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Facebook obró el milagro. Más de medio siglo más tarde apareció en la pantalla de mi ordenador, que es lo mismo que decir de mi memoria, que es lo mismo que decir de mi vida, a eso hemos llegado, el nombre de Xavi Llebaria, un compañero de clase del Instituto Técnico Eulalia de Barcelona, allá por la primera mitad de los años sesenta, con Franco en El Pardo, la actualidad en blanco y negro y los tranvías circulando por la calles con sus traqueteos habituales y los característicos tintineos de sus avisos de parada. Me buscó, porque no teníamos amigos comunes. Fuimos compañeros de pupitre dos años, y de clase ocho o nueve. El recuerdo más nítido que tengo de él fue una pelea en el patio del colegio. Nunca me he pegado con nadie en serio, pero aquella pelea no fue ninguna broma. Por una vez sentí que podía ganar y me esforcé al máximo. Xavi debió pensar lo mismo y no me dio cuartel. Acabamos revolcados por el suelo, con un público reducido pero interesado, hasta que uno de los dos sangró por la nariz y aquella hemorragia señaló el final del primer asalto. No hubo segundo.

Me escribió que había vivido un tiempo en Castelló d’Empúries, a veinte minutos de donde vivo, y me anunció que subiría a verme a Ordis. Mientras tanto, en una inauguración en Palafrugell me encontré a Willy Hoffman, dos pupitres a la derecha, en la fila de delante, y me contó que Xavi era un personaje muy popular en Sarriá. Era el paseador de perros oficial del barrio. A pesar de su pobreza y de su precaria salud siempre sonreía. Willy me explicó que Xavi estuvo muchos años metido en la droga, hasta que consiguió rehabilitarse y regresó a su barrio natal malherido, pero con el aura luminosa del que ha sobrevivido a una travesía espantosa por el Cabo de Hornos, en el límite del mundo civilizado, donde mil navíos naufragaron y diez mil hombres murieron, donde planean albatros y petreles gigantescos y donde los vientos huracanados tienen nombres míticos: los cuarenta rugientes, los cincuenta furiosos y, por fin, los sesenta aulladores, capaces de levantar olas de treinta metros de altura. Valoraba esta segunda oportunidad que la vida le ofreció y volcó su sensibilidad, tan duramente trabajada, en los animales, incluidos los humanos, que le querían, le acompañaban, le daban de comer y lo vestían, a cambio de un poco de esta luz que transmitía de manera natural. Ostentaba, quizás sin saberlo, el aro de oro en la oreja izquierda, siguiendo la antigua tradición marinera de los que han logrado superar el pasaje de Drake. Willy hizo hincapié en que nunca se quejaba, ni cuando le costaba llegar a la cima de la cuesta de la calle, con tres o cuatro perros cogidos de la correa. Xavi murió antes de que pudiéramos vernos de nuevo, después de intercambiar unos cuantos likes en la pantalla y de saber que no nos habíamos olvidado el uno del otro. El funeral se celebró en la parroquia de Sarriá y fue la primera vez, y probablemente será la última, en la que se permitió la entrada a las mascotas. No me enteré hasta pasadas unas semanas, pero pude ver las imágenes por internet -cómo no- y me impresionó el clima de aquella ceremonia, con los bancos repletos de personas y de perros. Había mucho amor en aquel insólito aforo parroquial. Xavi lo encontró, lo que fuese que buscaba, al fin.

