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Echo de menos aquella sensación de tiempo suspendido en el aire de las primeras semanas de confinamiento. Nunca pensé que escribiría esto. Aquel silencio me recuerda cuando vine al Ampurdán para quedarme, hace más de treinta años, sin más compañía que los restos de un naufragio sentimental y los bolsillos vacíos. No conocía a nadie en la zona, no tenía teléfono, ni televisión, lo que en aquel momento era en cierta manera heroico, tampoco llevaba reloj y nunca sabía en qué día de la semana vivía, como durante el confinamiento. A veces me enteraba porque me llamaba un amigo de Barcelona para venir a verme, suponía entonces que se acercaba un week-end. La llamada se dirigía a una centralita que había en Borrassà, el pueblo vecino, regentada por una mujer que lo sabía todo de todos, de ahí pasaba a una tienda de Ordis y ellos venían a buscarme. Sicilia años cuarenta. Y parece que fue ayer. Acuñé frases -”Soy pobre en dinero, pero millonario en tiempo”-, adopté otras, como esta de Rabindranath Tagore: “Si no responden a tu llamada, camina solo, camina solo”, y decidí dedicar mi tiempo a la acción y la contemplación. La pintura y la playa. La pobreza no ayudó. El frío tampoco. La pobreza me ayudó mucho, me hizo abrir los ojos, el frío también, no hay quién duerma si tienes que achicar agua de madrugada, en pleno invierno, porque la tormenta es más fuerte que tú. Escribí esto, en junio de 1980: Las playas nudistas son más respetuosas con la intimidad que las otras, en las que hay pocos límites y en hora punta el hacinamiento es indecoroso. El sol acaricia mi cuerpo sin protección. Fumo un cigarrillo de aroma inconfundible. La marihuana es dulce. El mar está tranquilo. El agua, fría. Mis vecinos más cercanos son una pareja de unos treinta años. Ella lee en la orilla con un sombrero de paja y gafas oscuras. Les envidio porque se tienen el uno al otro. Pasan por delante suyo dos parejas de mediana edad que hacen el recorrido entre Ampurias y los campings de Sant Pere Pescador, chapoteando alegremente como adolescentes. Parecen alemanes, o holandeses. Ellas llevan bikinis de colores que resaltan su bronceado: blanco nuclear y verde fosforescente; ellos bragas náuticas de colores oscuros y rayas deportivas laterales. Uno de ellos ríe sonoramente, con la carcajada típica del que posee un BMW. Me doy la vuelta y trato de concentrarme en mi libro. “El interés negativo se tornó positivo, no a resultas de un sólo suceso, sino más bien porque todo lo demás -el arte, la ciencia, la literatura, los placeres del pensamiento y de las sensaciones- terminaron por parecerme insuficientes. Uno llega a un punto en el que se dice, incluso al pensar en Beethoven, al pensar en Shakespeare: ¿Eso es todo?”. Huxley es exigente. Levanto la vista y miro la pared blanca y deslucida que se levanta en el lindero de la playa, perteneciente a un cobertizo de los de guardar cosas, y la ventana enrejada de la que caen racimos de geranios cansinos, tan abrumados por el peso del sol como lo estoy yo de mi condición de hombre adscrito a un sistema tan descorazonador. Trato de concentrarme de nuevo en la lectura, pero mi cerebro todavía está discutiendo con el tipo del BMW. George Steiner dice que lo importante es ver y comprender. Es obvio, pero no es tan fácil ponerlo en práctica. En el mundo del arte contemporáneo es muy frecuente ver y no entender nada y la frase más repetida por los pasillos de sus templos es “usted es que no entiende”. Eso no es tan obvio. Me baño. Tengo un hambre voraz.

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Hoy he leído un artículo de Sira Hernández, pianista y compositora, sobre Nina Simone, una leyenda del jazz que iba para pianista de música clásica -amaba a Bach por encima de todas las cosas-, pero la segregación racial de su país se lo impidió. Pero no es eso lo que más me ha llamado la atención, aunque sin duda es lo más relevante, sino cuando escribe “bisnieta de esclavos”. Me preocupa la bisnietura, cada vez más, a medida que voy avanzando en la senda de mi compromiso con el legado familiar, pero no sé gestionarlo, porque no es importante. Ser Nina Simone y ser bisnieta de un esclavo sí lo es. Tiene una categoría impresionante.

