Foto Ima Sanchís, 1979

La Universidad Johns Hopkins, de Baltimore, es la institución académica que alimenta mis sueños de lo que pudo ser y no fue, ni será. Por ejemplo, acogió mi proyecto The New Collection, que desató un debate sobre arte contemporáneo que todavía me tiene ocupado. Por esta razón la he escogido para ser la impulsora de un proyecto literario singular: una publicación que acogerá textos de diferentes intelectuales sobre la pandemia que acabamos de vivir, que todavía colea. Sin salir del campus, una selección de científicos, poetas, músicos, economistas, filósofos, escritores, políticos, docentes, médicos, nos ofrecerán su particular visión de la pandemia de los años 20 del siglo XXI. El logotipo –en la Hopkins no hacen nada sin diseño gráfico– es 20/XXI. Ya veo las gorras y las camisetas. La idea es dejar para la posteridad un documento multidisciplinar sobre esta experiencia mundial; posiblemente ha sido la primera vez en la historia de la humanidad en la que un cataclismo ha tenido este nivel de globalidad, después del Diluvio Universal.

He tenido el honor de ser uno de los invitados a participar. El casting intimida: Havelock, Penck, Harristown, Steiner, Hu-Lei, Murakhami …, supongo que el eco de la New Collection no se ha apagado y mi nombre resulta exótico. Sé que esperan de mí algo artístico, plástico, quizás una genialidad, pero no me sale nada, y no es que no tenga material, he escrito un libro titulado precisamente Diario de Pandemia, pero soy incapaz de resumirlo en un texto as short as possible, que es lo que me han pedido.

Finalmente me he decidido por estas líneas:

En mi familia no se besaba. Somos cinco hermanos y todos disparábamos al aire cuando saludábamos a nuestros padres. Entre nosotros bastaba una inclinación de cabeza. «Disparar al aire» es acercar la cabeza al saludado, hasta casi tocarla, pero sin rozarla, no es fácil hacerlo si no estás acostumbrado, pero yo me entrené desde pequeño. Con el tiempo llegas a hacer el gesto sólo insinuándolo, a una distancia considerable. Y no es que no fuéramos cariñosos, amábamos a nuestros padres y nos inspiraban una gran ternura, pero no nos besábamos. En cambio, mi madre y yo solíamos ir cogidos de la mano por la calle, cuando coincidíamos, siendo yo ya un adulto. Recuerdo encontrármela en la puerta de su casa, en la calle Lauria, camino de la iglesia de La Concepción, con parada en la belga –un pequeño café llamado Bruselas–, donde tomaba un café y me animaba a acompañarla. Luego cruzábamos por el paso de peatones que da a la calle Aragón, siempre cogidos de la mano, y la dejaba frente a la puerta del claustro, ella a sus oraciones y yo al vicio y desenfreno de siempre.

Cuando envejecieron, empezamos a acercarnos más, hasta rozar la frente de mi padre, que la tenía amplia y fría, un poco áspera, y encontrar la de mi madre, cálida y acogedora. Pero lo que más me gustaba era sentarme al lado de mi madre y cogerle la mano. Podía estar horas así. Tenía la piel muy fina, suave, la puedo sentir mientras lo describo.

A los trece años pasé un verano en Vannes, en el noroeste de Francia, para perfeccionar el francés. Nos distribuyeron en casas particulares. A Eduardo, mi mejor amigo, le tocó una en la que la madre besaba a sus hijos en la boca. Estaba horrorizado y preocupadísimo de que a la madame se le ocurriera hacer lo mismo con él. En Barcelona, en los años sesenta, en pleno franquismo, esas cosas eran inimaginables. Algunos años más tarde, en la adolescencia, descubrí los besos románticos, emocionantes, torpes, aplicados, algunos incluso salían bien, pero no era fácil, hasta que llegaron los Grandes Besos, para los que sólo necesitabas un abrazo y una baldosa, no importa lo pequeña que fuese.

Y, por fin, llegan los hijos, a los que abrazas y besas mientras se dejan abrazar y besar. No te los comes porque está prohibido.

Toda esa digresión es para decir que llevo un año sin besar a mi hija y no puedo más.

Rosina Jordana Lagarriga, esposa de Isaac Albéniz

No escoges el material con el que hilvanas tu discurso. Es el azar (de alguna manera hay que llamarlo) el que lo hace, poniendo ante tus ojos objetos, olores y sonidos que te conmueven. Esta foto me parece extraordinaria, sobre todo porque no la leo como fotografía, sino como dibujo, y si como fotografía es buena, como dibujo es excepcional. Además, entra en un territorio nuevo: el de la interpretación. En Suite Albéniz he manifestado en reiteradas ocasiones mi preferencia por las antitesis –seguro que hay otra palabra, más intelectual–, por ejemplo la no biografía y la no historia, que me parecen más interesantes que la biografía y la historia.

