Foto Eduardo Llasat

Me llamó la atención el mensaje que llevaba impreso en la vitola, en grandes caracteres, blancos sobre fondo rojo: “Autobiografía, ensayo, crónica periodística y ficción: la gran obra de un autor imprescindible”. Lo compré, claro, luego me di cuenta de que no era yo. Fue una amarga decepción, pero el libro que debía anunciar, el mío, se titula Elogio del fracaso, de modo que no es tan extraño, después de todo. Se trata de Yoga, de Emmanuel Carrère. Tampoco me llamo Paul Auster, ni Enrique Vila-Matas, ni John Berger, ni Javier Cercas, lo tengo mal para que me acepten en este selecto grupo de celebridades literarias a las que todo le está permitido. Yo sigo etiquetado como inclasificable y difícil de vender. Es un error, mis lectores del blog y yo hace tiempo que lo sabemos, pero el mundo editorial todavía lo ignora; para cuando se enteren será tarde para mí, espero que no para la siguiente generación. Eso suena tan pedante como la prosa de Carrère, pero si no lo pensara no me levantaría cada día a las seis y escribiría hasta las nueve. Fuera de este horario también escribo, sobre todo cuando paseo con mis perras por los alrededores del estudio, y cuando intento dormir, en este mágico estado de duermevela, donde tantas cosas pasan. Me gusta darle vueltas y más vueltas a un recuerdo que quiero escribir, porque en todos mis textos trato de universalizar una experiencia particular. ¿Cuál es la de hoy? No estoy muy seguro. En la página 33 de Yoga, el autor transcribe estas palabras de Glenn Gould: “El objetivo del arte no es la descarga momentánea de una secreción de adrenalina, sino la construcción paciente, a lo largo de toda una vida, de un estado de quietud y de fascinación”.

Aunque parezca difícil de creer, el colegio al que fui durante la mayor parte de mi infancia y adolescencia no dejó ninguna huella indeleble en mi personalidad, al menos no de manera significativa. Es una afirmación temeraria, lo sé, porque tiene un considerable margen de error, es imposible adivinar qué hubiera pasado si en lugar del Instituto Técnico Eulàlia hubiera sido La Salle Bonanova, pero ése es mi sentimiento y me atrevería a hacerlo extensivo a la mayoría de la gente que me rodea. Nunca, que yo recuerde, he pensado: “Mira, éste se ha educado en los Jesuitas, se nota enseguida”, o esta chica tiene el sello inconfundible del Colegio Alemán, o del Liceo Francés, o del Virtelia. Otros, observadores más sensibles y perspicaces que yo, serán capaces de sacar conclusiones determinantes sobre el carácter de sus amigos o conocidos en función de la escuela donde estudiaron, yo no. El sistema imprimía carácter, la escuela no. El franquismo, por ejemplo, me hizo inmune a la retórica conservadora; el colegio, en cambio, religioso o laico, permeabilizaba, porque su función primordial era integrar el sujeto al rebaño y encerrarlo en una cerca. Claro que había algunas excepciones y muchos matices, algunos importantes, pero después de darle muchas vueltas a lo máximo que he llegado es a distinguir entre escuela pública y privada, a partir de ahí todas las escuelas públicas se parecen y las privadas también.

Reflexiones como ésta, expresadas en voz alta, suelen soliviantar a mis interlocutores, para los que el deseo de pertenencia es esencial, pero tengo la sensación de que cuando defienden su colegio lo que hacen es alienarse en una categoría social, más allá del nombre de la institución. Pero no es de esto de lo que quería hablar.

Durante todos aquellos interminables años -la etapa escolar es la más larga de mi vida, parecía no acabar nunca- tenía que cruzar media Barcelona para llegar al colegio. Eso sí me marcó. Yo vivía en el Ensanche, hoy L´Eixample, en la calle Lauria, ahora Roger de Llúria, y cada mañana caminaba dos manzanas y media hasta una parada de autobús en el Paseo de Gracia, esquina Mallorca, donde cogía el 22 y pasaba cuarenta o cincuenta minutos mirando sin ver por la ventanilla, mientras subíamos por Mayor de Gracia, hoy Gran de Gràcia, hasta plaza Lesseps, luego enfilábamos la Avenida República Argentina, la calle Craywinckel, el Paseo San Gervasio, el Paseo de la Bonanova, la plaza Sarriá, hoy Sarrià, y unos metros más allá, por fin, llegábamos a la calle Reina Elisenda de Montcada, donde estaba mi colegio: imponente, majestuoso y temible. Ahí sigue, inasequible al desaliento. Soñaba con que en República Argentina el autobús tuviera un grave percance, del que saldríamos todos milagrosamente ilesos, y me hicieran regresar al centro de la ciudad, pero eso nunca sucedió.

