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Foto Maria Alzamora

Daniel Mordzinsky salió de Argentina en 1978, en plena dictadura, y, como buen argentino, se fue a París. Hacía fotos sociales, comprometidas, según él no demasiado buenas, pero de alguna manera consiguió que le ofrecieran una exposición. A pesar de ello se sentía triste y solo, alojado en una chambre de bonne en el sexto piso de un edificio sin ascensor, en el número 14 de la Rue Elzévir, en Le Marais. Admiraba a sus paisanos escritores y en Buenos Aires había tenido la fortuna de fotografiar a Borges. Leía mucho y tenía muy pocos amigos en París. Poco antes de la inauguración tomó una decisión desesperada. Bajó los seis pisos, entró en una cabina, buscó en la desvencijada guía hasta que dio con el nombre que buscaba: C-O-R-T-Á-Z-A-R, Julio. ¡Lo encontró! Ahí, con todas sus letras. Se armó de valor y llamó. Saltó el contestador automático y no se atrevió a dejar un mensaje. Arrancó la hoja y regresó a las soledad de su buhardilla, abatido. Pero volvió a intentarlo al cabo de un rato y esta vez dejó un mensaje: “Me llamo Daniel Mordzinsky, no soy nadie, no he hecho nada, pero hago una exposición de fotografía y me harías el pibe más feliz del mundo si vinieras a verla. Es en tal sitio, inauguro a tal hora, etcétera”.

Cortázar, conmovido, fue a la inauguración, acompañado de su mujer.

En una sala continua -estamos en la exposición Cercas d’aprop, en la Casa de Cultura de Gerona, en diciembre de 2013-, rodeados de retratos de Susan Sontag, Quim Monzó, Enrique Vila-Matas, García Márquez, Bolaño, John Irving, Paul Auster, Cabrera Infante y un largo etcétera, además de los mencionados Borges y Cortázar, un actor hizo una lectura dramatizada de tres relatos de Javier Cercas, acompañado de un guitarrista y dirigidos por la esposa del escritor. Lamento no recordar el nombre de ninguno de ellos, porque fue fantástico. El actor era alto, delgado, con el pelo rizado de color claro, llevaba una camisa granate, gafas de pasta oscuras, que blandía de vez en cuando como una batuta, y tenía en general un aire a lo Félix de Azúa que le sentaba muy bien. Hizo un trabajo admirable, nos transmitió toda la emoción y el humor de los relatos, que nos parecieron buenos y divertidos.

Al salir lo busqué para felicitarle y agradecerle su actuación, pero me costó dar con él, porque no era alto ni rubio, ni llevaba gafas oscuras de pasta, tampoco vestía una camisa granate y no se parecía en nada a Félix de Azúa. Es un magnífico actor.

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búho

En la torre circular donde trabajaba, Montaigne hizo rotular estas palabras: Que sais-je?, y a partir de esta premisa construyó una obra formidable que denominó Essais. Me atrevería a decir que tanto la pregunta como el título son de lo mejor del proyecto al que dedicó su vida. Pasa un poco como con La razón poética, de María Zambrano; el enunciado lo dice todo.

Mi madre tenía una máxima: Haz poco y te agradecerán lo poco que haces, haz mucho y siempre te echarán en cara lo poco que no has hecho. Y eso que ella era de las de hacer mucho.

Yo acabo de acuñar otra que, como la de Montaige y la mi madre, son el resultado de la experiencia: Nos creemos mejores de lo que somos. No es muy original, pero es expresiva.

En el entorno político y social en el que vivimos es fácil llegar a la conclusión de que nosotros somos muy listos y los que nos gobiernan muy tontos. Son tan increíblemente estúpidos que a veces llegamos a dudar, ¿no serán increíblemente inteligentes?, y buscamos entonces intrincadas estrategias maquiavélicas para tratar de justificar lo zafio de sus discursos. Jamás he tenido éxito en esta búsqueda (a lo máximo que he llegado es a formular que el Sistema es inteligente y sus gestores no). Estoy generalizando mucho, desde luego, porque hay algunas excepciones. Pocas, pero notables.

Los artistas somos especialistas en creernos mejores de lo que somos en realidad, porque esta fe irracional nos sostiene. Recuerdo que cuando empecé a exponer, un poco tarde, porque siempre llego con retraso a todo, éramos muchos los que empezamos y muy pocos los que perseveramos. La mayoría abandonó, bien por un ataque de lucidez, porque este oficio es muy duro, o porque dudaron de sí mismos, de la calidad de su propuesta creativa, y sin este convencimiento es imposible seguir haciendo cosas que no sirven para nada, porque no se comen ni sacian la sed, ni tampoco te transportan de un lugar a otro. ¿O sí?

