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Si es música / work in progress

Hace muchos años viajaba por la AP7 y oí el programa que tenía Gemma Nierga por las tardes en la SER. En aquella ocasión era un debate entre jóvenes, algunos de ellos migrantes. Una de la chicas era guineana, tenía dieciséis años y hacía seis que vivía en Madrid. Su castellano era perfecto, si acaso un poco más musical, apenas perceptible. La presentadora de la voz sonriente le preguntó qué es lo que más le había sorprendido de la cultura española, comparada con la de su niñez en África. “Los viejos”, respondió sin pensar. “Allá los veneramos y los honramos. Los visitamos al menos una vez por semana, aunque vivan lejos, aquí están apartados, marginados y recluidos en residencias comunitarias”. Alguien quiso cambiar de tema, porque entre los demás jóvenes ahí no había debate, pero Gemma Nierga tuvo la delicadeza de imponer silencio e invitar a la reflexión: “Esto que acabas de decir es muy importante”, susurró, sorprendida. No sé si aquel silencio alcanzó a los contertulios o a los oyentes, pero a mí las palabras de aquella joven se me quedaron grabadas en la memoria.

Ryszard Kapuściński contaba en uno de sus libros que en las aldeas de Uganda -es un suponer, no recuerdo de dónde hablaba, pero sé que estuvo ahí- la pérdida de los ancianos era una gran catástrofe para su clan, hasta el punto de que si se quedaban sin ninguno y en la choza de al lado tenían dos, les prestaban uno.

El gran Quino dibujó una viñeta en la que se veía a un hombre rico, de mediana edad, barriga prominente, puro con vitola, reloj cronógrafo grande, anillo de oro, sombrero de fieltro y un coche despampanante a su lado, americano, y un hombre pobre, viejo, vestido con harapos, pero digno, con sombrero de paja deconstruido, casita medio chabola detrás suyo y, a su derecha, un carro desvencijado tirado por una mula con semblante entre filosófico y aburrido. Le pregunta al forastero, mirando de reojo el coche: “¿Y si le llama, viene?”.

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No sé cómo ponerme. No acabo de encontrar la postura. ¿Estoy confinado? ¿Los artistas somos elementos de primera necesidad, de segunda, de tercera regional o somos prescindibles? ¿Podemos salir a la calle de dos en dos? En mi estudio pasan cosas, por fin, lo que sin duda es una buena noticia, pero no tengo mucha energía y trabajo poco. Leer me cuesta una barbaridad, aunque empiezo libros cada día. He leído la mitad de Los lanzallamas, de Rachel Kushner, y qué quieres que te diga. Ha sido un fenómeno en medio mundo, todos los medios culturales lo recomiendan, su protagonista es artista y motero, como yo, pero se me ha caído de las manos. Hoy en día ser original y un poco heterodoxo, dentro de los límites del mercado, es lo normal, lo moderno, pero la transgresión viene impresa en rústica o la exponen en las tranquilizadoras salas isotérmicas del MoMA. Richard Ford, eterno candidato al Nobel, fue profesor de literatura creativa, o algo parecido, ¿por qué todos lo son o lo han sido? El príncipe Carlos de Inglaterra dijo en cierta ocasión que los arquitectos no trabajan para la gente, sino que lo hacen para sus compañeros de curso. Lo criticaron ferozmente, pero eso mismo hacen los escritores, pintores, escultores y los que practican el Land Art, como Reno, la protagonista de Los lanzallamas. El problema de leer en este estado emocional al que nos ha arrastrado el coronavirus -habrá que encontrarle un nombre- es que no estás para bromas. Tonterías, pocas. O tu libro me cambia la vida o paso al siguiente. Vermeer, Chillida y Leonard Cohen cambiaron mi vida, como la Iberia de Alicia de Larrocha y la de Alba Ventura el año pasado, en Camprodón, o Narciso y Goldmundo, de Hermann Hesse, hace mil años, porque me hicieron mejor persona. Soy la suma de todas esas experiencias, aunque a veces tengo la sensación de que dedico más tiempo a restar que a sumar, porque borrar del paisaje cotidiano la impostura y la estupidez del entorno me exige un esfuerzo descomunal y un tiempo precioso que podría dedicar a escuchar buena música y leer bellos poemas. Pero, ¿dónde están? Acabo de terminar un libro subtitulado Un ensayo sobre arte contemporáneo (este lo he escrito yo) y una de sus tesis es que el arte está en cualquier parte, menos donde nos dicen que está, por eso cuesta tanto encontrarlo.