Mi colegio era mixto, pero segregado, ellas tenían su propio edificio y apenas coincidíamos. Entrábamos a las nueve y las chicas salían a las seis de la tarde, mientras que nosotros lo hacíamos a las siete, para no confraternizar. Por la mañana estábamos tan dormidos que se nos olvidaba hacerlo. El único día que salíamos a la misma hora era el sábado, a la una del mediodía. O sea que debía de ser sábado. Yo iba con mi amigo Eduardo, que vivía cerca de casa. La nuestra fue una amistad forjada en transportes públicos; merecería un capítulo aparte, porque fue importante para mí. Encontramos asiento delante de la plataforma intermedia, donde se abría una doble puerta de bajada, con un silbido característico, como de aire comprimido. La vimos entrar y sentarse tres o cuatro hileras más adelante, era la chica -apenas una niña, como nosotros- que nos gustaba a todos. Aquel día la habíamos visto, porque uno de los poquísimos lugares donde nos encontrábamos los dos sexos era en misa de nueve, los sábados. Yo la miraba, con el altar por en medio, con la devoción que debería haber reservado al Altísimo, pero no había color, aquella chica era preciosa.

En el autobús repetimos el único rito sexual que conocíamos: la mirada, pero sin el altar por en medio nos sentimos expuestos y Eduardo y yo bromeamos, nerviosos, mientras ella permanecía impasible, como una reina. Pasado un cuarto de hora se levantó y se dirigió a la plataforma, ¡hacia nosotros! Se llamaba Teresa y era preciosa, ya lo he dicho. Se puso delante nuestro y Eduardo se removió, inquieto, era muy nervioso, mientras yo, que era muy tímido, la miraba y no la miraba, embobado. Ella nos ignoró, se giró y miró por encima de un mar de cabezas, en dirección al conductor, y dijo en voz alta e inesperadamente ronca: “¡Parada!”. Eduardo la imitó, con voz más ronca aún, “¡Parada!”, y se rió un buen rato, pero ella hacía otro tanto que había abandonado el vehículo. Yo estaba catatónico, nunca había estado tan cerca suyo. ¿Me vio? Me parece que no, a pesar de que era muy rubio y en aquella época éramos raros. Recuerdo sus facciones como si la tuviera delante, y ha pasado más de medio siglo. Su pelo era oscuro, brillante y lacio, las facciones regulares, bien dibujadas, los ojos también oscuros y la mirada profunda, madura para su edad, y sus labios eran perfectos, su boca parecía cincelada por un artista del Renacimiento. Ella estaba a un metro de distancia, observada por dos rapaces inseguros y ávidos de no se sabe qué, y miró por encima de aquel mar de cabezas en dirección al conductor. Visto con perspectiva, me parece que fue la primera de una larga lista de oportunidades perdidas.

