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Joseph Conrad se llamaba en realidad Józef Teodor Konrad Korzeniowski. Perdió a su madre a los siete años, de tuberculosis, la misma enfermedad que se llevó a su padre poco tiempo después. Antes de morir, el padre, un intelectual bohemio y apasionado, quemó uno a uno todos sus escritos: las comedias satíricas, los ensayos y los poemas, en una escena desgarradora que su hijo no olvidó jamás. Sólo Dios sabe cuánta pasión, trabajo y esperanzas alimentaron cada una de aquellas páginas consumidas por el fuego.

La obra de un hombre es un universo y destruirlo un acto de un simbolismo estremecedor.

Quizás ésta sea la razón por la que Conrad, años más tarde, adoptó el inglés (que pronunciaba fatal) para escribir su portentosa obra. Porque su padre quemó, una a una, todas las palabras de su lengua materna.

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septiembre 09
Damero / 2004

Marcel es el excéntrico propietario de un bed and breakfast, sin breakfast, en el centro de Amsterdam, que responde al estupendo nombre de Marcel´s creative room. Es artista, claro. Nos habla con entusiasmo de una de sus pasiones de Amsterdam: el Stedelijk Museum, el museo de arte contemporáneo de la ciudad. Con expresión apesadumbrada nos informa que lo están remodelando desde hace mucho tiempo (¡demasiado!) y su extraordinaria colección permanece por lo tanto oculta a los ojos del público. Pero nosotros somos afortunados: acaban de abrir unas pocas salas para un reducido número de visitantes diarios. Doscientas personas, añade con excitación, doscientos privilegiados pueden asomarse a este mundo fascinante de la creación contemporánea.

Llegados al hall del Stedelijk, un educado joven nos explica que lo único que podremos ver es una exposición de arte conceptual y unas cuantas salas vacías del edificio, en fase de remodelación. Sospecho que lo hacen por una cuestión legal, no sea que después la gente les demande o exija la devolución del precio de la entrada. La verdad es que pagar diez euros por ver un vídeo en el que tres campesinas ucranianas gesticulan al unísono siguiendo las órdenes de un operador invisible es excesivo. Una vez más constato el increíble desequilibrio entre el continente y el contenido, entre el coste de las obras y lo que exponen en esta escenografía tan cuidada.

Lo que sucede a continuación es curioso: las salas vacías son mucho más interesantes conceptualmente que las otras. Después de ver aquellas frivolidades el vacío es de lo más sugerente. El espacio tiene calidad, las salas están bien proporcionadas, la madera del suelo respira mientras la luz de la mañana entra limpiamente y se refleja sobre el barniz del entarimado. Los escasos visitantes navegan por el improvisado damero diseñando jugadas espaciales. Ahí un alfil, alto, delgado, atraviesa el espacio en diagonal; en el marco de una entrada entre dos salas un vigilante uniformado no le quita el ojo de encima y da dos pasos a su izquierda, enfilando de paso la casilla de la Reina; un poco más allá una figura solitaria mira de soslayo a Teresa, que está, inmóvil, a la distancia exacta del salto del caballo, considerando si vale la pena comérsela o ir hacia otro lado. Afortunadamente opta por darle la espalda y mirar por la ventana; lo que no advierte es que dos peones, disfrazados de inocentes niños rubios, se acercan amenazadores hacia él. Lentamente, por la espalda. Decididos.

¿Será ésta la exposición? ¿Hay una mano invisible orquestando esta pantomima genial? ¿Tiene razón Marcel?

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Foto Maria Alzamora

“En griego, la palabra psique significa dos cosas. Dos cosas diferentes pero muy interesantes. Mariposa y alma. Pero si te paras a pensarlo detenidamente, la mariposa y el alma no son tan distintas, después de todo, ¿verdad? La mariposa empieza siendo una oruga, una cosa fea, prosaica, como un gusano, y luego un día la oruga hace un capullo y después de cierto período de tiempo el capullo se abre y sale la mariposa, la criatura más bella del mundo. Eso también le pasa al alma, Archie. Lucha en las profundidades de la oscuridad y la ignorancia, sufre duras pruebas e infortunios y poco a poco se va purificando por el sufrimiento, fortaleciendo por las calamidades que le ocurren, y un día, si el alma en cuestión se lo merece, sale de su capullo y se remonta en el aire como una magnífica mariposa.”