La publicación de esta imagen, que me envió Antoni Mir sin que yo se la pidiera, junto con la que abre la segunda parte de Suite Albéniz, tiene un efecto secundario: la presencia de Rosina Jordana va ganando protagonismo, de la misma manera que a lo largo de la primera edición lo hizo Francis Money-Coutts. ¿Quién será el siguiente?

Rosina Jordana Lagarriga, esposa de Isaac Albéniz

Esta foto de Rosina Jordana, tan desesperadamente romántica, está firmada por Mendelssohns Studios en Londres, a finales del siglo XIX. Me la envió Antoni Mir, guitarrista, musicólogo, escritor y bloguero, después de que me la enseñara en su casa-archivo de Calvià, Mallorca, a la que acudí en compañía de Alicia Granados cuando fui a la isla para presentar Suite Albéniz. Me encantó. Se la pedí porque estaba escribiendo un nuevo capítulo del libro, en el que trato de entender la antipatía recíproca que sentían Rosina y Edith Ellen Churchill, Nellie, la mujer de Francis Money-Coutts, porque ahí puede estar el origen de un mecenazgo que dio unos frutos extraordinarios. Pensé que podría ilustrar este capítulo con esta foto, no sé muy bien por qué, quizás porque se la ve muy segura de sí misma. Para ser justos, debería encontrar también una en la que Nellie saliera favorecida, porque en el mosaico que estructura este libro solo sale en una (capítulo XXIV) y está horrorosa. Rosina tampoco está mejor, en esta imagen, que por lo demás es extraordinaria. Desde luego, es la más original de toda la colección.

De izquierda a derecha: Albéniz, su hija Laura, Nellie (con sombrero y una muñeca en el regazo), Alfonso Albéniz (de pie), Rosina, Enriqueta Albéniz y Money-Coutts, de blanco. Sentado en el suelo, Enrique Fernández-Arbós, sosteniendo otras dos enigmáticas muñecas.

Un año antes, el jueves 28 de junio de 2018, tuvo lugar la presentación oficial de Suite Albéniz en Madrid, en el Auditorio Sony, de la Fundación Albéniz, en la que tuve el honor de compartir escenario con Rosa Torres-Pardo, Jesús Ruiz Mantilla –autor del prólogo– y Marina Pardo. Al día siguiente, paseando por el Barrio de las Letras, vi en el escaparate de una librería de segunda mano una edición especial publicada con motivo del centenario Albéniz, en 2009. Consta de tres libros y un DVD con El color de la música, la película documental de José Luis López-Linares. Lo compré, aunque lo tengo, no sé dónde. Ese mismo día empecé la lectura de uno de ellos: un perfil biográfico del compositor catalán escrito por Andrés Ruiz Tarazona, donde explica que Francis Money-Coutts y Nellie tuvieron un matrimonio agitado a causa de los celos de él. Es posible que el propio Albéniz se viera de alguna manera involucrado en ellos, pues era alegre, extrovertido y seductor, todo lo contrario que su amigo inglés, un hombre reservado, correcto y serio. Cuando murió Albéniz, Nellie escribió estas emocionadas palabras dirigidas a sus hijos:

Queridos míos: no os puedo decir todo lo que os diría, ¡no puedo! Tengo roto el corazón. He estado con vosotros todos los tristes días, e incluso noches, y no hace falta que os diga todo lo que vuestro querido padre significaba para mí. Era tan noble y tan bueno, tenía una palabra amable para todo el mundo. Nunca he conocido una naturaleza como la suya. Cómo lo echaré de menos, era la luz de mi vida…

Francis estaba apasionadamente enamorado de su mujer, y ambos del talento y la personalidad de Isaac, ¿hasta que punto influyó ella en fomentar un mecenazgo que dejó para la posteridad obras de la magnitud de Pepita Jiménez, Merlín e Iberia? Él tenía una fortuna y quería satisfacerla, al tiempo que sentía una profunda admiración por el músico, que ella compartía. Un triángulo perfecto, con Rosina fuera de juego. Nunca sabes quién escribe la historia, en realidad.

El sábado me desperté con la noticia de que el periódico La Razón publicaba una crónica sobre Suite Albéniz, a doble página, firmada por Gema Pajares. En ella la periodista escribe que Nellie “no mostró el menor apego a la familia y se mostraba absolutamente contraria a la asignación que Coutts pasaba a la viuda del compositor”. Lo segundo es cierto, lo primero no. Lo siento porque el error no es de Gema Pajares, que ha hecho un excelente trabajo (me encanta cuando explica que he escrito una “no biografía”), yo le transmití esa idea, a toda luces errónea. No había leído a Ruiz Tarazona. O no lo recordaba. En Soldados de Salamina el protagonista no es Rafael Sánchez-Mazas ni Javier Cercas, hacia el final del libro te das cuenta de que el verdadero protagonista del libro es el soldado republicano que canta un pasodoble bailando con su mosquetón. Así se escribe la historia. O la “no historia”, que es la que a mí me interesa.

