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“Si os preguntan qué señal del Padre hay en vosotros, responded: es un movimiento y una quietud”, evangelio apócrifo de Tomás, 2006

Hace unos días, a s´hora baixa, me llamó José Luis Pascual para decirme que nuestro amigo Jaime García Antón se estaba muriendo. Era cuestión de horas, quizás de minutos.

Siempre digo que yo trabajo para muy poca gente, aunque me alegra que sean muchos los que disfruten de mi obra. El feedback es un instrumento de trabajo muy importante, para mí, y el de Jaime tenía una calidad especial. Sin ser del todo consciente, buscaba su aprobación. Echaré mucho de menos sus comentarios sobre lo que pintaba y lo que escribía, dos aficiones que compartíamos, hasta el punto de que llegaron a definirnos como personas. La última vez que hablé con él fue poco antes del confinamiento; me llamó desde Valencia para hacerme un favor que no le había pedido. Estaba más contento que yo.

Jaime tenía un sentimiento de justicia social muy arraigado -también compartíamos eso-, algunas de sus mejores pinturas tienen esta temática, como la que está colgada en el vestíbulo de la casa de Manel Álvarez, una de mis preferidas, que representa una portada del Hola! en la que aparece un policía nacional de la época franquista, un gris, en actitud amenazante. Tiene una estupenda mala leche y la dosis perfecta de humor, porque su sentido del humor era (¡qué difícil es hablar en pasado!) legendario, dejando para la posteridad expresiones antológicas, como estar borracho de Coca-Cola, “me estoy fumando encima” o “tú que sabes inglés, pásame la sal, anda”.

Recuerdo que coincidimos en un funeral (!) y le comenté que en estas ocasiones siempre me viene a la cabeza una expresión de Joan Capri: “Quin joc més bèstia!”. Es la proposición filosófica más profunda que he oído nunca. Le encantó.

Sí, querido Jaime, quin joc més bèstia!

almacén 29 julio 2009

“La demencia en el individuo es algo raro; en los grupos, en los partidos, en los pueblos, en las épocas, es la regla”. Nietzsche

Sigo con Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk. Un hueso. Wittgenstein, Russell, Frege, Moore, una generación de pensadores mítica, marcada por las guerras europeas del siglo XX. ¿Cómo pudieron dedicar su vida al estudio de la lógica, la ética y la metafísica y, al mismo tiempo, abrazar causas patrióticas incoherentes? En 1914 la mayoría lo hizo con un entusiasmo sorprendente, excepto Bertrand Russell, que sufrió represalias por mantenerse fiel a sus ideales pacifistas y fue expulsado del Trinity College de Cambridge, además de cumplir seis meses de cárcel. Sus compañeros abrazaron la causa patriótica y se alistaron, bien para combatir a Alemania, el imperio austrohúngaro e Italia, o, si estaban del otro lado, contra Francia, Inglaterra y Rusia. Wittgenstein se alistó voluntariamente en el ejército austríaco y pidió con insistencia que lo trasladaran al frente ruso, donde acabó recalando y se distinguió por su valor. De locos. Bueno, lo estaba, un poco, pero sin un triste ataque de lucidez que le permitiera comprender que aquella guerra entre imperios en decadencia, cuando no de cartón piedra, era estúpida. Costó más de quince millones de vidas y mientras se perpetraba esa carnicería inútil, estos eminentes filósofos se cruzaban apasionadas cartas -a través de la neutral Suiza- en las que daban cuenta de sus progresos en materia de lógica (!).

Los hombres no van a la guerra para defender a su patria. Los hombres quieren morir y, si eso no es posible, matar, pero les da aprensión el suicidio y tratan de evitar la cárcel. Dios, Patria y Rey legitiman el crimen organizado, lo alientan, lo justifican y lo glorifican. Estos falsos principios morales son la excusa perfecta para que el hombre muestre su peor cara, disfrazada de principios más elevados, como nobleza y lealtad. Hombres y mujeres entran en éxtasis y declaran su amor a su país, al mismo tiempo que exhiben una xenofobia histérica frente a un hipotético adversario, porque no hay amor apasionado sin un buen oponente. El patriotismo es un sentimiento agresivo. Un patriota está dispuesto a dar la vida por Alemania porque ha nacido en Bonn o en un pueblo de la Selva Negra, pero si lo hubiera hecho en Katmandú, Lima o Manchester sólo cambiaría el nombre del objeto de su deseo. Él quiere morir, quiere matar, no importa a quién, no importa de parte de quién.

