0Z7A0593 (copia)

Fragmento del monólogo Nanette, de Hannah Gadsby

Hace 15 años, a duras penas, me diplomé en Historia del Arte. Hace 15 años. Historia del Arte. Quince. Estaban muertos entonces. Hoy lo están aún más. Mi CV consiste en una polla y huevos garabateados debajo de un número de fax. ¿Me veis trabajando en una galería, con un poncho de lana asimétrico y un flequillo agresivo? ¿Llena de joyas y opiniones? No. La Historia del Arte es algo culto. Ese no es mi mundo. No encajo allí. Mi familia no es adinerada, ni propensa a la charla, a decir verdad, pero el arte culto es lo que eleva y civiliza a la gente. Las galerías de arte, el ballet, el teatro. Todas estas cosas, vas a verlas, y sales mejorado. ¿La comedia? Algo inculto. Siento informaros, pero nadie saldrá de aquí mejor persona. Nos estamos revolcando en nuestra propia mierda. Hace un par de años, un hombre se acercó después de mi actuación. Tenía una opinión. En mi espectáculo había mencionado que tomaba antidepresivos; tenía una opinión al respecto. Yo también había hablado de lo poco útiles que son los consejos no pedidos en un plan de salud mental, pero se debía haber perdido esta parte. Se me acercó al terminar el espectáculo para darme su opinión. Dijo: “No deberías tomar medicación, porque eres una artista. Es importante que sientas”. Dijo: “Si Vincent van Gogh hubiera tomado medicación no tendríamos sus girasoles”. Nunca imaginé que mi título en Historia del Arte me fuera a servir para algo. Pero, madre mía, “Buena opinión, tío. Excepto que sí se medicaba. Mucho. Se automedicaba mucho. Bebía mucho. Hasta se comía sus pinturas. Problema. ¿Y sabes qué más? No solo pintaba girasoles, también retrató a varios psiquiatras. No a cualquier psiquiatra, sino a aquellos que lo trataban. Y lo medicaban. Hay un retrato en particular de un psiquiatra en particular en el que sostiene una flor, y no es un girasol. Es una dedalera. Y esta dedalera es parte de un medicamento que van Gogh tomaba para la epilepsia. Y ese derivado de la puta dedalera…” Debía haberme saltado la dosis ese día, porque estaba sintiendo. “Este derivado de la dedalera, en caso de sobredosis, ¿sabes qué hace? Te hace experimentar el color amarillo más intensamente. Así que quizá tengamos los girasoles precisamente porque van Gogh se medicaba”. “¿Qué crees, tío?”, le dije. “¿Qué para ser creativo debes sufrir? ¿Qué es el precio de la creatividad? ¿Para que tú puedas disfrutarla? Que te den, tío. Y si tanto te gustan los girasoles, cómprate un ramo y pélatela sobre un geranio”. ¿Sabéis qué dijo? Dijo: “No seas tan sensible”. No soy sensible. Soy una artista. Es sentimiento.

