GOD SAVE THE QUEEN, 1995, Hotel Majestic, Barcelona

La composición está inspirada en Las Meninas de Velázquez. He tomado como referencias la menina, el perro, la luz lateral y el personaje que aparece al fondo de la estancia, asomándose a la puerta (siempre me he identificado con él). El título se refiere a la feminidad, soy ferozmente republicano.

El verano de 1978 tuve una novia que tenía un velero, un Puma 26 de ocho metros de eslora, con el casco pintado de color naranja. Eso no pasa todos los días. Me invitó a navegar por Ibiza. Yo tenía experiencia en vela ligera, pero nunca había navegado en crucero. Descubrí que era más fácil de llevar que el Karisma, el viejo vaurien de madera de mi adolescencia. Ella se había sacado hacía poco el título de patrón de yate y hacíamos una buena pareja: ella era la armadora y yo el skipper. Esta foto está tomada en Formentera. Estábamos fondeados cerca de la bocana del pequeño puerto de pescadores, tan pequeño que ni siquiera nuestro velero podía entrar, debido a su calado. Cerca nuestro había fondeado un precioso ketch de doce o catorce metros; aparte de este barco, que levó anclas al anochecer, sólo vimos dos o tres llaüts regresando a puerto, con el característico ronroneo de sus viejos motores diésel mil veces remendados. El mar estaba tranquilo, plateado. En este momento nos preparábamos para ir a tierra con nuestra chalupa: un piraucho de goma muy feo, de la marca Polaris. La luz rosada del atardecer –s´hora baixa, dicen allí– acariciaba nuestros cuerpos bronceados.

Ahora hay un puerto grande y de buen calado, pintado de blanco, y en la cercana bahía de Espalmador, un lugar paradisíaco, no cabe un alma en verano, tan apretados están los veleros y los yates de todos los tamaños que van a pasar el día, y tal vez la noche, provenientes de Ibiza. El turismo ha destruido la costa mediterránea a golpe de ladrillo hasta extremos inverosímiles, utilizando un verbo temible: urbanizar. El diccionario de la RAE define urbe, la raíz del verbo, como “Ciudad, especialmente la muy populosa”. A finales de los años setenta Ibiza nos parecía ya sobreexplotada y Formentera era el último refugio. Echábamos de menos los sesenta; y en los sesenta seguro que había quien recordaba cuando en la isla no había nadie, salvo los lugareños y cuatro hippies mal contados. ¿Hay alguna generación que esté satisfecha con el tiempo que le ha tocado vivir? Recuerdo que las pocas personas que bebían cerveza, sentadas apaciblemente en la terraza del único bar del puerto, me parecieron demasiadas. Una de ellas, me enteré unos días más tarde, se llamaba Mike, era de Nueva York y había desertado para no correr el riesgo de ir a Vietnam. Me gustan los desertores. Yo lo era, en cierta forma, hacía poco que había abandonado el camino que parecía trazado para mí y me había refugiado en el Ampurdán para vivir sin compromisos, sin ataduras, sin forcejeos de ningún tipo, ansiaba simplemente fluir. Be water, my friend, repetía una y otra vez Mike, imitando la voz y el gesto de Bruce Lee. Ya entonces tenía la sensación de que llegaba un poco tarde a todo, de que el tiempo se me escapaba de las manos como la arena fina de la playa de Espalmador entre los dedos. Hubiera querido vivir veinticinco, treinta, cincuenta años antes sólo por el placer de ver aquel lugar desierto.

Acabo de terminar La curva del olvido, de Pedro Zarraluki, una novela ambientada en la Ibiza de 1968, y he recordado una época en la que solía navegar por aquellas aguas. Una de las protagonistas de la novela, una chica muy joven, dice: “Me gustaría ser sustancial”. Eso es lo que veo reflejado en esta imagen y en todas las de Ibiza de los años sesenta y setenta: el deseo de hacer algo sustancial con la vida, apartarse del camino trillado y vivir una vida paralela, lo más lejos posible de la casa paterna. También refleja la melancolía de la derrota, porque en el fondo siempre he sabido que era una batalla perdida. Pero es mi derrota.

