L´àngel de la mort

En el salón de casa de mis padres, encima de una cómoda isabelina de gran tamaño, había una antigua maqueta del San Juan Nepomuceno, un galeón español del siglo XVIII que formó parte de la Armada Invencible. De pequeño me fascinaba. Me subía en una silla y lo contemplaba embelesado: las jarcias, el mascarón de proa, el castillo de popa, los cañones, perfectamente alineados, asomando por las troneras, y los dos botes de salvamento y maniobras. Solo los botes ya me parecían una maravilla. El barco viajó a mi casa, después de la muerte de mis padres, y hace unos meses Taro, un gato recién adoptado -posiblemente un agente doble al servicio de la Armada inglesa-, lo perjudicó gravemente. De Trafalgar salió mejor parado. Ahora está en Barcelona, recuperándose de varias intervenciones, y la jefa del equipo médico que lo ha atendido me ha recomendado ponerle una urna de metacrilato para protegerlo. Está bien, pero es muy frágil; la edad no perdona. He decidido llevarlo al taller de Pere Casanovas. Allí, además de la urna, pensaba pedirle a Pere que lo posara sobre una plancha de acero cortén con unos cuantos personajes del mismo material observando esta máquina de matar. Me gustaría que uno de ellos esté sentado en la base de madera sobre la que reposa el barco, junto al rótulo que lleva su nombre, hablando con alguien que permanece de pie. Quizás se pregunten por qué un barco tan bonito forme parte de una obra con un título estremecedor: L´àngel de la mort.

En 2016 La Vanguardia publicó un reportaje a doble página que llevaba el título La estrella de la guerra de Siria. La mayor parte del espacio lo ocupaba una infografía con la imagen de su protagonista: el helicóptero ruso Kámov KA-52 Alligator, con todo su armamento y personal desplegado a su alrededor. La noticia hacía hincapié en el valor de este ángel de la muerte y el fabuloso negocio que estaba haciendo la industria rusa. Moscú llevaba gastados 490 millones de euros en el conflicto y ya tenían pedidos del mundo entero por valor de 7.000 millones.

En el futuro quizás el Alligator despertará una fascinación infantil parecida a la que inspiró en mí el San Juan Nepomuceno, allá por los años cincuenta y sesenta del siglo XX.

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Dos sillas, 2014

Escribo encima de mi caseta, como hace Snoppy, con la candidez del que cree que tiene algo que decir, que sabe hacerlo y que alguien le leerá. Finalmente, es una cuestión de fe.

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Silla, 2014

La relación de los artistas plásticos con sus galeristas y marchantes es idéntica a la de los escritores con sus editores y agentes literarios. Nos ha reunido una pasión: el arte, nos separa una profesión: el Arte.

Hannah Arendt comparaba la política con una mesa: un lugar que nos reúne y, al mismo tiempo, nos separa. Cuando el arte o la política se profesionaliza aquella pasión inicial se desborda en una frenética carrera en pos del éxito, cada vez más lejos del estudio, silencioso y solemne como un templo, y la mesa de trabajo, con una flor fresca junto al teclado y un camino cerca por el que pasear y pensar en temas elevados. He conocido a buenos escritores a los que sus editores presionan para que nunca dejen de ser ellos mismos y para publicar regularmente, como si las nueve musas tuvieran horario comercial, y he visto artistas perderse de vista y a galeristas que han abandonado poco a poco su afición para convertirse en buenos profesionales, especializándose en arte emergente, arte contemporáneo, videoarte, minimalismo, arte conceptual o en pintura catalana, momento en el que deciden ignorar de una vez y para siempre todo lo demás. De la profesionalización pasan a la especialización y de esta a la ignorancia.

