Expo Alfonso Alzamora 1
Fotos de la instalación actual de Maria Alzamora

Después de inaugurar la exposición en Vallgrassa, el domingo pasado, creo que ahora estoy en condiciones de desvelar la tercera sorpresa que anunciaba en el texto de la invitación, tras el descubrimiento del parque natural del Garraf, que yo no conocía, y la decisión de montar una exposición con una sola obra. El tercer secreto de Fátima es saber quién es el “visitante de excepción”, de esta exposición de un solo cuadro.

Cuando visité el espacio el pasado octubre, este es el aspecto que ofrecía:

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Y este el que tiene ahora mismo. Lo que hemos hecho es colgar el díptico en la pared del fondo y lo hemos iluminado dándolo todo el protagonismo, de manera que el resto de la sala queda en semioscuridad. Y hemos colocado en el centro de la sala a una espectadora sentada en un banco, como si se tratara de la sala de un museo. Es de un tamaño sensiblemente inferior a la escala humana (la mitad, aproximadamente) y lo que propongo al espectador es mirar la exposición a través de sus ojos, de esta manera la escala cambia completamente y el espacio y la pintura parecen mucho mayores de lo que son en realidad.

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En la pared opuesta, en la penumbra, hay un banco para humanos, para sentarse y contemplar la escena. Porque lo que verdaderamente importa es que la pintura nos emocione y convierta la visita en una experiencia.

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Cartel Vallgrassa
Inauguración, domingo 17 de febrero a las 12h

Cuando me llamó por teléfono Jordi Aligué para proponerme una exposición en el Espai Interdisciplinari de Vallgrassa. Centre Experimental de les Arts, no podía imaginar lo que me encontraría cuando subí a ver el espacio, un soleado sábado de octubre. La primera sorpresa fue descubrir que a veinte minutos de Barcelona, mi ciudad natal, hay un oasis de naturaleza agreste sobre el Mediterráneo de una belleza conmovedora: el Parc del Garraf. La segunda es que en sus profundidades hay un refugio encantador que alberga una fundación pública de arte, de nombre larguísimo y proporciones ajustadas, gestionado por un equipo, formado por el propio Jordi Aligué, Anna Bellvehí y Arturo Blasco, de una sensibilidad extraordinaria. No es normal que pasen estas cosas, en un país que necesita desesperadamente reivindicarse a través de la cultura.

El espacio es pequeño, la naturaleza exultante, y lo que proponen, en términos de creatividad, enorme. Les sugerí materializar un sueño: una exposición de un solo cuadro. Siempre he querido hacerlo, pero nunca lo he conseguido. La obra elegida se titula Díptico Rojo Rothko y tiene un visitante de excepción, pero eso dejaré que lo descubráis vosotros. Es la tercera sorpresa, para los que todavía no conocéis este lugar mágico.

Luis Fernando Perez
Luis Fernando Pérez en la Academia Marshall, hace unos años. Lo que está sonando es Rachmaninov, si no recuerdo mal / Foto de Maria Alzamora

La Academia Marshall Granados me invitó a presentar una ponencia, en el marco de unas jornadas sobre música española. El tema era la Suite Iberia, de Isaac Albéniz, y compartiría estrado con Luis Fernando Pérez. Toda mi vida he deseado presentar una ponencia e impartir un semestre de cualquier cosa en una universidad americana. Ahora, por fin, iba a ver realizado la mitad de mi sueño. Llegué con tiempo y pude asistir a una parte de la ponencia anterior, dedicada a Xavier Montsalvatge. Entre otras cosas, quería conocer la dinámica del acto. Fue muy interesante. Un hijo del músico explicó que su padre detestaba cordialmente (la expresión es mía, o más bien de mi madre) a Beethoven; me recordó a Albéniz refiriéndose a Mozart: “Es bien sabido que Mozart es un genio, pero…”. Añadió que su padre había comentado en alguna ocasión que si tuviera que escribir la historia de la música eliminaría a la mitad de su santoral (otra vez, la expresión es mía). Me encantó. No me gusta la sacralización del arte y esa muestra de criterio me pareció lúcida e inteligente. También habló -el hijo de Montsalvatge- de algunos paralelismos que establecía su padre entre música y pintura. Albéniz decía que en otra vida le hubiese gustado ser pintor. A mí me encantaría ser músico, en la siguiente. José Luis López-Linares tituló su documental sobre Albéniz El color de la música.