Anuncios
0Z7A0433
Foto Maria Alzamora

La inseguridad es una fiel compañera. A veces demasiado fiel. Estoy pasando el verano con ella y empiezo a estar un poco harto, la verdad. Pinto. Borro. Vuelvo a pintar, pero ni me enamora ni me sorprende lo que hago. Dudo. Pienso que si pudiera hacer escultura todo iría mejor, pero es demasiado caro. Paseo cerca del estudio y se lo explico a Molly, que normalmente sabe escuchar, pero me ignora y desaparece largo rato de mi vista. Tengo algunas ideas geniales que se desvanecen cuando entro en el estudio. Busco en el teclado. Ojalá fuera el de un piano, pero esto se lo dejo a Óscar Martín, a quien escuché hace unos días tocar una Suite Iberia integral estupenda. Escribo mucho. Ordeno parte del material que he ido acumulando. No tener editor es un problema. No sé si tengo tres o cuatro libros inéditos. El primero está claro: Entre Creta y Sausalito. El tercero o cuarto, también: Suite Albéniz, subtitulado El día en que Rosa Torres-Pardo y yo ejercimos de biznietos de Isaac Albéniz. El segundo es Dosmildiez, de acuerdo, un libro sobre el duelo (2010 es el año en que murieron mis padres, con tres meses de diferencia entre uno y otro, y todo cambió), pero se ha alargado tanto debido a la falta de editor que ha invadido un terreno habitado por Memorias de un outsider, que da título a mi blog. Ahí trato de explicar mi rechazo a la contemporaneidad y mi afiliación a la intemporalidad (me refiero al mundo del arte, claro, pero acepto sugerencias de cualquier otro tipo). El blog y Facebook se han convertido en un estudio virtual donde publico fragmentos de mis libros, pinturas, esculturas, algún proyecto, detalles de exposiciones y algo de actualidad, muy poco y pasado por la literatura, si se me permite decirlo así, pulsando la opinión de mis lectores y veedores, utilizando un instrumento de trabajo importante, para mí: el feedback. Ellos me ayudan a discernir mejor lo que es bueno y lo que no. He leído recientemente que autores como Jack London y Joseph Conrad publicaban novelas por entregas en revistas literarias y lo hacían de tal modo que pulsaban ellos también la opinión de sus lectores, hasta el punto de que las novelas publicadas después de pasar por la prensa con frecuencia tenían cambios sustanciales, surgidos de este intercambio.

Este texto es de hace un año. Han cambiado algunas cosas importantes. Por ejemplo, he encontrado un editor para Suite Albéniz, gracias a los buenos oficios de Rosa Torres-Pardo, y ya se ha publicado; y en estos momento estoy reescribiendo Dosmildiez entero, para dejar libre Memorias de un outsider. Yo ya me entiendo. Lo que no ha cambiado es mi trabajo plástico. Pinto poco, dudo mucho y anhelo entrar de nuevo en el discurso escultórico, donde siento que tengo muchas cosas que decir.

7 Diptico Rojo Rothko (copia)

Estaba pintando una tela grande, apoyada en la pared, y demasiado cerca se estaban secando las tres telas del Tríptico Rojo Rothko, apiladas unas sobre las otras, de manera que la que asomaba al exterior mostraba la cara, es decir, la parte pintada. Debería haberla puesto del revés, para protegerla, pero quería ver cómo evolucionaba el color, día a día, hora a hora. Y sucedió lo que tenía que pasar, sin querer manché el rojo con pintura oscura, en un momento de exaltación gestual en la tela de al lado. No me dí cuenta hasta pasados unos días; por lo visto mi seguimiento minuto a minuto no era tan estricto como pensaba. Las manchas eran pequeñas, pero suficientes para que el conjunto se resintiera, y estaban secas y firmemente asentadas en su lecho carmesí. En estas obras tan esenciales cualquier pequeña alteración es enorme. Valoré la posibilidad de intentar borrar aquellas manchas tan inoportunas, pero soy un pésimo restaurador y sabía que el estropicio sería mayor. Finalmente decidí ser valiente, convertir el tríptico en un díptico y pintar encima del descartado. Sé por experiencia que una menina encima de casi cualquier composición es capaz de hacerla suya. En bastantes ocasiones he pintado su poderoso contorno sobre Dameros, Sillas, Héroes Anónimos y fondos de todo tipo, y siempre los asimila, los hace suyos. Incluso los hace mejores.

Esta menina ha nacido para reinar.

0Z7A0397
Work in progress / Una entre mil

“Mi querida abuela, a la que quise tanto, ha pasado a mejor vida. Solía escribirle largas cartas. Me gustaría hacerme con la dirección de alguna persona mayor que esté sola como ella lo estaba, a quien le gustase recibir cartas como las que yo escribo. Ya sabe usted que no se me da bien ser breve. Lo he intentado pero no me sale. Si sabe de alguna persona interesada a la que no le vayan a cansar mis largos relatos, me haría usted un favor si me lo hace saber.”

