Luis Fernando Perez
Luis Fernando Pérez en la Academia Marshall, hace unos años. Lo que está sonando es Rachmaninov, si no recuerdo mal / Foto de Maria Alzamora

La Academia Marshall Granados me invitó a presentar una ponencia, en el marco de unas jornadas sobre música española. El tema era la Suite Iberia, de Isaac Albéniz, y compartiría estrado con Luis Fernando Pérez. Toda mi vida he deseado presentar una ponencia e impartir un semestre de cualquier cosa en una universidad americana. Ahora, por fin, iba a ver realizado la mitad de mi sueño. Llegué con tiempo y pude asistir a una parte de la ponencia anterior, dedicada a Xavier Montsalvatge. Entre otras cosas, quería conocer la dinámica del acto. Fue muy interesante. Un hijo del músico explicó que su padre detestaba cordialmente (la expresión es mía, o más bien de mi madre) a Beethoven; me recordó a Albéniz refiriéndose a Mozart: “Es bien sabido que Mozart es un genio, pero…”. Añadió que su padre había comentado en alguna ocasión que si tuviera que escribir la historia de la música eliminaría a la mitad de su santoral (otra vez, la expresión es mía). Me encantó. No me gusta la sacralización del arte y esa muestra de criterio me pareció lúcida e inteligente. También habló -el hijo de Montsalvatge- de algunos paralelismos que establecía su padre entre música y pintura. Albéniz decía que en otra vida le hubiese gustado ser pintor. A mí me encantaría ser músico, en la siguiente. José Luis López-Linares tituló su documental sobre Albéniz El color de la música.

Llegó el momento y Luis y yo nos sentamos en la mesa presidencial, ante una sala abarrotada de un público entregado a la causa. Esa sala lleva el nombre de Alicia de Larrocha y por ella han pasado los más grandes. Siguen haciéndolo. Obviamente, yo no soy uno de ellos, pero Luis sí. Es un pianista maravilloso. Tomó la iniciativa, jugaba en casa, Luis ha recibido clases en esa academia y actualmente las imparte. Forma parte del claustro (qué palabra tan bonita). Lo sabe todo de Iberia, yo ni siquiera soy capaz de nombrar los cuadernos sin equivocarme alguna vez. Mi presencia obedecía a una cuestión biológica y literaria: soy biznieto de Albéniz y he escrito un libro que, sin ser una biografía al uso, se titula Suite Albéniz.

Fue apoteósico: Luis estaba inspirado y el tema le apasiona. Como un entrenador de fútbol al que le va la vida en el partido, no se sentó ni un instante en su bonita silla modernista de madera oscura y fieltro rosado. Hablaba, gesticulaba, tocaba, iba y venía y, sobre todo, transmitía su saber y contagiaba su entusiasmo. De vez en cuando hablaba de mi libro: “maravilloso”, “único”, “inspirador”, “diferente”, prometía cederme la palabra para que hablara de él, para que leyera algún capítulo, si me parecía oportuno, pero luego se embalaba y continuaba su disertación. Sospecho que en algún momento sus pies no tocaron el suelo, mientras sus manos acariciaban las teclas del piano para mostrarnos algo significativo, quizás excepcional. Había algo de exaltación en aquella brillante exposición. Mientras tanto, mi presencia se diluía, me iba convirtiendo poco a poco en un jarrón art decó, que entonaba bien con la decoración del lugar, pero al mismo tiempo sentí que complementaba su discurso, porque mi libro se centra en el aspecto humano del compositor nacido en Camprodón. Así, Luis nos habló de un Albéniz exuberante, generoso, expansivo, simpático, buen amigo de sus amigos, excelente tertuliano y muy buena persona. Perico Pastor, después de leer Suite Albéniz, me escribió: “Recién terminado tu Albéniz. Me lo he pasado en grande, y me he quedado con las ganas de conocerle. Debía ser un tipo arrollador. Empecé el libro la misma noche de su llegada: el insomnio me llevó a mi mesa de trabajo, me bajé Iberia por de Larrocha (sí, claro) y estuve escuchando en loop durante toda la noche, mientras trabajaba y leía”.

