Waga Waga, Australia, principios de los años 80. Dave Stewart y Annie Lennox están en la habitación de su hotel, jugando con un pequeño sintetizador. Matan el tiempo mientras esperan el vuelo de regreso a Inglaterra. Están deprimidos. The Tourists, la banda con la que estaban de gira, acaba de disolverse y no saben qué rumbo tomar. Hacen sonidos de didgeridoo, un instrumento de viento de madera, tradicional de los pueblos aborígenes australianos, parecido a una enorme flauta, de un metro y medio de largo. Pinturas rupestres certifican su antigüedad en más de diez mil años. Otras fuentes hablan de cuarenta mil, el espacio temporal australiano es como el geográfico: inabarcable. La mezcla entre el sintetizador y el didgeridoo es sorprendentemente moderna. Está naciendo Sweet Dreams, el tema que los lanzará al estrellato. Del sonido ancestral del didgeridoo al techno pop, en un arranque de inspiración. El fracaso de The Tourits será el éxito de Eurythmics, nombre que le pondrán al dúo que están creando.

Los dulces sueños están hechos de esto / ¿Quién soy yo para no estar de acuerdo? / Recorro el mundo y los siete mares / Todos están buscando algo / Algunos de ellos quieren utilizarte / Algunos de ellos quieren que los utilices / Algunos de ellos quieren abusar de ti / Algunos de ellos quieren que abuses de ellos

Annie está buscando algo y parece que lo ha encontrado. Después de un coro de voz y de música electrónica en vuelo rasante, Dave frena en seco.

¡Levanta la cabeza! / Mantén la cabeza en alto / ¡Sigue adelante!

Pero ella vuelve enseguida a la carga con el poema del uso y el abuso, que lo impregnará todo. Quizás se sienta también poseída por un sonido que viene de un pasado remoto, deslizándose a lo largo del alma de un tronco de eucalipto que las termitas han vaciado; luego, hábiles artesanos lo aprovecharán para construir el preciado instrumento. Pero Sweet Dreams no nos cuenta una singular historia de colaboración entre especies, nos habla de una civilización que se caracteriza por el dominio del ser humano sobre todas las especies, en particular sobre sí mismo.

Some of them want to use you / Some of them want to get used by you / Some of them want to abuse you / Some of them want to be abused

Me imagino a un anciano yolngu en Arnhem Land, al norte de Australia, de donde es originario el didgeridoo, sentado a la sombra de un eucalipto, explicándole a su nieto que a ningún ratón se le ocurriría dedicar su vida a fabricar trampas para cazar ratones, como hace el hombre blanco.

La canción no gustó a las primeras personas que la escucharon, ni a las discográficas a las que se dirigieron, hasta que un DJ de Cleveland la pinchó en su programa de radio y el público respondió, eufórico. Entonces la industria despertó y vendieron millones de copias. Se llaman copias porque el sonido original está en algún lugar entre el desierto de Australia y Abbey Road, en el barrio de St. John’s Wood, en el norte de Londres.

Conocían algunas obras de Marx, Bakunin, Lenin, Mao y el Che Guevara, pero no a los campesinos.

Esta sencilla frase de Sofía o el origen de todas las historias, de Rafik Schami. define muy bien las ideologías revolucionarias de los años sesenta y setenta. Los obreros y los campesinos eran el objeto de la revolución, pero los revolucionarios no eran obreros ni campesinos, eran estudiantes, intelectuales y artistas, muchos de ellos provenientes de familias burguesas. Para los escépticos en política, pero con inquietudes sociológicas, había otra vía: el hippismo libertario. El objetivo era el mismo: acabar con las clases sociales o, al menos, reducir la brecha entre ricos y pobres. Las comunas hippies eran modelos en miniatura de la colectivización socialista, el amor libre se enfrentaba al modelo heteropatriarcal y el pacifismo atacaba al capitalismo donde más le dolía: en los beneficios. “Sin guerras no hay progreso”, reza su credo, aunque sea difícil oírlo, porque hablan en susurros. A principios del siglo XXI un primer ministro laborista, Tony Blair, apoyó la Guerra de Irak y dijo en el Parlamento británico que “ese era el precio que había que pagar por la economía del bienestar”. Tanto los radicales de izquierdas como los partidarios del Flower Power estaban cargados de buenas intenciones. Si acaso, se diferenciaban en el socialismo de unos y el feroz individualismo de los otros. El caso es que si habías bebido en cualquiera de las dos fuentes, te marcaba de por vida. Yo escogí el hippismo, políticamente siempre he sido un escéptico, y acabé en una casa en ruinas, aislada, en lo alto de una colina, sin agua ni electricidad, pero con amor, marihuana, buena literatura y unas vistas impresionantes. Y todo el tiempo del mundo por delante. Hoy, cuarenta años más tarde y a pesar de un largo proceso de aburguesamiento, una parte de mí sigue ahí arriba. Es un rasgo esencial de mi personalidad, sin ese dato el retrato está incompleto.