La Creación del Sol, de la Luna y de las Plantas, Miguel Ángel, bóveda de la Capilla Sixtina

Estudios recientes parecen indicar que Miguel Ángel era autista, como Beethoven, Mozart, Kubrick, Marie Curie, Lewis Carroll, Einstein, Andy Warhol, Ludwig Wittgenstein, Bill Gates, Greta Thunberg, Anthony Hopkins, Tim Burton, Isaac Newton y Elon Musk. No, no son gente corriente. A Miguel Ángel se le atribuye la aseveración de que “veía” la obra en el bloque de mármol, antes de realizarla, y la esculpía simplemente sacando el material que sobraba. Tratándose de él es muy posible que fuera así, su cerebro funcionaba como la mente del matemático que es capaz de hacer cálculos complejos en fracciones de segundo.

Otras investigaciones apuntan que Miguel Ángel pudo formar parte de los Espirituali, una corriente clandestina progresista de la Iglesia que en su momento gozó de cierta influencia y popularidad entre la élite cultivada, los intelectuales y los artistas. Simpatizaban con algunas de las críticas de Lutero, cuya influencia en el norte de Europa crecía sin cesar, como la denuncia del tráfico de indulgencias, la ostentación vaticana y la corrupción del clero. Al frente de esta corriente que pretendía cambiar la Iglesia desde dentro estaba la poetisa Vittoria Colonna y el cardenal Reginald Pole, buenos amigos de Miguel Ángel, y frente a ellos estaba la Inquisición, al mando del cardenal Caraffa, futuro papa Pablo IV. Sí, al final ganaron los más brutos, como siempre. Pole se quedó a las puertas del papado por un solo voto y Caraffa arrasó en la siguiente votación e impuso la violencia como fórmula de coacción, llenando las cárceles de personas inteligentes acusadas de herejía, un delito de opinión.

Quinientos años más tarde Juan Pablo II sucedió a Juan Pablo I, el papa Luciani, que quería también reformar la Iglesia desde dentro. Ya sabemos lo que pasó. Quizás Reginald Pole salvó la vida por un voto. Huyó a Inglaterra, mientras Roma reclamaba su extradición para ser juzgado y condenado, como le pasa ahora mismo a Julian Assange. Aquellos fanáticos ultraconservadores no eran distintos de los de hoy y sus armas eran las mismas: la mentira, la calumnia, la codicia, el abuso de la fuerza y la defensa a ultranza del pensamiento único. No sé si puede tener alguna relación con eso, pero ahí arriba, en la bóveda de la Capilla Sixtina, en el centro de la Cristiandad, Miguel Ángel pintó nada menos que el culo de Dios. No sé cual es la explicación, pero no cabe duda de que es un hecho insólito, casi tanto como lo poco que se menciona. Yo me acabo de enterar.

La vida y la prodigiosa obra de Miguel Ángel son una fuente inagotable de anécdotas y preguntas sin respuesta, como la vida misma. En La Pietá la Virgen es más joven que Jesucristo –una madre adolescente, apenas una niña, sosteniendo el cuerpo sin vida de su hijo de treinta y tres años–, lo que nos podría llevar a identificarla con María Magdalena, la esposa y compañera convertida durante siglos en prostituta arrepentida. Oficialmente esta sorprendente juventud es una metáfora neoplatónica de la virginidad y la pureza. En la Capilla Sixtina es Adán el que coge la fruta prohibida y en la tumba de Julio II el papa yacente está de costado, como un emperador romano departiendo amigablemente con sus pares, mientras Moisés parece llevar cuernos (la interpretación oficial es que son rayos de luz) y gira la cabeza hacia el público, colérico, cuando debería estar mirando al altar.

