portbou, un día soleado de primavera, al que he llegado en moto, y el regreso al atardecer por la carretera que bordea la costa, con el mar azul ahí abajo, a mi izquierda. O un recuerdo de adolescencia, de mis veraneos en Vilassar. Mi hermano y yo teníamos un vaurien, un barco de vela ligera de unos cuatro metros de eslora, con el que regateábamos los domingos. Algunos días, a media tarde, bajaba al Club Náutico, que estaba muy tranquilo -por las mañanas era un hervidero de actividad, entre bañistas y barcos como el nuestro que entraban y salían sin parar-, lo aparejaba sin foque, sólo con la vela mayor, y salía un rato a navegar, solo. Cuando el día declinaba, lentamente -el tiempo en la adolescencia discurre con cierta languidez, sobre todo en verano-, el mar coge un tono plateado y si el viento acompaña el velero surca estas aguas aceradas con elegancia y decisión, rumbo a ninguna parte, con el horizonte ahí, al alcance de la mano, lleno de sugerencias emocionales y filosóficas. Al final ha sido una puesta de sol, después de todo.

“Uno de los primeros axiomas que fui descubriendo es que en el acorde más fortísimo ha de haber por lo menos una nota piano para que el acorde suene bien y no estridente o chillón. Al final en la vida todo requiere de cierta delicadeza”. Se lo dice Joaquín Achúcarro a Gonzalo Lahoz (Platea Magazine, 2016). Yo aplicaría esta máxima a todas las artes. También a las artes plásticas. Sobre todo a las artes plásticas, en las que tanto abunda la estridencia. Detrás de una obra de arte -en el caso de que tal cosa exista, vamos a suponer que sí-, hay una experiencia personal que, convertida en composición musical, escultura o danza, ha sido capaz de convertirse en una verdad universal, y para que esa alquimia sea posible el poema tiene que ser sutil. He visto obras duras, ásperas, imposibles, pero nunca he visto algo bueno que no tenga ese punto de delicadeza del que habla el maestro Achúcarro.

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Hace muchos años vi por televisión, en casa de unos amigos suizos alemanes -él era pintor y ella marchante de arte-, El loco del pelo rojo, la biografía cinematográfica de Van Gogh dirigida por Vincente Minnelli y protagonizada por Kirk Douglas. Hay un momento de la película en la que el artista pelirrojo de los ojos inyectados en sangre llega al Mediodía francés y cae en éxtasis. La cámara gira, enloquecida, al compás de la cabeza de Van Gogh, que trata de asimilar aquella luz cegadora, tan distinta de la gris monocromía de su Holanda natal. A mí nunca me ha interesado mucho la pintura de Van Gogh, que me parece torpe, de acuerdo con el escaso tiempo que le dedicó -creo que fueron tan sólo diez años, pocos para ser bueno pero suficientes al parecer para ser un genio-, por lo que seguía la acción más por cortesía hacia mis anfitriones que por verdadero interés. Peter interpretó mal mi falta de entusiasmo y me comentó algo que de todas maneras no he olvidado nunca: “Creo que no has entendido la escena: vosotros, los meridionales, no comprendéis el impacto que tiene la luz del sur en los que venimos del norte, donde los días son cortos y la luz escasa, porque estáis acostumbrados a ella, pero nosotros la valoramos muchísimo”. He recordado esta anécdota esta mañana, paseando por los alrededores de mi estudio. Este año la primavera ha irrumpido con una potencia inusitada, porque ha llovido mucho y después ha salido un sol radiante, pero sobre todo porque estamos hipersensibles. De repente hemos comprendido la fuerza de la naturaleza, desde el silencio del confinamiento. Hemos apreciado la calidad del azul límpido del cielo, libre de tráfico aéreo, la alegre algarabía de los pájaros y el sol reflejado en las amapolas del borde del camino, en oposición a las sombras que se ciernen sobre la humanidad. Hemos asimilado la belleza con especial intensidad, por miedo a perderla.