¿Qué más se puede añadir a esto? ¿Qué sentido tiene… todo? Jesse Owens humilló a Hitler y sus atletas arios en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, pero cuando regresó a Nueva York tuvo que volver a subir al autobús por la puerta trasera, reservada a los de su raza. Tommie Smith y John Carlos alzaron su puño enguantado en el podio de los 200 m lisos de México 68 y fueron expedientados. Carlos había olvidado sus guantes en la Villa Olímpica y Peter Norman, el australiano que quedó segundo en aquella inolvidable carrera, que simpatizaba con los ideales de sus compañeros, le sugirió llevar el guante izquierdo de Smith. Ahora John Carlos recibe honores, mientras el COI dicta normas para que aquel gesto no pueda repetirse.

La vida es aquello que ocurre entre dos interrupciones.

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Foto Maria Alzamora

Algunos días llego al estudio por la mañana temprano con una idea clara en la cabeza de lo que tengo que hacer: pintar, dibujar, seguir estudiando un sueño de acero de diez metros de altura, continuar un texto en el que llevo algunos días trabajando, añadiendo algo que se me acaba de ocurrir mientras caminaba con Molly y Miss Brown, poco antes de empezar la jornada, o escribir un mail que me parece importante, pero no es frecuente. Lo habitual, cuando abro la puerta del cuarto de jugar, es tener todas esas posibilidades a la vez, por lo que antes de nada debo poner un poco de orden en el caos.

No escribo ficción. Es una manera de hablar, naturalmente, porque los textos autobiográficos son pura fantasía -eso venía pensando mientras caminaba esta luminosa mañana de principios de verano-. La única manera de transmitir verdades es contando mentiras, lo saben los poetas y lo decía V de Vendetta: “Los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos lo hacen para ocultarla”. Escribo en mi nuevo ordenador Mac, en un teclado pequeño, coqueto, acabo de pasarme de PC a Mac y he abandonado un teclado enorme, de color crema, desleído, que me ha acompañado desde el principio de la era electrónica. Sólo me obedecía a mí. Suena Another Brick in The Wall, de Pink Floyd, una y otra vez, en bucle, porque se me ha estropeado el iPod. La música me envuelve y la letra penetra en mi cuerpo por ósmosis, al ritmo sincopado de una acústica espectacular, el punteo de una guitarra eléctrica que tira de palanca, como el pianista de pedal, y unos coros infantiles brutales. Todo eso es objetivamente cierto, como la golondrina que se ha colado en mi estudio hace unos minutos y no encontraba la salida. Ha acabado acorralada entre una cortina transparente, de lino blanco, y el cristal de un ventanal. La he cogido con mucho cuidado -no es la primera vez que lo hago-, sujetándola con firmeza con las dos manos y la he llevado hasta el descansillo de la escalera metálica que da acceso al patio. He percibido su alivio cuando se ha echado a volar. Eso es mentira, no ha sucedido hoy, pero ¿qué más da?

Yo mismo he escrito una biografía, Suite Albéniz, hablando más de mí que de mi ilustre antepasado, aunque negué esa evidencia hasta hace poco tiempo. A lo máximo que llegué es a decir que había escrito una no-biografía, una expresión que ni siquiera era mía, la tomé prestada de un artículo periodístico que salió en la prensa madrileña al día siguiente de la presentación del libro, en junio de 2016. No creo en las biografías. En su autenticidad. Suite Albéniz es un libro. Punto. En uno de sus capítulos transcribo esta anotación del 14 de septiembre de 1880, del diario de viaje del joven Isaac, el que hizo a los veinte años por media Europa en busca de Liszt, a quien ansiaba conocer: “Lo que he pasado en París no he querido contarlo por no acordarme de lo mucho que he sufrido; basta decir que he estado a punto de acabar con la vida”. Ahí está la verdad que busca el autor: en lo que no está escrito.

