41 y 42 W. Landowska y Leon Tolstoi
Wanda Landowska y León Tolstói

I

Bondad, generosidad, inteligencia, forman un todo; es un error calificar de bondadoso a una persona cuando su bondad no va acompañada de otras cualidades afines inseparables; las más de las veces esta bondad meramente superficial esconde una pasividad en alto grado egotística, unida a una cobardía y falta de sinceridad que espanta.

No puedo estar más de acuerdo con estas palabras de Isaac Albéniz, escritas en Tiana, el 4 de septiembre de 1903. Siempre he asociado la inteligencia a la sensibilidad, apartándome todo lo posible del concepto pragmático de inteligencia que usan los hombres para hacer la guerra (el soldado Manning, por poner un ejemplo tomado al azar, estaba asignado al Cuerpo de Inteligencia Militar en Afganistán).

Ayer hubo un concierto en el Centre Social de Ordis, en el que tocaba el grupo de mi hijo. Gin&theTonics estuvo muy bien, a pesar de que llevaban tres meses sin tocar juntos. Estrenaron un tema de Santana, tocaron otro de Noséquién (soy un desastre para recordar nombres) que empieza con un solo de guitarra y acaba con un crescendo de voz que me encantó. Se les notaba un poco desentrenados, pero atesoran una calidad de la que no sé si son conscientes del todo.

Max estuvo nervioso toda la tarde de ayer, luego tocó, disfrutó y volvió a ser encantador.

¡Los artistas son muy raros!

No he comentado que los músicos cobrarán según las consumiciones que hizo el bar. Aparte de un grupo de ingleses, como siempre divertidos y vociferantes cuando salen de su isla, que están pasando unos días en la casa de turismo rural de los padres del bajista de G&T, había cuatro gatos. Eso sí: entregados a la causa.

Luego actuó Póker, una formación de cuatro sujetos de Milwaukee, Iowa y Montana que nacieron por accidente en Sant Llorenç de la Muga y alrededores. Muy buenos. Tocaron clásicos americanos -rock, blues y algo que me pareció folk, pero muy marchoso- con un inglés más que aceptable, según nuestros amigos ingleses. Yo me quería ir, era tarde y estaba cansado, pero me regalaron grandes dosis de adrenalina musical y no pude moverme. Al tercer tema casi lo conseguí, pero una buena versión de Losing my Religion, de REM, me pilló en el vestíbulo, con la chaqueta y la gorra puestas, y me hizo entrar de nuevo, pedir otra cerveza y sentarme junto a Helen y Francis, padres de Dom, el bajista.

Media hora más tarde estaba un poco aturdido por los decibelios y el alcohol pero contento, más descansado que cuando llegué. Entonces uno de los tipos de Milwaukee invitó al escenario a un sujeto de mediana edad, delgado, con chupa de Decathlon y sombrero tejano de cuero, anunciándolo como un virtuoso de la guitarra y un bluesman enorme. ¡Tenía razón! Nos saludó a todos con un catalán de la zona de Figueres y se arrancó con un tema trepidante, con el micro pegado a la boca, las piernas un poco separadas, la guitarra ladeada y una calidad (y cantidad) de voz sorprendente. Max se sentó un rato a mi lado, sonriente, Francis estaba enloquecido y los cuatro gatos enfervorizados. Tres temas más tarde invitaron también al escenario al Facu, un guitarrista argentino que vive en la zona; hace años que lo conozco, de cuando Max y sus amigos soñaban con tocar algún día en un escenario y seguían a los cuatro locos maravillosos que se dejan la piel en escenarios de carreteras secundarias con un público casi inexistente.

Como ayer, estos chicos nos brindaron una noche memorable; se esforzaron, disfrutaron, cantaron y gritaron, nos ofrecieron lo mejor de sí mismos a cambio de nada: cuatro cervezas mal contadas.

Los artistas son raros y admirables.

