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Tengo un amigo en crisis. Lleva toda la vida pintando y ahora no sabe qué pintar. Mientras tanto, pinta. Pero produce poco, por las dudas. Escribe mucho, porque dice que es otra manera de pintar y porque las palabras también llenan el vacío.

Para trabajar necesito creer que lo que estoy haciendo es trascendente. Luego, lo será o no, pero esta fe me sostiene. Nunca he querido ser un pintor profesional. No pinto para ganarme la vida, ni para encontrar un lugar en el mundo. Ni siquiera me interesa el éxito; lo hago para detener el tiempo y para que todo el cosmos esté reflejado en lo que estoy haciendo.

Ahí es nada. Toda la verdad contenida en un único objeto de deseo. ¿Quién es capaz de hacer eso? Alguien debería decirle a mi amigo que a lo máximo que puede aspirar es a transmitir una verdad, casi cualquiera, con las herramientas que mejor se adapten a sus habilidades. Mejor si tiene más de una. Pero pretender detener el tiempo es una locura.

Los artistas pintan, en el mejor de los casos, diez o doce obras extraordinarias a lo largo de su vida. Todas las demás se valoran en función de estas obras referenciales. ¿Qué pasa cuando uno tiene la sensación de que ya las ha pintado?

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Perro y Cuadrado Rojo, 1996

Ser un outsider es estar un poco al margen del mundo mundial, mientras buscas conectar con alguna cosa que está un poco más allá. La vida es lo que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes, decía John Lennon. Es verdad, si te obstinas en vivir sin cuestionar puedes acabar creyendo que el homo sapiens sabe alguna cosa, que los poderosos son listos – son increíblemente estúpidos – y que los religiosos tienen las llaves del Reino. En el mejor de los casos te manejas mal que bien entre estas dos concepciones antagónicas de la existencia.

Un poco críptico, pero es lo que hay.

Ser un artista outsider significa también desconectar del éxito, y eso es muy raro.

Los artistas que triunfan en vida raras veces son los buenos. Picasso y Chillida son excepciones. Vermeer no fue el mejor pintor de su tiempo, si nos atenemos a las crónicas de su época. Van Gogh no vendió un cuadro en su vida. ¿Quiénes son los mejores artistas de nuestro tiempo? A decir de los expertos (basta con oírles hablar para recelar, pero en fin, controlan el mercado) son Anish Kapoor, Richard Serra, Miquel Barceló y Jeff Koons. No lo son. Os lo dice un outsider con poca credibilidad, pero es lo que hay.

Y no es que no haya otros. He visto exposiciones memorables en Ventalló (Udaeta, en la Galería Trece, en 2002), Londres (un realista mágico-surrealista de la Escuela de Nosédónde, una ciudad alemana, ¿Frankfurt?), Zurich (un suizo que pintaba hombrecillos y mujercillas colocados en alacenas, y un alemán expresionista que editó un catálogo que todo él es una obra de arte) y Nueva York (un minimalista de una elegancia asombrosa); pero no recuerdo sus nombres, porque no los tenían, fuera de su entorno más próximo. Y yo soy muy malo para recordar nombres, y demasiado perezoso para buscar los catálogos que sin duda compré.

La Historia del Arte de nuestro tiempo se está escribiendo ahora mismo, en cualquier lugar, menos donde nos dicen que está.

Es lo que hay.

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Ser libre es tener la posibilidad de ir allí donde no se te espera / Virginia Wolf

El Call de Girona en enero, al anochecer y lloviznando es una maravilla. Está mal iluminado, abundan los claroscuros y tienes que forzar la vista y andar con mucho cuidado, porque el empedrado es irregular y resbaladizo. En realidad está muy bien iluminado, como si se tratara de una bella escenografía medieval. El Institut d’Estudis Nahmànides está en una callejuela empinada, romántica, en lo que antes se llamó Isaac el Cec, la escuela hebrea más antigua de Europa; al menos así lo conocí yo a finales de los años setenta. La conferencia la daba Fina Birulés y llevaba el sugestivo título Hannah Arendt, pensar en tiempos oscuros.

