Noctámbulo, 1980

“… Veamos lo que ha ocurrido, por ejemplo, en la última Bienal de Venecia. La gente se ha reído mucho también. Todos se han reído de todos. Había monstruos por doquier, montajes de vídeos de fútbol, monigotes, instalaciones a cada cual más audaces, fenómenos de feria, fetos (a falta de genios) en sus botellas, pedruscos, chatarra. Como la incapacidad de crear belleza es clamorosa, se ha preparado un discurso sobre la fealdad, y la gente se dedica a hacer cosas feas, a las que da el mismo valor que a las cosas hermosas, porque tiene ya su propia teoría, fabricada a la medida de su limitación. No es probable que nadie quisiera llevarse ninguno de aquellos abortos a su casa, porque con este fin está el Estado, que los compra para sus museos. En cuanto llegan a éstos, tampoco resulta difícil convencer a unos tipos a los que se timará de una forma clamorosa, haciéndoles creer que la modernidad consiste en eso: sostener las juergas de los parásitos.”

Va desnudo y además se ríe, Andrés Trapiello, La Vanguardia, 29/07/2001

Quién crea que Trapiello exagera debería ir a ver la Bienal de Venecia alguna vez. Yo visité la edición del año 2000, acompañado de dos escultoras informalistas y una marchante, veníamos de inaugurar una exposición en la Schlossgalerie Mondseeland, de Mondsee, Austria, y aprovechamos el viaje de regreso a casa, que hicimos en coche, para pasar por Venecia. Éramos un público entregado, pero fue una gran decepción, al menos para mí. En un pabellón había una carrera de karts, es muy significativo que sea lo único que recuerdo del certamen. Como para olvidarlo. El rey va desnudo, que nadie lo dude, y el mercado del arte moderno es un fraude colosal. En mi entorno profesional -es una manera de hablar-, el talento no es imprescindible para conseguir el éxito, aunque ayuda un poco, pero el mercado no lo necesita para alcanzar sus objetivos, que son inconfesables.

Hace frío en el estudio, estamos en enero de 2021, Amanda Gorman ha leído un poema en el Capitolio y el mundo entero hace cola para vacunarse contra el virus. Tengo una mano en el ratón y la otra apoyada en un radiador de aceite. Me cubro la mano izquierda con la manga del jersey -viejo, amortizado, deshilachado-, para no quemarme. El cielo está nublado. He tecleado en internet “Bienal de Venecia” y me han salido unas cuantas, he escogido una al azar: 2016, y ha aparecido ante mis ojos unas maquetas arquitectónicas bellísimas de Zaha Hadid, donde yo esperaba encontrar feísmo caro. No sé cómo serán estas obras a escala 1:1, pero en maqueta son fantásticas. Luego, he escrito “Art Basel”, porque tiene fama de ser la feria de arte más importante del mundo, y lo primero que ha salido es un vídeo de casi tres horas de Art Basel Miami Beach 2019. Bonito título para una camiseta. Lo firma un tal Albert 75 Travel. Veo cosas incomprensibles, dicen que ahí está la gracia, unos cuantos Basquiats asombrosos, vamos a dejarlo ahí, dos Pollocks horrorosos, supongo que de primera época, y muchos Dubuffets y Fontanas, que tengo la sensación de haber visto antes, en otras ferias. Y Miró y Léger, en el stand de Hammer Galleries. En 1982 visité la sede de Hammer en Nueva York, que ocupaba varias plantas de un edificio en el Midtown de Manhattan. En aquella época yo era un joven pintor que se debatía entre el mundo del arte y el hippismo, entre la cultura y la contracultura. Me acompañaba una dealer llamada Gloria Cortella, que me había propuesto una exposición si me quedaba un año en Nueva York. Escribí esta escena en Diario de un outsider, lo que no sé si expliqué entonces es que veníamos de ver una exposición de Francis Bacon en la galería Marlborough, que estaba muy cerca de Hammer Galleries, a cuatro pasos del MoMA. Era como estar en Versalles, en el núcleo duro del poder, igual de barroco, igual de confuso. Coincidimos en Marlborough con el director de un museo de Boston, amigo de Gloria, y les acompañé en su deambular, un poco indolente, porque “Bacon está superado”. Y Hooper, Balthus y Kitaj, pensé, porque en aquel momento cualquier cosa que no se pareciera a Rauschenberg estaba superado. En Hammer nos atendió un alto ejecutivo. Al final le dije que no, a Gloria, y volví a mi rincón del Mediterráneo. Soy bueno tomando decisiones equivocadas.

