013 Menina Damero (copia)
Menina Damero, 2007

Buena parte de mi obra plástica gira en torno al cuadrado (y al círculo, que lo contiene o está contenido en él). La abstracción geométrica y el minimalismo están en el principio de los tiempos, cuando empecé a hacerme preguntas en un espacio bidimensional, y nunca han dejado de estar presentes. Para Ramon Llull el cuadrado, el círculo y el triángulo (el cubo, la esfera y la pirámide) simbolizan verdades esenciales, quizás esto explique la atracción que ejerce sobre mí el sabio mallorquín. Su monoteísmo casa bien con mi visión unitaria de las cosas. Mis héroes anónimos son redondos, cuadrados por tanto, siempre con la misma cara y los mismo ojos; las sillas, en plural, no son tales, solo hay una: siempre la misma, nunca he dibujado otra, con un trasfondo geométrico que es lo único que en realidad importa; la menina también es siempre la misma y también es cuadrada: es la única figura antropomórfica que conozco que mide lo mismo de alto que de ancho; y los dameros son cuadrados sacados de otro gran cuadrado: el tablero de ajedrez, que suelo identificar simbólicamente con el terreno de juego donde el hombre mide su inteligencia y se convierte en ser racional.

En catalán es frecuente utilizar el término “cap quadrat” (cabeza cuadrada) para definir a personalidades obstinadas y poco flexibles. Espero que no sea mi caso, pero visto desde fuera, con la perspectiva de cuarenta años, esta fidelidad a una figura geométrica es de una coherencia estremecedora. Quizás debería hacérmelo mirar. Con la menina juego a ser Dios. Repito una y otra vez vestido, peinado, corte central de la doble falda, mano derecha con el gesto de agarrar un pañuelo que no está y mano izquierda abierta, casi siempre ausente o con una leve insinuación en forma de un trazo espontáneo que no se sabe muy bien qué es. La intención es siempre la misma y, sin embargo, todas son diferentes: altas, macizas, esbeltas, coquetas, altivas, felices, soberbias o contrariadas, cada una tiene su propia personalidad, como cualquier criatura humana, a pesar de haber sido creadas todas bajo el mismo patrón.

Anuncios

01 DSCF8072

No me gustaría dar la sensación de que apruebo los castigos corporales, cuando digo que no les guardo rencor a los señores Labazuy y Bibiloni por las bofetadas que me dieron a principios de los años sesenta en el Instituto Técnico Eulalia, de Barcelona. Solo trato de contextualizar estos hechos. En 1962 el franquismo estaba en plena forma y el principio de autoridad era totémico. Los alumnos mediopensionisas pasábamos mucho más tiempo en el colegio que en nuestras casas. Durante la friolera de diez o doce años todo nuestro universo existencial sucedía entre aquellas cuatro paredes y el gran patio que rodeaba la inmensa casona que albergaba las dependencias escolares. El paréntesis navideño era muy bien recibido, el de Pascua era demasiado corto y los tres meses de vacaciones, en verano, una bendición, si no tenías que estudiar para recuperar algunas asignaturas, como solía ser mi caso. Recuerdo salir de casa de mis padres a las ocho y cuarto de la mañana, con pantalón corto -muy corto; en realidad: absurdamente corto- de franela gris y zapatos marrones de la marca Gorila, con un frío bestial, y hacer el largo trayecto hasta el colegio, que estaba en el otro extremo de la ciudad, un rato andando y otro tanto en metro. Por la tarde salíamos a las siete, por lo que estaba de regreso en casa más o menos a las ocho, con el tiempo justo para hacer los deberes, estudiar para algún examen y dormir. Había, además, un castigo frecuente que se llamaba “permanencias”. Consistía en una hora más de estudio, de siete a ocho, en silencio. Me temo que yo estaba abonado a esta hora extra. Aquel horario era una tortura para un niño imaginativo y propenso a la distracción, como era yo. Pero así eran las cosas, en aquella época. En aquel contexto sociológico, que tenía muy poco de lógico, no debía ser fácil para el señor Labazuy mantener la disciplina. Ignoro el grado de trastorno de personalidad que sufríamos la mayoría de nosotros, pero debía ser notable. Supongo que el señor Labazuy (¿Arturo?) agotaría las advertencias y los argumentos disciplinarios, y, ante la reiteración del delito (risa incontrolada, hablar a destiempo, tirarle una goma de borrar a un compañero), recurría a la bofetada como último recurso. Me caía muy bien el señor Labazuy, con su bata blanca que llevaba con el cinturón muy bajo y las manos apoyadas en él, con los pulgares hacia dentro, en una posición chulesca, y su marcado acento aragonés: “¡Alzamora, te voy a partir la cara!”. El señor Bibiloni no me caía bien ni mal, pero era una buena persona. Después de nuestro desgraciado enfrentamiento en el pasillo de la Sala de Profesores, de funestas consecuencias para mí, me llamó “¡Bobo!”. Nunca nadie lo había hecho antes y dificilmente volverá a suceder. No es un calificativo corriente.