II

Una de mis hermanas ha dedicado buena parte de su vida a la ayuda humanitaria, viajando con Médicos Sin Fronteras por medio mundo y llevando su compromiso hasta la ciudad en la que vive, donde colabora activamente en programas sociales. Yo me dedico a la cultura. No hay dos sin tres, todo es importante. Daniel Barenboim hace una extraordinaria labor combinando su compromiso político y social con el arte, con su orquesta de jóvenes israelíes, palestinos, egipcios, sirios, libaneses y jordanos.

La cultura es una gran familia, con una tupida red de complejos lazos que nos relacionan unos con otros, salvando distancias y accidentes geográficos, atravesando océanos y cordilleras, superando diferencias tribales, etnias, lenguas, filosofías, profesiones, épocas, gustos, pasiones, amores y desamores. Refuerzan los vínculos probables y hacen posibles los que parecían imposibles; y nos ofrece un lugar, a todos los interesados, para ser arte y parte de algo que tiene que ver con el destino de la humanidad.

Lo mismo sucede con cada una de sus disciplinas: música, literatura, filosofía, mecenazgo, egiptología, pintura, metafísica, ciencia y fotografía. En medio de la multitud sobresalen algunos nombres: Heráclito, Beethoven, Rothko, Llull, Eugenio Trías, Miles Davis, Pablo Picasso y Joan Miró; Parménides, Montaigne, John Lennon y Paul Auster; Vermeer, Khansweiler, Sibelius, Jim Jarsmush y Eric Clapton; Eduardo Chillida, Hannah Arendt, Gabriel García Márquez, Oteiza y Gregory Perelman; Ray Charles y Leonard Cohen; Johan Sebastian Bach, Albert Einstein, Borges y Richard Wagner, entre muchos otros.

De todos los nombres que acabo de escribir, de manera automática, no veo que haya el de ningún político. No se me ha ocurrido ninguno. Ahora que lo pienso, hubiera estado bien incluir a Cicerón. En cambio, me han venido a la cabeza multitud de personas anónimas que disfrutan mucho con ellos (me refiero a los creadores, no a los políticos, naturalmente). Siempre he dicho que puede ser tan importante contemplar un cuadro como pintarlo.

Y, enfocando un poco más de cerca a uno de ellos, Isaac Albéniz, y una disciplina, la música, aparece otra intrincada red que sabemos dónde empieza, pero no dónde acaba: Claude Debussy, Darío de Regoyos, Anglada Camarasa, Alicia de Larrocha, Jim Morrison, Blanca Uribe, Ramon Casas, Zuloaga, Paloma O’Shea, Pichot, Luis Fernando Pérez, Rosa Torres-Pardo, Brull, Jacques Stella, Luis Grané, Jorge de Persia, Plácido Domingo, Wolfgang Amadeus Mozart, Fauré, Chausson, Walter Aaron Clark, Pau Casals, Arbós, Torres Mulas, Von Karajan, un estudiante de música de Kadajistán y Wanda Landowska.

Albéniz, pese a su falta de educación formal, hablaba con fluidez español, francés, inglés, italiano y catalán, sabía algo de alemán y era leído. Su biblioteca incluía novelas de Daudet y Flaubert, los escritos de Berlioz y las obras de Voltaire, Byron, Hugo, Racine, Corneille, Musset, Molière, Balzac, Platón, Louÿs, Maeterlinck, France, Plutarco, Shakespeare, Goethe y Schiller (estos dos últimos en traducción francesa). También leía libros de sus compatriotas, algunos de ellos colaboradores suyos que le escribían dedicatorias en los volúmenes. Rusiñol, Feliu i Codina, Guimerà y Serrano están representados. (Isaac Albéniz, retrato de un romántico, de W.A. Clark).