De repente, surge la sorpresa, que me devuelve abruptamente a Miami. En medio de aquel océano de inconsistencia, la Fondation Beyeler presenta la serie de grabados The Disaster of War, de Goya. ¡Los desastres de la guerra! La verdad, con toda su crudeza y toda su belleza. No sé cómo lo llevará Albert 75, que se ha detenido en cada uno de los grabados, pero yo cuando salgo de nuevo a las coloridas calles del inmenso pabellón no soy el mismo. Y entonces, precisamente entonces, o sea muy poco tiempo después, aparece en la pantalla de mi ordenador una de las estrellas de la convocatoria: un plátano sujeto a la pared con cinta americana. Esta imagen dio la vuelta al mundo y veo a la gente hacer cola para fotografiarse con el maldito plátano. A75 tampoco puede resistirse y nos quedamos un buen rato contemplando esta estupidez, que a lo mejor es arte. Tengo la sensación de estar en la escena preliminar del relato evangélico de los mercaderes del templo, esperando que aparezca en cualquier momento un héroe mitológico que se atreva a decir la verdad. No hace falta que lleve un látigo en la mano, no hay arma más peligrosa que la verdad. Ni más bella. Ni más inútil; la mayoría de las veces explota en las manos del que la sostiene.

Me gustaría suavizar un poco el tono, pero no es fácil. Conozco bien estas ferias, siempre hay personas capaces de permanecer un buen rato frente a una pequeña obra de un pintor llamado Joaquín Torres García, abducidas por su poesía, aunque a su alrededor los semblantes sean en general inexpresivos, excepto cuando hablan entre sí, entonces son festivos, porque la mayoría está paseando por un parque de atracciones. Pienso en una sala de conciertos, o en un teatro, donde puedes ver la calidad de la obra en el rostro del público. En Art Basel Miami Beach, no.

Yo estuve en una edición de Art Miami, en 2004, con una galería de Nueva York, en colaboración con una de Barcelona. Una de mis pinturas, la más grande de las expuestas, acabó en Estambul, y otra, más pequeña, titulada Noctámbulo, en algún lugar de EEUU; la compró un matrimonio de arquitectos, encantadores, los recuerdo con afecto.

Salgo a pasear con Molly y Miss Brown por los alrededores del estudio, con Miami todavía en la cabeza. “Goya contra todos”, barrunto, “y ha ganado un plátano”. Es una imagen interesante. Ha salido el sol y el mundo ha cambiado. Los campos son verdes, brillantes, de todos los tonos imaginables, el azul del cielo, límpido, la nieve del Pirineo, blanquísima, los alysiums de un blanco más poético, violáceo, y las sencillas caléndulas de un amarillo alegre, jovial. Pasamos por delante del pequeño cementerio, que está muy cerca del pueblo, con sus cipreses altos, de cintura ancha, y lo bordeamos. Tempus fugit. Algunos epitafios son famosos. El más célebre, quizás, sea el “Perdone que no me levante”, de Groucho Marx, que en realidad fue incinerado, pero el mejor de todos, sin duda, es “No comment”. No sé dónde está, lo leí hace años en un artículo, a lo mejor era de Trapiello. Yo, si tuviera que escoger uno, sería “No he entendido nada”. Es la pura verdad.

En este trabajar poco en el que estoy actualmente instalado, después de decidir, tras una ardua discusión conmigo mismo, que se ha prolongado por espacio de cuatro largos años, renunciar a la profesionalidad, la velocidad y la productividad, porque he llegado a la conclusión de que son tóxicas, y a la ambición, porque es insaciable, voy haciendo cosas, en el estudio, al ritmo que marca la escritura, la gran protagonista de estos últimos años de mi vida. Mi obra sobre bastidor está perpetuamente in progress, las esculturas duermen, con un ojo abierto, y la gran mesa de dibujo, donde tantas ideas han surgido, ha permanecido varias semanas vacía, como una escultura minimalista bañada por el sol del mediodía, en su nueva ubicación, orientada al sur. Ayer puse en Spotify una carpeta titulada Women of jazz y extendí sobre su generosa superficie una colección de dibujos inacabados, la mayoría de pequeño formato; cogí un vaso, con un poco de agua, un bote de acrílico negro y un pincel tipo paletina; me puse delante del primero, un desnudo femenino con medias, muy potente, que suelo dibujar periódicamente; manché el pincel de color, lo sumergí en el agua, lo pasé por un papel de periódico para descargarlo un poco y lo apliqué sobre la mujer, sombreándola. Este boceto es un heredero directo de las “mujeres” que pintaba en los años ochenta. Lo colgué en internet, que es la galería de arte más democrática del mundo, y mi amigo Boudewijn Meijer le ha puesto título: Venus de Willendorf.

Precioso título. Soy un cazador de mitos. La menina, Ramon Llull, Albéniz, Rothko, tomo esas referencias y con ellas trato de construir un relato personal. A veces ni siquiera me doy cuenta, como cuando William Kingswood me dijo hace tres o cuatro años que una parte de mi obra, la más constructivista, le recordaba la de Hélio Oiticica, un artista que yo no conocía, a pesar de su calidad y reconocimiento. Tenía razón.