142 Geneviève Vix

Geneviève Vix fue una famosa soprano francesa que triunfó en Europa y América en la primera mitad del siglo XX.

Esta foto está dedicada a “Henriette Albéniz de Alzamora” en 1921, el año en el que se casó en segundas nupcias con Kirill Vasil’evich Naryshkin, hijo de Vasilii L’vovich Naryshkin y la princesa Fevronia Pavlovna Jambakurian-Orbeliani. Pocas bromas.

Diez años antes, fue muy comentada su íntima amistad con el rey Alfonso XIII.

Los artistas pintamos y esculpimos las facciones de los príncipes y los poetas narramos sus hazañas, mientras ellos están muy ocupados tratando de conquistar estrellas del espectáculo y vencer complejos inconfesables a base de amasar fortunas y acumular poder. Miguel Ángel esculpió la Pietà a los veinticinco años y, a pesar de la calidad de su obra, tuvo problemas económicos toda su vida, por lo que necesitó adular a Julio II – el hombre más poderoso de su tiempo -, que hoy sería un perfecto desconocido sin la decisiva intervención del pequeño y fibroso romano en su pontificado.

¿Quién habría oído hablar de Inocencio X sino fuera por el maravilloso retrato de Velázquez? El pintor sevillano se casó con la hija de Francisco Pacheco, su maestro, y como le gustaba vivir bien fue aposentador real y, en segundo término, pintor; pero fue este cortesano el que inmortalizó a los que le daban de comer.

No sé quién dijo que la anécdota es la Historia; por esta razón los poetas son los mejores cronistas. Los más fiables.

Detrás de los retablos medievales y las estatuas ecuestres hay un artista que se expresa, mientras que lo representado es, en el mejor de los casos, una mentira piadosa. Alejandro Magno era un joven sanguinario con un transtorno bipolar grave sin un diagnóstico claro, Robin Hood no está probado que robara a los ricos para dárselo a los pobres (en cambio, sí está comprobado que el capitalismo salvaje, hoy mal llamado liberalismo, consiste básicamente en robar a los pobres para dárselo a los ricos) y Franklin D. Roosevelt fue un hombre atormentado por la polio (que ocultaba); nosotros los hacemos grandes, los inventamos, incluso Dios es una criatura de barro que moldeamos con nuestras manos y no al revés, como han querido hacernos creer (“El hombre ha inventado a Dios única y exclusivamente por miedo a la muerte”, le escribió Isaac Albéniz a Francis Money-Coutts, en una carta fechada en 1901).

Es una manera de hablar, naturalmente, pero creo firmemente que somos los débiles los que hacemos grandes a los poderosos.

David Miró me escribió un texto en 1990 para un catálogo que encabezó con esta cita de su abuelo, Joan Miró:

Les artistes sont les vrais aristocrates du monde.

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El éxito artístico pasaba por Nueva York en la década de los ochenta, como antes lo había hecho por París y ahora posiblemente lo haga por Londres o Hong Kong. Gloria Cortella, una dealer de la calle 55, me ofreció en 1982 organizarme una exposición si me quedaba un año en Nueva York. Me lo pensé unos días y le respondí con una frase memorable: “Entre Ordis y Manhattan no hay color”, y muy contento con aquella estupidez me volví a casa.

Soy bueno tomando decisiones equivocadas. Que después trate de justificarlas es una necesidad. Lo que es más difícil de entender es que trate de construir una vida a partir de ellas.

Toda la vida he sido hipermétrope, pero en esa época no llevaba gafas (las usaba sólo para leer, ir al cine y pintar). Creo que hay una relación entre una cosa y otra. Los que padecemos esta anomalía de la vista en teoría vemos bien de lejos y mal de cerca, nos cuesta centrar la mirada en objetos muy próximos. Imagino que observaba de frente la realidad y mi mirada la atravesaba para posarse un poco más allá, donde sí podía focalizar con cierta precisión. Yo no quería que fuese así, como el estudiante disléxico que quiere pero no puede concentrarse.

Está muy claro que mi heroica decisión fue un gran error desde el punto de vista profesional, porque la estrategia en aquellos años era quedarse, exponer, invitar a la colonia española y regresar diciendo que habías triunfado en Nueva York. Lo de menos era el resultado de la exposición.