Otro día, al atardecer, era oscuro, debía ser invierno, Eduardo y yo estábamos de pie en la misma plataforma donde había estado ella, hablando de la amistad. Fue una de estas conversaciones profundas que tienes a los catorce años, si tienes la suerte de tener un amigo como Eduardo y un trayecto interminable en el 22. De pronto oímos una voz a nuestra izquierda: “¿Vosotros debéis ser muy buenos amigos, verdad?”. Nos giramos para ver a la persona que nos interpelaba, un fraile de poblada barba gris y sonrisa acogedora. “Sólo los buenos amigos hablan de la amistad como lo estabais haciendo vosotros”. Era verdad. No se nos había ocurrido. En aquella época, a mediados de los años sesenta, no era extraño ver hábitos religiosos, sobre todo curas con sotanas de botonadura interminable y monjas, todos de negro, excepto la toca de las religiosas, que era blanca, pero el hábito de los frailes capuchinos, o franciscanos, que no sé si es lo mismo, era marrón, con cuerda en la cintura y capucha, y llamaba la atención. Se llamaba padre Daniel y entendí que era el que mandaba en su convento. Charlamos un buen rato, no recuerdo el contenido de la conversación, pero sí que pasamos por alto la diferencia de edad y tuvimos una conversación que fue enriquecedora para todos. Bravo por el padre Daniel. Incluso aceptamos su invitación a visitarle en el convento, olvidando por un momento que no teníamos control alguno sobre nuestras vidas, pero fue hermoso suponer que sí, que cualquier día nos acercaríamos por allí y preguntaríamos por él, como buenos amigos. También en esta ocasión la oportunidad pasó de largo; pero, como en el caso anterior, fue tan bello y tan intenso que nunca lo he olvidado.

Todavía bajo los efectos de Paterson, de Jim Jarmusch, salgo a dar una vuelta por el barrio con las manos en los bolsillos, como haría cualquiera de sus personajes. Las calles son distintas después de ver una película de Jarmusch. Cada rincón cuenta. Siempre digo que si una obra de arte no te hace mejor persona no es arte, es solo entretenimiento, dicho sea eso con todos los respetos, pero no es lo mismo. Me gusta mucho el cine de Jarmusch. Me acuerdo de las primeras imágenes de Down by Law, con la voz rota de Tom Waitts entonando Jockey Full of Bourbon, entonces pensé que era el mejor inicio de película de la historia del cine. De Paterson me quedo con todo, incluso con lo que todavía no entiendo, pero hay una imagen que me ha removido interiormente, porque tiene que ver conmigo, ahora mismo, pero no puedo contarlo, porque haría un spoiler.

L´escala de l´enteniment, dedicada a Ramon Llull, Fundació Vila Casas, 2016

(tercer intento)

Hoy es uno de esos días en los que siento que nada va bien, ni el hombre, ni el arte, ni el país, ni todos los países. Si acaso, la música. Escuchas Los conciertos de Brandeburgo, de Bach, y sientes algo, pero después de ojear el periódico estoy inconsolable y el destino de la humanidad me parece más incierto que nunca. Hablan de poetas que riegan el mar y del Tribunal de Cuentas, que tiene poco de tribunal y mucho de pasar cuentas, pero estoy cansado y no quiero hablar de entelequias. Estamos en julio, hace calor, en el jardín los pájaros están felices y dicharacheros y una pareja de urracas bien trajeada acosa a un gato rubio, atigrado, que supone una amenaza para ellas. Me refugio en el interior de la casa, que es de pueblo y sus muros maestros superan el metro de grosor. No hay mejor aislante que éste. Cojo un libro sobre Ramon Llull, que leo a ráfagas, y me entretengo con el relato del proceso que el Santo Oficio, que de oficio tenía mucho y de santo nada, le abrió al “doctor iluminado”. ¡Qué poco hemos cambiado! El demonio que buscaba la Iglesia estaba en los inquisidores, en este caso representados por el dominico Nicolau Aymeric, porque si una característica tiene el diablo es que es tan taimado que ni siquiera él sabe que lo es. Setecientos años más tarde, en Roma siguen sin enterarse de nada.

Hablando de inquisidores, encuentro en internet una entrevista reciente a La Trinca, un trío musical que combinaba con singular acierto humor y crítica política y social, allá por los años setenta y ochenta del siglo XX. La inteligencia artificial ha activado un algoritmo que opina que me puede interesar. Me cuesta reconocerlos, han pasado muchos años. Constato, una vez más, que la mezquindad es una combinación de falsedad, racanería y estupidez. No me refiero a ellos, naturalmente, sino a la policía franquista. Cuentan, regocijados y perplejos, que cuando los funcionarios policiales se personaban en el teatro para ejercer de censores, mostraban sus credenciales a la taquillera para no pagar la entrada; de esta manera alertaban a los cantantes de su presencia y estos interpretaban versiones light de sus temas.

Tampoco eso ha cambiado.

