menina de madera reciclada 2008 i

En realidad, ¿se puede enseñar a escribir a alguien? Brendan Behan (1923-1964), quien se autodefinió como “un bebedor que tiene problemas con la escritura”, recibió la invitación de una prestigiosa universidad estadounidense para dar una charla vespertina sobre su oficio. La fama de bebedor y agitador de Behan hizo que el auditorio se llenara hasta la bandera: los estudiantes se arremolinaban al fondo de la sala, aguardaban sentados en los pasillos… pero llegaba la hora y no había ni rastro de aquel prohombre. Pasaba el tiempo y la tarima seguía vacía. Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, un Behan más desaliñado que de costumbre irrumpió en la sala dando un traspié y la audiencia esperó, expectante, curiosa y alarmada a partes iguales.

“Buenas tardes -canturreó-. A ver, que levanten la mano los que quieran ser escritores.” Casi todo el mundo la levantó. Behan contempló aquel bosque de brazos con desagrado. “Bueno -añadió-, entonces volved a casa y poneos a escribir de una puta vez”, y dicho lo cual, abandonó el escenario.

                                                                        Richard Cohen / Cómo piensan los escritores

Eduardo Chillida decía más o menos lo mismo de una manera mucho más elegante y reposada: “En arte todo se puede aprender, y nada o casi nada, se puede enseñar”.

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después de Goya 1977
Inspirado en los fusilamientos de Goya, 1977

capítulo 41 de Dosmildiez (libro inédito)

En 1969 acabé el colegio. Hasta entonces creí que había llevado una existencia normal. Lo que se considera una infancia feliz. No me faltaba de nada; mi familia era burguesa, de clase media alta, mientras más de medio mundo se moría de hambre, cuando no estaba desgarrado por guerras atroces, como la que habían pasado mis padres. Me costó años entender que la falta de libertad individual me había traumatizado, a pesar de mi buena salud. Luego, en 1975, acabé el servicio militar, murió el dictador y se rompieron por fin todas las cadenas. Me vendí todo mi patrimonio -una moto de trial y un equipo de esquí alpino-, dejé la carrera universitaria en el quinto y último curso y me fui con mi novia a vivir en el campo, muy lejos de la ciudad que me lo había dado todo y de la empresa que me estaba destinada. Mi expediente académico universitario era sorprendentemente decente, teniendo en cuenta lo mal estudiante que fui durante el bachillerato. Así pues, hasta aquel momento había cumplido con todas las expectativas sociales y familiares, sobre todo las más convencionales, aquellas que hacen posible la armonía entre el individuo y su entorno, y me lo había pasado en grande pilotando una buena moto en competiciones oficiales.

Como Raimundo Gras y mi padre, cuando salí del ejército yo era una persona muy diferente de la que había entrado. Obviamente no es lo mismo una guerra declarada que una solapada, pero la institución es la misma y los mandos que yo tuve estaban marcados a fuego por la experiencia de la Guerra Civil, ya sabemos desde qué perspectiva. Dios, patria y rey no son más que excusas para matar, la inmensa mayoría de las veces por intereses particulares inconfesables. Lo intuía. Ahora lo sabía. Aquella experiencia sin ninguna duda extrema me reveló una información sobre mi persona que no deseaba conocer, aunque lo sospechara: era un cobarde, porque no tuve el valor de mi amigo Santi Fabré, que se declaró insumiso, cumplió una pena de cárcel y colaboró a que con los años la obligatoriedad del servicio militar desapareciera. También podría haber desertado, antes de empezar, y recuerdo haber iniciado contactos para encontrar refugio y trabajo en Londres, pero tampoco tuve el coraje suficiente para afrontar los diez años de exilio que esta decisión hubiera acarreado. Descarté provocarme enfermedades físicas o mentales, como hicieron otros, porque me daba pavor. Al final hice lo que se esperaba de mí: milicias universitarias, un apaño de la burguesía para que sus hijos pudieran pasar por ello en mejores condiciones, y me licencié con el grado de sargento. Fui un impostor, mentí todo el tiempo, y lo hice por interés. Estaba avergonzado por mi falta de lealtad, honor, decencia, bondad, respeto y todos esos principios que no me costaba nombrar, pero sí implementar. No había oído hablar todavía de la inteligencia emocional, pero intuí que podía ser una asignatura de quinto curso y sabía que la suspendería. Tenía que purificarme de alguna manera y abandoné la universidad. Era necesario. Acabar la carrera hubiese sido la primera de otra cadena de concesiones que acabarían convirtiéndome en un engranaje más del sistema más perverso que ha conocido la humanidad. Lleva un bonito nombre: liberalismo, pero enmascara algo tan feo como el aforismo que lo define: robar a los pobres para dárselo a los ricos. A mí me explicaron en clase de religión que se peca por acción y por omisión (siempre he pensado que fue un descuido del maestro, que ignoraba el alcance de esta sabia enseñanza); y el pecado de omisión parece todavía más grave que el de acción, porque añade al cóctel de despropósitos una buena dosis de cobardía y egoísmo.