Gracias por el regalo, Balduin.

En mi familia no se besaba. Somos cinco hermanos y todos disparábamos al aire cuando saludábamos a nuestros padres, y entre nosotros bastaba un amago, un gesto vago. “Disparar al aire” es acercar la cabeza al saludado, hasta casi tocarla, pero sin rozarla, no es fácil hacerlo si no estás acostumbrado, pero yo me entrené desde pequeño. Y no es que no fuéramos cariñosos, amábamos a nuestros padres y nos inspiraban una gran ternura, pero no nos besábamos. En cambio, con mi madre acostumbrábamos a ir cogidos de la mano por la calle, cuando coincidíamos, siendo yo ya un adulto. Le encantaba. Recuerdo encontrármela en la puerta de su casa, en la calle Lauria, camino de la iglesia de La Concepción, con parada en La belga, donde tomaba un café. Nos cogíamos las manos y caminábamos calle abajo, ella tomaba el café solo y me animaba a que pidiera alguna pasta, luego cruzábamos por el paso de peatones que da a la calle Aragón y la dejaba frente a la puerta del claustro, ella a sus oraciones y yo al vicio y desenfreno de siempre.

Cuando envejecieron, empezamos a acercarnos más, hasta rozar la frente de mi padre, que la tenía amplia y fría, un poco áspera, y encontrar la de mi madre, cálida y acogedora. Pero lo que más me gustaba, y lo hacía siempre cuando iba a verlos, era sentarme al lado de mi madre y cogerle la mano. Podía estar horas así. Tenía la piel muy fina, suave, la puedo sentir mientras lo describo.

Cuando tenía trece o catorce años pasé un verano en Vannes, en la Bretaña, en el noroeste de Francia. Era un viaje escolar organizado para perfeccionar el francés. Nos distribuyeron en casas particulares. A Eduardo, mi mejor amigo, le tocó una en la que la madre besaba a sus hijos en la boca. Estaba horrorizado y preocupadísimo de que a la madame se le ocurriera hacer lo mismo con él. En el Ensanche esas cosas no pasaban.

Luego hay los besos románticos, que descubres en la adolescencia, emocionantes, torpes, aplicados, algunos salen bien y entonces suena música celestial, otros no hay manera. Y por fin llegan los Grandes Besos. Solo necesitas un abrazo y una baldosa, no importa lo pequeña que sea, si es uno de los grandes seguro que sobra espacio.

Y, por fin, llegan los hijos, a los que abrazas y besas mientras se dejan abrazar y besar. No te los comes porque está prohibido. Toda esa digresión es para decir que llevo un año sin besar a mi hija y no puedo más.

portada del catálogo de una exposición de 2008

En mi entorno profesional -es una manera de hablar-, el talento no es imprescindible para conseguir el éxito, aunque ayuda un poco, pero el mercado del arte no lo necesita para alcanzar sus objetivos, que son inconfesables.

Por cierto, ¿de dónde sale el vocablo Iberia? Porque Iberia, como muy bien señaló Luis Fernando Pérez en la Academia Marshall, no es España, es la península ibérica, es la Iberia griega, citada por Heródoto, anterior a la Hispania romana. “Posiblemente”, me escribe José Luis García del Busto, “se trate simplemente de un encuentro feliz”, después de la Suite española y los Cantos de España, en la senda del nacionalismo musical de este periodo histórico, iniciado en España por Felip Pedrell, siguiendo el ejemplo de la escuela rusa y la francesa. Las raíces de Albéniz eran profundas. Además, coincidió con que lo español, a finales del siglo XIX y principios del XX, estaba de moda en Europa; una fábula estereotipada, folclórica, de un marcado acento árabe y con Granada como capital. Madrid un poco menos, era entonces más de zarzuela que de ópera, y Barcelona un poco más, porque era la puerta de Europa, pero Granada era una especie de Samarcanda al alcance de la mano, para los intelectuales europeos que se citaban en París. El principio del nacionalismo musical es que de lo particular puedes acceder a lo universal, si tienes el talento y la determinación necesarios. Albéniz, Granados, Ravel, Satie y Rimsky-Korsakov recorrieron ese camino. He dicho muchas veces que si Albéniz hubiera vivido cuarenta años más sería francés, para los franceses, como lo fue Picasso. Pero no, ambos eran muy españoles, muy andaluces, muy catalanes. Otra cosa es su vocación de extranjería; porque eso existe.