“Es meditativo”, dijo la modelo al cabo de sólo dos o tres minutos de silencio. Era la primera vez que posaba desnuda. Una sesión de dibujo de desnudo al natural es una cura de humildad, pocos artistas contemporáneos se prestan a la experiencia. Si dibujas un árbol y una rama te queda un poco más abajo de lo que muestra la realidad, no pasa nada, pero si el hombro o el perfil de la cadera no se corresponde con el lugar exacto que ocupa en la arquitectura del cuerpo humano, todo se desmorona. Yo estaba nervioso porque en los últimos cuarenta años he dibujado desnudo sólo tres o cuatro veces, porque las sesiones en el Real Círculo Artístico de Barcelona, que fueron muy numerosas, se remontan a los años sesenta y porque tenía la cabeza lejos, ocupada en mil problemas, y la mano no me obedecía. Mi hija Maria, que me había convocado para compartir la sesión, daba instrucciones a la modelo y yo sabía que su mano volaba sobre el papel. Me sentía incapaz de abarcar el cuerpo que tenía ante mis ojos y plasmarlo en un pequeño espacio de papel; unos papeles de color pardo claro que me traje del estudio de mi padre cuando murió. A él le encantaba dibujar desnudo. “Compartimos una sesión con una modelo mexicana, mientras oíamos el Concierto Fantástico, de Albéniz, que yo descubrí aquel día”, les expliqué a las dos, aunque una de ellas ya lo sabía y a la otra no le importaban los detalles. Maria puso música en el ordenador y para mi sorpresa sonó Hurricane, de Bob Dylan, y un álbum de Crosby, Stills, Nash & Young titulado So Far. La memoria es caprichosa. Busqué algo que pudiera hacer, para disimular mi falta de habilidad: detalles, gestos, caligrafías, trazos enérgicos, perfiles. Hice muchos torsos, con carboncillo, pastel blanco y un trapo para borrar, porque el conjunto, ya lo he dicho, estaba fuera de mis posibilidades. Pocas veces me he sentido tan inseguro, pero hicimos un receso y Maria y la modelo alabaron mis dibujos. “¡Esto es lo que quiero hacer yo y no me sale!”, dijo Maria, mientras yo pensaba exactamente lo mismo mirando sus bocetos, rápidos, seguros, personales, ¡y tan habilidosos!

Foto Maria Alzamora

La casa del poeta es transparente, no tiene suelo, techo ni paredes, es inhóspita o acogedora, depende del tiempo que haga fuera; en una de sus aristas verticales hay dibujado un perfil femenino, una cariátide, que representa la inspiración, pero puede ser cualquier otra cosa. Yo veo a una de las nueve musas, o a todas ellas. El cubo representa una verdad esencial.

La primera maqueta la hice en 1991 con un viejo calderero de Figueras, un hombre que amaba la forja, la de toda la vida, pero sus hijos se habían hecho cargo del negocio y se habían especializado en torres de alta tensión. La nave era enorme, sucia, ordenada. En un rincón trabajábamos el calderero y yo, por horas, ajenos a todo lo que no fuera lo que teníamos entre manos. Me lo recomendó Gabriel, un escultor que por aquel entonces vivía en el mismo pueblo que yo. Cuando le pedí ayuda al calderero para experimentar con la escultura me miró con curiosidad. Gabriel es un escultor informalista, de modo que de mí también podía esperar cualquier cosa. Los dibujos que le mostré a aquel artesano de manos talladas en piedra no creo que le impresionaran mucho, pero el yunque, las tenazas, el martillo y el fuego estaban cerca y él estaba harto de hacer torres de asalto, todas iguales. Tenía una excusa para volver a su rincón y hacer lo que más le gustaba. Los hijos me miraban con desconfianza y reclamaban la atención de su padre siempre que podían, pero lo pasamos bien juntos y aprendí mucho. De escultura, poco, no sabía contener el espacio, como hacen los verdaderos escultores, yo dibujaba en él, como hacen los pintores. Cuando algún tiempo más tarde empecé a trabajar con Pere Casanovas, me llevé aquellos perfiles femeninos forjados en una calderería que está al lado de las vías del tren, cerca de la estación de Figueras. La Porta d´Ordis, de Ordis (hay otra versión idéntica en Barcelona), y La casa del poeta, de Salou, son herederas directas de aquella primera serie. Treinta años más tarde, a principios de 2021, segundo año de pandemia, decidí hacer una nueva versión de La casa del poeta. No podía hacerla de diez metros de altura, como hubiese sido mi deseo, así que reduje mis pretensiones y escogí una escala sensiblemente más pequeña: metro y medio de arista, y un metal noble más liviano que el acero, el aluminio.

