Childhood is destiny, la infancia es el destino, dejó escrito Freud, en una sentencia lo suficientemente amplia como para que cupiera todo: desde la herencia genética al entorno medioambiental. Orson Welles lo resumió en una palabra: Rosebud, que pronuncia con un hilo de voz su Ciudadano Kane, un instante antes de morir. El anhelo de una larga vida reducido a un primer anhelo, oculto en la infancia.

Yo apenas recuerdo mi niñez, no sé si fue feliz. Escribiendo Elogio del fracaso he encontrado momentos de mi infancia que tienen la misma intensidad que cuando se produjeron, nunca he superado la desazón o el éxtasis que llevan asociados. He narrado el éxtasis en el capítulo dedicado a mi profesor de filosofía en el Instituto Técnico Eulalia de Barcelona, cuando yo tenía quince o dieciséis años, pero no sé si vale porque técnicamente ya no era un niño. En aquel examen final, titulado Consideraciones sobre el Decálogo, está todo lo que ha pasado después. Daría cualquier cosa por leer aquellas páginas. No tengo ni idea de lo que escribí, sólo sé que fui feliz escribiendo, quizás por primera vez.

Hay otro momento que aparece de vez en cuando en el océano de mi infancia. Es perturbador, a pesar de su banalidad, o quizás debido a ella. Aquel año había pedido una bicicleta a los Reyes y estaba muy excitado. Recuerdo que especifiqué claramente qué tipo de bici quería, como la de mi amigo Jorge, una San Román plateada, de manillar abierto, eso era muy importante, no quería un manillar convencional, con las puntas cerradas. Aquel manillar plano de la bici de Jorge me fascinaba, era diferente, moderno. Llegó el día y en un rincón del salón destacaba una bicicleta Orbea reluciente, de color rojo brillante, con manillar cerrado. La bici de mi hermana era Orbea, una bici de niña, con cesta delante y redecilla de colores carenando la rueda de atrás, para que la falda no se enredara en los radios. La que me habían traído los Reyes era una cosa imponente, eso no se podía negar, una bicicleta en un piso siempre parece mayor de lo que es en realidad.

Di las gracias a los Reyes y a sus representantes, me mostré alborozado e impresionado, pero me llevé un disgusto monumental, que nadie apreció y todavía me dura. Muchos años más tarde me enteré que era la bicicleta de mi hermano mayor (soy el cuarto de cinco hermanos), que se le había quedado pequeña, tras pasar por un restaurador que la había arreglado, pintado y cromado hasta dejarla como nueva.

Porta de Llull

Dejar de ser pintor y escultor, después de tantos años, es morir un poco y esta circunstancia me ofrece la oportunidad de ver lo que sucede a continuación, una vez acabada la ceremonia de despedida, cuando la gente se dispersa entre sonrisas, palmadas en la espalda y alguna que otra lágrima. La huella de mi paso por el mundo del arte va tomando forma. Lo primero que he aprendido es que es una pisada leve, por más que haya puesto el alma en ello. El tiempo dirá si esta huella permanece visible, petrificada en la lava, o desaparece barrida por el viento.

La escultura pública es más difícil de dejar. Su coste, logística y la calidad de las personas que validan estos ambiciosos proyectos –normalmente políticos con poca o ninguna experiencia en arte o, lo que es peor, expertos en arte contemporáneo–, hacen que pocas de estas obras vean la luz. A los escultores nos definen más los proyectos que las realizaciones.

The Wall, que estuve a punto de hacer en el litoral valenciano –el lugar que me propusieron no me pareció adecuado y cuando propuse un cambio de localización el interés del alcalde se enfrió con la misma rapidez con que se había encendido–, duerme el sueño de los justos, como L’escala de l’enteniment, en sus dos versiones: la que preparé para Mallorca, a petición del comisariado del Any Llull, y la que maqueté a tamaño natural en la exposición de la Fundació Vila Casas en 2016 (hay una versión instalada en el campus de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona). La primera languideció, no encuentro otro adjetivo, mis interlocutores dejaron de responder a mis mails cuando se acabó el Any Llull y se disolvió el grupo de trabajo creado para gestionarlo. Suele pasar. La Porta de Llull aparece una y otra vez en mis sueños, y también su versión «californiana», The Door of Perception, dedicada a Aldous Huxley. No han tenido ninguna oportunidad, a pesar de mis esfuerzos, y viven en las páginas de Elogio del fracaso, un manuscrito de título premonitorio que trato de publicar.