Sin embargo, algunos compañeros míos llevaron luego a sus hijos al mismo colegio. ¿Síndrome de Estocolmo? El hecho es que no parecían tener malos recuerdos. A lo mejor el problema era yo, después de todo.

Lo del imbécil del hermano de La Salle es otro cantar. En 1965 yo no sabía lo que eran los abusos sexuales. Nadie me había hablado de ello y mi imaginación no llegaba a tanto. El nacionalcatolicismo era inmaculado, como el principio de autoridad, y la combinación de ambas cosas resultaba letal. Hoy, un domingo muy lluvioso de noviembre de 2018, observo con preocupación como algunos líderes políticos miran este pasado que creíamos superado con nostalgia.

menina cartón ondulado OK

“Alzamora, ¡te voy a partir la cara!”. Dicho y hecho me dio una bofetada que me dejó el moflete rosado y cosquilleante durante un buen rato. Volví a mi pupitre humillado. ¿Qué cara se supone que has de poner en un momento así? ¿Ofendido? ¿Irónico? Tenía once o doce años. El señor Labazuy debía tener lo menos treinta; un anciano, a mis tiernos ojos, que apenas se habían asomado a la adolescencia. Nunca se lo tuve en cuenta. El señor Labazuy era un profesor inteligente y empático que lidiaba con una clase de treinta alumnos. Un día, debía de ser un sábado por la tarde, nos llevó a un pequeño grupo a la Bodega Bohemia, un local de Barcelona oscuro y acogedor, un poco marginal, con velas en las mesas. Hablamos de la vida. Nunca nadie de su edad me había tratado como a un adulto. Me sorprendió el respeto con el que nos escuchaba y nos animaba a hablar. Un compañero de clase apellidado Llavería reflexionó acerca del hecho de que cuando fuéramos mayores nos olvidaríamos los unos de los otros. La idea le parecía de una crueldad insoportable. Hoy, recordándolo, me parece impresionante aquella visión apocalíptica de la memoria y el tiempo.

