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cuarto intento

Al millonario y coleccionista de arte Yusaku Maezawa le gusta hacer las cosas a lo grande. Hace dos años gastó 98 millones de dólares en dos días entre Christie´s y Sotheby´s y se llevó a casa un Jeff Koons, un Bruce Nauman, un Richard Prince, un Basquiat, un móvil de Calder y algunas chucherías más. Maezawa será también el primer cliente de Elon Musk en Spacex, su agencia de viajes espacial que le llevará en un rondo alrededor de la Tierra. Pero no quiere ir solo. Ahora busca novia que le acompañe en la vida y en el espacio exterior a través de un programa de telerrealidad que se emite por un canal online japonés.

Acababa de transcribir este párrafo de Begoña Gómez Urzaiz, publicado en el suplemento cultural de La Vanguardia el 02/02/2020, encabezado por un dinámico Yusaku va a por todas, y me disponía a comentarlo cuando sonó una alarma que por lo visto tengo instalada en mi ordenador avisándome que me había entrado un mail. En una ventanita, en el extremo inferior derecho de la pantalla, apareció una pequeña ficha con el origen del correo y el asunto. Era importante. Se trataba del acuse de recibo de un manuscrito, titulado Diario de un outsider, que he enviado a un premio literario de ensayo. Da la casualidad de que en el primer capítulo de este libro transcribo una noticia que se parece mucho a esta, firmada por la misma autora, en la misma sección del mismo medio, en aquel caso protagonizada por la familia Mugrabi, propietaria de mil warhols y unos cuantos basquiats y richardprinces. Mi manuscrito se subtitula Un ensayo sobre arte contemporáneo, porque este es el eje central del relato, así que espero que se adapte a las bases del concurso, aunque tengo mis dudas, porque nunca acabo de encajar en ningún sitio. Es lo que tiene ser un outsider. La obra empieza con esta frase: “Mi vida es un fracaso”; no parece un buen comienzo, pero sueño con escribir algún día un libro que se titule Elogio del fracaso y sea un éxito.

Montaigne llamaba “ensayos” a reflexiones personales y se apoyaba en transcripciones de textos clásicos y contemporáneos, así que, ¿por qué no? Soy pintor y escultor, también escritor, ¿por qué no escribir sobre arte desde dentro? Normalmente se hace desde fuera y abundan los cripticismos. Carlyle, por ejemplo, escribió: “El arte es el alma desprendida del hecho”. Podría pasarme horas dándole vueltas a esta imagen. Casiodoro, en el siglo VI, cuando la frontera entre arte y artesanía era mucho más difusa que ahora (Aristóteles no distinguía entre una cosa y otra), señaló con notable acierto y sencillez los objetivos del arte: enseñar, conmover y complacer. María Zambrano, unos cuantos siglos más tarde, nos regaló esta soberbia descripción: “El arte verdadero disipa la contradicción entre acción y contemplación, pues es una contemplación activa o una actividad contemplativa, una contemplación que engendra una obra, de la que se desprende un producto”. James Whistler, por su parte, fue más expeditivo: “El arte sucede”; y Goethe, didáctico:: “Si yo pinto mi perro exactamente como es, naturalmente tendré dos perros, pero no una obra de arte”. ¡No es fácil definir el arte!

 

-En realidad, lo que me disponía a decir a partir de las peripecias culturales y sentimentales de Yusaku Maezawa no tiene nada que ver con lo que estoy escribiendo ahora. Esta mañana es de las de dejarse llevar, a ver dónde me lleva la corriente, que baja muy cargada. Quería tratar de explicar que eso que hace el millonario japonés es posible porque mientras millones de personas se mueren literalmente de hambre y desesperación, hay hombres y mujeres que tienen cantidades indecentes de dinero que no necesitan; tan desproporcionadas que lo mismo les da jugárselas en un casino, por el placer de perder, que en una sala de subastas, para tratar de justificar lo injustificable. Yusaku necesitó dos. En esos casos el mercado del arte aplaude, cómplice, y a mí me ofende porque se deja sobornar con absurda naturalidad. Queda dicho.-

