El señor Pritchard se tocó nerviosamente las gafas.

– Ah, entiendo.

Volvió la cabeza hacia Juan, y la luz se reflejó sobre sus gafas de modo que en lugar de ojos tenía dos espejos. Su mano extrajo velozmente el reloj del bolsillo del chaleco. Abrió una pequeña lima de uñas de oro y pasó rápidamente la punta por debajo de cada una de sus uñas. Echó un vistazo a su alrededor y le sobrevino un pequeño estremecimiento de incertidumbre. El señor Pritchard era un hombre de negocios, presidente de una empresa de tamaño mediano. Nunca estaba solo. Sus negocios los llevaban grupos de hombres que trabajaban todos igual, pensaban todos igual y hasta se parecían unos a otros. Almorzaba con hombres como él mismo, que se reunían en clubes para impedir la entrada a elemento o idea ajena alguna. Tenía su vida religiosa también, en su club y en su iglesia, y tanto una como la otra estaban vedadas y protegidas. Una noche a la semana jugaba al póker con unos hombres tan idénticos a él que las partidas resultaban bastante igualadas, dato este que tenía convencido a todo el grupo de ser jugadores de un gran nivel. Adondequiera que fuese, no era un hombre solo, sino el miembro de una empresa, de un club, de una asociación, congregación o partido político. Sus pensamientos e ideas no se veían sometidos nunca a la crítica, pues de forma deliberada se relacionaba solo con aquellos que eran como él. Leía un periódico escrito por y para su gente. Los libros que entraban en su casa eran escogidos por un comité que suprimía cualquier material que pudiera irritarle. Detestaba a los extranjeros y a sus países porque en ellos era difícil encontrar a sus iguales. No quería destacar dentro de su grupo. No le habría disgustado llegar a la cima del mismo y ser admirado por ello, pero nunca se le habría ocurrido abandonarlo. En las ocasionales despedidas de soltero en las que unas chicas desnudas bailaban encima de las mesas y se sentaban dentro de enormes copas de vino, el señor Pritchard aullaba de risa y bebía vino, pero había otros quinientos señores Pritchard allí con él.

“El hombre es esencialmente estúpido”, pienso, mientras levanto la vista de El autobús perdido, de John Steinbeck, para fijarla en la pantalla del televisor, donde un anciano de aspecto venerable, vestido con camisa blanca, americana oscura y pantalón claro, habla de un libro epistolar que acaba de salir al mercado. Pasea por su barrio barcelonés, diría que está en el límite del Ensanche; la calle Trafalgar, quizás, o Ronda Universitat. Este escenario es importante para él, para el locutor, para el entrevistador, para la gente que lo mira al pasar y sospecho que también para los que están a este lado de la pantalla, y yo no me creo que la vida sea eso: un cruce de cartas entre iguales.

Trato de cambiar de registro y cojo el periódico, porque me resulta más fácil de compaginar con las noticias de la televisión, que ahora giran en torno a la pandemia y su enésima oleada, tras una Semana Santa en la que la gente ha abandonado su aislamiento con una inconsciencia absoluta, pero comprensible, y una determinación implacable. Me detengo en una crítica literaria, firmada por Alexis Racionero: “Batchelor defiende la tesis de que la meditación y el retiro al interior tienen sentido en la medida en que contribuyen a que nos convirtamos en el tipo de persona que aspiramos a ser”. Todo lo que tiene que ver con la reivindicación de lo individual frente a lo colectivo despierta mi interés, de manera que sigo leyendo: “Ralph Waldo Emerson, en su ensayo Confianza en uno mismo (1841), afirmaba que es muy fácil vivir en el mundo conforme a las opiniones de este o hacerlo en soledad, con las opiniones propias”. No sé si el señor Pritchard entendería eso. “El reto es ser capaz de conservar la perfecta dulzura e independencia de la soledad en medio de la multitud”. Bella rúbrica, Alexis.

Dejo la transcripción del texto en suspenso y me dirijo hacia la mesa de dibujo. Es muy grande, muy baja, por ella han pasado todos mis proyectos en los últimos treinta o cuarenta años. En mi largo abandonar la pintura de estos últimos cuatro o cinco estoy experimentando algo: pintar con los ojos cerrados. Me coloco frente a la cartulina de metro por setenta y cierro los ojos, empuño el carboncillo, palpo los bordes del papel, inspiro, espiro, aspiro y empiezo a dibujar, tratando de entender la oscuridad como si esta no existiera, porque tengo una imagen en el cerebro, que trato de plasmar. Luego abro los ojos e interpreto lo que veo. Me reconozco, también en la ceguera. Y me sorprende. Estoy en la antesala de la nada, en el comienzo de todo. He visto esta madrugada, antes de venir al estudio, un fragmento de una conferencia de Chantal Maillard, en internet, y decía que la nada y el todo son la misma cosa. Rafa Teja, por su parte, solía decir que barroco y minimalismo vienen a ser lo mismo. Cerrar los ojos a la experiencia plástica es morir un poco.