Keynes, el economista más influyente del siglo XX, el economista que nunca ha pasado de moda, escribe a Wittgenstein en 1915: “Espero que ya te hayan hecho prisionero y estés a salvo”. No sé cuánto hay de ironía y cuánto de inteligencia emocional en estas palabras, a lo mejor sólo es humor británico. En la misma carta le informa que ha ofrecido sus servicios al gobierno de su Majestad, en materia financiera, que Russell ha dejado la filosofía, después de publicar un nuevo libro, y que Moore y Johnson siguen con ella; Pinset todavía no se ha alistado y Békássy está en su ejército (el de Ludwig) y Bliss en el suyo. Un Barça-Madrid a lo bestia.

Un soldado voluntario del imperio austrohúngaro escribe a su antiguo profesor y colega británico y le pide que vele por su legado filosófico, en el caso de que muera en combate. Este acto tan incongruente lo protagoniza un pensador que después de la guerra publicará un libro que acaba con esta famosa frase: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. Wittgenstein estuvo cinco años en el ejército y le costó adaptarse a la vida civil, como a tantos otros, y siguió llevando el uniforme de un ejército que ya no existía durante muchos años. Es el valor de la imagen lo que da sentido al sinsentido. Como Michael Jackson disfrazado de Michael Jackson, así se paseaba Wittgenstein por la Viena de la posguerra, antes de trasladarse definitivamente a Inglaterra, donde murió en 1951, en Cambridge, nacionalizado británico.

dibujo Tanjore by night II

Llegamos a Tanjore, procedentes de Madrás y Pondicherry, al mediodía. El taxista nos dejó en un hotel y le dimos dinero para que se buscara alojamiento, sabiendo que, como la noche anterior, dormiría en el coche. En India no se alquila un coche para viajar, se pide un taxi. Basta con levantar la mano y el conductor te ofrece el mundo entero sin pestañear. Unas semanas antes, en Calcuta, el taxista con el que cruzamos el Howrah Bridge, un puente que cruzan cada día más de un millón de personas, se enteró que íbamos a volar al día siguiente a Siliguri, para desde ahí subir a Daarjeling y Kalimpong, en la frontera con Sikkim, con el Kanchenjunga de fondo, y se ofreció a llevarnos en su vehículo. Fue difícil convencerle de que no disponíamos de tanto tiempo. Dejamos nuestras mochilas y nos dirigimos al gran templo amurallado Brihadisvara, el centro neurálgico de Tanjore, que estaba a rebosar de gente que nos sonreía al vernos pasar. Creo que aquel día éramos los únicos europeos en el templo. Unos jóvenes universitarios, altos y esbeltos -luego supimos que jugaban en una liga universitaria de baloncesto-, se ofrecieron a acompañarnos y nos mostraron las maravillas que sucedían en cada uno de los subtemplos que forman parte del recinto. Interiores oscuros y misteriosos, a la luz vacilante de las velas, que olían a incienso y especies; había uno, lo recuerdo perfectamente, en el que al entrar tenías que hacer ruido, dando palmadas o carraspeando sonoramente, porque el dios que lo habita es un poco sordo.

Los taxis son también lugares para la revelación mística. Después del periplo a la sombra del Himalaya, viajamos en tren desde Siliguri a Benares y al llegar a la estación, con un retraso de doce horas -en serio, el trayecto era de diez horas y tardamos veintidós- cogimos un taxi para ir al centro y al poco tiempo el taxista detuvo su vehículo en el arcén, compró una guirnalda de flores a un vendedor ambulante, la pasó alrededor de una colorida estampa que tenía en el salpicadero y nos aclaró, con una sonrisa relumbrante: “She´s God”.