Hace más de treinta años que vivo en un pequeño pueblo ampurdanés, entre los Pirineos y la bahía de Rosas, entre el Canigó -que ahora mismo, mientras escribo estas líneas, a principios de 2021, está cubierto por un manto de nieve-, y Ampurias, con sus ruinas griegas, de piedra clara. Formo parte de este paisaje y de esta comunidad, de trescientas cincuenta almas, pero siempre seré un nouvingut, alguien que viene de fuera. Y me gusta. Mi sentimiento de pertenencia incluye la categoría forastero, estoy cómodo ahí, encaja con mi manera de ver el mundo y la vida. Es un estar de paso. Si no fuera así, nunca habría abandonado Barcelona. Tenía veinticinco años cuando decidí probar la experiencia de instalarme lejos de mi ciudad natal; mi ilustre antepasado, en cambio, fue siempre un trotamundos, desde niño, tanto por los continuos traslados de su padre como por su vocación viajera. Se sentía perfectamente a gusto en ninguna parte, siempre que cerca hubiera un piano. El instrumento era su patria. Francia lo hubiera adoptado, sin duda, porque Albéniz nunca hubiera dejado París -su familia sí, cuando murió se trasladó a Barcelona-, pero su sentimiento hacia su “morena ingrata” no hubiera cambiado nunca, de la misma manera que Picasso jamás renunció a sus raíces españolas, andaluzas y republicanas.

Los músicos, en realidad, siempre están de paso (el resto de la humanidad también, pero ellos lo saben). Evocación, la menos ibérica de las Iberias, habla de eso, de la nostalgia de la carretera. Así es como yo la escucho, una y otra vez, y se me ocurre relacionarla con Merlín y la trilogía artúrica inacabada, cuando Albéniz, en estrecha colaboración con Money-Coutts, tomó prestada otra nacionalidad, la británica, en la confianza de que todos los mitos acaban pareciéndose, si te tomas la molestia de alejarte lo suficiente para verlo con perspectiva.

Le he enviado a José Luis García del Busto, musicólogo, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y voz de Radio Clásica, de RNE, durante tres décadas, la continuación de Suite Albéniz, que he ido escribiendo desde que presenté el libro en Madrid, en 2018. El capítulo “más potente” de la ampliación, según su criterio, es el de la ponencia de Luis Fernando Pérez sobre la Suite Iberia, en la Academia Marshall, pero José Luis, después de alabar sin reservas la Iberia pianística de Luis, discrepa acerca de la adecuación de titular la obra como Suite, así, con mayúscula y cursiva. No es una discusión banal.

…sin dramatizar -porque tampoco es tan fundamental-, sigo absolutamente contrario a esa denominación que, entre otros pequeños detalles, es ajena al propio Albéniz. Como soy contrario a uno de los argumentos que Luis Fernando emplea con vehemencia, a saber, lo bien que engarzan unas piezas con otras, incluso la lógica formal del contenido de cada uno de los Cuadernos y de la sucesión de ellos entre sí.

“En coherencia con esta forma de pensar”, a José Luis no le parece una buena idea programar la suite integral, en un solo concierto. A mí me parece una discusión apasionante, casi tanto como averiguar si la pintura mía que tiene Depardieu es una menina o un Cyrano. Apuesto por Gérard. ¿Iberia, o Suite Iberia?, this is the question. Esta es una de las ocasiones en las que la ignorancia puede ser un buen aliado. Es una manera de hablar, naturalmente, la ignorancia es una desgracia que te hace quedar mal, además de tener la angustiosa sensación de estar perdiéndote algo importante. Siempre creí que mi dificultad para seguir la Suite Iberia integral se debía a mis limitaciones musicales, que son notables, pero ahora veo que también es posible que no exista una relación natural entre los cuadernos, como sostiene apasionadamente Luis. El salto de uno a otro siempre me ha parecido vertiginoso; cuando aún te estás reponiendo del esfuerzo de Evocación, que cada día me gusta más, te lanzas de cabeza a El puerto, que es otro mundo, sin que este primer cuaderno te sirva de mucha ayuda. Eso es lo que defiende José Luis, si lo he entendido bien, y eso es lo que siento yo, sentado en primera fila en el Monestir de Sant Pere -”en la falda del pianista”, como solía decir mi madre, cuando la honraban con el mejor asiento del aforo, por ser nieta política del gran protagonista de la velada-, pero Luis dice que sí, que la relación cronológica existe, y oyéndole tocar cualquiera le lleva la contraria.

He oído muchas Iberias integrales, a lo largo de los años, y doy fe que no hay dos iguales. Cada intérprete es un mundo, aunque habiten aparentemente el mismo, lo cual convierte la interpretación en una maravillosa metáfora de la vida: tocan la misma obra, pero no suena igual. Guillermo González suele cambiar el orden de los cuadernos y lo argumenta, entre uno y otro, durante el concierto, lo cual tiene la virtud de darnos un respiro, Hisako Hisaki toca en japonés y Blanca Uribe es caribeña y se nota.