NY 1982 buena

Me va a costar desconfinarme. Algunos temas relacionados con mi patrimonio, tanto personal como intelectual (estos últimos tienen que ver sobre todo con la herencia de Albéniz), que tanto me está costando resolver -cualquier persona que haya trabajado en gestión cultural institucional sabe de lo que hablo-, me quedan de repente muy lejos y esa distancia me alivia. Por otro lado me parece haber redescubierto el tiempo. Hubo una época en la que era rico en tiempo y pobre en dinero. A mi amigo Lucas Lewin, que me alojó generosamente en su apartamento de Nueva York a principios de los años 80, le encantaba esta definición que había construido a mi medida. Quizás no sea casualidad que haya descubierto algo en el estudio precisamente ahora, después de cuatro largos años de crisis creativa. El silencio no es más que la ausencia de ruido. Además, está el mundo, la velocidad, los viajes turísticos, las fiestas, las inauguraciones, la ambición, las editoriales, las ferias de arte, la política, tan desesperadamente estúpida, y el dinero. Los aviones. El inglés. La gasolina. No sé. La gran novela americana. El miedo. Es como si todo eso me fuera ajeno. No espero que nadie lo entienda, pero yo he estado ahí, donde estamos ahora, sólo que fue hace muchos años y entonces estaba solo y ahora estamos todos. Bueno, la foto es en la Quinta Avenida en 1982 y éramos un millón, bajo el lema NO NUKES. Pero unos años antes de esta concentración viví una temporada en la montaña, sin agua corriente ni electricidad, y sentí vértigo, y algún tiempo después sobreviví unos cuantos años más sin teléfono ni reloj, pero era una elección personal. Luego, poco a poco, la cosa empezó a coger de nuevo velocidad.

– Los liderazgos son lo peor de la humanidad. Debemos evitar los líderes a toda costa y debemos ser capaces de crear autoconocimiento y autoorganización. Habitualmente los líderes son los más imbéciles de todos. No sabemos por qué, pero la selección natural también promociona ignorantes y gente que es incapaz para los puestos de responsabilidad que ocupan y que sirven siempre a las clases no inclusivas.

Lo dice el arqueólogo Eudald Carbonell en una interesante entrevista de Ferran Espada en el diario Público, el 12.04.2020.

29 Albéniz tocando el piano, con su hija Laura I
Isaac Albéniz y su hija Laura

A Rubinstein le convencieron mi bisabuela y sus hijas, entre ellas mi abuela, claro, para que tocara la Suite Iberia. No se atrevía, decía que tenías que ser español para hacerlo, porque hay que sentirlo. Me emociona la capacidad que tienen los intérpretes para hacer suya la música de otros, hasta el punto de plantearse dilemas morales como este. Cuenta la leyenda que Rubinstein tocó y erró, en un momento dado, y una de las hijas exclamó: “¡Igual que mi padre!”. Eso le convenció y se convirtió en un gran especialista de esta maravillosa obra.

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Escribo directamente en el blog. No lo hago nunca. Hace unos días empecé a pintar de nuevo, como he hecho muchas veces a lo largo de estos últimos cuatro años, desde que acabé la exposición dedicada a Ramon Llull en la Fundació Vila Casas. Cuando terminó aquella ambiciosa muestra, cumplí con algunos compromisos que tenía apalabrados -la preparación de L´escala de l´enteniment me llevó varios años- en Holanda, Bélgica y Sant Andreu de Llavaneres, y entré en una profunda crisis creativa. No me salía nada, sólo el mismo cuadro de ayer, día tras día, semana tras semana, y eso no me vale. Así, he ido acumulando fracasos y he coqueteado seriamente con la idea de dejar la pintura. ¿Por qué no? Nunca quise ser pintor, ni siquiera me gusta el mundo de la pintura y el término “artista” me hace sonrojar. Pero sé pintar, o sabía, y la profesión, si se puede llamar así, yo creo que no, me escogió. Cuando empecé a trabajar en serio tomé como una de mis referencias a Marcel Duchamp. No a sus ready mades, que considero “chistes de estudiante”, como decía Ernst H. Gombrich, sino al autor del Desnudo descendiendo la escalera y, sobre todo, al artista que dejó de crear en la cúspide de su carrera (no pongo comillas porque no acabaría nunca) para dedicarse a jugar al ajedrez en Cadaqués. Recuerdo que me prometí a mi mismo que, alcanzado un cierto reconocimiento, haría lo mismo.

Lo del reconocimiento lo estropea todo. Además, no sé jugar al ajedrez.

Hace unos días, en pleno confinamiento, volví sobre varias telas de gran formato que he ido revisitando a lo largo de esta travesía del desierto y he seguido trabajando en ellas, con la tranquilidad que da el no tener nada que perder. Siempre me quedará la escritura. Y ha sucedido. No sé todavía qué, pero ahora mismo, en el estudio, miro a mi alrededor y veo cosas que no había visto nunca.

