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En el post anterior, no estoy seguro de haber explicado bien el hecho de que, además de intentar singularizar al máximo el acto creativo, tratando de convertir cada cuadro en una experiencia única e irrepetible, lejos de la masificación artesanal. dicho sea esto con el máximo respeto, las partes puedan llegar a ser más interesante que los todos. Me gusta la idea de que los fragmentos puedan ser más bellos que las pinturas completas.

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number I / Menina Constellation

“Yanagi Soetsu, filósofo, historiador del arte y poeta, había desarrollado una teoría para explicar por qué ciertos objetos – vasijas, cestas, telas – hechos por artesanos anónimos eran tan bellos. En su opinión, expresaban la belleza inconsciente porque el artesano los había hecho en tal número que se había liberado de su ego.”

Edmund de Waal, La liebre con ojos de ámbar.

Las tres versiones del Diptych for a German collector se parecían bastante, al menos de inicio, porque conozco bien la temática, como el artesano que describe de Waal, pero el resultado final me sorprendió. Y sigue haciéndolo, un año más tarde. A la coleccionista alemana también, hasta el punto de que quiso comprarme uno que ya no existía, pues en el intervalo de tiempo que va desde que vio la foto en pantalla y me comunicó su decisión yo lo había seguido trabajando y el nuevo estado no le gustaba tanto como el anterior. (No he explicado que, ante el entusiasmo con el que me hizo el encargo, le propuse seguir paso a paso la gestación de las obras, fotográficamente y por internet, porque aun no nos conocíamos personalmente).

En el Number I pasó algo extraordinario: apareció una constelación, perfectamente dibujada, debido a un accidente mientras trabajaba unos papeles sobre el suelo del estudio. Al levantar el brazo con el pincel cargado, para vaciarlo sobre el papel, se me fue la mano y salpiqué donde no debía: en el díptico apoyado en la pared, demasiado cerca del campo de batalla. Y el azar pintó admirablemente bien.

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Menina Constellation / detalle

El Number II fue más sorprendente, si cabe. Después de superar aquel estado de gracia que enamoró al coleccionista…

nº 2 2º estado
number II / estado intermedio

…seguí trabajando, porque me parecía que a esta Menina ya la conocía. Cogí un par de plantillas de cartulina con un cuadrado hueco en su interior y empecé a aplicar el color con el pincel apoyado en este nuevo instrumento. Apareció una pintura cubista, ¡en 2017! Como llevo media vida buscando la intemporalidad, con el mismo entusiasmo que trato de eludir la contemporaneidad (que siempre me ha resultado sospechosa), saludé al cubismo como si Picasso, Braque y Juan Gris estuvieran trabajando en el pueblo de al lado, lo que no es del todo incierto, porque Céret está bastante cerca de Ordis.

 

menina cubista IV
number II / Cubist Menina
menina cubista IV (copia)
Cubist Menina / detalle

El Number III es el díptico que menos me sorprendió. No apareció una versión cósmica ni cubista de la Menina, o algo que se le pareciera, y no estoy seguro de haber detenido el tiempo, que es la cualidad que debe tener cualquier obra de arte que se precie. ¿Tenía, al menos, la belleza del artesano que se ha liberado de su ego?

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number III / Menina and blue / minutos antes de desaparecer

No estoy seguro de que esto esté a mi alcance, de manera que ayer decidí “borrarla”. Me gustaba, pero me pareció que estaba posando. He dejado en el extremo inferior izquierdo una muestra azul, una huella de su pasado. La idea, ahora, es esperar a que el índigo se seque y, encima de la figura, que yo sé dónde está, pintaré con cuatro brochazos su alma, despojándola de todo lo accesorio.

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number III / work in progress

Creo que sé cómo hacerlo.

Continuará…

orson w

París, 1960. El periodista va impecablemente vestido, a juego con el salón del Hotel George V en el que se desarrolla la entrevista. Frente a él, al otro lado de una mesita con un juego de café de porcelana blanca, está Orson Welles, un hombre del que nunca diría si va bien o mal vestido.

– Quería preguntarle si alguna vez contrató a algún amigo en lugar de la persona adecuada para un papel.

– Frecuentemente.

– ¿Lo lamentó?

– Frecuentemente.

– ¿Volvería a hacerlo?

– Sí – Hace una pausa – Porque no considero que el arte sea lo más importante. Ya le dije que prefiero cualquier otra forma de lealtad en la vida que el arte.

Llevan un buen rato hablando. Welles fuma un puro que se le apaga con frecuencia, lo que le obliga a coger la caja de cerillas, encender una, pasarla por el extremo apagado, llevárselo a la boca en el momento exacto e inhalar con delicadeza. El habano le hace compañía, además de proporcionarle placer y una ración moderada de un narcótico llamado nicotina. Su entrevistador, una elaborada combinación de Edward Murrow (“Good Night, and Good Luck”) e Iñaki Gabilondo, fuma cigarrillos.

