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Cartel de la película estrenada en Cannes en 1992

Don Quijote y Sancho Panza llegaron a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía, en plena celebración del santo patrón de la localidad. El vino corría generoso, y las risas, y las palabras a gritos y la música que competía con ellas. Los acogieron con alegría desbocada y se mofaron de la extraña pareja, llevando su crueldad hasta el extremo de escenificar una parodia improvisada en la que invistieron alcalde al fiel escudero de Don Alonso. El caso es que la ceremonia estuvo tan bien representada, con su correspondiente notario, que redactó el acta con los anteojos ladeados y la mirada turbia, que al día siguiente se mostró tal cual era: perfectamente legal. Costó darle la vuelta al asunto lo que cuesta anular un matrimonio. Mientras tanto, ante la estupefacción general, ¡Sancho lo hizo admirablemente bien!

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Foto Maria Alzamora

Doce personas escribiendo alrededor de una mesa alargada, en una habitación de techo bajo, como doce apóstoles haciendo lo que no deben: pensar. Ainara recita como escribe, a ritmo de rap, y Esmeralda, que dirige el taller, trata de corregirla, a ver qué pasa. Cuando lo consigue todos echamos de menos su verbo sincopado. Maite mira a su alrededor buscando algo que está en su interior y trata de exorcizar algunos fantasmas del pasado. Marta es una persona cuando lee y escribe en catalán y otra, muy distinta, cuando lo hace en castellano. Hasta el brillo de sus ojos es otro. Kira parece tallada de una sola pieza, como sus textos, que recita con voz suave como si leyera el prospecto de una medicina; cuando quieres darte cuenta, estás metido en una historia que te atrapa. Azu se juega la vida escribiendo, como Teresa, sentada a su izquierda, que mantiene intacto su misterio. Marta, Azu y yo sabemos de lo que es capaz, pero ella sigue en silencio. Nadie le dirá cuándo debe mostrarse. Isabel deja que su relato se deslice entre murmullos. Marce me recuerda a Daniel Mordzinsky, “el fotógrafo de los escritores”, a quien conocí hace algunos años en la inauguración de su exposición dedicada a Javier Cercas, en la Casa de Cultura de Girona. Aquel día explicó que salió de Argentina en 1978, en plena dictadura, y, como buen argentino, se fue a París. Hacía fotos sociales, comprometidas, según él no demasiado buenas, pero de alguna manera consiguió que le ofrecieran una exposición. A pesar de ello se sentía triste y solo, alojado en una chambre de bonne, en el sexto piso de un edificio de no sé qué calle. Admiraba a sus paisanos escritores, tenía sus preferencias y muy pocos amigos en París. Entonces tomó una decisión. Bajó los seis pisos, entró en una cabina telefónica y buscó en una guía desvencijada hasta que dio con el nombre que buscaba: C-O-R-T-Á-Z-A-R, Julio. ¡Lo encontró!, ahí, con todas sus letras. Se armó de valor y llamó. Saltó el contestador automático y se quedó mudo. Volvió a intentarlo más tarde y esta vez le dejó un mensaje: “Me llamo Daniel Mordzinsky, no soy nadie, no he hecho nada, pero hago una exposición de fotografía y me harías el pibe más feliz del mundo si vinieras a verla. Es en tal sitio, inauguro a tal hora, etc etc”. Marce se presentó con estas mismas palabras: “No soy nadie, no he hecho nada”, pero luego demostró que sabía más de lo que decía. Marina Bukowski vomitó su discurso con la fuerza de la desesperación y luego, más tranquila, disfrutó de la velada con una sonrisa dulce. Silvia exclamó, después de leer un texto suyo: “¡Puedo escribir!”, y Raquel nos ofreció retazos de la historia que quiere narrar: la suya. ¿Acaso tenemos otra? A media tarde Esmeralda me regaló un poema de una sola línea: “Está todo por hacer en el silencio”.

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Foto Maria Alzanmora

Siempre he pensado que los años de marginalidad que viví en el Ampurdán a finales de los años setenta y en la década de los ochenta se debían a una actitud existencial de rechazo al orden establecido. Vivir lo más lejos posible de las normas me parecía la mejor respuesta personal ante el cúmulo de paradojas e injusticias sociales pasadas, presentes y presumiblemente futuras. Me solazaba en una militancia política absentista bastante activa, dentro de los límites muy reducidos a los que podía hacer llegar mis opiniones, puesto que consideraba la democracia occidental una pura y dura perversión de la República de Platón. También me tranquilizaba vivir en los umbrales de la pobreza, pues esto me eximía de cualquier obligación tributaria al no tener nivel alguno de renta que declarar.