Salman Báladi, uno de los protagonistas de la novela de Schami, escogió el otro camino, sin tener del todo claro las razones de su adoctrinamiento.

¿Por qué se había adherido a la resistencia armada? ¿Había sido una reacción ante la derrota de 1967 frente a Israel, como muchos de sus compañeros afirmaban en su caso? Si era sincero, debía contestar con toda claridad que no. Pero ¿cuál había sido la razón? Salman intentó no darse por satisfecho con consignas como “liberar la patria” y “justicia socialista”. ¿Cuántas frases hechas había empleado sin saber lo que significaban? ¿Qué aspecto tenía una realidad socialista? Los ejemplos del socialismo existentes eran horribles. Su grupo radical, Libertad Roja, rechazaba ser tanto un satélite de Moscú como de Pekín. Admiraba el modelo cubano, pero ni uno solo de sus miembros había estado en Cuba.

Detesto la palabra patriota, que a otros embriaga. Amo mi país por la misma razón que otros aman el suyo: el roce hace el cariño, pero defenderé la razón y la ética donde quiera que estén, de ese lado de la frontera o del otro.

Pero si no eran los campesinos el motivo de su intervención, ¿cuál era? La respuesta lo asustó: ideas románticas de una liberación heroica mezcladas con las concepciones cristianas del espíritu de sacrificio, la igualdad y el martirio, perfumadas con el ansia eterna de la minoría cristiana de interpretar un papel decisivo en la sociedad musulmana. No era en absoluto casualidad que los cristianos siempre fueran los primeros miembros, cuando no los fundadores, de los partidos nacionalistas y socialistas de los países árabes. Al igual que los judíos en Europa, los cristianos no sólo querían hacerse respetar en los países árabes, sino mostrar a la mayoría que pertenecían a ellos. De todo eso había nacido una mezcla explosiva que había ofuscado el cerebro de Salman y que lo había convertido en un cretino obediente y preparado para atacar.

Manipulación. Romanticismo. Épica. Anhelo de pertenencia. La misma mierda de siempre. Pero éste, en realidad, es un texto sobre el goce de la lectura. Leyendo a Rafik Schami he llegado a la conclusión, una vez más, que en los intersticios de la buena literatura está la mejor filosofía.

Foto Pablo Tarrero

Estoy escribiendo un texto sobre Rosebud, la misteriosa palabra que musita Orson Welles en Ciudadano Kane, antes de expirar, en un inolvidable primer plano de los labios del protagonista. He buscado documentación sobre el tema. Es prolija. Se ha escrito mucho sobre su significado, en general referido a la infancia perdida, pero el secreto mejor guardado es que el magnate de la prensa William Randolph Hearst, el modelo principal en el que se inspiró Kane, tenía una amante, la actriz Marion Davis; pues bien, el guionista de la película, Herman Mankiewicz, y el escritor Gore Vidal afirman que Rosebud (literalmente “capullo de rosa”) era el apelativo cariñoso con el que Hearst se refería al clítoris de Marion Davis.

A Herman se lo comentó la propia Marion, los dos bebían mucho y él era un habitual en las fiestas que el gran hombre y su amiga organizaban en San Simeon. Se reían mucho, intercambiaban confidencias y Rosebud era demasiado buena para que no apareciera en alguna de aquellas veladas. Intimaron demasiado y Hearst dejó de invitarle, probablemente celoso de su protagonismo, cosa que enfureció al escritor, que tenía una lengua tan viperina como Truman Capote. Así que, cuando Welles le pidió colaboración para escribir el guión de Ciudadano Kane, se vengó. ¿Lo sabía Orson Welles? Él le dijo a Peter Bodganovich, en una célebre entrevista, que no, aunque admitió que la palabra era de Mankiewicz, pero que se trataba sólo de un recurso literario que unía la historia, el principio y el final del relato. Ni siquiera estaba satisfecho con el subterfugio y aparentemente muy poco interesado con la polémica suscitada.