Llegó el momento y Luis y yo nos sentamos en la mesa presidencial, ante una sala abarrotada de un público entregado a la causa. Esa sala lleva el nombre de Alicia de Larrocha y por ella han pasado los más grandes. Siguen haciéndolo. Obviamente, yo no soy uno de ellos, pero Luis sí. Es un pianista maravilloso. Tomó la iniciativa, jugaba en casa, Luis ha recibido clases en esa academia y actualmente las imparte. Forma parte del claustro (qué palabra tan bonita). Lo sabe todo de Iberia, yo ni siquiera soy capaz de nombrar los cuadernos sin equivocarme alguna vez. Mi presencia obedecía a una cuestión biológica y literaria: soy biznieto de Albéniz y he escrito un libro que, sin ser una biografía al uso, se titula Suite Albéniz.

Fue apoteósico: Luis estaba inspirado y el tema le apasiona. Como un entrenador de fútbol al que le va la vida en el partido, no se sentó ni un instante en su bonita silla modernista de madera oscura y fieltro rosado. Hablaba, gesticulaba, tocaba, iba y venía y, sobre todo, transmitía su saber y contagiaba su entusiasmo. De vez en cuando hablaba de mi libro: “maravilloso”, “único”, “inspirador”, “diferente”, prometía cederme la palabra para que hablara de él, para que leyera algún capítulo, si me parecía oportuno, pero luego se embalaba y continuaba su disertación. Sospecho que en algún momento sus pies no tocaron el suelo, mientras sus manos acariciaban las teclas del piano para mostrarnos algo significativo, quizás excepcional. Había algo de exaltación en aquella brillante exposición. Mientras tanto, mi presencia se diluía, me iba convirtiendo poco a poco en un jarrón art decó, que entonaba bien con la decoración del lugar, pero al mismo tiempo sentí que complementaba su discurso, porque mi libro se centra en el aspecto humano del compositor nacido en Camprodón. Así, Luis nos habló de un Albéniz exuberante, generoso, expansivo, simpático, buen amigo de sus amigos, excelente tertuliano y muy buena persona. Perico Pastor, después de leer Suite Albéniz, me escribió: “Recién terminado tu Albéniz. Me lo he pasado en grande, y me he quedado con las ganas de conocerle. Debía ser un tipo arrollador. Empecé el libro la misma noche de su llegada: el insomnio me llevó a mi mesa de trabajo, me bajé Iberia por de Larrocha (sí, claro) y estuve escuchando en loop durante toda la noche, mientras trabajaba y leía”.

Luis e Isaac hubieran disfrutado mucho juntos, saboreando un buen coñac y fumándose un buen puro, pero sobre todo conversando, riendo y compartiendo experiencias. Hubieran escenificado a la perfección la mítica pareja de Don Quijote y Sancho. Ya sabemos que Albéniz era “un Don Quijote con maneras de Sancho Panza”, y Luis Fernando Pérez, delgado, fibroso, con el rostro alargado y la barba corta, sería un perfecto Don Quijote. De hecho, lo hicieron: ¡se lo pasaron en grande!

Yo escuchaba embelesado y sonreía para mis adentros, porque el tiempo corría y después había una mesa redonda. En esas jornadas el tiempo está pautado, porque hay bastante gente implicada. Luis no podía ser más atento ni más desconsiderado conmigo; sin embargo, era imposible ser más cariñoso y considerado. Habló de Suite Albéniz con un entusiasmo desbordante. Finalmente se sentó y todos aplaudimos durante un buen rato. El tiempo se había agotado. ¡Yo estaba encantado! Sonreí al respetable y les anuncié solemnemente que acabábamos de vivir un momento histórico: “El día que Luis Fernando Pérez y yo presentamos una ponencia juntos y yo no abrí la boca”. Mi silencio me pareció magnífico. Añadí que aquel día a lo mejor habíamos escrito un nuevo capítulo de mi libro, porque esta suite es un libro vivo; si merece una segunda edición incorporará nuevos capítulos. Ya he escrito algunos. Un buen amigo mío, Jaume García Antón, me escribió después de leerlo para decirme que le había encantado, pero que echaba de menos que hablara algo más de música. Tiene razón, el problema es que yo no estoy capacitado para hacerlo. ¡Pero Luis sí! Pregunté a la sala si alguien había grabado la conferencia. ¿Se habría perdido para siempre aquella memorable actuación? Milagrosamente, desde la primera fila, María José Alonso levantó el brazo y me mostró su móvil. Lo había grabado todo. Me lo enviará. Lo estoy esperando como agua de mayo.

