59-la-antihistoria-del-arte-contemporaneo

En la cultura anglosajona dominante el culto al triunfador, al number one, al más veloz, al más rico, al más poderoso y al más atractivo es abrumador. Ha convertido la existencia en una carrera de obstáculos donde lo más importante parece ser llegar el primero. Por contra, en esta misma cultura también se habla mucho y bien del perdedor, the loser, de una forma mucho más poética. Sobre todo en el cine, el gran medio de expresión cultural moderno.

Los triunfadores son insufribles, vacuos y predecibles. Los perdedores son más atractivos. Tiernos y vulnerables, llevan escrito en la cara que si bien es verdad que nacemos, hacemos lo que podemos y morimos, no es menos cierto que mientras tanto la vida nos ofrece momentos aislados extraordinarios que conviene aprovechar.

“El artista moderno debe de haber tenido poca seguridad en sí mismo, toda vez que ha hecho tanto caso de las elucubraciones de teorizadores y críticos”, escribía Josep Pla en París, en 1922. Sustituyendo teorizadores y críticos por comisarios obtendríamos una definición perfecta de lo que está pasando ahora mismo en la Bienal de Venecia, la Documenta de Kassel y en otras exposiciones institucionales o de fundaciones de grandes complejos empresariales y financieros.

En todas estas manifestaciones el protagonista siempre acaba siendo el comisario, que ha construido su obra seleccionando obras menores (en calidad, o al menos en entidad) susceptibles de ser partes de un todo: un discurso único que lleva su firma. Tiene, eso sí, el valor de invertir los términos y erigirse en estrella de la convocatoria, con el resultado de que un artista joven (o no) que aspire a ser seleccionado para el magno y publicitado certamen tendrá que realizar una obra que encaje, no necesariamente en la elaboración de un discurso propio, sino en uno globalizado de acuerdo con los principios estéticos y sociológicos que estos teorizadores han desarrollado.

El problema es que luego muchas de estas partes acaban en museos y colecciones públicas y, una vez descontextualizadas, la mayoría no se sostienen (antes tampoco, pero al menos había alguien que se esforzaba en darles un significado).

Personalmente creo que hoy en día, como en 1922, hay artistas muy buenos que trabajan en la sombra, porque casi nunca son escogidos para estas grandes manifestaciones oficiales. La independencia tiene un precio. Hace dos años fui a Venecia, a ver la Bienal, y volví muy decepcionado. Tanto esfuerzo, tanto dinero, tantas buenas posibilidades de hacer cosas interesantes, para tan poca cosa. En contrapartida, el año pasado vi una exposición a escasos veinte kilómetros de mi casa, en el Ampurdán, que me pareció magnífica. Incluso le comenté al artista, Alberto Udaeta, que aquel montaje (cien esculturas de pequeño formato que giraban todas en torno a un mismo concepto, hasta el punto de convertirse en una sola obra) visto en la Bienal de Venecia hubiese justificado el viaje de cualquier aficionado. Quiero decir que artistas hay, pocos, pero los hay, aunque lo que más abunda son los genios.

Si una imponente institución pública como la Tate de Londres premia a un joven aspirante a artista por encender y apagar una luz en una sala vacía, ¿cómo no va a creerse que a lo mejor es un genio? Estas cosas, como sugiere Pla, estupidizan.

Hay que desconfiar del éxito por principio, porque está manipulado por personas que representan poderosas instituciones privadas y públicas poco fiables. Al convertir el trabajo creativo en producto de consumo se pone precio a una creatividad que, en el fondo, no se comprende. El éxito, por lo tanto, siempre es sospechoso.

Al mercado le gusta marcar tendencia, es una de sus fórmulas para hacer negocio. Por lo tanto, crea moda, y los artistas que la siguen triunfan, mientras que los que apuestan por un trabajo solitario e independiente sufren para poder seguir con su investigación. Luego, se convierten ellos mismos en moda o no; pero ya no están ahí para disfrutarlo. (Hay que distinguir entre Arte Moderno y Arte Contemporáneo; el primero es más fiable, aunque sólo sea porque sus oficiantes han muerto, muchos de ellos de hambre, mientras que el segundo está saturado de genios comprendidos).