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Busco en la librería algún catálogo para ojear mientras veo las noticias del mediodía y el fuego crepita. Hace un día desapacible. Cojo uno de Jonas Burgert, de una exposición en Haunch of Venison, Londres, otoño de 2009. La exposición lleva el nombre de Hitting Every Head. Y sí: golpea. Al lado hay un libro-catálogo de Klaus Honnef titulado sucintamente Arte contemporáneo, editado por Benedikt Taschen en 1991. Me lo regaló un colega a finales del siglo pasado y me dijo que era la Biblia del momento. Aspira a ser una crónica del arte de una generación: la mía. Doscientas obras, cien artistas y doscientas cincuenta ilustraciones. Andy Warhol, Cindy Sherman, Julian Schnabel, David Salle, Gerhard Richter, Sigmar Polke, A.R. Penck, Peter Halley, Mimmo Paladino, Markus Lúpertz, Robert Longo, Anselm Kiefer, Keith Haring, Gilbert&George, Eric Fischl, Enzo Cucchi, Francesco Clemente, Sandro Chia, Joseph Beuys, Jean-Michel Basquiat, Georg Baselitz, Susan Rothenberg, Jeff Koons y Anish Kapoor. Una alineación impresionante, pero me cuesta mucho ver algo que me guste -las obras de Jonas Burgert me han impactado, quizás sea eso-. De hecho, me deprime, y sin embargo el currículum del autor es tan impresionante como el de sus apadrinados, pero si esa es la historia de mi generación no hay duda: me he equivocado de autobús.

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La Madre Urquijo era la Superiora del Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús (un nombre sobrecogedor), el colegio de mi madre y de mis hermanas. Habían ido a clase juntas, una se casó con Dios y la otra con mi padre, que más o menos venía a ser lo mismo. Era de una antigua familia del País Vasco que, como mi madre no se cansaba de señalar, había aportado una buena dote a la congregación, como mi madre a la suya. El matrimonio es una cosa muy seria. Tenía muy buen corazón, en eso también se parecían: era sencilla, humilde, con clase y completamente entregada a su vocación de servicio a los más desfavorecidos, dejando la enseñanza un poco en segundo término. Cuando se les permitió salir a la calle sin hábito -escandalizando a más de uno, incluida mi madre, que era muy conservadora- fue de las primeras en hacerlo. Donde desarrollaba su labor social, en barrios periféricos de Barcelona, el uniforme era más parte del problema que de la solución. La Madre Urquijo era inteligente. A partir de una cierta edad las dos tuvieron serios problemas de audición. Recuerdo una época en que era un poco incómodo estar con ellas porque o se hablaban a gritos o lo hacían en susurros, entonces cada una de ellas pensaba que la otra lo hacía a propósito. Debía de ser cosa de su época de estudiantes, cuando disfrutaban fastidiándose mutuamente. Nunca dejamos del todo la infancia. Mi madre adoptó el audífono y mejoró mucho; se lo dijo enseguida a su amiga, pero ésta le contestó que no podía permitírselo. Entonces a mi madre se le presentó un dilema ético: si le daba dinero para comprárselo se lo gastaría en obras sociales, la conocía muy bien, y si se lo regalaba corría el riesgo de que no fuera el más apropiado.

No recuerdo cómo lo solucionó.

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El martes 15 de octubre de 2019 se celebró en CaixaForum Barcelona una interesante reunión entre las familias Albéniz y Money-Coutts. Nos acompañó Jorge de Persia, que es el que más méritos tiene para ser un Albéniz. Por una extraordinaria coincidencia dos de los hermanos Coutts tienen casa en Girona, cerca de La Bisbal, y un tercero vive en Barcelona. Hace diez años contacté con ellos cuando buscaba financiación para mi Hommage to Isaac Albéniz and Francis Money-Coutts, una escultura pública dedicada al mecenazgo que intentaba realizar con motivo del centenario Albéniz. Quería saber si mantenían algún tipo de relación con el banco Coutts, por si podían estar interesados en esponsorizarla. Me hubiera gustado mucho instalarla en Londres. Lamentablemente hace mucho tiempo que no tienen ningún vínculo y no pudieron intermediar para sacar adelante un proyecto que, como tantos otros, permanece desde entonces en stand by. Mientras tanto, Antoni Vila Casas financió la dedicada a los músicos, representados por la gran Alicia de Larrocha, que está actualmente frente al Auditori de Barcelona.