Lo del señor Bibiloni, dos años más tarde, tampoco se lo tuve en cuenta. Fue un accidente. Había castigado a toda la clase sin recreo, no recuerdo por qué razón, y el pequeño grupo que nos quedábamos a comer pagábamos doble, porque había un descanso matinal, de media hora, y otro después de comer, de una hora, que no disfrutaban los que tenían el privilegio de comer en sus casas y de este modo rompían la insoportable monotonía de pasar cada día diez horas en el colegio. Ellos llegaban cuando empezaban las clases de la tarde, después del recreo. No era justo. Protestamos. Tomé la palabra y le dije que se lo diría al director. Me lo prohibió. Hice caso omiso y me dirigí resueltamente a la Sala de Profesores, seguido de un indignado Bibiloni y de los seis o siete compañeros de clase y de infortunio. Me alcanzó en un pasillo estrecho, puso una mano en mi hombro, obligándome a darme la vuelta, y con la otra me cruzó la cara. Yo lo empujé con las dos manos, para alejarlo de mí, al tiempo que le decía “¡Usted a mí no me pega!”. El señor Bibiloni tropezó accidentalmente con algo, quizás un escalón que había detrás suyo, y se cayó al suelo, delante de todo el grupo. Circuló la noticia de que había pegado a un profesor y me convertí en un héroe durante un rato. La gente me miraba alucinada, mientras yo sonreía tímidamente: no tenía madera de líder, solo un sentido exagerado de la justicia. Aquel momento de gloria fue efímero y lo pagué caro: un verano interno en la Seo de Urgel, en un colegio de los Hermanos de La Salle. Salvando las distancias, que seguro que son notables, es lo más parecido a un correccional que he conocido en mi vida.

Era un lugar extraño, un poco mafioso. Si te pillaban fumando te caía una bronca y un castigo; o te costaba un paquete de Camel, bajo mano. Una noche fuimos todos a la sala de actos a ver una película: Un beso para Birdie, de Elvis Presley y Ann Margret. No sé a quién se le ocurriría meter a Ann Margret en un internado de más de doscientos adolescentes cargados de feromonas, pero el efecto de aquel fabuloso escote y de la pícara sonrisa que lo acompañaba se respiraba en el ambiente, mientras nos dirigíamos al gran dormitorio general. Le hice un comentario gracioso a un amigo que caminaba a mi lado, que se rió. Enseguida sentí una mano en el hombro que me obligó a darme la vuelta. Sabía lo que vendría a continuación: una reprimenda, quizás un castigo, porque estábamos en hora de silencio y yo lo había roto, aunque había sido solo un susurro. La bofetada fue fuerte, inesperada y desproporcionada. La del señor Bibiloni, comparada con esta, fue una caricia. El público, muy numeroso, se paró y permaneció un instante inmóvil, en silencio, mirando como un hermano de La Salle, moreno y recio, famoso por su iracundia, se enfrentaba a un adolescente rubio de catorce años recién cumplidos. “¡Usted a mí no me toca!”, acerté a decir, en voz alta y clara. Quizás no tan alta, porque estaba asustado, pero creo que lo suficiente para que me oyeran los que estaban más cerca. Me sacudió otra, más fuerte, pero yo ya había dicho lo que tenía que decir. Conocía las reglas: nunca dar muestras de debilidad; corrías el riesgo de que luego tus compañeros se metieran contigo. No sabes a quién temer, en esos cuarteles, si al amigo o al enemigo. El hermano me castigó a permanecer de pie en un ancho pasillo que había frente a la entrada del dormitorio. Estuve más de una hora ahí, de pie, oyendo ruidos, ahuyentando temores, masticando el silencio, añorando la tosca litera en la que dormía. Apareció el hermano, se acercó a mí, conciliador, me tocó el brazo, se disculpó con palabras afectuosas y se acercó un poco más de lo normal, lo aparté, se molestó y desapareció. Dos horas más tarde, desde el fondo del pasillo, asomó la cabeza y me dijo que me fuera a dormir. Nunca le he perdonado.

0Z7A7773
Foto Maria Alzamora

En 1898 España perdió Cuba y Puerto Rico y Henry Moore nació en Castleford, Yorkshire, un 30 de julio. El triunfo de lo individual frente a lo colectivo es celebrar como se merece el nacimiento de un hombre sensible y pasar por alto una efeméride política colonial.

dos figuras 1989 II
Dos figuras, 1989

La memoria es caprichosa y selectiva. Hace veintisiete años que tengo el mismo estudio y hace solo tres o cuatro que me aprendí el nombre de mi vecino: Joan. ¿O es Josep? No, Joan. La memoria también es absurda. Recuerdo con precisión el equipo Ferrari que corrió el Gran Premio de Mónaco de 1967: Lorenzo Bandini y Ludovico Scarfiotti. Una información perfectamente inútil. Me sería mucho más útil recordar el nombre de mis vecinos.