Trato de no ser como el señor Pritchard, pero no es fácil.

Trato de no ser estúpido, pero es condenadamente difícil.

Tengo un título para un libro, Elogio del fracaso, pero es tan bueno que me da miedo que el contenido no esté a su altura. Hace unos meses empecé a leer un libro que está teniendo un éxito espectacular: El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Las primeras páginas saciaron todas mis expectativas, son maravillosas; luego no tanto, pero quizás sea cosa mía. Otro, de Siri Hustvedt, se podría resumir entero en su primera frase: “Las declaraciones de los artistas sobre su propia obra son fascinantes porque nos revelan algo acerca de lo que creen estar haciendo”. En ambos casos se trata de logros importantes, que no están al alcance de cualquiera.

Estoy dando palos de ciego, estoy dibujando con los ojos cerrados.

Los artistas, en general, prefieren la gloria hoy a la eternidad mañana. Esta frase es tan buena que debería ser de un clásico, pero es mía, o quizás la leí hace muchos años y se me olvidó la fuente. El Pacto de Fausto siempre ha gozado de buena salud, pero es un poco triste porque cambiar el éxito de ahora mismo por una hipotética y poco probable trascendencia en el futuro es ir contra el orden natural de las cosas: no se dedica uno a la cultura para hacerse rico y famoso. “El hombre que sólo tiene dinero es muy pobre”, ese es otro aforismo que debería llevar una firma más ilustre que la mía. Escribo en la cama, desvelado, en pleno ataque de lucidez, pero sé muy bien que cuando salga el sol estos pensamientos perderán fuerza y la mayoría se desvanecerán, arrastrados por el viento; que, por cierto, sopla con fuerza. Mi habitación da al norte, de donde viene la Tramontana, y escucho sus ráfagas, sus silencios, sus furias y sus caricias aterciopeladas. La mayoría de los grandes triunfadores de la historia del arte son perdedores en tiempo real.

Finalmente me rindo a la evidencia de que la noche va a ser larga y me levanto, resignado, pero decidido, me visto, me preparo un café americano muy caliente y salgo a la calle. El tramo que hay desde mi casa al estudio es de apenas veinticinco metros, pero se me hace largo, el viento es frío y encoge el ánimo, que no va sobrado. Subo la escalera metálica y tengo que agarrar con fuerza el pasamanos, porque en el descansillo, frente a la puerta, estoy muy expuesto. Entro apresuradamente y enciendo la luz en un único gesto, aprendido, automático. No escucho el habitual revuelo de faldas recogidas para ir más deprisa y volver a sus bastidores, ni palabras suspendidas en el aire, no cojo a nadie desprevenido y las meninas, los héroes y los dameros están exactamente donde los dejé ayer, al atardecer. Sus tertulias secretas se producen en noches serenas, con la sonrisa fácil y el verbo suelto; cuando los elementos se desatan permanecen prudentemente en silencio, esperando momentos más propicios.

Extiendo encima de la gran mesa de trabajo una corta serie de grabados que he decidido transformar en originales, trabajándolos encima con carboncillo y pintura acrílica, de manera que la base es idéntica pero cada uno de ellos es diferente. Pienso en una exposición que está haciendo mi hija en la Fundación Vila Casas, titulada El gest mínim. Me quedo con la primera palabra: el gesto. Cada artista tiene uno, sólo uno, mientras finge tener varios. El asterisco de Miró, la geometría difusa de Rothko, la muñeca de Pollock, la cruz de Tàpies, el dibujo del movimiento de una mano de Chillida, que inspiró toda su obra, el perfil estilizado de Giacometti o el cuadrado blanco de Malévich. El mío es también un cuadrado, o un cubo, que contiene una menina, a veces un héroe anónimo, o una silla, o un color rojo sobre un fondo índigo caligrafiado. Todo eso pasa por mi cabeza mientras observo las diferencias que hay entre unos papeles que una vez fueron idénticos y ya no lo son. Al cabo de un rato me siento delante del ordenador y empiezo a describir la historia de esta noche, que no es como las demás. Pongo a mi izquierda el bloc donde anoté aquellos aforismos, tengo curiosidad por saber si aguantarán: “Los artistas, en general, prefieren la gloria hoy a la eternidad mañana. Esta frase es tan buena que …”