Me ha sorprendido mucho el resultado. En este momento está expuesta en el museo de Can Mario, de la Fundació Vila Casas, en Palafrugell. Invito al público a entrar en ella, porque es habitable y en su interior pasan cosas. Por de pronto, el visitante cambia de escala, reduce su tamaño, es muy extraño, su metro setenta o metro ochenta de altura disminuye entre treinta y cuarenta centímetros, que es muchísimo. Sólo hay que ver la foto que encabeza estas líneas. Yo mido metro ochenta y seis, soy rubio y llevo el pelo largo y lacio, tengo veintiocho años, pero nadie lo diría, viendo la foto, ya dije que ahí adentro pasaban cosas. Desde el interior apenas lo notas, pero para los que lo ven desde el exterior es muy notorio. El objetivo de la cámara es más sensible que el ojo humano y capta el fenómeno perfectamente. A mí me ha impresionado verme, la verdad. Parezco mayor.

Tengo una teoría. Hace unos días escribí que entre las cuarenta obras expuestas en el museo, finalistas de un concurso, hay un aleph, o más de uno, que hay que buscar para encontrar al ganador. Es un juego. Un aleph se manifiesta por medio de sensaciones e intuiciones que suelen ir acompañadas de fenómenos inexplicables. ¿Y si está en La casa del poeta? No digo que sea obra, sólo que a lo mejor está en su interior.

foto Maria Alzamora

El sábado pasado, 5 de junio, se inauguró la exposición de las obras finalistas del concurso de escultura de la Fundación Vila Casas, en el Museo Can Mario de Escultura Contemporánea, en Palafrugell, Girona. Pero antes de hablar de ella me gustaría comentar brevemente algunas noticias relacionadas que han coincidido en el tiempo, para contextualizar el evento. Estamos en 2021 y Marina Abramovic ha sido galardonada con el premio Princesa de Asturias de las Artes. En una de sus acciones más conocidas, Abramovic permaneció con su pareja, frente a frente, de pie, desnudos, en el umbral de la puerta de entrada de la galería donde se presentaba la performance, dejando un intersticio entre ellos por el que pasaba el público, forzando un contacto físico entre artistas y visitantes, porque la puerta era deliberadamente pequeña; pero su consagración definitiva fue en 2010, en el MoMA de Nueva York, cuando se sentó 716 horas frente al público, sentado frente a ella, de uno en uno, mirándose fijamente y en silencio a los ojos, con una sencilla mesa por en medio.

Mona Hatoum, artista británica de origen palestino, inaugura estos días una gran exposición en el IVAM de Valencia, después de ganar el premio Julio González, en la que muestra, entre otras muchas ocurrencias, como diría mi madre -no es una expresión peyorativa, es descriptiva-, ralladores de verdura y queso aumentados de tamaño hasta el absurdo, convertidos en biombos y bancos en los que nadie osaría sentarse. Es impactante, sin duda. “Podríamos hablar de un cierto humor negro, además de la influencia surrealista de artistas como Duchamp o Magritte que Hatoum ha señalado como referencia”, escribe José Miguel Cortés, comisario de la exposición.

“Chiharu Shiota (Osaka, 1972) es una de las artistas de más proyección internacional, una especialista destacada en performance e instalaciones, obras efímeras que caducan y que se conocen por haber sido documentadas y fijadas por la fotografía. Esta semana, Shiota ha presentado la que será su única obra permanente en Europa, In the beginning was…, una instalación construida en un edificio cúbico de 6 metros de alto ubicado en el complejo artístico-industrial Planta de la Fundación Sorigué, una gran cantera de tratamiento de áridos en la Plana del Corb, cerca de Balaguer”. De este modo empieza Pau Echauz su artículo a página completa en La Vanguardia del lunes, 7 de junio de 2021. La foto que lo encabeza es bastante grande: “Chiharu Shiota ante su obra evocadora del origen de todo, construida con lana y piedra”.

