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Foto Maria Alzamora

Hace muchos años fui un soñador, un hippie, y viví una vida marginal sin teléfono ni televisión. Habité una casa en medio de la montaña que por no tener no tenía ni cuarto de baño. Tampoco había agua corriente y cuando hacía frío nos lavábamos con un barreño en el suelo, junto a la chimenea, como en los cuadros de Bonnard. Teníamos, eso sí, unas vistas magníficas y por la mañana con frecuencia veíamos el campanario del pueblo emerger entre las nubes, mientras en la ladera de nuestra montaña lucía el sol. Hacíamos el amor a cualquier hora del día y cuando la niebla se disipaba podíamos ver a la humanidad entera dándose de hostias todo el tiempo, organizando guerras sin descanso para sostener su forma de vida y mirando hacia otro lado cuando no les interesaba ver las consecuencias de lo que habían hecho.

Ha pasado mucho tiempo, he bajado de la montaña y me he mezclado con los hombres y las mujeres que habitan el valle, pero una parte mía se ha quedado ahí arriba para siempre. Por esto a veces estoy tan triste.

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Siempre he considerado el feedback como un instrumento de trabajo.

Hace unos días publiqué en Facebook una foto de un Díptico Rojo Rothko que estaba trabajando en aquel preciso momento en el estudio. Un work in progress. Me gustan los estados intermedios. Me interesa el proceso. Me pierden los matices. Me encanta ir en moto porque lo importante no es ni el punto de partida ni el de llegada, el objetivo es estar por ahí en medio. Pues bien, en el quicio de la imagen, apenas visible, aparecía una tela vertical con una Menina sobre fondo oscuro apenas perceptible, excepto para el ojo entrenado de un buen aficionado. Ina Terlau lo es. Me preguntó en abierto qué pasaba con aquel lienzo que despertaba su curiosidad y le respondí publicando una foto de la obra, de cuerpo entero, que consideraba inacabada. Ella quería saber si el fondo era negro y le respondí que, como siempre, era índigo (“dark blue”).

En realidad, yo ni siquiera estaba disfrutando de este tramo de la carretera.

Pero el feedback fue abrumador. La obra gustó mucho y los comentarios que me llegaron hicieron tambalear mi criterio, que suele ser ferozmente independiente, inflexible e insobornable, y he dado la obra por acabada, con el título Menina Dark Blue.

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Foto Maria Alzamora

Daniel Mordzinsky salió de Argentina en 1978, en plena dictadura, y, como buen argentino, se fue a París. Hacía fotos sociales, comprometidas, según él no demasiado buenas, pero de alguna manera consiguió que le ofrecieran una exposición. A pesar de ello se sentía triste y solo, alojado en una chambre de bonne en el sexto piso de un edificio sin ascensor, en el número 14 de la Rue Elzévir, en Le Marais. Admiraba a sus paisanos escritores y en Buenos Aires había tenido la fortuna de fotografiar a Borges. Leía mucho y tenía muy pocos amigos en París. Poco antes de la inauguración tomó una decisión desesperada. Bajó los seis pisos, entró en una cabina, buscó en la desvencijada guía hasta que dio con el nombre que buscaba: C-O-R-T-Á-Z-A-R, Julio. ¡Lo encontró! Ahí, con todas sus letras. Se armó de valor y llamó. Saltó el contestador automático y no se atrevió a dejar un mensaje. Arrancó la hoja y regresó a las soledad de su buhardilla, abatido. Pero volvió a intentarlo al cabo de un rato y esta vez dejó un mensaje: “Me llamo Daniel Mordzinsky, no soy nadie, no he hecho nada, pero hago una exposición de fotografía y me harías el pibe más feliz del mundo si vinieras a verla. Es en tal sitio, inauguro a tal hora, etcétera”.

Cortázar, conmovido, fue a la inauguración, acompañado de su mujer.

En una sala continua -estamos en la exposición Cercas d’aprop, en la Casa de Cultura de Gerona, en diciembre de 2013-, rodeados de retratos de Susan Sontag, Quim Monzó, Enrique Vila-Matas, García Márquez, Bolaño, John Irving, Paul Auster, Cabrera Infante y un largo etcétera, además de los mencionados Borges y Cortázar, un actor hizo una lectura dramatizada de tres relatos de Javier Cercas, acompañado de un guitarrista y dirigidos por la esposa del escritor. Lamento no recordar el nombre de ninguno de ellos, porque fue fantástico. El actor era alto, delgado, con el pelo rizado de color claro, llevaba una camisa granate, gafas de pasta oscuras, que blandía de vez en cuando como una batuta, y tenía en general un aire a lo Félix de Azúa que le sentaba muy bien. Hizo un trabajo admirable, nos transmitió toda la emoción y el humor de los relatos, que nos parecieron buenos y divertidos.

Al salir lo busqué para felicitarle y agradecerle su actuación, pero me costó dar con él, porque no era alto ni rubio, ni llevaba gafas oscuras de pasta, tampoco vestía una camisa granate y no se parecía en nada a Félix de Azúa. Es un magnífico actor.

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En la torre circular donde trabajaba, Montaigne hizo rotular estas palabras: Que sais-je?, y a partir de esta premisa construyó una obra formidable que denominó Essais. Me atrevería a decir que tanto la pregunta como el título son de lo mejor del proyecto al que dedicó su vida. Pasa un poco como con La razón poética, de María Zambrano; el enunciado lo dice todo.

