foto Maria Alzamora

El sábado pasado, 5 de junio, se inauguró la exposición de las obras finalistas del concurso de escultura de la Fundación Vila Casas, en el Museo Can Mario de Escultura Contemporánea, en Palafrugell, Girona. Pero antes de hablar de ella me gustaría comentar brevemente algunas noticias relacionadas que han coincidido en el tiempo, para contextualizar el evento. Estamos en 2021 y Marina Abramovic ha sido galardonada con el premio Princesa de Asturias de las Artes. En una de sus acciones más conocidas, Abramovic permaneció con su pareja, frente a frente, de pie, desnudos, en el umbral de la puerta de entrada de la galería donde se presentaba la performance, dejando un intersticio entre ellos por el que pasaba el público, forzando un contacto físico entre artistas y visitantes, porque la puerta era deliberadamente pequeña; pero su consagración definitiva fue en 2010, en el MoMA de Nueva York, cuando se sentó 716 horas frente al público, sentado frente a ella, de uno en uno, mirándose fijamente y en silencio a los ojos, con una sencilla mesa por en medio.

Mona Hatoum, artista británica de origen palestino, inaugura estos días una gran exposición en el IVAM de Valencia, después de ganar el premio Julio González, en la que muestra, entre otras muchas ocurrencias, como diría mi madre -no es una expresión peyorativa, es descriptiva-, ralladores de verdura y queso aumentados de tamaño hasta el absurdo, convertidos en biombos y bancos en los que nadie osaría sentarse. Es impactante, sin duda. “Podríamos hablar de un cierto humor negro, además de la influencia surrealista de artistas como Duchamp o Magritte que Hatoum ha señalado como referencia”, escribe José Miguel Cortés, comisario de la exposición.

“Chiharu Shiota (Osaka, 1972) es una de las artistas de más proyección internacional, una especialista destacada en performance e instalaciones, obras efímeras que caducan y que se conocen por haber sido documentadas y fijadas por la fotografía. Esta semana, Shiota ha presentado la que será su única obra permanente en Europa, In the beginning was…, una instalación construida en un edificio cúbico de 6 metros de alto ubicado en el complejo artístico-industrial Planta de la Fundación Sorigué, una gran cantera de tratamiento de áridos en la Plana del Corb, cerca de Balaguer”. De este modo empieza Pau Echauz su artículo a página completa en La Vanguardia del lunes, 7 de junio de 2021. La foto que lo encabeza es bastante grande: “Chiharu Shiota ante su obra evocadora del origen de todo, construida con lana y piedra”.

Se impone lo efímero, para retratar una sociedad que parece encaminarse hacia ninguna parte. ¿Para qué construir, si todo va a ser destruido? Abramovic, Hatoum y Shiota buscan el arte donde no lo buscarías nunca, en los objetos más banales, en las asociaciones más disparatadas, en la fragilidad y el azar, sobre todo en el azar. Y en la nada; y el gesto; a veces basta con una mirada. Siguiendo esta lógica los artistas deberían ser también anónimos, como el sabater d´Ordis, que dirigía la tramontana con una batuta, para regocijo de Philip Glass, que nunca supo de su existencia, pero le hubiera aplaudido. O la obra de Lichtenberg Un cuchillo sin mango cuya hoja se ha perdido, que expusieron los dadaístas en el siglo XX. Su autor, en el XVIII, no sabía que había hecho una obra de arte y murió feliz. ¿Se puede juzgar una idea en tres dimensiones, por trivial que sea? Es un tema interesante, porque lo bueno puede que sea malo y lo malo bueno, no hay nada que sea bueno o malo, lo importante es que esté acompañado por un relato literario bien construido. Al final, la obra no es la forma, es el título, como anticipó Lichtenberg sin ser consciente de ello, es ahí donde tiene que esforzarse el artista.

Pero volvamos a Can Mario, os diré por qué creo que vale la pena ver esta exposición. Yo el sábado busqué el Aleph, ese lugar en el que convergen todas las energías, porque ahí está el ganador del concurso. El montaje es abrumador: cuarenta esculturas, seleccionadas entre cuatrocientas candidatas, forzadas a convivir en un espacio común, por fortuna bastante grande. Busco una capaz de representarlas a todas. Es una tarea imposible, lo sé, porque las hay que han abrazado la causa de la contemporaneidad, mientras que otras han permanecido fieles al objeto capaz de definirse por sí mismo. A lo mejor no existe, después de todo, pero vale la pena intentarlo, ese es el objetivo de la visita. Es posible que a lo largo y ancho del museo haya un Aleph tan potente que anule cualquier competencia, como Saturno devorando a sus hijos; o puede que no, que esté ahí, delante nuestro, en la pieza más pequeña, aquella que nos pasó inadvertida en nuestro primer recorrido, porque el arte nos enseña que con frecuencia lo grande es pequeño y lo pequeño puede ser enorme. Ahí está Vermeer con sus pequeños lienzos en los que cabe todo el universo.

