tres cabezas asomadas 1991

“Oh…!! transmite el mismo espacio de las meninas pero con otro tema, manteniendo la potente opacidad y carga del rojo rothko, pero en negro (bueno en realidad eso ya está en los fondos de tus meninas, cierto); pero pruebo a ver si acierto en otra cosa, tú me dirás: en esos personajes, que para mí claramente tienen un carácter un poco de cómic, que me gusta mucho, no sé por qué hay algo en su postura, en su encaje, o en su tratamiento técnico que me remite a lo goyesco, aparte de lo evidente del contexto oscuro. Me parece muy potente. ¿Has pensado retomar esta línea de trabajo, así, tan fuerte como con las meninas y los rothkos?”

Fabià Santcovsky me escribe estas líneas después de ver esta pintura de 1991 en mi página de facebook. Hace unos días la vio José Luis Pascual en mi estudio, cuando vino a ver obras para la exposición retrospectiva que haré este verano en su galería de Saus, y coincidió con él en que ahí estaban ya las grandes masas de color, que luego se han teñido de rojo.

Esta obra está contextualizada en una época en la que trabajaba una serie titulada “Todos los héroes son anónimos”. Eran cabezas, la mayoría de las veces redondas -en este caso no-, que a mi me parecen muy expresivas. Algunas, no todas, reflejan perplejidad y algo parecido al temor, lo cual nos lleva a ese lado oscuro de la existencia que refleja tan bien Goya. Por cierto que uno de mis primeros óleos que hoy me siguen gustando, pintado en 1977, es una versión del fusilado de Goya, el de la camisa blanca que alza los brazos horrorizado. No sé si retomaré este tema, Fabià, nunca los cierro, o sea que es posible…

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Foto Maria Alzamora

La obra empezaba a las nueve en el Teatre de Salt. Fuimos con tiempo porque queríamos comer algo antes de entrar. A doscientos metros del teatro (nosotros no lo sabíamos) nos encontramos con una manifestación provocada por un acto de Vox. ¡En Salt! Como Ciudadanos en Amer. Les va la marcha. Tuvimos que dar media vuelta y tratar de llegar por otro camino. Si no conoces Salt te parecerá que es poca cosa, pero es una empresa digna de la gesta de Pizarro en los Andes. Nos perdimos. El Google Maps por momentos enloquecia, con ese temple con el que te pide que gires a la izquierda e inmediatamente después que lo hagas a la derecha, quiero decir que deberías haberlo hecho hacia la derecha. Dimos unas cuantas vueltas, dudando de si estábamos cerca de Girona o de Palermo, y conseguimos llegar al teatro, con el tiempo bastante justo. Dejé a Teresa delante para pedir una cerveza y algo de picar y fui a aparcar el coche. ¡Me perdí de nuevo! Volví a poner el Maps, volvió a confundirme, volví a atravesar Salt en círculos, como me pasa siempre en L’Hospitalet, reconocí algunas rotondas, varios comercios, una ancha avenida, el Carrer Major, el cauce de un río; casi regresé a Ordis para volver a hacer todo el camino y llegué un par de minutos después de las nueve, sin esperanzas, exhausto. Dejé el coche delante del teatro, muy mal aparcado, y preguntamos si podíamos entrar. Nos lo permitieron con una sonrisa y nos encontramos frente al escenario, en las mejores localidades posibles, con Sergi López delante, frente a una mesa, en la penumbra, corrigiendo exámenes de literatura. ¡Qué estrés, por Dios!

El chico de la última fila es una obra admirable, muy bien escrita, muy bien actuada, con una escenografía muy buena y un ritmo trepidante. Habla de literatura, creo, de cómo la curiosidad estimula el ingenio y éste te anima a meterte en la vida de los demás. Desde esa subjetividad, el escritor aspira a comprenderlo todo. Cada casa, cada apartamento, cada ventana en la que se distinguen siluetas humanas interactuando son invitaciones para fabular. Buenísima.

Al salir, el coche estaba milagrosamente en el sitio donde lo había dejado, preparado para afrontar un nuevo reto.

estudio sept 2011

Escribí este texto hace diez años, poco antes de que muriera mi padre.

Para un pintor, y mi padre lo es, aunque no se haya dedicado nunca profesionalmente a la pintura, el estudio es el lugar donde pasa los mejores momentos del día. Cuando le hablan a José Luis Pascual, pintor y escultor -también es un buen coleccionista y tiene cuatro pasteles de mi padre, cuatro bodegones de flores, colgados en un lugar destacado de su casa-taller-, de su legendaria capacidad de trabajo y de las horas que pasa en su estudio le quita importancia y responde que en ningún lugar se lo pasa mejor. José Luis ha restaurado unos antiguos viveros en Saus, en la carretera de L’Escala, a dos pasos de Ampurias, y lo ha distribuido con notable acierto. El área de I+D comparte espacio con su archivo, muy completo, y es la antesala al estudio propiamente dicho, equipado con todos los útiles imaginables, cuidadosamente ordenados. Un poco más allá, hay una gran sala de exposiciones y un almacén de proporciones gigantescas, al menos para mi, que me lo miro con sana envidia. De todas maneras, su producción es mucho mayor que la mía. El jardín que rodea el conjunto arquitectónico hace la función de patio de esculturas, con obras de gran formato, y en él las glicinias tienen también un protagonismo destacado. En un rincón, frente a la entrada principal de la sala de exposiciones, hay una sólida mesa de madera que ha sido testigo de innumerables tertulias.