Años después publiqué Suite Albéniz y les envié un ejemplar a varios de ellos. No sé lo que leyeron, porque su español es limitado, pero les gustó. Sobre todo el “¡Pon un Money-Coutts en mi vida!”, con el que acabé una discusión sobre mecenazgo con mi padre, a finales del siglo pasado, subiendo a Camprodón para visitar las obras del museo. Mi padre sostenía el relato familiar de que el “Pacto de Fausto”, como lo llamaban, coaccionaba la creatividad de su abuelo. No es cierto. En primer lugar, porque confundió a Money-Coutts con Henry Lowenfeld, el primero en suscribir un contrato de colaboración en exclusiva con el compositor de Iberia -fue entonces cuando se acuñó este desafortunado título-, y en segundo lugar porque cualquier artista, y sé de lo que hablo, sueña con tener un acuerdo de este tipo. Crispin, el actual barón de Latymer, me escribió dándome las gracias por poner en valor la decisiva influencia de su antepasado y reanudamos el contacto. Hace unas semanas, a propósito de la exposición Ópera: pasión, poder y política, en la que se expone el piano de cola Bechstein que le regaló Francis Money-Coutts a mi abuela Enriqueta, con motivo de su boda con Vicente Alzamora -con este instrumento trabajaban los dos amigos cuando coincidían en Londres-, le expliqué a Lavinia Mayer, responsable de la exposición, la historia del piano y surgió de manera natural la posibilidad de organizar un encuentro de las dos familias en torno a este histórico instrumento. Fue complicado agendar una fecha. Crispin y Shaunagh estaban en Turquía, donde pasan parte del año, Giles en Londres y Fanny, que es la que vive en Barcelona, estaba viajando un mes y medio por Hong Kong y China por motivos laborales.

Después de cruzarnos algunas decenas de mails lo conseguimos y los responsables de CaixaForum nos invitaron a comer en un reservado de la cafetería y nos acompañaron en la visita de la exposición, que es extraordinaria. Junto al Bechstein nos esperaba el responsable de prensa de la fundación y una periodista de La Vanguardia, Maricel Chavarria, que nos hizo una entrevista allí mismo, a pie de piano, después de una sesión de fotos. Casi sin querer se dijeron cosas importantes sobre arte, porque se habla poco de los sofisticados mecanismos internos que hacen posible la creación artística. ¿Quién escribe la historia? ¿Leonardo da Vinci o Lorenzo de Médici? ¿El artista o la persona que le permite desarrollar su talento? Creo que sin Francis, Isaac se habría centrado en la interpretación, como hizo Alicia de Larrocha, porque era un pianista excepcional, y habría descuidado su otra gran pasión, la más importante y trascendente: la composición. Porque había que ganarse la vida. Pocas bromas con eso. El apoyo financiero de su amigo y mecenas le permitió concentrarse en su talento compositivo y ambos legaron para la posteridad obras asombrosas que de alguna manera han cambiado la historia de la música.

Me fascinan las historias paralelas y ahí hay una magnífica.

Aquel mismo día, por la noche, Crispin escribió: How can an inanimate object produce such feelings?

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Técnicamente tuve una infancia feliz. No me faltó de nada. Mi familia era burguesa, de clase media-alta, que es como se denominaba a la burguesía que tenía patrimonio, vivienda en propiedad, segunda residencia y cinco hijos que iban a buenos colegios. Y coche. Hubo una época en la que no todo el mundo tenía coche. El primero que conocí fue un Seat 1400 negro (todos eran negros), de líneas redondeadas y aspecto imponente. Para un niño de seis años aquello era enorme, hoy me parecería pequeño. Antes de este mi padre había tenido un Studebaker, que es un nombre magnífico, pero yo no lo recuerdo.