4321 / Paul Auster

Creo que la palabra gnosis también tiene dos significados. No sé si en griego o en arameo. Dos cosas diferentes pero complementarias: conocimiento e intuición, según el contexto o la voluntad del traductor. Yo hace años que opté por un valor intermedio: el conocimiento derivado de la intuición, que me parece más creativo que el puramente empírico, sobre todo a la hora de abordar temas espirituales. Desde mi particular punto de vista, identifico al artista con el gnóstico, mientras relaciono la ortodoxia con el mercado y la moda que, a modo de doctrina, éste promueve y explota.

Hace unos cuantos meses vino un galerista a mi estudio. Su línea de trabajo, si es que puede decirse tal cosa, no tiene nada que ver con lo que yo hago, o pretendo hacer, pero parecía admirar sinceramente mi obra. Le gustó todo, excepto mis precios, que le parecieron ridículamente bajos. Es un hombre al que le gustan las Ferias de Arte. Entrecerró los ojos, hizo una serie de cálculos y concluyó que tenía que vender demasiadas obras para amortizar un stand. Me encanta hablar de arte con entendidos.

No le volví a ver.

Hace años expuse en una galería y en una de mis esporádicas visitas coincidí con un gran coleccionista, amigo mío y, por descontado, del galerista. Hablamos de precios. No de los míos, sino de hay que ver cómo están las cosas. Cité, cómo no, a Antonio Machado: “Sólo los necios confunden valor y precio”, procurando que no se ofendiera nadie. De una cosa pasamos a otra y les comenté una escena recurrente en mi estudio. Viene gente interesada, todo va bien, hablamos de precios, se tuerce el gesto, cito a Machado y acabo diciendo que Barceló (Kieffer, Hirsch, Koons, Kapoor) no es mejor artista que yo y, sin embargo, sus obras cuestan cien veces más que las mías.

Seguramente nos extendimos más de la cuenta, porque acabamos valorando el impacto del mercado y lo peligrosamente cerca que está del fraude generalizado, un poco como la política española, para entendernos.

Pasados unos días, volví a la galería y su propietario me fulminó con la mirada. Me explicó, muy disgustado, que estaba tratando de venderle a nuestro común amigo un Barceló y que la conversación que sostuvimos le desanimó.

Corolario. Soy un gnóstico. Para sacar adelante mis proyectos creativos necesito un galerista y un editor, y también alguien que se ocupe de la comunicación – un marchante y un agente literario -, pero no tengo nada de todo esto, porque soy un outsider. Criticar el mercado, como hago habitualmente escribiendo, o hablando un poco más de la cuenta, como hice con aquel coleccionista importante en presencia de un intermediario cualificado, no es la mejor manera de hacer amigos, aunque lo que me motive sea una desesperada necesidad de salvar el mundo de la cultura de los mercaderes que ponen en peligro su credibilidad. La independencia tiene un precio y en mi caso, como decía aquel entendido, es ridículamente bajo, no importa que mi trabajo sea bueno, incluso muy bueno.

El mercader insiste, una y otra vez, en que los artistas que he mencionado están “consagrados”, palabra peligrosísima, porque si el mundo del arte no es un foro de debate no es nada. Y, añade, son valores contrastados. Esto último es más coherente con su enfoque profesional, aunque también sea cuestionable.

Lo que no está tan claro es quién es gusano, capullo o mariposa. El tiempo lo dirá.

 

Bueno sí, escribo. De lo demás, de lo que me da de comer y donde tengo un cierto reconocimiento y un prestigio que mantener, estoy desconectado. Claro que todo esto son tonterías; escribir, pintar, hacer escultura, todo es la misma cosa. Pero está claro que no encuentro la pintura que busco y que no tengo medios para desarrollar la escultura que me gustaría hacer, que es grande, ambiciosa y con un coste de realización elevado. He perdido el lenguaje plástico, a cambio de un discurso narrativo. “Donde acaba la imagen empieza la filosofía”, le dice Narciso a Goldmundo, en el maravilloso libro de Hermann Hesse que lleva sus nombres en el título. ¿Me he convertido en un filósofo?