Busqué el Aleph en la doblez de una plancha de hierro pintada de negro, en un destello dorado, en un reflejo, en el vacío, en la opacidad, en el aire, en una piedra, en la madera que serpentea, y encontré dos: uno pequeño, en la sala de los finalistas y otro, mucho más poderoso, entre los que no llegaron a la final.

Esta pintura formaba parte de un díptico de grandes dimensiones que expuse en Bélgica en 2017. Un año más tarde la alianza se rompió, la tela de la izquierda se convirtió en una menina apodada Dark Blue, que en este momento está de camino a la Provenza, y la de la derecha en este damero que titulé Si es música, ya en 2018. Me he topado con ella esta mañana, buscando una pintura apropiada para ilustrar un comentario que escribí ayer, al día siguiente del concierto que Alba Ventura ofreció en el Palau de la Música de Barcelona, el 8 de junio de 2021, a las ocho de la tarde. Lo que íbamos a ver y escuchar aquel caluroso atardecer era nada menos que la suite Iberia de Albéniz, entera, una obra maestra de la música para piano en un templo modernista que inspira respeto y cariño a partes iguales. En eso también coinciden, el Palau y Albéniz.

Jorge de Persia, sentado a mi izquierda, me dijo antes de que empezara el concierto que posiblemente de todo el aforo -estaba lleno- yo era uno de los que más iberias integrales había visto y oído. Eso no me convierte en buen auditorio, no lo soy, pero es verdad que he presenciado unas cuantas, desde que asumí la responsabilidad de representar a la familia Albéniz en el museo Albéniz de Camprodón, asociado al festival internacional de música que se celebra cada año, desde hace varias décadas. Una de ellas fue precisamente de Alba Ventura, un 15 de agosto de hace tres años, con motivo de la Medalla Albéniz, y fue el recuerdo de aquella velada inolvidable lo que me llevó a coger el coche y bajar a Barcelona. La propuesta era irresistible, cualquier cosa podía pasar y no era cosa de perdérsela.

Si en Camprodón fue una experiencia, en palabras de la entonces Consellera de Cultura Mariàngela Vilallonga, que le hizo entrega de la medalla, lo de ayer fue, además, un regalo. ¡Qué colorido! Alba disfruta tocando y se nota, transmite alegría, intensidad, goce, también dramatismo, cuando es de eso de lo que se trata, pero sobre todo la alegría de interpretar una obra maravillosa en un lugar extraordinario, con un público con el que conectó con la primera frase de Evocación. Una noche mágica, sin duda, que recordaremos.

No sé si cambiarle el título a la pintura o añadirle un subtítulo: Iberia.

Isaac Albéniz, París 1899

segundo intento

Me sobresalto cada vez que veo en la prensa algo sobre la polémica del Hermitage de Barcelona. La último que he leído es que el Liceo ha entrado en el debate, posicionándose a su favor. No tengo nada contra el Hermitage, faltaría más, amo la cultura, aunque a veces no la entienda, pero hace veinte años que formo parte de un proyecto que lleva el nombre de Museu Isaac Albéniz de Camprodon y no conseguimos tirarlo adelante con garantías. Y necesitamos muy poco. De hecho, lo tenemos casi todo, excepto un presupuesto digno. “Una cosa no quita la otra”, pues sí, la quita, porque destinar fortunas a franquicias foráneas representa vaciar las arcas del apoyo institucional que necesita la cultura de proximidad; a menos que los políticos responsables de esta decisión, la mayoría con poca experiencia en gestión cultural, consideren que Albéniz y Granados no están a la altura de Kandinsky y Malevich, porque ese es el mensaje subliminal que transmiten, mientras discuten acaloradamente sobre el Hermitage de Toyo Ito, perdón, de Barcelona.