 

Esta disquisición parte de una premisa falsa, que es confundir el arte con las artes plásticas, como si no hubiera otras disciplinas, algunas más sublimes, como la música, otras más profundas, como la filosofía. Si en una conversación alguien utiliza el término “arte moderno” a nadie se le ocurre relacionarlo con Stravinsky o Jorge Luis Borges, al menos en un primer momento. Es absurdo, pero es lo que hay. Tampoco está bien visto hacer lo que estoy haciendo yo ahora: escribir, cuando lo que sé hacer es pintar. Al revés también funciona: a los escritores que se atreven a pintar suelen acusarles veladamente de intrusismo laboral, sin darse cuenta que el artista ligado a una disciplina está limitado por la propia disciplina; luego, nunca será un sabio, sólo un genio, en el mejor de los casos.

El arte puede elevarnos a la altura de lo que es noble, sublime y verdadero, llevarnos hasta la inspiración y el entusiasmo, lo mismo que puede hundirnos en la sensualidad más grande, en las pasiones más bajas, ahogarnos en una esfera de voluptuosidad y dejarnos desamparados, aplastados por el juego de una imaginación desencadenada que actúa sin freno. (Hegel)

¿Qué es el arte, en realidad, aparte de un negocio? ¿Un fin o un medio? “El arte es un medio de conocimiento y de revelación”; esta bella frase también es de Maria Zambrano. ¿Es una sublimación del individualismo, asociada al talento y la perseverancia? ¿Un mito, como apunta Hegel? ¿Una misión? Un cocinero francés, llamado André Bonnaure, me comentó hace muchos años que su maestro decía: “Nosotros no tenemos una vocación, tenemos una misión”. En francés suena mejor. Yo he escrito en varias ocasiones que transformar el dolor en belleza es una buena manera de acercarse a la esencia de la cuestión.

En otro libro, también inédito, escribí que los ingleses, recién llegados a Bali, intentaron explicar a sus habitantes qué era arte y estos, tras largas deliberaciones, respondieron, desalentados: “Nosotros no tenemos arte, sólo hacemos las cosas lo mejor posible”. A mí me parece una excelente respuesta, aunque duela un poco. George Steiner decía que lo que no se nombra no existe, pero yo no puedo evitar seguir la línea argumental de aquellos intrépidos conquistadores -en general, lamentables representantes de nuestra civilización- y le he dado tanta entidad al término que he convertido un dietario personal en un ensayo sobre lo inmaterial; que, bien mirado, tampoco está mal (¿será eso lo que quería decir Carlyle?). Y, como el caminante de Giacometti, he llegado a muy pocas conclusiones. Creo que esta es la única que vale la pena: “El 50% del arte contemporáneo es un fraude colosal, el resto es poesía”.

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El verano de 1981 lo pasé navegando entre Ibiza y Formentera. Un amigo mío tenía un velero de 31 pies y me propuso ir con él de tripulante para hacer charters, con base en el puerto de Ibiza Nueva. Habíamos navegado un poco juntos, nos conocíamos bastante bien y yo no tenía nada mejor que hacer. Mis cuadros apenas se vendían y el trabajo de camarero en el bar de una hípica que había cerca de mi casa era poco gratificante. La proposición era irrechazable, dadas las circunstancias. En aquella época era muy rico en tiempo.

