102 la "ardorosa" vida de isaac albéniz
Insólita foto de Albéniz en familia, con su amigo Fernández Arbós (sentado en el suelo) y el matrimonio Money-Coutts (la del sombrero es Nellie) / Tiana 1902

Con frecuencia las obras de arte más ambiciosas son acogidas por el público con frialdad o indiferencia, cuando no con clara hostilidad. O con desconfianza (que viene a ser una mezcla de las tres cosas), como le pasó a Albéniz en 1902 cuando quiso estrenar su Merlín en el Liceo y le respondieron que la partitura tenía que ser sometida previamente a la aprobación de un jurado competente designado para la ocasión. En fin, en este caso la obra no llegó al gran público, paralizada por una institución dirigida por mediocres gestores.

Tengo un amigo que acaba de terminar una obra importante, en la que empezó a trabajar hace cuarenta y tres años (no es una fecha aproximada, es muy metódico y lo lleva todo perfectamente documentado). Físicamente ha tardado dieciocho días en realizarla, en sesiones de jornada completa. La obsesión compulsiva es un instrumento de trabajo como cualquier otro; como el azar o una vieja mecedora para contemplar lo que acabas de hacer. La vi acabada el domingo pasado y quise decirle que no albergara muchas esperanzas, porque está muy ilusionado, pero sólo hablé de sus virtudes.

El año pasado hice la mejor exposición de mi vida en un escenario de ensueño. Pinté para la ocasión mi mejor cuadro: un mural de casi ocho metros de largo por dos de alto. Puse grandes expectativas en ella, pero fracasó. De paso, me arruiné. Aunque esto no es del todo cierto; tengo en el almacén las pinturas, las esculturas, los papeles, una gran instalación y las maquetas de varias obras públicas que alguna vez verán la luz; quizás cuando sea mayor. Soy mucho más rico que antes, pero la decepción fue grande.

Después del lamentable episodio del Liceo, Albéniz volvió a París y se reunió con el crítico Pierre Lalo, Paul Poujaud, un buen aficionado a la música, y su buen amigo Paul Dukas. Para consolarle, el crítico le relató todos los pormenores del reciente estreno de Pelléas et Mélisande, de Paul Debussy, con libreto de Maurice Maeterlinck. Le refirió la borrascosa atmósfera de la primera representación, entre burlas, silbidos y risas de la mayor parte del auditorio, y los aplausos y exclamaciones de unos pocos.

Paul Dukas explicaba así las razones:

– Por lo general, al público de París le agrada sobremanera su quietud, su bienestar, su comodidad y, si va al teatro, es con la firme esperanza de pasar un rato agradable. No le gusta verse sorprendido en su butaca por algo imprevisto y, por principio, odia por encima de todo las innovaciones que pueden turbar su paz moral, sean cuales fueren. Cuando el tradicional público parisiense va a la Ópera es con el propósito bien determinado de asistir a un espectáculo noble; gran drama lírico, grandes voces, grandes estampidos musicales, imponente orquesta, grandiosas emociones artísticas; y seguro de no verse defraudado, sale luego de lo más conforme con el espectáculo que presenció, salvo que los cantantes hayan resultado malos o el coro desafinado. Lo mismo ocurre con la Ópera Cómica; conoce al dedillo Manon, Carmen, Werther y todo el repertorio lírico de la casa y, cuando tiene deseos de gozar de un rato agradable, va allí a escuchar con beatitud una de sus obras favoritas, dispuesto a conmoverse debidamente, llegado el momento, para salir después contento, fresco, alegre y rejuvenecido.

Lo explica Michel Raux Deledicque, en su biografía Albéniz, su vida inquieta y ardorosa.