Jorge de Persia hace años que dice que la Medalla Albéniz, que se otorga cada año en el marco del Festival Isaac Albéniz de Camprodon a un intérprete capaz de tocar la Iberia integral con solvencia, debería darse a alguien que hiciera una contribución notable a la difusión de la obra del maestro nacido en este bello pueblo pirenaico, no necesariamente a la interpretación de la suite completa, y a Jorge conviene escucharlo. Es un hombre discreto, con una gran determinación, y habla bajo, mientras los demás gritan, yo a veces también lo hago, pero con el tiempo he aprendido a escucharlo. Como a mi primo Julio Samsó, nieto de Laura Albéniz, que lleva toda la vida reivindicando el Albéniz que hay más allá de la Iberia -en especial, la lírica, con Merlín al frente-.

José Luis García del Busto da por hecho que José de Eusebio y Jacinto Torres tienen la Medalla Albéniz. ¿Qué le digo, Jorge?

Pero no quiero apartarme del tema, que sigue pareciéndome fascinante. La Suite Iberia, ¿existe? Ahí es nada. Es la obra más importante de Albéniz. José Luis sostiene que no, que existen las Iberias, “que son piezas magistrales todas ellas, pero con un planteamiento similar, sin sentido de progresión, de alternancia de tensiones y reposos, en definitiva sin el contraste y la unidad que caracteriza y da coherencia a la gran forma musical”. Cita las Rapsodias húngaras de Liszt y los Nocturnos de Chopin, que existen, claro que sí, pero que nadie espera que los intérpretes los toquen todos, uno tras otro.

¿Deberíamos empezar a hablar de las Iberias de Albéniz?

Los cuadernos de Iberia, me escribe a vuelta de correo Jorge, pueden ir juntos, en la medida en que los fue trabajando en secuencia, debido a su precaria salud -el tiempo apremiaba-, además de otros motivos más pragmáticos, como los editores y las circunstancias económicas, pero también separados, por su variedad formal y estilística. Me cita los ejemplos de Mompou, cuyas series se dilataron en el tiempo -en la medida en la que el tiempo fue generoso con él, vivió más de noventa años-, y Chopin, añadiendo los Estudios, que tienen más unidad en la forma y en la concepción que los Nocturnos. Lo que parece claro es que… no está claro, y ahí se abre un interesante espacio para la interpretación, para unos y otros. Creo que ni el propio Albéniz lo sabía. Las obras de los creadores tienen vida propia. Hace unos meses vendí dos meninas de un tríptico de tres, valga la redundancia, que había expuesto en al menos dos ocasiones. La razón no pudo ser más pragmática, al cliente no le cabían las tres y se quedó las dos de la izquierda, dejando a la otra sola. Why not? Ninguna de ellas se ha quejado.

Julio Samsó me escribe dos días después y me recuerda que hace años que me habló de este tema, en la misma línea de García del Busto, “no porque me lo inventara, sino porque lo había leído. Ahora lo he comprobado en el estudio que Jacinto Torres añade a la edición crítica de Iberia de Guillermo González. En la primera edición del primer cuaderno se define la obra como “12 Nouvelles impressions en quatre cahiers” y, cuando Debussy se refiere a ella utiliza siempre el término “impressions”. Evidentemente, el uso de esta palabra no es inocente.” Claude Monet pintó Impression, soleil levant en 1872, Cézanne, el precursor del cubismo, que cambió radicalmente el paradigma de las artes plásticas, murió en 1906, Albéniz en 1909.

¿Impressions?

Suelo caminar cada día por los alrededores de mi estudio. Vivo en un medio rural, en una de las zonas más bellas del Mediterráneo, por lo que este acto es siempre muy agradecido. Me gustan los caminos secundarios, poco frecuentados, que recorro con mis perras, siempre curiosas y excitadas, a veces descubrimos caminos nuevos, apenas perceptibles, y nos internamos en ellos. Con frecuencia son sendas de cazadores, o de agricultores, que se acaban abruptamente en un cortado o en un campo. Son muy bonitos, nunca me arrepiento de haberlos explorado. Me pregunto si esta investigación sobre la naturaleza de Iberia no será uno de estos caminos que no llevan a ninguna parte.

“La Medalla Albéniz, que como te dije fue un invento del que te escribe, es una distinción y reconocimiento a los pianistas que han tenido el valor, coraje y medios para tocar Iberia en público”. Son palabras de Justo Romero, que tuvo la gentileza de enviarme ayer noche, en respuesta a un mail mío en el que le hablaba de esta polémica, en el caso de que la haya, y le preguntaba su opinión, no sólo como experto y biógrafo de Albéniz, sino también como el ideólogo de la célebre medalla. Justo, desde el cariño y la admiración que le inspira José Luis, establece una distinción semántica entre suite Iberia y Suite Iberia. Yo, en mi ignorancia, lo escribía siempre con mayúscula, y no es lo mismo. Si lo he entendido bien es una suite, en la medida en que fue concebida como una sucesión, pero no es una Suite, en el sentido formal del término musical.

