mujer sentada sobre fondo rojo 1990
Mujer sentada sobre fondo rojo, 1990

EL AMPURDÁN, ORDIS, ALFONSO ALZAMORA / David Fdez. Miró, mayo 1990

“Les artistes sont les vrais aristocrates du monde” / Joan Miró

Vamos una vez más hacia el Alto Ampurdán, en un día completamente soleado y claro de principios de mayo. Al cabo de una hora de trayecto empiezo a reconocer el paisaje ansiado. El campo nos ofrece un verde fulgurante, el trigo está alto y rebosante, con los tallos casi azulados y, de vez en cuando, aparecen alfombras naturales de amapolas, o pequeñas extensiones abigarradas de flores amarillas y violetas, hileras de chopos y cipreses que protegen las cosechas de la Tramontana, todo mecido por una brisa ligera que ondula plantas y flores que nos reciben con parsimonia acogedora.

Ya divisamos el Pirineo ampurdanés, con la Mare de Déu del Mont al fondo y, al este, una pequeña hilera de montañas que, por aquellos caprichos de la naturaleza, tienen la forma de un gigantesco obispo yacente; una de las montañas se convierte en mitra y, sobre las manos plegadas que forman otros dos montes más pequeños, sobresale un castillo que se ha convertido en anillo; es como un anuncio o premonición de la magia del lugar. Al fin aparece la referencia obligada de nuestro punto de destino: el campanario de la iglesia de Borrassà, estilizado y de piedra clara, visible desde muy lejos, como una efigie elegante y sobria que corona el llano entre la montaña y el mar. De noche, iluminado, parece un faro flotante y, en las madrugadas claras de luz de luna y estrellas, su piedra clara parece que brilla.

Ya hemos dejado la autopista, como reclamados por el campanario y, en un abrir y cerrar de ojos, nos adentramos en pleno Ampurdán, escoltados por hileras de árboles, algún que otro rebaño y por los colores de esta tierra agraciada, desembocando en Ordis, fin de trayecto, que también nos avisa de su presencia por su curioso campanario inacabado. Justo detrás de la iglesia de Ordis, de piedra oscura y trazado simple y acogedor, está la casa de Alfonso Alzamora, pintor, donde tan buenos momentos hemos pasado. Es una casa de pueblo restaurada con paciencia y cariño, de color tierra y construida con esa piedra única del Ampurdán, maciza y segura, de un color marrón como el del país. Le tengo un cariño especial a esta casa, pues desde ella como base he tenido la suerte de conocer el Alto Ampurdán, y ha sido un descubrimiento revelador para mí. Es una tierra que te posee y que en poco tiempo te reclama, creando con rapidez una nostalgia de ella que nunca había experimentado. Cada vez comprendo más el apego de Alzamora a Ordis y sus campos, con las montañas protegiendo el llano que desemboca como un suspiro en la bahía de Rosas. El saber que el mar está cerca da una sensación de alivio que Alzamora define muy bien al decir que se siente un “nacionalista del Mediterráneo”. Es una tierra que posee como una mezcla de gran fuerza y dulzura a la vez, de gentes peculiares y dignas. Con Alzamora es ineludible la visita al bar-estanco regentado por el “Siset” y su familia. “Siset” es como el oráculo del pueblo, respetado por sus juicios y por su laboriosidad -también es el carpintero del pueblo.

Después de paseos al atardecer, en las noches de invierno, junto a la chimenea, he ido conociendo a Alfonso Alzamora como persona y ahora me halaga pidiéndome unas palabras para esta exposición, lo que acepto con placer, pero también con cierto temor, pues no es fácil opinar de la obra de un amigo.