La biografía de referencia del compositor nacido en Camprodón es Isaac Albéniz: retrato de un romántico, de Walter Aaron Clark, doctor en Musicología por la Universidad de California y profesor de esta materia en la de Kansas, un especialista en música clásica española; sin embargo, cuando acabas de leer mi libro, de ciento cincuenta páginas, estás más cerca de compositor que después de saberlo todo de él, según la versión de este ilustre académico, que ha necesitado cuatrocientas páginas para acabar su retrato.

Llevo varios meses leyendo Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk. Aunque no entiendo nada, me tiene enganchado lo que no dice. Wittgenstein es contemporáneo de Freud y Monk apenas habla de la sexualidad de su biografiado, ni de su vida sentimental. Tampoco se detiene el tiempo que se merece en el acto más revolucionario de su vida: su renuncia, a los veintiocho años, a una herencia impresionante, que repartió entre tres de sus hermanos: Helene, Hermine y Paul, el pianista, con la única condición de que nunca se la devolvieran, bajo ninguna circunstancia. Me recuerda a Grigori Perelman, el matemático ruso que en 2010 renunció al premio de un millón de dólares otorgado por el Instituto Clay de Matemáticas, de Cambridge, Massachussetts, por haber resuelto la Conjetura de Poincaré. Grisha vivía con su madre en un apartamento pequeño, humilde, en alguna ciudad de Rusia, pero estaba enfadado con la comunidad científica por su falta de ética, después de que algunos colegas intentaran apropiarse de su trabajo. Wittgenstein pasó de ser uno de los hombres más ricos de Europa a ser un hombre pobre y se fue a dar clases en una escuela elemental de un pequeño pueblo perdido en los Alpes austríacos, llamado Trattenbach. Desde este remoto lugar mantenía correspondencia con Bertrand Russell, entonces profesor invitado en el Universidad de Pekín, y John Maynard Keynes, el economista más influyente del siglo XX. Quiero decir que Ludwig Wittgenstein sabía perfectamente dónde y con quién vivía, pero lo hizo: le tocó la lotería y renunció al premio.

The Wall es una metáfora de la sociedad capitalista a la que pertenecemos. Wittgenstein y Perelman aprendieron que es esencialmente egoísta e injusta y trataron de eludir sus efectos nocivos, que son incalculables, refugiándose en la filosofía y la ciencia, donde en algún momento se creyeron a salvo. Yo también creí que el arte era un refugio seguro. No lo es. El iPod grita Hey! Teacher! Leave them kids alone! por enésima vez, persiguiendo la misma verdad que buscaba yo esta mañana por los caminos de los alrededores del estudio. Hoy he aprendido que para acercarse a ella antes debes renunciar.

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Vuelvo con Wittgenstein, no con su pensamiento, que sigue siendo inescrutable para mí, sino con su entorno, que me tiene fascinado. Empezando, ya lo he dicho antes, con la increíble paradoja de escribir un libro sobre lógica, ética y metafísica -el Tractatus Logico-Philosophicus- en las trincheras de la I Guerra Mundial, a la que se alistó voluntario en el ejército austro-húngaro, participando activamente en un conflicto tan estúpido como cualquier otro. Una guerra que le enfrentó, además, al país que acabaría siendo el suyo: Inglaterra, porque murió siendo ciudadano británico.

Llego a la página 267 -es una proeza- y me encuentro con el nombre de Martin Heidegger,

San Agustín, Heidegger, Kierkegaard… no son nombres que uno espera escuchar en una conversación acerca del Círculo de Viena, a no ser como objeto de improperios. La obra de Heidegger, por ejemplo, era utilizada frecuentemente por los positivistas lógicos para proporcionar ejemplos de lo que querían decir al hablar del absurdo metafísico: lo que ellos pretendían condenar al cubo de la basura de la filosofía.

otro personaje asociado a grandes contradicciones. ¿Será la paradoja el hábitat natural de la filosofía? A Heidegger se le vincula al nazismo y a Hannah Arendt, lo que es tanto como juntar un felino y un venado en un cercado y esperar que se hagan buenos amigos. El caso es que eso fue exactamente lo que sucedió. Él era profesor en la universidad de Freiburg y ella una de sus alumnas -judía, por más señas-, y entre temarios académicos y discusiones filosóficas intimaron hasta el extremo de mantener una apasionada relación amorosa; clandestina, porque él estaba casado. Este hecho es ampliamente conocido, pero creo que no se le da la importancia que se merece, también en el terreno de las ideas. Sólo imaginándolos bailando, estrechamente abrazados, sin salirse de una baldosa, en una habitación de un hotel perdido en mitad de ninguna parte, expresando con sus cuerpos emociones que están más allá de la palabra, puedo entender que mantuvieran el contacto después de la guerra, a pesar del inmenso abismo ideológico que les separaba. El Holocausto, nada menos. Su correspondencia, con algunos altibajos, duró medio siglo, entre 1926 y 1975, año en el que ella murió. De la inmensidad de aquellos abrazos surgió aquella dependencia emocional, teñida de intelectualidad.