Recuerdo estar sentado en el alféizar de la ventana del estudio al atardecer, fumando, bajo el cielo azul ampurdanés, la calle sin asfaltar bañada por el sol, las sombras recortadas nítidamente en paredes de piedra antigua, mirando la multitud de gatos que por aquel entonces tenía mi vecina, sus curiosos ritos, sus magníficas perezas, de pronto el salto silencioso y perfecto de cualquiera de ellos.

En este ambiente de amante de causas perdidas, que podía permitirme porque no tenía obligaciones directas ni ineludibles, pagaba más o menos gustosamente el precio de las numerosas incomodidades domésticas, financieras e incluso profesionales que este tipo de situaciones conlleva. En invierno el frío era muy poco poético y resultaba devastador para los amigos que venían a visitarme; con frecuencia tenía que achicar agua del salón en plena noche si la tormenta era medianamente fuerte y las angustias económicas eran de cuantías que hoy me hacen sonreír, pero que entonces no me hacían ninguna gracia. Pasé mucho tiempo solo, quizás demasiado, vivía como podía una existencia sin ambiciones mientras realizaba un trabajo que es ambicioso por naturaleza.

Afortunadamente, en este rincón del Mediterráneo el clima es templado, la primavera con frecuencia se anticipa, el verano es acogedor y cómodo y el otoño largo y un poco melancólico. Siempre he reconocido la marginación de carácter social de aquel período, pero ahora empiezo a pensar que la profesional fue también muy importante. Aquellos años de aislamiento fueron fundamentales para mi pintura. Me permitieron aprender e investigar con libertad, lejos de las modas y tendencias marcadas por un mercado al que le gusta marcar. Hice constructivismo más o menos geométrico cuando lo que tocaba hacer era abstracción a la americana, aprendiendo que un cuadro es un ejercicio de geometría descriptiva en la misma medida en que la música es matemática. Luego me dediqué al expresionismo figurativo cuando seguía imperando la abstracción y algunos hacían entonces constructivismo geométrico; hice cualquier cosa que se me ocurriera hasta tener suficientes registros para abordar con recursos lo que estoy haciendo ahora mismo. En esta actitud había también una respuesta personal frente a un mercado que no entendía y que supuestamente era el mío. Ahora estoy en él, desde hace unos años, desde que tengo obligaciones ineludibles, desde que se me contagió la ambición de mis pinturas y esculturas que pugnaban por salir del estudio para intentar llegar lo más lejos posible. De todos modos sigo sin entender muchas de cosas. Resulta sumamente extraño pasear por una feria importante y darme cuenta de que la mayoría de lo expuesto o no me gusta o no lo entiendo. No me parece normal, llevo ya bastantes años trabajando y no me considero completamente estúpido. Al mismo tiempo es interesante constatar que ante las vanguardias históricas los porcentajes se invierten, la mayor parte de lo que veo me gusta o me interesa, entiendo que entonces es la perspectiva que da el tiempo la que se ha cuidado de seleccionar las obras de estas épocas ya un poco lejanas.

Es difícil que me guste lo que no comprendo, aunque me impacte. Aunque sea diferente. No creo que la función primordial de una obra de arte tenga que ver con el sentido de la inmediatez, con la subsiguiente ausencia de segundas lecturas, normalmente acompañada de una desesperada necesidad de explicarla con palabras. Al arte conceptual que persigue provocar abruptamente cualquier emoción, incluida la sorpresa, le veo truco. Todo vale, una lata de cerveza ligeramente aplastada de seis metros de altura, de poliéster y pintada de azul Klein, una réplica de la estatua de Colón a tamaño natural en un espacio pequeño, donde apenas cabe y pintada también de azul, o unas cuantas piedras formando un círculo, sin más. Solo hay que tener una idea, casi cualquiera, y desarrollarla, que es donde acaba estando el mérito: en cuestiones técnicas y logísticas. Las obras de Christo impresionan porque parece mentira que consiga realizarlas.

Para que una pieza conceptual me interese tiene que estar contextualizada en el marco de una obra más amplia, con más registros y en donde prime el respeto al objeto capaz de definirse por sí mismo. En otras palabras, hay que ganarse el derecho a realizar este tipo de investigación plástica, que puede llegar a ser apasionante. Empezar directamente por ahí tiene truco. Insisto. Es ir de genio. Y sobran. Recuerdo la broma de un viejo teólogo que citaba José Ramón Recalde: “Todos los hombres tienen un pájaro en la cabeza, pero solo los obispos creen que es el Espíritu Santo”. Recalde lo ubicaba en el contexto de un discurso político pero, como todo buen aforismo, tiene múltiples lecturas y encaja aquí perfectamente con lo que intento explicar.