Alzamora es pausado y fino. Su compañía proporciona sosiego y bienestar y la conversación fluye por sí misma, pues es buen compañero de tertulia. En la sala de su casa de Ordis, con la bóveda baja que te envuelve sin darte cuenta, el fuego crepitando y música –quizás Cohen– de fondo, el pintor adquiere su verdadera dimensión humana y se halla en su verdad. Hablamos de la vida, comparamos tierras y lugares, contrastamos ilusiones y dudas, fracasos y aciertos.

La pintura, el arte –cómo no– aparecen en la conversación. Hablamos de preferencias que solemos compartir con más o menos vehemencia –Picasso, Miró, Bacon, de Kooning, Chillida– y me doy cuenta de que Alfonso tiene las cosas claras. Su elección de vivir en el Ampurdán, alejado de modas, estilos y de los lamentables tejemanejes del arte y su comercio hoy en día, han proporcionado a Alzamora, no sin sacrificio, me consta, seguridad en su trabajo. Ha adquirido recursos y registros, facilidad y oficio, lo que le ha llevado a decir con una humilde rotundidad que “el cuadro siempre tiene que ser mejor de lo que uno puede hacer”. “Si supiera el resultado final, no lo pintaría”. “Necesito encontrar cosas a medida que la obra avanza”.

Siempre he creído que la meta de todo artista que se precie es encontrar un lenguaje propio, suyo. Todas las influencias, buenas o malas, son positivas en el proceso de creación, si éstas llevan a la concreción, a la plasmación de los sentimientos y las emociones experimentadas por el artista y de las que el espectador va a ser testigo y posible partícipe.

Después de haber pasado por una corta etapa de guiños al “pop art”, y por otra, más seria y madura, basada en el constructivismo, ahora Alzamora nos presenta una obra ya suya, con su lenguaje. Pasteles, óleos o mezcla de ambos. Llaman la atención los fondos negros que derivan en gamas casi imperceptibles de azules o violetas oscuros. La geometría es esencial, entendida como marco o soporte de la figura. Me choca por su fuerza un cuadro de esta exposición, es una figura antropomórfica de mujer, voluminosa y de trazo sinuoso, resuelta en tonos blancos y grises y sin cabeza, con un fondo oscuro y enmarcado en un rectángulo negro. En esta obra todo casa: fondo y soporte nos lanzan una forma enérgica, una presencia contundente. En otro cuadro, desde un impresionante y magnífico fondo rojo oscuro, surge un personaje-mujer en negro rotundo, de trazo fuerte, cuyo resultado me causa inquietud y misterio.

En esta serie de “mujeres” he tenido la oportunidad de ver la evolución de varias obras, casi desde su inicio hasta tal como ahora se nos presentan, y hay algo que siempre, de principio a fin, me ha llamado la atención: los rostros de las mujeres de Alzamora. En cada visita espaciada al estudio, guiaba la mirada, por pura inercia, hacia esos rostros inquietantes, era como si me llamaran y, casi sin notarlo, me iba directo hacia ellos. Se trata de expresiones ambigüas, que parecen inacabadas, pero que, a medida que me fijaba, notaba que la intención del pintor era crear esa sensación de inquietud en el espectador. Son rostros de rasgos apenas apuntados, pero que dicen mucho, que corroboran la intención de Alzamora de dar el cuadro por hecho cuando él lo considera así, dando un margen de libertad a la imaginación del que mira el cuadro, obligándola a indagar, logrando su propósito y sacudiendo el espíritu, en fin, creando emoción, algo que hoy sucede poco.

Una característica marcada de Alfonso Alzamora que no quiero pasar por alto es su elegancia. Es parte de su persona y de su obra. Pero como verdadera que es, se trata de una elegancia que apenas se nota, es natural. Está presente en estos trazos rápidos y seguros, contundentes, pero esto no quiere decir que se trate de una obra amable, relajante, al contrario, es una obra en expansión y búsqueda constante. Hace pocos días, estando los dos solos en el estudio, le pregunté: “Alfonso, ¿y ahora qué? ¿qué va a pasar después? ¿lo sabes?”. Me contestó: “no, ni me importa, pero de algo estoy seguro: tengo recursos”. Me alegré por él, pues Alfonso es persona honesta y, por tanto, artista honesto y quién, como él, tiene recursos, también tiene, y tendrá, nuevos registros, es decir, formas de exaltar el alma.