El recinto monumental era espectacular, pero lo más atractivo, desde todos los puntos de vista, era la gente. No te cansabas de mirar. Anochecía y la magia del lugar recibió una nueva iluminación, más favorecedora, y corrió la brisa, que suavizó el calor tropical, y se fue apoderando de nosotros una paz lánguida e intemporal. Sentados en el borde de una amplia tarima de piedra, escuchamos a nuestros anfitriones explicar las ventajas del matrimonio concertado, que es más complejo de lo que parece. Mientras veíamos como un elefante colocaba la trompa encima de la cabeza de los parroquianos que pagaban por ello, porque da buena suerte, nos explicaron que sus madres y hermanas les buscaban parejas compatibles, con amor y con la cabeza, no sólo con amor, como hacemos nosotros, los occidentales, y todos tenían derecho a rechazar propuestas, pero esperaban con ilusión conocer a las candidatas. Tal como lo explicaban era algo parecido a una cita a ciegas. Aseguraban que sus matrimonios duraban más que los nuestros y ante aquella aseveración callamos, respetuosos. Era una discusión retórica, que nos ayudó a pasar la velada.

En Bombay, a punto de coger el avión de regreso a Europa, cogimos, cómo no, un taxi para ir desde el aeropuerto hasta el centro. Acabábamos de volar desde Madurai para hacer el enlace y disponíamos de unas horas. No pudimos dejar las mochilas y las bolsas con las compras de última hora en la consigna porque por alguna razón no estaba operativa, pero el taxista, un sij, se ofreció a dejarlas en el maletero de su coche y regresar a la hora pactada, las cinco, para ir de nuevo al aeropuerto. No lo conocíamos de nada, pero llevábamos viajando por India varias semanas y confiamos en él. Anotamos su número: Mumbai 1755, y entramos en el hotel Taj Mahal, que está al lado de la Puerta de la India, para tomar un té y visitar sus interminables vestíbulos. A la hora prevista nos plantamos delante de la entrada principal y el conserje, que parecía un mariscal de campo con uniforme de gala, nos preguntó amablemente si queríamos un taxi y por primera vez nos cuestionamos si nuestra decisión había sido correcta, pero rápidamente recordó que nos había visto llegar -conocía a todos los taxistas de Bombay- y nos tranquilizó: “Seventeen double five? No problem!”.

Cuadro Alfonso Alzamora Foto Maria Alzamora 3
Menina Constellation, detalle, work in progress

Mi última crisis creativa ha durado cuatro años. Demasiados, incluso para mí. Me consolaba saber que dejar de pintar era una opción legítima. Además, me he volcado en la escritura, que viene a ser lo mismo que la pintura. Como le oí decir a Àlex Susanna, en la presentación de su poemario Dits tacats, el poema puede surgir de las circunstancias y experiencias más diversas. En este período aparentemente estéril acuñé una frase memorable: “No sé qué pintar, mientras tanto pinto”.

Durante el confinamiento ha pasado algo en mi estudio, lejos del teclado, que creo que puede ser significativo. ¿Casualidad o causalidad? Todo mi universo pictórico, a lo largo de estos cuatro largos años, podría resumirse en una docena de telas de mediano y gran tamaño que he ido revisitando una y otra vez, obsesivamente. Si era capaz de resolverlas habría triunfado, si no me quedaría con la imagen de Marcel Duchamp jugando al ajedrez en Cadaqués, lejos del mundanal ruido, como diría Thomas Hardy. Siempre me ha atraído la misantropía. Tres de estas telas componen una serie que titulé inicialmente Dyptich for a German collector. Efectivamente, en 2016 una coleccionista alemana me encargó una menina, en formato díptico, de una medida determinada, y empecé tres. Una vez acabadas (es una manera de hablar) viajó desde Düsseldorf hasta Ordis y eligió una tela del mismo tamaño y temática que no era ninguna de esas tres. Escogió bien; supongo que percibió la crisis que empezaba a flotar en el aire.