[segundo intento]

La lógica existencial militar se basa en la obediencia de obligado cumplimiento, un concepto difícil de entender y fácil de aplicar, para el que empuña el arma. Todos los militares deben obediencia a sus superiores y la escala jerárquica no se acaba nunca. El soldado es el primer eslabón de la cadena y el primer galón, aquel que le hace por primera vez merecedor de obediencia por parte del resto de la tropa, es sencillo, de color rojo, discreto, pero llevar este distintivo lo convierte en cabo. Y el siguiente -estamos en la base de la pirámide- es idéntico, pero dorado, y lo convierte en cabo primero. “El hábito es el monje”, escribió Lacan, a partir de ahí empieza el baile de verdad: sargentos, oficiales, jefes, generales y dios nuestro señor: emperador, rey o presidente. Desde las alturas las cosas se miran con más preocupación de lo que pudiera parecer a primera vista, porque los amos del universo saben que la institución está por encima de ellos mismos. La norma, en todos los casos, es ser servil con los superiores y despiadado con los inferiores. Esta es la lógica del Ejército, la más ilógica de las sociedades humanas y, quizás, la más poderosa.

En 1876, en Montana, las tribus lakota, cheyennes y arapajó se reunieron para parlamentar, preocupados por los excesos del hombre blanco, encarnados en aquel momento por un general llamado Georges Armstrong Custer, que estaba al mando de un pequeño ejército que respondía al nombre de Séptimo de Caballería. Después de largas deliberaciones, decidieron atacar. La mayoría se apuntaron a la batalla, pero hubo clanes que prefirieron no participar. Y no lo hicieron. Y no fueron estigmatizados por ello. La libertad de elección estaba en el orden natural de las cosas y por lo tanto era sagrada y respetable, y aquellos clanes abandonaron la región a mediados de julio, antes de que comenzara la batalla, que tuvo lugar los días 25 y 26, cerca del río Little Bighorn. Los indios ganaron, pero acabaron perdiendo la guerra, porque tenían frente a ellos a un ejército disciplinado, sin fisuras, sin facciones disidentes ni discursos morales, una perfecta máquina de represión colectiva y anulación individual. Esta es la naturaleza de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, entonces y ahora. Da miedo hasta escribirlo.

Un siglo más tarde, a principios de verano de 1975, me faltaban pocos días para acabar mi servicio militar obligatorio cuando viví una escena que se me quedó grabada para siempre en la memoria. Ahí sigue, intacta, con toda su carga dramática, como un buen guión a punto de ser rodado de nuevo. San Roque, donde estaba mi regimiento, está muy cerca de Algeciras, desde donde salen los ferrys que van a Ceuta, la puerta de África, donde estaba acuartelada la Legión, que es algo así como el Séptimo de Caballería del ejército español. Aquel día yo entraba de guardia, un servicio que duraba veinticuatro horas. Una de las primeras obligaciones del sargento de guardia era ir a los calabozos, pasar lista y ordenar zafarrancho, o sea, limpieza general. Siempre había algunos legionarios entre los internos, porque los calabozos del regimiento acuartelado en Algeciras no daban abasto y los distribuían por los cuarteles más cercanos. Lo habitual es que estuvieran ahí por contrabando de grifa, que es como ellos llamaban a la marihuana, aunque también podían haber cometido delitos más graves. Los demás arrestados eran soldados de reemplazo y estaban ahí por faltas menores, por lo que se intentaba no mezclarlos. Aquella luminosa mañana estival una de las celdas estaba ocupada por dos cabos legionarios, uno mayor, de pelo blanco, y otro joven, moreno. Sacaron las camas al patio -eran unas literas metálicas livianas-, y limpiaron hasta el último rincón de la celda, hombro con hombro, con precisión obsesiva. Veinticuatro horas más tarde, repetimos la operación con el suboficial que debía relevarme. Al abrir la puerta me sorprendió que el cabo de más edad luciera galones dorados -luego me explicaron que durante el día había recibido el nombramiento del ascenso y le había faltado tiempo para cambiarse los galones-, y les ordené que procedieran. El joven, como cada día, se puso en un extremo de las literas y le pidió con un gesto a su compañero que le ayudara, sujetándolas por el otro lado, para sacarlas al patio. Entonces el recién ascendido cabo primero se encaró al cabo y le cruzó la cara con la mano abierta, derribándolo brutalmente contra las literas, que cedieron con estrépito; acto seguido, como si se tratara de un ballet perfectamente ensayado, se giró hacia mí, se cuadró, como hacen los legionarios, entrechocando los talones haciendo un ruido seco, fuerte, me saludó con la mano derecha, mientras la izquierda pegaba en el muslo en el mismo instante en que los talones se encontraban, redoblando el impacto sonoro, y exclamó, con la barbilla alzada, mirando al firmamento: “¡A sus órdenes, mi sargento!”. El cabo, por su parte, se levantó inmediatamente, con la mejilla ardiendo, y también se cuadró, oteando el infinito. Las cosas habían cambiado. Todo sucedió en pocos segundos. Más de cinco, menos de diez. Nosotros, la guardia, entrante y saliente, nos quedamos petrificados, pero yo llevaba ya diez meses en el Ejército y algo había aprendido. “Procedan”, dije.