Detrás de cada uno de estos nombres hay un sentimiento, que es lo único que en realidad importa. Antonio Muñoz Molina, en una entrevista a Pablo Heras-Casado (El País Semanal, 7 de febrero de 2016), explica la emocionante relación entre el director de orquesta y los autores que interpreta:

“… En San Petersburgo dirigió Chaikovski y Rachmaninov con la orquesta del Teatro Mariinsky, invitado por Valery Gergiev, y unos días más tarde hizo el Concierto para cello de Elgar con la London Symphony en Londres. Dice que lo que más le gusta de la música es su arraigo en la vida y en los mundos reales en los que surgió. Después de dirigir un vendaval de sinfonismo ruso se dio un largo paseo de media noche por San Petersburgo, por las avenidas resplandecientes y desiertas bajo la nieve. La primera vez que estuvo en Viena se internó en un parque tan espeso y grande como un bosque y entendió el sentido de la naturaleza entre exaltado y sombrío de los compositores alemanes. El pulso sincopado de la música americana le da alas en los pies cuando camina una mañana por Nueva York con unas zapatillas de deporte. Después de tantos años estudiando las polifonías italianas fue a Venecia, y al entrar en San Marcos comprendió mejor a Monteverdi y a Gabrieli escuchando la sonoridad de los pasos y de los murmullos bajo aquellas cúpulas de mosaicos, viendo el juego de la luz de las velas en los oros y en los azules. Un día, a la orilla de un lago suizo, oyó unos sonidos de trompas que venían de un bosque, las waldhorns tradicionales de los Alpes: le pareció que sonaban en una de esas brumosas distancias orquestales de Bramhs o Wagner.”

Esto es lo que oyen entre líneas los afortunados espectadores que asisten a sus conciertos.

Wanda Landowska es al clavecín lo que Pau Casals fue para el violoncello, para entendernos. En esta foto, dedicada a Vicente Alzamora, gran aficionado a la música, aparece nada menos que con León Tolstói, estableciendo un vínculo entre Guerra y Paz y Granada, entre Rusia y Camprodón. Landowska, de paso por Mallorca, tocó el Bechstein de mi abuela Enriqueta, esposa de Don Vicente, y lo mismo hizo Pura Lago, una pianista gallega que en 1933 colaboró con Federico García Lorca en el montaje de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, estrenada el 5 de abril de este año en el Teatro Español de Madrid por el Club Teatral de Cultura, bajo la dirección del propio García Lorca y música de Sacarlatti, ejecutada al piano por ella misma, en directo.

Todo eso es cultura.

III

Tras el estreno en 2010 de Suite Albéniz, un espectáculo con Rosa Torres-Pardo interpretando música de Isaac Albéniz y José Luis Gómez declamando poemas de Luis García Montero, escritos para la ocasión, la pianista dijo que después de oír al actor recitando al poeta no podía tocar Lavapiés de la misma manera que lo hacía antes.

Me pregunto si le pasaría algo parecido tocando delante del Árbol de la ciencia, un mural de casi ocho metros de largo por dos de alto que pinté en 2015, en homenaje a la obra homónima de Ramon Llull. Sobre un fondo rojo rothko, aplicado a su vez sobre un fondo de color índigo caligrafiado, destaca la silueta del árbol. Cada rama representa una disciplina, pero sólo hay un tronco. Todo en la obra de Llull remite a la unidad. La caligrafía se hace especialmente visible en su interior y se adivina en el resto del mural, simbolizando el saber escrito y transmitido. La atmósfera roja es infinitamente más extensa que el perfil oscuro del árbol, porque lo que desconocemos es casi todo y lo que sabemos casi nada. Es lo que hay.

Este rojo tiene una calidad especial, si se me permite decirlo, y abraza cualquier cosa que tenga delante. Recuerdo que en una exposición que hice en 2009, en la Galería Km7, en Saus, Gerona, organizamos un concierto con un trío acústico formado por Cristina Comaposada (voz y flauta travesera), Dom Weir (bajo) y mi hijo Max (guitarra). Se colocaron delante del Tríptico Rojo Rothko, que es la mitad de grande que el mural dedicado a Llull, y creo que esta singular escenografía aportó algo significativo.