Luis e Isaac hubieran disfrutado mucho juntos, saboreando un buen coñac y fumándose un buen puro, pero sobre todo conversando, riendo y compartiendo experiencias. Hubieran escenificado a la perfección la mítica pareja de Don Quijote y Sancho. Ya sabemos que Albéniz era “un Don Quijote con maneras de Sancho Panza”, y Luis Fernando Pérez, delgado, fibroso, con el rostro alargado y la barba corta, sería un perfecto Don Quijote. De hecho, lo hicieron: ¡se lo pasaron en grande!

Yo escuchaba embelesado y sonreía para mis adentros, porque el tiempo corría y después había una mesa redonda. En esas jornadas el tiempo está pautado, porque hay bastante gente implicada. Luis no podía ser más atento ni más desconsiderado conmigo; sin embargo, era imposible ser más cariñoso y considerado. Habló de Suite Albéniz con un entusiasmo desbordante. Finalmente se sentó y todos aplaudimos durante un buen rato. El tiempo se había agotado. ¡Yo estaba encantado! Sonreí al respetable y les anuncié solemnemente que acabábamos de vivir un momento histórico: “El día que Luis Fernando Pérez y yo presentamos una ponencia juntos y yo no abrí la boca”. Mi silencio me pareció magnífico. Añadí que aquel día a lo mejor habíamos escrito un nuevo capítulo de mi libro, porque esta suite es un libro vivo; si merece una segunda edición incorporará nuevos capítulos. Ya he escrito algunos. Un buen amigo mío, Jaume García Antón, me escribió después de leerlo para decirme que le había encantado, pero que echaba de menos que hablara algo más de música. Tiene razón, el problema es que yo no estoy capacitado para hacerlo. ¡Pero Luis sí! Pregunté a la sala si alguien había grabado la conferencia. ¿Se habría perdido para siempre aquella memorable actuación? Milagrosamente, desde la primera fila, María José Alonso levantó el brazo y me mostró su móvil. Lo había grabado todo. Me lo enviará. Lo estoy esperando como agua de mayo.

Antes de acabar, tuve tiempo de explicar que el título original es Suite Albéniz, y el subtítulo, que no pude poner por razones editoriales, es El día que Rosa Torres-Pardo y yo ejercimos de biznietos de Isaac Albéniz. Además de dar el tono del libro, hace referencia a un capítulo en el que narro una escena en el cementerio de Montjuïc, el día del centenario de la muerte de Albéniz, cuando la organización me invitó a hacer una ofrenda floral en nombre de la familia. Antes, lo habían hecho representantes de la ciudad de Barcelona y de la Generalitat de Cataluña. Pero, ¿y los músicos? Le pedí a Rosa, que estaba presente, porque poco después nos ofreció un concierto en el Palacete Albéniz para cerrar el acto institucional, que me acompañara y juntos depositamos las flores al pie de la tumba del maestro. Podría haber sido Luis, el que tocara después de la ofrenda floral, o Marta Zabaleta, a la que tenía enfrente mientras Luis hablaba y yo callaba, o Alicia de Larrocha -si hubiera estado en condiciones de hacerlo sin duda hubiese sido ella la elegida-, pero fue Rosa y lo hizo maravillosamente bien. Una de las tesis de este libro es que para ser familia de Albéniz no es necesario tener lazos de consanguinidad: “Hay más familiares de Albéniz en esta sala que en una comida de Navidad de mi familia”, dije, por fin. Me despidieron con una ovación.

¡Me la merecía!

 

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the wall
The wall, maqueta, 2005

Para Ramon Llull el cubo, la esfera y la pirámide representan verdades esenciales. Para mí, también. Un muro formado por cubos simboliza la colectividad; en este caso se trata de un conjunto de individualidades que sólo es capaz de construir una forma que divide, que separa. Que agrede. No sólo hace referencia a los grandes conflictos armados, también a las diferencias sociales, el racismo, la xenofobia, el sexismo y el subdesarrollo. Y, por descontado, el hambre. En uno de los cubos he serigrafiado el retrato de una niña somalí, de Bru Rovira. Va situada en algún lugar del muro. Figuradamente allí donde parezca más cómoda, o, con toda seguridad, ahí donde las circunstancias la lleven, en una clara referencia a la fuerza del destino.