Casi medio siglo más tarde, en 2021, tras un año de pandemia y con la primavera en el horizonte -hoy he visto la primera amapola-, contemplo con estupor el auge de la extrema derecha en las democracias occidentales y busco en el pasado respuestas que no encuentro en el presente. Por ahí en medio, no sé si antes o después de mi desventurada experiencia militar, leí esta definición del militante de partido político, de 1984, de George Orwell:

… un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo único preciso es que exista un estado de guerra. La desintegración de la inteligencia que el partido necesita de sus miembros y que se logra mucho mejor en una atmósfera de guerra, es ya casi universal, pero se nota con más relieve a medida que subimos en la escala jerárquica.

La vida es un continuo ir atando cabos.

Hoy me ha llegado por correo electrónico este dibujo de 1996, de una casa de subastas de Valencia, para que certificase su autoría. Me ha encantado volver a verla, después de tantos años, y les he dicho que sí, que es mía, para abreviar. Debería añadir que cuando salen del estudio se emancipan y ya sólo dependen de si mismas.

Ya ni me acuerdo de la última escultura que hice con Pere Casanovas, en su taller de Mataró. Entre las crisis colectivas y las personales se nos ha ido el tiempo. Me refiero sobre todo a la pandemia y a la crisis creativa que llevo arrastrando los últimos años, pero también a todas las demás; a veces pienso que la vida es una crisis ininterrumpida, con fugaces destellos de inspiración. Hace unos días retomé un viejo proyecto, titulado La casa del poeta, y decidí realizarlo. No importa que ahora no sea el mejor momento para hacerlo, nunca lo es, para los que vivimos en la periferia, pero es precisamente ahí donde ocurren las cosas más interesantes. “He dejado de pintar, Pere, ya no tengo nada más qué decir”. Entonces no pintes, me responde, sin vacilar. Si quisiera podría seguir pintando eternamente, por los siglos de los siglos, tengo recursos, oficio, nadie hace mejor los alzamoras que yo, pero no añadiría nada nuevo a lo que ya he dicho. Tengo la sensación de que mi mejor momento ha pasado. El mejor Tàpies es el matérico, que realizó en el ecuador de su vida creativa, el mejor Clavé el de los reyes, el mejor Málevitx el suprematista y el mejor De Chirico el metafísico, en todos los casos muy lejos de su última producción. Miguel Ángel esculpió La pietà a los veinticinco años. El mejor Paul Auster no sé cuál es, ¿La trilogía de Nueva York?, ¿El palacio de la luna?, ¿La invención de la soledad?; el mejor Cercas es posible que sea el de La velocidad de la luz. ¿Y Paul McCartney? He dicho y oído decir muchas veces que es una lástima que Albéniz y Granados murieran tan jóvenes, a los 48 años, ¿qué hubieran sido capaces de hacer si el tiempo hubiese sido un poco más generoso con ellos? Es bonito pensar que hubieran estado a la altura de Iberia y Goyescas, que el primero habría completado con éxito su trilogía artúrica y que Granados hubiese encontrado un merecido bienestar económico, que sin duda merecía, pero ¿quién sabe? Bill Evans murió a los 51 años, en su plenitud, y ahí está su música.

“Hay gente que ha sabido morir a tiempo”, dice Pere.

En escultura, en cambio, siento que todavía me queda mucho que decir. La obra en tres dimensiones que quiero hacer es cara, y yo no soy un hombre rico, en consecuencia he podido hacer sólo unas pocas piezas. Esta nueva obra que está empezando a tomar forma en la nave de Mataró es de 1991, al menos la maqueta está fechada aquel año. Es de la serie de la Porta d´Ordis, de 1994, Victoria, que hice para el COI de Lausanne en 1995, La casa del poeta, de Salou, en 2005, y una Dona escala que está en una casa particular en Ibiza. Todas han pasado por las manos de Pere. Quiero volver ahí y estar de nuevo fuera del tiempo, porque la verdad que busco se encuentra en la atemporalidad, no en la contemporaneidad, por eso he regresado a 1991 para fechar una obra de 2021.

