BK VI
pintura de Barbara Kroll

Me hubiera gustado coger el programa de El somni i la papallona, el espectáculo de Sai Trio que se representó ayer noche en la Fundació L’Olivar, en Ventalló. Más que nada para saber de qué iba la obra. Pero me olvidé. Me quedo con lo que vi y sentí, más allá de cualquier interpretación escrita por otro.

Sònia Sánchez puso el baile, desde el flamenco a la danza contemporánea pasando por la interpretación teatral pura y dura. Agustí Fernández el piano, pero no cualquier piano; él tiene uno que se toca sentado, de pie, frente al teclado y dentro de la caja, con los dedos y con extraños instrumentos que arrancan sonidos insospechados a las cuerdas. Todo ello interpretado con delicadeza, elegancia y una sonrisa, muy pendiente de lo que hacen sus compañeros de escenario. Ivo Sans, en la batería, cierra el trío y es también todo sensibilidad.

Contrasta la suavidad minimalista de los músicos frente a la expresividad de la bailarina, que detiene el gesto en una posición un poco acrobática, dramática; va vestida de negro y parece salida de una pintura de Barbara Kroll. El tiempo también se detiene, pero no del todo, porque Ivo sigue tocando como quien acompaña a un ser querido en un trance delicado.

El pianista, entonces, decide transformar su instrumento en otro; se levanta, da unos pasos por una escenografía improvisada (que me recuerda una pintura de David Hockney) y, desde el otro lado, lo usa como contrabajo, si esto es posible.

Frio, humedad, sillas incómodas que crujen, noche cerrada y una intérprete que nos hipnotiza auxiliada por una música que conmueve.

porta-lluny-personatge5 (3ª copia)

Siento debilidad por los matemáticos. Uno de mis héroes de realidad es Grigori Perelman, un hombre que rechazó un millón de dólares por principios éticos ligados a su profesión (https://alfonsoalzamora.wordpress.com/2016/10/26/377/). Esta semana nos ha dejado Maryam Mirzakhani, la primera mujer ganadora de la medalla Fields, considerada el Premio Nobel de las Matemáticas. Lo que rechazó Grisha fue el millón de dólares que otorgaba del Instituto Clay de Matemáticas por haber resuelto la conjetura de Poincaré.

Nunca estuve cerca de resolverla. Ni siquiera sé lo que es.

A Maryam, por su parte, le fascinaban las complejidades geométricas y dinámicas de las superficies curvas. Además, consiguió notables avances en la teoría de las superficies de Riemann y sus espacios modulares. Yo, la verdad, tampoco en este caso estuve cerca, pero siento que mi trabajo en dos y tres dimensiones tiene muchísimo que ver con todo esto. Leo en La Vanguardia de ayer que su método preferido de trabajo era garabatear y anotar fórmulas en hojas en blanco, algo que su hija Anahita consideraba “pinturas”. Coincido plenamente con ella, me encantaría tener una de ellas enmarcada en mi casa.

Al aceptar el Fields, Maryam describió su trabajo como “divertido” y lo comparó con “resolver un rompecabezas”, o con el detective que “ata cabos” para poner fin a un misterio.

No puedo sentirme más identificado con esta manera de ver las cosas. A mi estudio lo llamo “cuarto de jugar”, porque me lo paso bien en él. Y, con los años, siento que voy cerrando círculos, atando cabos y resolviendo algunas incógnitas. Excepto una, claro, la más importante, en ésta Maryam me lleva ya unos cuantos días de ventaja.

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En el post anterior, no estoy seguro de haber explicado bien el hecho de que, además de intentar singularizar al máximo el acto creativo, tratando de convertir cada cuadro en una experiencia única e irrepetible, lejos de la masificación artesanal. dicho sea esto con el máximo respeto, las partes puedan llegar a ser más interesante que los todos. Me gusta la idea de que los fragmentos puedan ser más bellos que las pinturas completas.

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number I / Menina Constellation

“Yanagi Soetsu, filósofo, historiador del arte y poeta, había desarrollado una teoría para explicar por qué ciertos objetos – vasijas, cestas, telas – hechos por artesanos anónimos eran tan bellos. En su opinión, expresaban la belleza inconsciente porque el artesano los había hecho en tal número que se había liberado de su ego.”