Tampoco hablaré del pensamiento de estos dos filósofos -a Arendt no le gustaba esa palabra; me solidarizo con ella, a mí no me gusta la palabra artista-, pero no puedo evitar pensar que a lo mejor ahí está también el germen del concepto de “la banalidad del mal”, que acuñó Hannah Arendt mientras cubría el juicio de Adolf Eichmann en Israel, en 1961. Ella siempre mantuvo que la responsabilidad colectiva debía primar sobre la individual, sin que eso cuestionara en modo alguno la culpabilidad de Eichmann, el burócrata que cumplía órdenes sin cuestionarlas, al que se utilizó también con fines políticos y propagandísticos, además de jurídicos, en la recién creada justicia universal en favor de los derechos humanos. Estos matices la enemistaron con muchos de sus colegas académicos y literarios, partidarios de apoyar sin reservas la causa de Israel. A lo mejor tuvo algo que ver el recuerdo de su antiguo profesor, convertido en amante, quizás para siempre, lo que le daba una perspectiva que los demás no tenían.

Hannah Arendt escribió profusamente sobre el totalitarismo, Martin Heidegger trató de justificarlo, como Unamuno, pero fueron aquellos encuentros clandestinos entre dos cuerpos acariciados por la brisa, que entraba por la ventana abierta, meciendo las cortinas, vaporosas, de muselina, los que contribuyeron a configurar la personalidad de ambos y, por consiguiente, la de su obra, porque en los artistas -no encuentro otra palabra- vida y obra se confunden.

El mal existe, vivimos rodeados de gente que justifica los excesos del totalitarismo y de líderes que tratan de blanquearlo, no hace falta remontarse a mediados del siglo XX. El amor también.

En el principio fue el verbo, nadie sabe qué verbo.

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Hace muchos años, en el complicado período que va de la adolescencia a la juventud, acuñé una frase -apuntaba maneras, pero era exagerado y romántico hasta la exasperación- que decía así: “Prefiero morir en la calle que vivir prisionero de mis miedos”. Era sólo eso, una decena de palabras que mostraban más fragilidad que fortaleza. Intentaba infundirme ánimos, como ahora, con la pandemia coleando. Cuando la escribí, no sé dónde, quizá sólo en la memoria, acababa el colegio o empezaba una carrera universitaria, corría en moto, leía El lobo estepario y Rayuela, Hesse y Cortázar, quería salir de la ciudad, vivir en el campo, pensar distinto, ser poeta -a mi manera, sin palabras-, quería vivir.

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Es desconcertante. El confinamiento le ha robado la primavera a un buen amigo mío, escultor, que ha sufrido una mala versión del virus, mientras que la gente que vive en grandes ciudades la ha descubierto en su ciudad, para su sorpresa, con la alegre algarabía de los pájaros y la belleza de los parques sin jardineros municipales. Los que vivimos en el campo la hemos disfrutado cada día, cada minuto, exultante, pero sin voces, sin coches -hay un rumor incesante que proviene de autopistas y carreteras, imperceptible, pero no tanto como creíamos-, sin bicicletas y sin aviones surcando el cielo. Hemos descubierto un poco avergonzados que la naturaleza se las arregla perfectamente sin nosotros. De hecho, es más feliz. Ahora ha vuelto el ruido y estamos a las puertas del verano, pero nadie lo diría. Llueve y es una sensación otoñal. Dios se ha equivocado de paleta, ha perdido la de Matisse y ha cogido la primera que ha encontrado, una de Corot, gris. Y ha vuelto el fútbol. En silencio.