Yo vivía en el barco, mientras él pernoctaba con su mujer y sus dos hijos, de corta edad, en una casa que alquilaron en Santa Eulalia. Cuando no teníamos clientes salíamos a navegar en familia. Recuerdo que cumplí treinta años fondeado en Tago Mago y lo celebramos invitando a cenar al vigilante del islote, un inglés, no mucho mayor que yo, que había participado en la Fastnet Race de 1979. Nos contó que pasó horas atado en la base de la rueda, con una linterna en cada mano, iluminando a todos lados para que el skipper pudiera ver por dónde venía la siguiente ola monstruosa. En aquella trágica edición, la peor de su larga historia, murieron diecinueve personas, se hundieron cinco barcos y otros veintitrés fueron abandonados. Mi amigo y yo acabábamos de narrarle con todo lujo de detalles nuestra reciente aventura entre Santa Eulalia, donde habíamos fondeado la semana anterior, y el puerto de Ibiza, en condiciones de viento fuerte y lluvia. Disfrutamos mucho aquel día y estábamos orgullosos de nuestra destreza. Desde luego era imposible competir con las hazañas de nuestro invitado, que nos dejó hablar, hasta que le sacamos las palabras, una por una, pero nunca olvidaré el momento en el que izamos el ancla y enfilamos a mar abierto, donde nos esperaba la tormenta. Fue duro dejar atrás, a menos de cien metros, el paseo de la villa costera, por donde paseaban grupos de jóvenes disfrutando de la madrugada estival. Nos llegaba el sonido de sus voces y risas, mientras nosotros mirábamos el horizonte con aprensión.

La vida en el puerto es diferente. El tiempo tiene otra calidad, las lecturas llegan más rápidamente al corazón y, si estás solo, como era mi caso, puedes compartir la soledad con el ruido de las jarcias o recurrir al alcohol, porque todo es más intenso cerca del mar. De alguna manera estás en el margen de la sociedad, al borde del terreno conocido. Así, al menos, es como me sentía yo. Cerca de donde estaba atracado mi barco había uno de madera muy bonito, con el casco pintado de color negro, de una eslora parecida, quizás algo más grande, de un italiano llamado Gianpaolo. ¿O era el nombre del barco? Debía tener unos setenta años y se había jubilado hacía cinco o seis. Capitán de la marina mercante, había navegado por todo el planeta y ahora lo hacía sólo por el Mediterráneo, que “sento più nostrum che mai”. La vuelta a casa, para él, era no pasar de Gibraltar. Solía decir que “la Madonna del Mare è molto misericordiosa”, porque se apiadaba de los ricos propietarios de barcos que no se merecían y que cometían las mayores imprudencias imaginables, con una tasa de accidentes ridícula. “A los cincuenta años -decía-, han tenido éxito en su profesión y les entra el pánico de no haber vivido la vida; si no conocen el mar se compran un Porsche, pero si han navegado alguna vez y les ha gustado se compran un barco impresionante, hacen el curso de patrón de yate y, cuando lo aprueban, se sienten preparados para emular al mismísimo Magallanes”. Sentados en cubierta, con una suave brisa que acariciaba nuestra piel bronceada y una cerveza en la mano, me explicaba algunas de sus singladuras y me daba buenos consejos. “No salgas nunca de puerto con un mal parte meteorológico; con uno bueno puedes tener problemas, ¡así que imagínate con uno malo!”. De todas maneras, el día que desapareció, sin despedirse, el tiempo era malo y las previsiones poco tranquilizadoras.

Una tarde me habló de una travesía especialmente complicada que había hecho por el Atlántico Norte y desplegó sobre la mesa de teca, impecablemente barnizada, un gran mapa que abarcaba todo el mundo. Su dedo pasaba de un lado a otro con prodigiosa agilidad. No había rincón donde no hubiera estado. Yo estaba maravillado. La carta náutica era muy elemental, dado todo lo que abarcaba, pero para un ignorante como yo era bastante detallada. Y muy bella. Ahí, en un espacio reticulado, estaban los alisios, la corriente del Golfo, las simas abisales marcadas con un azul más intenso, los paralelos y meridianos marcando la latitud y la longitud, y multitud de signos y números que representaban cosas que yo no comprendía, pero que sabía que eran importantes. Poco a poco me fui dando cuenta de que aquella vasta extensión azul, de distintas gradaciones, era su mundo. Quiero decir que miraba el mapa del mundo al revés de como lo veía yo; la tierra firme era desconocida, para él, no le interesaba, sólo el azul era operativo. Ahí donde yo veía números, líneas y flechas él distinguía autopistas y carreteras nacionales y comarcales, y donde yo sabía que estaba la Torre Eiffel o el Himalaya él no veía nada. Terra ignota. Ni la mencionaba, como si la temiera. Estábamos juntos, compartíamos pantalán, bebíamos la misma marca de cerveza, pero estábamos en dos mundos diametralmente opuestos. El suyo era azul, el mío de colores.