Cómo afecta todo esto al artista ya lo sabemos: se juega el triunfo, que no es poca cosa, para él. En algún momento tiene que escoger entre tratar de hacer algo verdaderamente interesante y trascendente o aprovechar sus habilidades para seguir las pautas que le marcan y, como diría Freud, “conseguir el poder y el amor de las mujeres”.

¿Qué pasa con los coleccionistas? Los creadores, los buenos aficionados (compren o no compren) y los coleccionistas son los verdaderos protagonistas de esta historia, los demás son actores secundarios (con notables excepciones, como Daniel-Henry Kahnweiler o Adrien Maeght). Al buen coleccionista, que escoge con el corazón, ejercitando una forma de inteligencia emocional que llamamos sensibilidad, apenas le afecta. No podrá eludir la influencia del entorno y con frecuencia pagará mucho a cambio de poca cosa, pero también pagará poco por verdaderas maravillas, de manera que en el cómputo final saldrá victorioso. Si es bueno, claro.

El inversionista es el que saldrá peor parado: el tiempo hará desaparecer aquellas obras insustanciales y revertirá el sueño del alquimista, convirtiendo el oro en polvo.

Ordis 1979 II (copia)
Foto Eva Brunner

Tengo que viajar con frecuencia por motivos de trabajo, pero cada vez más prefiero el “viaje interior” que practico diariamente en el estudio. Soy pintor y escultor. He cruzado el Atlántico varias veces y he estado en la India, posiblemente mi viaje más intenso. Aunque el más largo, creo, fue el de Argentina. Pero no, el más largo y más intenso es el que realicé con Mercedes en 1978. Este largo viaje, de apenas unos pocos cientos de kilómetros, duró más o menos un año y me marcó para siempre.

Hacía poco que había dejado la Universidad, abandonando una carrera que no me interesaba nada (empecé Ciencias Económicas porque me pareció accesible, no recuerdo que hubiese otra razón), aunque sólo me quedaba un año para acabarla, y hacía unos meses que había hecho mi primera exposición de pintura, con un resultado discreto, de acuerdo con mis limitaciones técnicas y también con todas mis dudas, tanto profesionales como existenciales. No tenía ni idea de qué hacer con mi vida. No quería ser artista (nunca me ha gustado el mundo del arte, aunque sospecho que en aquella época lo que de verdad no me gustaba era el mundo, en general), me sentía aprisionado por unos estudios técnicos cuyo futuro era demasiado predecible y detestaba la ciudad, pero no sabía cómo salir de ella.

Supongo que mi discurso era prolijo y confuso, demasiado juvenil para los veintiséis años que tenía entonces. Los diecinueve de Mercedes, en cambio, fueron mucho más resolutivos. Me tendió la mano y me sacó de Barcelona, llevándome a una modesta casa que tenía alquilada en un pequeño pueblo del Berguedà, en el interior de la provincia, camino del Pirineo. En una zona montañosa, poblada de bosques de pino rojo y roble, dominada por el formidable macizo del Pedraforca, con muy poco dinero y mucha ilusión nos lanzamos a un viaje imposible y conmovedor.

Recuerdo un frío pavoroso en invierno, y sólo teníamos una chimenea para combatirlo. Pasábamos los días dando interminables paseos por el bosque; recogíamos leña; me mostró una gran roca con una vista magnífica y yo le hice un anillo con una ramita recogida del suelo, trenzándola, que llevó mucho más tiempo del que creí que aguantaría.

Leíamos a Cortázar y a Sábato, escuchábamos a Bob Dylan, a Leonard Cohen y a todos los que estuvieron en Woodstock. Nos gustaban mucho las películas de Eric Rohmer. Yo dibujaba al caer la tarde, reclinado en un colchón, junto a la chimenea.

Cuando nos quedábamos sin dinero bajábamos a Barcelona. Yo intentaba vender aquellos dibujos y pintaba en un estudio prestado, mientras ella trabajaba en el taller artesanal de un amigo suyo donde hacía pequeñas cajas de madera con marquetería y caballetes en miniatura para colocar fotos enmarcadas. Nuestro único objetivo era reunir un poco de dinero y volver al bosque y a nuestras lecturas vespertinas.