La serie siguió evolucionando y uno de los dípticos se convirtió en Menina Constellation, porque mientras pintaba unos papeles en el suelo alcé un pincel grueso cargado de pintura blanca y el gesto salpicó la tela, que estaba demasiado cerca, dibujando una constelación perfecta, con carro y todo, junto a la figura femenina. Otro pasó a llamarse Menina cúbica, porque utilicé el cuadrado como plantilla para volver a pintar el fondo, y en el tercero incorporé hace medio año la silueta del perro de Las Meninas, de Velázquez, además de pintar un rojo Rohko en buena parte del fondo, que antes era totalmente índigo caligrafiado. Unas semanas después, desesperado, porque no estaba pasando nada importante, decidí seguir arriesgando y en la cúbica dibujé a un lado de la menina el perfil del skyline de Delft, sacado de la obra de Vermeer. Estaba leyendo El sombrero de Vermeer, de Timothy Brook. y todo me daba igual. Me dejaba llevar y aunque los resultados no eran malos tampoco eran buenos. Quiero decir que no había sorpresas. Empezó el confinamiento y el silencio se adueñó de nuestras vidas. El trabajo del pintor y el escritor es solitario, de manera que nada cambió sustancialmente, pero aquel silencio intimidaba. En un arranque de originalidad decidí escribir un diario de pandemia, mientras me sentía observado, y tal vez juzgado, por las telas que me rodeaban, porque escribo en el mismo lugar que pinto. Un día, cogí una menina vertical sobre fondo rojo, que había expuesto en Bélgica en 2017, y le pinté un marco oscuro de un palmo de ancho. La figura se acercó al espectador y, al mismo tiempo, la pared sobre la que estaba apoyada la tela se alejó. Es lo que tienen los marcos: aíslan la composición del entorno, le dan perspectiva y, en consecuencia, profundidad. Me gustó e hice lo mismo con otras dos telas, una de ellas cuadrada. Empezaba a pasar algo. “¡Pepe, agita la coctelera!”, le gritaba el cobrador del tranvía 64 al conductor en la década de los sesenta. Eso quería decir que Pepe pegaba un frenazo y el personal se iba hacía delante, liberando espacio en la parte trasera del vehículo, donde estaba el agobiado administrador.

Las glicinas florecieron y más tarde su flor tapizó el suelo de nieve blanca y morada, el tilo fue cobrando protagonismo hasta cubrir una buena sombra y en los campos de Ordis el cereal llegó al metro de altura, mientras esta colección de telas, las telas del cambio, esperaban algo más que un marco. James Whistler, un excelente pintor americano del siglo XIX, escribió “el arte sucede”, y en este rincón de Europa, en el siglo XXI, no estaba sucediendo. Aristóteles, que era un tipo muy inteligente, no distinguía entre arte y artesanía, y ahí estaba yo, tirando de oficio, pero sin capacidad de trascender. Hasta que un día decidí incorporar un plano geométrico de color blanco, uniforme, plano, sin textura, entre la figura y el marco, a ver qué pasaba. Fue como si se encendiera la luz. Mis pupilas se dilataron y esbocé una sonrisa. Apliqué este nuevo elemento constructivo a las otras telas, excepto a los Dameros, que no lo necesitan -son un grupo de planos geométricos danzando en el espacio, razón por la cual he titulado esta serie Si es música-, y el estudio se fue iluminando y empecé a ir al cuarto de jugar ilusionado, intrigado e interesado. Hacía años que no me pasaba. Por fin las obras eran mejores que yo, habían dejado de ser predecibles.

No sé qué pasará en el futuro, pero estos días entro en el estudio con aquella maravillosa inseguridad de antaño. Abro la puerta por la mañana, temprano, con un café bien caliente en la mano izquierda, mientras la derecha enciende el ordenador y pone música –Women of jazz-, y miro, y paso de la exaltación de la genialidad -yo, que no creo en genios, pero disfruto de sus genialidades- al terror del fracaso en milésimas de segundo.