Evocación es el mejor preludio imaginable. De hecho, en el manuscrito, figura como “Prélude”. ¿Qué mejor final que Eritaña? La distribución de los cuadernos tampoco deja lugar a dudas. A pesar de ello, considero completamente legítimo y razonable que algunos pianistas -Rafael Orozco, entre ellos- alteraran el orden en los conciertos. Por supuesto, igual que, por ejemplo, los Preludios de Debussy, se tocan como conjunto cada uno de sus cuadernos (Libro I, Libro II), tanto como piezas sueltas o en grupo de selección, exactamente lo mismo se puede hacer con Iberia: sus doce joyas funcionan estupendamente como piezas autónomas o agrupadas en cualquier tipo de selección.

En esta misma línea se manifiesta Eduardo Fernández, que ha tocado Iberia por medio mundo, algunas veces completa. “También es cierto que la belleza de poder contemplar una tras otra, como un recorrido de paisajes, ritmos y colores, en un único recital, es algo que merece la pena brindar al público”.

He compartido con Àlex Susanna esta pequeña investigación entre amigos. Su respuesta se ha hecho esperar un poco, pero vale la pena:

…crec que som molts els oients que, de tan avesats que estem a escoltar-la com un tot, ens costa desmembrar-la i alterar-ne l’ordre. El que sí que m’agrada, en canvi, és escoltar, de manera aïllada, una de les dotze obres de què consta la “Ibèria”: llavors és com si un meteorit caigués damunt nostre de no se sap on. I aquella peça conté, ‘in nuce’, tota la frondositat rítmica i harmònica de l’obra sencera.

“…creo que somos muchos los oyentes que, de tan acostumbrados que estamos a escucharla como un todo, nos cuesta desmembrarla y alterar el orden. Lo que sí me gusta, en cambio, es escuchar, de manera aislada, una de las doce obras de que consta la “Iberia”: entonces es como si un meteorito cayera sobre nosotros de no se sabe dónde. Y aquella pieza contiene, ‘in nuce’, toda la frondosidad rítmica y armónica de la obra entera.”

Llibert Casanovas, colaborador de Jaume Plensa, estaba en Dubai, trabajando en World Voices, en el vestíbulo del Burj Khalifa, el rascacielos más alto del mundo, cuando fue a visitar a la art advisor de la propiedad, una princesa llamada Samia, y lo primero que vio, al entrar en su casa, fue una gran menina mía, un díptico de dos metros de alto por tres de ancho. “És de l´Alfons!”. La escultura se estaba realizando en aquellos momentos en el taller de su padre, en Mataró. En Estambul, en el salón del domicilio particular de una interiorista que había tenido una galería de arte en el SoHo de Nueva York, donde expuse en los años noventa, me encontré con otra pintura mía de gran formato, en este caso una figura femenina sentada, de aire beiconiano, enfrente de una gran foto de Helmut Newton. No sabía que la tenía ella. Ya he contado que Gérad Depardieu tiene un torso de menina que él confunde con un Cyrano, aunque a lo mejor el que está equivocado soy yo. Yo no apostaría por mí. Hace un par de días una coleccionista de Beirut me envió una foto en la que aparece toda la familia debajo de una de mis meninas, bastante grande, de tonos rojizos, para felicitarme el año nuevo. Una buena amiga suya, en Londres, tiene otra, de la misma época, comprada en una private gallery de Old Bond Street, lugar que visitó también Robert Matta, un aficionado al arte al que no llegué a conocer, pero que tiene en su casa de París un tríptico con un grupo de cinco meninas del que se enamoró por foto. Eso fue antes de la exposición de Londres. La obra estaba en aquel momento en Dubai y le puse en contacto con la galerista, para que la pintura viajara a la capital francesa. Cuando llegó, Matta me envió una foto de la obra colgada en su salón. Podría contar muchas historias parecidas, en Seattle, Atlanta, Ginebra, La Haya, Düsseldorf, mis meninas son mucho más cosmopolitas y sofisticadas que yo, y son felices allá donde están. Al menos a mí me lo parece. Una razón de esta vocación viajera es probablemente el hecho de que me haya alejado de la referencia velazqueña y la haya convertido en un icono de la feminidad, con las caderas sobre dimensionadas por efecto del miriñaque. El peinado y las mangas del vestido cuadran la figura, que de esta manera mide lo mismo de alto que de ancho, lo que le da un aspecto sólido, sereno, bien asentado en el planeta Tierra. Lo cierto es que por mucho que me esfuerce no alcanzo a comprender su poder de seducción. Aquí, en mi estudio de Ordis, donde estoy escribiendo ahora mismo estas líneas, está el kilómetro cero de esta red, que cubre medio mundo.

Nunca he hecho una gran exposición de meninas.