Antes de acabar, tuve tiempo de explicar que el título original es Suite Albéniz, y el subtítulo, que no pude poner por razones editoriales, es El día que Rosa Torres-Pardo y yo ejercimos de biznietos de Isaac Albéniz. Además de dar el tono del libro, hace referencia a un capítulo en el que narro una escena en el cementerio de Montjuïc, el día del centenario de la muerte de Albéniz, cuando la organización me invitó a hacer una ofrenda floral en nombre de la familia. Antes, lo habían hecho representantes de la ciudad de Barcelona y de la Generalitat de Cataluña. Pero, ¿y los músicos? Le pedí a Rosa, que estaba presente, porque poco después nos ofreció un concierto en el Palacete Albéniz para cerrar el acto institucional, que me acompañara y juntos depositamos las flores al pie de la tumba del maestro. Podría haber sido Luis, el que tocara después de la ofrenda floral, o Marta Zabaleta, a la que tenía enfrente mientras Luis hablaba y yo callaba, o Alicia de Larrocha -si hubiera estado en condiciones de hacerlo sin duda hubiese sido ella la elegida-, pero fue Rosa y lo hizo maravillosamente bien. Una de las tesis de este libro es que para ser familia de Albéniz no es necesario tener lazos de consanguinidad: “Hay más familiares de Albéniz en esta sala que en una comida de Navidad de mi familia”, dije, por fin. Me despidieron con una ovación.

¡Me la merecía!

 

the wall
The wall, maqueta, 2005

Para Ramon Llull el cubo, la esfera y la pirámide representan verdades esenciales. Para mí, también. Un muro formado por cubos simboliza la colectividad; en este caso se trata de un conjunto de individualidades que sólo es capaz de construir una forma que divide, que separa. Que agrede. No sólo hace referencia a los grandes conflictos armados, también a las diferencias sociales, el racismo, la xenofobia, el sexismo y el subdesarrollo. Y, por descontado, el hambre. En uno de los cubos he serigrafiado el retrato de una niña somalí, de Bru Rovira. Va situada en algún lugar del muro. Figuradamente allí donde parezca más cómoda, o, con toda seguridad, ahí donde las circunstancias la lleven, en una clara referencia a la fuerza del destino.

1985-Alfonso en Navata

En 1985 Dire Straits sacó Walk of life y a mí me sacaron esta foto en Navata. Comprendo que para mucha gente eso es la Alta Edad Media, pero para mí es antes de ayer. La vida era en colores, la música fabulosa, los amaneceres gloriosos, aunque raros, los atardeceres románticos, las noches eternas y la vida, en general, un poco dura, porque yo era medio hippie y mis recursos económicos eran escasos, para decirlo con suavidad, pero todavía era inmune al transcurso del tiempo. Solía decir que era pobre en dinero y rico en tiempo. Era verdad. En invierno, en mi casa de Ordis hacía un frío pavoroso y si llovía con cierta intensidad entraba agua, que había que achicar en plena noche si era necesario (me siento como Snoopy en lo alto de su caseta tecleando en su máquina de escribir de perfil Olivetti: “Hacía una noche fría y tormentosa”), pero todavía creía en algunas cosas.