– Después de una buena cena – prosigue Dukas, inmune ante el poderoso adjetivo del escritor argentino -, para divertirse un rato con situaciones cómicas y escabrosas, sazonadas con juegos de palabras que tan sólo los franceses pueden entender al vuelo, termina la noche con un vaudeville. Nada lo ruboriza y ríe, encantadísimo, ya que ha encontrado lo que iba a buscar. Pero si ha de llevarse el pañuelo a los ojos por una inesperada situación dramática, durante la representación del vaudeville, si se ve obligado a reír en la Ópera o se encuentra de improviso con una escena espeluznante en la Ópera Cómica, se indigna y protesta, furioso, frustrado en sus esperanzas, como si le hubieran robado el dinero. Tiene horror de las sorpresas. Silbó en el estreno de Faust en 1859 y en el de Tanhaüser en 1861, porque eran óperas fuera de la tradición meyerbeeriana a la que estaba acostumbrado y silbó a Carmen porque le indignó ver de heroína a una mujer de malas costumbres, que cantaba, fumaba de veras y bailaba sobre la misma escena donde se había aplaudido la víspera La dame blanche o Mignon.

– La conclusión de todo eso – observó Albéniz – es que para ese público francés tan comprensivo todo es cuestión de adaptación, de costumbre…

– Así es – dijo Pierre Lalo – y lo que encontró en Pelléas nada tenía que ver con las obras que los compositores de óperas, acostumbrados a halagar sus gustos, le ofrecían en los teatros oficiales. Rompían con las anticuadas convenciones teatrales; nada de héroes que desenvainasen espadas de latón, ni de soldados que, cantando a coro, brindasen en copas de cartón plateado.

– Además – notó Dukas -, aquel público que tan penosamente consiguió habituarse a las sobrecargadas orquestaciones del drama wagneriano, donde trombones, cornos y timbales dominan todas las situaciones, aún las más sentimentales, y donde nunca sobran las voces en potencia para expresar su elocuencia llevada siempre hasta el paroxismo, aquel público al que tanto le había costado aclimatarse a ese ambiente de múltiples ruidos, se quedó atónito, pasmado de asombro. Dese cuenta de que se encontraba repentinamente en una semioscuridad para escuchar cantantes que murmuraban a media voz y como en secreto lo que tenían que expresar, dentro de una nebulosa atmósfera sonora creada por una orquesta que tocaba continuamente con sordina y sólo marcaba con imperceptibles toques armónicos los sentimientos más sutiles. Le pareció que el teatro estaba envuelto en neblina, tapizado de algodón y sumido en el misterio.

– Puede imaginarse – exclamó Paul Poujaud a su vez – si el auditorio aprovechó en grande la oportunidad para protestar, gritar y rezongar, lo que es bien francés; sin embargo, lo más grave es que los críticos que tenían a su cargo la responsabilidad de guiar el gusto de todos, tampoco entendieron nada y, en su gran mayoría, divagaron lamentablemente. Pero el buen público, el que paga y no tiene vergüenza en reconocerlo si se equivoca, ese buen público volvió otra vez al teatro para cerciorarse mejor y, disipada su prevención del primer momento, se entusiasmó. A los pocos días, el medio fracaso se transformó en triunfo…

– Exactamente lo de Faust, Tanhaüser y Carmen

– Tal como lo dice; pero eso nos ha proporcionado un considerable crecimiento de la secta de debussystas, que cansan a todo el mundo con su admiración y su vehemencia para imponer sus nuevos gustos.

Interesante, ¿no? Se habla mucho de la creación y poco del público, ¿y qué sería lo uno sin lo otro? Por cierto, ¡bien por el público francés!, tardaron sólo unos días en reconocer el genio de uno de los suyos, mientras que Albéniz sigue esperando pacientemente que se estrene su Merlín en el Liceo…

BOOKS
Foto Maria Alzamora

Hay momentos en la vida aparentemente triviales que son determinantes. Aunque lo ignores conscientemente cuando acontecen, tienen una influencia decisiva en toda tu trayectoria posterior. Un dibujo prometedor que resiste el paso del tiempo en la pared del estudio, un libro, un poema sugerente, aforismos ajenos celosamente guardados, o un beso dado a tiempo. Otros son tan sutiles que lleva toda una vida descifrar el enigma. El rayo que te descabalga, a modo de revelación, pasa cerca de ti en un instante de melancolía del que después apenas guardas recuerdo.