Otra versión cuenta que la indiscreción llegó a oídos de Kenneth Anger, autor de la controvertida Hollywood Babilonia, que a su vez la había escuchado de labios de Louise Brooks, y este se la contó a Mankievich. Posiblemente las dos historias sean ciertas.

Por otro lado, creo que no es lo mismo crear una obra de arte –Ciudadano Kane lo es– que ostentar la exclusiva de su significado. Eso corresponde al público, que ha pagado su entrada y tiene todo el derecho a opinar. Si alguien de la tercera fila sostiene que Rosebud era un trineo que Charles Foster Kane perdió de niño, sin duda lo es. Personalmente, me quedo con la interpretación de Gore Vidal, gran escritor y guionista de Ben-Hur (maravillosa la escena gay entre Ben-Hur y Mesala, que escribió para el homófobo Charlon Heston, sin que éste se enterara), un hombre por lo general bien informado.

En definitiva, un corre, ve y dile de proporciones hollywoodienses, que demuestra, una vez más, que la anécdota es la historia.

Ya lo he hecho, quiero decir escribir sobre Rosebud.

¿Qué más puedo decir?

Hace unos días escribí un texto situado en 1980 que establecía un paralelismo entre la vida de Montgomery Marvin, protagonista de El profesor de Harvard, la novela de John Kenneth Galbraith que narra las peripecias de un economista que juguetea en el mercado de valores, y la mía propia. Pese a estar a una distancia sideral, Monty y yo tenemos en común unos estudios universitarios: Ciencias Económicas, que él terminó cum laude y yo abandoné cuando sólo me faltaba un curso para licenciarme. Él acabó en Wall Street y yo alquilando planchas de windsurf en la playa de Sant Pere Pescador; ninguno de los dos lamentó su suerte. La verdad es que tuve que dejar también el libro, me di cuenta de que por mucho que me esforzara jamás entendería el funcionamiento de la Bolsa, y eso es importante, porque estructura el relato del mundo financiero que regula nuestras vidas. Y esta mañana, recién despertado, con el libro inacabado todavía en la mesita de noche, he recordado una exposición de un famoso pintor europeo en París, hace pocos años, narrada en directo por un amigo suyo que asistió a la inauguración. El espacio tenía varios pisos, nos explicó, y en cada uno de ellos había azafatas repartiendo listas de precios –300.000 € de media por pintura–, y un secretario o secretaria para atender la demanda. Camareros uniformados ofrecían copas de champagne Dom Pérignon. El vernissage, está de más decirlo, era por rigurosa invitación. Después se sirvió una cena. El amigo común que tuvo el privilegio de asistir es un hombre de mundo; sin embargo, estaba impresionado. Tenía a su derecha a una pareja de unos cuarenta o cincuenta años que acababa de comprar una de las obras. No parecían entender mucho de arte, pero estaban entusiasmados. Nunca he estado más cerca de entender el mercado de valores.

Mientras caminaba esta mañana con Molly y Miss Brown, al amanecer, con una romántica visión del Canigó a un lado, cubierto de un manto de nieve, bañado de una luz rosada más propia del atardecer que de un amanecer, y al otro lado estallaba el día con una sinfonía wagneriana de color y fuego, iba pensando en la música y en un momento dado he hilvanado un relato prodigioso, tanto que he recurrido al móvil y me he enviado un mensaje de voz a mí mismo, en una cuenta que tengo instalada para esas epifanías. Estas transcripciones son normalmente torpes, pero a veces logro rescatar alguna idea aprovechable.

A la pregunta de cuál es mi instrumento favorito, podría responder de muchas maneras; podría decir la voz, como dijo Arantxa Aguirre en una entrevista reciente, porque es una respuesta que nos da una dimensión humana con la que podemos identificarnos; es algo incluso atávico. Podría decir el piano, porque es un instrumento prodigioso, o cualquier instrumento de cuerda: el violín, o la viola, por su poética, pero yo me inclino por una respuesta más profunda y críptica, y me disculpo por ello, porque detesto los cripticismos. Diría «la música interior», esa sería mi respuesta. Es algo que no sé si está alojado en el córtex del cerebro o en la base del diafragma, sólo sé que es algo físico, que viene de dentro y que nos convierte, aunque sea sólo por un instante, en compositor, intérprete o auditorio.