Los diez o quince años que ha pasado el pintor alejado de modas y frivolidades están dando resultado. El lenguaje propio e inalienable de Alfonso Alzamora está presente en esta exposición. Lenguaje abierto, en clave de futuro.

Por mi parte, espero seguir yendo a Ordis, a seguir conversando con Alfonso en el seno de su verdad, esa tierra mágica del Alto Ampurdán, coronada por el monasterio de Sant Pere de Rodes, lugar excepcional en el que Alzamora y yo imaginamos, nos trasladamos a la Edad Media misteriosa, que allí nos atrapa, poblada de monjes ingeniosos y caballeros audaces y salvajes.

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8 Albéniz en París

He recibido tu “Suite Albéniz”, con la dedicatoria que tanto te agradezco. El libro ya lo tenía desde unos días antes, enviado por la editorial, y está prácticamente leído. Has hecho el libro que tenías que hacer: distinto, personal, sentido, vivido… Nos dice cosas y es de lectura interesante y amena. ¡Enhorabuena!

Este feedback es de una persona muy vinculada a la música y la radio. No sé si puedo citar su nombre sin preguntárselo antes.

Me encanta la frase “ Has hecho el libro que tenías que hacer”.

tres cabezas asomadas 1991
Tres cabezas asomadas, 1991

Me está emocionando la lectura de Narciso y Goldmundo, de Hermann Hesse, como lo hizo El filo de la navaja (Somerset Maugham) hace unos meses. Son libros que me marcaron cuando lo tenía todo por hacer y ahora, cuando he hecho cuatro cosas, no más, me doy cuenta de hasta qué punto estas lecturas fueron premonitorias. La vida de Goldmundo se divide en tres partes claramente diferenciadas: estudiante, vagabundo y artista. Estudiando en el monasterio sigue la senda trazada por su padre; cuando lo abandona sale de su zona de confort, como se dice ahora, y se lanza a la aventura, el camino y el amor de las mujeres, hasta que se topa con una versión de sí mismo que desconocía: la creativa.

lo pequeño es grande I

Cuando tenía diez años le pregunté a mi padre por qué el hielo flota. “Averígualo -me dijo- y ven a contármelo”. Aquello me estimuló.

Se lo cuenta Barry Barish, norteamericano, premio Nobel de Física de 2017, a Ima Sanchís en La Contra de La Vanguardia (sábado, 7 de julio de 2018), después de explicar que sus padres eran emigrantes sin estudios procedentes de Polonia y Ucrania. Lástima que Trump y Rivera no lean este tipo de entrevistas. También explica que en su equipo hay musulmanes, negros, rusos, …y no hacemos ningún tipo de diferenciación, ¿por qué? Me recuerda la West-Eastern Divan Orchestra, integrada por jóvenes talentos árabes e israelíes, que fundó en 1999 Daniel Baremboim con su amigo Edward Said. Solo hace falta tener un objetivo común y el hambre, la paz y salvar el planeta, dice Barish -y el arte y la cultura, añadiría Beremboim-, deberían unirnos a todos.

Mi país existe gracias a los inmigrantes, la mitad de nuestros premios Nobel lo son, con lo cual la idea de cerrar las fronteras es sencillamente una locura. En California tenemos muchos temporeros que vienen de México, trabajan de sol a sol para ganarse un dinero y se vuelven a su país. ¿Qué haríamos sin ellos?