Luego, yo eché de menos el mar y salimos a buscar una casa a medio camino entre sus montañas y mi mar. No sé muy bien cómo aterrizamos en una masía en La Garrotxa, no demasiado lejos de la bahía de Rosas, donde vivía una pareja muy singular dedicada a la cría de cabras y la fabricación artesanal de quesos. Eran “refugiados urbanos”, como nosotros; creo que provenían del cinturón industrial de Badalona. Se habían casado hacía poco para poder comprar sus primeros animales. Recuerdo también a una pareja de amigos suyos formada por un inglés bastante excéntrico, alto, extremadamente delgado, de barba rizada de varios colores y pelo largo y lacio sujetado con una cinta, y una fornida australiana, muy rubia, que levantaban una cerca para las cabras en algún lugar cercano. Ella llevaba la voz cantante, se notaba que había crecido en una granja de amplios horizontes y tierra roja.

A través de este extraño grupo encontramos la que fue nuestra casa durante un año, hasta que se agotó nuestra relación. También estaba en mitad de la montaña, solitaria, en un recodo de un camino de tierra empinado. No tenía agua corriente; nos abastecíamos desde el exterior, donde instalamos un gran bidón de chapa ondulada que recogía el agua por medio de una larga manguera desde una fuente natural cercana. Tampoco había electricidad y tuvimos que vallar la era porque las vacas del propietario tenían por costumbre invadirla para lamer la sal que les dejaban sobre unas rocas.

Trabajamos mucho en esta casa, a cambio de un alquiler simbólico. Aislados, apenas recibíamos visitas. Tampoco teníamos dónde albergarlas. Recogíamos piedras de los alrededores y con ellas levantamos una pared divisoria que separaba el pequeño vestíbulo de la entrada de la gran sala que ocupaba casi toda la planta. Desde este recibidor descendía una bonita escalera de piedra hacia las habitaciones y las cuadras, situadas en un nivel inferior, ya que la casa estaba apoyada en una ladera, con la entrada principal en la parte alta. También tapiamos una puerta que daba acceso a las cuadras, pues esta parte de la propiedad no formaba parte del contrato verbal de arrendamiento y seguía siendo utilizada por el ganado.

Debido a la falta de electricidad hacíamos la mezcla de portland, cal, arena y agua con una azada. La sala estaba dominada por una larga mesa, la mesa plegable de Mercedes, aquella con la que había vendido artesanía en mercadillos. Un camping gas, para cocinar lo imprescindible, luz también de gas, que racionábamos, una chimenea de piedra enorme, magnífica, habitable, con banco de madera en su interior, y abundante provisión de leña que nos dejó el antiguo arrendatario.

Vale la pena detenerse un instante para contar la historia de este hombre.

Vivía en unas condiciones muy primitivas. Sólo había que ver la casa, aunque era muy bonita estaba casi en ruinas; ni siquiera tenía un servicio donde aliviarse con un mínimo de higiene e intimidad. Solitario, prácticamente indigente, tenía unas pocas vacas propias y cuidaba de las del “amo”, además de cultivar cereal en dos o tres campos próximos a la casa. Parece ser que en las raras ocasiones en que bajaba al pueblo, distante unos cinco kilómetros, que luego había que subir andando, bebía bastante, sobre todo si se celebraba alguna fiesta.

Nos contaron que era diabético, que se hizo una fea herida en una pierna que no supo curar (acabó perdiéndola; esta fue la razón por la que dejó la casa) y que lo encontraron agonizando, dejándose morir sin más compañía que la de sus perros. Lo trasladaron urgentemente al hospital comarcal, donde lo metieron a toda prisa en una pequeñísima habitación blanca a la que se accedía apretando un botón luminoso. Asombrado, pudo ver cómo las puertas se abrían solas. Miró a su alrededor, desconcertado, ignorante de cualquier tipo de automatismos, buscando una explicación lógica, olvidando por un instante el dolor brutal que le subía desde la pierna y que la morfina apenas alcanzaba a disimular.