La sala de actos es pequeña y estaba abarrotada, y nosotros estábamos al fondo, en la última fila. Poco a poco empecé a disfrutar de la historia de una mujer libre que rechazaba todas las etiquetas (no acudió a la llamada del feminismo, no aceptó que se la considerara filósofa y rechazó también el pensamiento sistemático, pues todos sus libros parten de lugares diferentes), limitándose a ser escritora y pensadora, como su amigo Walter Benjamin, que se suicidó en Portbou para no caer en manos de la Gestapo. Arendt sufrió un duro acoso académico cuando formuló su teoría sobre la banalidad del mal, que personificó en la figura de Adolf Eichmann, el burócrata del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán que gestionó administrativamente la Solución Final, en los aledaños del Pensamiento Único.

Me impresionó, una vez más, lo difícil que es mantener la libertad de criterio.

Hannah Arendt comparaba la experiencia política con una mesa, que establece un espacio de relación que nos separa y, al mismo tiempo, nos reúne.

Una de las características más notables de la política – y esto ya es cosa mía – es su capacidad para vaciar de contenido la palabra legalidad. Si de ella dependiera, la esclavitud seguiría siendo legal y las mujeres no hubieran conseguido nunca el derecho al voto. Todavía hoy existen países que amparan ambas cosas en su teórico orden constitucional. Para contrarrestar este efecto tóxico, tenemos de acogernos a otros aforismos más estimulantes, del tipo “Mientras lo inmoral no sea ilegal no hay posibilidad de evolución ni progreso”.

Ética y diálogo, alrededor de una mesa, no hay otro camino.

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A Borges, 1987

– Usted ha escrito un bello poema sobre los límites, precisamente.
– ¡Ah, es cierto! No, pero yo me refería a otra cosa. En ese poema, yo me refería al hecho de que todos, tarde o temprano, ejecutamos un acto por última vez. Por ejemplo, cuando cruzamos una calle que no volveremos a cruzar, hacemos una cita que será la última, abrimos un libro …, cerramos un libro que no volveremos a abrir. Y esto se nota más en la vejez, desde luego. Los amigos de uno van muriendo, uno se da cuenta de que vio a Fulano de Tal por última vez en tal barrio, en tal casa … Sí, hay momentos en que todos los hechos son adioses.

J.L. Borges a Xavier Rubert de Ventós (“Demonios íntimos”, Anagrama 2012)

 

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Foto Maria Alzamora

Me impresionó la inhóspita arquitectura funcionarial y los barrotes de hierro; los había por todas partes, en puertas y ventanas, y también en los ventanucos a través de los cuales los presos se comunicaban con sus abogados. Y la galería central -una sórdida interpretación de un amplio lobby hotelero-, con las celdas a derecha e izquierda, en dos niveles, con pesadas puertas y un basto cerrojo de hierro en cada una. Más o menos a su altura, un número rotulado en la pared con plantillas las identifica. Todo pintado de color crema. O lo que quedaba de ese color. Dentro de cada celda, un pequeño radiador central de hierro colado (crema, cómo no) y, a ambos lados, literas. Dos o tres por banda, dependiendo del aforo (alguien me lo explicó, porque no estaban, las retiraron cuando abandonaron el “equipamiento”). En un rincón, junto a la entrada, un lavabo y un inodoro, sin más privacidad que un muro un poco más alto que la cintura de una talla media. Da miedo pensar cómo sería la convivencia de cuatro o seis adultos en un lugar tan pequeño. En el patio, un banco de obra corrido a todo lo largo de la fachada y el dibujo de una cancha de baloncesto pintado en el suelo. Y un frontón. Verde. Me sobrecogió la desolación que reinaba en el recinto, como una segunda piel. Allí estuvo encerrado un amigo mío, Santi Fabré, objetor de conciencia; uno, dos, tres años, no lo recuerdo bien, aunque a él seguro que no se le ha olvidado un solo día. La condena era de ocho años, pero salió con la amnistía que celebraba la muerte del dictador, en 1977.