Estas últimas semanas estamos tratando de organizar un homenaje al compositor francés Déodat de Séverac, alumno y buen amigo de Albéniz, del que se cumple este año el centenario de su muerte en Ceret, al otro lado de la montaña donde nació su amigo Isaac. Jorge de Persia, que es el alma del proyecto, ha hablado ya con un músico de prestigio y con un intelectual buen conocedor de este periodo pirenaico fascinante, donde creció el cubismo, en la estela del modernismo, y el arte moderno dio un giro inesperado, para dar una conferencia o mesa redonda previa a un concierto que podría celebrarse en el Monestir de San Pere, donde cada verano se celebra un festival de música que lleva el nombre del compositor. La idea es que este acto se programe desde una nueva entidad de naturaleza civil asociativa, la Associació d´Amics del Museu Isaac Albéniz de Camprodon, que estamos creando, en estrecha colaboración con el Ayuntamiento, heredera de la Fundació Pública Museu Isaac Albéniz de Camprodon de 1998, que dejó de existir oficialmente en diciembre de 2020 por defectos de forma. El museo, en su primera versión, se inauguró en 1999 y en una segunda etapa en abril de 2019, después de siete años cerrado por obras de remodelación y dificultades administrativas. Será la puesta de largo del nuevo ente y una declaración de intenciones: queremos un museo activo, que organice actos como éste, no un mausoleo.

No soy globalista, pero tampoco soy provinciano, creo firmemente que el arte no tiene fronteras, pero el Hermitage es un proyecto muy distinto del que tratamos de sacar adelante en el museo Albéniz. En el MNAC hay la mejor colección del mundo en pintura románica, sólo por eso valdría la pena visitar Barcelona, porque en el año mil, alrededor del Pirineo, se forjó la cultura europea. En este artículo, hablando de Séverac y de Ceret han aparecido en el escenario el románico del Monestir de Sant Pere y el de la ermita de Molló, dedicada a Santa Cecilia, la patrona de la música, el modernismo de Camprodón, el impresionismo de Albéniz y Debussy y el cubismo de Picasso, Braque y Juan Gris, con Manolo Hugué de anfitrión.

Hay relato. Hay cultura. Es el modelo de gestión cultural lo que está en debate.

dibujo de la serie “no sé qué pintar, mientras tanto, pinto”

segundo intento

Mi abuela reinaba en el número 86 de la calle Roger de Llúria, en el Ensanche de Barcelona. Entonces se llamaba sucintamente Lauria, el catalán estaba prohibido. Vivía en el Principal y sus hijos estaban distribuidos en varios pisos; la casa entera era de su propiedad. Los nietos nos movíamos por toda la finca, terrados y patios interiores incluidos, con total libertad. Era un microcosmos dentro de la gran ciudad. Pero de quien me gustaría hablar hoy es de Trini, la portera. Era la bondad personificada y nos quería mucho. Entró a trabajar con mi abuela a los trece años, después de la guerra, o quizás antes, formando parte de su servicio doméstico, y siguió con ella hasta el final. Cuando se casó con Severiano Tineo, un inválido de guerra, pasó a la portería, de donde no se movió hasta que se jubiló; entonces se fue a vivir con su marido a un piso que compraron en Sant Just Desvern, en las afueras de la ciudad. Por aquel entonces mi abuela estaba enferma y no salía de casa. Nadie se atrevió a decirle que Trini se jubilaba y dejaba la portería. Suena muy fuerte, pero la consideraba de su propiedad. Trini, por su parte, la adoraba y la consideraba su protectora, nada malo podía sucederle estando cerca de ella. Sufría una variante doméstica del Síndrome de Estocolmo, bastante común en aquella época de tatas y seños. En el periodo de tiempo que transcurrió entre su jubilación y la muerte de mi abuela, quizás fueron dos o tres años, Trini cogió cada día al atardecer un autobús de ida y uno de vuelta desde Sant Just hasta el Ensanche para asomar la cabeza a su dormitorio y, desde el quicio de la puerta, darle las buenas noches, como había hecho siempre.

A finales de los años cincuenta o principios de los sesenta ocurrió algo extraordinario, en el número 86 de la calle Lauria. Franco visitó Barcelona y su mujer, doña Carmen, visitó a Maruja, la sombrerera del segundo primera. Maruja era una mujer muy religiosa y sus sombreros se habían ganado la admiración de la burguesía y la nobleza, que acudía a su casa-taller en busca de turbantes de seda y pájaros de tela a punto de revolotear alrededor de las cabezas de las damas de alcurnia que se lo podían permitir. Trini dejó la portería, el ascensor y la escalera como una patena, fue a la peluquería, se puso sus mejores galas y esperó con las manos en el regazo y una sonrisa beatífica la llegada de la mujer del dictador. Severiano no asomó la cabeza; no quiso o no le dejaron hacerlo. Seguramente las dos cosas. Había luchado en el bando republicano. Oí decir que había sobrevivido a un fusilamiento. Tenía una joroba prominente. Aquel día uno de mis primos vio subir a la azotea a un soldado armado con un fusil enorme, para establecer un puesto de vigilancia.