Se impone lo efímero, para retratar una sociedad que parece encaminarse hacia ninguna parte. ¿Para qué construir, si todo va a ser destruido? Abramovic, Hatoum y Shiota buscan el arte donde no lo buscarías nunca, en los objetos más banales, en las asociaciones más disparatadas, en la fragilidad y el azar, sobre todo en el azar. Y en la nada; y el gesto; a veces basta con una mirada. Siguiendo esta lógica los artistas deberían ser también anónimos, como el sabater d´Ordis, que dirigía la tramontana con una batuta, para regocijo de Philip Glass, que nunca supo de su existencia, pero le hubiera aplaudido. O la obra de Lichtenberg Un cuchillo sin mango cuya hoja se ha perdido, que expusieron los dadaístas en el siglo XX. Su autor, en el XVIII, no sabía que había hecho una obra de arte y murió feliz. ¿Se puede juzgar una idea en tres dimensiones, por trivial que sea? Es un tema interesante, porque lo bueno puede que sea malo y lo malo bueno, no hay nada que sea bueno o malo, lo importante es que esté acompañado por un relato literario bien construido. Al final, la obra no es la forma, es el título, como anticipó Lichtenberg sin ser consciente de ello, es ahí donde tiene que esforzarse el artista.

Pero volvamos a Can Mario, os diré por qué creo que vale la pena ver esta exposición. Yo el sábado busqué el Aleph, ese lugar en el que convergen todas las energías, porque ahí está el ganador del concurso. El montaje es abrumador: cuarenta esculturas, seleccionadas entre cuatrocientas candidatas, forzadas a convivir en un espacio común, por fortuna bastante grande. Busco una capaz de representarlas a todas. Es una tarea imposible, lo sé, porque las hay que han abrazado la causa de la contemporaneidad, mientras que otras han permanecido fieles al objeto capaz de definirse por sí mismo. A lo mejor no existe, después de todo, pero vale la pena intentarlo, ese es el objetivo de la visita. Es posible que a lo largo y ancho del museo haya un Aleph tan potente que anule cualquier competencia, como Saturno devorando a sus hijos; o puede que no, que esté ahí, delante nuestro, en la pieza más pequeña, aquella que nos pasó inadvertida en nuestro primer recorrido, porque el arte nos enseña que con frecuencia lo grande es pequeño y lo pequeño puede ser enorme. Ahí está Vermeer con sus pequeños lienzos en los que cabe todo el universo.

Busqué el Aleph en la doblez de una plancha de hierro pintada de negro, en un destello dorado, en un reflejo, en el vacío, en la opacidad, en el aire, en una piedra, en la madera que serpentea, y encontré dos: uno pequeño, en la sala de los finalistas y otro, mucho más poderoso, entre los que no llegaron a la final.

Esta pintura formaba parte de un díptico de grandes dimensiones que expuse en Bélgica en 2017. Un año más tarde la alianza se rompió, la tela de la izquierda se convirtió en una menina apodada Dark Blue, que en este momento está de camino a la Provenza, y la de la derecha en este damero que titulé Si es música, ya en 2018. Me he topado con ella esta mañana, buscando una pintura apropiada para ilustrar un comentario que escribí ayer, al día siguiente del concierto que Alba Ventura ofreció en el Palau de la Música de Barcelona, el 8 de junio de 2021, a las ocho de la tarde. Lo que íbamos a ver y escuchar aquel caluroso atardecer era nada menos que la suite Iberia de Albéniz, entera, una obra maestra de la música para piano en un templo modernista que inspira respeto y cariño a partes iguales. En eso también coinciden, el Palau y Albéniz.

Jorge de Persia, sentado a mi izquierda, me dijo antes de que empezara el concierto que posiblemente de todo el aforo -estaba lleno- yo era uno de los que más iberias integrales había visto y oído. Eso no me convierte en buen auditorio, no lo soy, pero es verdad que he presenciado unas cuantas, desde que asumí la responsabilidad de representar a la familia Albéniz en el museo Albéniz de Camprodón, asociado al festival internacional de música que se celebra cada año, desde hace varias décadas. Una de ellas fue precisamente de Alba Ventura, un 15 de agosto de hace tres años, con motivo de la Medalla Albéniz, y fue el recuerdo de aquella velada inolvidable lo que me llevó a coger el coche y bajar a Barcelona. La propuesta era irresistible, cualquier cosa podía pasar y no era cosa de perdérsela.