Entonces no era consciente de que lo mío era atracción al fracaso, para evitar a toda costa que el éxito enturbiara las cristalinas aguas de mi escepticismo existencial.

En 1982 el éxito no era una prioridad, y sigue sin serlo.

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Foto Maria Alzamora

Todavía impactado por las sórdidas imágenes de furgones policiales saliendo de noche de los juzgados de Madrid, llevándose en su interior a la mayoría del gobierno catalán, hombres y mujeres de un probado pacifismo pero con ideas revolucionarias, me siento en un taburete del único bar abierto del barrio. En Barcelona, pasada la medianoche, es muy tarde para cenar, pero el camarero me hace un bocadillo frío y me pone una caña que me sabe a gloria. Fuera, en la calle, vuelve el blanco y negro de los años sesenta.

En la mesa de al lado hay cinco personas de mediana edad. Aparentan unos sesenta años, bien llevados. Parecen dos parejas y un single. Hay restos de cena y parece que van por la tercera botella de vino. El single pide un whisky con agua y hielo.

– No quiero hablar más de este tema. ¡Estoy agotado! El problema, en realidad, no es Cataluña, ni siquiera es España, ¡el problema es el Partido Popular! Cataluña es una consecuencia más de la larga serie de barbaridades perpetrada por este partido, fundado, no lo olvidemos, por un grupo de ex ministros franquistas, que Aznar llevó al poder en el 96 gracias a la ayuda inestimable de Felipe González. Nadie se acuerda de la corrupción de aquel gobierno socialista, que nos parecía insuperable.

Lanza una carcajada sin alegría y bebe un largo trago de whisky, que debe de estar fuerte porque el hielo no ha tenido tiempo de derretirse.

– Nada de lo que ha hecho el PP sería posible sin el PSOE – Sentencia – Porque ni el PSOE es socialista ni el PP conservador. Uno es de derechas y el otro de extrema derecha; siento lástima por la gente de buena fe que les vota, guiándose sólo por el enunciado. – Bebe otro trago, mucho más comedido – Hay fractura social en Cataluña, ¡claro que sí!, pero el máximo responsable es un gobierno que ha destruido el tejido social español con su política ultraliberal, favoreciendo a sus amigos y a sí mismos con privatizaciones, rescates bancarios, amnistías fiscales, financiaciones irregulares que han contribuido a ganar elecciones, ordenadores destruidos a martillazos (¡por Dios!), tarjetas de crédito de libre disposición, AVES sin pasajeros, aeropuertos sin aviones, piscinas sin agua, pabellones culturales y deportivos sin función cultural ni recreativa… Ya lo advirtió el 15M: ¡Esto no es una crisis, es una estafa! El capitalismo salvaje también puede resumirse con una frase igual de sencilla, igual de cierta: robar a los pobres para dárselo a los ricos. Hay fractura social en toda España, ¡naturalmente que sí!, en diez o quince años la diferencia entre ricos y pobres se ha hecho mucho más profunda; cada vez hay menos ricos, pero son más ricos, cada vez hay más pobres y buena parte de ellos rozan la indigencia. Pero no quiero entrar en esto. ¡No puedo más!

Sus amigos apenas intervienen, pero le escuchan con atención y asienten convencidos. Parece tener alguna ascendencia sobre ellos. Lleva una camisa azul pálido con una pequeña marca bordada en el bolsillo y en el respaldo de la silla descansa una americana negra, de tela un poco basta. Es muy delgado, afilado, con el pelo gris muy corto y gafas de montura de titanio. Tiene un tono de voz agradable. Sabe hablar. ¿Será profesor? ¿Conferenciante? ¿Escritor? ¿Periodista? Me inclino por esta última hipótesis, no sé por qué. Me imagino que está de paso por Barcelona y sus amigos le han invitado a cenar. En alguna ciudad europea le espera un hombre o una mujer que se sabe de memoria este discurso tan fluido. Yo no me pierdo palabra, mientras trato valerosamente de comerme un bocadillo que parece hecho de goma. Dice que no quiere hablar del tema, pero está sufriendo un ataque de incontinencia verbal…, eso: incontenible.