En la esquina de arriba, la de la calle Mallorca, estaba la sede de la Falange Española, en un bonito edificio modernista que hoy alberga la Delegación del Gobierno -no sé si escribir los mismos perros con distintos collares, pero eso sería pasarse un poco-, y yo vi, no estoy seguro de si fue aquel mismo año u otro, desde el balcón del cuarto segunda, donde vivíamos, un acto de exaltación franquista en la acera de enfrente, al anochecer, con un grupo de falangistas con boinas rojas, que desde luego no había fabricado Maruja, en perfecta formación cantando el Cara al sol a voz en grito, en presencia de su líder. Por lo demás, la calle estaba desierta y las azoteas pobladas de sombras vigilantes.

Mi generación ha sido testigo directo del horror fascista. No sé si somos del todo conscientes, o si la memoria es frágil. Yo, aquella noche, en el balcón, mirando a través de los barrotes, pude percibir el arrobamiento un poco impostado de mi madre y el silencio incómodo de mi padre, mientras nuestra idílica imagen familiar aparecía en el visor de una mira telescópica con visión nocturna. Todos éramos amenazas potenciales. Imagino cómo debía sentirse Trini, agazapada con su marido en un rincón de la portería.

Mañana me vacuno, por fin. Durante el primer confinamiento, cuando la naturaleza se reía de nosotros y los pájaros habitaban las ciudades, y los jardines, descuidados, eran más bellos que nunca, acuñé esta frase: “Es como si estuviera leyendo un libro al que le falta una página, precisamente la que tiene el dato que me falta para comprender lo que está pasando”. Los últimos capítulos de este diario tratan precisamente de esto: de la prevalencia de la forma sobre el fondo. Incluso de la ausencia total de fondo. Nadie profundiza, nadie pregunta, nadie indaga, nadie se interesa por el origen, nadie quiere saber algo que los demás ignoran. ¿Hablo de la pandemia o de la vida? ¿Es un sentimiento público o privado? Hace muchos años, en una entrevista, me hicieron la típica pregunta de qué pondría en mi epitafio, dije: “No he entendido nada”.

La noche anterior, en Daarjeling, en un hotel cuyo nombre he olvidado, pero del que recuerdo la calidad del entarimado del suelo, oscuro, colonial, bien cuidado, en una habitación presidida por un insólito retrato del rey Eduardo VIII, leí que en Estrasburgo, en 1770, las autoridades erigieron un pabellón en una isla en medio del Rin, para celebrar el encuentro entre la archiduquesa María Antonieta de Austria y los emisarios de su prometido, el futuro rey de Francia, Luis XVI. Leer es otra forma de viajar. Un joven poeta, escritor y estudiante de leyes, llamado Johann Wolfgang von Goethe, sobornó a un guardia de seguridad para entrar en el pabellón, vacío en aquellos momentos, con la intención de ver los tapices que decoraban las paredes. Los de las dos salas laterales fueron tejidos a partir de cartones de Rafael de Urbino y representaban la vida de los santos Pedro y Pablo, y la sala principal “la habían guarnecido con tapices de lizo alto mucho más grandes, brillantes y ricos que los anteriores, orlados de densos ornamentos y tejidos a partir de cartones de artistas franceses modernos”, en palabras del propio Goethe, en Poesía y verdad. Los más notables eran de Jean François de Troy, pero no le gustaron, ni la ejecución, demasiado barroca, para su gusto, ni la temática, que le pareció inadecuada. No le faltaba razón, tratan de un trágico enlace, el de Jasón y Medea, que mató a sus hijos para vengarse de su marido cuando este la repudió para casarse con Creúsa -a la que también asesinó- y acceder al trono de Corinto.

– ¡Cómo! – exclamé, sin preocuparme de quienes me rodeaban -. ¿Es lícito poner tan impunemente ante la vista de una joven novia en el primer paso que da en su país el ejemplo de la boda más espantosa que se ha celebrado jamás? ¿Acaso ninguno de los arquitectos, decoradores y tapiceros franceses comprende que las imágenes representan algo, que influyen sobre los sentidos y la sensibilidad, que generan impresiones, que suscitan presentimientos?