– Odio la concepción romántica sobre los artistas que están por encima de todo lo demás. Sin duda la amistad es más importante que mi arte.

Da la sensación de que el periodista ha controlado bastante bien la situación hasta este momento. Incluso se ha permitido disentir sobre algunas de las opiniones de su formidable interlocutor, en un intento desesperado por mantenerse a su altura, pero ahora el rumbo de la conversación le desconcierta. No se atreve ni a disentir. Ha preparado la entrevista a conciencia. Orson Welles es el Gran Outsider, el hombre de las Mejores Películas de la Historia del Cine que no consigue financiación para terminar su Don Quijote; pero, sobre todas las cosas, para este periodista con pretensiones de intelectual es el artista que firmó Ciudadano Kane a los veinticinco años.

– Tengo un gran respeto por la gente que sí aprecia su arte de esta manera – El actor, generoso, trata de ayudarle – Y creo que ellos son, probablemente, los artistas más valiosos. De modo que no defino cómo debería ser un artista, sólo hablo del tipo de artista que soy yo.

– Bueno. ¿Es feliz en estas condiciones? ¿Le gustaría ser la clase de artista que son ellos?

– No, no, no. Para nada, porque en realidad no me considero a mí mismo como un profesional. Soy, básicamente, un aventurero. Y la gente que sí es seria y que es profesional, que es profundamente seria a expensas de cualquier otro valor en la vida, es quizás la gente que hace las mayores aportaciones al arte. Yo no quisiera ser uno de ellos.

Yo, modestamente, tampoco. Hace unos años la crítica e historiadora de arte Mª Lluïsa Borrás me hizo una entrevista y me planteó una cuestión parecida. Le respondí que para mí la palabra “artista” es un adjetivo calificativo, de manera que aplicarla a uno mismo es como si me preguntaran a qué me dedico y respondiera: “Soy estupendo”. Le encantó la respuesta, que resaltó.

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Foto Maria Alzamora

En una sala de la Casa de Cultura de Girona, rodeados de retratos de Susan Sontag, Quim Monzó, Enrique Vila-Matas, Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño, John Irving, Paul Auster, Cabrera Infante y un largo etcétera, además de Borges y Cortázar, los preferidos de Daniel Mordzinski, el autor de las fotografías, un actor hizo una lectura dramatizada de tres relatos de Javier Cercas, acompañado de un guitarrista y dirigidos por la esposa del escritor. Lamento no recordar el nombre de ninguno de ellos, porque fue fantástico. El actor era alto, delgado, con el pelo rizado de color claro, llevaba una camisa granate, gafas de pasta oscuras -que blandía de vez en cuando como una batuta- y tenía en general un aire a lo Félix de Azúa que le sentaba muy bien. Hizo un trabajo admirable, nos transmitió toda la emoción y el humor de los relatos, que nos parecieron buenos y divertidos.

Al salir lo busqué para felicitarle y agradecerle su actuación, pero me costó dar con él, porque no era alto ni rubio, ni llevaba gafas oscuras de pasta, tampoco vestía una camisa granate y no se parecía en nada a Félix de Azúa. Es un magnífico actor.

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Foto Maria Alzamora

(El primer párrafo es de un texto ya publicado)

Que la Menina engancha es una realidad (¡que se lo pregunten a Picasso!). Yo simplemente me he dejado llevar por su estela. Me he mantenido en ella mucho más tiempo de lo normal porque me alejé de la fuente: Las Meninas, de Velázquez. Como todos empecé ahí, en este espacio con “el aire de más calidad del mundo”, como decía Dalí. Al cabo de un cierto tiempo (Picasso tardó 58 cuadros) acepté la velada invitación del personaje de la puerta entreabierta del fondo de la composición y salí al exterior. Allí me di cuenta, mirando a mi alrededor, que el miriñaque era la moda de la época, la mayor parte de las mujeres de la corte con las que me crucé lo usaban. Descubrí una silueta femenina cuadrada, cuando lo normal al dibujar una figura antropomórfica es coger un formato alargado, vertical. Con este material transformé la figura y en este patio trasero del cuadro de Velázquez creé mi propia versión del personaje.

Creo que la primera persona con la que me crucé, en el claustro ajardinado al que se llegaba por la puerta trasera del cuadro, fue la propia Margarita de Austria, con catorce años, pintada por Juan Bautista Martínez del Mazo, yerno de Velázquez. Me impresionó el vuelo de la falda, más Menina que nunca. A partir de este momento cualquier figura femenina ataviada con este extraordinario traje, más parecido a una armadura que a un vestido (las caderas sobredimensionadas nos remiten de alguna manera a antiguas representaciones de diosas de la fertilidad), ha acabado convirtiéndose en un potente icono de la feminidad.