Ahora, en octubre de 2017, en el fragor de la batalla entre nacionalismos de distinto signo que se está librando en Cataluña (y en España, porque no me cansaré de repetir que lo que es bueno para una lo es también para la otra) ha llegado el momento de que la cultura tienda puentes de entendimiento y concordia. Es lo que podemos hacer. Creo que es lo que debemos hacer. En este contexto rescato esta idea de un concierto de música con acento español compuesta por compositores catalanes, como Isaac Albéniz y Enrique Granados, interpretada por una pianista madrileña, Rosa Torres-Pardo, sobre un fondo escenográfico inspirado en Ramon Llull.

Lo que aportan Albéniz y Granados a nuestra cultura común ya lo conocemos. La Suite Iberia y Goyescas hablan por sí solas. Ramon Llull, por su parte, es un pensador con una influencia decisiva en el pensamiento europeo desde el siglo XIII hasta nuestros días. Influyó, por ejemplo, en Leibniz y en Newton, pero también en Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial, que aplicó la lógica matemática luliana en su diseño. Llull es mallorquín, catalán, contemporáneo de Alfonso X el Sabio y vivió en un momento histórico de una tolerancia extraordinaria, en el que árabes, judíos y cristianos convivían con relativa normalidad y discutían públicamente sus diferencias. Sin violencia. Con argumentos.

El mensaje es claro: el respeto a la diferencia, porque nos enriquece culturalmente y nos hace mejores personas.

Todo esto es muy bonito, a lo mejor incluso es verdad, pero a mí, en realidad, lo que verdaderamente me interesa es colgar el mural y poner un piano de cola delante, y unas manos que acaricien sus teclas, y esperar que el sonido se mezcle con el color, a ver qué pasa. Más o menos lo mismo que le sucede a Eduardo Arroyo, el autor de la imagen gráfica de Suite Albéniz, que dibujó un maravilloso retrato del compositor que se sostiene por sí solo, sin necesidad de contexto. Y me atrevería a decir que a Luis García Montero lo que le emocionó, por encima de otras consideraciones relativas al guión del espectáculo, fue oír este bello poema

Al pie de la ventana / las ciudades parecen una amante dormida / bajo el sol de la tarde.

Se desnudan los mapas como un cuerpo, / porque los mapas siempre tienen prisa, / no saben esperar, / se abrazan a los ojos de quien está mirando.

Europa mueve nombres de ciudades / para entender al mar que mueve caracolas. / Me acerco nombres al oído, / los paisajes ocurren, y se oye la niebla, / el sol en los tejados, / las huellas en la nieve. / Londres, París, Bruselas, Budapest, / tan cerca de mi oído el oleaje / de los teatros llenos, / los salones con lámparas de araña, / las sillas y las cúpulas / que aprenden a esperar bajo la lluvia / minuciosa del Norte.

Hoy acerco mi oído a Barcelona.

Al pie de la ventana / vivo la juventud dentro de un sueño.

Y la ciudad parece una amante dormida.

recitado por José Luis Gómez, con música de fondo de la Suite Iberia interpretada por Rosa Torres-Pardo, que disfrutó cada minuto de la función. Todo lo demás es accesorio.

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MONTAJE 2 (copia)

Tras el estreno en 2010 de Suite Albéniz, un espectáculo con Rosa Torres-Pardo tocando música de Isaac Albéniz y José Luis Gómez declamando poemas de Luis García Montero, escritos para la ocasión, la pianista dijo que después de oír al actor recitando al poeta no podía tocar Lavapiés de la misma manera que lo hacía antes.