“Tengo la memoria justa para pasar el día”, dice la actriz Candela Peña.

Mi hermana Elena está en Atenas, colaborando con una ONG en un centro de refugiados. Me ha llamado por teléfono a las nueve de la mañana, desesperada, con lágrimas en la voz, y me ha contado que se ha despertado a las cinco y en este corto intervalo de tiempo ha visto morir a dos personas: un adulto de hipotermia y un lactante que no ha podido resistir la última etapa de la travesía del Mar de Mármara, que emprendió su madre, huyendo de la guerra de Siria. A las diez yo ya sabía más cosas de las que era capaz de asimilar.

Diez minutos después de colgar me ha llamado de nuevo para darme las gracias. Los dos sabemos que hay poco que podamos hacer, pero compartirlo conmigo le ha sentado bien. Entonces le he recordado que nosotros también somos hijos de refugiados. Efectivamente, mi padre estuvo internado en el campo de concentración de Argelès, custodiado por tropas africanas francesas, después de la Guerra Civil, huyendo de las tropas fascistas. Tenía veinticinco años y era capitán del cuerpo de ingenieros del ejército republicano. No era un militar profesional, solo un universitario al que le tocó la mili más dura imaginable. Argelès concentró a ochenta mil personas, que se dice pronto. Europa no sabía qué hacer con aquella gente. ¿Os suena? Elena no lo recordaba. En mi familia nadie es consciente de esta esquina de nuestra historia, porque mi padre calló. El silencio de los vencidos fue ensordecedor.

La memoria puede ser también interesada.

a borges 1987 (copia)
A Borges, 1987 / detalle

– Yo conozco a mucha gente religiosa y están un poco aterrados. Porque o esperan el paraíso, lo cual, como dijo Bernard Shaw, es un soborno, o temen el infierno. En cambio, una persona que no cree en ninguna de las dos posibilidades, una persona como yo, que se considera indigna de castigos o de recompensas eternas, puede estar tranquila. Pero todo es tan raro, la verdad, que a lo mejor proseguimos este diálogo en otro mundo …

J.L. Borges a Xavier Rubert de Ventós, Demonios íntimos

001 4 Meninas y el NYT (copia)
detalle de Cuatro meninas y el New York Times, 2008

Cuando acabó la proyección de El amor y la muerte, la directora nos explicó que el formato documental invierte los términos del proceso: primero ruedas y luego, en la sala de montaje, escribes el guión. Aunque en este caso -Arantxa Aguirre nos explicó ayer la vida de Enrique Granados- sabes que empieza cuando nace y acaba cuando un submarino alemán, pilotado por uno de estos enajenados mentales que triunfan en tiempos de guerra, torpedea el barco donde viajan Enrique y Amparo. Y mueren. Rosa Torres-Pardo y Arantxa hablaron también de lo difícil que es sacar adelante estos proyectos culturales y creativos, pero acabábamos de ver a Granados luchar toda su vida para tratar de sacar adelante un proyecto vital cultural y creativo. Es lo que hay. El contrapunto nos lo ofreció un ser inenarrable llamado Arcángel (!), que, después de pelearse con una música que se le atragantaba, decidió que Granados, en el fondo, era japonés. Y cantó bien, muy jondo, con el apoyo de Rosa, que le esperó pacientemente al teclado, sin entender nada de lo que le decía pero disfrutando del momento. Arcángel es de estos tipos que se enfrenta a la Filarmónica de Viena y gana por goleada. Se llama temple. Y convicción. Es otro mundo, pero está en este. Volveré a ver El amor y la muerte porque tiene tantos registros (en realidad, es una suite) que necesitaré tiempo para asimilarlos. Es lo que tiene la música. Tienes que repetir.