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L’escala de l’enteniment / Foto Maria Alzamora

Naturalmente en la Casa de Cultura de Girona no conocía a nadie ni nadie me conocía a mí, por lo que no pude vender mi proyecto L’escala de l’enteniment, como era mi intención. De todas maneras, Llull me interesa y, después de que una amable señora me confundiera con un miembro de la Cobla de La Bisbal, me senté en un rincón del aforo. La presentación fue sorprendente. Un hombre llamado Josep, de una fundación llamada Metalquimia, nos explicó que antes de abordar una empresa, del tipo que sea, conviene tener muy claro el WHY, después el WHO y por último el WHAT. Se quedó mirando la gran pantalla que había detrás de la mesa presidencial hasta que apareció un gráfico circular con el WHY en el centro y el WHAT en la periferia y pasó a narrarnos como un día de 2004, estando en un aeropuerto con su padre, a punto de iniciar un viaje de negocios, empezaron a hablar de la posibilidad de hacer algo (WHO) para expandir internacionalmente la cultura catalana y sus valores mediterráneos ancestrales (WHY). Barajaron varias posibilidades y decidieron que el WHAT podría ser la música, porque es un lenguaje universal, y, después de algunas vicisitudes que ahora mismo no recuerdo, se decidieron por una ópera. Enseguida pasaron a analizar científicamente sus posibilidades de éxito y aparecieron en la pantalla una serie de puntos imprescindibles, como que su longitud no podía ir más allá de tres actos, según la experta opinión de alguien del Liceo, y que hacían falta varias divas y un malvado. ¿Cuál sería el objeto del relato? Barajaron algunos nombres – inevitablemente uno de ellos fue Verdaguer – y se decidieron por Llull. Así pues, el WHAT sería una “ópera catalana con acento universal” (esta frase me recuerda mucho a la “música española con acento universal” de Albéniz) centrada en la figura de Ramon Llull.

Un Llull un poco desdibujado – ahora habla su autor, Francesc Cassú -, porque el libreto de Jaume Cabré narra la relación paterno-filial del sabio mallorquín con su hija Magdalena, que no le quiere pero acabará queriéndole, y con su mujer, Blanca, que aparece como un espectro porque lleva años muerta, pero todavía le ama. En la vida real Llull no tuvo tratos con su familia después de abandonarla, pero en la lista de las condiciones de éxito estaba muy claro que las divas son necesarias. Por si esto fuera poco, Llull tiene un duro enfrentamiento personal con el gran inquisidor Aymerich, que nunca se produjo porque no son contemporáneos. Licencias poéticas, como las que se tomaba Wagner, “que hacía lo que le daba la gana”, según palabras de Francesc. No sé, no entiendo de ópera, a lo mejor es lícito, pero me pareció un poco excesivo, por no hablar del planteamiento inicial, que convertía una obra de creación en un producto de laboratorio.

El acto se cerró con tres breves interpretaciones, como muestra de lo que se verá en el Auditori de Girona el viernes y el sábado, a cargo una soprano, un tenor y una mezzosoprano, acompañados de una pianista. Me gustaron, siempre me gustan, aunque solo sea por lo que suele decir mi amigo Jorge de Persia: “Hay que estar ahí”.

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Menina Damero, 2007

Buena parte de mi obra plástica gira en torno al cuadrado (y al círculo, que lo contiene o está contenido en él). La abstracción geométrica y el minimalismo están en el principio de los tiempos, cuando empecé a hacerme preguntas en un espacio bidimensional, y nunca han dejado de estar presentes. Para Ramon Llull el cuadrado, el círculo y el triángulo (el cubo, la esfera y la pirámide) simbolizan verdades esenciales, quizás esto explique la atracción que ejerce sobre mí el sabio mallorquín. Su monoteísmo casa bien con mi visión unitaria de las cosas. Mis héroes anónimos son redondos, cuadrados por tanto, siempre con la misma cara y los mismo ojos; las sillas, en plural, no son tales, solo hay una: siempre la misma, nunca he dibujado otra, con un trasfondo geométrico que es lo único que en realidad importa; la menina también es siempre la misma y también es cuadrada: es la única figura antropomórfica que conozco que mide lo mismo de alto que de ancho; y los dameros son cuadrados sacados de otro gran cuadrado: el tablero de ajedrez, que suelo identificar simbólicamente con el terreno de juego donde el hombre mide su inteligencia y se convierte en ser racional.