Este párrafo de Cartas de una pionera, de Elinore Pritt Stewart, es la declaración de amor más bonita que he leído nunca de un escritor hacia sus lectores. Encontré este libro en La Central, con un adhesivo circular con el lema “La Central recomienda”. Vale la pena.

 

DSCF9722

Una de mis teorías más queridas es que el arte suele estar en cualquier lugar, menos donde dicen que está. Exagero un poco, pero no mucho. Hace un año y medio fui a ver una gran exposición sobre el expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York, en el Guggenheim de Bilbao, y me decepcionó bastante, a pesar de las ganas que tenía de verla. ¡Me ha influido mucho! Volví con un alabastro maravilloso de Chillida en la retina (y unas cajas negras de Oteiza) y con la Torre Iberdrola, de César Pelli, un cuerpo por delante del Guggenheim de Frank Gehry. Están casi de lado. Me di cuenta, una vez más, de que mis referentes envejecen mal.

En cambio, recuerdo con emoción a Neus Borrell cantando en las esculturas de Pere Casanovas (en un momento de su actuación metió la cabeza en una esfera pulida de acero cortén y el eco de su voz nos llegó al alma, como a Ulises el canto de las sirenas), en el pequeño Museu de Pintura de Sant Pol de Mar, en 2011. Aquel día estaba allí. Me refiero al arte.

El viernes pasado lo encontré en la pequeña iglesia de Palau de Santa Eulàlia, en una nave románica con una curiosa insinuación gótica en lo alto de la bóveda, en forma de una línea central donde convergen las dos curvas ascendentes de los laterales. La chelista Frances Bartlett nos presentó a Adriana Alcaide, violín, Francesco Olivero, que toca un curioso doble laúd barroco, con dos palos y doce cuerdas en la caja, y Carine Tinney, soprano. En el programa convivía alegremente música del siglo XVII, con Purcell a la cabeza, y del XX: Police, Beatles y Queen. ¡Fue extraordinario!

Creo que es la primera vez en mi vida que mis gustos se decantaron por la música barroca, en detrimento de obras maravillosas de músicos ejemplares de mi generación. La culpa fue de la voz de Carine, otra sirena capaz de convertirme en Ulises. Al menos un rato.

 

lo pequeño es grande I

El sábado pasado Hiroshi Kitamura, Víctor Pérez-Porro y yo nos encontramos en la galería Km7, durante la inauguración de la exposición “0 Figura”. La última vez que nos vimos los tres solos en este mismo escenario fue hace dos o tres años y escribí entonces una de las mejores crónicas que he escrito sobre una exposición. Nos miramos con complicidad, sonreímos y Víctor y yo esperamos que Hiroshi dijera algo. Es el jefe. Dijo: “Es todo”.

Me parece muy interesante la idea de José Luis Pascual de proponer a sesenta artistas que den lo mejor de sí mismos en un espacio de 14×18 cm (en la jerga profesional de los pintores, a este tamaño se le denomina 0 Figura). Lo bueno es que lo hacen. No he visto a ninguno de ellos trabajar por debajo de sus posibilidades. Están ahí, minúsculos, con toda su grandeza o con sus limitaciones; cuando los errores están por encima de los aciertos y la obra no funciona el tamaño no es excusa. Hiroshi tiene razón: ¡está todo ahí!

José María Guerrero Medina cuando me vio exclamó: “¡Lo pequeño es grande!”. Es una vieja discusión que mantenemos; ambos estamos de acuerdo en que Vermeer es grande y casi cualquier artista contemporáneo sobrevalorado (tengo ganas de dar algún nombre, pero no lo haré) pequeño, no importa que la obra del primero mida 44×39 cm y la del segundo 242×542 cm. Todo Guerrero está en este gran desnudo un poco freudiano sobre un fondo rojo y negro con reminiscencias anarquistas. No hay más Guerrero en un 60 Figura (130×97 cm) que en este 0 Figura.

¿El tamaño importa?