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“Para mí, el éxito es ir cada día al estudio con ganas. No perder la ilusión por pintar, incluso si al final resulta que pinto poco. Conozco a muchos pintores que han perdido esa ilusión y que apenas ponen los pies en su estudio. Un mes antes de la exposición, eso sí, se lanzan y pretenden hacer a toda prisa en pocos días lo que tan sólo puede ser fruto de una larga dedicación. Es así como se ha ido produciendo esta imparable decadencia del arte contemporáneo: la mayoría de pintores están más preocupados por la estrategia que tienen que seguir con el fin de que se hable de ellos que por la propia elaboración de la obra…”.

Manuel Lledós, citado por Àlex Susanna en Libro de los márgenes

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Espai Volart2, Fundació Vila Casas, 2016

Construir un país –conciencia de país, quiero decir, lo que parece aún más importante que la propia construcción física o material– prescindiendo de la memoria y de su constante actualización y revalorización, es una operación condenada al fracaso. Hasta que no tengamos claro quiénes han sido nuestros escritores, pintores, escultores, músicos, científicos y humanistas, hasta que no tengamos mínimamente asimilado todo este bagaje patrimonial de la tradición no podemos aspirar a casi nada, entre otros motivos porque tampoco tendremos claro quiénes lo son ahora. (Àlex Susanna, Libro de los márgenes).

Una de las tesis de Suite Albéniz es que culturalmente somos un país pequeño y acomplejado que mira al exterior embelesado y es incapaz de valorar lo que tiene cerca. No sabemos lo que tenemos.

España, a pesar de lo que le cuesta modernizarse intelectualmente, conoce bien a Cervantes, Inglaterra a Shakespeare y Alemania a Goethe, mientras que Cataluña, inmersa en un formidable proceso de reivindicación nacional, podría esgrimir con orgullo a Ramon Llull, un referente intelectual europeo de primer orden, pero le cuesta hacerlo porque no lo conoce. No basta con dar su nombre a calles, plazas, institutos y universidades.

Yo he propuesto una aproximación a la obra de Ramon Llull desde la pintura y la escultura, para entrar en su universo de una manera fácil, y funciona. Lo que no funcionó, cuando lo presenté en forma de exposición en la Fundación Vila Casas en 2016, con motivo del séptimo centenario de su muerte, fue la gestión del proyecto. Insistí mucho en que la universidad estuviera presente, porque es el escenario natural de Llull, pero la Universitat Pompeu Fabra no se implicó, más allá de la inauguración de una escultura en su campus de la Ciutadella y unas fotos con el Conseller de Cultura de la Generalitat. La única excepción fue el texto de presentación del catálogo, firmado por Amador Vega, que dio también una conferencia -magnífica-, un día cualquiera de junio. Pero fueron actos aislados. El rector no puso los pies en el Espai Volart, ni los alumnos, que estaban de exámenes, ni los comisarios, de uno y otro lado (fundación y universidad), y no se organizaron mesas redondas, debates ni actuaciones musicales. Y la exposición no itineró, como estaba previsto. No completó el itinerario Llull: Mallorca, Barcelona, Girona, Montpellier y París, pasando probablemente por Céret. Tampoco viajó a la Universidad de Freiburg, en Alemania, donde está la única cátedra del mundo que se dedica al estudio minucioso de la obra del sabio mallorquín, ni se expuso en el Yorkshire Sculpture Park, como hubiera sido mi deseo.

Con Albéniz y Granados, ¡más de lo mismo!

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La librería +Bernat tiene forma de L y colocaron el piano en el ángulo. Habilitaron la sala más alejada de la calle para el auditorio y me dijeron que podían hacer lo mismo con la otra, si era necesario. Lo fue. Y hubo bastante gente que tuvo que seguir la presentación de pie. Hablé yo primero, aunque debería haberlo hecho Montse, nuestra anfitriona, pero se reservó para el final. Antes de dar paso a Àlex Susanna y Jorge de Persia agradecí públicamente la generosidad de Eduardo Arroyo, el autor de la imagen de la portada, que nos ha dejado hace unos días. Àlex trató de definir la estructura del libro, o la no estructura, acabando su análisis con la insólita conclusión de que se trata de una obra cubista. No es una biografía, obviamente no es una novela, tampoco es un dietario, ¿qué es? También habló de Suite Albéniz, el espectáculo estrenado en Madrid en 2010 con motivo del centenario Albéniz, con Rosa Torres-Pardo tocando la Iberia mientras José Luis Gómez recitaba poemas de Luis García Montero y Eduardo Arroyo ponía la imagen gráfica y la escenografía. Dijo que solo faltaba el libro, que es precisamente lo que yo acabo de hacer. No sabía que formaba parte de este proyecto, aunque empezaba a sospecharlo. De ser así, no puedo más que agradecerlo. Jorge dijo cosas interesantes, como siempre, con voz pausada, marca de la casa, como que la música española (Albéniz, Granados, Falla) no existe: es un invento europeo para tratar de definir un espacio para ubicar a los compositores de la periferia, entendiendo que el centro está en centroeuropa, con Beethoven a la cabeza. O quizás Wagner. Para los austríacos: Mozart. Luis Grané, antes de tocar, nos transmitió su emoción cuando interpreta las obras de los compositores que ama. Cuando lo conocí, el día que se convirtió en el pianista más joven en recibir la Medalla Albéniz en el festival de Camprodón, nos dijo a Teresa y a mí que cuando toca Lavapiés “imagina cosas” para ponerse en situación: esquinas oscuras de calles estrechas, tipos malcarados y navajas; me recordó un comentario de Rosa diciendo que después de escuchar el poema del mismo título del otro Luis, el poeta, no podía tocar esta pieza de Iberia de la misma manera que lo hacía antes.