En los márgenes de la sociedad encontré frío y aislamiento, pero también una verdad y un amor de una calidad diferente, o al menos así me lo pareció a mí. Haz el amor y no la guerra es otro aforismo que llevo desde entonces prendido en la piel. El hippismo, o lo que fuera que yo amaba, representaba esos valores, esa realidad paralela, esa verdad que necesitaba desesperadamente para encontrar algo de luz en medio de aquella monumental confusión. Mi padre me dijo un día, después de verme alquilar planchas de windsurf en la playa de Ampurias, rozando los treinta años, sin más patrimonio que un cierto talento para la pintura que no sabía rentabilizar y un perro llamado Trancos, que consideraba que yo estaba preparado intelectualmente (no utilizó esta palabra, que desconocía) para hacer un trabajo más interesante y productivo que el que estaba realizando en aquel momento. No supe qué responder.

Poco antes de licenciarme leí Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown, y aquel libro acabó de trantornarme. Era otra guerra, la de los indios norteamericanos y el hombre blanco, pero era la misma. Recuerdo la perplejidad de los indios tratando de negociar con seres humanos que pretendían poseer la naturaleza con títulos de propiedad impresos en papel. Ellos sacralizaban la tierra y consideraban una obligación moral entregársela a sus descendientes en las mismas condiciones que la habían recibido. Nada más lógico. Uno de aquellos jefes trató de explicarle al oficial que tenía enfrente -estaban negociando un tratado- lo absurdo que era decir “este monte es mío, y el cielo que está sobre él, y el aire que lo abraza, y el río que lo atraviesa, y el desfiladero que lo divide en dos”. Me cayó encima todo el peso de la culpa de la humanidad. En On the Road, Jack Kerouac pone en boca de Moriarty una frase memorable: “De los griegos para acá todo ha sido mal formulado”. Actué como si eso fuera cierto.

En 1989 me convertí en padre, y cuando conseguí bajar de la nube a la que me elevó esta condición (fue brutal: andaba por la calle Balmes, camino de la Clínica del Pilar, donde había nacido mi hijo, sin tocar el suelo, levitando, pensando que el misterio de los Reyes Magos de Oriente -estábamos en Navidad- era una fruslería comparado con el milagro de una nueva vida) comprendí que tenía que tomarme la vida de otra manera. Los amaneceres nunca volvieron a ser los mismos, mientras que los atardeceres fueron a partir de ese momento más hermosos que nunca. Me di cuenta de que lo que no había conseguido la maquinaria genética que había provocado mi existencia lo conseguiría la que había contribuido a crear yo. Se llama responsabilidad. No la de oponerse a un sistema social notoriamente injusto -la epifanía de 1975-, sino la necesidad de informar a mis hijos con la máxima delicadeza, porque el entorno no ayuda, que la gente que les rodea es maravillosa, pero está esencialmente equivocada.

Y por fin llegamos a 2010, el año de la muerte de mis padres, con pocos meses de diferencia entre uno y otro, y todo ha cambiado de nuevo.