La incorporación de estas geometrías blancas que sujetan la figura central, que ahora sostiene en la mano izquierda un cuadrado rojo -que dará título a la obra-, ha dado un vuelco a todo mi trabajo en dos dimensiones. Por otro lado, el cuadrado tiene una simbología luliana de representación de una verdad esencial que casa perfectamente con el icono de feminidad de la menina; que, estructuralmente, oh casualidad, también es cuadrada.

Dos apuntes más. El primero: vuelvo una y otra vez sobre trabajos supuestamente acabados (esta tela, por ejemplo, estuvo expuesta en Bélgica en 2017, en un estado anterior) porque creo en la premisa de Valéry: “Un poema no se termina, se abandona”; y dos, consecuencia del anterior: todas mis obras deberían llevar el título Work in progress.

 

 

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Hace unos días escribí un texto situado en 1980 que establecía un paralelismo entre la vida de Montgomery Marvin, protagonista de El profesor de Harvard, la novela de John Kenneth Galbraith que narra las peripecias de un economista que juega en el mercado de valores, y la mía propia, pese a estar a una distancia sideral. Él acabó en Wall Street y yo alquilando planchas de windsurf en la playa de Sant Pere Pescador; ninguno de los dos lamentó su suerte. Marvin y yo teníamos en común unos estudios universitarios: Ciencias Económicas, que él terminó con cum laude y yo abandoné cuando sólo me faltaba un curso para acabar. La verdad es que tuve que dejar también el libro, me di cuenta de que por mucho que me esforzara jamás entendería el funcionamiento de la Bolsa, y eso es fundamental, porque estructura todo el relato. Y esta mañana, recién despertado, con el libro inacabado todavía en la mesita de noche, he recordado una exposición de un famoso pintor europeo en París, hace pocos años, narrada por un amigo suyo que asistió a la inauguración. El espacio tenía varios pisos, nos explicó, y en cada uno de ellos había azafatas -sí, azafatas- repartiendo listas de precios -unos 300.000€ de media por pintura-, y un secretario o secretaria para satisfacer la demanda. Camareros perfectamente uniformados ofrecían copas de champagne Dom Pérignon. El vernissage, está de más decirlo, era por rigurosa invitación. Después se sirvió una cena. El amigo que tuvo el privilegio de asistir es un hombre de mundo, pero estaba impresionado. Tenía a su derecha a una pareja de unos cuarenta o cuarenta y cinco años que acababan de comprar una de las obras. No parecían entender mucho de arte, pero estaban entusiasmados con su adquisición. Nunca he estado más cerca de entender el mercado de valores.

Todos los héroes son anónimos

Hoy ha amanecido gris, encapotado, y la zona del Alt Empordà donde vivo parece un rincón de Yorkshire, pero la temperatura es agradable y he salido a caminar con las perras, como cada día. Nos rodea un silencio extraño; un silencio creado por el hombre, porque la naturaleza estos días de confinamiento general está exultante. Para mí, caminar es un espacio de reflexión.

Todo, o casi todo, tiene un precedente. Esta pandemia nos remite inexorablemente a la de 1918, mal llamada gripe española, que provocó una catástrofe humanitaria colosal debido a intereses militares. Surgió en 1917 en un campamento militar de Kansas y se propagó con enorme virulencia -nunca mejor dicho- y rapidez en el momento en el que Estados Unidos acababa de entrar en la Gran Guerra. El presidente Wilson sopesó la posibilidad de no enviar tropas a Europa, porque estaban en su mayor parte infectadas, pero ganó la causa bélica y un millón y medio de soldados americanos partieron hacia el viejo continente, donde el virus causó cuatro veces más muertes que la propia guerra, que ya es decir. Estamos hablando de cuarenta millones de seres humanos, pero la Historia, la que va con mayúscula, no habla de esto. La censura militar de la época prohibió mencionarlo y no existía WikiLeaks. Es como si la censura todavía actuara. No la de ahora, aquélla.

¿Olvidaremos también nosotros la pandemia de 2020?, le pregunto a Molly, que trota a mi lado, mientras Miss Brown persigue animales reales e imaginarios a una distancia considerable. Estos días me cuesta concentrarme y repaso febrilmente mi biblioteca en busca de algo que me haga olvidar por un momento lo que está pasando. No quiero admitirlo, pero busco distracción. Naturalmente, no la encuentro y pasan por mis manos lanzamientos editoriales recientes que, por una razón u otra, compré y no logré leer, y vuelven a su lugar, en las estanterías. Se publica demasiado. Hay poco rigor editorial. Me estoy yendo por las ramas, pero voy a seguir haciéndolo, a ver dónde me lleva la corriente. Molly asiente, comprensiva, está acostumbrada a mis desvaríos, y se aleja buscando aventuras más excitantes. Esta mañana, antes de salir de casa, he ido retrocediendo en el tiempo y cerca de antiguas ediciones de Hermann Hesse y Aldous Huxley (las compré nuevas), me he detenido en un libro de Luis Racionero de 1977, Filosofías del Underground.