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Detrás de la foto pone sólo mi nombre y “Ciudad de los Muchachos”. Ni fecha, ni el nombre de la competición, nada más. Debe de ser de principios de la década de los 70 y aquel Trial discurría por caminos y senderos que llegaban desde el lugar que lleva el nombre de Ciudad de los Muchachos, en Collserola, donde estaba la salida y llegada, hasta Sant Feliu de Codinas. Los moteros tenemos una memoria prodigiosa para estas cosas. Yo, que en la vida civil tengo la memoria justa para pasar el día, como dijo en cierta ocasión la actriz Candela Peña en una entrevista, recuerdo partes del recorrido como si la carrera se hubiera disputado hace unos días. Esta zona, por ejemplo: después de este giro a la izquierda venía uno hacia la derecha, más suave, pero muy empinado, cuesta arriba, lo que unido a lo resbaladizo del terreno hacía temer lo peor. De ahí mi cara de preocupación. Entre nosotros, estaba aterrorizado; cerré los ojos (es una manera de hablar) abrí gas a tope y me encontré milagrosamente en lo alto del desnivel, ileso.

Cuarenta años más tarde encuentro la foto en un rincón de mi estudio, de mi memoria, y recuerdo con precisión quirúrgica aquel momento, justo antes de jugarme el físico, que entonces me acompañaba con generosidad. Me intrigó lo de Ciudad de los Muchachos. Es un nombre cuanto menos curioso. Leo en internet que La Ciudad de los Muchachos era un orfanato que acogía a chicos -no chicas- huérfanos o en riesgo de exclusión social, como se dice ahora, fundado en 1951, en pleno franquismo, siguiendo el modelo creado por el padre Flanagan en Omaha, Nebraska, en 1917. Spencer Tracy interpretó al padre Flanagan en el cine, y yo preocupado por si el neumático trasero tendría agarre en el momento de abrir gas. Según los testimonios de antiguos residentes, lo que tenía que ser un paraíso de inclusión social se convirtió en una pesadilla de malos tratos, abusos y disciplina militar nacional-católica, cuatro palabras que, juntas, dan más miedo que cualquier repecho embarrado.

Me ha impresionado leer mi nombre y, al lado, Ciudad de los Muchachos. Otra vida.

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“Si os preguntan qué señal del Padre hay en vosotros, responded: es un movimiento y una quietud”, evangelio apócrifo de Tomás, 2006

Hace unos días, a s´hora baixa, me llamó José Luis Pascual para decirme que nuestro amigo Jaime García Antón se estaba muriendo. Era cuestión de horas, quizás de minutos.

Siempre digo que yo trabajo para muy poca gente, aunque me alegra que sean muchos los que disfruten de mi obra. El feedback es un instrumento de trabajo muy importante, para mí, y el de Jaime tenía una calidad especial. Sin ser del todo consciente, buscaba su aprobación. Echaré mucho de menos sus comentarios sobre lo que pintaba y lo que escribía, dos aficiones que compartíamos, hasta el punto de que llegaron a definirnos como personas. La última vez que hablé con él fue poco antes del confinamiento; me llamó desde Valencia para hacerme un favor que no le había pedido. Estaba más contento que yo.

Jaime tenía un sentimiento de justicia social muy arraigado -también compartíamos eso-, algunas de sus mejores pinturas tienen esta temática, como la que está colgada en el vestíbulo de la casa de Manel Álvarez, una de mis preferidas, que representa una portada del Hola! en la que aparece un policía nacional de la época franquista, un gris, en actitud amenazante. Tiene una estupenda mala leche y la dosis perfecta de humor, porque su sentido del humor era (¡qué difícil es hablar en pasado!) legendario, dejando para la posteridad expresiones antológicas, como estar borracho de Coca-Cola, “me estoy fumando encima” o “tú que sabes inglés, pásame la sal, anda”.

Recuerdo que coincidimos en un funeral (!) y le comenté que en estas ocasiones siempre me viene a la cabeza una expresión de Joan Capri: “Quin joc més bèstia!”. Es la proposición filosófica más profunda que he oído nunca. Le encantó.