En catalán es frecuente utilizar el término “cap quadrat” (cabeza cuadrada) para definir a personalidades obstinadas y poco flexibles. Espero que no sea mi caso, pero visto desde fuera, con la perspectiva de cuarenta años, esta fidelidad a una figura geométrica es de una coherencia estremecedora. Quizás debería hacérmelo mirar. Con la menina juego a ser Dios. Repito una y otra vez vestido, peinado, corte central de la doble falda, mano derecha con el gesto de agarrar un pañuelo que no está y mano izquierda abierta, casi siempre ausente o con una leve insinuación en forma de un trazo espontáneo que no se sabe muy bien qué es. La intención es siempre la misma y, sin embargo, todas son diferentes: altas, macizas, esbeltas, coquetas, altivas, felices, soberbias o contrariadas, cada una tiene su propia personalidad, como cualquier criatura humana, a pesar de haber sido creadas todas bajo el mismo patrón.

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No me gustaría dar la sensación de que apruebo los castigos corporales, cuando digo que no les guardo rencor a los señores Labazuy y Bibiloni por las bofetadas que me dieron a principios de los años sesenta en el Instituto Técnico Eulalia, de Barcelona. Solo trato de contextualizar estos hechos. En 1962 el franquismo estaba en plena forma y el principio de autoridad era totémico. Los alumnos mediopensionisas pasábamos mucho más tiempo en el colegio que en nuestras casas. Durante la friolera de diez o doce años todo nuestro universo existencial sucedía entre aquellas cuatro paredes y el gran patio que rodeaba la inmensa casona que albergaba las dependencias escolares. El paréntesis navideño era muy bien recibido, el de Pascua era demasiado corto y los tres meses de vacaciones, en verano, una bendición, si no tenías que estudiar para recuperar algunas asignaturas, como solía ser mi caso. Recuerdo salir de casa de mis padres a las ocho y cuarto de la mañana, con pantalón corto -muy corto; en realidad: absurdamente corto- de franela gris y zapatos marrones de la marca Gorila, con un frío bestial, y hacer el largo trayecto hasta el colegio, que estaba en el otro extremo de la ciudad, un rato andando y otro tanto en metro. Por la tarde salíamos a las siete, por lo que estaba de regreso en casa más o menos a las ocho, con el tiempo justo para hacer los deberes, estudiar para algún examen y dormir. Había, además, un castigo frecuente que se llamaba “permanencias”. Consistía en una hora más de estudio, de siete a ocho, en silencio. Me temo que yo estaba abonado a esta hora extra. Aquel horario era una tortura para un niño imaginativo y propenso a la distracción, como era yo. Pero así eran las cosas, en aquella época. En aquel contexto sociológico, que tenía muy poco de lógico, no debía ser fácil para el señor Labazuy mantener la disciplina. Ignoro el grado de trastorno de personalidad que sufríamos la mayoría de nosotros, pero debía ser notable. Supongo que el señor Labazuy (¿Arturo?) agotaría las advertencias y los argumentos disciplinarios, y, ante la reiteración del delito (risa incontrolada, hablar a destiempo, tirarle una goma de borrar a un compañero), recurría a la bofetada como último recurso. Me caía muy bien el señor Labazuy, con su bata blanca que llevaba con el cinturón muy bajo y las manos apoyadas en él, con los pulgares hacia dentro, en una posición chulesca, y su marcado acento aragonés: “¡Alzamora, te voy a partir la cara!”. El señor Bibiloni no me caía bien ni mal, pero era una buena persona. Después de nuestro desgraciado enfrentamiento en el pasillo de la Sala de Profesores, de funestas consecuencias para mí, me llamó “¡Bobo!”. Nunca nadie lo había hecho antes y dificilmente volverá a suceder. No es un calificativo corriente.

Sin embargo, algunos compañeros míos llevaron luego a sus hijos al mismo colegio. ¿Síndrome de Estocolmo? El hecho es que no parecían tener malos recuerdos. A lo mejor el problema era yo, después de todo.