He visto en una galería de arte una barra de hierro de dos o tres metros de largo apoyada en la pared. Cerca había una etiqueta con el nombre del artista, el título y el precio. He hablado con el galerista y me ha dicho que estaba muy orgulloso de haber podido traer a este artista a nuestra ciudad; me ha enseñado su currículum, espectacular, y le he oído quejarse de lo mal que está el mercado últimamente, de la crisis y de la falta de un coleccionismo de vanguardia de verdad. También ha denunciado a las instituciones públicas por no financiar este tipo de exposiciones. Le he escuchado estupefacto. No sabía que las barras de hierro estuvieran a este precio.

Se estaba verdaderamente bien, en el alféizar.

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Foto Maria Alzamora

El caso es que Duchamp era muy bueno. Su Desnudo descendiendo la escalera II y La novia, dos pinturas al óleo fechadas en 1912, son estupendas. En 1961 realizó su primer ready-made, el de la rueda de bicicleta encima de un taburete. O, en sus propias palabras, en el hecho de montarlo en su taller y mirar como rodaba. Ahora ya no rueda, la rueda del taburete, porque los vigilantes del museo donde está expuesta lo impiden. ¿Dónde está la obra? Para Duchamp era el movimiento, para la Historia del Arte es un objeto inmóvil. En 1992 mi mujer y yo fuimos a ver una exposición titulada Picasso and the age of iron, en el Guggenheim de Nueva York, y a Teresa se le ocurrió soplar delante de un móvil de Calder. Fue inmediatamente reprendida por un vigilante; pero ella tenía razón, no hubo obra hasta que se puso en movimiento. Por ahí en medio, entre 1912 y 1961, hay dos guerras mundiales espantosas y el advenimiento del liberalismo económico, que se traduce en el mundo del arte en un mercantilismo galopante. Los artistas más sensibles se rebelaron y crearon un movimiento transgresor muy dinámico, que llamaron Dadá. Duchamp expuso su urinario y Richtenberg su clavo en la pared con el título de la obra: Un cuchillo sin mango cuya hoja se ha perdido. Prefiguraba el objeto dadá por excelencia, que existe, puesto que es objeto de una definición, pero que al mismo tiempo no es nada. El mercado, inasequible al desaliento, compró el dadaísmo y Duchamp dejó de trabajar y se dedicó a jugar al ajedrez.

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Menina y Héroes Anónimos / 1996

Me produce vergüenza ser historiador de arte en el siglo XX. ¡Cuando en la ciencia ha habido logros portentosos, como el descubrimiento de los mecanismos hereditarios! ¡Y que, mientras los científicos alcanzaban tales proezas, un artista enviaba a una exposición un urinario como si esto fuera un gran logro del siglo XX! Me irrita el abismo entre el nivel intelectual de lo que ocurre en ciencia ahora mismo y la discusión solemne sobre un chiste de estudiante.

                                                                                                         Ernst H. Gombrich

¿En qué momento perdimos el rumbo? Si es que hay alguno, claro.

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Transcribir un texto es como interpretar una composición musical. En los dos casos conoces la obra; si es musical a lo mejor la has oído infinidad de veces y la has tocado otras tantas, pero si es buena siempre hay algo que te sorprende, porque estás dentro del relato y ese es un lugar donde suelen pasar muchas cosas. Porque la calidad está llena de matices, lo mismo da que se trate de una de las piezas de la Suite Iberia de Isaac Albéniz como de Nanette, un monólogo reciente de Hannah Gadsby. Suelo decir a mis clientes que si la pintura que han escogido es buena cada día les gustará un poco más; en cambio, si es mala acabarán ignorándola, convertida en un aplique del pasillo. De los anodinos. Para mí, transcribir estas líneas de Nanette ha sido una experiencia.

Toda mi vida me han dicho que odio a los hombres. No los odio, honestamente, no es así. No odio a los hombres. Pero… hay un problema. Yo ni siquiera creo que las mujeres sean mejores que los hombres. Creo que las mujeres son tan corrompibles por el poder como los hombres, porque amigos, no tenéis el monopolio de la condición humana, imbéciles arrogantes. Pero la historia es como la habéis contado vosotros. El poder os pertenece. Y si no podéis lidiar con vuestra propia tensión sin violencia, tenéis que preguntaros si realmente estáis a la altura de estar a cargo de todo. No odio a los hombres. Pero les tengo miedo. Si estoy sola en una habitación llena de hombres, tengo miedo. Y si creéis que eso es raro, es que no habláis con las mujeres que os rodean. No odio a los hombres, pero me pregunto cómo se sentirían de haber vivido mi vida. Porque fue un hombre quien abusó sexualmente de mí cuando era niña. Fue un hombre quien me molió a palos cuando tenía 17, en mi plenitud.

