31 Wanda Landowska y Leon Tolstói I

https://www.ccma.cat/catradio/alacarta/solistes/conversa-amb-alfonso-alzamora-besnet-disaac-albeniz/audio/1039559/

La entrevista es de Joan Vives, para Catalunya Música. Se grabó hace un par de meses y se emitió el sábado por la noche. No la pude oír en directo, pero disfruté escuchándola al día siguiente, solo, en mi estudio. Ese mismo día me llegaron algunas reacciones. Una de ellas provocó esta respuesta por mi parte:

Suelo decir que el gran enemigo del arte es el mercado, que crea moda, por naturaleza efímera, para hacer negocio. Todo lo que se sale de sus parámetros, perfectamente definidos, queda arrinconado en una esquina del desván, sólo al alcance de unos pocos románticos incurables. Personalmente, entre lo contemporáneo y lo intemporal me quedo con lo segundo, por lo que estoy condenado a vivir en un trastero. Es una decisión personal. Por esa razón es tan importante para mí tener los referentes históricos bien colocados, porque por ellos ha pasado el juicio del tiempo, mucho más fiable que el de los críticos y teóricos del momento. Àlex Susanna lo explica muy bien, en su Libro de los márgenes:

Construir un país –conciencia de país, quiero decir, lo que parece aún más importante que la propia construcción física o material– prescindiendo de la memoria y de su constante actualización y revalorización, es una operación condenada al fracaso. Hasta que no tengamos claro quiénes han sido nuestros escritores, pintores, escultores, músicos, científicos y humanistas, hasta que no tengamos mínimamente asimilado todo este bagaje patrimonial de la tradición no podemos aspirar a casi nada, entre otros motivos porque tampoco tendremos claro quiénes lo son ahora.

Ahí es donde entra -o debería entrar- la política institucional, que tantos disgustos nos da, en este país desesperadamente necesitado de referentes culturales de primer nivel. Si el mercado del arte está controlado por mercaderes, las instituciones están en manos de políticos, a veces con buenos funcionarios en puestos intermedios a su mando, pero con desconcertante frecuencia nos sometemos al arbitrio de extraños personajes sin más habilidad conocida que la de saber colocarse en una lista electoral.

¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, de un libro sobre un músico escrito por un pintor.

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Estudio sobre el poder temporal II 1995
Estudio sobre el poder temporal II, 1985

Esta pintura es una de las dos versiones que hice sobre el Inocencio X de Velázquez y sobre los estudios que pintó Bacon en el siglo XX inspirado en esta obra maestra. Velázquez no se ganaba la vida con la pintura; su principal fuente de ingresos era su cargo de aposentador real (algo parecido a un decorador). Cuando viajó a Italia y pintó su inocencio, lo hizo comisionado para comprar obras para la colección de la casa del Rey y, de paso, pintó al Papa. Simplifico mucho, es verdad, pero por ahí anda la cosa. Con esa anécdota trato de explicar por qué los pintores. músicos, escritores y demás gente de mal vivir recurren a otros empleos para ganarse la vida. Rubens era diplomático, Lawrence Durrel funcionario del Foreign Office, destacado en Alejandría, donde escribió, de paso, su célebre Cuarteto y Alicia de Larrocha impartió toda su vida clases magistrales, como hacen la mayoría de artistas plásticos que conozco. No sé si son magistrales, pero dan clases. Vermeer dejó deudas al morir y Mozart y Rembrandt fueron enterrados en fosas comunes, porque no pudieron pagarse sus entierros, mientras que Joan Brossa, en su plenitud creativa, tuvo que recurrir a una pensión de la ciudad de Barcelona (¿o era de la Generalitat?) porque no llegaba a fin de mes. Pero somos autónomos, pagamos trescientos euros al mes para poder trabajar, vendamos o no; no tenemos sueldo fijo -fuera de las clases- y las instalaciones donde trabajamos las pagamos nosotros: alquiler, agua, electricidad, teléfono y calefacción, por no hablar del material, que suele ser carísimo, porque se considera un lujo (!). Ninguna sociedad mercantil o institución pública lo hace por nosotros. Y, si queremos seguir creciendo, porque nos apasiona lo que hacemos, tenemos que mantener abierto un departamento de I+D, donde va a parar la mayor parte de lo que ganamos y de donde raramente salen beneficios directos. Quiero decir que muchas de las obras allí fraguadas no llegan al mercado, o éste no las valora, porque no son propiamente mercancía. Sin embargo, sin ellas, no avanzaríamos. Quizás por todo ello la característica más notable de los artistas sea la inconsciencia.