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Hace unos días desmontamos El jardín de la memoria, la escultura de los cubos de aluminio que estaba situada junto a la recepción del Hotel OMM. Ya es pasado. Los que parecía que ópticamente atravesaban la pared se han separado de ella con facilidad, mientras que la torre vertical de siete unidades ha ido menguando lentamente. Es triste para un escultor desmantelar una obra como esta, instalada hace quince años con la idea de que durara al menos cien. Cada cubo lleva el nombre de un nieto de Rosa Esteva. Inauguramos con siete y hemos cerrado con una docena. Estos años la escultura ha ido creciendo a medida que la familia también lo hacía (en la foto, instalación del último cubo, en septiembre de 2017). Pero lo peor no ha sido eso; lo desolador ha sido contemplar como aquel sueño de un hotel en el centro de Barcelona que era más que un hotel, aquel lobby que invitaba a entrar para desayunar, picar algo, comer a lo grande o simplemente encontrarte con alguien a quien seguramente apreciabas, o tratabas de impresionar, ha desaparecido por completo. Derruido. ¡Y estaba nuevo! Y funcionaba, vaya si funcionaba. No tengo ni idea de lo que harán, pero aquello tenía magia y eso es algo muy difícil de conseguir.

alegoría de la república española 2001 (copia)
Alegoría de la República Española, 2001 (detalle)

Un fuerte resfriado abre un inesperado paréntesis en mi vida de dos o tres días. Me refugio en la lectura. Estoy leyendo dos libros de peso. Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, es demasiado veraz, para mi gusto. Me atraen los relatos autobiográficos, porque creo que toda la literatura es autobiográfica, sobre todo si viene acompañada de una buena dosis de ficción. La combinación entre ficción y realidad es la que hace posible que una experiencia individual pueda convertirse en universal. Ser demasiado preciso con los detalles y las cronologías no es una garantía de autenticidad: “Los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos lo hacen para ocultarla” (V de Vendetta).

Voss, del escritor australiano Patrick White -otro premio nobel-, promete más de lo que finalmente ofrece, pero tiene párrafos memorables.

…la joven se encontraba arreglándose el cabello frente al espejo. Estaba pálida, aunque hermosa, vestida de verde musgo. Si la tez de Laura fuera más sonrosada, sería una verdadera belleza, se decía la tía Emmy, y por eso le aconsejaba que siempre dejara caer su pañuelo al suelo antes de entrar en cualquier habitación, para que la sangre le subiera hasta las mejillas cuando se agachara para recogerlo.

Me fascina la capacidad que tienen algunos escritores anglosajones, como White, Huxley y Maugham, para resumir el destino de la humanidad en el vuelo de un pañuelo. Es admirable la elegancia con la que nos dicen que el reto de comprender la existencia humana es inabarcable. Sino, que se lo pregunten a la tía Emmy. White me ha llevado hasta la página 159, pero me cuesta seguir; y la televisión tiene poco que ofrecer. La política, en general, es de un nivel tan bajo que roza lo despreciable y la actualidad, tal como la cuentan, es morbosa. Al grito de “¡más periodismo!” nos cuelan día tras día mensajes alienantes, con un ritmo endiablado.

Mi amigo Pablo Tarrero dice que no hay nada más barato que un periódico. Por un euro -es un decir- ofrece una variadísima cantidad de material de lectura. Hace algunos años dejé de comprar El País, mi periódico de cabecera de toda la vida, por su línea editorial con respecto al Procés catalán. Fue duro. Conozco bien a sus reporteros -Pablo Ordaz-, columnistas -Millás-, humoristas -Forges- y filósofos -El Roto-, pero la derechización de su línea editorial se me hizo insoportable. No soy independentista, porque amo España y me gustaría llegar a un pacto de convivencia que sea tolerante y respetuoso con la diferencia, como debe ser, pero parece que la mayoría parlamentaria no está de acuerdo conmigo y exige mano dura. Es una lástima. De todas formas, lo compro los sábados, con la excusa del Babelia, y este domingo, porque me encuentro mal y me gusta hacer el crucigrama blanco.