Atrincherado en su legislación represiva y en su fuerza coercitiva, el sistema ha desbaratado todo intento de pasar de las ideas a los actos, de las flores a los dólares, del festival rock al situacionismo callejero. -La jerga, no sé si llamarla así, es típica de aquella década, heredera de la anterior, que es donde pasaron los hechos. Ahora cuesta un poco de leer, pero ¡es tan auténtica!-. De la praxis social y vital de la contracultura poca cosa queda ya: la música rock se ha utilizado como tinglado comercial a consumir en discos, en vez de como catarsis shamánica desrepresora; las drogas psicodélicas se han adulterado para destruir a sus usuarios; las comunas, lejos de arraigar en la ciudad y ser un medio de producción alternativa, se han postergado a inocuos enclaves bucólicos; las filosofías oriental y hermética se han banalizado en harekrishnas y horóscopos. En pocos años el “Big Brother” policial, de la mano del Moloch comercial, han neutralizado y asimilado lo que parecía el nacimiento de una cultura. Sometida, mixtificada, endulzada y prostituida, esta contracultura no es más que el patético despojo de aquella fiesta florida que muchos celebramos entusiasmados cuando empezábamos a creer en la inminencia de un cambio social conseguido a través de esta incipiente revolución cultural.

Mientras el camino se empina en dirección a las montañas de la Garrotxa, de tonos azulados y violáceos, pienso en Woodstock y en Pablo Iglesias y el 15M. ¿Qué queda de aquel sueño? Cielos atiborrados de aviones soltando combustible y mares contaminados sobre los que navegan, indolentes, cruceros enormes que son ciudades en movimiento. Cualquier día Pablo se despertará y se dará cuenta, horrorizado, de que no queda nada, todo habrá sido engullido por el sistema, una vez más, esta vez con él dentro.

El mayo del 68 nos dejó imágenes de violencia callejera en blanco y negro y un lema: “PROHIBIDO PROHIBIR”, puro idealismo ácrata; Woodstock, rodeado del mejor rock&roll de todos los tiempos, también tuvo el suyo: “HAZ EL AMOR Y NO LA GUERRA”, un sabio consejo; el 15M, plazas ocupadas por jóvenes y no tan jóvenes que decían “ESTO NO ES UNA CRISIS / ES UNA ESTAFA”, una frase de una lucidez impresionante, y esta mañana, desayunando, he leído en internet “NO PODEMOS VOLVER A LA NORMALIDAD / PORQUE LA NORMALIDAD ERA EL PROBLEMA”.

Abandonamos el camino principal y los amplios horizontes y tomamos un sendero que desciende entre encinas, robles y pinos, y diez minutos más tarde se abre un claro con campos de cereal a ambos lados; las mieses llegan ya al metro de altura. Nos sobrevuela una pareja de rapaces. Pronto llegarán las garzas. Luego el camino asciende de nuevo entre árboles hasta dar con una masía en ruinas y, junto a ella, aparece de pronto un campo de colza que exhibe descaradamente su amarillo imposible, tomado de una paleta que no tiene nada que ver con ninguna de las conocidas por estos lares. A su lado, palidecen los alysiums y las amapolas, tan bellas y tan frágiles. Me doy cuenta de que no se ven aviones en el firmamento. Vivo relativamente cerca del aeropuerto de Girona y hace años que forman parte del escenario.

Hace unos días vi por televisión a nuestro rey vestido con uniforme de campaña, de esos de camuflaje, parecía querer matar virus a cañonazos. El paisaje cambiante parece alimentar la dispersión mental. En mi pueblo los entierros son muy humanos. Se celebra el funeral en la iglesia románica de Sant Julià -el románico es el más humano de los estilos arquitectónicos-, se saluda a la familia a la salida, en la plaza, y poco después se camina lentamente hacia el cementerio, que está a unos trescientos metros. Normalmente en silencio, pero también se habla, en pequeños grupos y siempre en voz baja. Hace unos años caminaba en uno de ellos cuando se puso a mi altura un vecino. No sé su nombre, pero lo conozco bien. Cerca ya de nuestro destino oí que decía: “Es que si no, ¡no cabríamos todos!”.

No sé cómo procesar toda esta información. Molly y Miss Brown corretean alegremente mientras yo trato de meter todas estas palabras y situaciones y argumentos y reflexiones personales en una coctelera, que agito con energía -es un gesto elegante, si sabes hacerlo bien, que no es el caso-, sin dejar de mirar las piedras de color pardo claro que rodean la era, frente a la puerta principal de la masía abandonada. Es muy bonita. Acerco el recipiente a la nariz y huelo su contenido; sé que no debe ingerirse bajo ningún concepto, es terriblemente indigesto. En el aroma está la sustancia.