Me pregunto si le pasaría algo parecido tocando delante del Árbol de la ciencia, un mural de casi ocho metros de largo por dos de alto que pinté en 2015, en homenaje a la obra homónima de Ramon Llull. Sobre un fondo rojo rothko, aplicado a su vez sobre un fondo de color índigo caligrafiado, destaca la silueta del árbol. Cada rama representa una disciplina, pero sólo hay un árbol. Todo en la obra de Llull remite a la unidad. La caligrafía se hace especialmente visible en su interior y se adivina en el resto del mural, simbolizando el saber escrito y transmitido. La atmósfera roja es infinitamente más extensa que el perfil del árbol, porque lo que desconocemos es casi todo y lo que sabemos casi nada. Es lo que hay.

Este rojo tiene una calidad especial, si se me permite decirlo, y abraza cualquier cosa que tenga delante. Recuerdo que en una exposición que hice en 2012, en la Galería Km7, en Saus, Gerona, organizamos un concierto con un trío acústico formado por Cristina Comaposada (voz y flauta travesera), Dom Weir (bajo) y mi hijo Max (guitarra). Se colocaron delante del Tríptico Rojo Rothko, que es la mitad de grande que el mural dedicado a Llull, y creo que esta singular escenografía aportó algo significativo.

Ahora, en el fragor de la batalla entre nacionalismos de distinto signo que se está librando en Cataluña (y en España, porque no me cansaré de repetir que lo que es bueno para una lo es también para la otra) ha llegado el momento de que la cultura tienda puentes de entendimiento y concordia. Es lo que podemos hacer. Creo que es lo que debemos hacer. En este contexto rescato esta idea de un concierto de música española compuesta por compositores catalanes, como Isaac Albéniz y Enrique Granados, interpretada por una pianista madrileña, Rosa Torres-Pardo, sobre un fondo escenográfico inspirado en Ramon Llull.

Lo que aportan Albéniz y Granados a nuestra cultura común ya lo conocemos. La Suite Iberia y Goyescas hablan por sí solas.

Ramon Llull, por su parte, es un pensador con una influencia decisiva en todo el pensamiento europeo, desde el siglo XIII hasta nuestros días, como bien saben los alemanes, un pueblo enamorado de la cultura que le dedica los estudios más rigurosos sobre su portentosa obra. Influyó, por ejemplo, en Juan de Herrera, arquitecto de El Escorial, que aplicó la lógica matemática luliana en su diseño. Llull es mallorquín, catalán, contemporáneo de Alfonso X el Sabio y vivió en un momento histórico de una tolerancia extraordinaria, en el que árabes, judíos y cristianos convivían con relativa normalidad y discutían públicamente sus diferencias. Sin violencia. Con argumentos.

El mensaje es claro: el respeto a la diferencia, porque nos enriquece culturalmente y nos hace mejores personas.

No sé, algo falla. ¡Es demasiado bonito! La pintura y el piano sí, encajan, pero todo lo demás es accesorio. Cuando lo colectivo es abrumador, sólo cabe una respuesta individual.

Albéniz le escribió a su hermana Clementina, en 1898, después de la pérdida de Cuba, estas líneas: “Excuso decirte el estado de nerviosidad en que me hallo con motivo de las cuantiosas desdichas que sobre nuestro malaventurado país están cayendo. ¡Qué remedio tiene! ¡No hemos corregido, no nos corregiremos jamás! El chauvinismo mal entendido nos ciega de tal modo que nuestras faltas nos parecen virtudes y nuestra crasa ignorancia ciencia infusa. Dame noticias vuestras, pero no me hables una palabra de la cosa pública, pues he decidido ignorar lo que pase y lo que pasará en España”.

Sabio consejo. Tengo telas que terminar, proyectos en los que pensar y textos que escribir. Lo único que de verdad me interesa, en realidad, es colgar el mural y poner un piano de cola delante, y unas manos que acaricien sus teclas, y esperar que el sonido se mezcle con el color, a ver qué pasa…

59-la-antihistoria-del-arte-contemporaneo

Oiga doctor, devuélvame la depresión – cantaba Joaquín Sabina en 1987 – no ve que los amigos se apartan de mí / dicen que no se puede consentir esta sonrisa idiota // Oiga doctor, que no escribo una nota, desde que soy feliz // Oiga doctor, devuélvame la depresión / déjeme como estaba, por favor.