99 manolo

Conocí mucho a Albéniz y le contaré mi primera entrevista con él porque demuestra que Albéniz era un gran señor. Me recomendó Déodat de Séverac y fui a llamar al chalet que tenía en la calle Franklin. Mi intención era, naturalmente, pedirle algún dinero. Antes de ir hacia allí hice unos números de una lotería hipotética. Cuando sonó la campanilla, mis ideas eran perfectamente claras: “Le pedirás -me decía- veinte francos, ni uno más, ni uno menos”. Albéniz me recibió con los brazos abiertos y antes de dejarme hablar me dijo que me conocía de nombre, que me estimaba mucho y que Séverac le había hablado largamente de mí. Mentalmente ajusté su cordialidad a mis ideas. Me dije: “Le pedirás cuarenta francos”.

Seguidamente le expliqué el motivo de la visita.

“He hecho -le dije- una copia del San Juan de Rodin que está en el Luxemburgo. El modelo es precioso; la copia, modestia aparte, etc etc (…)”. En esas llegaron la señora y las hijas de Albéniz. Me las presentó encantado. Yo pensé, después de haber hecho el mismo cálculo que antes: “Le pedirás sesenta francos…”.

Hechos los cumplidos, casi me mandó que me quedase a cenar. Acepté en el acto, diciéndome: “Le pedirás ochenta francos…”.

La cena estuvo muy bien y después de haber cenado se sentó al piano y empezó a hacer música. Tocó muchos fragmentos de Pepita Jiménez, que entonces estaba a punto de estrenarse en la Moneda de Bruselas. En el momento de empezar la sesión me esforcé para ver panorámicamente la situación, la juzgué excelente y pensé, mientras encendía un gran cigarro: “Le pedirás cien francos…”.

Pero la velada se alargó. A las dos aún estaba frente al piano. Esta persistencia me obligó a ver las cosas desde otro punto de vista. Me pareció que Albéniz había encontrado, con el concierto magnífico que me estaba ofreciendo, una manera diplomática para decirme que a sus amigos no les daba dinero, sino música en abundancia. Se me cayeron las alas del corazón y se hundió mi sueño dorado. Terminado el concierto -era de madrugada- nos despedimos, salimos al jardín y me abrió la puerta que daba a la calle. En el momento de estrecharme la mano me dio un sobre cerrado. Dentro encontré doscientos francos.

Vida de Manolo contada per ell mateix / Josep Pla

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Homenaje a Isaac Albéniz y Alicia de Larrocha / L’Auditori, Barcelona / Foto Maria Alzamora

Esta mañana me he despertado con la triste noticia de la muerte de Lucía, una íntima amiga de mis padres. Con ella, la última del “grupo de Vilasar”, se alejan más y más mis padres de nuestro escenario cotidiano (ellos fallecieron hace siete años, con tres meses de diferencia entre uno y otro). Mientras trataba de asimilar esta noticia (si alguien sabe cómo se hace eso que me lo diga, por favor), me he tropezado navegando por internet con dos fotos en las que sale mi padre. Impecable, encorbatado, con su traje de verano de color claro, tirando a beige; elegante y seductor, a pesar de frisar los noventa años.

En el centro de la imagen está Alicia de Larrocha, sentada al lado de mi padre, acariciando la mejilla de Rosa Torres-Pardo, que se inclina solícita hacia ella. Las dos sonríen. Acaban de recibir las dos primeras Medallas Albéniz, que el Festival Isaac Albéniz de Camprodón otorga cada año a un intérprete capaz de tocar con solvencia la Suite Iberia para piano, completa. La Integral. Desde entonces ha habido otras, pero aquella primera vez, en la que Alicia no tocó y lo hizo Rosa, no en su lugar, sino en el suyo propio, como parece decirle la vieja dama de la música española, fue especial.

He clicado un like al recuerdo de Rosa y he escrito un sucinto “Emocionante!” debajo. Luego, he salido a pasear con Molly por los alrededores de mi estudio ampurdanés y he escrito estas líneas.