El motivo de mi visita a la antigua cárcel de Figueras (en funcionamiento hasta 2014) era un espectáculo teatral y un acto reivindicativo en favor de la libertad de expresión, que clausuraba el Festival Còmic de Figueres. “Còmic” de cómicos, no de cómics. Había muchísima gente. Le envié un emocionado whatsapp a Santi, con algunas fotos hechas con el móvil, comentándole la circunstancia, y me respondió que, “pensándolo bien, fuimos nosotros los primeros en poner buen humor a ese recinto”.

Sé, porque me lo explicó él hace años, que estaba muy convencido de lo que hacía y que los objetores tenían un grupo de trabajo fuera que luchaba por sus derechos, pero tuvo que ser duro.

En el escenario, después de la actuación de un grupo de actores que improvisaron escenas basadas en sugerencias del público, se sentaron alrededor de la presentadora, de derecha a izquierda, según se mira hacia el ábside del lobby, Valtònyc, el rapero mallorquín procesado por injurias a la Corona y enaltación del terrorismo, Jair Domínguez, que jugaba en casa (es de Figueras), humorista, acusado también de injurias a la Corona, Alexandra Rodríguez, abogada, resignada (“la interpretación de las leyes que estudiamos en la Facultad, aunque éstas siguen vigentes, no es como nos las explicaron”), Casandra Vera, tuitera y escritora, encausaba por ofender la memoria del Almirante Carrero Blanco, y Jordi Pesarrodona, un hombre al que le piden catorce años de cárcel por incitación al odio, delito de desobediencia, resistencia grave a la autoridad y “ejercer de líder tumultuario”. ¿Su delito? Estar tres horas inmóvil y en silencio junto a la Guardia Civil, delante de la Consejería de Gobernación de Barcelona, sin más armas que una nariz roja de payaso. (Jordi estuvo con Payasos Sin Fronteras en la antigua Yugoslavia, en 1993).

En algunos países es peligroso ser cómico o artista.

“No digas esto, papá, que te meterán en la cárcel”, le dice a Jair su hijo mayor, de siete años. Si los niños pequeños –reflexiona el padre– tienen miedo de que metan en la cárcel a sus padres por decir lo que piensan es que estamos mal, muy mal.

Me sorprendió la solidez de los argumentos de Valtònyc, a quien le piden tres años y medio por apología del terrorismo. “Yo no hago apología del terrorismo” -le respondió al juez- “porque yo no apoyo los desahucios, no apoyo la violencia policial y tampoco apoyo que se vendan armas a países imperialistas para bombardear países del tercer mundo”.

Mientras escuchaba, miraba a mi alrededor y pensaba en Santi, que había habitado este recinto en calidad de huésped permanente. Entre la actuación teatral y el debate hubo un corto descanso en el que pudimos visitar el patio. Le envié otra foto. “En este frontón jugué infinidad de partidas”.

Santi hizo algo que yo no fui capaz de hacer, aunque lo pensé.

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Foto Maria Alzamora

Sucedió hace muchos años. En un rincón del planeta había un pueblo costero, de vida apacible, junto a una bahía de dimensiones abarcables, pero bastante amplia, que les daba alimento y esparcimiento. Y había una barrera de arena que emergía cuando la marea se retiraba, en ciclos perfectos de veinticuatro horas, convirtiendo la bahía en una laguna. Los cangrejos, muy abundantes en esta zona, aprovechaban la marea baja para ir a la playa a desovar, también en ciclos regulares; luego, cansados, regresaban al mar con la marea alta.