Unas semanas más tarde me puse en contacto con Crispin Money-Coutts, noveno barón de Latymer, para pedirle una foto de su antepasada que le hiciera justicia. Me respondió enseguida, comunicándome que lamentablemente no tenía ninguna, pero compartió conmigo esta anécdota familiar:

Poco después de que Isaac muriera, en 1909, mi abuelo, que entonces tenía ocho años, pasaba por delante del estudio de su abuelo Francis cuando lo vio sentado en un sillón, frente a la chimenea, deshaciendo paquetes de cartas, atadas con cintas de color rosa, y echándolas al fuego, que chisporroteaba frente a él. Las llamas le iluminaban el rostro, en un trance que le pareció hipnótico. Francis no había oído llegar a su nieto y se sobresaltó cuando el niño le preguntó qué estaba haciendo. Su respuesta, lacónica, fue: «Es mejor que nadie vea esto». Muchos años más tarde, mi abuelo, un hombre encantador y sensato, me dijo que no estaba seguro de si las cartas eran correspondencia íntima entre el artista y su mecenas o entre Angela Burdett-Coutts, su célebre tía, fallecida en 1906 –fue la mujer más rica de Inglaterra, gran coleccionista de arte antiguo y famosa por su entrega a causas filantrópicas– y el duque de Wellington. Se habló de una boda secreta entre Angela, entonces una decidida joven de veintisiete años, y el hombre que derrotó a Napoleón en la batalla de Waterloo, un curtido soldado de setenta y dos.

Estos días estoy aturdido. Desasosegado. ¿Será la Navidad? ¿La pandemia? ¿El cambio de año? Suelo ponerme melancólico en estas fechas, con pandemia y sin ella, no puedo evitarlo. Pero hay algo más. Después de dedicarle a mi último proyecto literario –Elogio del fracaso / Un ensayo sobre arte contemporáneo– varios años de mi vida, además de aparcar mi trabajo en pintura y escultura, hasta el punto de sospechar que ahí ya lo había dado todo, que es llegar muy lejos, no sé cuál es la tesis de la obra, si es que la hay. ¿La de Suth: el arte contemporáneo es un fraude colosal? Es atractiva, pero simplista. ¿El arte está en todas partes, menos donde nos dicen que está? Eso está mejor. “El peor enemigo del arte es el mercado”, escribí, como respuesta a la proposición anterior. De cualquier forma, no creo que haya sido capaz de demostrar que el arte tenga una relación directa con la ética, a pesar de que he procurado comprometer al artista con las causas más nobles y los derechos humanos más elementales, pero no he logrado superar el mito del genio incomprendido, inalcanzable, un poco tosco, mitificado, más que místico, que es la piedra filosofal de todo el asunto. “Sacralizar el arte, convirtiendo a los artistas en seres sobrenaturales, no es una buena idea”, añadí un poco más tarde, porque creo honestamente que nada ni nadie es incuestionable. “Si el arte no es un foro de debate no es nada”. Eso también es mío. He llegado incluso a cuestionar la propia existencia del arte, tomando como referencia a Aristóteles, que a pesar de profundizar en lo divino y lo humano nunca distinguió entre arte y artesanía, y a la respuesta de los habitantes de Bali a los colonizadores ingleses: “Nosotros no tenemos arte, sólo hacemos las cosas lo mejor posible”. He intentando establecer un vínculo orgánico entre arte y pensamiento, pero ahí ya iba cuesta abajo porque de existir el sentimiento se confundiría con el conocimiento y Basquiat le ganaría la partida a Walter Benjamin, después de que Goethe hiciera lo propio con el Barroco. Y no es lo mismo Basquiat que Goethe. El triunfo incontestable del genio romántico es mi fracaso, y ahí sigo, atascado, buscando una respuesta que debería estar cerca de mis narices porque, como escribió Elias Canetti, “lo más difícil de todo es descubrir, una y otra vez, lo que uno de todos modos, ya sabe”.