Miguel Ángel vivió casi noventa años, en una época en la que la esperanza de vida no llegaba a la mitad de esa cifra. Esculpió La Pietá a los veinticinco años, el David –la escultura más bella de la historia– a los veintinueve y pintó la bóveda de la Capilla Sixtina entre los treinta y cinco y los treinta y siete años. Empezó La Pietá a la tierna edad de veintidós años y a lo largo de su vida hizo al menos otras tres versiones, pero ninguna de ellas alcanzó la altura de la primera, lo que parece demostrar que en materia artística la edad y la experiencia no son necesariamente una garantía de calidad. Pablo III le encargó el gran mural de El juicio final, en el ábside de la Capilla Sixtina, veinticinco años más tarde de que pintara la bóveda. Es una obra magnífica, sin duda, pero cuando pienso en la Capilla Sixtina invariablemente mi mente se dirige a la bóveda, al perfilado y la distorsión de las figuras, a su colorido y a la sensación de que aquellas escenas podrían haber sido pintadas ayer, tal es su frescura y modernidad. Las veo con nitidez. En cambio de El juicio final tengo un recuerdo vago, un poco borroso, como si la imagen estuviese desenfocada.

En la imagen, a punto de empezar la proyección de Metrópolis, de Fritz Lang, en el Festival de Torroella de Montgrí, con música en vivo a cargo de la Orquesta Sinfónica del Vallés, dirigida por Martín Matalón, autor de la banda sonora. Si sustituyéramos la marca del patrocinador por la del banco de Metrópolis –creo que sale en la película, ¿MetroBank?– formaríamos parte de la trama: las clases privilegiadas asistiendo a un espectáculo social edificante.

Me pareció que Martín Matalón había aprovechado la ocasión para hacer música ferozmente contemporánea, lo cual no deja de ser sorprendente porque la película tiene casi cien años (la banda sonora original es de Gottfried Huppertz y está inspirada en Richard Strauss y Richard Wagner). El ritmo de las imágenes es trepidante y su calidad sencillamente brutal, y la cantidad de cuestiones esenciales que aborda hace que la música para adaptarse busque registros donde no los hay y abuse de la percusión, convirtiendo incluso los instrumentos de viento y de cuerda en tambores y timbales.

En 1927, cuando se estrenó la película, el cine no había encontrado todavía un discurso narrativo propio y se asimilaba a las artes plásticas, con la música como complemento indispensable, y en esa tierra de nadie Fritz Lang hizo una película más contemporánea que diez documentas de Kassel y veinte bienales de Venecia juntas, además de inspirar otras obras maestras, como The Wall, de Pink Floyd.

Constructivismo, art decó, expresionismo, futurismo, simbolismo, romanticismo y mitología, todo encaja en un guión que muestra una desigualdad social aberrante, en la que todavía estamos, y una atmósfera irrespirable, desde el punto de vista medio ambiental. Imposible ser más moderno.

No haber visto Metrópolis es como no haber leído El Quijote, no es grave, pero te pierdes una experiencia que vale la pena.

Childhood is destiny, la infancia es el destino, dejó escrito Freud, en una sentencia lo suficientemente amplia como para que cupiera todo: desde la herencia genética al entorno medioambiental. Orson Welles lo resumió en una palabra: Rosebud, que pronuncia con un hilo de voz su Ciudadano Kane, un instante antes de morir. El anhelo de una larga vida reducido a un primer anhelo, oculto en la infancia.

Yo apenas recuerdo mi niñez, no sé si fue feliz. Escribiendo Elogio del fracaso he encontrado momentos de mi infancia que tienen la misma intensidad que cuando se produjeron, nunca he superado la desazón o el éxtasis que llevan asociados. He narrado el éxtasis en el capítulo dedicado a mi profesor de filosofía en el Instituto Técnico Eulalia de Barcelona, cuando yo tenía quince o dieciséis años, pero no sé si vale porque técnicamente ya no era un niño. En aquel examen final, titulado Consideraciones sobre el Decálogo, está todo lo que ha pasado después. Daría cualquier cosa por leer aquellas páginas. No tengo ni idea de lo que escribí, sólo sé que fui feliz escribiendo, quizás por primera vez.