Lo mejor de mi trabajo es lo que no he hecho.

A Jorge Oteiza, después de ganar bienales internacionales y premios nacionales, le ofrecieron muchas exposiciones comerciales donde vender en pequeño formato lo que no era capaz de realizar en grande, pero se negó a entrar en el juego perverso del mercado “porque ya había dicho lo que tenía que decir”. Era un hombre valeroso.

La mayoría de artistas que conozco tienen un momento prometedor, otro brillante y un tercero aburrido. Picasso brilló con el Retrato de Gertrude Stein y el Guernica, antes de pintar compulsivamente mosqueteros, de Clavé deslumbran sus Reyes, el mejor Tàpies es el matérico, hay un Miró antes y después de las Constelaciones y El carnaval del arlequín y así sucesivamente, lo cual me hace pensar que nos hemos equivocado de perspectiva, deberíamos centrarnos en las obras y no en los autores, pero el mercado se vendría abajo.

Hace años que sospecho que la experiencia no es una garantía de calidad. Miguel Ángel esculpió La Pietá a los veinticinco años, la misma edad que tenía Orson Welles cuando rodó Ciudadano Kane. No existe el arte joven, por la misma razón que no existe el arte viejo; el arte aparece cuando hay excitación y riesgo. Es algo que pasa.

Chillida es un caso aparte. En todo caso es mi caso aparte. Era un artista honesto que en un momento de su vida se vio atrapado por el éxito y entonces persiguió un sueño inalcanzable, en la convicción de que la utopía era posible. Tindaya tenía que ser viable porque lo que él buscaba era lo que el hombre desechaba. En las canteras el producto es la piedra, para Chillida era el aire, sólo había que ponerse de acuerdo. No lo consiguió, pero mantuvo la brillantez creativa hasta el final de sus días y de esta manera evitó el aburrimiento de la repetición.

Habían confirmadas casi un centenar de personas para la inauguración de la pequeña muestra-homenaje dedicada a Déodat de Séverac en el MIAC (Museu Isaac Albéniz de Camprodon), y más de doscientas para el concierto de Albert Guinovart. El museo es pequeño y el aforo habitual del Monestir de Sant Pere es de poco más de 100 asientos, 150 como máximo, pero milagrosamente llegamos a cubrir las expectativas. A Jorge de Persia, director del MIAC, le preocupaba que el piso de arriba del museo se viniera abajo, pero lo tranquilicé, o más bien me negué a intranquilizarne yo.

Jorge estuvo en su exposición contenido y sabio y, además de hablarnos de Séverac y su estrecha vinculación con Cataluña y los Albéniz, hizo una brillante visita guiada a un museo que quizás sea pequeño y artesanal, por el momento, pero contiene un relato de gran proyección internacional. Es como una pintura de Vermeer, aparentemente de pequeñas dimensiones pero enorme, porque cabe en ella el universo entero. Previamente el alcalde de Camprodón recibió a la familia Albéniz y a algunos invitados en el Ayuntamiento. Nos dio la bienvenida, nos deseó suerte y me cedió la palabra. Tan sólo añadí a lo que todo el mundo ya sabe algo que es esencial en esta versión 2.0 del MIAC: tenemos un problema de país, nos deslumbra todo lo que viene de fuera y no valoramos lo que tenemos cerca, nos gustaría colaborar con otras instituciones públicas y privadas parecidas a la nuestra para revertir esta tendencia, porque es injusta. Queremos contribuir a poner en valor una generación extraordinaria de artistas, encabezada por Albéniz, cronológicamente, al que siguen Granados, Falla, Casals, Mompou, Montsalvatge y Guinovart, al que poco después tuvimos el privilegio de escuchar en un concierto memorable.