Escribir tantas páginas y descubrir que apenas te has movido del punto de partida puede ser desolador. Sin embargo, ¡ahí hay algo!, pensaba, no sé si esperanzado o desesperado, porque lo dije en voz alta, casi gritando, mientras subía en coche hacia Camprodón una fría y luminosa mañana de finales de diciembre. Me esperaban Jorge de Persia, director del MIAC –Museu Isaac Albéniz de Camprodon– y Xavi Guitart, alcalde de este bello pueblo pirenaico. Delante del tocador modernista del dormitorio de la familia Albéniz-Jordana en París, Xavi me entregó un borrador del convenio entre el Ayuntamiento y la familia Albéniz, que deberá regir la gestión del museo en el futuro. Un momento histórico, que nos ha llevado un año de trabajo y más de veinte de preparación, desde que se inauguró la primera versión del museo, en 1999. Poco después aparecieron Edmon Colomer y Maria Lluïsa Muntada, él director de orquesta, ella cantante, y ambos muchas cosas más, y entre una cosa y otra Jorge deslizó en mis manos un tríptico de una exposición del Museo Etnológico y de Culturas del Mundo de Barcelona, titulada Traços, que comisaría Estela Ocampo. “Me lo ha dado Estela para ti”. Lo guardé en el bolsillo, después de agradecérselo y me olvidé de él, hasta la noche.

Cuando conseguí aparcar las emociones del día, en la cama, recostado, con las perras paseadas y el estómago apaciguado, tomé de nuevo el tríptico y me encontré con unas pinturas étnicas admirables, australianas, aborígenes, pintadas con pigmentos naturales sobre corteza de eucalipto. En estas pinturas, explica Estela, los artistas muestran interpretaciones de los mitos del DreamtimeTiempo de los sueños–, un bonito enunciado y un concepto temporal asombroso: es una dimensión de la realidad que contiene pasado, presente y futuro a un tiempo, y que no ha cesado de existir. Brutal. Remite a un pasado ancestral –60.000 años de historia nos contemplan– que, sin embargo, está ahí mismo, en el presente, alimentando un futuro que también puedes tocar. ¡Esa es la tesis! Me he pasado la vida buscando la atemporalidad, en oposición a la contemporaneidad.

He estrenado mi nuevo portátil con un documental sobre Leonardo. Nunca deja de sorprenderme. No me refiero al ordenador, ni a You Tube, que también, tener la Biblioteca de Alejandría en un aparato electrónico tan ligero es alucinante, sino a Leonardo. Jean-Pierre Isbouts afirma desde una pantalla impoluta que la primera pintura moderna de la historia es La última cena, de Leonardo da Vinci, que está en el refectorio de la iglesia de Santa Maria delle Grazie, de Milán. Leonardo introdujo el teatro en un espacio de dos dimensiones, contando tantas historias como apóstoles hay en la composición. El planteamiento es digno del mejor de los dramaturgos. En el comedor de los frailes de los monasterios solía haber una crucifixión y una última cena, y todas eran más o menos iguales. En las cenas inmortalizaban invariablemente la escena del pan y del vino, el cuerpo y la sangre de Cristo, y todos los asistentes contemplaban extasiados a su maestro, pero Leonardo prefirió centrarse en otro momento del drama: “Uno de vosotros me traicionará”, y se armó un escándalo monumental. Las figuras abandonaron su tradicional movimiento detenido -no sé cómo llamarlo-, incluso en los más osados de sus contemporáneos, como las figuras de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, que posan, sin acabar de mostrarse del todo, o los filósofos de La escuela de Atenas, de Rafael, que me recuerdan el inicio del partido de fútbol entre pensadores griegos y alemanes, de Monty Python, en el que no acaban de decidirse por entrar en juego; en la cena de Leonardo todos se dan por aludidos y cada uno reacciona según su personalidad, abandonando toda contención.

Lo que poca gente sabe es que el Duque de Sforza encargó también las pinturas de la iglesia y la de la pared sur del refectorio, que fueron adjudicadas a Pedro de Verona y Giovanni da Montorfano, respectivamente, porque eran los mejores artistas del momento, según los expertos, y a Leonardo, que además de pintor y escultor era ingeniero, arquitecto, filósofo, botánico, urbanista, poeta, anatomista, inventor y paleontólogo le tocó la pared que daba a la cocina, lo que, a la postre, causó su posterior deterioro.

Tenemos, sin embargo, dos buenas referencias de cómo era esa pintura en realidad, antes de estropearse en un noventa por ciento, sin perder milagrosamente su encanto, gracias a Luis, rey de Francia, que se enamoró de la obra y al no poder arrancarla de la pared para llevársela a su reino encargó una copia. Leonardo hizo dos, en su taller, una de ellas liderada por su discípulo predilecto, Andrea Solario, que está actualmente en la abadía de Tongerlo, en Amberes, Bélgica. Dice el abad que las figuras de Cristo y del apóstol Juan -siguen sin atreverse a pronunciar el nombre de María Magdalena- las pintó Leonardo en persona. La otra réplica la dirigió Jan Pietrino y está en la Royal Academy de Londres. Las tres son fantásticas, incluso la original, que a pesar de su estado sigue siendo la mejor, a lo mejor porque nos recuerda a un hombre curioso que pintó la primera obra de arte moderno de la historia en el peor de los rincones, el que da a la cocina.