Todo aquello le pareció cosa de magia. Interruptores luminosos, puertas que se abrían solas y hombres de blanco que se manejaban con soltura. Sospechó que alguien a quien no veía accionaba algún tipo de palanca; pero cuando, al cabo de unos segundos, las puertas se volvieron a abrir… ¡estaban en otro lugar!

Se llevó un susto de muerte.

Nunca había visto ni oído hablar de un ascensor.

A mí estas historias me fascinaban. Aquélla era su casa y la leña que nosotros quemábamos la había recogido él. Se me hacía difícil comprender cómo pueden coexistir grados tan distintos de civilización en un mismo espacio geográfico. Deseé ser escritor para contar historias como ésta, en la que un simple ascensor puede convertirse en un instrumento terrorífico capaz de colocar al hombre frente a lo que más teme: lo inexplicable. Cortázar lo hubiera bordado, sin duda.

Recuerdo que la habitación donde dormíamos tenía una ventana pequeña desde la que, por las mañanas, muy temprano, era frecuente ver el valle cubierto de nubes mientras en nuestra colina lucía el sol. Y que nos lavábamos como en los cuadros de los impresionistas, sobre todo de Bonnard, con un barreño grande en el suelo y una esponja, cerca del fuego. Parece increíble pero se podía vivir así. Esta sensación no me ha abandonado nunca. He cambiado, me he creado muchas necesidades, pero en el fondo de mi corazón sé que se puede vivir de otra manera. De aquella manera. Una luz vacilante en una pequeña ventana de una casa perdida en el monte es sinónimo de vida. Algo tan sencillo como esto aprendí entonces.

Aquel año cambió mi vida.

Supongo que no podía durar, había que reciclarse de alguna manera, prescindir de algunos ideales y de bastantes utopías, relacionarse, vivir en el mundo. Ganarse la vida. No hicimos nada de todo eso durante este tiempo. Confieso que yo no le veía el final. Cuando todo acabó, cuando decidimos separarnos, no importa por qué razón, yo emprendí un camino en solitario intentando alargar aquellas sensaciones.

Desde entonces han pasado muchas cosas. Abracé una suerte de gnosticismo, más filosófico que religioso, mientras que políticamente he sido casi toda mi vida adulta un abstencionista activo, tratando de hacer llegar mis opiniones sociales a mi entorno más cercano. Y he asumido, poco a poco y sin demasiado éxito, desde el punto de vista ético, mi condición de artista profesional. En definitiva, abandoné paulatinamente la vida contemplativa, infinitamente más creativa, por “el hacer”. Y me he llevado algunas satisfacciones y no pocas decepciones.

Quizás la más dolorosa haya sido el descubrimiento de la estupidez que gobierna nuestras vidas. Literalmente. Recuerdo que pensábamos ingenuamente que el mundo iba así de mal porque los malos eran muy inteligentes y astutos, cuando sólo son lo segundo. Desde sombríos despachos de imponentes edificios dictaban leyes injustas, fabricaban y vendían armas terribles y enviaban a la guerra a jóvenes que eran más ingenuos todavía que nosotros, pues creían defender altos ideales patrióticos cuando en realidad lo que hacían (y hacen todavía, y probablemente harán) es defender intereses particulares. Idealistas activos, sólo son parte del negocio.

Fue un viaje fantástico.

 

un verano con monica 36
“Un verano con Mónica”, Ingmar Bergman, 1953.

En el funeral de mi madre me encontré con bastante gente a la que no veía hacía muchos años. Suele pasar, sobre todo cuando los fallecidos tienen una edad muy avanzada; de una manera un tanto desordenada se congregan en su despedida testigos de varias generaciones que cubren este largo período. Mi madre acababa de cumplir 91 años y mi padre, fallecido sólo doce semanas antes, llegó hasta los 96.

Me sorprendió mucho ver a una amiga con la que había perdido el contacto en la adolescencia, allá por los años sesenta. Me explicó que le impresionó que hubiese perdido a los dos en un intervalo de tiempo tan corto y esta circunstancia, unida a una amiga común, con la que sí mantengo el contacto, fue la razón por la que se acercó al tanatorio para darme el pésame. Tuvieron que presentármela de nuevo, aunque juré que la hubiera reconocido en cualquier parte. A veces miento con una soltura que me da miedo. Y eso que tenía buenos motivos para acordarme de ella, fue la primera chica a la que besé.