 

 

Debería estar buscando un lugar adecuado para montar de nuevo La escalera del conocimiento, de Ramon Llull. El Yorkshire Sculpture Park, por ejemplo, con el sugestivo título The stairway of knowledge, pero lo intenté hace unos meses y todavía sigo esperando una respuesta. Tampoco me importaría repetir en Barcelona, donde estuvo expuesta tres meses en 2016. Es más, me gustaría. O en Gerona, Madrid o Buenos Aires. Y debería también empezar a moverme un poco para exponer en algún lugar, de algún país, para seguir ganándome la vida mostrando lo mejor de mí mismo, que es un raro privilegio.

Pero estoy cansado. Entre noviembre de 2016 y mayo de este año he hecho cuatro exposiciones en lugares tan dispares como Madrid, La Haya, Spa (Bélgica) y el Museu Arxiu de Sant Andreu de Llavaneres, donde me compraron una obra para su colección permanente. He estado en todos y cada uno de estos lugares. En Madrid coincidí con Manuel Salinas, en Holanda conocí a una coleccionista alemana y en Spa una pianista con mucha clase me dijo lo más bonito que he oído este año: “Vraiment, ça touche…!”, delante de una Menina de dos metros de alto, tan elegante como ella misma.

En verdad, no poseemos nada más que nuestras propias sensaciones. En ellas, y no en lo que vemos, hemos de fundamentar la realidad de nuestra vida / Fernando Pessoa

125 sobre el nacionalismo

Estoy a favor del derecho a decidir, pero no soy nacionalista, ni español ni catalán. Ni siquiera europeo. ¿Por qué habría de serlo?

Haciendo un paralelismo con el Arte Contemporáneo, no dejo que cualquiera me de lecciones de modernidad. Con este tema me pasa algo parecido: no me gusta que nadie me de lecciones de españolidad ni de catalanidad. No es más española Esperanza Aguirre que yo, simplemente ella tiene un modelo de España carpetovetónico, trasnochado, monárquico, borbónico (no es exactamente lo mismo, añade una buena dosis de centralismo) e imperialista, gastado por el uso, y yo tengo otro, más moderno, plural y tolerante, donde convivo con Iñaki Gabilondo, David Trueba y el Gran Wyoming, por no hablar de todos los amigos que tengo en Madrid y en Euskadi.

Soy muy poco patriota. Me inspiran una profunda desconfianza las banderas y los himnos. En un hipotético enfrentamiento entre mi país, sea cual fuera, y Francia, primero estudiaría el argumentario y después me posicionaría, no necesariamente del lado que presumiblemente me toca.

Me sorprende un poco (soy un ingenuo) constatar que Rajoy y los suyos son los arquitectos de la Independencia de Cataluña. Sin ellos, nada de esto sería posible. Hasta Junqueras lo admite, cuando dice que en sus primeros años de Universidad los independentistas eran cuatro gatos mal contados. Hasta que llegó Aznar y el neofranquismo catalanofóbico se instaló en el poder con varias mayorías absolutas. A partir de ahí el horizonte se aclaró y se pobló de esteladas. Lo grave es que lo hacen por dos motivos miserables: la mediocridad, palmaria, de su gobierno, y la querencia por el poder. Cataluña es la Guerra de las Malvinas que necesitan para mantenerse ahí arriba. Para que no se hable de la corrupción – delirante y socialmente devastadora – y de la lamentable gestión de gobierno que ésta lleva asociada.