Me salto las primeras páginas, tratando de eludir la cosa política, y me detengo en la sobria calidad del dibujo de El Roto. “Primero hay que desorientarles para luego venderles nuestras guías”, dice. Es un buen comienzo. El largo artículo de José Álvarez Junco sobre el mito de la Reconquista me parece interesante, aunque no entiendo por qué lo relaciona con los mitos catalanes, pero parece que hoy todo tiene relación con Cataluña. A lo mejor es porque sabe que si dispara contra Cataluña le publicarán su relato demoledor sobre la gran mentira de la Reconquista. Que hay otras, ya lo sabemos. Toda la historia es mentira. Todo es ficción, menos el pañuelo de Laura al caer frente al dintel de la puerta del salón de tía Emmy.

John Carlin habla de otro premio nobel:

En el mismo acto recordó a sus nuevos correligionarios, aliados de Vox, que su enfado proviene, como leemos en sus columnas de El País hasta el aburrimiento, de su gran obsesión y objeto de ira, el nacionalismo. Está bien. A muchos tampoco nos gusta. El problema es que a Vargas Llosa le disgusta demasiado. Quiere acabar con el nacionalismo, lo quiere erradicar. El odio le ciega. No parece haber entendido (como tampoco lo entendió otra de sus bestias negras, Karl Marx) que el nacionalismo es como el invierno: debemos aprender a convivir con él y, si no nos gusta, a limitar sus daños.

A media transcripción me he dado cuenta de que el artículo no es de El País, es de La Vanguardia. Sorry! Los tengo mezclados sobre la mesa y no he podido evitar asociar John Carlin y El País. ¡Qué tiempos! Francesc Valls titula su artículo “Montserrat, mito y realidad”. Más mitos. Más Cataluña. El abad Escarré, que dejaba entrar a Franco en la abadía bajo palio -pocas bromas-, dijo en 1963 que la mayoría de los catalanes no son separatistas: “Nosotros somos españoles, no castellanos”. ¿Será también de La Vanguardia, o se la ha colado Valls a El País? En las páginas de cultura encuentro por fin solaz y sosiego. Mary Beard nos habla de la maravillosa Afrodita de Cnido, de Praxíteles, y cita esa bonita historia:

En este sentido, hay una famosa anécdota que hace referencia a dos pintores de finales del siglo V a.e.c. (antes de la era común), Zeuxis y Parrasio, que compitieron para decidir cuál de los dos era más hábil. Zeuxis pintó un racimo de uvas con tal realismo que los pájaros acudieron a picotear. Aquella ilusión prometía alzarse con la victoria. Sin embargo, Parrasio pintó una cortina, y Zeuxis, envalentonado con su éxito, exigió que se corriese para mostrar la pintura que había detrás. Según Plinio, que fue quien narró la historia en su enciclopedia, Zeuxis enseguida se percató de su error y reconoció la victoria de su contrincante con estas palabras: “Yo engañé a los pájaros, pero Parrasio me engañó a mí”.

Pablo tiene razón, el periódico da mucho juego, aunque no tanto como un buen libro. Vuelvo a Voss, página 160, y leo esa soberbia descripción:

El exconvicto era un hombre discreto en todos los aspectos, algo que se hacía más evidente en una persona de su volumen y fuerza. De hecho, era una mezcla de potencia y delicadeza, igual que esos árboles retorcidos que el tiempo y la climatología han torturado hasta convertirlos en formas grotescas, pero que siguen despidiendo aromas leves y sutiles y cuyas hojas tiemblan con el más mínimo cambio en el viento. Tenía el cabello prácticamente gris, y la nuca surcada de profundas arrugas. Era difícil calcular su edad, pero no era viejo. Hablaba pausadamente, aunque podría decirse que era elocuente. Cabía imaginar que sus conocimientos fueran considerables, aunque también parecía que nunca los compartiría, ni siquiera bajo amenazas. No es que no confiara en los hombres; más bien se trataba de que la injusticia y el desprecio de los que había sido víctima durante determinado periodo de su vida lo habían llevado a encerrarse en sí mismo. Había vuelto de entre los muertos, aunque no era capaz de admitir que aquello había sido un milagro, y puede que nunca lo hiciera; y puede que, en realidad, ni siquiera lo hubiera sido.

Por un momento he pensado que el exconvicto era uno de los consellers que están en prisión. ¡Qué obsesión!