Ha ayudado mucho que el término “Menina” haya hecho fortuna, porque es una palabra bonita y ha acabado representando todo esto que acabo de explicar, alejándose más y más de su significado original: una palabra portuguesa, sinónimo de niña, que se usaba en el entorno doméstico de la Casa Real para nombrar a las damas de compañía de las Infantas. No sé si lo he explicado bien, pero por ahí iba la cosa.

La pintura de Velázquez data de 1656 y su primer título (de catalogación) aparece diez años más tarde: Retrato de la señora emperatriz con sus damas y una enana. Literal, el encargado del inventario. Cien años más tarde aparece su nombre oficial: La familia de Felipe IV, hasta que en 1843 un iluminado decide catalogarlo con este título: Las Meninas. Tiene mérito.

Tiene mucho mérito. Hay pintores de un solo cuadro, como Munch, escritores de un solo libro, como Harry Thomson (Hacia los confines del mundo), músicos de un solo tema, actores con un solo papel protagonista destacable, escultores con una sola escultura digna de tal nombre (el más notable, para mí, es desconocido: el autor del monolito de 2001: Una odisea del espacio, la película de Stanley Kubrick); pues bien, hay también un autor que ha creado un mito con una sola palabra, precedida de un artículo.

porta-lluny-personatge5 (3ª copia)

Hace un par de meses asistí a la presentación de un libro en la Fundació L’Olivar. Autor y presentador hablaron de la experiencia artística; definieron la belleza como orden -creo que fue Aristóteles el que la relacionó con la armonía y el orden, precisamente- y a mí me faltaron dos palabras para completar la ecuación: creatividad y trascendencia. Para participar en el coloquio posterior opté por la segunda. Había más de cien personas en la sala y a todas les faltaba alguna, porque el tema es tan amplio que cuando los conferenciantes abrieron el diálogo al público había tantos frentes abiertos que las preguntas no cabían en la sala. Jorge Wagensberg respondió que la noción de trascendencia era fascinante y, después de decir algo interesante, profundo e ingenioso, como sólo él sabe hacer, añadió en tono irónico que Julio Iglesias vendía más que Johann Sebastian Bach y que los libros de poesía se vendían más que los best sellers.

Naturalmente esto último fue un lapsus, pero fue hermoso mientras duró.

Creo que la noción de trascendencia (una palabra rimbombante que, sin embargo, está asociada a la espiritualidad) es inherente a la experiencia artística. Procuro no darle demasiada importancia, para alejarme todo lo posible de la arrogancia, porque creo que lo importante es el deseo de trascender, que no es otra cosa que intentar detener el tiempo, un instante, para que aquello perdure.

De regreso al planeta Tierra, doy por hecho que una cosa es el anhelo y otra muy distinta la realidad subsiguiente, que nunca está a la altura de lo deseado.

maqueta perfume menina

MNINA / maqueta de aluminio y metacrilato / 11,8 x 11,8 x 3,25 cm

MNINA 2

En 1992 pensé en la posibilidad de diseñar un frasco de perfume inspirado en la figura de la Menina, que por aquel entonces estaba trabajando en dos dimensiones.

Del resultado de este desarrollo salió una pequeña escultura de hierro, formada por tres elementos que encajan entre sí hasta dar con la forma cuadrada característica de la Menina (es la única figura antropomórfica que conozco que mide lo mismo de alto que de ancho). La parte superior representa el peinado, a juego con la parte inferior, el miriñaque, mientras el prisma central sería el corpiño. Hice una pequeña serie de seis unidades de esta pieza.

Desde entonces he hecho a lo largo de los años diferentes versiones, incluyendo una bastante grande (115 x 115 x 35 cm) de aluminio, en 1999.

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Finalmente en 2005 retomé la idea original y le pedí a Pere Casanovas, en cuyo taller realizo casi todas mis esculturas, que me hiciera una maqueta con aluminio y metacrilato. De las tres piezas que componen esta unidad, la inferior es la más grande y sólo sirve para sostener el resto. Probablemente ahí debería ir el nombre del perfume y la marca. En cuanto a volumen le seguiría la parte superior, el tapón, que en esta maqueta hemos realizado en aluminio pintado de negro mate. Por último, el prisma central representa el frasco de cristal que contendrá el perfume y es la parte más pequeña del conjunto. Es una alegoría sobre la cantidad y la calidad, está claro que este perfume es algo precioso y delicado que se usa con moderación.