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Decía Joan Miró que individualmente se consideraba un optimista moderado, pero colectivamente era un pesimista absoluto. Lo he repetido muchas veces, desde que me lo explicó su nieto David, hace muchos años. El triunfo del individuo frente a la colectividad ha guiado mi vida, porque solo puedo responsabilizarme de mis actos. La palabra “triunfo” está mal empleada, porque siempre ganan ellos, los más brutos, frente a los audaces. La epopeya de Tara Westover (Una educación, editorial Lumen) nos alcanza a todos. Explica con una sinceridad estremecedora lo que significa vivir al margen de la ley impuesta por el hombre, en sentido literal, porque la sociedad mormona es un patriarcado feroz, como todas las organizaciones religiosas. Los sentimientos pasan a segundo término cuando lo que se discute es el principio de autoridad, entonces el padre maldice a sus hijos, el papa excomulga a sus fieles y el presidente encarcela o ejecuta a su pueblo. Es la historia del fascismo, versión Idaho. Tara simboliza la resistencia: se opone a la fe alienante con argumentos y a la disciplina que exige observancia con inteligencia, sin dar nada por sentado, colocando al padre y al maestro en el mismo estrado para que dialoguen, mientras ella va hilvanando su historia. Nadie tiene derecho a imponerle la suya. Nadie.

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A los diecisiete años, Tara Westover se encontró con un mundo por estrenar. Hasta 2003 vivió en un paraje aislado de Idaho, EEUU, en el seno de una familia mormona radical, numerosa y ferozmente patriarcal; y nunca fue a la escuela. Ni siquiera había oído hablar del Holocausto ni de las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX. Hasta que despertó, por fin, y después de un enorme esfuerzo consiguió estudiar en la universidad de Utah, graduándose en arte, filosofía e historia, tras pasar por Cambridge y Harvard. Una proeza personal e intelectual admirable. Sin embargo, este pasado aislacionista le ha dado una perspectiva de la humanidad que, combinada con una inteligencia privilegiada, nos regala párrafos como este (Una educación, editorial Lumen):

Mientras caminaba hacia casa con el voluminoso manuscrito [su tesis doctoral] recordé una clase que el doctor Kerry había empezado escribiendo en la pizarra: “¿Quién escribe la historia?”. Me acordé de lo rara que me había parecido la pregunta. Mi concepto de los historiadores no era humano; yo los veía como a mi padre, más profetas que hombres, con visiones del pasado y del futuro que no podían ponerse en tela de juicio, y mucho menos desarrollarse. Al atravesar el King’s College, bajo la sombra de la enorme capilla, casi me extrañó mi apocamiento de entonces. “¿Quién escribe la historia? -pensé-. Yo.”

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“Murmuré que me interesaba la historiografía. Había decidido estudiar, no historia, sino a los historiadores. Supongo que mi interés nació de la sensación de falta de base que experimentaba desde que había estudiado el Holocausto y el movimiento por los derechos civiles; desde que me había dado cuenta de que lo que una persona conoce sobre el pasado se limita, y siempre se limitará, a lo que otros le cuentan. Sabía lo que significaba ver rectificado un error, una idea falsa de tal magnitud que, al cambiar, cambiaba el mundo. Necesitaba comprender cómo los grandes guardianes de la historia habían asumido su ignorancia y parcialidad. Creía que si lograba aceptar que sus escritos no eran un absoluto, sino el resultado de un proceso tendencioso de diálogo y revisión, tal vez lograra asimilar que la historia que la mayoría da por válida no era la que me habían enseñado. Tal vez papá estuviera equivocado, y tal vez lo estuvieran los grandes historiadores Carlyle, Macaulay y Trevelyan, pero de las cenizas de su discusión podía construir un mundo en el que vivir. Confiaba en descansar sobre esa base sabiendo que no era una base.”