Quiso el azar que Alicia de Larrocha y mi padre murieran durante la celebración del “Año Albéniz”. Alicia en 2009, centenario de la muerte del músico catalán, y mi padre en 2010, en el ciento cincuenta aniversario de su nacimiento. Al verlos juntos, en el Monestir de Sant Pere de Camprodon, casi nonagenarios, con Rosa delante y José de Eusebio en la bancada de detrás, me vino a la cabeza la nota que mi padre envió a La Vanguardia cuando se enteró de la muerte de Alicia:

Quisiera expresar públicamente mi admiración y mi más profundo agradecimiento a Alicia de Larrocha, la extraordinaria artista que acaba de dejarnos, como uno más de sus múltiples admiradores y también como nieto de Isaac Albéniz. Nuestra familia siempre ha sido consciente de que, sin ninguna duda, la música “del abuelo” tuvo en Alicia a su mejor embajadora por el mundo. Tengo noventa y seis años y recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Alicia tenía entonces diez años y vino a tocar el piano a casa de mi abuela Rosina, en la torre de la Avenida Tibidabo donde vivió con su hija Laura después de la muerte de su marido. Estuvo maravillosa.

¡Ha pasado casi un siglo entre aquella primera audición y este encuentro en Camprodón!

Tuve el placer de oír de nuevo a Rosa tocando varios cuadernos de la Suite Iberia el 19 de mayo de 2009, después de un emotivo acto en el cementerio de Montjuïc, con motivo del centenario. En aquella ocasión yo tomé el relevo de mi padre (no pudo asistir debido a su delicado estado de salud) para representar a la familia en la ofrenda floral protocolaria y le pedí a Rosa que me acompañara, porque la familia Albéniz está incompleta sin los músicos. Ni a ella ni a mi se nos escapó que si hubieran estado presentes Alicia y mi padre les hubiera correspondido a ellos depositar el ramo de flores a los pies de la tumba de “el abuelo”.

Ese día, querida Rosa, ambos ejercimos de biznietos.

La segunda parte del recorrido transcurre por el bosque, y Molly y yo agradecemos su sombra. Hace mucho calor. Joan Miró decía que colectivamente era muy pesimista, pero que individualmente se consideraba optimista. Me lo refirió su nieto David hace décadas y nunca lo he olvidado.

En una película de Sidney Poitier (no recuerdo ni su título ni su argumento), el personaje que interpreta, a punto de acostarse con una mujer, arrodillado encima de la cama, frente a ella, le dice algo sorprendente: “La cuestión es si la Humanidad será juzgada colectivamente o individualmente”. Más o menos lo que decía Miró. No sé si yo seria capaz de incluir esta frase en los prolegómenos de una relación sexual, creo que no, hay que ser Poitier para que eso funcione. Todo esto viene a cuento porque el Año Albéniz fue un desastre, desde el punto de vista institucional, como lo fue también el dedicado a Granados, el año pasado. No sabemos lo que tenemos. Es un clásico.

En cambio, individualmente fue un gran éxito, gracias a los músicos y a unas cuantas instituciones privadas que celebraron con alegría el cumpleaños de unos colegas por los que sienten un gran cariño y un enorme respeto.

Siento insistir en ello, pero las frases me salen solas: colectivamente somos un país pequeño y acomplejado, ávidos consumidores de cultura extranjera, pero individualmente somos grandes. En fin, tú lo eres, Rosa. Y por supuesto lo fue Alicia. Y Albéniz, que nunca fue profeta en su tierra (llamaba a su país “morena ingrata”).

“Sombrío” viene de sombra, ¿no? Salimos del bosque y el sol acaricia nuestra piel; los campos amarillean ya, a punto de entrar en junio.

Casualmente, estos días estoy trabajando mi manuscrito sobre Albéniz y he encontrado en una biografía que escribió su sobrino Víctor, hijo de su hermana Clementina, médico y periodista, que lo asistió en sus últimos días en Cambó les Bains, un párrafo magnífico en el que el enfermo le propone a su amigo Enrique Granados hacer algo juntos. Estoy deseando llegar al estudio para leerlo de nuevo.