1985-Alfonso en Navata

En 1985 Dire Straits sacó Walk of life y a mí me sacaron esta foto en Navata. Comprendo que para mucha gente eso es la Alta Edad Media, pero para mí es antes de ayer. La vida era en colores, la música fabulosa, los amaneceres gloriosos, aunque raros, los atardeceres románticos, las noches eternas y la vida, en general, un poco dura, porque yo era medio hippie y mis recursos económicos eran escasos, para decirlo con suavidad, pero todavía era inmune al transcurso del tiempo. Solía decir que era pobre en dinero y rico en tiempo. Era verdad. En invierno, en mi casa de Ordis hacía un frío pavoroso y si llovía con cierta intensidad entraba agua, que había que achicar en plena noche si era necesario (me siento como Snoopy en lo alto de su caseta tecleando en su máquina de escribir de perfil Olivetti: “Hacía una noche fría y tormentosa”), pero todavía creía en algunas cosas.

10

Hace unos días desmontamos El jardín de la memoria, la escultura de los cubos de aluminio que estaba situada junto a la recepción del Hotel OMM. Ya es pasado. Los que parecía que ópticamente atravesaban la pared se han separado de ella con facilidad, mientras que la torre vertical de siete unidades ha ido menguando lentamente. Es triste para un escultor desmantelar una obra como esta, instalada hace quince años con la idea de que durara al menos cien. Cada cubo lleva el nombre de un nieto de Rosa Esteva. Inauguramos con siete y hemos cerrado con una docena. Estos años la escultura ha ido creciendo a medida que la familia también lo hacía (en la foto, instalación del último cubo, en septiembre de 2017). Pero lo peor no ha sido eso; lo desolador ha sido contemplar como aquel sueño de un hotel en el centro de Barcelona que era más que un hotel, aquel lobby que invitaba a entrar para desayunar, picar algo, comer a lo grande o simplemente encontrarte con alguien a quien seguramente apreciabas, o tratabas de impresionar, ha desaparecido por completo. Derruido. ¡Y estaba nuevo! Y funcionaba, vaya si funcionaba. No tengo ni idea de lo que harán, pero aquello tenía magia y eso es algo muy difícil de conseguir.

alegoría de la república española 2001 (copia)
Alegoría de la República Española, 2001 (detalle)

Un fuerte resfriado abre un inesperado paréntesis en mi vida de dos o tres días. Me refugio en la lectura. Estoy leyendo dos libros de peso. Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, es demasiado veraz, para mi gusto. Me atraen los relatos autobiográficos, porque creo que toda la literatura es autobiográfica, sobre todo si viene acompañada de una buena dosis de ficción. La combinación entre ficción y realidad es la que hace posible que una experiencia individual pueda convertirse en universal. Ser demasiado preciso con los detalles y las cronologías no es una garantía de autenticidad: “Los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos lo hacen para ocultarla” (V de Vendetta).

Voss, del escritor australiano Patrick White -otro premio nobel-, promete más de lo que finalmente ofrece, pero tiene párrafos memorables.

…la joven se encontraba arreglándose el cabello frente al espejo. Estaba pálida, aunque hermosa, vestida de verde musgo. Si la tez de Laura fuera más sonrosada, sería una verdadera belleza, se decía la tía Emmy, y por eso le aconsejaba que siempre dejara caer su pañuelo al suelo antes de entrar en cualquier habitación, para que la sangre le subiera hasta las mejillas cuando se agachara para recogerlo.

Me fascina la capacidad que tienen algunos escritores anglosajones, como White, Huxley y Maugham, para resumir el destino de la humanidad en el vuelo de un pañuelo. Es admirable la elegancia con la que nos dicen que el reto de comprender la existencia humana es inabarcable. Sino, que se lo pregunten a la tía Emmy. White me ha llevado hasta la página 159, pero me cuesta seguir; y la televisión tiene poco que ofrecer. La política, en general, es de un nivel tan bajo que roza lo despreciable y la actualidad, tal como la cuentan, es morbosa. Al grito de “¡más periodismo!” nos cuelan día tras día mensajes alienantes, con un ritmo endiablado.