Hay otro momento que aparece de vez en cuando en el océano de mi infancia. Es perturbador, a pesar de su banalidad, o quizás debido a ella. Aquel año había pedido una bicicleta a los Reyes y estaba muy excitado. Recuerdo que especifiqué claramente qué tipo de bici quería, como la de mi amigo Jorge, una San Román plateada, de manillar abierto, eso era muy importante, no quería un manillar convencional, con las puntas cerradas. Aquel manillar plano de la bici de Jorge me fascinaba, era diferente, moderno. Llegó el día y en un rincón del salón destacaba una bicicleta Orbea reluciente, de color rojo brillante, con manillar cerrado. La bici de mi hermana era Orbea, una bici de niña, con cesta delante y redecilla de colores carenando la rueda de atrás, para que la falda no se enredara en los radios. La que me habían traído los Reyes era una cosa imponente, eso no se podía negar, una bicicleta en un piso siempre parece mayor de lo que es en realidad.

Di las gracias a los Reyes y a sus representantes, me mostré alborozado e impresionado, pero me llevé un disgusto monumental, que nadie apreció y todavía me dura. Muchos años más tarde me enteré que era la bicicleta de mi hermano mayor (soy el cuarto de cinco hermanos), que se le había quedado pequeña, tras pasar por un restaurador que la había arreglado, pintado y cromado hasta dejarla como nueva.

Porta de Llull

Dejar de ser pintor y escultor, después de tantos años, es morir un poco y esta circunstancia me ofrece la oportunidad de ver lo que sucede a continuación, una vez acabada la ceremonia de despedida, cuando la gente se dispersa entre sonrisas, palmadas en la espalda y alguna que otra lágrima. La huella de mi paso por el mundo del arte va tomando forma. Lo primero que he aprendido es que es una pisada leve, por más que haya puesto el alma en ello. El tiempo dirá si esta huella permanece visible, petrificada en la lava, o desaparece barrida por el viento.

La escultura pública es más difícil de dejar. Su coste, logística y la calidad de las personas que validan estos ambiciosos proyectos –normalmente políticos con poca o ninguna experiencia en arte o, lo que es peor, expertos en arte contemporáneo–, hacen que pocas de estas obras vean la luz. A los escultores nos definen más los proyectos que las realizaciones.

The Wall, que estuve a punto de hacer en el litoral valenciano –el lugar que me propusieron no me pareció adecuado y cuando propuse un cambio de localización el interés del alcalde se enfrió con la misma rapidez con que se había encendido–, duerme el sueño de los justos, como L’escala de l’enteniment, en sus dos versiones: la que preparé para Mallorca, a petición del comisariado del Any Llull, y la que maqueté a tamaño natural en la exposición de la Fundació Vila Casas en 2016 (hay una versión instalada en el campus de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona). La primera languideció, no encuentro otro adjetivo, mis interlocutores dejaron de responder a mis mails cuando se acabó el Any Llull y se disolvió el grupo de trabajo creado para gestionarlo. Suele pasar. La Porta de Llull aparece una y otra vez en mis sueños, y también su versión «californiana», The Door of Perception, dedicada a Aldous Huxley. No han tenido ninguna oportunidad, a pesar de mis esfuerzos, y viven en las páginas de Elogio del fracaso, un manuscrito de título premonitorio que trato de publicar.

Lo mejor de mi trabajo es lo que no he hecho.

A Jorge Oteiza, después de ganar bienales internacionales y premios nacionales, le ofrecieron muchas exposiciones comerciales donde vender en pequeño formato lo que no era capaz de realizar en grande, pero se negó a entrar en el juego perverso del mercado “porque ya había dicho lo que tenía que decir”. Era un hombre valeroso.