El de Hiroshi Kitamura está a unos pocos kilómetros, en el vecino pueblo de Camallera, y es un pesebre donde manda la naturaleza. Apenas se distingue la silueta del escultor, trabajando, con ropas holgadas de colores terrosos que se confunden con las ramas y troncos que lo rodean por todos lados; son la materia prima con la que construye sus delicadas obras. La escena tiene algo de Vermeer, por la calidad de la luz y por su atmósfera de concentrada laboriosidad. Es un Aleph; no es difícil imaginar que es un lugar que puede atrapar la energía de varias hectáreas a la redonda. Hay un ramal que llega hasta Japón. El jardín contiguo lo preside una vieja higuera, con la que Hiroshi convive en buena armonía. Podría haberla hecho él, pero la hizo Dios, en un descuido.

Los estudios son también buenas definiciones de quienes los habitan.

Lo que pasa en mi estudio ahora mismo es lo mismo que pasó ayer, y hace diez años, y veinte, nada ha cambiado; y, sin embargo, todo ha cambiado. Eso es debido a su calidad de tiempo suspendido, una rara forma de ingravidez que también tienen algunos jardines.

Hace seis años, mi padre me pidió que le diseñara un libro-catálogo para dejar constancia de esta faceta suya que tanto ama. El reto era complicado. ¿Cómo diseñar un catálogo digno, de coste asequible y dimensiones ajustadas, capaz de resumir la obra de un artista de más de noventa años que nunca ha publicado nada? Lo lógico hubiera sido hacer una selección de obras para formar un cuerpo documental lo más representativo posible de todas sus épocas creativas. Localizarlas, clasificarlas, fotografiarlas, volver a escoger una y otra vez hasta dar con la selección apropiada. Un trabajo ingente y caro, en tiempo y dinero, sobre todo en tiempo.

El proyecto estuvo varado al menos un año, hasta que di con una solución que aún ahora me parece brillante. Se la expliqué a Eduardo Llasat, un fotógrafo que sin duda captaría e interpretaría mi idea a la perfección, y lo llevé al estudio de la calle Roger de Llúria. Mi padre apareció en plena sesión y Eduardo le hizo varios retratos, como el que finalmente publicamos en el libro. La idea era simple: recrear una visita al estudio tal como estaba en el momento en el que abrimos la puerta. No preparé nada. Dejamos que entrara la luz y nos mostrara todo lo que contenía aquel lugar tan especial, empezando por un largo pasillo con las paredes repletas de cuadros, propios y ajenos, que comunica con la sala principal, muy luminosa gracias a una amplia galería acristalada que da acceso a un patio interior de manzana, típico del Ensanche barcelonés. Eduardo lo resolvió con una sola foto en blanco y negro tomada desde la puerta de entrada. En la zona de trabajo había muchos papeles pintados al pastel clavados en la pared con chinchetas, bastidores apoyados y apilados con cierto descuido, otros colgados, algunos enmarcados, obras comenzadas en un par de caballetes, objetos variopintos utilizados para bodegones o sesiones con la modelo y pinceles y barritas de pastel Rembrandt por doquier. Revolvimos montones de papeles y fotografiamos algunos, muchos de ellos sin firmar.

Con este material y un texto firmado por Teresa Casanovas maquetamos el libro. Me gusta mucho el resultado. Jamás hubiera funcionado si la obra no tuviese una calidad notable. A mi padre le entusiasmó. Hasta hace poco lo hojeaba varias veces al día con sus largas manos de artista, con delicadeza, me sale decir con unción, le emocionaba verlo. Y para mí era igualmente emocionante contemplar una y otra vez esta escena. Hoy mismo en la galería, a tres pasos de su sillón y de la mesa camilla que comparte con mi madre, en un diván que mis padres han llamado siempre la cama de reposo, hay un pequeño montón con siete u ocho libros apilados. Siempre al alcance de la mano.

