retrato Eva Brunner 1979
Foto Eva Brunner, Ordis, 1979

La pintura me ha acompañado desde que tengo uso de razón, la literatura no. ¿Cuándo empezó todo? Recuerdo un primer intento de escritura creativa en 1979, el primer año que viví en Ordis. Yo venía de una relación sentimental que acabó mal y empezaba valerosamente a construirme una nueva vida lejos de todo, en un pequeño pueblo del Ampurdán del que no había oído hablar nunca, hasta que me instalé en él. Ni en sueños sospechaba que, con el tiempo, este pueblo se convertiría en el centro del universo. Ahí estaba yo, rubio, melenudo, un poco triste, sin un céntimo, compartiendo la casa con un amigo rico que la usaba esporádicamente para sus aventuras románticas y pagaba generosamente la mitad del alquiler, además de mantener la nevera más o menos llena y el bar bien surtido. Ahí estaba, solo, en el estudio de la tercera planta de aquella casa rústica del número 7 del carrer Sant Isidre, escribiendo en un colchón colocado en el suelo, contra la pared, con una tela india de sobrecubierta de colores muy gastados por el uso. Al lado estaba la mecedora, de madera y enea, el instrumento de trabajo más preciado, regalo de mi padre, desde la que observaba lo que pintaba. En este balancín miraba, dudaba y elegía el camino a seguir, siempre jugando con el azar, porque mis pinturas se iban haciendo a golpes de decisiones espontáneas, sin ningún tipo de planificación previa, tras el humo de los cigarrillos que fumaba uno tras otro. La distancia entre la mecedora y la tela era la medida del trance, a veces hipnótico, de este proceso creativo. Bastaba el final de American Pie, de Don McLean, para iniciar un suave balanceo y aprovechar el impulso recibido hacia delante para plantarme delante de la tela e intentar hacer lo que acababa de pensar. Raras veces lo conseguía, pero algo se ponía en marcha y el tiempo se detenía. La música y el tabaco ayudaban. Ahora sólo lo hace la música. En este preciso instante, escribiendo estas líneas. acabo de escuchar La chica de Ipanema, en versión de Astrud Gilberto y Stan Getz, y su poder de evocación me ha devuelto allí, al estudio de la tercera planta, con una mesa de dibujo de madera al fondo y el caballete en medio. En esta imagen aparece también una amiga que ha venido a pasar el fin de semana conmigo y estamos escuchando esa versión en la terraza, anexa al estudio. ¿O es Bob Marley, lo que suena? Mi amiga era rubia, de media melena, pintora, con una bonita sonrisa y creyente, tengo un recuerdo difuso de ella pero nunca he olvidado ese día de verano, con la luz del atardecer acariciándonos la piel bronceada. Éramos jóvenes y estábamos confusos, pero aquella tarde no me atreví a besarla y perdí una de mis vidas no vividas. Ella cantó esta estrofa, encima de la voz de Don McLean:

Did you write the Book of Love / And do you have faith in God above / If the Bible tells you so? / Do you believe in rock ‘n roll / Can music save your mortal soul / And can you teach me how to dance real slow?

Por eso sé que era creyente. Me lo dijo entonces y recuerdo que me sorprendió. Mi amiga accidental había vivido en San Francisco. Era sofisticada, de una manera que yo no entendía. Yo le gustaba, si no ¿qué hacía una chica como ella con un chico como yo, un fin de semana en una casa en el Ampurdán? Los creyentes saben lo que deben hacer, yo no tenía ni idea. Son los dueños del universo, yo ya era un outsider. Ella pensaba que la música podía salvar su alma mortal, yo dudaba que la pintura fuera la respuesta a mis inquietudes. La única estrofa que me sabía, de este largo poema épico americano, era éste:

I started singin’ / Bye-bye, miss American pie / Drove my chevy to the levee / But the levee was dry / Them good old boys were drinkin’ whiskey and rye / And singing: This’ll be the day that I die / This’ll be the day that I die

No podía ser otro. Y, claro está, The day the music died.

Aquel día, Don, Astrud, Stan y Bob consiguieron detener el tiempo con una canción, ¿por qué no podía hacerlo yo con una pintura? Uno de aquellos atardeceres escribí un texto insoportablemente largo y sentimental que acababa con esta frase: “Detrás del horizonte hay un vagabundo que no pinta, sólo camina”. Es malo, lo sé, pero aquí estoy yo ahora, cuarenta años más tarde -porque el tiempo es inexorable, a pesar de todo-, sin poder pintar, escribiendo y tratando de olvidar que el manuscrito de American Pie se vendió en Nueva York en 2015 por 1.205.000 $.

Y deseando dejarlo todo y vagabundear, por fin.

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Personaje, 1992

La exposición retrospectiva que inauguré al sábado pasado en Km7 abarca dos décadas: los ochenta y los noventa. La intención de José Luis Pascual es mostrar los cimientos de mi trabajo más conocido, el de los últimos veinte años. La mía, al aceptar el reto, fue bucear en el pasado buscando alguna clave para solucionar mis problemas creativos del presente. No he encontrado nada, porque yo ya no soy aquella persona. Debería haberlo adivinado. “Lo más difícil de todo es descubrir, una y otra vez, lo que uno, de todos modos, ya sabe”, escribió Elías Canetti.

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La retrospectiva que inauguro mañana en Km7 abarca dos décadas: la de los ochenta y la de los noventa. Detrás quedan los setenta, balbuceantes, y delante los últimos veinte años, los más reconocibles. La idea es de José Luis Pascual: “Quiero mostrar en Km7 lo que hay detrás de lo que la mayoría de la gente conoce de tu obra. Sin esas pinturas, nunca hubieras llegado a hacer lo que haces”. ¿Y si se colara un Retrato de Gertrude Stein en mi pasado? En las obras de transición a veces ocurren pequeños milagros como éste, de la prolífica trayectoria de Picasso. Por otro lado, todo son obras de transición.