He encontrado esta foto en un rincón de mi ordenador y le he puesto mentalmente un título: “Cuando era pintor”. La foto es de Maria Alzamora, no recuerdo de qué año, y rezuma pintura. Nadie se cree que he dejado la pintura y mucho menos que haya sido ella la que me ha dejado a mí. Piensan que lo digo por oscuras razones o por desaliento, o quizás por una suerte de coquetería intelectual. Es un poco más serio y, a la vez, más sencillo: he cerrado un círculo. Se puede ser y dejar de ser. Tengo obra por medio mundo, desde Seattle a Beirut, y he expuesto en Barcelona, Madrid, Valencia, Nueva York, París, Londres, Zurich, Miami, Bruselas, La Haya, Ginebra y Dubai y en ninguno de esos lugares estaba lo que buscaba, está en la foto de Maria, en la obra que no está en el lienzo, sino fuera de él.

He escrito mucho sobre arte y he llegado a la temeraria conclusión -suelo asociar estas dos palabras, todas las conclusiones me parecen temerarias- de que los artistas que he conocido, estudiado y disfrutado a lo largo de mi vida tienen su etapa más creativa en cualquier momento de su trayectoria, y en la mayoría de los casos ese momento álgido de creatividad no coincide con sus últimas etapas, en las que su producción no tiene más mérito que el haber sido creada por aquel artista que pintó aquellos cuadros.

Chillida sabía que Tindaya era su última oportunidad para seguir vivo, para no empezar a repetirse, para seguir siendo eternamente joven un ratito más, pero no lo consiguió.

Yo también tengo varios Tindayas, más pequeños, pero no menores, que seguramente no haré y no me conformo con menos.

Mientras tanto, escribo.

Estoy leyendo El impulso nómada, de Jordi Esteva, y aunque he superado las tres cuartas partes del relato sigo enganchado a una imagen del primer cuarto, de su mítico viaje a India por tierra, en un desvencijado Land Rover, acompañado de unos amigos. Fue algo que pasó en Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán, cuando un hombre de ojos grises armado con un kaláshnikov tomó el mando de la pequeña expedición y les invitó a acompañarle a su casa, que estaba más o menos en la misma dirección que ellos llevaban. Allí les ofreció su hospitalidad, que fue espléndida, abriendo un paréntesis en sus vidas que ninguno de ellos olvidará jamás. Después, he seguido viajando con él y en este momento me encuentro en El Cairo, donde pasaron tantas cosas, con el proyecto de fotografiar los Oasis en el horizonte. Cuando he desistido por fin de retener en la memoria los nombres de sus nuevos amigos, como si estuviera leyendo a un autor ruso, me he impregnado de imágenes, música y olores, pero aquel remoto rincón del planeta revelado por un insólito autoestopista armado hasta los dientes se ha quedado ahí para siempre, inmortalizado en unos cuantos párrafos de un libro de aventuras.

Esta anécdota me ha recordado una experiencia similar. Leer es viajar. En 1996 iba con un grupo de amigos en un 4×4, parecido al Land Rover requisado a punta de kaláshnikov, en el trayecto entre el templo de Konarak, famoso por sus relieves eróticos, y la ciudad santa de Puri, en la provincia de Orissa, al sur de Calcuta. La carretera bordeaba el mar, pero no lo veíamos porque una franja de selva nos lo tapaba, pero sabíamos que estaba ahí, de vez en cuando un claro entre los árboles nos permitía disfrutar de su bello color azul marino, en contraste con el azul límpido del cielo. De pronto el coche empezó a fallar, hasta que se paró. Salía humo del motor. El conductor bajó, abrió el capó y puso cara de preocupación, aunque su expresión parecía un poco impostada, como para darse importancia. Sí, era grave, pero ahí estaba él para solucionarlo. Empezó a aparecer gente, salida de no se sabe dónde, de entre los árboles, porque otra cosa no había, rodearon al conductor y lo abrumaron con sus opiniones y ofertas de colaboración. Al mismo tiempo nos sonreían, nos consolaban, nos daban la mano y a Genín, que iba en el asiento del copiloto y se había manchado los pies de aceite salido del motor, de un color oscuro asqueroso, la ayudaron a limpiárselos, primero con gasolina y luego con agua. Desmontaron buena parte del motor, en medio de una recta interminable flanqueada por árboles muy altos, sacudidos por la brisa del mar, que hacía soportable el calor tropical. De vez en cuando aparecía un vehículo, se paraba, ofrecía su ayuda y sus conocimientos y luego seguía su camino. Nosotros llevábamos el tiempo suficiente en la India como para tomarnos las cosas con filosofía. Ví a mi querido y añorado amigo Rafa Teja dirigirse a lo que parecía un sendero, en dirección al mar, y le seguí. Pronto se apuntaron los demás, dejando solo al conductor del coche y a sus numerosos colaboradores, además de todas nuestras pertenencias, con la seguridad de que nadie tocaría nada. Apenas habíamos andado un centenar de metros cuando se abrió ante nosotros un paisaje de ensueño: una playa de arena blanca, dos o tres chozas, una laguna salada con el puente más bello del mundo y otra playa, al otro lado, con el mar arbolado. Cruzamos el puente y nos llenamos los sentidos con aquel rincón del Golfo de Bengala que el azar y un viejo motor diésel en dificultades nos había regalado. Rafa nos mostró el camino.