A Pere le gusta trabajar con pintores, porque no entienden de escultura. El mejor momento es cuando el artista se va de su estudio, que está junto al taller, dejando una pregunta suspendida en el aire. Entonces empieza la acción. En todos los casos el resultado final lleva su firma, inconfundible, pero sólo para paladares expertos. Hace muchos años Maria Lluïsa Borràs vio la Porta d´Ordis y me dijo: “No sabía que era tuya, pero sabía que la había hecho Pere Casanovas”. La obra que tenemos ahora entre manos es un cubo de metro y medio de arista realizado con un perfil cuadrado de aluminio. Dentro del cubo habita el poeta, en una casa aparentemente vacía, sin paredes, suelo ni techado; en uno de los batientes está dibujado un perfil femenino, con dos curvas enlazadas. Simboliza la inspiración. La casa del poeta es transparente, siempre; acogedora e inhóspita, depende del día que haga.

Tengo tantas posibilidades de pasar a la historia del arte como cualquiera. Kieffer, Barceló, Koons, Lita Cabellut y Antonio López no son mejores artistas que yo. No se entra en este selecto círculo por cotización y cantidad de obra, sino por criterio, calidad y oportunidad. Leonardo da Vinci, Velázquez y Vermeer tienen muy poca obra, Picasso y los expresionistas abstractos americanos demasiada, y hasta hace poco era condición indispensable ser hombre. También ayuda que alguien se fije en ti, desde otro lugar, a ser posible intelectualmente excitante, como Ali Smith reivindicando, como quién no quiere la cosa, la obra de Pauline Boty, en un libro extraño y envolvente titulado Otoño. No entender eso es abrazar la fe del mercado, olvidarse del criterio personal e identificar la historia del arte con el arte contemporáneo, y jamás han ido de la mano. Insisto, porque es importante: nunca la contemporaneidad ha escrito la historia del arte, por eso suelo decir que el arte -se entiende el que se está haciendo ahora mismo- está en todas partes, excepto donde nos dicen que está. Una aseveración inspirada sin duda en estas palabras de Paul Claudel: “la poesía está en todas partes, excepto en los malos poetas”.

Lo pensaba el sábado por la tarde, mientras entregaba en mi estudio una menina, firmada en 2008, a unos clientes, pero no llegaron a formular ninguna pregunta comprometedora y nos ahorramos la respuesta. Otras veces he tenido que explicarlo, escogiendo muy bien mis palabras, para no parecer arrogante. Me gustaría explicárselo a un coleccionista que hace muchos años que quiere que le regale una obra, o más de una, me lo ha propuesto de mil maneras diferentes, dice que me interesa estar en su colección; por lo visto no soy lo suficientemente bueno como para gastarse el dinero, pero tampoco quiere quedarse con las manos vacías. Me resulta un poco insultante, la verdad, aunque sé que no es su intención ofenderme. Otro, dueño y señor de una colección muy particular -sólo adquiría obra realizada expresamente para él-, murió hace poco tiempo sin que llegáramos a un acuerdo, a pesar de que empezamos a hablar del tema en 1979 -no exagero, era mi segunda exposición, lo recuerdo muy bien-. ¿Esperaba que se lo regalase? El caso es que creo que no. Nunca sabré la respuesta. Los nuevos propietarios de la menina de 2008 estaban muy contentos. Yo también, viéndola salir de casa, con trece años cumplidos, dispuesta a comerse el mundo.

Paul Claudel pone el dedo en la llaga, porque ¿qué es arte, en realidad? Si tuviera que escoger una respuesta ahora mismo describiría la escena de unos niños y adolescentes paraguayos, que viven en una favela construida sobre un enorme vertedero de basura, tocando violines y violonchelos fabricados con deshechos, y suenan bien, maravillosamente bien, porque les va la vida en ello. Pero en aquel momento, en el estudio, arte éramos también nosotros. Una obra de arte es aquella que te hace mejor persona, sólo la poesía es capaz de hacer eso. Y la música.

el puente más bello del mundo

En algún lugar entre Puri y Konarak, en la provincia de Orissa. Detrás de los árboles está la carretera, donde dejamos el todo terreno, para acercarnos a esta aldea de pescadores, con una laguna, que sorteamos atravesando este maravilloso puente. Delante mío tenía la playa, las barcas y el golfo de Bengala. El Océano Índico. El centro del mundo civilizado. Cuando empezamos a creer que era el Mediterráneo, ellos ya estaban allí, mirándonos con curiosidad. Sin malicia alguna. Ahí siguen.