Hay una pausa, y a continuación otro mensaje que viene del camino. Se oyen las pisadas sobre la tierra y el viento, que sopla con moderación.

Cuenta la leyenda que había una pianista que daba conciertos e impartía clases magistrales por todo el mundo, y sorprendentemente recomendaba a sus alumnos que no escucharan sus grabaciones, que eran referenciales, porque decía que ella «ya no tocaría así», que aquello era fruto de otro momento y que cada momento tiene su exégesis. Esta misma pianista recibía unas ovaciones impresionantes y en muchas ocasiones se sentía mal por dentro porque sabía que había tocado mal, aunque el público opinara lo contrario. Envidio esta manera de vivir el presente, como si no hubiera un mañana, y mucho menos un pasado. No hacer ninguna concesión al pasado era fundamental para ella. Se llamaba Alicia y mi padre la oyó tocar cuando era una niña, en casa de su abuela. La de mi padre.

La moto es una Guzzi V85 TT que me dejaron probar hace un par de meses. Es un poco tosca y tiene un aire vintage, como yo, a veces es incluso antigua (glups!), como cuando la pones en marcha y se estremece como las BMW’s de hace quince o veinte años, con las que comparte el motor boxer, pero tiene una personalidad que me cautivó. Es equilibrada, aplomada, fiable, parece experimentada y no le sobran los caballos, pero tampoco le faltan. Siempre he dicho que la moto es una perfecta metáfora de la vida: el origen y el destino son irrelevantes, lo único que importa es lo que pasa por ahí en medio; en este tramo la carretera hace bajada y yo hace años que estoy de bajada. Después de una ligera curva de derechas hay un ángulo de izquierdas que conviene trazar bien, porque puede ser el último, y al fondo está la inmensidad inabarcable del mar.

La foto es de Pablo Tarrero, del verano de 2022, en mi estudio de Ordis. Me fijo en la americana, que me ha acompañado tantos años. Un día, hace unas cuantas décadas, fue mi americana favorita. Era negra, de una tela que no parecía de americana, por eso me gustaba tanto, nunca he sido de americanas. Con tejanos era el uniforme perfecto para no pensar mucho en ello. Poco a poco fue envejeciendo con una extraña dignidad, nunca se rompió, simplemente su tacto se fue haciendo más suave. No puedo evitar pensar en la piel de mi madre con noventa años, traslúcida, de una suavidad –no hay otra palabra– especial. En los estudios, los detalles con frecuencia superan las obras consideradas acabadas y captan la atención de los observadores más avezados, y los fotógrafos lo son. Las paletas, los botes de disolvente, la cinta de carrocero, el perfil del tablero con mil objetos de curiosa utilidad, un vaso convertido en recipiente y un envase de leche en polvo para bebés que utilizo para limpiar los pinceles, y mis hijos tienen ya treinta años. Una galerista neoyorquina me pidió si podía llevarse alguna de esas cosas, las coleccionaba. No recuerdo qué escogió, pero me gustó la idea. Tengo una foto de 1996 con esta americana con el Kanchenjunga detrás, en el norte de India, cerca de Darjeeling, entonces todavía no había entrado en el estudio, le gustaba viajar con mochila.

Me gusta esta foto porque transmite una verdad esencial: Alba Ventura está enfocada, los técnicos hacen su trabajo, ajenos al motivo de la convocatoria, y yo estoy desenfocado. Así es como me siento, apoyado en un atril con el logotipo del Palau de la Música / Orfeó Català. ¿Cómo he llegado hasta ahí? No importa, me va grande, como la americana, pero me esfuerzo por estar a la altura de las circunstancias. Alba tocó al final de una mesa redonda en la que un grupo de sabios, capitaneados por Jorge de Persia –el padre de la criatura, suya fue la idea de este homenaje / reconocimiento a Felip Pedrell, con motivo de su centenario–, nos enseñaron que nada sucede por casualidad, que el arte es como un río: existe el tramo que tenemos delante porque ha sido alimentado por el cauce anterior y juntos, uno y otro, contribuirán a nutrir el que viene a continuación. Si lo entendí bien, Pedrell construyó una presa de la que ha manado un torrente de creatividad musical extraordinaria: Albéniz, Falla, Granados, Gerhard…, con obras alimentadas por la tradición y el folclore, y por supuesto por el talento universal de cada uno de ellos.