– ¡Los números son muy testarudos! En 2005 el independentismo en Cataluña no llegaba al 15% y hoy roza, si no lo traspasa, el 50%, después de encarcelar al gobierno de la Generalitat por rebelión, sedición y malversación, dándoles apenas veinticuatro horas para comparecer ante una juez de controvertida trayectoria profesional, para decirlo con delicadeza. ¿Qué ha pasado, desde aquellas cuestaciones callejeras de Rajoy, Esperanza Aguirre y sus acólitos pidiendo firmas contra el Estatut, en 2006, como quién pide unas monedas para la Cruz Roja a cambio de lucir una banderita en la solapa? Ha pasado el PP. El PP ha ocurrido y su efecto es devastador. Después de aquella pantomima callejera los catalanes se lanzaron también a la calle, heridos en su orgullo. Yo vine un año desde Madrid para participar en la Vía Catalana, y nunca he sido independentista. Sigo sin serlo. Era más una cuestión de dignidad que de convencimiento político. ¿Y cual fue la respuesta del Gobierno? Arrogancia, intransigencia, intolerancia y desdén. Sin fisuras, sin diálogo, sin propuestas alternativas. ¡A por ellos! La catalanofobia siempre ha dado buenos réditos electorales en España, o apoyo popular, que viene a ser lo mismo, desde Carlos III al General Franco, pasando por Isabel II. Todos ellos prohibieron el catalán. No quiero mirar al pasado, pero lo tengo delante. ¡Tampoco voy a ignorarlo!

Hace una pausa para beber. Me mira, estamos a tres metros de distancia, levanto la jarra de cerveza y brindo por él. Hace lo propio con su vaso alargado, tintineante, y sonríe.

– Y soy de los que cada año empuja el coche de Carlos Sainz para que gane su segundo Dakar; y estoy deseando que el McLaren de Fernando Alonso tenga por fin un buen motor el año que viene, para que pueda demostrar por fin su talento; y he pedaleado con Indurain en pleno verano, bajo un sol de justicia, y le pego duro a la bola ante Federer, cuando juega con Rafa Nadal. Y que no me quiten a Goya ni a Velázquez, ni a Albéniz y Granados, mis paisanos, aunque ellos trascienden el patrimonio nacional, porque son universales. ¡Pero también son muy nuestros!

Consigo terminar el bocadillo y apuro la cerveza. Me quiero ir, pero no me quiero perder el final, si es que lo hay. El orador intuye lo que me pasa y le dice al camarero que me ponga otra caña. Corre un poco su silla y me acerca otra, de una mesa vecina. Somos los únicos parroquianos. Me siento a su derecha pero no me presento, no me da tiempo, porque se gira hacia mí y me dedica sus próximas palabras.

– Sin dejar de ser catalán, puedo ser tan español como cualquiera, siempre que un sector del país no se apropie de lo que es ser español y declare ilegal la tolerancia y el respeto por la diferencia.

Echo de menos el tabaco en los bares y restaurantes, aquellos tiempos en los que todos fumábamos y en estas improvisadas tertulias nocturnas hablábamos de arte y filosofía; de sociología, música y poesía, y los ceniceros rebosaban y había quien encendía un cigarrillo con la colilla del anterior. El humo y el alcohol combinados nos ofrecían un escenario acogedor y proclive a las confidencias, y parecía que las conversaciones y las discusiones eran más intensas. Aunque esta es de las buenas. Estoy pensando en esto y en los cinturones de seguridad, en todas las prohibiciones que he visto nacer a lo largo de los últimos treinta años, y casi me pierdo las frases lapidarias con las que remata la faena.

– ¿Volverán a iluminarnos los madrileños como lo hicieron en la Puerta del Sol, en mayo de 2011? ¿O el Partido Popular es España?

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Me he despertado pensando en una palabra que detesto y que, sin embargo, me define profesionalmente: artista. Siempre la he considerado un adjetivo calificativo. Se lo expliqué a Maria Lluïsa Borrás en una entrevista y le hizo mucha gracia; le dije: “Es como si me preguntaras a qué me dedico y te respondiera: Soy estupendo”.

Pensaba en que lo bueno de esta profesión es que no lo es: una profesión y, por lo tanto, todos sus oficiantes somos diferentes. Lo que tenemos en común es precisamente eso: la diferencia. No es que me las de de inteligente y sofisticado, con este discurso tan críptico, es que esta mañana me he levantado un poco borde y lo que quiero decir, en realidad, es que en la medida en que nos parecemos somos artesanos y en la medida en que no nos parecemos somos artistas.