Mi amigo Pablo Tarrero dice que no hay nada más barato que un periódico. Por un euro -es un decir- ofrece una variadísima cantidad de material de lectura. Hace algunos años dejé de comprar El País, mi periódico de cabecera de toda la vida, por su línea editorial con respecto al Procés catalán. Fue duro. Conozco bien a sus reporteros -Pablo Ordaz-, columnistas -Millás-, humoristas -Forges- y filósofos -El Roto-, pero la derechización de su línea editorial se me hizo insoportable. No soy independentista, porque amo España y me gustaría llegar a un pacto de convivencia que sea tolerante y respetuoso con la diferencia, como debe ser, pero parece que la mayoría parlamentaria no está de acuerdo conmigo y exige mano dura. Es una lástima. De todas formas, lo compro los sábados, con la excusa del Babelia, y este domingo, porque me encuentro mal y me gusta hacer el crucigrama blanco.

Me salto las primeras páginas, tratando de eludir la cosa política, y me detengo en la sobria calidad del dibujo de El Roto. “Primero hay que desorientarles para luego venderles nuestras guías”, dice. Es un buen comienzo. El largo artículo de José Álvarez Junco sobre el mito de la Reconquista me parece interesante, aunque no entiendo por qué lo relaciona con los mitos catalanes, pero parece que hoy todo tiene relación con Cataluña. A lo mejor es porque sabe que si dispara contra Cataluña le publicarán su relato demoledor sobre la gran mentira de la Reconquista. Que hay otras, ya lo sabemos. Toda la historia es mentira. Todo es ficción, menos el pañuelo de Laura al caer frente al dintel de la puerta del salón de tía Emmy.

John Carlin habla de otro premio nobel:

En el mismo acto recordó a sus nuevos correligionarios, aliados de Vox, que su enfado proviene, como leemos en sus columnas de El País hasta el aburrimiento, de su gran obsesión y objeto de ira, el nacionalismo. Está bien. A muchos tampoco nos gusta. El problema es que a Vargas Llosa le disgusta demasiado. Quiere acabar con el nacionalismo, lo quiere erradicar. El odio le ciega. No parece haber entendido (como tampoco lo entendió otra de sus bestias negras, Karl Marx) que el nacionalismo es como el invierno: debemos aprender a convivir con él y, si no nos gusta, a limitar sus daños.

A media transcripción me he dado cuenta de que el artículo no es de El País, es de La Vanguardia. Sorry! Los tengo mezclados sobre la mesa y no he podido evitar asociar John Carlin y El País. ¡Qué tiempos! Francesc Valls titula su artículo “Montserrat, mito y realidad”. Más mitos. Más Cataluña. El abad Escarré, que dejaba entrar a Franco en la abadía bajo palio -pocas bromas-, dijo en 1963 que la mayoría de los catalanes no son separatistas: “Nosotros somos españoles, no castellanos”. ¿Será también de La Vanguardia, o se la ha colado Valls a El País? En las páginas de cultura encuentro por fin solaz y sosiego. Mary Beard nos habla de la maravillosa Afrodita de Cnido, de Praxíteles, y cita esa bonita historia:

En este sentido, hay una famosa anécdota que hace referencia a dos pintores de finales del siglo V a.e.c. (antes de la era común), Zeuxis y Parrasio, que compitieron para decidir cuál de los dos era más hábil. Zeuxis pintó un racimo de uvas con tal realismo que los pájaros acudieron a picotear. Aquella ilusión prometía alzarse con la victoria. Sin embargo, Parrasio pintó una cortina, y Zeuxis, envalentonado con su éxito, exigió que se corriese para mostrar la pintura que había detrás. Según Plinio, que fue quien narró la historia en su enciclopedia, Zeuxis enseguida se percató de su error y reconoció la victoria de su contrincante con estas palabras: “Yo engañé a los pájaros, pero Parrasio me engañó a mí”.

Pablo tiene razón, el periódico da mucho juego, aunque no tanto como un buen libro. Vuelvo a Voss, página 160, y leo esa soberbia descripción:

El exconvicto era un hombre discreto en todos los aspectos, algo que se hacía más evidente en una persona de su volumen y fuerza. De hecho, era una mezcla de potencia y delicadeza, igual que esos árboles retorcidos que el tiempo y la climatología han torturado hasta convertirlos en formas grotescas, pero que siguen despidiendo aromas leves y sutiles y cuyas hojas tiemblan con el más mínimo cambio en el viento. Tenía el cabello prácticamente gris, y la nuca surcada de profundas arrugas. Era difícil calcular su edad, pero no era viejo. Hablaba pausadamente, aunque podría decirse que era elocuente. Cabía imaginar que sus conocimientos fueran considerables, aunque también parecía que nunca los compartiría, ni siquiera bajo amenazas. No es que no confiara en los hombres; más bien se trataba de que la injusticia y el desprecio de los que había sido víctima durante determinado periodo de su vida lo habían llevado a encerrarse en sí mismo. Había vuelto de entre los muertos, aunque no era capaz de admitir que aquello había sido un milagro, y puede que nunca lo hiciera; y puede que, en realidad, ni siquiera lo hubiera sido.