Yo estaba muy tranquilo con mi inseguridad aterradora de estos últimos meses. En el estudio no me salía nada. Crisis total. Era estupendo. Lo intentaba, de veras que sí, pero todo lo que me salía eran cosas conocidas. Meninas con gestos familiares, rojos rothko predecibles, dameros impecables, me esforzaba en dar con la tecla correcta para que la obra me dijera algo que yo ignorara. Si no me sorprende a mí, ¿cómo va a sorprender a los demás?

Hace unos días conseguí, por fin, pintar una tela de 162×130 cm que titulé Si es música.

Luego, se me cruzó en el camino el uno de octubre.

Confusión, exaltación, adrenalina, indignación, sobredosis de información. Poca reflexión. De verdad que intenté pensar con serenidad, pero sólo conseguí apresurarme. Los de allí intentan explicarnos lo que pasa aquí, mientras que los de aquí no conseguimos explicar bien lo que nos está pasando. ¿Lo entendéis? Yo tampoco. Hace unos días nos entendíamos bien.

¿No será que no tenemos claramente identificado al enemigo? Estoy seguro que mis amigos de allí no son mis enemigos, y espero que ellos me den un voto de confianza, como han hecho siempre.

¿Entonces?

Mi ordenador es un Samsung bastante atrotinado y mi teclado es un Microsoft que provoca en mis hijos una sonrisa, cada vez que lo ven. Pero mis dedos lo conocen bien y buscan entre sus teclas una palabra que pueda unirnos de nuevo. De momento salen dos enemigos potenciales: Gobierno y Monarquía. Suso del Toro escribió hace unos días que la Transición no acabó con el franquismo, lo reformó. Ahora sale FRANCO, por fin. Y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Una amiga internauta, española residente en Bélgica, escribe en Facebook: Sembremos concordia, diálogo, amistad, puentes…

No esperemos con los brazos cruzados que los políticos lo hagan. No lo harán.

Los que estamos en el mundo de la cultura tenemos la misión, y quizás el deber, de tender estos puentes de los que habla mi amiga, por medio de acciones, conciertos, exposiciones, publicaciones y perfomances que muestren lo que nos une, ¡que es muchísimo!

Recuerdo con añoranza al mundo del cine denunciando la Guerra de Irak y a aquellos jóvenes premiados por sus resultados académicos negándole el saludo al Ministro de Educación, aquel que quería españolizar a todo bicho viviente.

The Doors, con Jim Morrisson al frente, tocaron una versión de Asturias, de Albéniz, titulada Spanish caravan. La cultura tiene estas cosas, lo mismo reúne compañeros de viaje inimaginables como denuncia los excesos de gobiernos corruptos e insensibles.

Me gustaría montar en Tabacalera, en el barrio de Lavapiés de Madrid, La escalera del conocimiento, la exposición sobre Ramon Llull que inauguré el año pasado en la Fundació Vila Casas, porque Llull es mallorquín, catalán, contemporáneo de Alfonso X el Sabio y una figura clave del pensamiento europeo, como muy bien saben los alemanes, que lo estudian con la atención que merece.

Sería estimulante asistir a un Concierto para la Concordia y contra el Franquismo, donde Sabina pudiera interpretar el tema que abre esta crónica, Serrat Mediterráneo y Llach L’Estaca, para denunciar y tratar de erradicar este virus letal que ha envenenado una vez más nuestra convivencia. Y que los políticos, alentados por este ejemplo, hagan, por fin, su trabajo: se sienten, dialoguen y lleguen a acuerdos respetuosos y seductores para los ciudadanos.