Acabada la recepción hablé con Joan Francesc Marco, Director General del INAEM, a quién me acababan de presentar, y me dijo que estaba totalmente de acuerdo con mis palabras. Es importante.

Ya en el Monestir repetí discurso más o menos con las mismas palabras. Tan sólo añadí que en sus asientos tenían el programa y un flyer redactado en cuatro idiomas con una invitación para hacerse socio, porque este es un proyecto colectivo y de futuro. Nosotros solos no conseguiremos nuestros objetivos, juntos sí. Tenía en la mano una frase de Àlex Susanna, de su Libro de los márgenes, que explica muy bien lo que quería transmitir:

Construir un país –conciencia de país, quiero decir, lo que parece aún más importante que la propia construcción física o material– prescindiendo de la memoria y de su constante actualización y revalorización, es una operación condenada al fracaso. Hasta que no tengamos claro quiénes han sido nuestros escritores, pintores, escultores, músicos, científicos y humanistas, hasta que no tengamos mínimamente asimilado todo este bagaje patrimonial de la tradición no podemos aspirar a casi nada, entre otros motivos porque tampoco tendremos claro quiénes lo son ahora.

Estaba mecanografiada en una cuartilla con letra grande y visible, y la tenía en la mano, pero no la leí porque estaba nervioso y ¡me olvidé!

Después del concierto el alcalde nos invitó a un reducido grupo de personas a cenar y de esta manera cerrar una jornada intensa y emocionante. Todos estuvieron de acuerdo en que se trata de un proyecto ilusionante y necesario.

Cae la tarde en L´Olivar, la fundación de Enric Pladevall. Este año el verano se ha adelantado. La brisa viene del mar y refresca lo justo para no caer fulminados por la ola de calor. Enric y yo hablamos de arte. Los dos somos outsiders. Aunque hemos llegado a esta condición por caminos diferentes la conclusión es la misma: o perseguimos el éxito colectivo, multitudinario, o el personal. Se cuela en la conversación una frase sorprendente: “Lo echo de menos”.

Se refiere al confinamiento; no sé cómo ni por qué hemos llegado a este momento, pero capto la idea al instante y una corriente de sincronía se cuela con la brisa entre las esculturas, esparcidas con orden y concierto en el amplio espacio ajardinado –no es la palabra adecuada, no es un jardín–, y se queda flotando en el aire. Bebemos un trago de cerveza. Somos de una generación que sólo ha visto la guerra por televisión, como una representación digna del genio de Shopenhauer, con el sufrimiento en el centro del escenario. Estamos en la platea, algunos en el anfiteatro y la mayoría en el gallinero. Pero hemos vivido una cosa extraordinaria: un día el mundo se paró, las calles se vaciaron, los coches, los trenes, los aviones y los tractores enmudecieron y cuanto mayor era la calidad del silencio humano más alegre fue el canto de los pájaros.

Al día siguiente Enric me invita a una visita guiada en su fundación. El momento cumbre es la visita a La cripta, la obra a la que ha dedicado los últimos cinco años de su vida. No es fácil de describir, porque tiene muchas lecturas. “Es una experiencia”, oigo decir a alguien al lado mío. Otro se atreve a proponer otros desenlaces posibles, lo cual quiere decir que algo se ha movido en su interior. “Si esta obra estuviera firmada por Neil Sutherland” –me atrevo a decir, citando otro nombre– “estaríamos todos desmayados de la emoción”.

Todas las interpretaciones son posibles, yo he visto la historia del hombre.

Es la obra de un loco, sin duda, en el sentido metafísico de la palabra.

Es la obra de un poeta.

Segundo intento. El reduccionismo en filosofía es peligroso. En todo lo demás también, pero los pensadores son especialmente estrictos con las palabras. Les va la vida en ello. Yo todavía no he entendido si la voluntad de vivir de Shopenhauer era la causa o el remedio frente al sufrimiento, por lo que he decidido eliminar ese concepto de esta versión.