Me gustaría matizar un poco esta estampa idílica de familia feliz en los años cincuenta. El nacional-catolicismo franquista teñía todo lo que tocaba. O sea, absolutamente todo. La religión era omnipresente, se veía con buenos ojos rezar el rosario -una interminable letanía de sentido indescifrable- en la intimidad del hogar y existía una cosa que se llamaba ejercicios espirituales, en la que se hablaba mucho del demonio; y otra, más extraña todavía, era el mes de María, en el que se glorificaba a un ser irreal -una madre virgen- y se la colmaba de flores. Pero lo más extraño de todo era la Semana Santa. Estaba prohibido cantar -en serio, no se podía-, tampoco estaba permitido circular en coche y la gente caminaba por el centro de la calzada -eso me gustaba, tenía algo de transgresor- camino de las iglesias, que lucían un decorado estremecedor. Me veo a mí mismo con ocho o nueve años acompañando a mi abuela, que era católica de Barbastro, que es una categoría especial, camino de la Iglesia de la Concepción, nuestra parroquia. Allí visitábamos un “monumento”. Creo que se llamaban así. Eran unas escenografías estremecedoras situadas normalmente en capillas laterales, si la iglesia era medianamente grande, y la Concepción lo era, con las imágenes cubiertas con telas moradas o negras y muchas velas encendidas. Ahí se concentraba la atención general, el resto del templo permanecía sumergido en las tinieblas. Encendíamos la correspondiente vela, rezábamos lo que fuera que se rezase y nos íbamos a visitar otro monumento, en otra iglesia, donde repetíamos el mismo ritual. Creo que lo hacíamos siete veces.

Los fines de semana los pasábamos en Barcelona, aún no habíamos descubierto el week-end, o mi familia no tenía todavía la segunda residencia en propiedad -la alquilábamos cada verano- , y los domingos por la tarde iba con algunos de mis primos al cine de la parroquia. Nos acompañaba una mujer que se llamaba Josefina. Allí vi Mon oncle, de Jacques Tati, y fue una revelación. Un rayo de sol en un cielo encapotado.

Pero lo peor de todo era el colegio. Me maravilla encontrarme con antiguos condiscípulos y que me hablen de aquel período con nostalgia. Era un horror. Aparte de la prohibición de hablar y enseñar en catalán (la frase “el catalán está prohibido” tiene mucho recorrido) y de las clases de Formación del Espíritu Nacional, de corte fascista -tenía un profesor de esta materia llamado San José; la memoria es caprichosa y en ocasiones absurda-, el horario era inhumano. Salía de casa a las ocho y cuarto de la mañana, con un frío considerable y un pantalón de franela gris ridículamente corto, caminaba quince minutos hasta la parada de metro, donde solía encontrarme con algún compañero de fatigas, tan angustiado como yo por el examen de matemáticas de las diez, y llegábamos al colegio a las nueve, después de caminar otros quince minutos desde la estación más cercana al colegio. Comíamos allí y salíamos a las siete (las chicas, porque era un colegio mixto, tenían un edificio propio y salían a las seis, para no coincidir con nosotros). Diez horas de colegio. Entre una cosa y otra estaba doce horas fuera de casa, todos los días, incluidos los sábados por la mañana, en los que además había misa de nueve, que nadie se podía saltar. Mi colegio era laico y, por lo tanto, progresista, según la lógica de la época. Obviamente no lo era, estaba prohibido siquiera mencionarlo, pero era un poco mejor que los colegios de curas, donde la misa era diaria. La religión, durante el franquismo, era sencillamente obligatoria.