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Tenía el verde como objetivo y no sabía qué hacer. En el estudio estaba todo muy parado -aparte de la mesa del ordenador, donde el teclado echaba humo-, con varias telas borradas, otras empezadas sin demasiada convicción y nada que sugiriera verde. Jamás había usado ese color, al menos deliberadamente. Por accidente sí, alguna vez, mezclando amarillo y azul, pero nunca en mi vida he comprado un tubo de ese color. Eso puede cambiar. Revolviendo en una mesa donde tengo material que no uso, la mayoría recogido en el estudio de mi padre poco después de que muriera, hace diez años, encontré un tubo de verde de la marca Rembrandt, la que usaba él. Yo heredé esa afición, cogiéndole los tubos para empezar a pintar mis primeros óleos. Nunca he usado otra marca. Cogí el tubo, puse música, lo exprimí y ataqué una de las telas borradas -eso es, con un fondo de color índigo y la textura de mil batallas- como si se tratara de un rojo rothko. Pinté con paletina y trapo toda la superficie con el color recién encontrado, un poco más intenso en el centro y degradándose hacia la periferia, como suelo hacer. Lo dejé secar. Varias semanas más tarde pinté los cuatro dameros, siempre con poca convicción. Vino mi hijo al estudio por alguna razón que ahora no recuerdo y me dijo desde la distancia que le gustaba. Max nunca habla por hablar. Además, confío en su criterio. Advertí que tiene un lejos bueno, aunque seguía sin convencerme, pero ahora me interesaba. Aceleré el proceso de secado colocando un secador eléctrico delante que se enciende de vez en cuando, siguiendo una pauta programada, con la intención de seguir el damero pintando algún cuadrado más: blanco, rojo, amarillo o de cualquier otro color. No tenía ni idea de cual sería el siguiente paso. Un día decidí atacar de nuevo y se me ocurrió desencoger el tubo de verde de mi padre, que estaba enrollado al máximo, para ver si le podía sacar algo más. Descubrí que ese verde se llama Verde Permanente Medio. El rojo que utilizo en los rothkos es Rojo Permanente Medio, que combino con el Light, que es más cálido. Empecé a mirar ese verde con otros ojos. Entonces apliqué más verde sobre varios de los cuadrados verdes, que dieron un salto hacia adelante en luminosidad y dignificaron la composición, que hasta aquel momento era un poco sucia.

damero verde y negro

work in progress

Todas las obras lo son. Paul Valéry decía que un poema no se termina, se abandona. En esta ocasión se trata de una tela que empecé y acabé en 2011; una menina, hasta que me di cuenta de que era la misma de siempre. En consecuencia, la borré. Pinté otra, pero no aparecía nada nuevo, así que opté finalmente por darle un baño de índigo. No sé cuántos cuadros hay detrás de este y ni siquiera sé si este damero será el definitivo.

José Luis Pascual me ha invitado a una exposición colectiva en Km7, Espai d’Art a principios de primavera. El título es “Verde”.

Expo Alfonso Alzamora 1
Fotos de la instalación actual de Maria Alzamora

Después de inaugurar la exposición en Vallgrassa, el domingo pasado, creo que ahora estoy en condiciones de desvelar la tercera sorpresa que anunciaba en el texto de la invitación, tras el descubrimiento del parque natural del Garraf, que yo no conocía, y la decisión de montar una exposición con una sola obra. El tercer secreto de Fátima es saber quién es el “visitante de excepción”, de esta exposición de un solo cuadro.

Cuando visité el espacio el pasado octubre, este es el aspecto que ofrecía:

Vallgrassa1

Expo Alfonso Alzamora 5

Y este el que tiene ahora mismo. Lo que hemos hecho es colgar el díptico en la pared del fondo y lo hemos iluminado dándolo todo el protagonismo, de manera que el resto de la sala queda en semioscuridad. Y hemos colocado en el centro de la sala a una espectadora sentada en un banco, como si se tratara de la sala de un museo. Es de un tamaño sensiblemente inferior a la escala humana (la mitad, aproximadamente) y lo que propongo al espectador es mirar la exposición a través de sus ojos, de esta manera la escala cambia completamente y el espacio y la pintura parecen mucho mayores de lo que son en realidad.

Expo Alfonso Alzamora 2

En la pared opuesta, en la penumbra, hay un banco para humanos, para sentarse y contemplar la escena. Porque lo que verdaderamente importa es que la pintura nos emocione y convierta la visita en una experiencia.

Cartel Vallgrassa
Inauguración, domingo 17 de febrero a las 12h

Cuando me llamó por teléfono Jordi Aligué para proponerme una exposición en el Espai Interdisciplinari de Vallgrassa. Centre Experimental de les Arts, no podía imaginar lo que me encontraría cuando subí a ver el espacio, un soleado sábado de octubre. La primera sorpresa fue descubrir que a veinte minutos de Barcelona, mi ciudad natal, hay un oasis de naturaleza agreste sobre el Mediterráneo de una belleza conmovedora: el Parc del Garraf. La segunda es que en sus profundidades hay un refugio encantador que alberga una fundación pública de arte, de nombre larguísimo y proporciones ajustadas, gestionado por un equipo, formado por el propio Jordi Aligué, Anna Bellvehí y Arturo Blasco, de una sensibilidad extraordinaria. No es normal que pasen estas cosas, en un país que necesita desesperadamente reivindicarse a través de la cultura.

El espacio es pequeño, la naturaleza exultante, y lo que proponen, en términos de creatividad, enorme. Les sugerí materializar un sueño: una exposición de un solo cuadro. Siempre he querido hacerlo, pero nunca lo he conseguido. La obra elegida se titula Díptico Rojo Rothko y tiene un visitante de excepción, pero eso dejaré que lo descubráis vosotros. Es la tercera sorpresa, para los que todavía no conocéis este lugar mágico.