Dejé Ciencias Económicas en quinto. Sólo me quedaba un año para licenciarme. Abracé la causa hippy y me convertí en artista. Seguramente ya lo era. Recuerdo mi habitación de soltero en casa de mis padres, con un caballete demasiado grande y tubos de pintura, y olor a aceite, mi madre decía que no ventilaba lo suficiente; luego, cuando abrí la ventana de par en par y se me llevó el viento, se arrepintió. Siempre me he jactado de que a pesar de aquellos estudios universitarios no sé nada de Economía, pero aprendí una cosa: los grandes temas son siempre sencillos de plantear, lo difícil es gestionarlos. Esta certeza me ha acompañado siempre. Los impuestos, por ejemplo, nacen para satisfacer la necesidad de financiar infraestructuras destinadas al servicio público, cómo se implementan y quiénes se encargan de hacerlo es otra cuestión. Keynes, el economista que nunca pasa de moda, amigo de Bertrand Russell y de Ludwig Wittgenstein, pertenecía a una generación de pensadores que apenas distinguía entre Filosofía, Matemática y Economía. Ante una Crisis con mayúscula proponía que si no había empleo ni dinero el Estado lo creara, contratando personal e imprimiendo papel moneda, aunque eso provocara Inflación, también con mayúscula, porque lo importante era frenar el pánico y evitar que la gente, arruinada y desesperada, se lanzara por las ventanas de los rascacielos de Wall Street, como sucedió en el Crac del 29. Una receta sencilla para un problema angustioso.

También las proposiciones filosóficas son sencillas. Wittgenstein opinaba que de lo que no se puede nombrar es mejor no hablar, el imperativo categórico de Kant nos dice que debemos obrar de tal manera que nuestro comportamiento pueda erigirse en regla universal de conducta y Shopenhauer pone el acento en el sufrimiento, y no puedo estar más de acuerdo con él, no es fácil vivir, y dejo entonces que sean sus actos los que me den la información que en realidad busco. Me fascina la renuncia de Wittgenstein a su fabulosa herencia y el entusiasmo con el que abrazó la causa patriótica en una guerra estúpida y devastadora –la Gran Guerra–, mientras su amigo Russell cumplía en prisión una condena por pacifismo. Algo parecido le pasó al compositor Benjamin Britten en la II Guerra Mundial.

Escogí el arte porque es otra manera de decir. Y escogí la literatura porque también en el arte he llegado a un callejón sin salida.

Cinco cubos de aluminio

Dejé Ciencias Económicas en quinto y último curso y aquel acto representó mi divorcio con la vida a la que estaba destinado. Siempre me he jactado de que a pesar de aquellos estudios superiores no sé nada de Economía, pero aprendí una cosa: los grandes temas son sencillos de plantear, lo difícil es la gestión posterior. Los impuestos, por ejemplo, nacen para satisfacer la necesidad de financiar estructuras destinadas al servicio público. Cómo se implementan es otra cuestión. Keynes, el economista que nunca pasa de moda, amigo de Bertrand Russell y de Ludwig Wittgenstein, pertenecía a una generación de pensadores que apenas distinguía entre Filosofía, Matemática y Economía. Ante una Crisis con mayúscula proponía que si no había dinero el Estado lo creara, imprimiendo papel moneda, aunque eso provocara Inflación, también con mayúscula, porque lo importante era frenar el pánico y evitar que la gente, arruinada y desesperada, se lanzara por las ventanas de los rascacielos de Wall Street, como sucedió en el Crac del 29. Una receta sencilla para un problema angustioso, y un reto formidable por delante.

También las proposiciones filosóficas son sencillas y difíciles de implementar. Wittgenstein opina que de lo que no se puede nombrar es mejor no hablar, el imperativo categórico de Kant nos dice que debemos obrar de tal manera que nuestro comportamiento pueda erigirse en regla universal de conducta y Shopenhauer pone el acento en el sufrimiento, y no puedo estar más de acuerdo, no es fácil vivir, y nos receta un remedio: la voluntad de vivir.