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Primer descarte:

He trabajado mucho estos días en el texto sobre el franquismo. De paso, he seguido al pie de la letra, nunca mejor dicho, el axioma “cómo transformar el dolor en belleza” (entender esto es casi como dar con el sentido de la vida), porque lo he hecho en el marco de una gripe de verano devastadora, que me tuvo cuarenta y ocho horas seguidas sin dormir y me nubló el entendimiento. Hasta el punto – ahora viene la excusa – de que caí en el error de la precipitación y publiqué en mi blog el primer texto que me pareció correcto, como si el dolor de garganta, la fiebre y la tos irritativa fueran los responsables de este fenomenal error de cálculo. ¡El primer intento nunca es el bueno! Aunque la idea parezca excelente. Éste, además, era malo, porque no me había documentado lo suficiente y porque cuando el libro de Javier Cercas explotó en mi cerebro y me abrió nuevos horizontes de percepción se agolparon tantos recuerdos en mi cabeza que quise ponerlos todos. Estos descartes son una buena muestra de lo que quiero decir, la mayoría estaban en aquel primer borrador. Dos días más tarde lo eliminé, como es natural, entre arrepentido y avergonzado (luego, lo trabajé un poco más y lo volví a publicar), porque a estas alturas del partido debería saber que la prudencia es la madre de todas las virtudes y que dejar reposar una obra, del tipo que sea, es una parte ineludible del proceso creativo.

Segundo:

Lo más cerca que había estado nunca de entender el franquismo de mi madre fue gracias a La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda, y al excelente trabajo de Fernando Fernán Gómez y el resto del equipo de esta admirable película, pero ha sido finalmente la historia del tío abuelo de Javier Cercas, un joven llamado Manuel Mena, bellamente narrada en El monarca de las sombras, lo que me ha permitido afrontarlo desde otro ángulo y, si no comprenderlo, porque esto es imposible, porque entre la lucidez y la estulticia hay un abismo insondable, al menos creo haber sido capaz de describir un escenario en el que los protagonistas encajan, cada uno en su papel. A más, no llego.

Tercero:

Durante la guerra mi abuela escondió en su casa a varias personas, perseguidas por sus ideas políticas o por su condición. Entre estas últimas, un pequeño grupo de monjas. Pasados unos días las vistieron con ropas civiles y las maquillaron, para que pudieran salir a la calle e iniciar el largo camino del exilio. Mi madre aseguraba que, a pesar del disfraz, se notaba que eran monjas a cien metros de distancia.

Cuarto:

La medalla parecida a la Cruz de Hierro alemana que mis primos y yo encontramos en la habitación del tío Raimundo, años después de su fallecimiento, estaba concedida al Cabo Don Raimundo Gras Artero, según el documento que la acompañaba, fechado el 5 de junio de 1939 y firmado por Der Deutsche Reichskanzler Adolf Hitler. La tradición oral familiar dice que Raimundo fue propuesto para oficial en varias ocasiones, pero que siempre rechazó el ascenso. También habla de un Regimiento – o Bandera, en el caso de la Legión, que es donde sirvió toda la guerra – valiente e indisciplinado. El caso más conocido es cuando les prohibieron desfilar con el resto del Ejército franquista por la Diagonal, el día que Barcelona fue “liberada”, porque estaban castigados. También recuerdo haber oído hablar de degradaciones, otra forma de sanción, en este caso individual. Teniendo en cuenta que parece probado que fue comandante de carro de combate, cabe suponer que pasó de cabo a sargento y de sargento a cabo con cierta facilidad, sin pasar por oficial por decisión propia, como ya he explicado. Vista su peripecia personal después de la guerra, no es de extrañar que sus superiores desconfiaran de él. Le honra.

Quinto:

Werner Herzog ilustra muy bien la relación entre la Iglesia Católica y el franquismo. En general, con cualquier tipo de poder temporal. Su película Aguirre, la cólera de Dios narra la alucinante epopeya de un grupo de soldados de fortuna españoles en Sudamérica, a mediados del siglo XVI, en la búsqueda de El Dorado. Matan, asesinan, violan y arrasan con todo lo que encuentran a su paso, con la vista puesta siempre en su objetivo: el oro. Uno de ellos ejerce de notario y certifica oficialmente la anexión a la Corona de cualquier territorio por el que pasan, incluidos los pueblos que lo habitan. Es inconcebible, pero todas las potencias europeas lo hacían y sus consecuencias siguen vigentes hoy en día. Porque, que yo sepa, esta aberración legal y, sobre todo, moral, nunca ha sido puesta en tela de juicio. Pero a donde quería llegar es a una escena en la que uno de los soldados tiene remordimientos y acude al cura castrense (otro elemento indispensable en cualquier expedición de este tipo que se preciara) para confesarle sus dudas acerca de los brutales métodos que utilizaban. La respuesta del sacerdote es insuperable: “La Iglesia siempre ha estado al lado de los poderosos, para mayor Gloria de Dios”.