Por un momento he pensado que el exconvicto era uno de los consellers que están en prisión. ¡Qué obsesión!

menina de madera reciclada 2008 i

En realidad, ¿se puede enseñar a escribir a alguien? Brendan Behan (1923-1964), quien se autodefinió como “un bebedor que tiene problemas con la escritura”, recibió la invitación de una prestigiosa universidad estadounidense para dar una charla vespertina sobre su oficio. La fama de bebedor y agitador de Behan hizo que el auditorio se llenara hasta la bandera: los estudiantes se arremolinaban al fondo de la sala, aguardaban sentados en los pasillos… pero llegaba la hora y no había ni rastro de aquel prohombre. Pasaba el tiempo y la tarima seguía vacía. Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, un Behan más desaliñado que de costumbre irrumpió en la sala dando un traspié y la audiencia esperó, expectante, curiosa y alarmada a partes iguales.

“Buenas tardes -canturreó-. A ver, que levanten la mano los que quieran ser escritores.” Casi todo el mundo la levantó. Behan contempló aquel bosque de brazos con desagrado. “Bueno -añadió-, entonces volved a casa y poneos a escribir de una puta vez”, y dicho lo cual, abandonó el escenario.

                                                                        Richard Cohen / Cómo piensan los escritores

Eduardo Chillida decía más o menos lo mismo de una manera mucho más elegante y reposada: “En arte todo se puede aprender, y nada o casi nada, se puede enseñar”.

después de Goya 1977
Inspirado en los fusilamientos de Goya, 1977

capítulo 41 de Dosmildiez (libro inédito)

En 1969 acabé el colegio. Hasta entonces creí que había llevado una existencia normal. Lo que se considera una infancia feliz. No me faltaba de nada; mi familia era burguesa, de clase media alta, mientras más de medio mundo se moría de hambre, cuando no estaba desgarrado por guerras atroces, como la que habían pasado mis padres. Me costó años entender que la falta de libertad individual me había traumatizado, a pesar de mi buena salud. Luego, en 1975, acabé el servicio militar, murió el dictador y se rompieron por fin todas las cadenas. Me vendí todo mi patrimonio -una moto de trial y un equipo de esquí alpino-, dejé la carrera universitaria en el quinto y último curso y me fui con mi novia a vivir en el campo, muy lejos de la ciudad que me lo había dado todo y de la empresa que me estaba destinada. Mi expediente académico universitario era sorprendentemente decente, teniendo en cuenta lo mal estudiante que fui durante el bachillerato. Así pues, hasta aquel momento había cumplido con todas las expectativas sociales y familiares, sobre todo las más convencionales, aquellas que hacen posible la armonía entre el individuo y su entorno, y me lo había pasado en grande pilotando una buena moto en competiciones oficiales.