Escucho estas doctrinas como si se tratara de una canción en inglés, que no entiendo pero me cautiva, y me acerco al personaje y dejo que sean sus actos lo que me de la información que en realidad busco. Es fascinante. Wittgenstein y el acto de renunciar a una fortuna, y el sorprendente entusiasmo con el que su generación abrazó la causa patriótica, en una guerra estúpida y devastadora, con la única excepción de su amigo Russell, cuyo pacifismo fue duramente criticado y le llevó a prisión. Algo parecido le pasó al compositor Benjamin Britten en la otra gran guerra del siglo XX.

Escogí el arte porque es otra manera de decir y la literatura porque también en el arte llegué a un callejón sin salida. Hoy, con setenta años, que es una edad provecta, he empezado a ir a clases de inglés, a ver si por fin entiendo algo.

Basilio Baltasar, en el primer párrafo de su artículo de La Vanguardia del 28 de mayo de 2022, nos advierte que Italo Calvino no quiso publicar Un optimista en América, una crónica sobre su viaje de seis meses por los Estados Unidos, en 1960, porque pensaba que era literariamente pobre y periodísticamente poco interesante. En aquel momento John Kennedy y Marilyn Monroe estaban vivos, muy vivos, y no había ninguna crisis de los misiles ni guerra del Vietnam que enturbiara la plácida autocomplacencia de un país que se consideraba elegido por Dios para redimir a la humanidad.

La confesada aversión del autor por los beatniks –“tienen un aspecto poco higiénico, son arrogantes y no pueden considerarse buenos vecinos”– expresa lo ajeno que se siente al esnobismo de las modas. Calvino admite su “deplorable falta de sensibilidad hacia quien prefiere andar mal vestido” y un franco desdén por sus obras literarias; cree ver además en estos movimientos culturales una impostura similar a la que rige cualquier otra farsa del gregarismo social. Calvino comenta su admiración por la espléndida belleza de los negros que siguen a Martin Luther King, nos cuenta que el free jazz racionaliza el “nerviosismo actual” y lamenta que el expresionismo abstracto sea una pintura cargada de consternación “ciega y vociferante”.

A mí los beatniks me caían bien, son primos hermanos de los hippies, con los que me identifiqué cuando era joven, porque cualquier actitud que implicara salirse del sistema me parecía bien –esencialmente sigo pensando lo mismo–, pero entiendo lo que quiere decir y aplaudo su manera pulcra y elegante de denunciar la brutal segregación racial de aquellos años; y la última frase, en la que define el expresionismo abstracto como una pintura cargada de consternación “ciega y vociferante” me parece muy buena. Hay otras maneras de verlo, desde luego, pero su voz es la de un intelectual culto y sensible. Sesenta y dos años más tarde, el arte contemporáneo sigue teniendo un destacado protagonismo en nuestra vida cultural y analizándolo con esa perspectiva la primera palabra que me viene a la cabeza no es “excitante” ni “apasionante”, es “consternado”.

En Elogio del fracaso la voz del narrador es la de un artista desconocido, que sin embargo parece muy seguro de sí mismo. Eso es debido a la fe irracional que acompaña indefectiblemente a todos los procesos creativos; sin ella nadie estaría dispuesto a sacrificar tanto con unas perspectivas profesionales tan desfavorables. La apuesta por la intemporalidad lo hace todavía más difícil, la contemporaneidad es un lugar más fértil donde volcar el talento, porque el retorno es más fácil, es lo que tiene el gregarismo del que habla Calvino, pero como él también dice produce obras de dudosa calidad. Pasada la moda, la obra se desvanece, poco a poco, barrida por el viento del olvido. Y yo quiero trascender.