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Foto Maria Alzamora

Esta foto es del día que planté la escultura Homenatge a Isaac Albéniz i Alicia de Larrocha, delante de L’Auditori de Barcelona. Fue uno de esos días en los que crees que todo cambiará. Es emocionante. Luego, nada cambia, pero sabes que el silencio es el medio natural en el que se desarrollan las grandes obras y confías en que esa que acaba de descender de los cielos, con una grúa telescópica, sea una de las elegidas. Porque es bella. Porque es adecuada. Ahí está, viendo pasar el tiempo, mientras sientes que el tuyo se te escapa como la arena del desierto entre los dedos de una mano.

Quizás espera que alguien la defina con un gesto adecuado y silencioso, como el que tuvo Hiroshi Kitamura en el Monumento a Walter Benjamin de Portbou. Teresa y yo fuimos con un pequeño grupo de amigos que no la habían visto nunca; la habitamos, porque es habitable, la disfrutamos, porque es impresionante, y en un momento dado nos quedamos solos Hiroshi y yo, en la boca de la escalera que protagoniza la parte más notable de la obra. Era el momento del silencio que sobreviene siempre en ese mágico lugar, que Hannah Arendt describió como “el lugar más bello imaginable”, el día que fue a rendir homenaje a su amigo.

De pronto oí la voz de Hiroshi, queda: “Es una invitación”.

23 Albéniz tocando el piano con un grupo de amigos y familiares. Déodat de Séverac está detrás suyo. Niza 1905

Siempre me resulta difícil definir Suite Albéniz y el jueves, caminando con Justo Romero por el antiguo cauce del Turia -una de las actuaciones urbanísticas más brillantes que he visto en mi vida-, entendí que es un libro sobre Albéniz, escrito desde la óptica de un familiar directo pero, sobre todo, de un colega, aunque profesemos disciplinas diferentes. A partir de esas premisas, mi intención última es hacer literatura. Qué significa eso es otra cuestión, pero esta mañana ya he tenido suficiente con definir una cosa. ¡No doy para más! Parece una cosa menor, pero para mí ha sido todo un descubrimiento.

También me traje de la caminata un amigo y los nombres de Esteban Sánchez y Rafael Orozco. Luego he leído que Daniel Baremboim, a la pregunta de cuándo grabaría la Suite Iberia, respondió que después de escuchar la de Esteban Sánchez poco le quedaba por añadir. Mientras escribo estas líneas escucho Chants d’Espagne por Rafael Orozco (“gallina de piel”, que diría Johan Cruyff)), que por lo visto también gozaba de la admiración de Baremboim.

La cultura en un pañuelo, en este caso de una calidad prodigiosa. En esta foto, de 1905, está Albéniz al piano rodeado de amigos, entre otros Déodat de Séverac y Paul Dukas.

editada por Maria

Triple homenaje, 1994

A Picasso, por la figura que flota en la parte superior, porque Picasso pasó por la historia del arte volando. Sólo tocó tierra en un par de ocasiones: cuando pintó el Retrato de Gertrude Stein y, desde luego, con el Guernica. No sería el que es sin esos dos cuadros. Me encanta la anécdota de cuando unos oficiales alemanes visitaron su estudio, durante la Ocupación, y uno de ellos le afeó que “hubiese hecho el Guernica”. “Eso no lo hice yo -dicen que respondió-, lo hicieron ustedes”.

A Málevitx por el cuadrado rojo, aunque el suyo más importante es el blanco sobre fondo blanco. Debo reconocer que cuando lo vi, en una exposición en el Guggenheim de Nueva York, me decepcionó. No obstante, conceptualmente sigue siendo una referencia importante para mí.

Y a Velázquez por el perfil del perro que recorta el cuadrado rojo. Es el del mastín de Las meninas. Lo he dibujado muchas veces. Parece una leona.

Y podría añadir a Rothko, pero en 1994 todavía no estaba presente en mi imaginario, al menos de forma consciente.

Suite Albeniz2-2-2

Clemente Pianos y editorial Turner le invitan a la presentación del libro

Suite Albéniz
de Alfonso Alzamora

Presentará el acto Justo Romero, escritor, crítico y musicólogo,
acompañado por el autor y el pianista Claudio Carbó,
que interpretará Granada, Sevilla y El Albaicín.

Jueves, 9 de mayo de 2019, a les 19h.
Clemente Pianos
Av. del Mestre Rodrigo, 3
46015 Valencia

Francis Burdett Thomas Money Coutts, V Barón de Latymer, nació en 1852 y murió el 8 de junio de 1923. Graduado en Cambridge, poeta y accionista en el Coutts & Coutts Bank, fue mecenas, amigo y el autor de los textos de casi todas las óperas y canciones de Isaac Albéniz.