– ¿Por qué no vamos pensando en hacer algo los dos juntos? Tu arte y el mío, lejos de repugnarse, se orientan, saben, “huelen” a lo mismo: a España. Podíamos hacer los dos una rapsodia teatral, mitad ópera, mitad ballet, mitad concierto y mitad gran espectáculo plástico, y ¡ya ves que son cuatro mitades!, para pasear por el mundo toda la gracia, la sal, la emoción, el color, el sabor y la palpitante vital armonía de “mi morena”. Con tus Danzas, con algunos trozos de mis Chants d’Espagne, de la Suite Espagnole y, sobre todo, de Iberia, todo ello ligado por un libro tan breve como escueto y profundo, y aderezado con algunos buenos telones de los que podría encargarse el maravilloso “Néstor”, con la ayuda eficaz de Ramón Casas, podría resultar algo digno de nosotros, del empeño y, sobre todo, de “mi morena”. ¡Qué gusto poderla presentar al mundo tal cual es en esos aspectos, sin mugre artística, sin romanzas de sopranos ligeras, sin dúos cómicos de tenorinos y rabisalseras tiples cómicas, sin personajes femeninos con navaja en la liga, ni fiestas de toros para los alardes tenoriescos de Escamillos bizetianos! Sería algo definitivo. ¡Anímate, Enrique!

Su entusiasmo, teniendo en cuenta que apenas le quedaba un hilo de vida, es enternecedor.

97 césar pelli
Mujer sentada en una sala del MoMA, mirando el Vir Heroicus Sublimis de Barnett Newman

Ha sido un viaje lleno de contrastes. He descubierto, por ejemplo, que me gusta más la Torre Iberdrola que el Guggenheim de Bilbao, que comparten el mismo rincón de la ría. Preferiría que la primera se llamara Itsasargi Bilbon (algo así como Faro de Bilbao), para que perdiera ese tono liberal que me hace pensar en que al menos una silla del vestíbulo la he pagado yo, y que el segundo no llevara un nombre de franquicia que lo asimila indefectiblemente al Carrefour; pero en fin, el primero es una escultura minimalista de un arquitecto argentino llamado César Pelli que, como buena escultura, tiene distintas lecturas según le vas dando la vuelta. Ahora te parece de base elíptica, con dos aristas enfrentadas, y un poco más allá crees que es triangular, para acabar pensando que sin duda es cuadrangular. En todos los casos es esbelta y bella, elegante sin afectación, en las antípodas del Guggenheim, una obra apabullante por fuera y caótica por dentro.

Lo que íbamos a ver era una exposición temporal de expresionistas abstractos americanos, que tanto nos han influido a todos los que nos dedicanos a esto. Sin embargo, lo más interesante fue lo que ya estaba allí, antes del desembarco de la Escuela de NY. Excepto Arshile Gorky y Rothko (y algunas cosas más que ahora no recuerdo, como dos pequeños de Kooning), y ante las ausencias sonadas de Rauschenberg y Jasper Johns, por ejemplo, los grandes formatos de Barnett Newman, Sam Francis y Clyfford Still me parecieron innecesariamente grandes. En ningún caso podían competir con el inmenso Rauschenberg que hay junto a un Warhol igualmente enorme, en una sala de la colección permanente (bueno, no sé si lo es, pero hace seis meses estaban en el mismo lugar), o el níveo Tàpies blanco que acompaña a un Klein que me gusta más de lo que me suele gustar este artista.

De la confrontación sale victorioso el equipo de casa: Chillida y Oteiza, con unas obras absolutamente maravillosas, cargadas de emoción y metafísica, de la buena, de la que se entiende sin necesidad de articular largos discursos.

Podría seguir analizando la eterna cuestión entre lo publicitado y lo real, pero los gestores del Guggenheim tuvieron suerte porque no pudimos entrar en el Museo de Bellas Artes, a cuatro pasos del Itsasargi Bilbon, porque cierra los martes. Si no, me temo que mis preferencias se decantarían por este museo de aspecto amable y refinado.

Volveré para verlo.

basquiat VII

…Su deseo tal vez se convierta en realidad, a la vista de la pérdida de la fibra intelectual del Whitney Museum y el número de personas propietarias de Basquiats, cuyo precio mejoraría con una “adecuada retrospectiva”. Después podría organizar otra el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles, porque sus administradores también tienen un montón de Basquiats. Esto se conoce con el nombre de Ética del Museo Posmoderno, y muestra con qué poco puede hacerse historia del arte.