He seguido leyendo y en los Oasis he entendido una vez más por qué me gusta tanto el cine de Jordi Esteva: sabe escuchar.

Por la noche, el umbra de Farafra nos hablaba de las leyendas del desierto, de las “tribus negras” procedentes del Chad y del Sudán, que robaban y esclavizaban a los habitantes. De la ciudad de Zarzura, perdida en las arenas, “una ciudad amurallada, resplandeciente como el cristal y repleta de fabulosos tesoros”, contaba, “cuyos habitantes dormían el sueño del encantamiento convertidos en piedra. Toda ella es de mármol y solo la encuentran quienes se pierden durante las tempestades de arena, pero nadie, nadie, nadie, regresa cuerdo de ella”, concluía refugiándose en una condescendiente sonrisa que no acertaba a disimular su firme creencia en la leyenda.

Desgraciadamente, el progreso ha acabado llegando a esos lugares remotos y con él la electricidad, internet, la velocidad y el estrés, pero Jordi en aquella época no lo sabía, aunque lo intuía.

Aquel viaje activó en mí algo tan profundo que regresé a El Cairo siendo otro. Cierto, aquel desierto no era tan espectacular como el del Tassili o el del Teneré, los habitantes no vestían de azul con vistosos ropajes como los tuaregs, ni se tocaban con elegantes turbantes, las mujeres no lucían complicadas joyas de plata o ámbar y los poblados resultaban simples cubículos de adobe comparados con las orgullosas ciudades del Yemen o con Jaisalmer, la perla del desierto del Thar. Y, sin embargo, sentí una atracción por los oasis de Egipto como no había tenido nunca por otro lugar. Me cautivaron la sencillez y el gran valor que se daba a cosas que en nuestra sociedad de la abundancia pasamos por alto. Saborear el agua fresca de un manantial, comparar los frutos de un vergel con los del vecino, mojar una hogaza de pan recién horneado en aceite de oliva prensado en rueda de piedra, preparar té en el suelo con las ramas de un arbusto y perfumarlo con una hierba aromática recién cortada o bañarse en una poza de agua cristalina. Estaba decidido a dedicarle a aquel proyecto fotográfico todo el tiempo que fuera necesario.

Triple homenaje: Picasso, Malévich y Velázquez, 1994

En su homenaje, flanqueado por tres instituciones neoyorquinas de prestigio: el MoMA, el Met y el Metropolitan Opera House, representados por sus directores, el viejo profesor habló mucho, muchísimo, siempre de sí mismo con admiración y de los demás con sano espíritu crítico. Su especialidad eran las artes plásticas y mencionó a todos los genios comprendidos del siglo XX, americanos y europeos, a los que conoció lo suficiente como para tutearlos, pero no aportó nada significativo. Los únicos nombres desconocidos que oyeron Mimma y Suth eran alemanes, de pensadores y teóricos de prestigio, a juzgar por el contexto, pero no escucharon el de ningún artista nuevo, nada que no supieran ya, hasta el aburrimiento -Rauschenberg, Johns, Mitchel, De Kooning, Picasso, Dalí, Warhol, Basquiat, Miró-, como si no hubiera pasado nada más en el mundo. También aparecieron algunos intelectuales de su entorno más cercano, todos famosos -la celebridad siempre es bien recibida en ese tipo de actos-, como Robert Hugues, con el que el protagonista de la velada compartió redacción en la revista Time, y Gore Vidal, con el que mantuvo una larga amistad. A pesar del afecto que le profesaba, añadió, con malicia: “No era simpático”. Mimma sonrió al oírlo, recordó haber leído una entrevista al escritor y ensayista americano afincado en Ravello, Italia, en los años ochenta, en la que el periodista le mencionó aquella supuesta gran amistad y Vidal se limitó a apuntar que lo conocía muy bien, “esa es la razón principal por la que nunca seremos amigos”.

Se sentaron en la tercera fila con un amigo de Suth, también pintor, al que hacía tiempo que no veían, con el que coincidieron en la puerta. Se encontraron con un hombre derrotado por la vida. Cuando le preguntaron cómo le iba tuvo un ataque de sinceridad y les dijo que por los diez o quince años que le quedaban podía haber tenido un final un poco más honorable. Les impresionó, porque lo tenían por un artista reservado, además de honesto y digno. No ayudó que Suth le dijera que había dejado la pintura, o que la pintura le había dejado a él, aunque le interesó la proposición. Entonces le hablaron de una obra suya, muy bella, que está en los fondos del MoMA. Le gustó que Mimma la calificara de referencial.