Sexto:

El día que Raimundo volvió a casa, procedente de la guerra, mi madre entró en la cocina y vio una escena que no olvidó jamás. Un legionario, compañero de armas de su hermano, con la camisa verde de uniforme abierta hasta la cintura, enseñaba a un oficial médico, amigo de la familia, cómo pasar (clavar sería mucho más descriptivo, “pasar” era el nombre del juego) un machete enorme, firmemente empuñado con la mano derecha, entre los dedos de la mano izquierda abierta, frente a él, apoyada boca abajo sobre la basta mesa de madera donde la cocinera cortaba patatas y legumbres. De derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Un, dos, tres, cuatro, cinco. Un, dos, tres, cuatro, cinco. Cada vez más rápido. Raimundo le aseguró que había visto a uno fallar, delante suyo, y clavarse el cuchillo sin torcer el gesto, pero no sé si lo hizo para acabar de impresionar a su hermana pequeña, que no daba crédito a lo que había visto.

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Foto Maria Alzamora

Mi madre era lúcida, ocurrente, rápida con la palabra, hasta mordaz, en ocasiones, y muy divertida. Discutíamos mucho sobre el franquismo, porque a mí me parecía aberrante y a ella no. “Soy un estómago agradecido”, solía decir, como si el General le hubiese alimentado todos estos años. Cuando pudo votar siempre lo hizo por los neofranquistas, que han conseguido perpetuarse en el poder hasta nuestros días, “porque son los nuestros”, y cuando le expliqué que el mismísimo Papa de Roma había condenado la Guerra de Irak me acusó de hacer demagogia.

Mi madre no conoció a su padre, quizás por esto su primer y último intento literario empezó con un inolvidable “Cuando yo nací mi madre hacía dos años que había muerto”. José Gras Espona, natural de Manlleu, murió de gripe española en 1918, pocos meses antes de que naciera su hija pequeña. Era industrial textil, con fábrica en L’Hospitalet y oficina en Barcelona. Mi madre contaba orgullosa que él mismo, en persona, abría cada día la fábrica a las cinco de la mañana, como si este gesto lo eximiera de cualquier tipo de responsabilidad social. Lo que no explicaba es que, después de guardarse la llave en el bolsillo, se iba a desayunar con su mujer y luego bajaba a Barcelona, mientras los obreros hacían turnos que hoy nos parecen inhumanos a cambio de sueldos miserables. Las mujeres eran más baratas y los niños se conformaban con unas monedas. Pero así eran las cosas, en aquellos tiempos. La Revolución Industrial continuó el eterno modelo feudal, convirtiendo a los siervos en obreros. Y ahí se fraguó la Guerra Civil Española.

Mi madre era bastante ingenua y muchos años después, pasada una guerra en la que lo perdieron todo (bueno, casi todo, incluido el Hispano-Suiza, el único coche que mi madre distinguía – todos los demás le parecían iguales -, que fue requisado por los Guardias de Asalto), nos contaba que de pequeña la vestían cada mañana y que llegó a creer que el servicio era diferente. Inferior, para expresarlo con claridad. Durante las comidas familiares, nos explicó en otra ocasión, se hablaba de todo: amistades, política, estudios, servicio doméstico, coches (también tuvieron un Elizalde, era gracioso escuchar a mi madre hablar de coches, aunque aquí se acababa su repertorio), delante del personal que les servía, como si no estuvieran delante, reducidos a la categoría de mobiliario. Aquellas sensaciones no duraron mucho, afortunadamente, porque era ingenua, ya lo he dicho, y un poco lenta, pero creció rápido, al ritmo de la guerra, el hambre, el frío y el miedo. También era buena y sensible y, por esta razón, con la perspectiva que dan los años transcurridos entre aquellos hechos y cuando nos los explicaba, a los más íntimos entre los íntimos, porque era una narración en cierto modo vergonzante, le sorprendía sinceramente haber tenido aquella percepción tan injusta y tan poco cristiana de la realidad que la circundaba.