12 albéniz, gabriel fauré, león jehin y clara sansoni
Isaac Albéniz, Gabriel Fauré, León Jehin y Clara Sansoni

He recibido feedbacks muy gratificantes de Suite Albéniz (Turner, 2018). Una conocida editora me escribió por whatsapp un sucinto “¡Delicioso!” que me llegó al alma; y un buen amigo mío, Pablo Tarrero, lector compulsivo y poeta ocasional, me llamó por teléfono después de leerlo para decirme que le había gustado tanto que leía solo un capítulo cada noche, para que le durara más. Si el libro merece una segunda edición (su única posibilidad es el boca-oreja, que es el proceso más bello, sin duda, pero también el más lento) incorporaré nuevos capítulos para alargar las vigilias de Pablo.

Has hecho el libro que tenías que hacer: distinto, personal, sentido, vivido… Nos dice cosas y es de lectura interesante y amena. ¡Enhorabuena! José Luis García del Busto, musicólogo y crítico musical.

Siempre he admirado tu gracia a la hora de escribir pequeños ensayos (no se me ocurre otra manera de calificarlos). Julio Samsó, arabista, catedrático emérito de la Universidad de Barcelona, biznieto de Albéniz.

Me ha gustado tanto como me ha interesado, y eso se debe en gran parte a su forma, a su planteamiento narrativo, rítmico y plástico. ¡Todo un acierto! Àlex Susanna, escritor, editor y gestor cultural.

Recién terminado tu Albéniz. Me lo he pasado en grande, y me he quedado con las ganas de conocerle. Debía ser un tipo arrollador. Empecé el libro la misma noche de su llegada: el insomnio me llevó a mi mesa de trabajo, me bajé Iberia por de Larrocha (sí, claro) y estuve escuchando en loop durante toda la noche, mientras trabajaba y leía. Perico Pastor, pintor.

Está lleno de riqueza y experiencia. Un libro para disfrutar, aunque también he subrayado algunas verdades como puños para meditarlas con tiempo. Muchas gracias por enviarme ese nuevo capítulo. Y esperaré el tiempo que haga falta una segunda edición de tu inspiradora Suite. Arantxa Aguirre, cineasta.

Gracias por este libro tan lúcido y sincero. Y lleno de poesía. Es arte en sí mismo, es música. Con ritmos y acordes y silencios. Y es, y lo siento así, profundamente verdadero. Como este nuevo capítulo que me envías, tan sincero y sorprendente. Sira Hernández, pianista.

Quiero darte las gracias y felicitarte por tu estupendo libro “Suite Albéniz”, creo que es de lo mejor que he leído en relación a tu bisabuelo, lo has trabajado con mucho cariño. Antoni Mir, músico y escritor.

miserachs 1994
Foto de Xavier Miserachs, revista MAN, 1994

En el salón de casa de mis padres había una chimenea de mármol veteado de color beige con motivos geométricos verdes ribeteados en oro, entre las dos balconeras que daban a la calle Lauria, hoy Roger de Llúria. Solo la vi encendida unas pocas veces, durante mi primera infancia, siempre en Navidad. Frente a ella había una mesita baja de patas torneadas, con dos sillones a ambos lados y un sofá enfrente. En medio, una bonita alfombra persa. A un lado, empotrada en una librería de obra, había una cómoda isabelina enorme con la réplica de un galeón de la Armada Invencible en su repisa: el San Juan Nepomuceno, con todas sus jarcias y cañones, además de dos botes de salvamento y maniobras. Me fascinaba ese barco. La mesita era el revistero donde se amontonaban revistas de decoración, del corazón y alguna más que ahora no recuerdo. Durante años, estuvo arriba de todo la revista MAN, mostrando una sugerente portada de Ana Herzigova con una camiseta mojada, junto al titular EL MEJOR CUERPO DEL MUNDO, LA TOP MODEL DEL WONDERBRA SIN EL WONDERBRA. La decoración del salón -mis padres lo llamaban living, no me atrevía a decirlo- era clásica, los cuadros buenos, la mayoría de escuela catalana, y en general se respiraba un aire tradicional burgués, propio de una familia de católicos practicantes. La razón de la insólita presencia de Eva Herzigova en este living del Ensanche barcelonés es que en su interior había una entrevista mía, firmada por Ángel Montoto, con fotografías de Xavier Miserachs, en la que, entre otras cosas, decía: “Me crispan la sociedad, su mediocridad, la democracia occidental, la mala lectura que se ha hecho de los ideales… Dicho de otra forma: Cristo es al Vaticano lo que Felipe González es a la república de Platón”.