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Foto Maria Alzamora

El uno de octubre, a pie de calle, las cosas se veían de otra manera. No existen peligrosos activistas, ni manipuladores expertos en lavados de cerebro, sólo un pueblo que lucha pacíficamente por recobrar su dignidad, pisoteada por el franquismo. Entre tanta tensión, alguien encontró en una gasolinera un cachorro abandonado, atado con un alambre a un poste. El pobre animal había forcejeado y el alambre se había enredado, dejándole prácticamente inmóvil, al borde de la asfixia. Lo recogió una pareja y lo trajo a la plaza donde custodiábamos el Santo Grial, la urna, y el cachorro acabó finalmente en nuestras manos.

Bienvenido a casa, Brownie.

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Foto Maria Alzamora

Pasadas las seis de la mañana me dirigí al estudio, situado a veinte metros de mi casa, con un café humeante en la mano. Vi gente en la plaza del Ayuntamiento, saludé alzando la mano y seguí mi camino. Un cuarto de hora más tarde fui a ver qué pasaba. Un grupo de unas veinte personas, con la alcaldesa al frente, hacía guardia para que la policía no cerrase el colegio electoral. Amanecía el uno de octubre.

Alrededor de las nueve salí a pasear con Molly y me crucé con un vecino. Iba con una pick-up y frenó, abrió la ventanilla y me preguntó qué pasaría. Dos palabras más tarde se le quebró la voz y lloró de emoción. También lo hizo Piqué, en televisión. Este sentimiento no se puede manipular, por mucho que insistan desde fuera de Cataluña. Este movimiento reivindicativo (más que independentista, aunque ésta sea su consecuencia directa) va de abajo a arriba. Ni Puigdemont ni Junqueras tienen poder para crear este estado de opinión, a lo máximo que pueden aspirar es a gestionarlo.

Por contra, la represión policial es piramidal, va de arriba a abajo. Un gobierno neofranquista, corrupto e insensible, responde a los argumentos con golpes.

Pasamos toda la jornada con el temor de si vendrían o no, con gente destacada en los cruces más importantes para que nos avisaran con tiempo suficiente para organizar el escudo humano que pensábamos interponer entre la Guardia Civil y la urna, convertida en un Santo Grial que había que proteger a toda costa. Formábamos parte de algo.

Es difícil explicar que lo que es bueno para Cataluña también lo es para España. Que España no quiere una Cataluña sumisa, necesita una Cataluña enamorada.

Lo que se está dirimiendo ahora mismo es el fin del franquismo, y esto es bueno para todos.

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Foto Maria Alzamora

Si lo he entendido bien esta historia empieza en 2011, cuando Ricardo Llorca daba clases de composición en la Juilliard School, de Nueva York, y cada día, camino de la escuela, pasaba cerca de la acampada de los Indignados en Wall Street. Y casi cada día escuchaba una batucada. Decidió que algún día haría algo con este material, fascinado por la capacidad de transmisión de este sonido primitivo, atávico, que va directo al estómago. Una llamada a los orígenes, al margen de la sofisticación intelectual que, a veces, nos engaña.

“Esto no es una crisis, ¡es una estafa!”, clamaban los indignados de medio mundo.

Todos los creadores son obsesivos (unos más que otros, diría Orwell) y el sábado por la tarde, en el Palau de la Música de Barcelona, una batucada de ocho miembros irrumpió con estrépito por el patio de butacas y, ante la estupefacción general, se instaló en el escenario, entre los componentes de la Orquestra Simfònica del Vallès, bajo la circunspecta mirada del busto de Beethoven, situado debajo de una alegoría wagneriana esculpida por Diego Massana y Pablo Gargallo a principios del siglo XX en el marco derecho del proscenio. También había un coro y un grupo de percusionistas experimentales, si se les puede llamar así. En el escenario estaban más apretados que en la platea.

Siempre me fijo en los extremos de las orquestas. Me inspiran ternura y respeto. En este caso eran violinistas de distintas generaciones. ¿Qué harían el resto de los componentes, director y solistas incluidos, sin su protección? Los arropan, los protegen, están ahí, pueden confiar en ellos.