Aquella familia monoparental estaba naturalmente dividida en dos grupos. Los mayores – dos chicos, a los que su madre obligó a estudiar una carrera universitaria, y una chica, que estudió Enfermería – y, a una cierta distancia, los pequeños: Raimundo y mi madre, que estaban muy unidos.

Aquí se abre un resquicio de lucidez en la memoria franquista de mi madre. Un asomo de duda. Cuando estalló la guerra, Raimundo Gras se unió a un grupo de sesenta personas que querían pasarse al bando de los insurgentes, el del General Franco. Sólo lo consiguieron veinte. Acababa de cumplir dieciocho años. El fascismo, por aquel entonces, era deslumbrante y confuso. Eran furibundos antibolcheviques, pero muchos de ellos se consideraban socialistas, como la Falange de José Antonio y el Partido Nacionalsocialista alemán. Mientras tanto, Mussolini definia el fascismo como “la fusión de las grandes empresas con el Estado”, una afirmación sorprendentemente moderna, si uno se toma la molestia de situar a las empresas arriba y al Gobierno abajo. Pero, por encima de todo, defendían el orden, custodiado por el Ejército y gestionado por la nobleza latifundista y las clases enriquecidas por la industrialización, con la bendición de una Iglesia ultraortodoxa y megapolitizada (constantiniana). Los ricos defendían el orden establecido, porque les convenía, y los pobres el orden, a secas, por miedo a perder lo poco que tenían. Siguen haciéndolo hoy, unos y otros.

Cuando acaba la guerra empieza la leyenda de Raimundo Gras, a quién no conocí, pero a quien me hubiese gustado mucho conocer. Murió cuando yo tenía dos o tres años. Hizo toda la guerra en la Legión, en carros de combate, en unidades de choque. Siempre en primera línea. Nos contaron que no quiso ascender a oficial, a pesar de estar propuesto para ello en varias ocasiones, para estar más cerca de sus compañeros, y que su Regimiento era particularmente osado e indisciplinado, hasta el punto de que no les dejaron entrar en Barcelona, el día que fue “liberada”, porque estaban castigados. Esto decepcionó mucho a la familia, como es natural, que le esperaba con enorme impaciencia.

Sus hermanos mayores hicieron la guerra en el bando republicano, como mi padre, simplemente porque estaban en Barcelona y era lo correcto. Luego, evitaron las represalias de los vencedores gracias a sus contactos con las élites franquistas y a que el mayor era médico, y al parecer los Nacionales andaban bastante escasos de recursos sanitarios. En un período de tiempo milagrosamente corto se convirtieron en fascistas de toda la vida.

La llegada de Raimundo a casa de su madre, al día siguiente de la caída de Barcelona, acompañado de unos cuantos compañeros de armas, fue apoteósica. Nunca se había visto mayor disparidad de personajes en aquel elegante Principal del Ensanche, a dos pasos del Paseo de Gracia. Sus hermanos y sus influyentes amigos acabaron confraternizando con ellos, después del primer momento de desconcierto, y brindaron por el final de la guerra, que parecía inminente (por estas fechas mi padre iniciaba el largo y gélido camino que le llevaría al campo de concentración de Argelés). Un curtido legionario, viendo a mi abuela un poco preocupada, le dijo que se relajara, que “la casa de un compañero es sagrada”. Ella le creyó, era de Barbastro y tan recia como cualquier soldado, aunque temía por sus hijas, prudentemente recluidas en sus habitaciones, y fingió que no veía la cantidad de alcohol que circulaba ni escuchó, o fingió que no escuchaba, las expresiones chabacanas, a menudo soeces, que en cualquier otra ocasión la hubieran ofendido seriamente.