En Poesía y verdad, las memorias de juventud de Goethe, hay un episodio acerca de un concurso de poemas en el que Goethe habla de su sorpresa cuando descubre que no tiene la menor duda de que los suyos son los mejores, actitud que comparten la inmensa mayoría de los participantes. Todos piensan que lo que han escrito ellos es mejor, lo que le lleva a una reflexión inquietante: ¿no le estará pasando lo mismo que a los demás? Recuerdo las discusiones sobre arte moderno que tenía hace muchos años con un colega bastante mayor que yo, que vivía en la costa mediterránea, en un lugar muy bello. En verano solíamos reunirnos en una terraza junto al mar y hablábamos, fumábamos y bebíamos cerveza hasta altas horas de la madrugada, mientras a nuestro alrededor la humanidad entera paseaba por la playa susurrándose palabras afectuosas. Era un hombre encantador, culto, con experiencia y criterio, era un placer criticar el mercado con él y buscar la verdad entre tanto artificio mediático. Sin embargo, su obra no me gustaba. Es más, la consideraba manierista y banal. ¿Pensaría él lo mismo de la mía?

Emily Dickinson publicó sólo diez poemas en vida. Comparado con ella yo, que no soy nadie en el mundo del arte contemporáneo, pero que he expuesto mi trabajo en Londres, París, Nueva York, Miami, Dubai, Ginebra, La Haya, Madrid, Valencia y Barcelona, soy una rutilante estrella del arte. Cuando se escriba mi historia –cosa que no descarto en absoluto– parecerá que las cosas me fueron muy bien y no es verdad, aunque no debería quejarme, pero a nadie extrañará del todo que mi obra se vaya colando poco a poco en las páginas de la historia del arte. A menos que mi viejo compañero de tertulias mediterráneas considerara que su trabajo estaba muy por encima del mío y tuviera razón, y que Calvino acierte con su acerada definición del expresionismo abstracto. En tal caso, un beatnik llamado Jack Kerouak, en su mítica novela On the Road, habrá acertado también con su famosa proposición “de los griegos para acá todo ha sido mal formulado”.

Un error de principio condiciona el futuro y todo el entramado del arte contemporáneo se sostiene a partir de los preceptos de la Escuela de Nueva York.

Si es música, 2021

Yo he llegado tarde al mundo de la música clásica, después de una infancia y adolescencia en la que mi familia se olvidó de mí. No es que no me quisieran, es que les pillé cansados. Fui el cuarto de cinco hijos y llegué descolgado. En aquella época no había manera de impedir que la familia creciera y buena parte de mi generación le debe la existencia a un ginecólogo japonés llamado Kyūsaku Ogino, que prometía más de lo que podía ofrecer. Inventó un control de natalidad basado en una abstinencia sexual más o menos controlada que fracasó estrepitosamente. Proviniendo de una estirpe noble –mi abuela era hija del gran Isaac Albéniz– no recibí educación musical de ningún tipo, lo que no deja de ser extraño. Décadas más tarde, las circunstancias me han puesto en contacto con este mundo, tan bello como un paisaje neozelandés, agreste, o uno africano, desértico, o un rincón del Cabo de Hornos sacudido por un viento huracanado y olas de diez metros de altura. Un mundo tan exclusivo como un jardín provenzal bien cuidado, rodeado de un seto alto y tupido, tan sensible que se ha convertido en la más elevada de las artes y tan hermético que tiene su propio lenguaje, que hablan sólo unos pocos iniciados.

Beethoven, Bach, Mozart, Schubert y Chopin pertenecieron a familias de músicos. Los Bach fueron varias generaciones de músicos, todos excelentes, pero sólo Johann Sebastian ha pasado a la historia con una obra portentosa. He dicho y escrito muchas veces que para mí una obra de arte es un 90% relato y un 10% oficio. J. S. Bach tenía algo que decir.

Dicen que en la infancia está la semilla de todo lo que sucederá después. Debe ser cierto, porque no conozco a nadie del mundo de la música clásica que no haya tenido un entorno musical apropiado durante su infancia. Esta es una cita a la que no se puede llegar tarde, ese es un tren que no se puede perder. Yo lo perdí, sé de lo que hablo, aunque esta tardía afición no me impide disfrutar y admirar, pero disfruto y admiro menos.