Como Raimundo Gras y mi padre, cuando salí del ejército yo era una persona muy diferente de la que había entrado. Obviamente no es lo mismo una guerra declarada que una solapada, pero la institución es la misma y los mandos que yo tuve estaban marcados a fuego por la experiencia de la Guerra Civil, ya sabemos desde qué perspectiva. Dios, patria y rey no son más que excusas para matar, la inmensa mayoría de las veces por intereses particulares inconfesables. Lo intuía. Ahora lo sabía. Aquella experiencia sin ninguna duda extrema me reveló una información sobre mi persona que no deseaba conocer, aunque lo sospechara: era un cobarde, porque no tuve el valor de mi amigo Santi Fabré, que se declaró insumiso, cumplió una pena de cárcel y colaboró a que con los años la obligatoriedad del servicio militar desapareciera. También podría haber desertado, antes de empezar, y recuerdo haber iniciado contactos para encontrar refugio y trabajo en Londres, pero tampoco tuve el coraje suficiente para afrontar los diez años de exilio que esta decisión hubiera acarreado. Descarté provocarme enfermedades físicas o mentales, como hicieron otros, porque me daba pavor. Al final hice lo que se esperaba de mí: milicias universitarias, un apaño de la burguesía para que sus hijos pudieran pasar por ello en mejores condiciones, y me licencié con el grado de sargento. Fui un impostor, mentí todo el tiempo, y lo hice por interés. Estaba avergonzado por mi falta de lealtad, honor, decencia, bondad, respeto y todos esos principios que no me costaba nombrar, pero sí implementar. No había oído hablar todavía de la inteligencia emocional, pero intuí que podía ser una asignatura de quinto curso y sabía que la suspendería. Tenía que purificarme de alguna manera y abandoné la universidad. Era necesario. Acabar la carrera hubiese sido la primera de otra cadena de concesiones que acabarían convirtiéndome en un engranaje más del sistema más perverso que ha conocido la humanidad. Lleva un bonito nombre: liberalismo, pero enmascara algo tan feo como el aforismo que lo define: robar a los pobres para dárselo a los ricos. A mí me explicaron en clase de religión que se peca por acción y por omisión (siempre he pensado que fue un descuido del maestro, que ignoraba el alcance de esta sabia enseñanza); y el pecado de omisión parece todavía más grave que el de acción, porque añade al cóctel de despropósitos una buena dosis de cobardía y egoísmo.

En los márgenes de la sociedad encontré frío y aislamiento, pero también una verdad y un amor de una calidad diferente, o al menos así me lo pareció a mí. Haz el amor y no la guerra es otro aforismo que llevo desde entonces prendido en la piel. El hippismo, o lo que fuera que yo amaba, representaba esos valores, esa realidad paralela, esa verdad que necesitaba desesperadamente para encontrar algo de luz en medio de aquella monumental confusión. Mi padre me dijo un día, después de verme alquilar planchas de windsurf en la playa de Ampurias, rozando los treinta años, sin más patrimonio que un cierto talento para la pintura que no sabía rentabilizar y un perro llamado Trancos, que consideraba que yo estaba preparado intelectualmente (no utilizó esta palabra, que desconocía) para hacer un trabajo más interesante y productivo que el que estaba realizando en aquel momento. No supe qué responder.

Poco antes de licenciarme leí Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown, y aquel libro acabó de trantornarme. Era otra guerra, la de los indios norteamericanos y el hombre blanco, pero era la misma. Recuerdo la perplejidad de los indios tratando de negociar con seres humanos que pretendían poseer la naturaleza con títulos de propiedad impresos en papel. Ellos sacralizaban la tierra y consideraban una obligación moral entregársela a sus descendientes en las mismas condiciones que la habían recibido. Nada más lógico. Uno de aquellos jefes trató de explicarle al oficial que tenía enfrente -estaban negociando un tratado- lo absurdo que era decir “este monte es mío, y el cielo que está sobre él, y el aire que lo abraza, y el río que lo atraviesa, y el desfiladero que lo divide en dos”. Me cayó encima todo el peso de la culpa de la humanidad. En On the Road, Jack Kerouac pone en boca de Moriarty una frase memorable: “De los griegos para acá todo ha sido mal formulado”. Actué como si eso fuera cierto.

En 1989 me convertí en padre, y cuando conseguí bajar de la nube a la que me elevó esta condición (fue brutal: andaba por la calle Balmes, camino de la Clínica del Pilar, donde había nacido mi hijo, sin tocar el suelo, levitando, pensando que el misterio de los Reyes Magos de Oriente -estábamos en Navidad- era una fruslería comparado con el milagro de una nueva vida) comprendí que tenía que tomarme la vida de otra manera. Los amaneceres nunca volvieron a ser los mismos, mientras que los atardeceres fueron a partir de ese momento más hermosos que nunca. Me di cuenta de que lo que no había conseguido la maquinaria genética que había provocado mi existencia lo conseguiría la que había contribuido a crear yo. Se llama responsabilidad. No la de oponerse a un sistema social notoriamente injusto -la epifanía de 1975-, sino la necesidad de informar a mis hijos con la máxima delicadeza, porque el entorno no ayuda, que la gente que les rodea es maravillosa, pero está esencialmente equivocada.

Y por fin llegamos a 2010, el año de la muerte de mis padres, con pocos meses de diferencia entre uno y otro, y todo ha cambiado de nuevo.