Menina y skyline de Delft, work in progress

Miro estos cuadros y me pregunto si no serán los últimos. Cada día estoy más lejos de la pintura. Esta obra en concreto forma parte de una pequeña serie de tres, empezada en 2016 o 17, que titulé Diptych for a German collector, porque una coleccionista de Düsseldorf me encargó una menina de esta medida, en formato díptico. Al final, no se decidió por ninguna de las tres y me compró una menina del mismo tamaño, pero de un solo bastidor, pintada unos años antes, y yo seguí trabajándolas, porque tenía muchas dudas y todas mis obras están in progress, hasta el punto de que me estoy planteando añadir esa coletilla a todos mis títulos. El problema es que lo que pintaba ya me lo sabía, no había sorpresas, por esta razón la coleccionista, con buen criterio -me dio una bonita lección-, escogió una anterior, que había reposado más. El reposo es importante. La vista de Delft es un homenaje a la pintura, representada por Vermeer, no se me ocurre a nadie mejor, y el cubismo de esta composición es un tributo a un cambio de paradigma en la historia del arte. Heredero del constructivismo ruso y del impresionismo de finales del siglo XIX, el de Cézanne, el cubismo lo revolucionó todo; y, como sucede con todas las revoluciones, luego fue traicionado. Napoleón le cortó la cabeza al rey Luis para coronarse emperador, y Beethoven, indignado, le retiró la dedicatoria de la Eroica. ¡Bien hecho!

Parece que lo tenga todo planeado, pero no es así, antes bien al contrario, todas las digresiones que hago sobre mi trabajo son a posteriori. Pintar es otra manera de pensar. En el principio hubo una menina, sin más, sobre un fondo índigo caligrafiado. Era bonita. Más tarde aparecieron los cubos y se convirtió en una menina cúbica. Pasó el tiempo, vino la coleccionista a mi estudio, se fue con otra y apareció Vermeer, y dibujé el skyline, inspirado en su panorámica de Delft. Hace unos pocos meses, en pleno confinamiento, se me ocurrió lo de los planos geométricos oscuros que perfilan la figura a derecha e izquierda, acotándola, como si se tratara de un paréntesis. Cada una de las fases que acabo de describir estaba bien y no lo estaba. Es probable que un estadio anterior fuera superior a uno posterior, estas cosas suelen pasar en cualquier proceso creativo, pero no estaba satisfecho y una mañana decidí cambiar el estampado del vestido. Nunca había hecho nada parecido, pero estaba dispuesto a arriesgar porque no tenía nada que perder. Siempre he coqueteado con la idea de dejar la pintura. Una parte de mí cree que he dado todo lo que podía dar, ahora corro el riesgo de repetirme, en un bucle sin fin. Lo he visto en muchos artistas. Si a Picasso, Miró o Chillida les quitamos los últimos veinte años de su producción su legado no se resentiría. En la mayoría de los casos sus mejores obras no son las últimas, aunque seguro que hay excepciones. En este momento, una fría mañana de un año recién estrenado, escribiendo estos razonamientos estoy disfrutando, en el sentido más amplio del significado de este verbo, porque percibo el sabor de la verdad, que es lo único que en última instancia me interesa. Siento que me voy acercando. ¿Dónde?

Ous, Km7 Espai d´Art, 2008

Con lo de la pandemia se nos ha pasado por alto una cosa importante: 2020 ha sido el primer año en el que la galería Km7, de José Luis Pascual, no ha abierto, después de una larga singladura. ¿Efecto colateral? ¿Premonición? ¿Fin de una era? La propuestra de José Luis era heroica -estoy oyendo en loop la Eroica, de Beethoven, para ponerme a tono-, porque estaba lejos de las propuestas políticamente correctas y muy cerca del corazón, como dice Messi que lleva al Barça, y yo les creo a los dos. Un grupo de artistas independientes en una galería independiente, eso no podía funcionar, pero lo hizo, y como los grandes amores fue hermoso mientras duró. Ahí nacieron propuestas nuevas y se le dio la alternativa a creadores que hasta su primera exposición no sabían ni que lo eran, y también hallaron refugio unos cuantos outsiders, entre los que me incluyo. El espacio sigue ahí, vacío, pero no tanto, se ha convertido en un showroom personal. Yo creo que eso es lo que fue siempre.