La mayoría de artistas que conozco tienen un momento prometedor, otro brillante y un tercero aburrido. Picasso brilló con el Retrato de Gertrude Stein y el Guernica, antes de pintar compulsivamente mosqueteros, de Clavé deslumbran sus Reyes, el mejor Tàpies es el matérico, hay un Miró antes y después de las Constelaciones y El carnaval del arlequín y así sucesivamente, lo cual me hace pensar que nos hemos equivocado de perspectiva, deberíamos centrarnos en las obras y no en los autores, pero el mercado se vendría abajo.

Hace años que sospecho que la experiencia no es una garantía de calidad. Miguel Ángel esculpió La Pietá a los veinticinco años, la misma edad que tenía Orson Welles cuando rodó Ciudadano Kane. No existe el arte joven, por la misma razón que no existe el arte viejo; el arte aparece cuando hay excitación y riesgo. Es algo que pasa.

Chillida es un caso aparte. En todo caso es mi caso aparte. Era un artista honesto que en un momento de su vida se vio atrapado por el éxito y entonces persiguió un sueño inalcanzable, en la convicción de que la utopía era posible. Tindaya tenía que ser viable porque lo que él buscaba era lo que el hombre desechaba. En las canteras el producto es la piedra, para Chillida era el aire, sólo había que ponerse de acuerdo. No lo consiguió, pero mantuvo la brillantez creativa hasta el final de sus días y de esta manera evitó el aburrimiento de la repetición.

Habían confirmadas casi un centenar de personas para la inauguración de la pequeña muestra-homenaje dedicada a Déodat de Séverac en el MIAC (Museu Isaac Albéniz de Camprodon), y más de doscientas para el concierto de Albert Guinovart. El museo es pequeño y el aforo habitual del Monestir de Sant Pere es de poco más de 100 asientos, 150 como máximo, pero milagrosamente llegamos a cubrir las expectativas. A Jorge de Persia, director del MIAC, le preocupaba que el piso de arriba del museo se viniera abajo, pero lo tranquilicé, o más bien me negué a intranquilizarne yo.

Jorge estuvo en su exposición contenido y sabio y, además de hablarnos de Séverac y su estrecha vinculación con Cataluña y los Albéniz, hizo una brillante visita guiada a un museo que quizás sea pequeño y artesanal, por el momento, pero contiene un relato de gran proyección internacional. Es como una pintura de Vermeer, aparentemente de pequeñas dimensiones pero enorme, porque cabe en ella el universo entero. Previamente el alcalde de Camprodón recibió a la familia Albéniz y a algunos invitados en el Ayuntamiento. Nos dio la bienvenida, nos deseó suerte y me cedió la palabra. Tan sólo añadí a lo que todo el mundo ya sabe algo que es esencial en esta versión 2.0 del MIAC: tenemos un problema de país, nos deslumbra todo lo que viene de fuera y no valoramos lo que tenemos cerca, nos gustaría colaborar con otras instituciones públicas y privadas parecidas a la nuestra para revertir esta tendencia, porque es injusta. Queremos contribuir a poner en valor una generación extraordinaria de artistas, encabezada por Albéniz, cronológicamente, al que siguen Granados, Falla, Casals, Mompou, Montsalvatge y Guinovart, al que poco después tuvimos el privilegio de escuchar en un concierto memorable.

Acabada la recepción hablé con Joan Francesc Marco, Director General del INAEM, a quién me acababan de presentar, y me dijo que estaba totalmente de acuerdo con mis palabras. Es importante.

Ya en el Monestir repetí discurso más o menos con las mismas palabras. Tan sólo añadí que en sus asientos tenían el programa y un flyer redactado en cuatro idiomas con una invitación para hacerse socio, porque este es un proyecto colectivo y de futuro. Nosotros solos no conseguiremos nuestros objetivos, juntos sí. Tenía en la mano una frase de Àlex Susanna, de su Libro de los márgenes, que explica muy bien lo que quería transmitir:

Construir un país –conciencia de país, quiero decir, lo que parece aún más importante que la propia construcción física o material– prescindiendo de la memoria y de su constante actualización y revalorización, es una operación condenada al fracaso. Hasta que no tengamos claro quiénes han sido nuestros escritores, pintores, escultores, músicos, científicos y humanistas, hasta que no tengamos mínimamente asimilado todo este bagaje patrimonial de la tradición no podemos aspirar a casi nada, entre otros motivos porque tampoco tendremos claro quiénes lo son ahora.

