Menina sobre una paleta improvisada, 2016 (copia)

“…Entonces recorría los cafés taciturnos de los barrios viejos en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los poemas que acababa de leer. A veces lo encontraba –siempre un hombre- y nos quedábamos hasta pasada la medianoche en algún cuchitril de mala muerte, rematando las colillas de los cigarrillos que nosotros mismos nos habíamos fumado y hablando de poesía mientras en el resto del mundo la humanidad entera hacía el amor.”

Gabriel García Márquez / Vivir para contarla

 

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Hace muchos años viví en una casa en la ladera de una montaña desde la que muchos días, por la mañana, muy temprano, se veía el pueblo en el fondo del valle cubierto de niebla. En fin, el pueblo no se veía, pero sabías que estaba allí. A veces el campanario despuntaba envuelto en un mar de nubes y el perfil de la campana centelleaba por efecto del sol.

Vivía en lo alto de la colina tratando de encontrar la paz y la medida de todas las cosas, mientras en el fondo del valle vivían los hombres, no siempre en buena armonía.

Desde que bajé de la montaña me muevo entre la misantropía y la ambición. Por mucho esfuerzo que haga en cualquiera de los dos sentidos hay otra fuerza igual, pero de sentido contrario, que la neutraliza.

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Foto Maria Alzamora

El amor en arte es transferible a quien adquiere la obra, a quien la recibe. El pintor no siente celos, le agrada ver su obra gozada por otro. Pintar es un acto de amor hasta que el cuadro está acabado, luego será arte o no será nada.

Pablo Tarrero

1-9 publicado VIII

Recuerdo que los primeros años en Ordis trabajaba siempre de noche. Me gustaba que el límite de mi esfuerzo lo pusiera el cansancio combinado con el sueño y me encantaba que no hubiese interrupciones de ningún tipo (como visitas inesperadas o llamadas telefónicas). Entre las cuatro y las seis de la mañana decidía dar por concluida la sesión, me desperezaba, apagaba la música, dejaba los pinceles en remojo en una solución llamada apropiadamente Lavapin y, si el tiempo lo permitía, salía a la calle para fumar el último cigarrillo antes de dormir. Este paseo me desconectaba del trabajo y el aire me sentaba bien. A menudo me cruzaba con un vecino, Met Pascol, un hombre de campo que me sacaba treinta años, agricultor y ganadero, alto y bien parecido, con el pelo muy blanco y el rostro curtido por el trabajo al exterior. Su aspecto era noble; con una toga púrpura hubiera sido un magnífico senador romano de la época de Augusto.

Yo lo saludaba con un “¡Buenas noches!” y él, invariablemente, me respondía: “¡Buenos días!”.

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Hiroshi tiene la lengua afilada y pocas ganas de perder el tiempo.

Yo acababa de tener una conversación muy interesante sobre escultura con Manuel, un profesor de universidad que me acababan de presentar. Estábamos cómodamente sentados junto al fuego, yo con una cerveza en la mano y él con una copa de vino tinto, en el pequeño cottage ampurdanés de unos amigos comunes, mientras esperábamos una cena que improvisaron con habilidad y talento nuestros anfitriones. Coincidimos en que la escultura vasca es un referente mundial en el siglo XX. Él sabía de lo que hablaba, tiene ascendencia navarra y hay algo genético en el discurso de Oteiza. Luego, me habló de unas clases que estaba dando sobre la luz en tres dimensiones. Pensé en algunas obras dibujadas con neones, que conozco mal, pero enseguida fue un poco más allá y me dijo que estaban tratando la luz como objeto. El listón subió considerablemente y tuve que concentrarme para seguir su explicación. Saltamos de un tema a otro, nos conocimos mejor y aterrizamos en Ramon Llull. ¿Por qué no? Y en Shönberg, del que no sé absolutamente nada pero que Manuel relacionó hábilmente con Llull.

Estaba, pues, intelectualmente preparado para cualquier conversación que se me presentara. Nos pusimos todos de acuerdo – éramos una docena larga de personas humanas – y cambiamos de posición. Yo acabé de pie, junto a la mesa redonda de la cocina, integrada en el salón, apoyado en la encimera. Tenía a mi izquierda, sentados, a Hiroshi y Mireia, la mujer de Manuel, que se sentó a mi derecha y entabló conversación con el resto de la mesa. Hiroshi le habló a Mireia de mi blog, de la frescura de mi escritura y de la originalidad de mis planteamientos. El tema era tan apasionante que no tuve más remedio que participar, añadiendo comentarios que me parecieron humildes y oportunos. El vino corría generoso. Lo que no le gusta a Hiroshi es que dedique tanto tiempo a criticar el entorno del arte contemporáneo. “¿Por qué pierdes el tiempo con esto?”

Se giró ostensiblemente hacia mí y me preguntó qué me interesaba más: la pintura, la escultura o la literatura. No recuerdo mi respuesta. Empezaba a verme superado por su exuberancia verbal. Entonces habló de la importancia de la palabra en mi obra. Se animó y añadió que sin la palabra mi obra no es nada. Agucé el oído. ¿Era una crítica? ¿Es por esta razón que he recurrido a la escritura? ¿Porque necesito comunicar una verdad que la pintura y la escultura sólo satisfacen a medias?

Luego habló de nombres. Las Meninas. Rothko. Ramon Llull. Albéniz. Pero… ¿dónde está ALZAMORA? Lo dijo así, con mayúsculas. Balbuceé que quizás estos nombres son excusas que utilizo para hilvanar un discurso personal, pero no sonó del todo convincente. Insistió: Velázquez, Llull, Rothko, pero … ¿DÓNDE ESTÁ ALZAMORA?

Buena pregunta.

33 Cecilia Albéniz

En una de las imágenes del Mosaic Museu Isaac Albéniz de Camprodon aparece Cecilia Albéniz, en la plenitud de su belleza. Como toda la familia era políglota y culta. Esta circunstancia y el carácter indómito que debió heredar de su abuelo propició que se convirtiera en azafata de Iberia.

“Cuando yo la conocí – explica su sobrino Julio Samsó – hacía la línea Ginebra-Barcelona y pasaba muchas noches en casa de mis padres. En una época en que no habían juguetes ni buen chocolate, nos trajo juguetes y chocolate suizo a mi hermana y a mí. Fue algo impresionante y yo, que era un niño, me quedaba maravillado ante una mujer tan preciosa. La familia tenía miedo de que sufriera un accidente de aviación y en una ocasión en que quería ir a París para pasar las Navidades con su hermana Diana, comunicó a todo el mundo que no se preocuparan, porque haría el viaje con unos amigos en coche.”

Desgraciadamente tuvieron un fatal accidente.