NY 1982 (otra copia)

Es una historia que merece ser contada. En Nueva York, en 1982, viví unos meses en el apartamento de un amigo que estaba acabando la carrera de medicina haciendo prácticas en el Memorial Sloan Kettering Hospital. La situación era privilegiada: calle 72 Oeste, entre la segunda y la tercera avenida, a un minuto de Central Park y a tres del hospital, que era el propietario del apartamento. En una de esas avenidas, un poco más al norte, había un coffee-gallery regentado por un yugoslavo alto y esbelto, casado con una bailarina de ballet clásico. Tenía un aire a Illya Nastase. El local tenía forma de U, podías entrar por uno de los extremos y salir por el otro, salvando el espacio por el que se accedía al interior del edificio. Era estrecho, con las paredes forradas de fotos enmarcadas de ballet, algunas dedicadas y firmadas. Las camareras también eran bailarinas. Recuerdo a una de ellas, Mari, me fascinaba la postura con la que tomaba nota de la comanda: la cintura doblada, las piernas rectas, un pie ladeado, como si estuviera en la barra de ejercicio. En el seno de la U estaba la cocina y el servicio y las mejores mesas eran las que daban a la calle. Mi amigo entabló una cierta amistad con el yugoslavo, que le contaba cosas extraordinarias, como planes militares que afectaban a los EEUU y a los Países No Alineados, una extraña organización de la Guerra Fría que presidía Yugoslavia. Un día estábamos sentados en una de las mesas y vimos entrar a unos cuantos hombres que se dirigieron al fondo del local, de uno en uno, aparentemente al servicio, y después desaparecieron. Desde nuestra mesa se veían las dos entradas y doy fe de que los vimos entrar y no los vimos salir, y no cabían todos en el local sin hacerse notar; y mucho menos en el servicio, que era pequeño. Simplemente desaparecieron. Poco después este extraño personaje me ofreció mostrar mi trabajo en su local. Yo pintaba en el apartamento de mi amigo, en el suelo, en el mismo salón donde dormía en un sofá cama. Acepté. Retiró la mayoría de las fotos y colgué mi trabajo. Un día estaba con una amiga tomando un capuccino y enseñándole la exposición cuando se acercó a nuestra mesa un hombre serio, corpulento, circunspecto, nos mostró una placa y nos pidió amablemente pero con firmeza que abandonáramos el local, que quedaba precintado por la autoridad hasta nuevo aviso. Obedecimos y salimos a la calle con el resto de parroquianos, tan sorprendidos como nosotros. ¿Qué pasaría con mis pinturas? Traté de preguntárselo a uno de los policías, o agentes federales, o lo que fuera que fuesen, pero mi inglés era muy malo y el tipo no era amable. Le pedí a mi amiga que se lo preguntara ella, pero no se atrevió. Se fue. Yo fui a buscar a mi amigo, que milagrosamente estaba en casa (vivía enclaustrado en el hospital), y le pedí ayuda. Accedió, pero antes cogimos una pancarta que habíamos hecho para una manifestación -NO NUKES, si no recuerdo mal congregó a un millón de personas en la Quinta Avenida-, la doblamos cuidadosamente, reduciéndola a un pequeño hatillo, y la tiramos en un contenedor de basura a varias manzanas de nuestro apartamento. Yo alucinaba. Luego fuimos a hablar con aquellos tipos duros, que seguían allí. Nos miraron mal, temimos por nuestras vidas, pero nos perdonaron y nos dijeron que sería cuestión de días. Efectivamente, al cabo de dos semanas el local reabrió y nuestro amigo Nastase nos recibió con una sonrisa relumbrante y ninguna explicación. Un par de semanas más tarde, vi como discutía con la camarera llamada Mari. Finalmente ella se fue a cambiar y abandonó el local llorando. La seguí. Anochecía y estaba lloviendo. Caminamos juntos hasta la parada de autobús. Me dijo que la había despedido. Hoy, último día del año 2018, me ha enviado un mail deseándome lo mejor para el año próximo.