retrato Ima 1979 - copia
Foto Ima Sanchís

En 1980 viajé de Montreal a Sherbrooke en un Voyageur -el equivalente del Greyhound yanqui-, recreándome en la sensación de ir a cualquier lugar que se me antojara. Llevaba varias semanas viajando solo y el tiempo de vagabundeo que tenía frente a mí no tenía más límite que el dinero que llevaba encima, que no era gran cosa. Hoy, cuarenta años más tarde, que se dice pronto, leyendo La ternura de los lobos, de Stef Penney, me entero que en los siglos XVIII y XIX -e incluso antes- llamaban voyageurs a los pioneros irlandeses, escoceses y franceses que se dedicaban al transporte de pieles en canoas hechas de corteza de abedul, sobre una estructura de madera, en el inicio de su viaje hacia Europa, donde sofisticadas damas las lucirían en soirées inolvidables. Sobre todo en la Canadá francófona, de ahí su nombre. Eran seres legendarios, como los cowboys o los gauchos que la historia y el cine han convertido en mitos.

Mi Voyageur, aquel soleado día de principios de verano, era bastante más confortable que una canoa india surcando el St. Mary´s desde la bahía de Hudson hacia Montreal, en sentido contrario al que nosotros llevábamos. Atravesamos colinas, bosques interminables y lagos, uno detrás de otro; un poco monótono, pero bello. Pocas veces me he sentido más libre que en Quebec. Tenía amigos en Rock Forest, que está muy cerca de Sherbrooke, y les anuncié mi visita. Era una pareja budista, de Mallorca, de retiro voluntario en cualquier lugar del mundo. Podían permitírselo y lo hicieron. No me esperaban. En realidad, no esperaban a nadie. Estuve tres o cuatro días con ellos. Dormía en una habitación vacía, con una manta en el suelo y otra más liviana encima, y me sentaba en su mesa en un taburete prestado. Sólo tenían dos sillas. Y silencio. Y el Omm con el que empezaban todas sus comidas. Una de aquellas noches tuve un sueño que recuerdo muy bien porque fue muy vívido y porque lo escribí al despertarme, en un cuaderno de dibujo, para que no se esfumara como se desvanecen los sueños, sin dejar huella. He tratado algunas veces de escribir algo digno con aquellas frases caligrafiadas apresuradamente, pero nunca he tenido éxito. Esta noche pasada he soñado que soñaba aquel sueño, en el que evocaba una relación fracasada, que yo creía superada, hasta que me llegó el olor de una mujer impregnando las sábanas. Esa coincidencia del sueño que soñé que había soñado y el libro que estoy leyendo me ha llevado frente al teclado. Por cierto, no había sábanas en aquel lecho improvisado, pero sí una almohada. No estoy seguro de que los sueños tengan olor; debería saberlo, porque estos días de confinamiento sueño mucho más de lo normal.

Aquel día estuve todo el día abrazado a la almohada, como Linus, paseando por caminos casi desiertos mientras mis amigos meditaban, hasta que al día siguiente, por la noche, me acompañaron a Sherbrooke, donde había una fiesta country, y me dejaron ahí, de nuevo solo. Yo no sabía nada de este tipo de fiestas, en las que todo el mundo baila al son de las indicaciones de un speaker, que va explicando el siguiente paso. Son muy divertidas. Cada cinco o seis bailes las chicas sacaban a bailar a los chicos. ¡Tuve éxito! Me sacaron a bailar varias veces y acabé intimando con una chica con una sonrisa muy expresiva. Sus facciones -lamento decir que apenas la recuerdo, en aquella época jamás viajaba con cámara, estaba demasiado celoso del presente como para proyectarlo en el futuro, que es lo que suelen hacer las fotografías- cuando estaba seria eran un poco duras, cinceladas, más que dibujadas, pero cuando sonreía se transformaba por completo, se iluminaba toda ella y entonces me parecía irresistible. El secreto era hacerla reír. Y nos reímos mucho. Le gustaba mi francés, sobre todo cuando cambiaba sin querer del tuteo al usted. Siempre digo s’il vous plait. Debería haberme quedado allí, con ella, sólo de esa manera hubiera podido exorcizar aquel sueño, pero pasados unos días decidí proseguir mi camino en solitario, esta vez hacia Québec Ville, con la vista puesta en Girona. Pero eso yo no lo sabía.