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El lugar más especial que visité, tal vez, fue una mina sagrada, Wilgie Mia, en el interior de Australia. Contiene ocre, el rojo más profundo, puro y aterciopelado que jamás hayas visto, es como el lugar donde nació el rojo …/… Los aborígenes creen que es la sangre de sus antepasados. A medida que bajábamos, la luz del sol entraba por la boca, y las paredes, que absorbían el sonido, parecían palpitar, era como si nos moviéramos dentro de un sueño.

Will Hunt, autor de Subterráneo, entrevistado por Ima Sanchís en La Contra de La Vanguardia

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Escalera de caracol, 1980 (?)

Trato valerosamente de leer la biografía de Ludwig Wittgenstein de Ray Monk, un ladrillazo muy interesante. Los académicos escriben para su entorno, no lo pueden evitar. Hace muchos años, el príncipe Carlos de Inglaterra levantó un gran escándalo cuando dijo públicamente que los arquitectos trabajaban para sus compañeros de curso, no para la gente. Todo el mundo sabe que sus gustos personales en esta materia son muy conservadores, pero el comentario era incisivo. Cuando acometí el reto de escribir un libro sobre Albéniz, mi ilustre antepasado, mi punto de partida no fue el músico, sino un hombre que, poco a poco, según lo iba conociendo, fue interesándome más y más hasta que fui capaz de dibujar su perfil más humano, que me parece muy atractivo. Desde ahí, pensé, se puede entender mejor su música. La biografía más importante del compositor era -y supongo que sigue siendo- la de Walter Aaron Clark, otro ladrillazo importante, escrita desde el campus de la universidad de Kansas, donde imparte sus clases, y dirigida fundamentalmente a sus colegas y alumnos. En las primeras páginas de Ludwig Wittgenstein me tropiezo con estas palabras del filósofo austríaco Otto Weininger, una de sus primeras grandes influencias, referidas a “la decadencia de los tiempos modernos”:

… unos tiempos en los que el arte se queda satisfecho con unos pintarrajeos y busca su inspiración en deportes propios de animales; unos tiempos de anarquía superficial, sin sensibilidad hacia la Justicia y el Estado; unos tiempos de ética comunista, de la más necia de las visiones históricas, la interpretación materialista de la historia; unos tiempos de capitalismo y marxismo; unos tiempos en que la historia, la vida y la ciencia no son más que economía política e instrucción técnica; unos tiempos en los que se cree que el genio es una forma de locura; unos tiempos sin grandes artistas ni grandes filósofos; unos tiempos sin originalidad y aún así con la más ridícula ansia de originalidad.

Es un fragmento de Sexo y carácter, libro publicado poco antes de que se suicidara, el 4 de octubre de 1903, en la casa de la Schwarzspanierstrasse donde Beethoven, el genio oficial de aquella generación de buscadores de genios, había muerto. Esta acción fue considerada en su época un acto intelectual heroico y el libro tuvo un enorme éxito, a pesar de su misoginia y antisemitismo. Por cierto, Weininger era judío y homosexual, aunque esto último no tiene por qué tener nada que ver con su visión de la feminidad. A mí lo que me impresiona es la atemporalidad de este párrafo, que muchos firmarían hoy, con su apoteósico final: “… unos tiempos sin originalidad y aún así con la más ridícula ansia de originalidad”. Define una actitud crítica frente al panorama cultural de una época que podría ser cualquiera. Claro que hay artistas, pocos, pero los hay, ¡él es uno de ellos!, y si no es así siempre quedará el suicidio como prueba suprema de su impotencia. Pero, ¿quién es Otto Weininger? Por lo que cuenta Ray Monk y lo que he podido leer en internet -tampoco me he esforzado mucho-, su primer interés fue la filología y llegó a dominar griego, latín, francés, inglés, español, noruego e italiano, aparte, claro está, de su alemán materno, y fue también naturalista, matemático, físico y filósofo. Murió a los veintitrés años.