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Foto Maria Alzamora

Estaba fotografiando L’escala de l’enteniment, una escultura dedicada a Ramon Llull que planté en el campus de la Universidad Pompeu Fabra en 2016, observado atentamente por un anciano que disfrutaba apaciblemente del clima veraniego sentado en un banco, en la sombra, mientras los pájaros cantaban, o discutían, y de tanto en tanto se escuchaban los rugidos de los leones, al otro lado de los muros de la calle Wellington, donde está el Zoo de Barcelona. El viejo hizo ademán de levantarse, pero no pudo hacerlo. Los bancos de diseño del campus son bonitos y tienen un valor escultórico admirable, pero no son prácticos. Me miró con una sonrisa bondadosa y me apresuré a ayudarle, pero tiró tanto de mí que acabé sentado a su lado. Nos reímos. Recuperé la posición y esta vez hice palanca con el cuerpo para contrarrestar su peso, que había calculado mal, pero acabé de nuevo sentado. Sonreímos. Cuando al fin conseguí ponerle en pie me dio las gracias efusivamente y me dijo su nombre, que me resultó familiar. Soy malo para recordar nombres. Tampoco soy un buen fisonomista.

Esta mañana me he acordado, en mala hora, ¡fuimos juntos al colegio!

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El jueves volví a cruzar media España como una exhalación para presentar Suite Albéniz en el Auditorio Sony, de la Fundación Albéniz, en Madrid. El formato era sencillo: Jesús Ruiz Mantilla, autor del prólogo, Rosa Torres-Pardo, la persona que ha hecho posible este pequeño milagro que es publicar un libro como este, y yo improvisamos una tertulia en el escenario, junto a un piano de cola, el verdadero protagonista de la velada. No preparamos nada; Jesús y yo ni siquiera nos conocíamos personalmente hasta este momento, pero esta Suite es tan personal que es fácil establecer vínculos, sobre todo después de escribir un prólogo tan bueno que se ha convertido por derecho propio en un capítulo más del libro.

Además, la cultura es divertida.

Después, Rosa se sentó frente al piano y tocó el Tango de Albéniz, mientras Jesús declamaba un poema de Luis García Montero, uno de los cinco que están en el epílogo de la obra que presentábamos. Se titula El sur. Si vivir en el sur es poético, hacerlo en el sur del sur es habitar una línea del poema, justo antes de una pausa.

Inmediatamente después, Marina Pardo tomó el relevo de Jesús y con Rosa hicieron dos canciones de la serie to Nellie, que Albéniz compuso para la esposa de Francis Money-Coutts, su gran mecenas y amigo, con letra del propio Coutts. Acabábamos de hablar de él, porque para mí es uno de los protagonistas más destacados de la vida y la obra de Isaac Albéniz.

Son unas canciones muy bellas y sorprendentemente modernas.

El viernes, paseando por el Barrio de las Letras, vi en el escaparate de una librería de segunda mano una edición especial publicada con motivo del centenario Albéniz, en 2009. Consta de tres libros y un DVD con El color de la música, la magnífica película de José Luis López-Linares. Lo compré, aunque lo tengo, no sé dónde. Este mismo día empecé la lectura de uno de ellos: un perfil biográfico del compositor catalán escrito por Andrés Ruiz Tarazona, que recordaba mal. Explica, por ejemplo, que Francis Money-Coutts y Edith Ellen Churchill, Nellie, tuvieron un matrimonio agitado a causa de los celos del marido. Es posible que el propio Albéniz se viera de alguna manera involucrado, pues era alegre, extrovertido y seductor, mientras que su amigo era más bien lo contrario: reservado, correcto, serio. Cuando murió Albéniz, Nellie escribió estas emocionadas palabras dirigidas a sus hijos:

Queridos míos: no os puedo decir todo lo que os diría, ¡no puedo! Tengo roto el corazón. He estado con vosotros todos los tristes días, e incluso noches, y no hace falta que os diga todo lo que vuestro querido padre significaba para mí. Era tan noble y tan bueno, tenía una palabra amable para todo el mundo. Nunca he conocido una naturaleza como la suya. Cómo lo echaré de menos, era la luz de mi vida…

Esto explicaría, entre otras cosas, la profunda antipatía que sentía Rosina, la mujer de Albéniz, hacia Nellie. Narro esta circunstancia en mi libro, sin explicarla como debería.