El joven Goethe describe muy bien el compromiso y la responsabilidad del artista, y parece profetizar el terrible destino de la pareja real, cuyas cabezas rodaron veintitrés años más tarde a los pies de la Revolución Francesa, en nombre de la República. También se dio cuenta de otra cosa, no menos importante: a la gente, en general, no le cuesta nada quedarse con la forma y desconectar del fondo, no importa de qué cuestión se trate, pública o privada, convirtiendo este absurdo proceder en una regla universal de conducta, de consecuencias imprevisibles, con frecuencia trágicas. “La estupidez” -porque de eso se trata- “es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás”, escribió Voltaire, unos pocos años antes. Aquel día a Goethe le dolió la inteligencia y se indignó, hasta el punto de que sus amigos tuvieron que calmarle, no sin esfuerzo. Afortunadamente, no lo consiguieron, se hubiera quedado sin estímulos para seguir trabajando.

Dejé el libro a un lado, me levanté y me acerqué a la ventana, con la esperanza de ver la luna. Daarjeling se levanta en una ladera empinada y mi hotel estaba en la parte alta, de manera que había que trepar para alcanzarlo. La vista debía ser magnífica, pero yo no lo sabía todavía. Cuando llegué, la tarde del día anterior, el angosto valle estaba cubierto de una fina capa de niebla llorona que no nos había abandonado. A Goethe se le considera el padre del Romanticismo, un movimiento cultural que nació como reacción al Barroco. La burguesía frente a la rancia aristocracia. El lujo desbordante frente al sentimiento desbordado. A un exceso de forma, como el rococó, los románticos opusieron un exceso de fondo y en ese contexto acuñaron el término “genio”, que ha hecho fortuna, sobre todo en sentido literal, porque muchos artistas han sabido sacarle réditos importantes. Volví a la cama, defraudado, porque ¿qué hay más romántico que una noche de luna llena en una terraza en la cima del mundo? Pero ella no acudió a la cita. En el fondo no está mal, porque suena desgarrador. “Los artistas intentan equilibrar la balanza para que la condena de la humanidad sea lo más leve posible”, anoté, en mi cuaderno de viaje. Ya era un romántico. “A eso le llaman inspiración, quizás sea porque para ellos es tan necesario como respirar”.

segundo intento

Este es el equivalente indio-tibetano-nepalí del Burger King que hay en el área de servicio de La Selva, en la autopista AP7, entre Girona y Barcelona. Está entre Daarjeling y Kalimpong, en la falda del Himalaya, y pasé por allí en 1996. El pico más alto del fondo es el Kanchenjunga, de más de ocho mil quinientos metros de altura. El local ocupaba una superficie de dos por dos metros y sobraba espacio, porque la terraza era inabarcable, iba de Afganistán hasta China, pasando por Sikkim, un pequeño reino -actualmente es un estado de India- para el que saqué un visado en Daarjeling que finalmente no utilicé, pero que guardo con cariño, porque me costó una mañana entera conseguirlo. Parece que lo estoy viendo ahora mismo: una callejuela empinada, un edificio destartalado, una bandera que parecía una alfombra, una oficina pequeña, atiborrada de papeles, y dos funcionarios muy meticulosos nadando en un mar de celulosa amarillenta, como sus rostros, macilentos, por efecto de los años, la humedad y la mala ventilación. Estas dos jóvenes sonrientes, en cambio, tenían un aspecto saludable y atendían su negocio con diligencia. Los viajeros hacían un alto en el camino para degustar sus raviolis picantes en un ambiente acogedor, con unas vistas incomparables. Una de ellas, la mayor -la otra era casi una niña, probablemente su hija, o su hermana pequeña- me preguntó a qué me dedicaba, en mi país de origen. I´m an artist, le dije. No creo que entendiera lo que quería decir. Tampoco es fácil de explicar. Sonreímos.