Cuarenta años atrás, aquel joven artista destacaba sobre los demás, gracias a su oficio, que era notable. Mientras se imponía el expresionismo abstracto él se mantuvo fiel a la figuración, a la europea, con permiso de Sargent, y contra viento y marea consiguió labrarse una sólida reputación. Para Suth fue un poco más fácil, porque estaba más cerca de la contemporaneidad, pero ahora se encontraban los dos derrotados, aunque la magnitud de la tragedia era sustancialmente diferente. Suth había dejado de pintar porque se le había terminado el discurso y no quería repetirse. Su amigo, en cambio, no era sólo pintor, era pintura; había algo sólido en su vocación y para él era un drama sentir que su obra había dejado de gozar del reconocimiento que merecía, mientras que para Suth parecía que la vida estaba ya en otra parte.

El espectáculo -no debería usar esa palabra-, una vez más estaba en el aforo, no en el escenario, porque había un abismo entre la intensidad emocional del amigo de Suth -puro Dostoyevski, incluso en las formas, con su poblado mostacho, gafas con montura de concha, americana de pana, verde oscuro, y una bufanda de colores gastados por el uso, dando más de una vuelta alrededor del cuello- y la diletancia del viejo profesor, la misma distancia que hay entre la verdad y la impostura.

NewYork, 1982, foto Lucas Lewin

Suena Walk of Life, de Dire Straits, en Spotify, y mi cuerpo reacciona, sacudido por una descarga eléctrica, y me aparto el flequillo de la frente, yo, que hace cuarenta años que soy calvo, como Mark Knopfler. Pienso en el rock&roll, en aquellos grupos que tuvieron su momento, Chicago, Credence y tantos otros, luego se disolvieron, poco a poco, hasta caer en la memoria, lejos del presente. Muchos de ellos quisieron volver ahí, a la cima de la creatividad y del reconocimiento, pero no lo consiguieron y acabaron reinterpretando una y otra vez sus grandes éxitos del pasado, en un bucle sin fin. Suele pasar, en el mundo del arte, y es un poco triste.

Hace un mes viví una semana en un barrio de Barcelona que hacía décadas que no visitaba. Por las mañanas, de camino para comprar el periódico, pasé cada día por delante de un colegio en el que empezó una noche muy singular, cuarenta años atrás. La había olvidado, pero aquella fachada imponente y aburrida, funcionarial, cuartelaria, de color marrón claro, sin ninguna gracia arquitectónica, me trajo a la memoria una chica que conocí, guapa, divertida, original, con personalidad, bastantes adjetivos para definir a una persona cuyo físico se me ha borrado de la memoria. Cada día, a cada nueva pasada, recordaba algún nuevo detalle de aquella noche trepidante, una versión musical de After Hours, la película de Scorsese, con la que en realidad sólo tiene en común el protagonismo de lo inesperado. A aquella chica sin rostro le gustaba la música; me dijo que venía a Barcelona Lionel Hampton y quedamos para ir juntos al concierto. Me citó en el colegio en el que daba clases de francés. El día señalado me presenté allí y pregunté por ella; una monja muy amable -no me había dicho que era un colegio religioso- me indicó el camino de la sala de actos, que estaba muy animada, repleta de padres y familiares de alumnas, porque el colegio era femenino, segregado, y estaban celebrando algo, posiblemente una fiesta de fin de curso. Yo tenía veinticinco o veintiséis años, no recuerdo que hubiera nadie de mi edad en el aforo. Apareció mi amiga, me sonrió, me pidió que me sentara en una localidad próxima a la puerta trasera de la sala y me dijo que se escaparía a la primera oportunidad que se le presentara. Yo estaba alucinado; mi infancia y adolescencia quedaban lejos y la posibilidad de ser padre era una idea abstracta y sumamente improbable; en consecuencia aquel ambiente me pareció raro y las representaciones delirantes. Pasa un poco como con el ejército; si has tenido que vivirlo, por la razón que sea, haces como que lo entiendes, pero si no estás involucrado te parece irreal. Lo es. Me pareció surrealista y un poco naïf, porque no había público objetivo, todos estaban entregados a la causa que defendían sus hijas y nietas. ¿Qué demonios hacía yo allí? En esa época estaba filosóficamente muy cerca del hippismo, llevaba el pelo bastante largo y aunque cuando estaba en mi ciudad natal vestía con cierta moderación, era incuestionable que mi aspecto desentonaba en aquel escenario.