Robert Hugues

95 Retorno al país de las almas

Ayer noche vi una película que me impresionó: Retorno al país de las almas, de Jordi Esteva. Relata unas ceremonias de iniciación de cultos animistas ancestrales en el sureste de Costa de Marfil.

En realidad, no hay película; en ningún momento tienes la impresión de que ahí, en medio del círculo sagrado, con unas mujeres en trance espolvoreadas de blanco y unos percusionistas tocando con un ritmo trepidante los más variados instrumentos, hay una cámara grabando. Sólo en unas pocas secuencias de enlace se advierte que los personajes actúan, como cuando nuestro anfitrión Yéo, el que presta su voz en off y nos guía a lo largo de toda la película, llega a un poblado y su sobrino corre alborozado a saludarlo. Imagino que se alborozó al menos otra vez, la original, pero son sólo episodios intrascendentes y enternece saber que lo suyo no es el teatro.

Se agradece que todo el protagonismo lo acapare la narración y que nadie del equipo aparezca en ningún momento en escena. Detesto los documentales con susurros ante la cámara, acompañados de sonrisas cómplices, de naturalistas franceses o australianos (disfrazados de Grace Kelly y Clark Gable en Mogambo) formados en universidades norteamericanas.

Nunca he estado en África, ahora al menos puedo decir que la he visto. Las imágenes son bellísimas, la fotografía impactante y los personajes son reales y, por lo tanto, interesantes y atractivos. Lo que cuenta Yéo Douley no lo entiendo, tampoco lo intento, sé que sabe cosas que yo ignoro y con esto me basta. Le acompaño en su viaje, subo en vetustos autobuses todo-terreno, vadeo ríos, saludo a familiares, amigos y conocidos y me adentro en la selva cuando me invita a hacerlo.

Los sacrificios de animales no me gustan porque hace varias generaciones que otros matan por mí, pero sigo con atención todos y cada uno de ellos hasta que, por fin, una gallina muere bien, con las patas hacia arriba, y nuestro sufrido aspirante a mago y curandero suspira aliviado. Podrá ejercer.

Recuerdo otro documental, que he visto recientemente en televisión, en el que aparecía una procesión de seis o siete curanderos andinos, la mayoría simples ayudantes, tocados con unos ponchos y gorros de lana en los que predomina el color rojo, ejerciendo su medicina tradicional. Llegan a los poblados, reúnen a la gente, se interesan por los enfermos, matan también un animal y leen sus entrañas; y, después, salen a recolectar hierbas mientras cantan canciones en lenguas que sólo ellos conocen. Parecen muy primitivos, puede que lo sean, pero conocían la quinina para tratar la malaria siglos antes que la medicina occidental.

Es evidente que estas mujeres que participan en las ceremonias filmadas por Jordi Esteva y narradas por Yéo están conectadas con la naturaleza de una manera que yo soy incapaz de comprender. A lo máximo que llego es a establecer que un día abandoné la ciudad para vivir de una manera más natural, pasé por una experiencia compartida en una casa aislada en el monte sin agua ni electricidad y recalé finalmente en Ordis, un pequeño pueblo del Ampurdán, donde monté un estudio en el que pasan algunas cosas que también son difíciles de explicar y de comprender para el profano. Hasta aquí he llegado.

Quiero decir que estas aldeas de Costa de Marfil, habitadas por los akán, quedan un poco más allá de Ordis, visto desde Barcelona.

Otra cosa que me impactó, más banal (pero no tanto), fue un baile en la terraza de un bar, en una avenida de una ciudad desconocida. Llamarla terraza es una sublimación, lo de avenida pura exageración, y la ciudad parecía más bien un campamento hecho a base de ladrillo, pero los bailarines eran increíbles: guapos, elegantes, sensuales, con mucha clase. ¡Sofisticados! La camarera destacaría en un local de moda en Manhattan, y no sirviendo copas, precisamente.