Un día hubo una marea inusualmente baja, debido a algún fenómeno natural ocurrido a mucha distancia de nuestro pueblo, quizás un volcán, o un tsunami, que provocó una extraña marea baja que se prolongó más de lo normal. Aquel día las aguas no pudieron remontar la barrera de arena y la laguna drenó el escaso nivel que tenía, dejando atrapados en la arena a decenas de miles de cangrejos rojos, bajo un sol tropical, incapaces de superar el obstáculo arenoso que les separaba del mar. El pueblo se reunió en la playa para contemplar el extraño espectáculo. La orilla se había convertido en una pequeña loma, debido a la ausencia de agua, y desde este anfiteatro natural hombres, mujeres y niños contemplaban el manto rojo brillante formado por los animales que se extendía ante sus ojos. Algunas mujeres recogían cangrejos, a desgana, porque no parecía lícito hacerlo de esta manera.

En uno de los extremos de la ensenada, una figura diminuta se iba acercando lentamente. Llevaba un cubo con agua de mar en cada mano; se detenía, los dejaba en la arena y recogía cuidadosamente cangrejos con las dos manos y los depositaba en su interior. Luego, inclinado hacia adelante para contrarrestar el peso del agua, cruzaba la barrera de arena y vaciaba los cubos al otro lado, liberando su preciosa carga. Volvía a llenarlos de agua y regresaba al otro lado para continuar su labor. Así, una y otra vez, lentamente, obstinadamente. Un joven de la aldea bajó corriendo al seno de la bahía y, sorteando como pudo la alfombra animal que se movía con callada desesperación, llegó hasta el viejo pescador.

– Abuelo, ¿por qué haces esto? ¿No te das cuenta que es imposible salvar a los cangrejos. ¡Hay miles! ¡Millones! Y tú solo tienes dos pequeños cubos y una edad avanzada que pronto te hará desfallecer. ¡Estos animales están condenados a morir!

El pescador en ningún momento dejó de hacer lo que estaba haciendo, pero se le oyó murmurar una letanía, con la misma cadencia con la que recogía uno a uno los cangrejos:

– Éste no, éste no, éste no…

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Riaño, 1987

Vilassar de Mar, verano de 1964. Jorge, Toni y yo, Los Tres Mosqueteros, como nos llamábamos entonces, a pesar de ser sólo tres, hablamos con Ernesto, uno de los líderes de el Grupo, un conglomerado bastante heterogéneo de chicos y chicas que tenían en común la edad y el lugar de veraneo. Recuerdo muy bien el momento y el lugar, al atardecer, en la entrada del Campo de Deportes, también llamado el club de arriba (el de abajo era el Náutico). Hasta entonces los tres mosqueteros iban a su aire, a pesar de que nos conocíamos todos. A punto de entrar en la adolescencia parecía haber llegado el momento de las grandes decisiones, con las chicas en el horizonte, y la reunión tenía como objeto la integración. Ernesto proponía que nos uniéramos al Grupo y negociaba con Jorge, que nos representaba. El punto de discrepancia era yo. Ernesto decía que Jorge y Toni sí podían entrar, pero yo no. No lo dijo con estas palabras, pero estaba claro que opinaba que yo no era lo suficientemente guay.

La respuesta de Jorge fue tajante: “Si él no entra nosotros tampoco”. No lo he olvidado nunca.

Algunos años más tarde, no muchos, en el colegio me pasó algo parecido. Como es habitual, en mi clase había varios grupos, con los que molaban arriba de todo y los empollones y frágiles de carácter en la base de la pirámide. Yo pululaba por ahí en medio, sin saber muy bien dónde ubicarme, porque me sentía un poco rechazado por los populares, hasta que llegó Eduardo y se reforzó nuestra amistad. Él, como Jorge y Toni, era indiscutiblemente guay. Y así fui aceptado por la élite, no sin ciertas reservas.