Sus rasgos eran tibetanos, o nepalís, no sé distinguirlos, aunque me consta que son diferentes. Recuerdo un rostro agradable, bien dibujado, que coronaba un cuerpo pequeño, compacto, de un bonito color pardo, y el brillo de su mirada, que me pareció perspicaz. El pelo, negro azabache, lo llevaba parcialmente cubierto con un pañuelo azul. La primera decisión importante que tuve que tomar cuando dejé la adolescencia, me habría gustado explicarle, para tratar de concretar algo, fue elegir entre libertad y anhelo de pertenencia, y abracé el hippismo. Sabía que por aquella ruta transitaban hippies desde hacía muchos años y quería formar parte de algo que a ella pudiese resultarle familiar. Quizás el arte tenga algo que ver con la libertad, después de todo, en cualquier caso fue la única actividad que se me ocurrió para empezar a vivir la vida lo más lejos posible de los convencionalismos sociales, que en aquella época eran asfixiantes. ¡Tardaría años en explicárselo! La bohemia fue una buena coartada, continué mentalmente, en inglés. ¿Cómo se dice coartada? ¿Excuse? Bohemia lo dije en francés. En realidad no dije nada, claro, me limité a sonreír, una vez más, y ella me correspondió.

Este es un capítulo volátil, desprovisto de intelectualidad y rigor filosófico, pero con pretensiones. O sea, lo que viene a ser un poema. O un dibujo, como el que encabeza este relato. Sin él, no habría historia, ni memoria, ni poema. Cuando pienso en un rincón del mundo al que me gustaría volver, uno cualquiera, me acuerdo de Sikkim, donde nunca estuve, por lo que difícilmente podré volver, y recuerdo estas luminosas sonrisas y me pregunto qué habrá sido de ellas. Sikkim simboliza algo, todavía no sé qué. Un lugar remoto, para el que tengo un permiso de acceso que nunca he utilizado. Esa es la frase que mejor resume mi búsqueda.

Salgo del estudio y caminamos hacia el norte, de cara a la tramontana, que sopla con fuerza moderada. A las perras no parece que les moleste el viento, que peina y despeina su pelo largo y, en el caso de Miss Brown, enmarañado. Molly lo tiene lacio. Una es un garabato encantador, la otra es la elegancia, un poco melancólica, de una archiduquesa rusa, con una pincelada oriental, pues tiene una raya negra dibujada en torno a los ojos que realza la expresividad de su mirada, que es, ya lo he dicho, un poco triste. Además de la compañía y del placer de verlas disfrutar finjo que hablo con ellas, pero lo hago conmigo mismo. Soy un buen auditorio. Algunas veces se me ocurren pensamientos profundos y originales, que luego se desvanecen. Acabo de descubrir el truco de enviarme mensajes de voz a mí mismo por whatsapp, de esta manera no necesito buscar una sombra para escribir en el móvil una nota que no quiere ser escrita. Quiere evaporarse. Irse, al bosque de los genios, donde juegan con las reflexiones de los humanos y se ríen de ellas hasta que se les saltan las lágrimas. Esta vez evito la frustración y declamo, entre susurros de ráfagas de viento: “Yo entiendo la calidad de una obra de arte por la cantidad de verdad que contiene, si no hay verdad no hay calidad, el compromiso ético del artista es consustancial. Y también lo relaciono con la afirmación de George Steiner, que dice que toda obra de arte es crítica por definición”.

Ahí es nada. ¿Cómo definir la calidad? La tentación de relacionarla con la ética es irresistible, para mí, pero no sé si es una proposición acertada. Mi tendencia natural, como la de Miss Brown, es pensar que todo el mundo es bueno y a partir de esta frágil premisa que cada uno haga lo que pueda con su talento, si lo tiene, y si no, casi mejor, que haga felices a los que le rodean y salga a caminar en días radiantes como el de hoy, entre campos de colza de un amarillo insolente, rodeados de flores de todos los colores, entre las que destacan, por su poética prestancia, las amapolas. Esta de más decir que son las flores preferidas de Molly. El artista sufriente, parece decirme, tiene el alma desgarrada por el desamor y la injusticia, pero me disculparás, porque me ha parecido ver un conejo entre aquellas encinas y mi instinto me pide ir tras él. Cuando me enteré del tipo de persona que era Gauguin empecé a ver su obra con otros ojos, aunque hacía algún tiempo que sospechaba algo. Lo mismo me pasó con la misoginia de Picasso y con la belleza de las palabras de Chillida, cargadas de poesía, como las de Leonard Cohen. En un sentido o en otro, me interesa el compromiso del artista con la ética, hasta el punto de creer que influye decisivamente en la calidad de su trabajo.

