Editorial Turner / Fundación Albéniz / Madrid

Suite Albeniz invitacion Turner

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Editorial Turner / Fundación Albéniz / Madrid

Suite Albeniz invitacion Turner

El libro empieza así:

Durante la mayor parte de mi vida he vivido de espaldas a mi bisabuelo: Isaac Albéniz. La mayoría de la gente que me rodeaba ignoraba este singular parentesco. Una especie de pudor me impedía manifestarlo; temía que pudiera considerarse un aprovechamiento. Soy pintor y escultor, Albéniz era músico, no estamos tan lejos el uno del otro. ¡Somos colegas! El caso es que cuando alguien de mi entorno profesional citaba esta referencia artística familiar por motivos promocionales yo la eliminaba sistemáticamente, deseando ser reconocido solo por mis propios méritos.

Había otro motivo, más personal y en cierta manera inconfesable: no sabía nada de música clásica. Soy el cuarto de cinco hermanos; llegué un poco descolgado a la familia y las clases de música no me alcanzaron. Ahora, después de veinte años asistiendo a conciertos regularmente, llevo unas cuantas Iberias a mis espaldas y, aunque me sigo perdiendo de vez en cuando (hasta el extremo de que en ocasiones no sé si el que se ha perdido es el pianista o yo, una conclusión temeraria), lo cierto es que estos episodios son cada vez más cortos y espaciados, pero no han desaparecido del todo.

En momentos así pienso que en lugar de ser bisnieto de Albéniz debería haber sido sobrino de Miles Davis, pues mi sentido musical está más próximo al ritmo que a la armonía, aunque sean dos conceptos complementarios.

MOSAIC II

Hace muchos años, mi padre, conociendo mi afición a escribir, me sugirió que escribiera una biografía de Isaac Albéniz. Echaba de menos alguna que resaltara el lado humano de su abuelo, que le fascinaba. Le dije que no, sobre todo porque mis conocimientos musicales son muy limitados y me parecían imprescindibles para afrontar un reto de esta naturaleza. Sin embargo, en 2016, después de realizar un mural de cerca de cuatro metros de altura en el Museo Isaac Albéniz de Camprodón, un collage fotográfico con 42 imágenes de la vida y el entorno del compositor, surgió de manera natural un relato al que solo le faltaba la palabra.

Suite Albeniz

 

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Aquel hombre vivía en unas condiciones muy primitivas. Solo había que ver la casa, aislada, en lo alto de una loma; aunque era muy bonita estaba casi en ruinas; ni siquiera tenía un servicio donde aliviarse con un mínimo de higiene e intimidad. Solitario, prácticamente indigente, tenía unas pocas vacas propias y cuidaba de las del “amo”, además de cultivar cereal en dos o tres campos próximos a la casa. Parece ser que en las raras ocasiones en que bajaba al pueblo, distante unos cinco kilómetros, que luego había que subir andando, bebía bastante, sobre todo si se celebraba alguna fiesta.

Nos contaron que era diabético, que se hizo una fea herida en una pierna que no supo curar (acabó perdiéndola; esta fue la razón por la que dejó la casa que nosotros alquilamos) y que lo encontraron agonizando, dejándose morir sin más compañía que la de sus perros. Lo trasladaron urgentemente al hospital comarcal, donde lo metieron a toda prisa en una pequeña habitación blanca a la que se accedía apretando un botón luminoso. Asombrado, pudo ver cómo las puertas se abrían solas. Miró a su alrededor desconcertado, buscando una explicación lógica, olvidando por un instante el dolor brutal que le subía desde la pierna y que la morfina apenas alcanzaba a disimular.

Todo aquello le pareció cosa de magia. Interruptores luminosos, puertas que se abrían solas y hombres de blanco que se manejaban con soltura en aquel escenario irreal. Nunca había estado en un hospital. Mientras cavilaba, atemorizado, notó que las paredes se movían. Bueno, estaban en La Garrotxa, donde no son del todo extraños los movimientos sísmicos, pero cuando al cabo de unos segundos las puertas se volvieron a abrir descubrió que ¡estaban en otro lugar!

¡Se llevó un susto de muerte!

Nunca había visto ni oído hablar de un ascensor.

Suite Albeniz

No fue Albéniz el niño polizón que hizo una gira por América escapándose de casa. Sí, el portento prodigio que con cuatro años debutó en el Teatro Romea de Barcelona. Nada indica que conociera a Liszt, pese a que presumiera de ello. Sí lo buscó insistentemente, por admiración, por pasión, como reivindicó en vida a varios de sus contemporáneos. También lo emuló tocando el piano de espaldas al teclado y con los ojos vendados en esas jam sessions que se marcaba improvisadamente en la época en que para sobrevivir, probablemente, descargaba equipajes por los muelles de Nueva York.

Párrafo del prólogo de Jesús Ruiz Mantilla

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El historiador Robert B. Havelock (Richmond, Virginia, 1933) afirma que una de las primeras cosas que aprendes con la madurez es que cuando crees que todos están equivocados y solo tú tienes la razón, es que probablemente seas tú el que va errado. Es una lección dura de digerir. Algunos nunca lo superan.

Luego, en la vejez, te das cuenta de que, efectivamente, ¡estaban todos equivocados!

porta de llull III

Estudio para un monumento: Puerta de Llull (acero cortén, pátina oxidada, 149x70x45 cm) es una escultura dentro de otra. La peana de acero muestra en su superficie una escena donde se presenta la Puerta de Llull en sus dimensiones ideales, con dos personajes que actúan como referencias de la escala propuesta por el artista, observándola.

porta de llull II (copia)

La obra invita al espectador a identificarse con cualquiera de ellos, a mirar con sus ojos y de esta manera habitar este escenario soñado.

El estudio de las proporciones de la Puerta de Llull merece un capítulo aparte. En esta breve descripción me limitaré a señalar que la referencia es el cubo; una forma geométrica que para al pensador mallorquín representa una verdad esencial.