Quino

Creo que este tipo de insomnio, que acabo de bautizar pandémico, a mi edad se volverá endémico, porque si ya antes de las alarmas sanitarias presentía que esto podía acabarse cualquier día, ahora ha llegado un virus poderoso, democrático y letal, tan peligroso como la política de los gobiernos que gestionan la crisis que ha provocado. “Ya queda menos”, respondió Willy Toledo en una entrevista reciente, cuando le preguntaron su edad. Recuerdo cuando el tiempo no existía, se detenía los domingos, al caer la tarde, con el lunes colegio. Podía quedarse suspendido en el aire durante años, en aquellos atardeceres estivales, a orillas del Mediterráneo, rodeado de amigos de la misma edad, y en las primeras soledades, inesperadas, sobrecogedoras, creativas. Después se convirtieron en meses y más tarde en días, cerca de los cincuenta. Ahora, superados los sesenta, el tiempo circula cuesta abajo a una velocidad de vértigo. Recuerdo cuando no dormir era una opción, vinculada a planes juveniles con expectativas sexuales, no había otras, y si las había era porque fallaban las primeras.

No se juega al fútbol, a las tres de la madrugada.

Esta pandemia está jugando con un tiempo que no me sobra y unas ganas de vivir que afortunadamente no he perdido.

Esta madrugada, a falta de sexo y fútbol, leo el último capítulo de Ludwig Wittgenstein, de Monk, que me ha acompañado durante toda la pandemia, hasta hoy, a las puertas de 2021, con la vacuna en el horizonte y muchas dudas. A mí este nombre me infundía respeto, hasta que lo he conocido un poco. Me han interesado más las cosas que hizo que las que dijo. Eso, tratándose de un filósofo, es raro. De Kant, que era un tipo aburrido, no podría decir tal cosa. Por ejemplo, me parece heroico que Wittgenstein renunciase a su herencia, que era fabulosa, y que no lo hiciera para donarla a causas filantrópicas -en cuyo caso habría un retorno-, sino que la repartió entre varios de sus hermanos y, de esa manera, diluyó la cuestión y abrazó la pobreza. Es extraordinario, abrazar la pobreza, pero lo hizo. Mientras se debatía entre las matemáticas, la filosofía, la lógica, la ética y la estética combatió en primera línea en la Gran Guerra, a la que se alistó voluntario, contra toda lógica y ética, porque tenía más amigos en el bando contrario que en el propio. Publicó un solo libro en vida, el Tractatus, y en su madurez renegó de él, diciendo que estaba equivocado. Amaba la filosofía, pero no le gustaba el mundo académico, al revés que Russell y Heidegger, por ejemplo, y tantos otros, a los que tan bien les sentaba la toga. Este cúmulo de contradicciones hace que me resulte muy atractivo, no tanto como pensador, sino más bien como personaje literario. Sé que mi interés puede parecer frívolo, porque no he profundizado en el cuerpo de su doctrina, debido a mis limitaciones intelectuales en estas materias, pero así es como me aproximo yo a estos creadores, porque hay otra manera de pensar, a través de la forma, que utilizamos los artistas plásticos. Me ha pasado con Isaac Albéniz y con Ramon Llull, a los que he dedicado un libro y una exposición, sin comprender bien su música o su pensamiento. Sin embargo, creo que he sido capaz de intuir su calidad y he abierto una vía nueva para conocerlos, apta para todos los públicos. Una vez cerrado el libro, por fin, he comprendido que la máxima de Lacan: “El lenguaje estructura el pensamiento”, que me ha acompañado toda la vida, desde que la oí por primera vez, hace muchos años, es wittgenstiana.

Lo he anotado en un pequeño cuaderno, que vive en la mesita de noche -siempre temo que las genialidades que se me ocurren a estas horas extemporáneas, lejos del teclado, se desvanezcan al despuntar el día, siguiendo un regla no escrita de la Física Experimental-, y he cogido un pequeño librito de Alianza editorial que me acaban de regalar, Diario de un seductor, de Sören Kierkegaard, otro ilustre desconocido que me inspira respeto. Kierkegaard, escribe Jorge de Palacio en la introducción, divide la experiencia vital del ser humano en tres categorías o modos de entender la vida, a las que llama “estadios”: estético, ético y religioso. “El estadio estético persigue el goce sensual y vive atrapado en la inmediatez del momento”, escribe Palacio. El ético, por su parte, asume su responsabilidad moral, mira al otro, lo ve, y no puede obtener satisfacción a su costa, y el religioso está en contacto directo con Dios. El filósofo danés consideraba que la experiencia de la fe era lo máximo a lo que el hombre podía aspirar. Yo tengo días, aunque mi perfil es claramente ético, pero me gustan las motos y creo en el más allá, dondequiera que esté. A estas horas no hay reglas y me lanzo por la pendiente de la elucubración libre, un sano ejercicio filosófico, y se me ocurre relacionar el primer estadio con las artes plásticas, el segundo con la literatura y el tercero con la música, la más elevada de las artes. Creo que me está entrando sueño, por fin. Fuera, hace frío, pero el viento ha amainado. Lo que acabo de hacer, en el fondo, es tratar de aprovechar el tiempo, porque es escurridizo como la arena que se me escapaba por entre los dedos de las manos, cuando era niño, jugando en una playa del Maresme.