Después de Goya, 1977

A las seis y media de la mañana hacía una temperatura agradable, aquella mañana de abril de 1975. Franco agonizaba en Madrid, mientras yo enfilaba la recta final de mi servicio militar obligatorio, en el Campo de Gibraltar. Entré en el cuerpo de guardia, recogí un casco blanco, con las iniciales VM claramente visibles en el frontal, y un correaje del mismo color, con pistola y cartuchera. Dejé mi gorra en una taquilla y fui a presentarme al oficial de Vigilancia Militar. “Buenos días, sargento, ¡cuánto tiempo sin verle!”. Exactamente diez minutos, habíamos venido juntos desde el apartamento que compartíamos, en una urbanización llamada Santa Margarita, a quince minutos en coche del Pavía 19, nuestro regimiento, que estaba ubicado en San Roque, en la provincia de Cádiz, y tenía jurisdicción en La Línea de la Concepción. Nuestra primera misión fue ir a la frontera de La Línea con Gibraltar para izar la bandera; al atardecer la arriaríamos, con un nudo en la garganta, al son de un melancólico toque de corneta. El trayecto entre las dos localidades es corto, no llega a diez kilómetros, recuerdo que en aquella época se veían algunos cohetes, a un lado de la carretera, que formaban parte de un grupo operativo que llamaban Grupo SAM. Los misiles estaban desplegados de aquella manera tan visible para amedrentar a los ingleses. Oí decir que eran de fabricación americana, pero sólo se podían lanzar si nos daban un dato de tiro, que se reservaban, por si se nos ocurría -es una manera de hablar, a mí no se me ocurría nada- atacar a uno de sus aliados. Inglaterra, por ejemplo, por lo que aquella estrategia intimidatoria tenía algo de vodevil. En aquella época la frontera estaba cerrada, con carácter indefinido, y el escenario desierto, pero cumplimos con nuestro cometido, saludando a la bandera hasta que ondeó en lo más alto del mástil. Un avión comercial pasó a escasos metros por encima de nuestras cabezas; el aeropuerto de Gibraltar empieza prácticamente en la playa.

Luego le pedimos a nuestro conductor que nos llevara a Santa Margarita y regresara al cuartel. Dejamos la artillería encima de nuestras camas respectivas, junto con el resto de parafernalia militar, nos pusimos el traje de baño, cerramos la puerta con llave -por las armas- y nos fuimos a la piscina, con un libro bajo el brazo, un radio-cassette con música de Bob Dylan y Pink Floyd y una jarra de té frío. Éramos jóvenes, atractivos y poco aguerridos, y queríamos aprovechar al máximo la feliz coincidencia de que nos hubiera tocado el SV juntos. Recuerdo la voz de Dylan, cansina, hastiada, rota, narrando la historia de Rubin Hurricane Carter, un boxeador negro en un mundo de blancos, acusado injustamente de homicidio, “pero él una vez pudo haber sido el campeón del mundo”. A media mañana nos llegó una nueva misión: detener a un presunto desertor que estaba en su casa, en un barrio de la periferia de San Roque. Víctor se giró hacia mí y me pidió que procediera. Se llama cadena de mando. Luego volvió a sumergirse en la lectura de Octavio Paz, que le tenía literalmente abducido. Malhumorado y un poco inquieto -¿qué era eso de detener a alguien?- me dirigí a mi cuarto y me disfracé de nuevo de Clint Eastwood en Los violentos de Kelly. Mientras me sujetaba el correaje y el arma me miré en el espejo. El uniforme me sentaba bien. Era rubio. Era blanco.