En la foto hay una Mujer de 1986. Lo que le interesó a José Luis, enseguida que la vio, es el damero que asoma detrás de ella, a su izquierda, porque los dameros han protagonizado buena parte de mi trabajo en el siglo XXI.

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Esta mañana Santi y yo hemos llevado la obra desde mi estudio a Km7, donde nos esperaba José Luis. La hemos distribuido sin orden ni concierto, simplemente la hemos apoyado en la pared, hemos hablado con Santi del documental que estrenan mañana en la sede de la SGAE de Barcelona sobre su padre, Jacques Leonard, y nos hemos ido a comer, cada uno a su casa. Por la tarde he vuelto y hemos empezado el montaje. No es fácil montar una retrospectiva. Ha llovido, a ratos con fuerza, en las pausas salía el sol y quemaba, estamos en julio, pero la tierra está entusiasmada con ese frescor que oscurece un poco el amarillo dominante del campo, después de tres semanas de canícula abrasadora. Y a mí me cuesta encontrarme. Hemos seleccionado para la exposición una veintena de obras de las décadas de los ochenta y los noventa y no sé si serán capaces de convivir en armonía. Siempre me he considerado un artista un poco disperso, porque pico aquí y allí y no me detengo mucho rato en ningún lado, aunque nadie lo diría, porque soy obsesivamente fiel a cuatro series. Es un decir, son más: Mujeres, Héroes Anónimos, Meninas, Dameros, Sillas, Perros (el mastín de Las meninas de Velázquez), Rojo Rothkos, Llull… Son unas cuantas, después de todo. Pero no sé qué pensar; espero que haya algo que las una, porque están ahí, todas, revueltas. Espero que haya un relato, porque en mis exposiciones intento siempre explicar una historia. Y aquí hay varias. Yo no era la misma persona en 1985, recién llegado al Ampurdán, solo, con un síndrome de Peter Pan que se me pasó de golpe cuando nació mi hijo mayor en 1989, que en 1999, con dos hijos y una sociedad que había acabado por hacer mía, después de un largo viaje por la marginalidad. Pero me estoy yendo por las ramas. Me reconozco en esas mujeres potentes, con liguero, a veces con body, dibujadas con trazos enérgicos, más expresivos todavía que sus curvas, y en los personajes que asoman tímidamente la cabeza y tratan de explicar algo que ya he olvidado. Y en las composiciones con sillas, cuando explicaba a quien quisiera escucharme que no pinto sillas, que sólo pinto una, que no hay varias, que siempre es la misma, combinada mil veces de mil maneras diferentes, que lo que me importa es lo que pasa por ahí en medio, lo de menos son las sillas. Y los héroes, redondos, perplejos, viendo pasar la vida y escribiendo un epitafio: “No he entendido nada”; uno de ellos, más seguro de sí mismo, ha adoptado la pose y la profundidad del Inocencio X de Velázquez y Bacon, sobre todo de Bacon. Hay un montón de pistas, pero sigo sin saber dónde estoy.

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Encuentro nocturno, 1988

Parábolas, metáforas, invenciones, mentiras más o menos descaradas, sublimaciones, manipulaciones históricas, interpretaciones interesadas, poéticas evocaciones, libelos, fábulas y cuentos son recursos literarios que utiliza el escritor para escribir su autobiografía. Yo viví esta experiencia singular con El libro de Jos, repartido en cada uno de sus personajes. Lo que intentaba transmitir en aquella primera versión todavía lo ignoro. Me conformaba con describir, con la esperanza de que este ejercicio literario acabara por resultar de alguna manera revelador. Jos me permitía participar en la historia, eso era fundamental. Me había reservado para la ocasión un papel relevante, bajo una luz tenue, algo vacilante y demasiado favorecedora, como la de algunos ascensores que maquillan hábilmente la imagen reflejada en el espejo. Una iluminación adecuada hace milagros con la autoestima. Pero Jos también me iba mostrando mis sueños más preciados y acababa desenmascarando todas y cada una de mis carencias. Supongo que de esto se trataba, en realidad, porque aquel libro era muy malo.

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Héroe Anónimo, 1986

Vincent van Gogh. La manera en que contamos su historia no está bien. Es destructiva. La hemos reducido a una fábula de mendigo a millonario. Vendió un solo cuadro en su vida. Y mirad lo que ha logrado. “Está muerto”. ¡Sí, pero es muy exitoso! En vida vendió solo un cuadro. Y la gente cree, con esa historia, que fue un genio incomprendido. Adelantado a su tiempo. Qué estupidez. Nadie se adelanta a su tiempo. ¡Es imposible! ¡Nadie nace antes de su tiempo! Quizás los bebés prematuros, ¡pero se ponen al día! ¡Los artistas no inventan Zeitgeists! Responden a ellos. No se adelantó a su tiempo. Fue un pintor postimpresionista, que pintó durante el auge del postimpresionismo, mientras Pablito clavaba su clavito. No nació adelantado a su tiempo. No sabía establecer contactos. Porque estaba tocado. Mal de la cabeza. Su energía era inestable. La gente cruzaba la calle para evitarlo. Por esto no vendió más que un cuadro en toda su vida. No podía hacer contactos. Esto de idealizar la enfermedad mental es ridículo. No es su billete a la genialidad. Es un billete a ningún lado. Y los artistas no son estas increíbles criaturas míticas que existen fuera de este mundo. No, los artistas siempre han sido muy parte del mundo, y muy, muy cercanos al poder. Siempre. Poder y dinero, el arte siempre está cerca.

Fragmento del monólogo Nanette, de Hannah Gadsby