Una educación, Tara Westover

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Noctámbulo, 1979

Esta mañana me he encontrado en La Vanguardia con la triste noticia de la muerte de un viejo conocido, Nandu Muñoz, médico y hombre de mar. En 1979 tuvo una escuela de windsurf en el camping La ballena alegre, muy cerca de Sant Martí d’Empúries. En aquel momento yo vagabundeaba por aquella zona. Acababa de perder la casa donde vivía (la vendieron conmigo dentro y tuve que hacer las maletas), no tenía un céntimo y no quería pedir asilo en casa de mis padres, si podía evitarlo. También tenía un perro: Trancos, y una buena amiga, Ana, que tenia un novio: Nandu, que estaba montando una escuela de windsurf. Viví tres meses en el camping, junto a la playa, alquilando planchas y dando algunas clases a principiantes. “Start position”, fue la primera lección que me dio Nandu; me aseguró que con esto me bastaba y me sobraba para dar la primera clase. Recuerdo que mi padre, cuando le expliqué mi nueva ocupación, me dijo que me consideraba preparado para conseguir mejores trabajos. ¡No sabía lo que decía! Con veintiocho años, la piel tostada y el cabello largo y rubio, me convertí en un beach boy de manual. Fueron tres meses estupendos, sin pasado ni futuro. Poco después, Nandu se embarcó en el Licor 43 para dar la vuelta al mundo, en la primera regata transoceánica con presencia española. También dio una vuelta más pequeña, pero infinitamente más angustiosa, cuando el barco volcó por babor y, después de dar una voltereta completa, emergió por estribor. ¡Las vueltas que da la vida!

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Menina, 2002

En estos momentos hay un abismo entre la cotización de un artista de Bassel 2018 y uno de la galería X del mismo año, a favor del primero, pero dentro de cien años es muy posible que sea en sentido contrario. Si no, que se lo pregunten a Vermeer, que fue un artista con una modesta reputación, o a Velázquez, que se ganó la vida como aposentador real (es decir, como decorador) y El Prado lo ignoró hasta principios del siglo XX, o a Modigliani, que se murió de hambre. Es una regla de oro: pocas veces, a lo largo de la historia, los genios comprendidos han superado el juicio de la posteridad. Hay algunas excepciones, pero no son la norma. Hace unos días un coleccionista que conozco muy bien se quejaba de que su colección no valía nada: “¡No me dan nada!”, exclamó, desolado, porque tenía que afrontar un problema de liquidez. En términos puramente económicos era más o menos cierto, dejando de lado lo que le aporta su contemplación y disfrute, que no tiene precio, pero el que herede este fondo de arte hará bien en conservarlo, porque el tiempo pone las cosas en su sitio y solo con que haya acertado en un diez por ciento lo amortizará con creces. Son incontables los gauguins y van goghs que acabaron en la basura porque no valían nada.

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Lo primero que he leído esta mañana es esta frase de Voltaire que me ha enviado Antonio Otero: “La estupidez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás”. ¡No se me ocurre mejor manera de empezar el día! En mis elaborados análisis sobre mi propia obra suelo asignar al damero, más concretamente el tablero de ajedrez, categoría de metáfora existencial: es el terreno de juego donde el hombre mide su inteligencia y se convierte en ser racional. Siempre me olvido de la estupidez, y es importante porque echa por tierra esta bonita teoría. ¡Qué estúpido soy!

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Aproximación al Damero, 2004

Las crisis creativas no son buenas ni malas. Son. Tienen que ser. El punto álgido es cuando llegas a la conclusión de que los artistas buenos tienen solo diez o doce obras realmente buenas a lo largo de toda su trayectoria – en el mejor de los casos – y el resto de su producción, a veces muy numerosa, vive a expensas de ellas. Sin estas referencias, ellos no serían lo que son. La obra de Picasso no sería la misma sin el Guernica y el Retrato de Gertrude Stein, la de de Kooning no tendría el mismo valor sin cuatro o cinco de sus Mujeres, siempre las mismas, y Miró le debe mucho a las Constelaciones y a La masía. El problema, para el artista que vaga por su estudio con los hombros caídos y la mirada perdida, temiendo empezar otra obra y descubrir que es la misma de ayer, enmascarada, es cuando sospecha que ya las ha realizado.