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Comida en el Miryam de L´Escala con José María Guerrero Medina, que acaba de inaugurar una gran exposición en la Fundación Vila Casas, en Barcelona. Una de las salas está dedicada íntegramente a la retirada y el exilio republicano, tras la Guerra Civil. Comento, una vez más, que mi padre estuvo internado en el campo de concentración de Argelès (hay varias pinturas que llevan este título). Soy hijo de refugiado -a mí también me sorprende-, aunque nadie de mi familia acepta este hecho histórico, como si fuera algo de lo que avergonzarse. La razón del silencio familiar es que mi padre calló durante toda su vida, hasta que el dictador murió, y aún entonces apenas dijo nada, porque se había acostumbrado al silencio y porque sus descendientes campaban a sus anchas por el inmenso cortijo en el que convirtieron España. (Y así hasta hoy: el país nunca ha vuelto a manos republicanas). Calló por miedo, porque tendemos a olvidar que la represión franquista sólo fue superada en el siglo XX por los khmers rojos de Pol Pot, en Camboya. Pocas bromas. También lo hizo por prudencia, porque los niños tienden a repetir en la calle y en el colegio lo que oyen en sus casas, y no era buena idea que se propagase la noticia. He conocido bastantes familias en las que los padres hablaban catalán entre ellos y castellano con sus hijos, para protegerlos de la intransigencia fascista que ocupaba la calle. El padre de José María, que escuchaba por las noches Radio Pirenaica (el mío no lo hizo nunca, que yo sepa), ante la mirada reprobadora y temerosa de su mujer, también fue muy reservado, porque había mucho en juego.

Hay silencios que imprimen carácter.

No os perdáis la exposición.

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“Mucho después de que nos hubiéramos metido en la cama y el mundo hubiera enmudecido, fui de puntillas hasta el comedor para estar a solas con el retrato de mi hermano. Cerré la puerta con cuidado, encendí la luz y contemplé aquel rostro pálido, tan digno y resuelto, tan trágicamente maduro. Había vivido muchas cosas; muchas, muchas más que los queridos amigos que habían muerto en fases más tempranas de la interminable guerra, dejándolo solo en el luto de la pérdida. El destino habría podido concederle la compensación insignificante de la supervivencia, la oportunidad de hacer su bonita música en honor a la memoria de todos ellos. Parecía, en efecto, una última ironía que hubiera muerto a manos de los compatriotas de Fritz Kreisler, el violinista que él más había admirado, por encima de todos los demás.”

Testamento de juventud, Vera Brittain

La guerra a la que se refiere es la Gran Guerra, la que tenía que acabar con todas las guerras, con sus diez millones de muertos y veinte de heridos en cuatro años. Sin embargo, acabó siendo el germen de la II Guerra Mundial, porque la estupidez humana no tiene límites.