Las perras han cazado algo, grito, doy palmadas, lo sueltan, es un topillo que corre aterrorizado, le va la vida en ello, no me obedecen, grito más fuerte y por fin lo dejan en paz, lo dejan vivir. ¿Cómo encajo eso en mi discurso? ¿No fue el instinto lo que motivó a Gauguin? No sé distinguir entre inspiración, instinto y pulsión. No sé dónde está la verdad, pero sí sé -me parece que oigo carcajadas entre los árboles del bosque, que queda ahora a mi izquierda, mezcladas con palabras de consuelo de un duende que acaricia al topillo- que cuando una obra de arte no me gusta es porque no hay verdad en lo que he visto, oído o leído.

Foto Maria Alzamora

Maria Lluïsa Borràs, comentando una Bienal de Venecia de los años noventa, escribió que aquella enorme y variopinta exposición representaba la visión que tenían los artistas del mundo en el que vivían. Creo recordar que utilizó la palabra metáfora. Supongo, y eso es una apreciación muy personal, que se refería a que aquellas obras mayoritariamente absurdas, surrealistas, chirriantes, en el peor y más banal de los sentidos, ruidosas, obvias, predecibles, provocadoras, cuando ya nada es capaz de conmovernos, ni siquiera centenares de frágiles embarcaciones atiborradas de gente desesperada cruzando el mar Egeo, huyendo de la guerra de Siria, eran un reflejo en el que la sociedad podía mirarse y tal vez reconocerse. Si el liberalismo es una estafa, porque tiene poco de libertad y mucho de dominación, si el sistema capitalista es inhumano, porque basa su estrategia mercantilista en robar a los pobres para dárselo a los ricos, si los socialistas son monárquicos, el poder judicial es dependiente del poder político y financiero y todos los políticos, sin excepción, son corruptos, porque aceptan las prebendas del cargo sin someterlas a debate, a pesar de saber que son injustas y que alimentan un agravio comparativo de proporciones siderales con el resto de la población trabajadora, ¿por qué habría de extrañarnos que su reflejo artístico, plasmado en esos delirantes pabellones feriales, sean un fraude colosal? A la estupidez responden con estupidez, al engaño con engaño, y todos contentos.

Hay otra sociedad, pero está en la periferia, lejos de los focos mediáticos; hay otros artistas, pero nadie los conoce todavía.

El cangrejo ermitaño se protege el abdomen, que es muy vulnerable, con una caracola, que es lo que queda de un animal muerto, que vivió antes que él. Chantal Maillard se apresura a explicar que el ermitaño no es la caracola, a pesar de las apariencias.

El ermitaño no es la caracola, como tampoco el poema es la poesía. El poema es aquello a lo que apunta el decir diciendo. El poema es el eco, por eso cuando las palabras o los versos con el tiempo se endurecen y pierden su sentido es preciso decir de otro modo, con otro ritmo; cuando la concha en la que habita el ermitaño se le queda pequeña, o se deteriora, el animal busca otra más apropiada. A lo largo de su vida cambia de habitáculo con frecuencia. Así es como el poema atraviesa la historia.

El poema es el eco, dice Chantal Maillard, la obra de arte es un reflejo de la sociedad donde se ha gestado, dice Maria Lluïsa Borràs; yo, mirando algunas de esas obras contemporáneas, me tapo los oídos para no verlas.

El señor Pritchard se tocó nerviosamente las gafas.

– Ah, entiendo.

Volvió la cabeza hacia Juan, y la luz se reflejó sobre sus gafas de modo que en lugar de ojos tenía dos espejos. Su mano extrajo velozmente el reloj del bolsillo del chaleco. Abrió una pequeña lima de uñas de oro y pasó rápidamente la punta por debajo de cada una de sus uñas. Echó un vistazo a su alrededor y le sobrevino un pequeño estremecimiento de incertidumbre. El señor Pritchard era un hombre de negocios, presidente de una empresa de tamaño mediano. Nunca estaba solo. Sus negocios los llevaban grupos de hombres que trabajaban todos igual, pensaban todos igual y hasta se parecían unos a otros. Almorzaba con hombres como él mismo, que se reunían en clubes para impedir la entrada a elemento o idea ajena alguna. Tenía su vida religiosa también, en su club y en su iglesia, y tanto una como la otra estaban vedadas y protegidas. Una noche a la semana jugaba al póker con unos hombres tan idénticos a él que las partidas resultaban bastante igualadas, dato este que tenía convencido a todo el grupo de ser jugadores de un gran nivel. Adondequiera que fuese, no era un hombre solo, sino el miembro de una empresa, de un club, de una asociación, congregación o partido político. Sus pensamientos e ideas no se veían sometidos nunca a la crítica, pues de forma deliberada se relacionaba solo con aquellos que eran como él. Leía un periódico escrito por y para su gente. Los libros que entraban en su casa eran escogidos por un comité que suprimía cualquier material que pudiera irritarle. Detestaba a los extranjeros y a sus países porque en ellos era difícil encontrar a sus iguales. No quería destacar dentro de su grupo. No le habría disgustado llegar a la cima del mismo y ser admirado por ello, pero nunca se le habría ocurrido abandonarlo. En las ocasionales despedidas de soltero en las que unas chicas desnudas bailaban encima de las mesas y se sentaban dentro de enormes copas de vino, el señor Pritchard aullaba de risa y bebía vino, pero había otros quinientos señores Pritchard allí con él.