La guerra en Ucrania nos devuelve una imagen distorsionada de lo que creíamos ser, en un espejo roto de una casa destrozada por un misil que ha costado una pequeña fortuna, que habrá que reponer. En ese contexto, estresante y deprimente, me han invitado a formar parte del jurado de un concurso literario que se celebra anualmente en mi pueblo de elección, con motivo de la festividad de Sant Jordi. No me gustan los concursos, no soy nadie para juzgar a nadie y nunca he creído en el arte como una carrera en la que uno gana y los demás pierden, pero no he podido negarme. Sin embargo, he sido afortunado, porque los grandes protagonistas de la convocatoria de este año han sido Els follets d´OrdisLos duendes de Ordis–, un grupo de niños y niñas, de entre tres y cinco años, que han arrasado en su categoría con su obra El collar mágico, presentada con el premonitorio pseudónimo Invencibles.

HABÍA UNA VEZ UN PEQUEÑO PRÍNCIPE QUE VIVÍA EN UN CASTILLO EN ÁFRICA AL LADO DE UN RÍO.

EL PEQUEÑO PRÍNCIPE TENÍA UNA GOMA DE BORRAR QUE VIVÍA DENTRO DE SU ESTUCHE.

UN DÍA, EL PEQUEÑO PRÍNCIPE ESTABA JUGANDO EN SU HABITACIÓN CON EL COLLAR MÁGICO DE SU MADRE CUANDO LO LLAMARON PARA IR A CENAR.

FUE A CENAR MUY RÁPIDO PORQUE TENÍA MUCHA HAMBRE, Y SIN QUERER, DEJÓ EL COLLAR SOBRE LA GOMA DE BORRAR.

PARA CENAR HABÍA SOPA DE PISTONES Y UN MUSLO DE POLLO, PARA POSTRE FRESAS, CHOCOLATE Y NATA.

POR LA NOCHE, MIENTRAS EL PEQUEÑO PRÍNCIPE DORMÍA, LA GOMA DE BORRAR TENÍA MUCHA HAMBRE Y SE COMIÓ TODA LA TINTA DE LOS DEBERES DEL NIÑO.

¡¡¡POR LA MAÑANA EL PRÍNCIPE VIÓ QUE NO TENÍA NINGUN DEBER HECHO!!! SE ENFADÓ MUCHO Y LANZÓ EL ESTUCHE POR LA VENTANA. LA GOMA DE BORRAR SALIÓ ESCOPETEADA Y CAYÓ DENTRO DEL RÍO.

POR EL RÍO VINO UN COCODRILO Y SE COMIÓ LA GOMA, PERO DESPUÉS LA ESCUPIÓ PORQUE NO LE GUSTABA Y SALIÓ VOLANDO HACIA LA SELVA.

EN MEDIO DE LA SELVA LA GOMA SE ENCONTRÓ CON UN TIGRE, UNA SERPIENTE, UN RINOCERONTE Y UN ELEFANTE. EL ELEFANTE LA COGIÓ CON LA TROMPA Y LA TIRÓ AL AIRE, DESPUÉS EL RINOCERONTE LA PINCHÓ, EL TIGRE LE DIÓ UN GOLPE DE ZARPA Y LA SERPIENTE UN GOLPE DE COLA.

LA POBRE GOMA DE BORRAR SE MARCHÓ MUY ASUSTADA Y POR EL CAMINO SE ENCONTRÓ A SU AMIGA LA MAQUINETA, EL ROTULADOR Y LA COLA.

LOS 4 AMIGOS DECIDIERON VOLVER AL CASTILLO DEL PEQUEÑO PRÍNCIPE E HICIERON UNA FIESTA PARA CELEBRAR EL CUMPLEAÑOS DE LA GOMA.

Es insuperable. Luego, els follets aprenderán a escribir y desaparecerá la magia, cuando la ficción se convierta en realidad.

En Ginebra, una ciudad tranquila, de clase alta, habitada por seres cosmopolitas disfrazados de afables burgueses, he colgado una pintura en un entorno singular. El propietario del apartamento, situado en un selecto barrio residencial, es el director de una importante fundación cultural; un hombre que, según sus propias palabras, viaja más en avión que una tripulación normal de una compañía aérea normal, lo cual quiere decir que el apartamento se utiliza poco. Su residencia particular está en otra capital europea, en Ginebra está la sede de la fundación que dirige y por lo tanto recala regularmente en esta ciudad. Siempre de paso.