Amador Vega, en una conferencia que dio en el Espai Volart, en el marco de mi exposición L’Escala de l’enteniment, dedicada a Ramon Llull, del que celebrábamos su séptimo centenario, dijo que los artistas tenemos «otra manera de decir». En aquella ocasión el protagonista era un nombre muy conocido y al mismo tiempo un perfecto desconocido. Felip Pedrell reúne las dos cualidades: es doblemente desconocido, casi nadie recuerda su nombre y su obra está sólo al alcance de unos pocos (como la de Llull).

El pequeño concierto de Alba Ventura fue inmenso, pocas veces he escuchado un concierto tan bien contextualizado. Después de lo que nos enseñaron los profesores escuchar la Mazurca de Pedrell, Granada, de Albéniz –una obra que como el resto de la Suite Española parece reservada a los bises y es una maravilla–, El Pelele, de Granados y la Danza del Molinero de Falla fue un redescubrimiento en toda regla. Pudimos apreciar las enseñanzas del maestro Pedrell detrás del espíritu de cada una de estas obras. Y de postre, flan de la casa caramelizado con un nombre exótico: Scarlatti.

Actos como el del jueves pasado contribuirán sin duda a ir enfocándome.

Homenatge a Isaac Albéniz i Alicia de Larrocha, L’Auditori, Barcelona / Foto Maria Alzamora

No entiendo el gigantesco salto entre la teatralidad del Palau de la Música, tal vez excesiva, pero cálida y acogedora, también misteriosa, y la frialdad nórdica de L’Auditori, donde no hay drama escénico, sólo una sala común bañada por la misma luz general. No hay un lugar para interpretar y otro para escuchar, todos habitamos el mismo espacio. Es irrespetuoso. En el fondo del escenario hay una monumental hornacina de madera vacía. Me cuentan que era para un órgano que no se llegó a colocar y ahí sigue, clamando a los cuatro vientos su vaciedad. No es minimalismo, es que está inacabado. Entiendo que nadie se atreve a hacer algo, porque en este tipo de equipamientos prima la gestión administrativa sobre la creativa y a los gestores les cuesta tomar decisiones. Así, los errores se perpetúan y pasan de mano en mano. Recuerdo un concierto de Jan Garbarek en el que estuve la mitad del tiempo imaginando diferentes soluciones, a cual más arriesgada, porque el reto es formidable, hasta que poco a poco la música se fue imponiendo y al final la calidad del saxofonista noruego se impuso, no sin esfuerzo. Esta semana, en el concierto de Yo-Yo Ma me pasó lo mismo; el final de la primera parte fue emocionante, con una nota deliciosamente sostenida e ingrávida que nos hizo olvidar por un momento donde estábamos, y la música venció, por fin, pero estaba agotada.

Unos días más tarde como con Jorge de Persia y Josefina Bas, del Círculo del Liceo, y su marido John, en un delicioso y bien iluminado restaurante de la calle Enric Granados. Todo muy musical. Hablamos de Pedrell, del homenaje que estamos preparando en el Palau, o como le gusta matizar a Jorge, del acto de reconocimiento a su memoria, porque poner en valor a Felip Pedrell tiene algo de reivindicación. Inevitablemente hablamos también de Yo-Yo Ma y el Auditori, del Palau, el Liceo y el drama escénico; y como si esa fuera la respuesta a tantas preguntas, aparece en la conversación la poderosa y controvertida figura de Richard Wagner. Ha sido el azar, una vez más, lo que nos ha brindado la oportunidad de incorporarlo a esta improvisada tertulia. Josefina me invitó hace unas semanas a participar en una charla en el Círculo sobre Wagner. “Un grupo de wagnerianos quiere conocerte”, me escribió. Me sorprendió, claro, pero cosas más raras me han pasado en mi larga carrera de biznieto, de modo que le respondí que pusiese día y hora, faltaría más, pero añadí que yo de Wagner no sabía nada, aparte de su heroica obstinación en el arte total, que le llevó a construir un teatro para escenificar sus obras. Esta última frase es para paladearla. Es como si yo crease un museo para exhibir mis pinturas y esculturas. Ahí lo dejo, por si hay alguien interesado. Lo que ocurrió, debería haberlo adivinado, es que Josefina se equivocó, existe alguien apellidado Alfonso que sí sabe de Wagner, pero me agradeció entre risas mi buena disposición.