Dona Ambròsia de Castelló
Dona Ambrosia de Castello, 2015

A principios de julio de 2015, en plena ola de calor (a las ocho y media de la tarde estábamos a más de treinta grados), Teresa y yo fuimos a una conferencia sobre el Tao en Avinyonet de Puigventós, el único pueblo de la comarca que tiene nombre y apellidos. Fue muy interesante. Me reencontré con una versión de mí mismo muy joven, de larga melena rubia (los calvos somos propensos a estas poéticas evocaciones capilares), que leía todo lo que caía en sus manos: Hermann Hesse, Somerset Maugham, “los expatriados místicos británicos que vivían en California del Sur”, encabezados por Aldous Huxley y Allan Watts, Skinner, boom latino-americano y un larguísimo etcétera. Leí también Freud, Jung, Bettelheim, tratados de parapsicología, de antipsiquiatría (R.D. Laing), gnosticismo (Los evangelios gnósticos, de Elaine Pagels, fueron una revelación) y filosofía oriental, como el legendario Zen en el arte del tiro con arco, de Eugen Herrigel, y, naturalmente, el Tao Te King, de Lao Tsé. Imposible saber lo que fui capaz de procesar, pero le ponía ganas.

Cuando me senté en la sala donde se impartía la conferencia no recordaba nada de todo eso, pero no tardé en darme cuenta de que aquellas lecturas juveniles habían sido bastante útiles, después de todo, porque me permitieron subir un peldaño más en la escala de la percepción, como diría Huxley, desde el que pude acceder a otros. En mi primer libro, Entre Creta y Sausalito, décadas más tarde transcribí un pensamiento zen de un maestro llamado Tiloga que acaba con un apoteósico “No modificando nada en su esencia, todo se cumple” que es puro Tao.

Jordi Vilà explicó una cosa que me pareció muy importante y que, al mismo tiempo, me desconcertó, porque es algo que a estas alturas de mi vida debería saber y, sin embargo, ignoraba por completo: los puntos y las comas son un invento reciente. En la literatura antigua no existían, no había más pausas que las que escogía el lector. Eso vale para la primera edición del Tao Te King, para el Código de Hammurabi y para los jeroglíficos egipcios. Las consecuencias de este hecho son enormes, los textos cambian sustancialmente de significado según dónde coloques la puntuación, dando lugar a múltiples interpretaciones. El lector está siempre expuesto a la calidad y a la intencionalidad del traductor.

Mientras Jordi (profesor de chi kung de Teresa y traductor del chino al español del I Ching, para Atalanta) repasaba algunos de los ochenta y un capítulos del Tao, se me ocurrió pensar en Ramon Llull, porque lo tengo en la cabeza y porque hizo una alusión a la deidad femenina; y yo tengo una pintura grande en el estudio de una menina que me gustaría incluir en la exposición que preparo en homenaje al sabio mallorquín, pero no sé cómo hacerlo.

Unos minutos antes había relacionado los dos mundos: el Tao y Llull, evocando un aforismo del evangelio apócrifo de Tomás: “Si os preguntan qué señal del Padre hay en vosotros; responded: es un movimiento y una quietud”, que he incorporado recientemente a la muestra sobre Llull. Son seis pinturas sobre papel, realizadas en 2006. En todas ellas pinté un damero clásico, de sesenta y cuatro casillas, en movimiento, mientras un personaje, de espaldas, pequeño, siempre el mismo, lo observa desde una de las esquinas. Debajo está transcrita la frase de Tomás. El aforismo tiene una relación evidente con el elogio a la quietud taoísta.

Esa correlación de ideas provocó que me perdiera algunos de los capítulos comentados por el conferenciante, pero me dejé llevar y seguí esa linea de pensamiento, a ver dónde me llevaba. Para mí la menina, con su estructura formal cuadrada (es la única figura antropomórfica que conozco que no es alargada), con las caderas sobredimensionadas por efecto del miriñaque, siempre ha sido un icono de la feminidad. Ella representa la creación. La fecundidad. Como me dijo un taxista en Benarés, después de parar y comprar una guirnalda de flores que puso frente a una colorida estampa, en el salpicadero del coche, “She’s God”. De momento, mientras la busco en alguna de las casi trescientas obras catalogadas de Llull la he ubicado en el centro del tablero. En el juego de ajedrez, el rey se defiende desesperadamente en un rincón de su territorio, aterrorizado, con la movilidad muy reducida y rodeado de acólitos dispuestos a dar la vida por él, mientras que la reina despliega todo su poder. Ella es la que marca la diferencia. El rey representa tan solo la vida y la muerte, ella el poder. Es la reina del gran juego.