La mayoría de los artistas son artesanos, trabajan con las manos y con el cerebro, sobre todo con el cerebro, llevan ropas ajadas y manchadas, tienen sus propios horarios, viven normalmente con apuros económicos, hablan mucho de sí mismos y se creen mejores de lo que son, en realidad. Y, en el mejor de los casos, son innovadores, como cualquier pequeño empresario.

Los artistas son raros. Los mejores no escriben, ni pintan, ni componen música, son imperceptibles. Siempre he creído que se crea por defecto, no por virtud.

¡Vaya despertar! No sé por qué me ha venido esta reflexión hoy, ahora, esta mañana, a las seis y media. Ayer terminé La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Decir que me ha gustado es quedarse corto, me ha impactado, me ha hecho mejor persona, soy un poco más rico después de leerlo. Seguramente influye el hecho de que yo haya acabado de escribir también un libro sobre el duelo: Dosmildiez, el año en que murieron mis padres -con tres meses de diferencia entre uno y otro- y todo cambió.

También es significativa una coincidencia: en mi libro anterior (Entre Creta y Sausalito) y en éste hablo en más de una ocasión del gran reto del artista: cómo transformar el dolor en belleza. RM lo articula de manera muy parecida y, encima, lo hace.

En la literatura sobre el duelo había destacado antes dos libros: La invención de la soledad, de Paul Auster, y el más reciente de Marcos Giralt, Tiempo de vida. He comprado y empezado otros; uno de Richard Ford, Mi madre, me pareció adecuado al momento en el que estaba yo, pero no pude con él. Hace años que empiezo muchos libros y acabo muy pocos. No basta tener una buena historia entre las manos, hay que saber narrarla, y pocos lo consiguen.

Lo de Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte es milagroso. El paralelismo con la experiencia vital de Marie Curie nos alcanza a todos, mortales e inmortales, seres humanos desesperados buscando un significado improbable, una explicación inalcanzable, pero felices de poder intentarlo. ¡Vaya paradoja!

Hace unos días, también muy temprano, escribí estas enigmáticas palabras: “Creo que escogí nacer, hay que ser consecuente. Sabía a lo que me arriesgaba…” Las tengo aquí, al lado del teclado, la frase inconclusa, como si algún día fuera capaz de terminarla, garabateadas en una página cuadriculada arrancada de un cuaderno de mi mujer que tenía a mano en aquel momento.

Quise escribirlas para no olvidarlas, como tantas otras veces.

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Foto Maria Alzamora

La Matemática de la Historia, como definió el filósofo Pujols la obra de Alexandre Deulofeu, es un estudio riguroso de la Historia con una metodología concienzuda, aparentemente científica. A partir de los datos obtenidos, Deulofeu la estudia como si se tratara de un cuerpo orgánico; dibuja esquemas, genealogías, aplica modelos estadísticos y saca conclusiones. Parte de la premisa de que la civilización no progresa (no puedo estar más de acuerdo) y se mueve por ciclos; saber dónde estás ahora puede permitirte adivinar de alguna manera el futuro, un poco como cuando quieres salir a navegar y miras antes el parte meteorológico para saber qué tiempo tendrás.

En ambos casos, si aplicamos la máxima de que prevenir es curar, podemos intentar poner remedio a algunos males que nos aguardan más allá de la bocana del puerto.

Robert Fitz Roy fue el capitán del HMS Beagle durante el famoso viaje de Charles Darwin alrededor del mundo, entre 1831 y 1836. Lo que poca gente sabe es que es el padre de la meteorología. Fue el primero en atreverse a vaticinar el tiempo, hasta entonces considerado simplemente como tiempo aun no creado, basándose en modelos estadísticos, como hace Deulofeu con la historia de la humanidad.

¿Sabios o locos? Fitz Roy fue tildado de visionario, antes de reconocerse sus méritos y sus valiosas aportaciones, que han salvado miles de vidas. Deulofeu vaticinó la caída del imperio soviético (que no desliga del zarista), cuando éste estaba en el apogeo de su poder y nada hacía prever que duraría sólo hasta 1989, y también predijo que el nuevo imperio occidental sería una Europa liderada por Alemania, al inicio del siglo XXI. Decir esto en 1950, cuando Alemania estaba destrozada, tenía mérito.

Ah! Y pronosticó también que Cataluña sería independiente en 2029, cuando se acaba el ciclo imperial de España que, como todos los ciclos imperiales, dura 550 años.

Curioso, ¿no?