Josefina y John nos hablan de Bayreuth, donde está el teatro de Wagner, inaugurado en 1876 gracias al apoyo entusiasta de Luis II de Baviera. Si lo he entendido bien, la orquesta y el director son invisibles y están de espaldas al público, de cara al escenario, que tiene una estructura envolvente que devuelve la música hacia el aforo, convenientemente filtrada, como si se tratase de un enorme instrumento musical por cuyas entrañas circulara el sonido. El teatro convertido en una enorme viola, en el interior de un piano descomunal por donde deambulan intérpretes y público. Los aficionados no van a escuchar música, ni a un artista o director en concreto, van a Bayreuth, a casa de Wagner, como el que asiste a una ceremonia de carácter iniciático. Se trata de vivir una experiencia extraordinaria, aunque últimamente parece que los programadores se pasan un poco de frenada y sus propuestas son tal vez demasiado arriesgadas, en un desesperado esfuerzo por ponerse a la altura del genio excéntrico de su antepasado y mentor (sí, la familia Wagner tiene algo que ver en todo eso). Algo así como Parsifal cogiendo el metro, para entendernos. No debe ser fácil mantener año tras año una programación tan concreta y los directores se esfuerzan para no caer en la monotonía y tratan de actualizar sus obras.

“Es como el cine antes del cine”, dice Jorge, “con el escenario iluminado y el aforo a oscuras. Antes de Wagner este claroscuro no existía”. “Las butacas son deliberadamente incómodas”, añade Josefina, “para que nadie se relaje”. El anillo del nibelungo tiene algo de Star Wars, con sus efectos especiales, sus quince horas de drama épico ininterrumpido y sus veintiséis años de gestación. Yo no puedo apreciar su calidad como sin duda se merece, debido a mis limitaciones musicales, pero hay una narrativa que sí puedo entender: ópera, teatro, escenografía, palabra, arte, transmisión. Los mitos que fascinaron al Rey Loco, como se conocía a Luis II de Baviera, debido a su carácter romántico y soñador, propenso al delirio, a mí me dan escalofríos.

¿Te gusta Wagner?, pregunto de vez en cuando para tratar de aclarar mis ideas, y ante la complejidad de las respuestas he llegado a la conclusión de que sobre todo gusta a los wagnerianos. Les apasiona. En un documental que he visto hace poco, dirigido por Kriss Rusmanis, se formula la ecuación Shakespeare + Beethoven = Wagner, sazonada con un poco de Schopenhauer, picante. Es un poco excesivo. A mí no me gusta Wagner, a pesar de que fascinó a Pedrell, Albéniz y Debussy, que de música sabían un poco más que yo, a pesar de Bayreuth y del busto del Palau. Me supera su arrogancia, su grandilocuencia y su genialidad picassiana incontestable, aparte de su lado oscuro, claro, porque Wagner no era buena persona. Albéniz y Chillida sí. Beethoven también, a su manera, gruñona, pero profundamente ética. Wagner, en un desesperado intento por salvarse a sí mismo quiso redimir a la humanidad por medio del arte, de su arte, pero permitió que el virus de la política contaminara su sueño.

Pero yo de música no entiendo, de lo que estoy bastante seguro es de que a Wagner no le gustaría L’Auditori.

Apunte de Rosa Bonheur

Cada día descubro pintoras nuevas ignoradas por la historia. Ayer fue Hedda Sterne, ninguneada nada menos que por la Escuela de Nueva York, aparentemente tan progresista. Hace ya algunos años, pero no tantos, la gran Sofonisba Anguissola, a quien Miguel Ángel admiraba más que a nadie de su generación. Hoy ha sido Rosa Bonheur, una pintora que gozó de un enorme prestigio en vida, sin embargo cuando murió cayó en el olvido, como tantas otras. La conocí gracias al algoritmo de You Tube. Algo bueno tiene que tener. De vez en cuando visito páginas sobre Vermeer y me salió una muy interesante de una argentina llamada Aldana H, que da charlas sobre arte online. En el banner vertical de la derecha apareció el enunciado: La obra ¿realista? de Rosa Bonheur. Me gustó. Tiene otra sobre Vanguardias Históricas que no me interesó tanto, pero ya se sabe que los historiadores de arte pierden un poco la cabeza cuando entran en la modernidad, y no digamos en la contemporaneidad. Pero la de Vermeer (pronúnciese Vermier) estaba muy bien y Rosa Bonheur me pareció buenísima y un caso más de injusticia de género, si fuese un hombre tendría la categoría de Ingress o Courbet.