Lo del imbécil del hermano de La Salle es otro cantar. En 1965 yo no sabía lo que eran los abusos sexuales. Nadie me había hablado de ello y mi imaginación no llegaba a tanto. El nacionalcatolicismo era inmaculado, como el principio de autoridad, y la combinación de ambas cosas resultaba letal. Hoy, un domingo muy lluvioso de noviembre de 2018, observo con preocupación como algunos líderes políticos miran este pasado que creíamos superado con nostalgia.

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“Alzamora, ¡te voy a partir la cara!”. Dicho y hecho me dio una bofetada que me dejó el moflete rosado y cosquilleante durante un buen rato. Volví a mi pupitre humillado. ¿Qué cara se supone que has de poner en un momento así? ¿Ofendido? ¿Irónico? Tenía once o doce años. El señor Labazuy debía tener lo menos treinta; un anciano, a mis tiernos ojos, que apenas se habían asomado a la adolescencia. Nunca se lo tuve en cuenta. El señor Labazuy era un profesor inteligente y empático que lidiaba con una clase de treinta alumnos. Un día, debía de ser un sábado por la tarde, nos llevó a un pequeño grupo a la Bodega Bohemia, un local de Barcelona oscuro y acogedor, un poco marginal, con velas en las mesas. Hablamos de la vida. Nunca nadie de su edad me había tratado como a un adulto. Me sorprendió el respeto con el que nos escuchaba y nos animaba a hablar. Un compañero de clase apellidado Llavería reflexionó acerca del hecho de que cuando fuéramos mayores nos olvidaríamos los unos de los otros. La idea le parecía de una crueldad insoportable. Hoy, recordándolo, me parece impresionante aquella visión apocalíptica de la memoria y el tiempo.

Lo del señor Bibiloni, dos años más tarde, tampoco se lo tuve en cuenta. Fue un accidente. Había castigado a toda la clase sin recreo, no recuerdo por qué razón, y el pequeño grupo que nos quedábamos a comer pagábamos doble, porque había un descanso matinal, de media hora, y otro después de comer, de una hora, que no disfrutaban los que tenían el privilegio de comer en sus casas y de este modo rompían la insoportable monotonía de pasar cada día diez horas en el colegio. Ellos llegaban cuando empezaban las clases de la tarde, después del recreo. No era justo. Protestamos. Tomé la palabra y le dije que se lo diría al director. Me lo prohibió. Hice caso omiso y me dirigí resueltamente a la Sala de Profesores, seguido de un indignado Bibiloni y de los seis o siete compañeros de clase y de infortunio. Me alcanzó en un pasillo estrecho, puso una mano en mi hombro, obligándome a darme la vuelta, y con la otra me cruzó la cara. Yo lo empujé con las dos manos, para alejarlo de mí, al tiempo que le decía “¡Usted a mí no me pega!”. El señor Bibiloni tropezó accidentalmente con algo, quizás un escalón que había detrás suyo, y se cayó al suelo, delante de todo el grupo. Circuló la noticia de que había pegado a un profesor y me convertí en un héroe durante un rato. La gente me miraba alucinada, mientras yo sonreía tímidamente: no tenía madera de líder, solo un sentido exagerado de la justicia. Aquel momento de gloria fue efímero y lo pagué caro: un verano interno en la Seo de Urgel, en un colegio de los Hermanos de La Salle. Salvando las distancias, que seguro que son notables, es lo más parecido a un correccional que he conocido en mi vida.