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Foto Maria Alzamora

La operación estaba programada para el miércoles, mis posibilidades de supervivencia rozaban el noventa y nueve por ciento y el plazo de recuperación sería de una semana, según el cirujano. Se entiende el postoperatorio, la parte más delicada del proceso; luego, debería llevar una vida tranquila durante un período de tiempo razonable. Todo bien, excepto que estaba acabando un libro extraordinario y en estas circunstancias siempre me cuesta engancharme al siguiente; y no se puede ir a un hospital sin un buen libro bajo el brazo. Una educación, de Tara Westover, me transformó, a ver si encontraba algo que estuviera a su altura. El lunes fui a la librería con la responsabilidad que supone saber que durante la convalecencia el libro seleccionado podría acabar siendo mi salvación, si era capaz de sumergirme en él y habitar su paisaje, o mi perdición, si erraba el tiro y se imponía la melancolía que supone arrastrar un cuerpo que no responde como debe. Me temblaban las manos mientras ojeaba obras recién salidas del horno, tratando de adivinar la calidad de su contenido por el peso, el tacto, la portada, la tipografía y las llamadas de las bandas publicitarias. Abrí dos, tres, cuatro novedades, clásicos, novela, ensayo, biografías, que dicen que son entretenidas. Me llamó la atención una portada y abrí el libro al azar:

Entonces apareció Gerónimo, que aunque llevaba su camisola de manta y su célebre saco con dos soles cosidos en las pecheras, se había puesto también la banda roja en la frente para señalar que sus actos, en ese momento, eran de guerra. Como siempre, salió de la nada, seguido por siete guerreros sin camisa armados hasta los dientes. Él llevaba su Winchester en la mano izquierda, agarrado por el gatillo. En el cinturón, bajo el ombligo, cargaba el revólver de cachas nacaradas y seis tiros con el que había asesinado a más mexicanos que ningún otro indio de su tiempo. Sus siete guerreros, curtidos, recios como árboles, cerraron filas detrás de él cuando el prefecto se puso de pie para saludarlo. Los siete soldados mexicanos hicieron lo mismo, los rifles apretados en las manos, la formación cuajada. Lawton y sus hombres tendrían que haber notado la genial ironía de que todos los presentes estaban armados con fusiles estadounidenses: la política, entonces como ahora, corre para todos lados, pero el dinero ha fluido siempre en una sola dirección.

Lo compré y esa misma tarde lo empecé, porque sabía que posiblemente me costaría un poco entrar y quería ir al hospital con el relato en la cabeza. Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue, es una obra descomunal. Por el momento, su título ya era una declaración de principios que podía brindarle al cirujano: Estoy en tus manos, Gabriel, buena suerte. Enrigue, mientras nos invita a cabalgar con él por la frontera entre Chihuahua y Nuevo México, aprovecha las pausas para hablarnos de la vida y filosofea mirando a los caballos pastorear cerca del campamento.

Tal vez todos fuimos así alguna vez, nómadas y felices. Íbamos pasando y alguien nos encadenó a la historia, nos puso nombre, nos obligó a pagar renta y nos prohibió fumar adentro. Éramos solo la gente y un día otro nos convirtió en algo: un mexicano, un coreano, un zulú. Alguien a quien hay que categorizar rapidito para, de preferencia, exterminarlo, y si no se puede, imponerle una lengua, enseñarle gramática y ponerle zapatos para luego vendérselos cuando se acostumbre a no andar descalzo.

Recién operado, me encontré en una camilla de cuidados intensivos junto a un joven de doce o trece años, a mi derecha, operado de amígdalas y con fobia a las agujas, que me recordó una descripción que aparece en las primeras páginas del libro:

El mozo le pareció a Zuloaga levantisco y del tipo que piensa que barrer la comisaría lo hace comisario, pero sobre todo le pareció rarísimo: era muy flaco y tenía los brazos y las piernas demasiado largos, la cabeza chica, pero los ojos, la nariz y la boca grandes. Hablaba con una voz destemplada. Como el teniente coronel no había podido hacer hijos con su señora, no sabía que así son las personas cuando transitan de la infancia a la juventud.