Edmund de Waal, La liebre con ojos de ámbar.

Las tres versiones del Diptych for a German collector se parecían bastante, al menos de inicio, porque conozco bien la temática, como el artesano que describe de Waal, pero el resultado final me sorprendió. Y sigue haciéndolo, un año más tarde. A la coleccionista alemana también, hasta el punto de que quiso comprarme uno que ya no existía, pues en el intervalo de tiempo que va desde que vio la foto en pantalla y me comunicó su decisión yo lo había seguido trabajando y el nuevo estado no le gustaba tanto como el anterior. (No he explicado que, ante el entusiasmo con el que me hizo el encargo, le propuse seguir paso a paso la gestación de las obras, fotográficamente y por internet, porque aun no nos conocíamos personalmente).

En el Number I pasó algo extraordinario: apareció una constelación, perfectamente dibujada, debido a un accidente mientras trabajaba unos papeles sobre el suelo del estudio. Al levantar el brazo con el pincel cargado, para vaciarlo sobre el papel, se me fue la mano y salpiqué donde no debía: en el díptico apoyado en la pared, demasiado cerca del campo de batalla. Y el azar pintó admirablemente bien.

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Menina Constellation / detalle

El Number II fue más sorprendente, si cabe. Después de superar aquel estado de gracia que enamoró al coleccionista…

nº 2 2º estado
number II / estado intermedio

…seguí trabajando, porque me parecía que a esta Menina ya la conocía. Cogí un par de plantillas de cartulina con un cuadrado hueco en su interior y empecé a aplicar el color con el pincel apoyado en este nuevo instrumento. Apareció una pintura cubista, ¡en 2017! Como llevo media vida buscando la intemporalidad, con el mismo entusiasmo que trato de eludir la contemporaneidad (que siempre me ha resultado sospechosa), saludé al cubismo como si Picasso, Braque y Juan Gris estuvieran trabajando en el pueblo de al lado, lo que no es del todo incierto, porque Céret está bastante cerca de Ordis.

 

menina cubista IV
number II / Cubist Menina
menina cubista IV (copia)
Cubist Menina / detalle

El Number III es el díptico que menos me sorprendió. No apareció una versión cósmica ni cubista de la Menina, o algo que se le pareciera, y no estoy seguro de haber detenido el tiempo, que es la cualidad que debe tener cualquier obra de arte que se precie. ¿Tenía, al menos, la belleza del artesano que se ha liberado de su ego?

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number III / Menina and blue / minutos antes de desaparecer

No estoy seguro de que esto esté a mi alcance, de manera que ayer decidí “borrarla”. Me gustaba, pero me pareció que estaba posando. He dejado en el extremo inferior izquierdo una muestra azul, una huella de su pasado. La idea, ahora, es esperar a que el índigo se seque y, encima de la figura, que yo sé dónde está, pintaré con cuatro brochazos su alma, despojándola de todo lo accesorio.

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number III / work in progress

Creo que sé cómo hacerlo.

Continuará…

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París, 1960. El periodista va impecablemente vestido, a juego con el salón del Hotel George V en el que se desarrolla la entrevista. Frente a él, al otro lado de una mesita con un juego de café de porcelana blanca, está Orson Welles, un hombre del que nunca diría si va bien o mal vestido.

– Quería preguntarle si alguna vez contrató a algún amigo en lugar de la persona adecuada para un papel.

– Frecuentemente.

– ¿Lo lamentó?

– Frecuentemente.

– ¿Volvería a hacerlo?

– Sí – Hace una pausa – Porque no considero que el arte sea lo más importante. Ya le dije que prefiero cualquier otra forma de lealtad en la vida que el arte.

Llevan un buen rato hablando. Welles fuma un puro que se le apaga con frecuencia, lo que le obliga a coger la caja de cerillas, encender una, pasarla por el extremo apagado, llevárselo a la boca en el momento exacto e inhalar con delicadeza. El habano le hace compañía, además de proporcionarle placer y una ración moderada de un narcótico llamado nicotina. Su entrevistador, una elaborada combinación de Edward Murrow (“Good Night, and Good Luck”) e Iñaki Gabilondo, fuma cigarrillos.