Pero hay más. Francis estaba apasionadamente enamorado de Nellie, y ambos del talento de Isaac, ¿hasta que punto influyó ella en fomentar un mecenazgo que dejó para la posteridad obras de la magnitud de Merlín e Iberia? Él tenía una fortuna y quería satisfacer a su mujer, al tiempo que sentía una profunda admiración por el músico, que ella compartía. Un triángulo perfecto. Nunca sabes quién escribe la historia, en realidad.

El sábado me desperté con la noticia de que el periódico La Razón publicaba una crónica sobre Suite Albéniz, a doble página, firmada por Gema Pajares. En ella la periodista escribe que Nellie “no mostró el menor apego a la familia y se mostraba absolutamente contraria a la asignación que Coutts pasaba a la viuda del compositor”. Lo segundo es cierto, lo primero no. Lo siento porque el error no es de Gema Pajares, que ha hecho un excelente trabajo (me encanta cuando explica que he escrito una “no biografía”), yo le transmití esta idea, a todas luces errónea. No había leído a Ruiz Tarazona. O no lo recordaba.

En Soldados de Salamina el protagonista no es Rafael Sánchez-Mazas ni Javier Cercas, hacia el final del libro te das cuenta de que el verdadero protagonista del libro es el soldado republicano que canta un bolero bailando con su mosquetón.

Así se escribe la historia. O la “no historia”, que es la que a mí me gusta.

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Foto Maria Alzamora

Una de las tesis de Suite Albéniz (Turner, 2018) es que culturalmente somos un país pequeño y acomplejado, que mira al exterior embelesado y es incapaz de valorar lo que tiene cerca. No sabemos lo que tenemos.

España, a pesar de lo que le cuesta modernizarse intelectualmente, tiene a Cervantes, Inglaterra a Shakespeare y Alemania a Goethe, mientras que Cataluña, inmersa en un formidable proceso de reivindicación nacional, podría esgrimir con orgullo a Ramon Llull, un referente intelectual europeo de primer orden, pero le cuesta hacerlo porque no lo conoce. No basta con dar su nombre a calles, plazas, institutos y universidades.

Yo, humildemente, desde el silencio de mi estudio, he propuesto una aproximación a la obra de Ramon Llull desde la pintura y la escultura, para entrar en su universo de una manera fácil. Y funciona. Lo que no funcionó, cuando lo presenté en forma de exposición en la Fundación Vila Casas en 2016, con motivo del séptimo centenario de su muerte, fue la gestión del proyecto. Insistí mucho en que la universidad estuviera presente, porque es el escenario natural de Llull, pero la UPF no se implicó, más allá de la inauguración de una escultura en el campus y unas fotos más oportunistas que oportunas con el Conseller de Cultura de la Generalitat. La única excepción fue el texto de presentación del catálogo, firmado por Amador Vega, que dio también una conferencia -magnífica- un día cualquiera de mayo. Pero fueron actos aislados. El rector no puso los pies en el Espai Volart, ni los alumnos, que estaban de exámenes, ni los comisarios, de uno y otro lado (fundación y universidad), y no se organizaron mesas redondas, debates ni actuaciones musicales.

Y la exposición no itineró, como estaba previsto. No hizo el itinerario Llull: Mallorca, Barcelona, Girona, Montpellier y París, pasando probablemente por Céret. Tampoco viajó a la Universidad de Freiburg, en Alemania, donde está la única cátedra del mundo que se dedica al estudio minucioso de la obra del sabio mallorquín, ni se expuso en el Yorkshire Sculpture Park, como hubiera sido mi deseo.

Con Albéniz y Granados, ¡más de lo mismo!