La mayor parte de lo que verdaderamente me interesa sucede en los límites de la sociedad, en los márgenes del mercado. En la periferia de la actualidad.

La excusa que propone Ricardo Llorca para esta insólita colaboración se llama Borderline, como no puede ser de otra manera, y la interpretó la OSV, dirigida por James Ross, un tipo encantador, con pantalón de pana marrón y polo de manga larga azul oscuro, con el inestimable concurso de Rosa Torres-Pardo al piano, que iba de negro, con un luminoso pañuelo de seda rojo alrededor del cuello. Fantástica combinación de sonidos y estilos. Desde el traje largo (negro, por supuesto, que vestía una violinista de larga cabellera rubia que era una réplica exacta de Daenerys, de Juego de Tronos), hasta la sudadera y la gorra de béisbol, pasando por el tejano y la camiseta negra reivindicativa. Traducido a lo musical: un toque de minimalismo sinfónico con intérpretes convencionales, un grupo de percusionistas atípicos, a touch of class a cargo de la pianista, una solista de lujo, que aportaba melodía como contrapunto a la música contemporánea, y la sorpresa de la velada: la batucada.

El programa lo completaba la Novena Sinfonía de Beethoven. Me sorprendió que la batucada se quedara en el escenario. Pero lo hizo. James les invitó a tocar con ellos. Apareció cuando la obra amenazaba con olvidarse de ella y aportó, cada vez que intervino, contundencia, precisión y una energía difícil de obtener por los cauces tradicionales.

La segunda parte de la Novena fue apoteósica. Adagio molto e cantabile. Finale. Presto. Allegro assai. Como no cabían en el escenario (es un decir) dos grupos del coro se instalaron detrás del público lateral del primer anfiteatro, a ambos lados, consiguiendo un sonido cuadrofónico espectacular. Los batucos acudieron, fieles a la cita. Deberían estar en nómina. James Ross no quería que bajáramos de allí donde nos había enviado y nos regaló un Himno a la Alegría emocionante, rematado por un inevitable Els Segadors, con la que está cayendo, coreado por buena parte del público.

Me imagino al joven alto, con barba y moño, el de la sonrisa relumbrante, ligando con una chica en un bar musical del Born y explicándole que es miembro de Brincadeira, un grupo de batucada. Ella asiente, interesada, el chico le gusta, mientras se acaricia distraídamente el piercing del labio inferior con la mano izquierda. Llevamos más de diez años tocando juntos, le explica, abusando de su sonrisa, no sólo en Barcelona. Hemos viajado por media España y por parte de Europa. ¡Incluso hemos tocado en el Palau! ¿En el Palau? Sí, dice Marc con parsimonia, tocamos música contemporánea con Rosa Torres-Pardo y la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica del Vallés, con un lleno total.

El hombre que obró el milagro de llevarlo desde una cancha de baloncesto del sur de Manhattan al escenario del Palau se llama Ricardo. Acaso sea también el responsable de lo que está a punto de pasar entre la chica del piercing y Marc.

 

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Joseph Conrad se llamaba en realidad Józef Teodor Konrad Korzeniowski. Perdió a su madre a los siete años, de tuberculosis, la misma enfermedad que se llevó a su padre poco tiempo después. Antes de morir, el padre, un intelectual bohemio y apasionado, quemó uno a uno todos sus escritos: las comedias satíricas, los ensayos y los poemas, en una escena desgarradora que su hijo no olvidó jamás. Sólo Dios sabe cuánta pasión, trabajo y esperanzas alimentaron cada una de aquellas páginas consumidas por el fuego.

La obra de un hombre es un universo y destruirlo un acto de un simbolismo estremecedor.

Quizás ésta sea la razón por la que Conrad, años más tarde, adoptó el inglés (que pronunciaba fatal) para escribir su portentosa obra. Porque su padre quemó, una a una, todas las palabras de su lengua materna.