Sí, querido Jaime, quin joc més bèstia!

almacén 29 julio 2009

“La demencia en el individuo es algo raro; en los grupos, en los partidos, en los pueblos, en las épocas, es la regla”. Nietzsche

Sigo con Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk. Un hueso. Wittgenstein, Russell, Frege, Moore, una generación de pensadores mítica, marcada por las guerras europeas del siglo XX. ¿Cómo pudieron dedicar su vida al estudio de la lógica, la ética y la metafísica y, al mismo tiempo, abrazar causas patrióticas incoherentes? En 1914 la mayoría lo hizo con un entusiasmo sorprendente, excepto Bertrand Russell, que sufrió represalias por mantenerse fiel a sus ideales pacifistas y fue expulsado del Trinity College de Cambridge, además de cumplir seis meses de cárcel. Sus compañeros abrazaron la causa patriótica y se alistaron, bien para combatir a Alemania, el imperio austrohúngaro e Italia, o, si estaban del otro lado, contra Francia, Inglaterra y Rusia. Wittgenstein se alistó voluntariamente en el ejército austríaco y pidió con insistencia que lo trasladaran al frente ruso, donde acabó recalando y se distinguió por su valor. De locos. Bueno, lo estaba, un poco, pero sin un triste ataque de lucidez que le permitiera comprender que aquella guerra entre imperios en decadencia, cuando no de cartón piedra, era estúpida. Costó más de quince millones de vidas y mientras se perpetraba esa carnicería inútil, estos eminentes filósofos se cruzaban apasionadas cartas -a través de la neutral Suiza- en las que daban cuenta de sus progresos en materia de lógica (!).

Los hombres no van a la guerra para defender a su patria. Los hombres quieren morir y, si eso no es posible, matar, pero les da aprensión el suicidio y tratan de evitar la cárcel. Dios, Patria y Rey legitiman el crimen organizado, lo alientan, lo justifican y lo glorifican. Estos falsos principios morales son la excusa perfecta para que el hombre muestre su peor cara, disfrazada de principios más elevados, como nobleza y lealtad. Hombres y mujeres entran en éxtasis y declaran su amor a su país, al mismo tiempo que exhiben una xenofobia histérica frente a un hipotético adversario, porque no hay amor apasionado sin un buen oponente. El patriotismo es un sentimiento agresivo. Un patriota está dispuesto a dar la vida por Alemania porque ha nacido en Bonn o en un pueblo de la Selva Negra, pero si lo hubiera hecho en Katmandú, Lima o Manchester sólo cambiaría el nombre del objeto de su deseo. Él quiere morir, quiere matar, no importa a quién, no importa de parte de quién.

Keynes, el economista más influyente del siglo XX, el economista que nunca ha pasado de moda, escribe a Wittgenstein en 1915: “Espero que ya te hayan hecho prisionero y estés a salvo”. No sé cuánto hay de ironía y cuánto de inteligencia emocional en estas palabras, a lo mejor sólo es humor británico. En la misma carta le informa que ha ofrecido sus servicios al gobierno de su Majestad, en materia financiera, que Russell ha dejado la filosofía, después de publicar un nuevo libro, y que Moore y Johnson siguen con ella; Pinset todavía no se ha alistado y Békássy está en su ejército (el de Ludwig) y Bliss en el suyo. Un Barça-Madrid a lo bestia.

Un soldado voluntario del imperio austrohúngaro escribe a su antiguo profesor y colega británico y le pide que vele por su legado filosófico, en el caso de que muera en combate. Este acto tan incongruente lo protagoniza un pensador que después de la guerra publicará un libro que acaba con esta famosa frase: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. Wittgenstein estuvo cinco años en el ejército y le costó adaptarse a la vida civil, como a tantos otros, y siguió llevando el uniforme de un ejército que ya no existía durante muchos años. Es el valor de la imagen lo que da sentido al sinsentido. Como Michael Jackson disfrazado de Michael Jackson, así se paseaba Wittgenstein por la Viena de la posguerra, antes de trasladarse definitivamente a Inglaterra, donde murió en 1951, en Cambridge, nacionalizado británico.