Hace unos minutos Hannah Gadsby ha hablado de Historia del Arte, de van Gogh, del cubismo y de la ruptura que supuso Picasso al invitar a los artistas a romper la perspectiva tradicional, de tres dimensiones, para incorporar más perspectivas, todas las posibles, en una misma composición. También ha mencionado su misoginia. Y algo más: Marie-Thérèse Walter tenía 17 años cuando se conocieron, Picasso 42. ¿Acaso importa? Sí. De hecho sí. Sí que importa. Pero, como dijo Picasso: “No, era perfecto. Yo en mi plenitud, y ella en la suya”.

Fueron dos hombres quienes me violaron cuando apenas entraba en los 20. Decidme por qué eso está bien. ¿Por qué estuvo bien que me eligieran del montón y me hicieran eso? ¡Habría sido más humano llevarme al prado de atrás y darme un balazo en la cabeza si ser diferente es semejante delito! No os cuento eso para que me veáis como una víctima. No soy una víctima. Os lo cuento porque mi historia tiene valor. Mi historia tiene valor. Os lo cuento porque quiero que lo sepáis. Necesito que sepáis lo que yo sé. Que te reduzcan a la impotencia no destruye tu humanidad. Tu resiliencia es tu humanidad. Los únicos que pierden su humanidad son los que se creen con el derecho a reducir a otro ser humano a la impotencia. Ellos son los débiles. Doblegarse y no quebrarse, eso es de una fortaleza increíble. Si destruyes a la mujer, destruyes el pasado que representa. No permitiré que mi historia sea destruida. Qué no habría dado por oír una historia como la mía. No por la culpa. Ni por reputación, ni por dinero, ni por poder. Sino para sentirme menos sola. Para sentirme conectada. Quiero que mi historia sea oída. Porque, irónicamente, creo que Picasso tenía razón. Creo que podríamos pintar un mundo mejor si aprendiéramos a verlo desde todas las perspectivas, desde tantas como fuera posible. Porque la diversidad es fuerza. La diferencia, una maestra. Si temes a la diferencia, no aprendes nada. El error de Picasso fue su arrogancia. Dio por sentado que podía representar todas las perspectivas. Y nuestro error fue invalidar la perspectiva de una niña de 17 años por creer que su potencial jamás llegaría a ser igual al de él. Tener retrospectiva es un don. ¿Podéis dejar de hacerme perder el tiempo? ¡Una chica de 17 años no está jamás de los jamases en su plenitud! ¡Ni soñarlo! ¡Yo estoy en mi plenitud! ¿Pondríais a prueba vuestra fuerza conmigo? Ni de coña se atrevería nadie a probar su fuerza conmigo porque todos sabéis que no hay nada más fuerte que una mujer rota que se ha rehecho a sí misma.

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Fragmento del monólogo Nanette, de Hannah Gadsby (II)

Vincent van Gogh. La manera en que contamos su historia no está bien. Es destructiva. La hemos reducido a una fábula de mendigo a millonario. Vendió un solo cuadro en su vida. Y mirad lo que ha logrado. “Está muerto”. ¡Sí, pero es muy exitoso! En vida vendió solo un cuadro. Y la gente cree, con esa historia, que fue un genio incomprendido. Adelantado a su tiempo. Qué estupidez. Nadie se adelanta a su tiempo. ¡Es imposible! ¡Nadie nace antes de su tiempo! Quizás los bebés prematuros, ¡pero se ponen al día! ¡Los artistas no inventan Zeitgeists! Responden a ellos. No se adelantó a su tiempo. Fue un pintor posimpresionista, que pintó durante el auge del posimpresionismo, mientras Pablito clavaba su clavito. No nació adelantado a su tiempo. No sabía establecer contactos. Porque estaba tocado. Mal de la cabeza. Su energía era inestable. La gente cruzaba la calle para evitarlo. Por esto no vendió más que un cuadro en toda su vida. No podía hacer contactos. Esto de idealizar la enfermedad mental es ridículo. No es su billete a la genialidad. Es un billete a ningún lado. Y los artistas no son estas increíbles criaturas míticas que existen fuera de este mundo. No, los artistas siempre han sido muy parte del mundo, y muy, muy cercanos al poder. Siempre. Poder y dinero, el arte siempre está cerca.