Una hora más tarde, que se me hizo eterna, salimos por fin al exterior. En la ciudad caía la tarde, la temperatura era agradable, los taxis seguían siendo amarillos y los autobuses rojos. Yo estaba como si me hubiese tomado un ácido, pero ella parecía feliz, despreocupada. Bajamos hacia el centro en mi coche, un Seat blanco que había pasado por muchas manos, luego viramos hacia la derecha del Ensanche, en dirección a la montaña de Montjuïc, hasta llegar al Palacio de los Deportes, donde se celebraba el concierto. Fue brutal. Lionel Hampton tenía ya una edad respetable, pero se subió al xilofón y tocó con los pies, con una agilidad asombrosa. Más o menos por aquella época vi a Jerry Lee Lewis hacer algo parecido con su piano, en un concierto country, patrocinado por Marlboro, en el que compartió cartel con Brenda Lee. Entre los músicos que acompañaban al vibrafonista de Louisville destacaba precisamente el pianista, contratado para la gira europea; luego me enteré de que a pesar de su juventud se trataba de un reputado intérprete de woogie-boogie, con una sólida carrera a sus espaldas y un brillante futuro por delante. Llevaba el pelo mucho más largo que yo. Sus manos volaban sobre el teclado, mi amiga estaba fascinada, ella también tocaba. Me dijo que tenía la carrera de piano clásico.

Cuando acabó el concierto quiso saludar al pianista -era decidida- y nos quedamos cerca del escenario, esperando una oportunidad. Apareció cuando el aforo estuvo vacío y ella le gritó, desde la distancia, «Congratulations!», o «Thank you!», no estoy seguro. Él la miró, sonrió y la invitó a subir al escenario, ya he dicho que era atractiva. Se sentaron frente al teclado y tocaron alguna cosa juntos. Yo había pasado a segundo término, pero no me importó, estaba disfrutando. Me encanta el piano. Cuando ella volvió a mi lado me dijo que le esperaríamos, para ir a comer algo. “Está hambriento”, me aclaró, como si lo conociera de toda la vida. Simpatizamos. Los llevé al Miramelindo, en el Paseo del Borne, y cuando terminó su refrigerio descubrimos que en el local había un piano vertical. No sé cómo acabó frente al teclado, primero tímidamente -es una manera de hablar- pero enseguida sus manos volaron nuevamente sobre su terreno de juego favorito, con una energía arrolladora, vibrante. El woogie-boogie bien tocado es poderoso y enseguida se silenciaron las conversaciones, cesaron los murmullos, aparecieron nuevas sonrisas y la magia de aquel ritmo endiablado se adueñó del local. Fue corto, fue bueno, apareció el dueño, le expliqué de dónde veníamos y nos invitó a las consumiciones.

Salimos. Barajamos otras posibilidades. La noche era joven. El músico nos explicó que durante las giras rara vez tenía ocasión de conocer los lugares donde actuaba. Estaba disfrutando de aquella oportunidad que el azar le brindada. Ella sugirió entonces una discoteca que creo recordar que se llamaba Studio Ono, pero no estoy seguro. Yo no había estado nunca, en aquella época vivía más fuera de la ciudad que en ella, pero me indicó cómo llegar. Allí descubrí que era popular, conocía a mucha gente, nos explicó que la semana anterior habían celebrado una fiesta erótica, en la que pasó de todo. Nos explicó detalles asombrosos. Esa chica era sorprendente, también era osada y desinhibida, según avanzaba la noche se me iban acabando los adjetivos calificativos. Los hippies fumábamos yerba en comunidades neorurales, leíamos a Sábato y Cortázar, escuchábamos a Dylan y no teníamos dinero para fiestas sofisticadas. Mientras ella socializaba, en un mundo que a mí me pareció decadente, el pianista y yo bebimos cerveza, acodados en la barra, y charlamos como viejos camaradas. Intenté explicarle que la velada había empezado en un colegio de monjas, pero no sé si lo conseguí. Mi inglés no era lo suficientemente bueno y la historia no era fácil de explicar.

Salimos de madrugada y ella me indicó la dirección de su casa, que no estaba lejos del colegio donde había empezado todo. En aquella película, por fin me daba cuenta, yo era el chófer. Soy un poco lento para ciertas cosas de la vida. Aquella no fue la primera ni la última vez que padecí desubicación, una rara enfermedad que puede llevarte frente al teclado, en este caso el del ordenador -o la máquina de escribir, si lo hubiera escrito entonces-, para escribir un libro titulado Diario de un outsider. No es una enfermedad dolorosa, ni contagiosa, su síntoma más relevante es que te resta protagonismo, pero a cambio te da perspectiva. El piso era absurdamente burgués, anodino, había un piano, tocaron, les hice un gesto vago de despedida y desaparecí. Amanecía cuando cogí de nuevo el coche.

Nunca los volví a ver, pero guardo un grato recuerdo de los dos.