La pintura es una menina pintada en un díptico de un metro de altura por un metro sesenta de ancho y preside el salón, observando atentamente los curiosos objetos que la acompañan. A su derecha, en una repisa de superficie pulida, detrás de la cual se accede a la cocina, hay un gran busto de mármol del siglo XVIII de Jean Jacques Caffieri; es el retrato de un artista: Corneille Van Cleve, escultor de la corte de Luis XIV. El original está en el Museo de Cleveland y en el Louvre hay varias obras de ambos. Me imagino a la menina preguntándole a Corneille por sus primas de la corte de Versalles, todas ellas vestidas con el miriñaque característico de la época. Un poco más allá, siempre mirando a su derecha, cruzado el paso al recibidor, hay una mesa baja con un juego de espejos chinos de bronce de hace dos mil años. Nuestro amable anfitrión nos explica que su cara reflejante, muy bruñida, sirve para alejar a los malos espíritus, por eso solían acompañar al difunto en su tumba y en muchos casos se han conservado en buenas condiciones. Tengo apuntado en el dorso de la tarjeta de embarque (hemos llegado esta misma mañana) que son de la época de los Reinos Combatientes (siglo IV a. de J.C.), dinastías Han (siglos III a. de J.C. a II de J.C.), Tang (siglos VII-IX) y Song, Jin.

Encima de ellos cuelga una tabla medieval muy bella y al fondo, en un ángulo, hay una talla de madera más o menos de la misma época (¿siglo XV?). Espléndida. Y algunos dibujos antiguos: Alto en la Huída a Egipto, de Simon Vouet, y un paisaje de Van Goyen.

El fondo de la Menina azul está pintado con óleo índigo, caligrafiado, y los interiores de su barroco y minimalista atuendo tienen reflejos azulados, por el contraste entre este fondo y el blanco de zinc que utilicé para resaltar el rostro y ciertas partes del vestido. Lo observa todo con interés. Parece que comparte los gustos refinados de su anfitrión, que explica los detalles de cada pieza con entusiasmo de coleccionista.

La luz entra en el salón por amplios ventanales que dan a una zona arbolada y tranquila. Frente a ellos hay un curioso banco de madera africano, alargado, moderno pero que parece mucho más antiguo que los espejos chinos. En realidad es una cama hecha de una sola pieza, de la etnia senufo (la tarjeta de embarque es un pozo de sabiduría), que ocupa un gran territorio entre el sur de Mali y el norte de Costa de Marfil. Suele haber una de estas camas en cada aldea y en ella se colocan los cuerpos sin vida de los “chefs de village” para que se les rinda pleitesía.

La Menina azul estuvo expuesta en 2008 en un tercer piso de Old Bond Street, en el centro de Londres. La galería privada de William Thuillier consta de dos salas, con alfombras orientales sobre moqueta, paredes de color azul verdoso, agrisado, techo blanco y un insólito caballete forrado de terciopelo rojo oscuro, muy gastado por el paso de los años. Allí compartió protagonismo con otras de su generación. Fue bonito mientras duró, pero todas parecieron aliviadas cuando se acabó el baile y cada una se fue a su residencia definitiva o volvió al estudio. Les gusta sentirse únicas.

Viajé a Ginebra en octubre de 2011 con Mercedes Durban, Cheche. “El miércoles fue lluvioso y desapacible, pero el jueves amaneció soleado. Visitamos algunas galerías y tomamos un café en una terraza en la Place du Bourg De Four, al sol. Un capuccino, para ser exactos, delicioso”. Cheche era (que difícil es hablar en pasado de una persona que se acaba de ir y nunca debió hacerlo tan pronto) una activista cultural, como ella misma se definía, única. También fue ella la que organizó la exposición de Londres y las de La Haya, en la galería de Ellen Cleyndert, y llevó mi trabajo a Dubai, con Art-Andalus, y Madrid, con Aina Nowack. Nada me gustaría más que detener el tiempo aquel jueves, con el sabor espumoso del capuccino en los labios.