Estaba mecanografiada en una cuartilla con letra grande y visible, y la tenía en la mano, pero no la leí porque estaba nervioso y ¡me olvidé!

Después del concierto el alcalde nos invitó a un reducido grupo de personas a cenar y de esta manera cerrar una jornada intensa y emocionante. Todos estuvieron de acuerdo en que se trata de un proyecto ilusionante y necesario.

Cae la tarde en L´Olivar, la fundación de Enric Pladevall. Este año el verano se ha adelantado. La brisa viene del mar y refresca lo justo para no caer fulminados por la ola de calor. Enric y yo hablamos de arte. Los dos somos outsiders. Aunque hemos llegado a esta condición por caminos diferentes la conclusión es la misma: o perseguimos el éxito colectivo, multitudinario, o el personal. Se cuela en la conversación una frase sorprendente: “Lo echo de menos”.

Se refiere al confinamiento; no sé cómo ni por qué hemos llegado a este momento, pero capto la idea al instante y una corriente de sincronía se cuela con la brisa entre las esculturas, esparcidas con orden y concierto en el amplio espacio ajardinado –no es la palabra adecuada, no es un jardín–, y se queda flotando en el aire. Bebemos un trago de cerveza. Somos de una generación que sólo ha visto la guerra por televisión, como una representación digna del genio de Shopenhauer, con el sufrimiento en el centro del escenario. Estamos en la platea, algunos en el anfiteatro y la mayoría en el gallinero. Pero hemos vivido una cosa extraordinaria: un día el mundo se paró, las calles se vaciaron, los coches, los trenes, los aviones y los tractores enmudecieron y cuanto mayor era la calidad del silencio humano más alegre fue el canto de los pájaros.

Al día siguiente Enric me invita a una visita guiada en su fundación. El momento cumbre es la visita a La cripta, la obra a la que ha dedicado los últimos cinco años de su vida. No es fácil de describir, porque tiene muchas lecturas. “Es una experiencia”, oigo decir a alguien al lado mío. Otro se atreve a proponer otros desenlaces posibles, lo cual quiere decir que algo se ha movido en su interior. “Si esta obra estuviera firmada por Neil Sutherland” –me atrevo a decir, citando otro nombre– “estaríamos todos desmayados de la emoción”.

Todas las interpretaciones son posibles, yo he visto la historia del hombre.

Es la obra de un loco, sin duda, en el sentido metafísico de la palabra.

Es la obra de un poeta.

Segundo intento. El reduccionismo en filosofía es peligroso. En todo lo demás también, pero los pensadores son especialmente estrictos con las palabras. Les va la vida en ello. Yo todavía no he entendido si la voluntad de vivir de Shopenhauer era la causa o el remedio frente al sufrimiento, por lo que he decidido eliminar ese concepto de esta versión.

Dejé Ciencias Económicas en quinto. Sólo me quedaba un año para licenciarme. Abracé la causa hippy y me convertí en artista. Seguramente ya lo era. Recuerdo mi habitación de soltero en casa de mis padres, con un caballete demasiado grande y tubos de pintura, y olor a aceite, mi madre decía que no ventilaba lo suficiente; luego, cuando abrí la ventana de par en par y se me llevó el viento, se arrepintió. Siempre me he jactado de que a pesar de aquellos estudios universitarios no sé nada de Economía, pero aprendí una cosa: los grandes temas son siempre sencillos de plantear, lo difícil es gestionarlos. Esta certeza me ha acompañado siempre. Los impuestos, por ejemplo, nacen para satisfacer la necesidad de financiar infraestructuras destinadas al servicio público, cómo se implementan y quiénes se encargan de hacerlo es otra cuestión. Keynes, el economista que nunca pasa de moda, amigo de Bertrand Russell y de Ludwig Wittgenstein, pertenecía a una generación de pensadores que apenas distinguía entre Filosofía, Matemática y Economía. Ante una Crisis con mayúscula proponía que si no había empleo ni dinero el Estado lo creara, contratando personal e imprimiendo papel moneda, aunque eso provocara Inflación, también con mayúscula, porque lo importante era frenar el pánico y evitar que la gente, arruinada y desesperada, se lanzara por las ventanas de los rascacielos de Wall Street, como sucedió en el Crac del 29. Una receta sencilla para un problema angustioso.