Si en Camprodón fue una experiencia, en palabras de la entonces Consellera de Cultura Mariàngela Vilallonga, que le hizo entrega de la medalla, lo de ayer fue, además, un regalo. ¡Qué colorido! Alba disfruta tocando y se nota, transmite alegría, intensidad, goce, también dramatismo, cuando es de eso de lo que se trata, pero sobre todo la alegría de interpretar una obra maravillosa en un lugar extraordinario, con un público con el que conectó con la primera frase de Evocación. Una noche mágica, sin duda, que recordaremos.

No sé si cambiarle el título a la pintura o añadirle un subtítulo: Iberia.

Isaac Albéniz, París 1899

segundo intento

Me sobresalto cada vez que veo en la prensa algo sobre la polémica del Hermitage de Barcelona. La último que he leído es que el Liceo ha entrado en el debate, posicionándose a su favor. No tengo nada contra el Hermitage, faltaría más, amo la cultura, aunque a veces no la entienda, pero hace veinte años que formo parte de un proyecto que lleva el nombre de Museu Isaac Albéniz de Camprodon y no conseguimos tirarlo adelante con garantías. Y necesitamos muy poco. De hecho, lo tenemos casi todo, excepto un presupuesto digno. “Una cosa no quita la otra”, pues sí, la quita, porque destinar fortunas a franquicias foráneas representa vaciar las arcas del apoyo institucional que necesita la cultura de proximidad; a menos que los políticos responsables de esta decisión, la mayoría con poca experiencia en gestión cultural, consideren que Albéniz y Granados no están a la altura de Kandinsky y Malevich, porque ese es el mensaje subliminal que transmiten, mientras discuten acaloradamente sobre el Hermitage de Toyo Ito, perdón, de Barcelona.

Estas últimas semanas estamos tratando de organizar un homenaje al compositor francés Déodat de Séverac, alumno y buen amigo de Albéniz, del que se cumple este año el centenario de su muerte en Ceret, al otro lado de la montaña donde nació su amigo Isaac. Jorge de Persia, que es el alma del proyecto, ha hablado ya con un músico de prestigio y con un intelectual buen conocedor de este periodo pirenaico fascinante, donde creció el cubismo, en la estela del modernismo, y el arte moderno dio un giro inesperado, para dar una conferencia o mesa redonda previa a un concierto que podría celebrarse en el Monestir de San Pere, donde cada verano se celebra un festival de música que lleva el nombre del compositor. La idea es que este acto se programe desde una nueva entidad de naturaleza civil asociativa, la Associació d´Amics del Museu Isaac Albéniz de Camprodon, que estamos creando, en estrecha colaboración con el Ayuntamiento, heredera de la Fundació Pública Museu Isaac Albéniz de Camprodon de 1998, que dejó de existir oficialmente en diciembre de 2020 por defectos de forma. El museo, en su primera versión, se inauguró en 1999 y en una segunda etapa en abril de 2019, después de siete años cerrado por obras de remodelación y dificultades administrativas. Será la puesta de largo del nuevo ente y una declaración de intenciones: queremos un museo activo, que organice actos como éste, no un mausoleo.

No soy globalista, pero tampoco soy provinciano, creo firmemente que el arte no tiene fronteras, pero el Hermitage es un proyecto muy distinto del que tratamos de sacar adelante en el museo Albéniz. En el MNAC hay la mejor colección del mundo en pintura románica, sólo por eso valdría la pena visitar Barcelona, porque en el año mil, alrededor del Pirineo, se forjó la cultura europea. En este artículo, hablando de Séverac y de Ceret han aparecido en el escenario el románico del Monestir de Sant Pere y el de la ermita de Molló, dedicada a Santa Cecilia, la patrona de la música, el modernismo de Camprodón, el impresionismo de Albéniz y Debussy y el cubismo de Picasso, Braque y Juan Gris, con Manolo Hugué de anfitrión.