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Llegamos a Tanjore, procedentes de Madrás y Pondicherry, al mediodía. El taxista nos dejó en un hotel y le dimos dinero para que se buscara alojamiento, sabiendo que, como la noche anterior, dormiría en el coche. En India no se alquila un coche para viajar, se pide un taxi. Basta con levantar la mano y el conductor te ofrece el mundo entero sin pestañear. Unas semanas antes, en Calcuta, el taxista con el que cruzamos el Howrah Bridge, un puente que cruzan cada día más de un millón de personas, se enteró que íbamos a volar al día siguiente a Siliguri, para desde ahí subir a Daarjeling y Kalimpong, en la frontera con Sikkim, con el Kanchenjunga de fondo, y se ofreció a llevarnos en su vehículo. Fue difícil convencerle de que no disponíamos de tanto tiempo. Dejamos nuestras mochilas y nos dirigimos al gran templo amurallado Brihadisvara, el centro neurálgico de Tanjore, que estaba a rebosar de gente que nos sonreía al vernos pasar. Creo que aquel día éramos los únicos europeos en el templo. Unos jóvenes universitarios, altos y esbeltos -luego supimos que jugaban en una liga universitaria de baloncesto-, se ofrecieron a acompañarnos y nos mostraron las maravillas que sucedían en cada uno de los subtemplos que forman parte del recinto. Interiores oscuros y misteriosos, a la luz vacilante de las velas, que olían a incienso y especies; había uno, lo recuerdo perfectamente, en el que al entrar tenías que hacer ruido, dando palmadas o carraspeando sonoramente, porque el dios que lo habita es un poco sordo.

Los taxis son también lugares para la revelación mística. Después del periplo a la sombra del Himalaya, viajamos en tren desde Siliguri a Benares y al llegar a la estación, con un retraso de doce horas -en serio, el trayecto era de diez horas y tardamos veintidós- cogimos un taxi para ir al centro y al poco tiempo el taxista detuvo su vehículo en el arcén, compró una guirnalda de flores a un vendedor ambulante, la pasó alrededor de una colorida estampa que tenía en el salpicadero y nos aclaró, con una sonrisa relumbrante: “She´s God”.

El recinto monumental era espectacular, pero lo más atractivo, desde todos los puntos de vista, era la gente. No te cansabas de mirar. Anochecía y la magia del lugar recibió una nueva iluminación, más favorecedora, y corrió la brisa, que suavizó el calor tropical, y se fue apoderando de nosotros una paz lánguida e intemporal. Sentados en el borde de una amplia tarima de piedra, escuchamos a nuestros anfitriones explicar las ventajas del matrimonio concertado, que es más complejo de lo que parece. Mientras veíamos como un elefante colocaba la trompa encima de la cabeza de los parroquianos que pagaban por ello, porque da buena suerte, nos explicaron que sus madres y hermanas les buscaban parejas compatibles, con amor y con la cabeza, no sólo con amor, como hacemos nosotros, los occidentales, y todos tenían derecho a rechazar propuestas, pero esperaban con ilusión conocer a las candidatas. Tal como lo explicaban era algo parecido a una cita a ciegas. Aseguraban que sus matrimonios duraban más que los nuestros y ante aquella aseveración callamos, respetuosos. Era una discusión retórica, que nos ayudó a pasar la velada.

En Bombay, a punto de coger el avión de regreso a Europa, cogimos, cómo no, un taxi para ir desde el aeropuerto hasta el centro. Acabábamos de volar desde Madurai para hacer el enlace y disponíamos de unas horas. No pudimos dejar las mochilas y las bolsas con las compras de última hora en la consigna porque por alguna razón no estaba operativa, pero el taxista, un sij, se ofreció a dejarlas en el maletero de su coche y regresar a la hora pactada, las cinco, para ir de nuevo al aeropuerto. No lo conocíamos de nada, pero llevábamos viajando por India varias semanas y confiamos en él. Anotamos su número: Mumbai 1755, y entramos en el hotel Taj Mahal, que está al lado de la Puerta de la India, para tomar un té y visitar sus interminables vestíbulos. A la hora prevista nos plantamos delante de la entrada principal y el conserje, que parecía un mariscal de campo con uniforme de gala, nos preguntó amablemente si queríamos un taxi y por primera vez nos cuestionamos si nuestra decisión había sido correcta, pero rápidamente recordó que nos había visto llegar -conocía a todos los taxistas de Bombay- y nos tranquilizó: “Seventeen double five? No problem!”.