No recuerdo los detalles de la presentación, estaba demasiado cerca de la presidencia (hay poca perspectiva, debe de ser eso que llaman la soledad del líder), solo que me sentí muy bien arropado. Luego, de camino a casa, siempre pienso en lo que no he dicho, como que las fotos de este libro no son meras ilustraciones, tienen valor narrativo por sí mismas. Y la pregunta que no me hicieron y no respondí: Suite Albéniz es un libro vivo, si merece una segunda edición tendrá nuevos capítulos; ya he escrito dos posibles incorporaciones. También voy recordando algunas cosas de la conversación: hubo crítica a las instituciones, ahí Àlex estuvo particularmente incisivo – sabe de lo que habla -, pero también agradecimiento a los músicos, a los que no se les puede reprochar nada, ¡todo lo contrario! Hablamos de la lírica de Albéniz, esa gran desconocida (estaba en la sala mi primo Julio y no me hubiese perdonado que no la mencionara) y del magnífico texto que José de Eusebio escribió en 1998 para el programa del estreno de Merlín en el Real, del que he transcrito un párrafo en el libro. Y de Money-Coutts, V Barón de Latymer, y el mecenazgo, porque se habla poco de este tema, que es importantísimo. El actual barón me escribió recientemente que lo que más le gustó del libro fue mi exclamación: “¡Pon un Money-Coutts en mi vida!”. Natural.

Aún flotaban el el aire las últimas notas de la música de Albéniz, en definitiva la gran protagonista de la velada, maravillosamente interpretada por Luis, cuando Montse cogió el micrófono y nos agradeció “una noche mágica”.

después de Goya 1977
Después de Goya, 1977

Abandoné Ciencias Económicas cuando estaba a punto de empezar el quinto y último curso. ¿Qué pasó, en realidad, para tirar de esta manera cuatro años de mi vida? ¿Por qué nunca hablo de ello? Creo que ahora, treinta y cinco años más tarde, empiezo a entender las razones de este cambio de rumbo tan brusco. Aquel año terminé el servicio militar y Franco murió pocos meses después en Madrid, rodeado de afecto y reconocimiento; estos datos son muy relevantes porque me afectaron mucho más de lo que pensaba entonces. Abrazar la causa hippie fue un viejo anhelo y también una reacción a lo que había vivido en el Ejército. Acababa de descubrir una faceta del ser humano terrible. Dios, Patria y Rey son los principios ideológicos fundamentales de esta institución, sagrada para muchos (de ahí las mayúsculas), cuando en realidad no son más que buenas excusas para matar, la inmensa mayoría de las veces por intereses particulares, no generales. Al hombre le gusta matar, pero los que son honrados necesitan legitimidad para hacerlo. Fabrican armas, generan puestos de trabajo, legislan, matan y se sienten realizados, porque han nacido para eso. Anteponen estos principios absurdos y deliberadamente abstractos, insustanciales, a los que sí tienen verdadero contenido y sentido ético: lealtad, honor, decencia, bondad, coraje, generosidad, respeto, humildad, solidaridad, empatía, amabilidad, consideración, nobleza, sensibilidad, amor, cultura y belleza.

Como Raimundo Gras y mi padre, cuando volví de la mili yo era una persona muy diferente de la que se había ido. Obviamente no es lo mismo una guerra declarada que una solapada, pero la institución es la misma y los mandos que yo tuve estaban marcados a fuego por la experiencia de la Guerra Civil, ya sabemos desde qué perspectiva. Aquella experiencia sin ninguna duda extrema me reveló una información sobre mi persona que no deseaba conocer, aunque lo sospechara: era un cobarde, porque no tuve el valor de mi amigo Santi Fabré, que se declaró insumiso, cumplió una pena de cárcel y colaboró a que con los años la obligatoriedad del servicio militar desapareciera. También podría haber desertado, antes de empezar, y recuerdo haber iniciado una serie de contactos para encontrar refugio y trabajo en Londres, pero tampoco tuve el coraje suficiente para afrontar los diez años de exilio que esta decisión hubiera acarreado. Descarté provocarme enfermedades físicas o mentales, como hicieron otros, porque me daba pavor. Al final hice lo que se esperaba de mí: milicias universitarias, un apaño de la burguesía para que sus hijos pudieran pasar por ello en mejores condiciones, y me licencié con el grado de sargento. Fui un impostor, mentí todo el tiempo, y lo hice por interés. Estaba avergonzado por mi falta de lealtad, honor, decencia, bondad, respeto y todos esos principios que no me costaba nombrar, pero sí implementar. No había oído hablar todavía de la inteligencia emocional, pero intuí que podía ser una asignatura de quinto curso y sabía que la suspendería. Tenía que purificarme de alguna manera y abandoné la universidad. Era necesario. Acabar la carrera hubiese sido la primera de otra cadena de concesiones que acabarían convirtiéndome en un engranaje más del sistema más perverso que ha conocido la humanidad. Lleva un bonito nombre: liberalismo, pero enmascara algo tan feo como el aforismo que lo define: robar a los pobres para dárselo a los ricos. A mí me explicaron en clase de religión que se peca por acción y por omisión (siempre he pensado que fue un descuido del maestro, que ignoraba el alcance de esta sabia enseñanza); y el pecado de omisión parece todavía más grave que el de acción, porque añade al cóctel de despropósitos una buena dosis de cobardía y egoísmo.