Un día apareció por allí un nuevo profesor de filosofía que respondía al nombre de señor Casanovas. Yo entonces tenía ya dieciséis años y era un veterano curtido en mil batallas. Entre otras, había estado un verano interno en el colegio de La Salle de la Seu d´Urgell, un centro educativo que tenía algo de reformatorio. Aquello fue realmente duro, con un frustrado intento de abusos sexuales incluido. El señor Casanovas era muy gordo y muy viejo; y debía de tener algún problema de salud importante porque caminaba muy despacio. Probablemente se trataba de un problema de corazón, pero eso lo sé ahora, entonces su parsimonia nos hacía mucha gracia. Invertía sus buenos diez minutos en recorrer los ochenta metros que había entre la cancela de entrada al recinto escolar y la puerta del colegio, atravesando los patios de recreo. Corrió la voz de que se había exiliado después de la Guerra Civil y que había sido catedrático de filosofía en Venezuela, hasta que se jubiló. Entonces consiguió el permiso de los vencedores para regresar a su país y pasar el resto de sus días en su ciudad natal. A cambio, claro está, de su silencio. Tenía algún vínculo emocional con el Instituto Técnico Eulalia, que es como se llamaba mi colegio, y echaba de menos la enseñanza, así que aceptó impartir clases de filosofía a los mayores. El primer día de clase nos habló del temario, un poco de pasada, nos informó que era kantiano y nos dijo que estábamos todos aprobados. Esa fue su primera gran lección: el aprobado dejaba de ser un objetivo. En aquel contexto aquello resultaba cuanto menos sorprendente. Estábamos en 1966, los discos de los Beatles circulaban de mano en mano y los de los Rollings se consideraban subversivos. Desde luego lo eran. Empezábamos a pensar por nuestra cuenta. Para el examen de segundo trimestre tuvimos que preparar la parte que nos correspondía, según la ley de enseñanza vigente. Llegamos al aula, dejamos los libros lejos de nuestro alcance, se repartieron las hojas de examen, cogimos cada uno nuestro Bic azul y esperamos, nerviosos, las preguntas. Todos nos sabíamos de memoria el imperativo categórico de Kant. Esa seguro que salía. Pero solo hubo una pregunta, con un enunciado sorprendente: Consideraciones sobre el Decálogo. Se refería, nos aclaró el profesor, a los Diez Mandamientos. El señor Casanovas quería que habláramos del decálogo. Hubo un desconcierto general y algunas risitas nerviosas, pero, poco a poco, nos pusimos a la tarea. Era un reto formidable. No recuerdo lo que escribí yo, pero sí la sensación de euforia que sentí al dejarme llevar por la imaginación y por los argumentos que se me iban ocurriendo, uno tras otro, y cómo era capaz de enlazarlos para construir un relato. ¡Cómo me gustaría ver aquel examen! Estoy seguro de que en aquellos dos o tres folios está el germen de lo que ha sido mi vida posteriormente. Esa fue la segunda lección magistral del señor Casanovas: al alumno se le puede enseñar a pensar y al fascismo se le puede vencer con sus propias armas, porque el Decálogo era materia religiosa y, por lo tanto, intocable (eso no se me ocurrió aquel día, ¡lástima!).

La evaluación de aquel examen fue la tercera lección de este gran hombre. Medio siglo más tarde todavía estoy tratando de asimilarla. Nos dio las notas en voz alta a toda la clase, uno por uno, acompañándolas con un breve comentario. Yo fui el primero, porque lo hizo por orden alfabético. “Alzamora, un 9, pero se lo bajo a 7 por ausente moral y perturbador en clase”. No lo olvidaré nunca. Me supo muy mal que me rebajase la nota, porque yo no sacaba nunca sobresalientes. Imaginaba a mi padre estupefacto viendo en el boletín de notas un 9 sobre 10 en filosofía. Lo de “ausente moral” lo entendía, yo era un niño imaginativo y proclive a la distracción, pero no era culpa mía, el horario y la disciplina me asfixiaban. Uno de los días más felices de mi vida fue el día que acabé el colegio. Lo de “perturbador en clase” no lo entiendo. No era un alborotador. Quizás hablaba demasiado con los compañeros que tenía más cerca, pero ¿perturbador?