“El hombre es esencialmente estúpido”, pienso, mientras levanto la vista de El autobús perdido, de John Steinbeck, para fijarla en la pantalla del televisor, donde un anciano de aspecto venerable, vestido con camisa blanca, americana oscura y pantalón claro, habla de un libro epistolar que acaba de salir al mercado. Pasea por su barrio barcelonés, diría que está en el límite del Ensanche; la calle Trafalgar, quizás, o Ronda Universitat. Este escenario es importante para él, para el locutor, para el entrevistador, para la gente que lo mira al pasar y sospecho que también para los que están a este lado de la pantalla, y yo no me creo que la vida sea eso: un cruce de cartas entre iguales.

Trato de cambiar de registro y cojo el periódico, porque me resulta más fácil de compaginar con las noticias de la televisión, que ahora giran en torno a la pandemia y su enésima oleada, tras una Semana Santa en la que la gente ha abandonado su aislamiento con una inconsciencia absoluta, pero comprensible, y una determinación implacable. Me detengo en una crítica literaria, firmada por Alexis Racionero: “Batchelor defiende la tesis de que la meditación y el retiro al interior tienen sentido en la medida en que contribuyen a que nos convirtamos en el tipo de persona que aspiramos a ser”. Todo lo que tiene que ver con la reivindicación de lo individual frente a lo colectivo despierta mi interés, de manera que sigo leyendo: “Ralph Waldo Emerson, en su ensayo Confianza en uno mismo (1841), afirmaba que es muy fácil vivir en el mundo conforme a las opiniones de este o hacerlo en soledad, con las opiniones propias”. No sé si el señor Pritchard entendería eso. “El reto es ser capaz de conservar la perfecta dulzura e independencia de la soledad en medio de la multitud”. Bella rúbrica, Alexis.

Dejo la transcripción del texto en suspenso y me dirijo hacia la mesa de dibujo. Es muy grande, muy baja, por ella han pasado todos mis proyectos en los últimos treinta o cuarenta años. En mi largo abandonar la pintura de estos últimos cuatro o cinco estoy experimentando algo: pintar con los ojos cerrados. Me coloco frente a la cartulina de metro por setenta y cierro los ojos, empuño el carboncillo, palpo los bordes del papel, inspiro, espiro, aspiro y empiezo a dibujar, tratando de entender la oscuridad como si esta no existiera, porque tengo una imagen en el cerebro, que trato de plasmar. Luego abro los ojos e interpreto lo que veo. Me reconozco, también en la ceguera. Y me sorprende. Estoy en la antesala de la nada, en el comienzo de todo. He visto esta madrugada, antes de venir al estudio, un fragmento de una conferencia de Chantal Maillard, en internet, y decía que la nada y el todo son la misma cosa. Rafa Teja, por su parte, solía decir que barroco y minimalismo vienen a ser lo mismo. Cerrar los ojos a la experiencia plástica es morir un poco.

Trato de no ser como el señor Pritchard, pero no es fácil.

Trato de no ser estúpido, pero es condenadamente difícil.

Tengo un título para un libro, Elogio del fracaso, pero es tan bueno que me da miedo que el contenido no esté a su altura. Hace unos meses empecé a leer un libro que está teniendo un éxito espectacular: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Las primeras páginas saciaron todas mis expectativas, son maravillosas; luego no tanto, pero quizás sea cosa mía. Otro, de Siri Hustvedt, se podría resumir entero en su primera frase: “Las declaraciones de los artistas sobre su propia obra son fascinantes porque nos revelan algo acerca de lo que creen estar haciendo”. En ambos casos se trata de logros importantes, que no están al alcance de cualquiera.

Estoy dando palos de ciego, estoy dibujando con los ojos cerrados.