Hay relato. Hay cultura. Es el modelo de gestión cultural lo que está en debate.

dibujo de la serie “no sé qué pintar, mientras tanto, pinto”

segundo intento

Mi abuela reinaba en el número 86 de la calle Roger de Llúria, en el Ensanche de Barcelona. Entonces se llamaba sucintamente Lauria, el catalán estaba prohibido. Vivía en el Principal y sus hijos estaban distribuidos en varios pisos; la casa entera era de su propiedad. Los nietos nos movíamos por toda la finca, terrados y patios interiores incluidos, con total libertad. Era un microcosmos dentro de la gran ciudad. Pero de quien me gustaría hablar hoy es de Trini, la portera. Era la bondad personificada y nos quería mucho. Entró a trabajar con mi abuela a los trece años, después de la guerra, o quizás antes, formando parte de su servicio doméstico, y siguió con ella hasta el final. Cuando se casó con Severiano Tineo, un inválido de guerra, pasó a la portería, de donde no se movió hasta que se jubiló; entonces se fue a vivir con su marido a un piso que compraron en Sant Just Desvern, en las afueras de la ciudad. Por aquel entonces mi abuela estaba enferma y no salía de casa. Nadie se atrevió a decirle que Trini se jubilaba y dejaba la portería. Suena muy fuerte, pero la consideraba de su propiedad. Trini, por su parte, la adoraba y la consideraba su protectora, nada malo podía sucederle estando cerca de ella. Sufría una variante doméstica del Síndrome de Estocolmo, bastante común en aquella época de tatas y seños. En el periodo de tiempo que transcurrió entre su jubilación y la muerte de mi abuela, quizás fueron dos o tres años, Trini cogió cada día al atardecer un autobús de ida y uno de vuelta desde Sant Just hasta el Ensanche para asomar la cabeza a su dormitorio y, desde el quicio de la puerta, darle las buenas noches, como había hecho siempre.

A finales de los años cincuenta o principios de los sesenta ocurrió algo extraordinario, en el número 86 de la calle Lauria. Franco visitó Barcelona y su mujer, doña Carmen, visitó a Maruja, la sombrerera del segundo primera. Maruja era una mujer muy religiosa y sus sombreros se habían ganado la admiración de la burguesía y la nobleza, que acudía a su casa-taller en busca de turbantes de seda y pájaros de tela a punto de revolotear alrededor de las cabezas de las damas de alcurnia que se lo podían permitir. Trini dejó la portería, el ascensor y la escalera como una patena, fue a la peluquería, se puso sus mejores galas y esperó con las manos en el regazo y una sonrisa beatífica la llegada de la mujer del dictador. Severiano no asomó la cabeza; no quiso o no le dejaron hacerlo. Seguramente las dos cosas. Había luchado en el bando republicano. Oí decir que había sobrevivido a un fusilamiento. Tenía una joroba prominente. Aquel día uno de mis primos vio subir a la azotea a un soldado armado con un fusil enorme, para establecer un puesto de vigilancia.

En la esquina de arriba, la de la calle Mallorca, estaba la sede de la Falange Española, en un bonito edificio modernista que hoy alberga la Delegación del Gobierno -no sé si escribir los mismos perros con distintos collares, pero eso sería pasarse un poco-, y yo vi, no estoy seguro de si fue aquel mismo año u otro, desde el balcón del cuarto segunda, donde vivíamos, un acto de exaltación franquista en la acera de enfrente, al anochecer, con un grupo de falangistas con boinas rojas, que desde luego no había fabricado Maruja, en perfecta formación cantando el Cara al sol a voz en grito, en presencia de su líder. Por lo demás, la calle estaba desierta y las azoteas pobladas de sombras vigilantes.

Mi generación ha sido testigo directo del horror fascista. No sé si somos del todo conscientes, o si la memoria es frágil. Yo, aquella noche, en el balcón, mirando a través de los barrotes, pude percibir el arrobamiento un poco impostado de mi madre y el silencio incómodo de mi padre, mientras nuestra idílica imagen familiar aparecía en el visor de una mira telescópica con visión nocturna. Todos éramos amenazas potenciales. Imagino cómo debía sentirse Trini, agazapada con su marido en un rincón de la portería.