Con el final de la guerra llegó la depresión post-parto (el franquismo fue un parto doloroso y sangriento). La primera señal clara de que algo no iba bien fue en la cola del Cine Fantasio. Un individuo alto y malhumorado se enfadó con Raimundo, que acompañaba a sus hermanas, por alguna razón que nadie recuerda, y le gritó: “¡Eres un Rojo de mierda!”. Raimundo, un hombre de cincuenta o sesenta años metido en un cuerpo de veintidós o veintitrés, con una experiencia inconcebible, se giró lentamente y le dijo, mirándole a los ojos: “Yo sí. ¿Y usted?”. Las dos hermanas se miraron aterrorizadas, en aquella época no se bromeaba con estas cosas.

Pocos años después de acabada la guerra celebraron una comida con motivo de su cumpleaños y le regalaron un disco de la Legión. Uno de sus hermanos lo puso en el gramófono y, sonriendo, le felicitó en voz alta, alzando una copa de champagne. Raimundo se quedó rígido, muy pálido, ante la mirada expectante de la familia, que escuchaba la grabación emocionada. Después de unos minutos que se hicieron eternos se puso en movimiento, se dirigió al gramófono, levantó la aguja, cogió el disco, lo rompió en mil pedazos estrellándolo contra el suelo y salió en silencio del salón. Enseguida se oyó el ruido de la pesada puerta de entrada al cerrarse y el de unos pasos ágiles bajando la escalera de mármol, camino de la calle Lauria.

Murió mientras dormía, al desplazarse un trozo de metralla que llevaba alojado en el cuerpo, después de que su carro de combate fuera alcanzado por un obús republicano. Él fue el único superviviente del impacto, probablemente porque era el comandante del carro y su puesto estaba más cerca de la salida de la torreta, aunque se le quedó prendida esta bomba de relojería que acabaría con su vida quince años más tarde.

Mi madre recordaba que recibieron entonces la visita de “la amiga” de Raimundo, y que mi abuela “le permitió” pasar y velar a su hijo, de cuerpo presente, durante un tiempo indeterminado. Fue una escena conmovedora. Me hubiera gustado conocer a esta mujer y la historia de amor que había detrás. Seguramente un clásico: un chico de buena familia con estrés post-traumático crónico y una chica de mala fama. Un privilegiado, pero no tanto, y una desgraciada, pero no tanto, porque sabía aprovechar los buenos momentos que a veces la vida te ofrece para ser feliz.

De niño solía jugar con mis primos en el patio del Principal (vivíamos en distintos pisos del mismo inmueble), y curioseábamos en la habitación del tío Raimundo. Era un conjunto de estilo Imperio de madera blanca, tirando a marfil, con adornos dorados, formado por dos camas con una mesita de noche enmedio y una cómoda, enfrente. En uno de los dos cajones más pequeños, los de arriba, mis primos y yo pudimos ver y tocar, no sin emoción, las medallas del tío Raimundo, incluida una que se parecía mucho a la Cruz de Hierro alemana. Al lado había un documento: “…in namen der Deustchen Reich etc. etc. Gez: Adolf Hitler”.

Mi madre hablaba más del Raimundo de antes de la guerra que del joven prematuramente envejecido que regresó después de combatir cuatro años en condiciones inimaginables. Seguro que él intentó valerosamente aclimatarse a la nueva realidad, pero, como tantos otros, fracasó. Es muy probable que aquella mujer que mi abuela dejó entrar en su casa en un gesto de honradez, una mujer “de moral distraída”, como se decía entonces en tono irónico y, desde luego, clasista, amara a un hombre que su familia nunca llegó a conocer.

Es difícil saber en qué momento un voluntario se olvida de los altos ideales que le llevaron a alistarse y aterriza en una existencia paralela, superficial, inmediata, de proximidad (no encuentro el adjetivo), en cierta manera pasiva, y se sabe estafado, porque no fue a luchar para defender los valores que ahora se le revelan, en tiempo de paz (en realidad, este proceso suele empezar ya en el fragor de la batalla). Y se instala, entonces, en un paisaje carente de sentido, que comparte con otros desgraciados que, como él, sólo se tienen los unos a los otros. Luego, dispersados, se quedan solos con su melancolía.

Yo vi varias veces a mi madre mirar por esta rendija de la Historia y respeté el silencio reflexivo que acompañaba siempre este momento.