Era del grupo, como solíamos decir entonces, en un pueblo de veraneo que parecía que sólo existía en verano. Los sábados por la noche había verbena en el Campo de Deportes, con música en directo. Ahí vivimos muchos las primeras emociones sentimentales y sexuales, las miradas intencionadas y los bailes agarrados; ahí escuché por primera vez Satisfaction, de los Rollings Stones, recién salido al mercado. Era 1965 y yo tenía quince años recién cumplidos.

Apenas la sacaba a bailar. Ella me miraba un poco extrañada, porque cuando decía que tenía que irse, siempre demasiado pronto, porque su padre era muy estricto, la acompañaba hasta su casa. Antes de llegar nos íbamos a un descampado y allí, con la espalda contra la pared de una casa en construcción, nos besábamos con más afición que pericia. No acabábamos de encontrar la manera, nuestros dientes se interponían entorpeciendo el baile de las lenguas, que no sabíamos utilizar; los labios sí parecían encajar, pero era bastante más complicado de lo que imaginábamos. De todas formas insistíamos, sabíamos que ahí había algo bueno, aunque nos costara tanto encontrarlo. Después de un prolongado forcejeo, intenso y apasionado, ella entraba en su casa, veía encenderse la luz, a veces me llegaban voces, y yo volvía a la verbena andando despacio, entre sombras, de farola en farola, un poco encorvado, con dolor abdominal. Nunca se lo expliqué a mis amigos, creo que me avergonzaba de ella.

Sábado tras sábado se repetía el mismo protocolo, yo apenas la miraba cuando había gente y luego, en la oscuridad del descampado, cerca de su casa, nos besábamos durante largo rato.

Entre semana tampoco le demostraba interés, ni en público ni en privado, hasta que un día, en la playa, me lo echó en cara. No supe qué decir. No lo recuerdo con exactitud pero creo que a mí me gustaba más la que nos gustaba a todos. Estaba cometiendo un gran error (uno más de una ristra interminable, a veces pienso que me gustaría volver a vivir la adolescencia para tomar las decisiones correctas); ella era muy atractiva y yo no tenía motivos para sentirme superior comparándola con otra chica que no tenía más virtudes que ella. Más bien todo lo contrario. Además, yo tampoco era popular (quiero decir que estaba lejos de ser el chico por el que ellas suspiraban) y, como pasa siempre a estas edades, mi compañera de descampados nocturnos tenía una madurez muy superior a la mía. La recuerdo intentando comprender la situación con una mezcla de incredulidad y algo parecido a la experiencia, lo cual resultaba extraño, porque éramos unos críos. Pero hay algo atávico en las chicas de esta edad, una sabiduría genética, natural, nada impostada, algo que nosotros no entendemos.

Me comportaba como un imbécil, para expresarlo con claridad.

Pero esto es precisamente lo que era: un imbécil imberbe y poco inteligente, acomplejado, con una inseguridad patológica, aterrorizado ante lo que se me venía encima: sexo, amor y compromiso, no sé en qué orden.

Tuve todo esto muy presente mientras hablábamos de amigos comunes que se habían convertido en perfectos desconocidos y, al mismo tiempo, la miraba con atención, intentando adivinar si ella lo recordaba tan bien como yo, porque en su presencia me sentí de nuevo inseguro, acomplejado y tonto.

ROJO ROTHKO I
Foto Maria Alzamora

Sólo hay una cosa peor que los períodos de incertidumbre: los de inseguridad (aunque con frecuencia vengan asociados, no son la misma cosa). Cuando no sabes qué pintar, siempre puedes visitar tu propia obra en busca de caminos iniciados y abandonados, por si ahora te apetece explorarlos. Me costó años dar con esta fórmula mágica. Después, descubrí que era una pócima que solo remediaba algunos males, pero tenía una virtud: te ponía en movimiento. Lo demás es cosa del azar.