También las proposiciones filosóficas son sencillas. Wittgenstein opinaba que de lo que no se puede nombrar es mejor no hablar, el imperativo categórico de Kant nos dice que debemos obrar de tal manera que nuestro comportamiento pueda erigirse en regla universal de conducta y Shopenhauer pone el acento en el sufrimiento, y no puedo estar más de acuerdo con él, no es fácil vivir, y dejo entonces que sean sus actos los que me den la información que en realidad busco. Me fascina la renuncia de Wittgenstein a su fabulosa herencia y el entusiasmo con el que abrazó la causa patriótica en una guerra estúpida y devastadora –la Gran Guerra–, mientras su amigo Russell cumplía en prisión una condena por pacifismo. Algo parecido le pasó al compositor Benjamin Britten en la II Guerra Mundial.

Escogí el arte porque es otra manera de decir. Y escogí la literatura porque también en el arte he llegado a un callejón sin salida.

Cinco cubos de aluminio

Dejé Ciencias Económicas en quinto y último curso y aquel acto representó mi divorcio con la vida a la que estaba destinado. Siempre me he jactado de que a pesar de aquellos estudios superiores no sé nada de Economía, pero aprendí una cosa: los grandes temas son sencillos de plantear, lo difícil es la gestión posterior. Los impuestos, por ejemplo, nacen para satisfacer la necesidad de financiar estructuras destinadas al servicio público. Cómo se implementan es otra cuestión. Keynes, el economista que nunca pasa de moda, amigo de Bertrand Russell y de Ludwig Wittgenstein, pertenecía a una generación de pensadores que apenas distinguía entre Filosofía, Matemática y Economía. Ante una Crisis con mayúscula proponía que si no había dinero el Estado lo creara, imprimiendo papel moneda, aunque eso provocara Inflación, también con mayúscula, porque lo importante era frenar el pánico y evitar que la gente, arruinada y desesperada, se lanzara por las ventanas de los rascacielos de Wall Street, como sucedió en el Crac del 29. Una receta sencilla para un problema angustioso, y un reto formidable por delante.

También las proposiciones filosóficas son sencillas y difíciles de implementar. Wittgenstein opina que de lo que no se puede nombrar es mejor no hablar, el imperativo categórico de Kant nos dice que debemos obrar de tal manera que nuestro comportamiento pueda erigirse en regla universal de conducta y Shopenhauer pone el acento en el sufrimiento, y no puedo estar más de acuerdo, no es fácil vivir, y nos receta un remedio: la voluntad de vivir.

Escucho estas doctrinas como si se tratara de una canción en inglés, que no entiendo pero me cautiva, y me acerco al personaje y dejo que sean sus actos lo que me de la información que en realidad busco. Es fascinante. Wittgenstein y el acto de renunciar a una fortuna, y el sorprendente entusiasmo con el que su generación abrazó la causa patriótica, en una guerra estúpida y devastadora, con la única excepción de su amigo Russell, cuyo pacifismo fue duramente criticado y le llevó a prisión. Algo parecido le pasó al compositor Benjamin Britten en la otra gran guerra del siglo XX.

Escogí el arte porque es otra manera de decir y la literatura porque también en el arte llegué a un callejón sin salida. Hoy, con setenta años, que es una edad provecta, he empezado a ir a clases de inglés, a ver si por fin entiendo algo.