En los márgenes de la sociedad encontré frío y aislamiento, pero también una verdad y un amor diferentes, o al menos así me lo pareció a mí. Haz el amor y no la guerra es otro aforismo que llevo desde entonces prendido en la piel. El hippismo, o lo que fuera que yo amaba, representaba esos valores, esa realidad paralela, esa verdad que necesitaba desesperadamente para encontrar algo de luz en medio de aquella monumental confusión. Mi padre me dijo un día, viéndome alquilar planchas de windsurf en la playa de Ampurias, rozando los treinta años, sin más patrimonio que un cierto talento para la pintura que no sabía rentabilizar y un perro llamado Trancos – que fue un maravilloso compañero -, que consideraba que yo estaba preparado intelectualmente (no utilizó esta palabra, que desconocía) para hacer un trabajo más interesante y productivo que el que estaba realizando. No supe qué responder.

Poco antes de licenciarme leí Enterrad mi corazón en Wounded Knee y aquel libro acabó de trantornarme. Era otra guerra, la de los indios norteamericanos y el hombre blanco, pero era la misma. Recuerdo la perplejidad de los indios tratando de negociar con seres humanos que pretendían poseer la naturaleza con títulos de propiedad impresos en papel. Ellos sacralizaban la tierra y se consideraban con la obligación moral de entregársela a sus descendientes en las mismas condiciones que la habían recibido. Nada más lógico. Uno de aquellos jefes trató de explicarle al oficial que tenía enfrente lo absurdo que era decir “este monte es mío, y el cielo que está sobre él, y el aire que lo abraza, y el río que lo atraviesa, y el desfiladero que lo divide en dos”.

Me cayó encima todo el peso de la culpa de la humanidad. En On the Road, Jack Kerouac pone en boca de Moriarty una frase memorable: “De los griegos para acá todo ha sido mal formulado”. Actué como si fuera cierto.

Estos párrafos, surgidos del capítulo anterior, pero escritos mucho después, son reveladores para mí, pero me cuesta darles estructura. En uno de los borradores, escrito con mano temblorosa en un avión con destino Leeds, escribí estas líneas: este texto tiene que ser veraz, valiente y duro, pero sobre todo tiene que ser poético, porque eso es lo que buscaba en 1975: la poesía.

Invitación Suite Albéniz BARCELONA

Hace muchos años, mi padre, conociendo mi afición a escribir, me sugirió que escribiera una biografía de Isaac Albéniz. Echaba de menos alguna que resaltara el lado humano de su abuelo, que le fascinaba. Le dije que no, sobre todo porque mis conocimientos musicales son muy limitados y me parecían imprescindibles para afrontar un reto de esta naturaleza. Sin embargo en 2016, después de realizar un mural de cerca de cuatro metros de altura en el Museu Isaac Albéniz de Camprodon, un collage fotográfico con 42 imágenes de la vida y el entorno del compositor, surgió de manera natural un relato al que solo le faltaba la palabra.

MOSAIC II (copia)

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Poco a poco, en la anochecida, el mar comienza a rizarse, se encabrita, se embravece, siniestro por momentos, y todo él se convierte, como decía Ausiàs Marc, en una “cazuela que hierve”; estamos cenando en la terraza y el espectáculo nos tiene cautivados. En cuestión de minutos, la tramontana se ha hecho dueña y señora del mar, y aquellas aguas mansas y translúcidas donde hace un par de horas aún nos remojábamos son ahora sacudidas con violencia por un cúmulo de convulsiones internas y golpeadas por los cruentos azotes del viento súbitamente desatado. La tormenta y el temporal duran apenas una hora, pero han transtornado la placidez del verano. Tras la cena, sumergidos como cada noche en la lectura, oímos todavía el fragor de la “cazuela que hierve”… Ese frenesí, ese súbito arrebato de la naturaleza, quizás nos ayude a entender mejor lo que hoy nos quiere decir W.G. Sebald en su libro Los anillos de Saturno: “Toda la civilización de la humanidad, desde sus comienzos, no ha sido más que una ascua que con el paso de las horas se torna más intensa, y de la que nadie sabe hasta qué punto se va a avivar y cuándo se va a extinguir.”

Àlex Susanna / Libro de los márgenes