Invitación Suite Albéniz BARCELONA

Hace muchos años, mi padre, conociendo mi afición a escribir, me sugirió que escribiera una biografía de Isaac Albéniz. Echaba de menos alguna que resaltara el lado humano de su abuelo, que le fascinaba. Le dije que no, sobre todo porque mis conocimientos musicales son muy limitados y me parecían imprescindibles para afrontar un reto de esta naturaleza. Sin embargo en 2016, después de realizar un mural de cerca de cuatro metros de altura en el Museu Isaac Albéniz de Camprodon, un collage fotográfico con 42 imágenes de la vida y el entorno del compositor, surgió de manera natural un relato al que solo le faltaba la palabra.

MOSAIC II (copia)

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Poco a poco, en la anochecida, el mar comienza a rizarse, se encabrita, se embravece, siniestro por momentos, y todo él se convierte, como decía Ausiàs Marc, en una “cazuela que hierve”; estamos cenando en la terraza y el espectáculo nos tiene cautivados. En cuestión de minutos, la tramontana se ha hecho dueña y señora del mar, y aquellas aguas mansas y translúcidas donde hace un par de horas aún nos remojábamos son ahora sacudidas con violencia por un cúmulo de convulsiones internas y golpeadas por los cruentos azotes del viento súbitamente desatado. La tormenta y el temporal duran apenas una hora, pero han transtornado la placidez del verano. Tras la cena, sumergidos como cada noche en la lectura, oímos todavía el fragor de la “cazuela que hierve”… Ese frenesí, ese súbito arrebato de la naturaleza, quizás nos ayude a entender mejor lo que hoy nos quiere decir W.G. Sebald en su libro Los anillos de Saturno: “Toda la civilización de la humanidad, desde sus comienzos, no ha sido más que una ascua que con el paso de las horas se torna más intensa, y de la que nadie sabe hasta qué punto se va a avivar y cuándo se va a extinguir.”

Àlex Susanna / Libro de los márgenes

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No sé si me gusta el otoño, tiene un punto melancólico que es peligroso para personas como yo (maníaco-depresivos, así definía Nacho Esplá a todos los artistas). Es como un inicio de curso; a lo mejor no me he quitado todavía de encima el trauma que esto significaba cuando era niño. Veo unos ojos color miel muy abiertos, parcialmente ocultos por un flequillo de pelo rubio lacio, mirando atemorizados una ingente sucesión de meses por escalar, cargados de asignaturas, exámenes, lluvia y frío.

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Joan Miró decía que individualmente se consideraba moderadamente optimista, pero que colectivamente era un pesimista absoluto. No nos queda otra que seguir trabajando, en la confianza de que la cultura, la educación y la tolerancia sean armas de construcción masiva con las que hacer frente a la violencia y la estupidez.

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La casa del poeta, Salou

El arte contemporáneo necesita la palabra para definirse. Hoy más que nunca. El discurso es la obra (si no me creéis echadle un vistazo a la Documenta de Kassel o la Bienal de Venecia). El problema, según lo veo yo, que no entiendo nada de lo que está pasando, es que la obra de arte, como tal, como objeto singular, normalmente es bastante pobre, por lo torpe y apresurado de su factura (donde no hay oficio no hay beneficio, dicen los ancianos), y la filosofía, el misticismo y la retórica que la acompaña no suele ser mucho mejor. Es un problema, realmente, porque la suma de ambas cosas, objeto y argumento, debería funcionar.

la familia 1991
La familia, 1991

Cuando leo libros de historia, la seguridad impertérrita con que sus autores establecen lo ocurrido hace milenios me produce una invencible sensación de incredulidad. ¿Cómo es posible reconstituir un pasado remoto si incluso el más reciente aparece sembrado de tantas incertidumbres y dudas? La opacidad del destino de una buena parte de mi familia es una perfecta ilustración para mí de la impotencia en descubrir y exhumar al cabo de pocos años la realidad tangible de lo que ha sido.

Juan Goytisolo / “Coto vedado”