Estos últimos meses oscilo entre lo uno y lo otro. El no saber qué lo resuelvo con la búsqueda desesperada del alma de la Menina, hace tiempo convertida en un icono de la feminidad. Y, por lo tanto, de la fertilidad. Debería, pues, saciarme. Pues no. En la búsqueda del conocimiento tengo la serie de los “árboles de la ciencia”, pero con ellos me pasa como con la primera parte de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, es tan buena que no pude seguir con la segunda. En mi caso, esta primera parte es el mural que pinté para la exposición dedicada a Ramon Llull, en la Fundación Vila Casas, en 2016. Nada de lo que he hecho después está a su altura. Pero puedo seguir intentándolo.

Mientras, pinto y borro. Creo y destruyo. Donde hubo una menina o un árbol, ahora hay un fondo índigo caligrafiado, porque lo de escribir no se me ha pasado. Vislumbro una posible solución: las Pinturas Negras, tantas veces sugeridas. Me costará tanto como los Rojos; tardé años en acabar uno, después de innumerables intentos, hasta que llegó Rothko y puso un poco de orden.

Y escribo. Mucho. Pero este período está marcado por la inseguridad, también en literatura. Esta mañana he publicado un texto en mi blog, he esperado reacciones, han llegado pocas, lo he borrado.

Después de comer he cogido un libro de la mesita de noche de Teresa: La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, de Siri Hustvedt. Me ha impactado la primera frase: “Las declaraciones de los artistas sobre su propia obra son fascinantes porque nos revelan algo acerca de lo que creen estar haciendo”.

La clave está en la palabra “creen”.

los-artistas

En Baltimore, en 1994, Teresa y yo conocimos a una pareja encantadora que hacían bueno un viejo aforismo inglés que dice que “para resultar interesante hay que estar interesado”. Ella era aficionada al arte y nos acompañó a visitar el Baltimore Museum of Art, donde había una extraordinaria exposición de impresionistas norteamericanos, con obras de Mary Cassatt y John Singer Sargent, que me recordó un poco a Ramon Casas, en el mejor sentido, al frente. Durante la comida nos explicó cómo conoció a su marido y lo rápido que congeniaron. Nos dijo que tardó sólo media hora en enamorarse, a pesar de venir de un divorcio traumático. Siempre me ha sorprendido la liberalidad con la que algunos americanos hablan de las cosas más íntimas delante de desconocidos.

Dos días más tarde salí en moto con él. Era un loco de las dos ruedas y tenía una pequeña colección de máquinas de carretera y off road. Me dejó una preciosa Seven Fifty (una Honda 750 de corte clásico y buenas prestaciones) y él cogió para la ocasión una impresionante Ducati 916. El día era radiante, las carreteras bellísimas, la primavera exultante y la sensación de circular por aquellas tierras embriagadora. Tengo tanta información sobre aquella cultura que me es difícil sustraerme a su embrujo y, una y otra vez, me siento protagonizando una película indie de bajo presupuesto (son las mejores). Paramos a comer y una mujer joven, rubia, uniformada, que seguramente se llamaba Peggy Sue, nos sirvió unas hamburguesas memorables.

Mi nuevo amigo me habló, cómo no, de su mujer, de lo rápido que se enamoraron. “La vi entrar en mi despacho y supe que era ella”. Aunque ya había visto la película le escuché con atención y me sorprendió agradablemente las notables diferencias que había en las dos versiones, la filmada por ella y la que llevaba su firma. Lo único que no variaba era el escenario: un despacho de abogado y una cliente en proceso de divorcio con un problema patrimonial.

Aquella historia de amor narrada a cuatro manos se quedó dando vueltas por mi cabeza hasta que, un par de años más tarde, salió expulsada en forma de un cuento que presenté a un concurso que organiza cada año un grupo de amigos de Barcelona aficionados a la Novela Negra. No había participado nunca, porque no suelo leer novelas de este género, pero me sedujo la idea de escribir una historia de amor, en oposición a los sórdidos crímenes, perpetrados por sofisticados asesinos, que a buen seguro presentarían la mayoría de los concursantes. Lo único que respeté, para ceñirme a las bases de la convocatoria, fue la escenografía, sacada directamente de las novelas de Hammett y Chandler.