Subí al Jeep, pasamos por el cuartel, recogimos dos soldados armados con cetmes -el Kaláshnikov español-, adscritos aquel día como nosotros al servicio de VM, y enfilamos la calle que se abría frente a nosotros. Estrecha, empedrada, larga, con balcones repletos de macetas de geranios. El blanco encalado de las paredes hacía destacar el colorido de las flores. Luego giramos a la izquierda, en una pronunciada subida, después a la derecha -poco a poco nos alejábamos del mundo civilizado-, culminamos una loma y empezamos a bajar por un camino polvoriento. Las casas cada vez eran más humildes, hasta convertirse en chabolas. Paramos frente a una de ellas, no era la más sencilla, pero no parecía tener más de una habitación y una letrina en el exterior. Empezó a llegar gente, curiosa. Era inquietante estar armado en medio de aquella multitud. El chófer, un veterano, me dijo: “Tranquilo, mi zaento, no paza ná“. “Heredia Heredia, Rafael”, pregunté. Pelo rapado, moreno, ojos oscuros, guapo, parecía tener dieciséis años, pero debía tener dieciocho o diecinueve, si lo habían movilizado. Llevaba un pantalón de chándal gris y una camiseta verde del ejército, nueva. “¡Sus órdenes, mi zaento!”.

Resumiendo, a Rafael Heredia Heredia lo habían destinado a un centro de instrucción cerca de Madrid. Lo pelaron casi al cero -dijo que lloró cuando lo hicieron-, le pusieron un uniforme de color verde y empezó su periodo de instrucción, que debía convertirlo en tres meses en un soldado dispuesto a dar la vida por la patria, al menos durante un año o año y pico más. A las dos o tres semanas le concedieron un permiso, el primero, cogió un autocar y se fue a su casa. No quería volver. “¡Tengo dos hijos, mi zaento!”. Era verdad, ahí estaban, un bebé y un crío de un año o dos, el más pequeño en los brazos de su madre, que también parecía una niña. Todos lloraban. Una mujer, que no parecía mucho mayor que el recluta que no quería ser soldado, que debía ser su hermana, su madre o su suegra -yo ya no me aclaraba con las edades, seguramente era la suegra-, me imploró que no me lo llevara, como si su vida entera dependiera de mí. “Lo siento Heredia, pero la cosa no funciona así”, dije, sin convicción. Mis hombres me miraban, inquietos. Estábamos en un punto muerto. El chaval se negaba a irse y la comunidad le apoyaba. Me dirigí a un hombre mayor, vestido con elegancia: traje negro, camisa blanca, sombrero y bastón con empuñadura de plata, que parecía tener ascendencia sobre los demás. “Mire, tengo que llevármelo, ni él ni yo podemos escoger”. Asintió, comprensivo, pero no hizo nada. Bueno sí, me invitó fumar. Acepté, contraviniendo las normas, para ganar tiempo. “Mis órdenes son dejarlo en el tren de Madrid. Una vez allí le esperará una patrulla de la Policía Militar para llevarlo al Centro de Instrucción de Reclutas de Alcalá de Henares”, recité en voz alta, como un autómata.

“Haremos una cosa” -bajé la voz, para que sólo me escucharan el recluta y el viejo-: “Rafael Heredia, tú no quieres ser soldado, nosotros tampoco, estamos en el mismo barco, aunque no lo parezca. Te pido que te vistas, que cojas el petate y nos acompañes a la estación. Te dejaremos ahí, sentado en el tren, y nos iremos. Puedes bajar por el otro lado, si quieres, o en el apeadero de San Cosme, que está aquí al lado”. Desde donde estábamos se veía la vía férrea. El apeadero no, pero no podía estar lejos. No era una letra de Bob Dylan, no me iban a dar el premio Nobel de literatura por esta canción, pero no encontré nada que se le pareciera más. El viejo asintió.

Lo que acabo de contar no ocurrió en realidad, al menos no del todo; o sí pasó, pero no a mí, a otra persona, que me lo contó después; o pudo ocurrir, porque este tipo de cosas pasaban continuamente. En un artículo antológico, publicado en El País el 23 de febrero de 2001, con motivo del veinte aniversario del 23F, Jacinto Antón explica mucho mejor que yo lo que trato de explicar. La primera frase es insuperable: “El 23F asalté el Congreso, pero fue sin querer”. Y continúa: “Recuerdo alucinado mi imagen reflejada en un gran espejo: el uniforme, las trinchas, los cuatro peines de munición, el subfusil en bandolera y el casco blanco de PM que me bailaba con súbitos temblores, pese a llevar bien apretado el barbuquejo. Parecía lo que no era. Uno de ellos. De los malos. Confiaba ciegamente en que, si empezaban los tiros, las fuerzas de la ley fueran capaces de ver en mi interior”.