Era un lugar extraño, un poco mafioso. Si te pillaban fumando te caía una bronca y un castigo; o te costaba un paquete de Camel, bajo mano. Una noche fuimos todos a la sala de actos a ver una película: Un beso para Birdie, de Elvis Presley y Ann Margret. No sé a quién se le ocurriría meter a Ann Margret en un internado de más de doscientos adolescentes cargados de feromonas, pero el efecto de aquel fabuloso escote y de la pícara sonrisa que lo acompañaba se respiraba en el ambiente, mientras nos dirigíamos al gran dormitorio general. Le hice un comentario gracioso a un amigo que caminaba a mi lado, que se rió. Enseguida sentí una mano en el hombro que me obligó a darme la vuelta. Sabía lo que vendría a continuación: una reprimenda, quizás un castigo, porque estábamos en hora de silencio y yo lo había roto, aunque había sido solo un susurro. La bofetada fue fuerte, inesperada y desproporcionada. La del señor Bibiloni, comparada con esta, fue una caricia. El público, muy numeroso, se paró y permaneció un instante inmóvil, en silencio, mirando como un hermano de La Salle, moreno y recio, famoso por su iracundia, se enfrentaba a un adolescente rubio de catorce años recién cumplidos. “¡Usted a mí no me toca!”, acerté a decir, en voz alta y clara. Quizás no tan alta, porque estaba asustado, pero creo que lo suficiente para que me oyeran los que estaban más cerca. Me sacudió otra, más fuerte, pero yo ya había dicho lo que tenía que decir. Conocía las reglas: nunca dar muestras de debilidad; corrías el riesgo de que luego tus compañeros se metieran contigo. No sabes a quién temer, en esos cuarteles, si al amigo o al enemigo. El hermano me castigó a permanecer de pie en un ancho pasillo que había frente a la entrada del dormitorio. Estuve más de una hora ahí, de pie, oyendo ruidos, ahuyentando temores, masticando el silencio, añorando la tosca litera en la que dormía. Apareció el hermano, se acercó a mí, conciliador, me tocó el brazo, se disculpó con palabras afectuosas y se acercó un poco más de lo normal, lo aparté, se molestó y desapareció. Dos horas más tarde, desde el fondo del pasillo, asomó la cabeza y me dijo que me fuera a dormir. Nunca le he perdonado.

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Foto Maria Alzamora

En 1898 España perdió Cuba y Puerto Rico y Henry Moore nació en Castleford, Yorkshire, un 30 de julio. El triunfo de lo individual frente a lo colectivo es celebrar como se merece el nacimiento de un hombre sensible y pasar por alto una efeméride política colonial.

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Dos figuras, 1989

La memoria es caprichosa y selectiva. Hace veintisiete años que tengo el mismo estudio y hace solo tres o cuatro que me aprendí el nombre de mi vecino: Joan. ¿O es Josep? No, Joan. La memoria también es absurda. Recuerdo con precisión el equipo Ferrari que corrió el Gran Premio de Mónaco de 1967: Lorenzo Bandini y Ludovico Scarfiotti. Una información perfectamente inútil. Me sería mucho más útil recordar el nombre de mis vecinos.

“Tengo la memoria justa para pasar el día”, dice la actriz Candela Peña.

Mi hermana Elena está en Atenas, colaborando con una ONG en un centro de refugiados. Me ha llamado por teléfono a las nueve de la mañana, desesperada, con lágrimas en la voz, y me ha contado que se ha despertado a las cinco y en este corto intervalo de tiempo ha visto morir a dos personas: un adulto de hipotermia y un lactante que no ha podido resistir la última etapa de la travesía del Mar de Mármara, que emprendió su madre, huyendo de la guerra de Siria. A las diez yo ya sabía más cosas de las que era capaz de asimilar.

Diez minutos después de colgar me ha llamado de nuevo para darme las gracias. Los dos sabemos que hay poco que podamos hacer, pero compartirlo conmigo le ha sentado bien. Entonces le he recordado que nosotros también somos hijos de refugiados. Efectivamente, mi padre estuvo internado en el campo de concentración de Argelès, custodiado por tropas africanas francesas, después de la Guerra Civil, huyendo de las tropas fascistas. Tenía veinticinco años y era capitán del cuerpo de ingenieros del ejército republicano. No era un militar profesional, solo un universitario al que le tocó la mili más dura imaginable. Argelès concentró a ochenta mil personas, que se dice pronto. Europa no sabía qué hacer con aquella gente. ¿Os suena? Elena no lo recordaba. En mi familia nadie es consciente de esta esquina de nuestra historia, porque mi padre calló. El silencio de los vencidos fue ensordecedor.

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