Me sentía en deuda con Baltimore, así que me tomé la molestia de traducirlo al inglés (On any day, anything can happen) y se lo envié por mail a nuestros amigos, advirtiéndoles que ellos habían puesto una semilla, pero que yo me había tomado todas las licencias, por lo que cualquier parecido con la realidad sería pura coincidencia.

Luego nos enteramos por un amigo común que el cuento les había gustado tanto que poco a poco habían ido adaptado sus versiones a la mía, escrita al otro lado del Océano, hasta construir entre todos una sola historia. Me hizo gracia, claro, pero más tarde lo lamenté, porque seguramente por el camino se quedaron un buen número de matices, y a mí me gustan mucho los matices.

BK VI
pintura de Barbara Kroll

Me hubiera gustado coger el programa de El somni i la papallona, el espectáculo de Sai Trio que se representó ayer noche en la Fundació L’Olivar, en Ventalló. Más que nada para saber de qué iba la obra. Pero me olvidé. Me quedo con lo que vi y sentí, más allá de cualquier interpretación escrita por otro.

Sònia Sánchez puso el baile, desde el flamenco a la danza contemporánea pasando por la interpretación teatral pura y dura. Agustí Fernández el piano, pero no cualquier piano; él tiene uno que se toca sentado, de pie, frente al teclado y dentro de la caja, con los dedos y con extraños instrumentos que arrancan sonidos insospechados a las cuerdas. Todo ello interpretado con delicadeza, elegancia y una sonrisa, muy pendiente de lo que hacen sus compañeros de escenario. Ivo Sans, en la batería, cierra el trío y es también todo sensibilidad.

Contrasta la suavidad minimalista de los músicos frente a la expresividad de la bailarina, que detiene el gesto en una posición un poco acrobática, dramática, va vestida de negro y parece salida de una pintura de Barbara Kroll. El tiempo también se detiene, pero no del todo, porque Ivo sigue tocando como quien acompaña a un ser querido en un trance delicado.

El pianista, entonces, decide transformar su instrumento en otro; se levanta, da unos pasos por una escenografía improvisada (que me recuerda una pintura de David Hockney) y, desde el otro lado, lo usa como contrabajo, si esto es posible.

Frio, humedad, sillas incómodas que crujen, noche cerrada y una intérprete que nos hipnotiza auxiliada por una música que conmueve.

porta-lluny-personatge5 (3ª copia)

Siento debilidad por los matemáticos. Uno de mis héroes de realidad es Grigori Perelman, un hombre que rechazó un millón de dólares por principios éticos ligados a su profesión (https://alfonsoalzamora.wordpress.com/2016/10/26/377/). Esta semana nos ha dejado Maryam Mirzakhani, la primera mujer ganadora de la medalla Fields, considerada el Premio Nobel de las Matemáticas. Lo que rechazó Grisha fue el millón de dólares que otorgaba del Instituto Clay de Matemáticas por haber resuelto la conjetura de Poincaré.

Nunca estuve cerca de resolverla. Ni siquiera sé lo que es.

A Maryam, por su parte, le fascinaban las complejidades geométricas y dinámicas de las superficies curvas. Además, consiguió notables avances en la teoría de las superficies de Riemann y sus espacios modulares. Yo, la verdad, tampoco en este caso estuve cerca, pero siento que mi trabajo en dos y tres dimensiones tiene muchísimo que ver con todo esto. Leo en La Vanguardia de ayer que su método preferido de trabajo era garabatear y anotar fórmulas en hojas en blanco, algo que su hija Anahita consideraba “pinturas”. Coincido plenamente con ella, me encantaría tener una de ellas enmarcada en mi casa.

Al aceptar el Fields, Maryam describió su trabajo como “divertido” y lo comparó con “resolver un rompecabezas”, o con el detective que “ata cabos” para poner fin a un misterio.

No puedo sentirme más identificado con esta manera de ver las cosas. A mi estudio lo llamo “cuarto de jugar”, porque me lo paso bien en él. Y, con los años, siento que voy cerrando círculos, atando cabos y resolviendo algunas incógnitas. Excepto una, claro, la más importante, en ésta Maryam me lleva ya unos cuantos días de ventaja.