La primera noche, ya en la habitación, no cogí el libro, bastante tenía con recuperar algunas partes de mi cuerpo que se habían ido quién sabe dónde. Luego vino el dolor y la incomodidad y volví a ser yo, no precisamente en mi mejor versión. La lectura durante una convalecencia convierte al libro objeto de nuestra atención -en el caso de que sea uno solo- en una experiencia singular, sobre todo si tienes el ordenador en un estudio que está a una distancia insalvable, dadas las circunstancias. No hace falta que la anchura de un río sea muy grande para convertir su vadeo en una empresa difícil. No haré ningún spoiler, el libro es poliédrico, hay varios relatos -todos interesantes, algunos apasionantes- que se desarrollan en un momento histórico en el que se dirimió el futuro de una nación indígena -los apaches- aprisionada entre dos destinos nacionales tan potentes como letales: los Estados Unidos de América y México. Lo que transcribo ahora mismo son algunas reflexiones colaterales que enriquecen la narración. No quiero olvidarlas. Tienen esa característica única que es la intemporalidad y la…, no encuentro la palabra, esa cualidad que permite que puedan estar en cualquier libro.

No sabemos de qué trata un relato hasta que lo terminamos, incluso si somos nosotros quienes lo estamos escribiendo; no tenemos ni idea de por qué hicimos un viaje hasta que estamos de vuelta en casa; una vida es una secuencia de acciones sin pies ni cabeza hasta que termina.

Eso.

El presidente estaba atribulado cuando se sentó a cenar esa noche con su mujer -Frances Folsom Cleveland, discreta, ilustrada y brillante; se decía en su tiempo que había sido ella quien le había ganado la presidencia al desabrido de Cleveland. Frances Folsom le preguntó: ¿Qué te pasa? Tal vez, respondió, condené a muerte a un hombre acosado solo porque me enojó la impertinencia de Endicott. ¿Quién?, le preguntó ella, mientras le servía un plato con chuletas de cordero y ejotes. El secretario de Guerra. Ya sé que tu secretario de Guerra es Endicott; a quién van a matar, volvió a preguntar ella. A un bandolero, se llama Gerónimo. ¿El apache?, preguntó la señora abriendo mucho los ojos. ¿Sabes quién es? Es más famoso que tú. El presidente alzó la cara del plato para asegurarse de que su mujer no estaba bromeando. Ella le dijo: Mejor invítalo a Washington y me lo presentas, que nos hagan una foto a los tres juntos, con eso ganamos el Senado. Cleveland se quitó los lentes, se talló ambos ojos con el pulgar y el índice de la mano derecha. Jesús, dijo.

O eso otro, que me recuerda una historia maliciosa que se contaba en Washington en los años noventa: Hillary Clinton conversa con el propietario de una gasolinera, cerca de su ciudad natal, aprovechando un repostaje. Viajan en coche oficial. Reanudan el viaje y Hillary se recuesta de nuevo en el asiento y Bill le pregunta quién era. “Se llama John, salí con él en el instituto”. Has progresado, le dice su marido con malicia, a lo que ella responde: “No, si me hubiera casado con él ahora él sería el presidente de los Estados Unidos”. Cleveland no hizo caso de su mujer y ordenó que se apresara a Gerónimo, se le juzgara y se le colgara. O, mejor aun, que se le matara en combate o por la espalda. Los hombres carecen de sutileza, aunque hay algunas excepciones:

El teniente Gatewood era un hombre alto y delgado, de cejas pobladas y bigote de banquero, que se peinaba cuidadosamente en dos alas simétricas. Los chiricahuas, que de verdad lo querían y respetaban, le habían concedido el honor rarísimo de darle un nombre apache no tan burlón: “Bay-chen- daysen”: Nariz Larga -a otro militar, que se creía muy guapo, le pusieron “Moco de Guajolote”-. Los ojos los tenía oscuros y sitiados por unas ojeras aceitosas color caoba que probablemente hayan sido un síntoma más de las reumas feroces que le cocieron el cuerpo desde los tiempos en que se graduó de la academia militar y que nunca lo dejaron ni caminar ni sentarse en paz en una silla: pasaba la mayor parte del tiempo o en el caballo o acostado porque todas las demás posiciones le resultaban insoportables. Usaba sombreros de alas muy anchas para protegerse del sol y se vestía de paisano para ejecutar misiones fuera del cuartel. Era un hombre lento, coherente y melancólico, que tendía a establecer excelentes relaciones con los indios y pésimas con sus comandantes en el ejército. Cumplía sus órdenes, pero siempre utilizando métodos cuando menos irritantes. Sus superiores solían odiarlo apenas un poco menos de lo que lo necesitaban.