Cuenta la leyenda que Ramon Llull llevó una vida cortesana y trovadoresca hasta la edad de treinta años, llegando a ser senescal del rey Jaume II de Mallorca, del que fue compañero de juegos en su infancia. Entonces, a pesar de estar casado y tener dos hijos, se enamoró apasionadamente de Ambrosia de Castello, una bella dama genovesa (para Luis Racionero era una dama cátara que, tras la rendición del castillo de Montségur, salvó la vida a cambio de ofrecer sus servicios como espía al rey Felipe de Francia). La persiguió hasta que ésta, acorralada, le confesó que estaba gravemente enferma de cáncer de pecho. La búsqueda de una curación desesperada para su amada empujó a Llull a consultar con médicos judíos y árabes en su ciudad natal, Palma de Mallorca (entonces llamada sucintamente Ciutat), Barcelona, Girona y Montpellier, porque eran los mejores de la época. Aprendió árabe y, una vez en el camino del conocimiento, ya no pudo o no quiso detenerse, como algunos brahmanes orientales que, siguiendo una antigua tradición, al llegar a cierta edad lo dejan todo y dedican su vida a la búsqueda de la verdad.

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Creo que la admiración sin reservas que reciben algunos artistas contemporáneos se debe más a la necesidad de encontrarlos que a su existencia real. Cientos de personas, probablemente miles, vieron la Gioconda en vida de Leonardo, pero ninguno de ellos pensó que algún día se convertiría en patrimonio cultural de la humanidad. Sin embargo, la mayoría de los que hoy la admiran creen que la hubieran reconocido como un icono de la historia del arte si hubieran tenido la oportunidad. Por esta razón creemos ver genios donde no los hay, porque queremos disfrutar de la experiencia de conocer personalmente a Leonardo.

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Cuarto intento

Escribo desde la perspectiva de un artista de a pie, y en ocasiones la ausencia de contexto hace que algunas de mis elucubraciones parezcan una cosa distinta de lo que son en realidad. To be or not to be guay parece un lamento personal y no lo es, al menos no era esa mi intención, sólo trataba de ser una reflexión sobre la banalidad del mercado del arte. Quizás me haya influido que una de las últimas grandes noticias generadas por ese mercado tan sofisticado la haya protagonizado un plátano pegado a la pared con cinta americana en Art Bassel 2019, la feria de arte más importante del mundo. A su lado, un clavo solitario en la pared y una cartela con el título Un cuchillo sin mango cuya hoja se ha perdido, de Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799), presentada en París en 1920 en una exposición dadaísta, es una obra maestra de arte vanguardista. Prefiguraba el objeto Dadá por excelencia, que existe, puesto que es objeto de una definición, pero que al mismo tiempo no es nada. En la cartela que acompañaba al plátano figuraba una cantidad: 120.000 $. Dicen que la vanguardia va siempre por delante, pero yo diría que en el siglo XVIII fueron un poco más allá que en Miami el año pasado (el plátano estaba en la franquicia americana de Art Bassel). Rose Bertin, costurera mayor de María Antonieta de Francia y contemporánea de Lichtenberg, afirmaba que sólo es moda aquello que por viejo ya habíamos olvidado, y si seguimos por esta senda nos encontraremos buscando las claves de la existencia humana en el pasado tanto como en el futuro, porque las pirámides construidas hace milenios en varias partes del planeta tienen más respuestas sobre el origen y el destino de la humanidad que la tecnología híbrida de los nuevos automóviles japoneses.