En Canadá abundan los salmones. El noventa por ciento de estos animales extraordinarios recorren a lo largo de su vida miles de kilómetros, del río al océano y de este de nuevo al río, para regresar al lugar donde nacieron, donde se reproducen y mueren, exhaustos.

dibujo de damero

Estos días de confinamiento me cuesta concentrarme en la lectura y las novelas se me caen de las manos, Me resulta difícil identificarme con héroes que habitan un mundo sin enemigos microscópicos acechando por doquier. ¿Quién puede superar eso? Los ensayos aguantan un poco más, pero no son distraídos, que es lo que en realidad me iría bien. En fin, un lío. Leyendo, a ratos, la biografía de Hannah Arendt, de Laure Adler, me he tropezado con nombres míticos, como Martin Heidegger, Edmund Husserl y Walter Benjamin. Me gustaría preguntarles qué está pasando, porque yo no lo entiendo. Y, ya puestos, le haría la misma pregunta a Kierkegaard, Adorno y Wittgenstein. La mayoría son poco más que nombres, para mí, en el mejor de los casos asociados a un concepto, como la lucha de clases de Marx, el imperativo categórico de Kant o la razón poética de María Zambrano. No sé lo que busco.

De Ludwig Wittgenstein me sé el nombre de un libro, Tractatus, el único que publicó en vida, que naturalmente no he leído, y una frase: “Todo aquello que puede decirse, se puede decir con claridad; y sobre aquello de lo que no podemos hablar, mejor es guardar silencio”. Son unas palabras admirables, desde todos los puntos de vista. Las encontré hace años en algún lado -creo que en un libro de Félix de Azúa- y las transcribí para un texto que estaba escribiendo sobre arte contemporáneo, dedicado a la crítica, tan aficionada al lenguaje críptico. En el fondo, los críticos de arte no hacen más que tratar de explicar lo inexplicable; lo que, en cierta manera, es heroico. El pequeño Ludwig fue compañero de clase de Adolf Hitler y conoció bien a Bramhs, Mahler y Shönberg, que eran amigos de la familia (no así el führer), y su hermano mayor, Paul, fue un gran pianista, pero tuvo la desgracia de perder un brazo en la I Guerra Mundial. Inexplicablemente siguió tocando, y al parecer triunfando, lo que debe de ser un caso único en la historia. Maurice Ravel compuso para él en 1931 su famoso Concierto para piano para la mano izquierda. Gustav Klimt pintó el retrato de su hermana Gretl, en 1905, con motivo de su boda. Es una de sus mejores obras y el tratamiento del vestido lo convierte en uno de los más bellos de la historia de la pintura. Pero por encima de estas extraordinarias circunstancias familiares, Wittgenstein fue un espíritu libre e independiente, que no sé si es lo mismo. Renunció a su herencia, que era brutal (su padre era el rey del acero en el imperio austro-húngaro), repartiéndola entre dos de sus hermanos, a los que obligó a comprometerse a no devolvérsela bajo ningún concepto, y fue capaz de ganarse la vida honradamente. A veces los gestos definen mejor a un hombre que sus actos. Fue ingeniero aeronáutico, filósofo, músico, arquitecto, matemático, escultor, héroe de guerra (eso se lo perdono porque cuando estalló la Gran Guerra era muy joven y tres de sus cuatro hermanos varones se suicidaron, lo cual explicaría en parte su temeridad) y cualquier cosa que se le pusiera por delante, porque su curiosidad existencial no tenía límites.

Eso y aquel silencio al que consagró su vida, tan parecido al que nos envuelve ahora.