Gatewood me recuerda un poco a mi amigo Lucas, que hizo las prácticas de la mili conmigo como oficial médico y tuvo frecuentes altercados disciplinarios con sus superiores debido a su sentido exagerado de la justicia; y a las crónicas de Jacinto Antón, que siente debilidad por los uniformes y los héroes anti-héroes. También a mi mismo, porque es un perdedor de primera categoría y porque sufre dolores abdominales como los que me atormentan ahora mismo cuando trato de cambiar de postura para escribir estas líneas. Exasperado, me levanto para ordenar la cama y me suben punzadas de dolor como descargas eléctricas desde la ingle, donde está la herida, hasta el cerebro. Camino a pasitos, encorvado, como un anciano, con una mano protegiendo la herida, y ordeno papeles y cojines. Se me cae algo al suelo, pero no lo recojo. Por las ventanas del dormitorio entran rayos de sol esperanzadores. Cuando vuelvo a acostarme grito de dolor porque estoy solo; si hay alguien cerca me reprimo: soy un apache chiricahua herido.

El teniente no albergaba la menor duda sobre la superioridad general de los hábitos de los descendientes de europeos, pero no estaba ciego: los indios vivían más, eran jinetes más diestros y soldados más resistentes; eran padres, hijos, abuelos espléndidos; no recordaba haber visto nunca a un apache acobardándose en la hora del combate; su capacidad para sacrificarse por el bien de la mayoría era cuando menos admirable. Y le quedaba claro que [el presidente] Jackson había propuesto y firmado el Acta de Remoción porque hubiera preferido que los indios simplemente no existieran, los odiaba, los despreciaba, le daban asco -igual que los mexicanos, los chinos y los negros-. Aun así, imaginar que su carrera formaba parte de una ola en la marea de la historia del país le concedía vigor, tal vez hondura, a su propia vida. Miró hacia atrás y vio las tiendas, las banderas, los hombres con las fatigas limpias todavía en formación estricta. ¿Y ahora contra quién vamos a pelear?, pensó.

Dejo la lectura porque los puntos tiran demasiado y empiezo a preocuparme. Estaba en un buen momento: al hombre le gusta pelear, no importa dónde. Los calmantes y antiinflamatorios no parecen hacer efecto y han pasado ya cuatro o cinco días de la intervención. De todas maneras decido dar un corto paseo con Molly y Miss Brown y después me encamino hacia el estudio. Subo la escalera metálica con parsimonia, abro la puerta, me siento delante de la pantalla, frente al teclado, y empiezo a trabajar con los dientes apretados, ignorando el dolor. Es lo que solemos hacer los apaches. Al cabo de un rato el dolor remite. Es como un milagro: simplemente remite, hasta desaparecer por completo durante cortos períodos de tiempo.

Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue, ha sido capaz de convertir el dolor en belleza. Es arte.

Gatewood sabía que si la vida lo ponía en situación de hacer de nuevo el viaje al suroeste, ese paisaje que había marcado su mente como una piedra que deja un agujero en la nieve ya no iba a ser el mismo. Idos los chiricahuas, llegarían los ranchos, el ganado, los pueblos con sus iglesias, sus hoteles, sus leyes y sus cementerios. Iba a llegar el sonido de las carretas y el estrujarse de ropas de los puritanos silenciosos yendo al templo los domingos, iban a llegar las campanas y los gallos, los maullidos de los gatos, el infierno de las locomotoras.

Así se forja un país. Esta tarde me quitan los puntos.

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Never practice more than three or four hours a day. No one can concentrate longer than that, and you must spend the rest of your time learning about life and love and art all the other wonderful things in the world. If a young person sits in the practice room all day, what can he possibly have to express in his music?

Arthur Rubinstein