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Torso de menina, 1990

En la música, como en todos los aspectos de la vida, yo no creo que haya habido una rebelión de las masas sino que lo que debemos preguntarnos es ¿a quién siguen las masas? ¿Realmente todo aquello que nos dicen que es bueno es tan bueno? Recuerdo a Alicia de Larrocha en San Francisco, cuando salía a saludar al escenario tras un concierto y el público estaba enfervorecido, con un estruendo de aplausos. Ella volvía a entrar al pasillo de camerinos y golpeaba la pared, casi tirándose de los pelos por lo mal, según ella, que había tocado… y volvía a salir a saludar, de nuevo ante un público entregado… ¿Quién tenía razón ahí? ¿El público o Alicia?

Se lo explica el pianista Joaquín Achúcarro a Gonzalo Lahoz en una entrevista para Platea Magazine, publicada en marzo de 2016. Me impresiona todos los frentes que abre el maestro en un solo párrafo, empezando por el genérico ¿a quién siguen las masas? Ahí es nada. Realmente, ¿lo saben? ¿O es siempre una versión del líder, no necesariamente la que más se le parece? Luego se pregunta: ¿Realmente, todo aquello que nos dicen que es bueno es tan bueno? Llevo años escribiendo sobre esta cuestión, asociada al arte contemporáneo, que es lo que mejor conozco, y he llegado a la conclusión de que no, no lo es, al menos no necesariamente. En el caso de Alicia de Larrocha es evidente que la mayoría de la gente que ama la música tiene razón cuando afirma que ha sido una intérprete prodigiosa, pero quizás no lo fue aquella noche, en San Francisco. Nadie mejor que ella sabía dónde había fallado, eso es incuestionable, pero lo que a lo mejor no se le ocurrió pensar es que su público se lo perdonaba todo, porque seguro que aquella interpretación tuvo momentos inolvidables. Recuerdo un recital de Victoria de los Ángeles en la iglesia del Carmen de Perelada, hace muchos años. Parece ser que no fue su mejor noche -yo no soy un buen aficionado y no pude juzgarlo-, según comentaban algunos expertos, que señalaron la avanzada edad de la cantante como una posible explicación, pero tuvo momentos memorables, en eso estuvimos todos de acuerdo. Escucharla fue emocionante.

Gérard Depardieu es un gran aficionado a la pintura y tiene una obra mía, un torso de menina que pinté en 1990. La vio en Barcelona, en un catálogo que esponsorizó una productora de cine, y se interesó por ella. Llegamos a un acuerdo y la persona encargada de entregársela en París, aprovechando una reunión para hablar de la película que se traían entre manos, no pudo llevársela el día señalado porque en el último momento cambió de idea y viajó en avión, en lugar de hacerlo en coche, como tenía previsto, y la tela era demasiado grande y frágil para facturarla. Depardieu, cuando le vio entrar en el despacho de un productor llamado apropiadamente Goldman, preguntó: Où est mon Cyrano?

Un artista pinta una menina en un rincón del Ampurdán, tratando de transmitir todo lo que ha aprendido hasta aquel momento sobre esta figura icónica de la feminidad, sin perder de vista que el motivo no es lo más importante, de la misma manera que Asturias, de Albéniz, va más allá del Principado de Asturias, en el norte de la península ibérica. Ha llegado a ella desde la geometría, por extraño que parezca, porque toda su obra gira alrededor del cuadrado y la menina es la única figura antropomórfica que conoce que mide lo mismo de alto que de ancho. Pero el actor francés acababa de interpretar Cyrano de Bergerac, en versión de Jean-Paul Rappeneau, precisamente en 1990, el mismo año en el que pinté este torso de menina, y se identificó con aquel mítico soldado, escritor, matemático, astrónomo, inventor y filósofo del siglo XVII -el mismo de Velázquez, responsable indirecto del término Menina– hasta tal punto que confundió los dos iconos, creándose un monumental malentendido.

¿Quién tenía razón ahí? ¿El público o Alicia?