Llegué al apartamento justo a tiempo para comer. Estaba satisfecho de cómo había resuelto la situación. Aliviado, sería la palabra exacta. Todo había salido bien. ¿Todo? Aquel día, un fotógrafo de la agencia Magnum captó unas instantáneas en blanco y negro muy buenas, en las que se ve a un escuadrón de la policía militar, con sus característicos cascos blancos, delante de una chabola de un barrio gitano de una ciudad andaluza. En una de ellas, un sargento se encara a un joven indefenso, detrás del cual hay una mujer llorando, con un recién nacido en los brazos, mientras un niño que apenas se sostiene en pie se agarra a su falda. A su alrededor hay mucha gente apesadumbrada, cuando no trágicamente conmovida. Detrás del suboficial hay un vehículo todo terreno y dos soldados armados con fusiles ametralladores, inexpresivos.

L´escala de l´enteniment, dedicada a Ramon Llull

Este texto es una continuación del anterior, que era, a su vez, una continuación del que le precedió, y así hasta el principio de los tiempos, cuando la pintura me escogió y me apartó del hippismo, que había abrazado con convicción, a finales de los años setenta. Me resistí bastante, pero acabé aceptando que sabía pintar y proyectar esculturas, y me puse manos a la obra. Pero antes hice un pacto conmigo mismo: me mantendría contra viento y marea en la intemporalidad, en oposición a la contemporaneidad, aunque me perjudicara. En la adolescencia mi madre me acusaba frecuentemente de tener demasiado “espíritu de contradicción”, cuando quería convencerme de que acatara las reglas del juego, pero estábamos en pleno franquismo y yo acababa de leer On the road, y tenía grabada en el cerebro la frase donde Moriarty dice que “de los griegos para acá todo ha sido mal formulado”. Adoro el recuerdo de mi madre, pero me creí más a Kerouac. Añadí a la ecuación la posibilidad de abandonar mi trabajo en cualquier momento, para relativizar su importancia, sin quitarle trascendencia, que es inherente al trabajo creativo. El caso de Rimbaud es paradigmático, el pozo se secó muy pronto y se dedicó a otras cosas, pero su obra poética sigue ahí, intacta.

Hace un par de semanas aparecieron dos noticias en los dos medios de comunicación escrita más importantes del país que me parecieron relevantes. Miquel Barceló y el trabajo efímero que realizó hace cuatro años en la Biblioteca Nacional de París, dedicado a Ramon Llull, con motivo del séptimo centenario de su muerte, mereció un extenso reportaje en El País Semanal, firmado por Jesús Ruiz Mantilla, y a Yayoi Kusama el Magazine de La Vanguardia le dedicó la portada y dos dobles páginas interiores, con un texto de Teresa Sesé. Barceló es un genio y conviene recordarlo de vez en cuando, no sea que se nos olvide, y Kusama es una estrella del rock&roll, como Basquiat. Una vez más, se habla mucho del autor y poco de su trabajo. Sesé describe con detalle la peripecia vital, emocional y sobre todo psicológica de la artista japonesa, amiga de Yoko Ono, y todo lo demás -la obra- es secundario.

¿De verdad no hay nada más de lo que hablar? ¿No pasa nada, en el mundo artístico? ¿Nadie está exponiendo o haciendo algo que valga realmente la pena? ¿No hay ninguna voz que se atreva a cuestionar la calidad de Barceló, aunque sólo sea por el placer de disentir, y decir que la obra de Kusama y de Jeff Koons es de un kitch insoportable? El debate está cerrado, y ni siquiera ha comenzado.

Aquel mismo día -era domingo y llovía-, vi un episodio de una mini serie documental de Martin Scorsese y Fran Lebowitz en Netflix. En un momento dado, Lebowitz comenta que ya se sabe que en las artes visuales los excesos son la norma, refiriéndose sobre todo a la falta de criterio que asola el panorama artístico contemporáneo. Lo que me llamó la atención es lo de “todo el mundo sabe que”. Estamos hablando de humor inteligente. Esas dos palabras, juntas, son sinónimo de lucidez. La respuesta de Scorsese es brillante: un plano de Christie´s, una de las casas de subastas más importantes del mundo, y un Picasso, una de esas pinturas que hacía compulsivamente, muy reconocible, de buen tamaño, y un director de escena esgrimiendo un mazo en lugar de una batuta. La algarabía propia de una sala de subastas, con el aforo lleno y unos cuantos dealers en un lado, de pie, teléfono en mano, como agentes de bolsa; el silencio repentino cuando el Picasso sube al estrado, las pujas, la satisfacción del director cuando llega a una cierta suma, supongo que han hablado previamente de esa línea roja, los murmullos excitados de la concurrencia cuando se alcanza el millón de dólares y, por fin, el remate, el sonido del martillo golpeando el sobre de madera noble del atril y el aplauso final, atronador. Acogieron la obra en un silencio solemne y ovacionaron el dinero.