El 13 de junio de 1889 Albéniz actuó en la Prince´s Hall de Londres con un éxito extraordinario y la prensa habló de un “verdadero alarde de maestría”. A partir de este momento se le abren las puertas del Reino Unido, hasta el punto de fijar su residencia en Londres, entre 1890 y 1893.

Poco tiempo después, el 26 de junio de 1890, suscribe con el empresario teatral londinense Henry Lowenfeld (de origen polaco, había fundado el Universal Stock Exchange, en 1865, y su asociación con la cerveza sin alcohol Kops’ Ale le había proporcionado una fortuna), en este momento director artístico del Lyric Theatre, un contrato de colaboración profesional que ha pasado a la historia con el desafortunado nombre de “Pacto de Fausto”. El acuerdo estipulaba que Albéniz cedía a Lowenfeld el control de todas sus obras y de sus servicios como compositor y músico durante un tiempo determinado. Como contrapartida, el empresario se comprometía a adelantar a Albéniz cuanto dinero necesitara para sus gastos personales, así como a cuidar y promocionar sus intereses.

Este contrato se mantuvo vigente hasta 1893, en que fue derogado por otro que Albéniz suscribió con Money Coutts, con el acuerdo de Lowenfeld, quien percibió del banquero la cantidad de 6.000 libras esterlinas como compensación por renunciar al contrato de 1890 y ajustarse a las condiciones del nuevo. El acuerdo era por diez años. Un año más tarde, el 23 de junio de 1894, Lowenfeld renuncia a su parte a cambio de una indemnización de otras 1.500 libras esterlinas de Money Coutts, que queda como gerente único.

Las condiciones, tanto profesionales como personales, cambiaron notablemente. Es legendaria la enorme generosidad, libertad y afecto que Money-Coutts profesó a Albéniz. A pesar de lo convenido, éste siguió trabajando en proyectos y obras completamente al margen de los intereses de Money Coutts, que jamás invocó los derechos que le confería el acuerdo y que propició que Albéniz y su familia disfrutaran una holgura económica absolutamente inusitada en los músicos de la época.

Fruto de esta fértil colaboración son los ciclos de canciones To Nellie (nombre con el que Money Coutts llamaba a su esposa) y Six songs, la ópera Henry Clifford o la comedia lírica Pepita Jiménez, así como la ambiciosa trilogía operística titulada King Arthur. Merlin es la primera parte, Launcelot (inacabada) la segunda y Guenevere la tercera, ésta última sólo esbozada.

Este perfil del poeta y banquero inglés es de Justo Romero, de su libro Albéniz: Obra completa. Lo único que he añadido es la vinculación de Lowenfeld con la cerveza sin alcohol Kops’ Ale; hasta ahora estaba convencido de que este producto light era un invento reciente.

ordis suite albéniz 1 (copia)

A las seis de la tarde de ayer, Maria mestre presentó Suite Albéniz en la plaza de la iglesia de Ordis, a veinte metros de donde fue escrito, en el marco de la celebración anticipada de Sant Jordi. El pueblo asistió sorprendido al nacimiento de un escritor. Mientras, un niño de tres o cuatro años pasaba frente a la mesa con una moto de plástico, otro lloraba, un grupo de niñas de P4 reían y la mayor parte de la gente oía a Maria leer algunos párrafos del libro, con esa voz alta y clara en la que se han educado varias generaciones de ordienses. Fue muy bonito. Firmé catorce libros y no sé si se vendió alguno más, pero eso es lo de menos. Esta mañana Rosalía, de la tienda, me ha preguntado si podía tener alguno, aunque ayer no estuviera en la plaza. Le he contestado que naturalmente que sí y que se lo regalaría; se lo he dicho en voz baja para que no se enterara Leonor, que estaba detrás mío, con una barra de pan bajo el brazo, porque ella compró el libro en la parada de Sant Jordi. Sospecho que me ha oído, pero ha fingido no hacerlo. Una hora más tarde han llamado a la puerta de casa y era Anna María, la cartera, hoy jubilada, que ayer ganó el Sant’Ordis (yo formaba parte del jurado) con una emotivo relato de un hombre mayor que afronta el exilio forzoso abrazado a una muñeca y una maleta, los restos de su naufragio interior. También le firmé ayer un libro y hoy venía a pedirme otro para su hijo Quim, que sale y no sale en Suite Albéniz, porque hay un capítulo que narra un concierto de Gin&theTonics y otro grupo de rock de la zona, Póker, que organizó él, siendo regidor de cultura del ayuntamiento.