– Odio la concepción romántica sobre los artistas que están por encima de todo lo demás. Sin duda la amistad es más importante que mi arte.

Da la sensación de que el periodista ha controlado bastante bien la situación hasta este momento. Incluso se ha permitido disentir sobre algunas de las opiniones de su formidable interlocutor, en un intento desesperado por mantenerse a su altura, pero ahora el rumbo de la conversación le desconcierta. No se atreve ni a disentir. Ha preparado la entrevista a conciencia. Orson Welles es el Gran Outsider, el hombre de las Mejores Películas de la Historia del Cine que no consigue financiación para terminar su Don Quijote; pero, sobre todas las cosas, para este periodista con pretensiones de intelectual es el artista que firmó Ciudadano Kane a los veinticinco años.

– Tengo un gran respeto por la gente que sí aprecia su arte de esta manera – El actor, generoso, trata de ayudarle – Y creo que ellos son, probablemente, los artistas más valiosos. De modo que no defino cómo debería ser un artista, sólo hablo del tipo de artista que soy yo.

– Bueno. ¿Es feliz en estas condiciones? ¿Le gustaría ser la clase de artista que son ellos?

– No, no, no. Para nada, porque en realidad no me considero a mí mismo como un profesional. Soy, básicamente, un aventurero. Y la gente que sí es seria y que es profesional, que es profundamente seria a expensas de cualquier otro valor en la vida, es quizás la gente que hace las mayores aportaciones al arte. Yo no quisiera ser uno de ellos.

Yo, modestamente, tampoco. Hace unos años la crítica e historiadora de arte Mª Lluïsa Borrás me hizo una entrevista y me planteó una cuestión parecida. Le respondí que para mí la palabra “artista” es un adjetivo calificativo, de manera que aplicarla a uno mismo es como si me preguntaran a qué me dedico y respondiera: “Soy estupendo”. Le encantó la respuesta, que resaltó.

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Foto Maria Alzamora

En una sala de la Casa de Cultura de Girona, rodeados de retratos de Susan Sontag, Quim Monzó, Enrique Vila-Matas, Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño, John Irving, Paul Auster, Cabrera Infante y un largo etcétera, además de Borges y Cortázar, los preferidos de Daniel Mordzinski, el autor de las fotografías, un actor hizo una lectura dramatizada de tres relatos de Javier Cercas, acompañado de un guitarrista y dirigidos por la esposa del escritor. Lamento no recordar el nombre de ninguno de ellos, porque fue fantástico. El actor era alto, delgado, con el pelo rizado de color claro, llevaba una camisa granate, gafas de pasta oscuras -que blandía de vez en cuando como una batuta- y tenía en general un aire a lo Félix de Azúa que le sentaba muy bien. Hizo un trabajo admirable, nos transmitió toda la emoción y el humor de los relatos, que nos parecieron buenos y divertidos.

Al salir lo busqué para felicitarle y agradecerle su actuación, pero me costó dar con él, porque no era alto ni rubio, ni llevaba gafas oscuras de pasta, tampoco vestía una camisa granate y no se parecía en nada a Félix de Azúa. Es un magnífico actor.

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Foto Maria Alzamora

En la cultura anglosajona dominante el culto al triunfador, al number one, al más veloz, al más guapo o al más poderoso es abrumador. Ha convertido la existencia en una carrera de obstáculos donde lo más importante parece ser llegar el primero. Por contra, en esta misma cultura también se habla mucho y bien del perdedor, the loser, de una manera mucho más poética. Sobre todo en el cine, el gran medio de expresión cultural moderno. Y también en la literatura.

Los triunfadores son insufribles, vacuos y predecibles, los perdedores son más atractivos. Tiernos y vulnerables, llevan escrito en la cara que si bien es verdad que nacemos, hacemos lo que podemos y morimos, no es menos cierto que mientras tanto la vida nos ofrece momentos aislados extraordinarios que conviene aprovechar.