Mi madre tenía una máxima: Haz poco y te agradecerán lo poco que haces, haz mucho y siempre te echarán en cara lo poco que no has hecho. Y eso que ella era de las de hacer mucho.

Yo acabo de acuñar otra que, como la de Montaige y la mi madre, son el resultado de la experiencia: Nos creemos mejores de lo que somos. No es muy original, pero es expresiva.

En el entorno político y social en el que vivimos es fácil llegar a la conclusión de que nosotros somos muy listos y los que nos gobiernan muy tontos. Son tan increíblemente estúpidos que a veces llegamos a dudar, ¿no serán increíblemente inteligentes?, y buscamos entonces intrincadas estrategias maquiavélicas para tratar de justificar lo zafio de sus discursos. Jamás he tenido éxito en esta búsqueda (a lo máximo que he llegado es a formular que el Sistema es inteligente y sus gestores no). Estoy generalizando mucho, desde luego, porque hay algunas excepciones. Pocas, pero notables.

Los artistas somos especialistas en creernos mejores de lo que somos en realidad, porque esta fe irracional nos sostiene. Recuerdo que cuando empecé a exponer, un poco tarde, porque siempre llego con retraso a todo, éramos muchos los que empezamos y muy pocos los que perseveramos. La mayoría abandonó, bien por un ataque de lucidez, porque este oficio es muy duro, o porque dudaron de sí mismos, de la calidad de su propuesta creativa, y sin este convencimiento es imposible seguir haciendo cosas que no sirven para nada, porque no se comen ni sacian la sed, ni tampoco te transportan de un lugar a otro. ¿O sí?

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Geneviève Vix fue una famosa soprano francesa que triunfó en Europa y América en la primera mitad del siglo XX.

Esta foto está dedicada a “Henriette Albéniz de Alzamora” en 1921, el año en el que se casó en segundas nupcias con Kirill Vasil’evich Naryshkin, hijo de Vasilii L’vovich Naryshkin y la princesa Fevronia Pavlovna Jambakurian-Orbeliani. Pocas bromas.

Diez años antes, fue muy comentada su íntima amistad con el rey Alfonso XIII.

Los artistas pintamos y esculpimos las facciones de los príncipes y los poetas narramos sus hazañas, mientras ellos están muy ocupados tratando de conquistar estrellas del espectáculo y vencer complejos inconfesables a base de amasar fortunas y acumular poder. Miguel Ángel esculpió la Pietà a los veinticinco años y, a pesar de la calidad de su obra, tuvo problemas económicos toda su vida, por lo que necesitó adular a Julio II – el hombre más poderoso de su tiempo -, que hoy sería un perfecto desconocido sin la decisiva intervención del pequeño y fibroso romano en su pontificado.

¿Quién habría oído hablar de Inocencio X sino fuera por el maravilloso retrato de Velázquez? El pintor sevillano se casó con la hija de Francisco Pacheco, su maestro, y como le gustaba vivir bien fue aposentador real y, en segundo término, pintor; pero fue este cortesano el que inmortalizó a los que le daban de comer.

No sé quién dijo que la anécdota es la Historia; por esta razón los poetas son los mejores cronistas. Los más fiables.

Detrás de los retablos medievales y las estatuas ecuestres hay un artista que se expresa, mientras que lo representado es, en el mejor de los casos, una mentira piadosa. Alejandro Magno era un joven sanguinario con un transtorno bipolar grave sin un diagnóstico claro, Robin Hood no está probado que robara a los ricos para dárselo a los pobres (en cambio, sí está comprobado que el capitalismo salvaje, hoy mal llamado liberalismo, consiste básicamente en robar a los pobres para dárselo a los ricos) y Franklin D. Roosevelt fue un hombre atormentado por la polio (que ocultaba); nosotros los hacemos grandes, los inventamos, incluso Dios es una criatura de barro que moldeamos con nuestras manos y no al revés, como han querido hacernos creer (“El hombre ha inventado a Dios única y exclusivamente por miedo a la muerte”, le escribió Isaac Albéniz a Francis Money-Coutts, en una carta fechada en 1901).

Es una manera de hablar, naturalmente, pero creo firmemente que somos los débiles los que hacemos grandes a los poderosos.

David Miró me escribió un texto en 1990 para un catálogo que encabezó con esta cita de su abuelo, Joan Miró:

Les artistes sont les vrais aristocrates du monde.

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El éxito artístico pasaba por Nueva York en la década de los ochenta, como antes lo había hecho por París y ahora posiblemente lo haga por Londres o Hong Kong. Gloria Cortella, una dealer de la calle 55, me ofreció en 1982 organizarme una exposición si me quedaba un año en Nueva York. Me lo pensé unos días y le respondí con una frase memorable: “Entre Ordis y Manhattan no hay color”, y muy contento con aquella estupidez me volví a casa.

Soy bueno tomando decisiones equivocadas. Que después trate de justificarlas es una necesidad. Lo que es más difícil de entender es que trate de construir una vida a partir de ellas.

Toda la vida he sido hipermétrope, pero en esa época no llevaba gafas (las usaba sólo para leer, ir al cine y pintar). Creo que hay una relación entre una cosa y otra. Los que padecemos esta anomalía de la vista en teoría vemos bien de lejos y mal de cerca, nos cuesta centrar la mirada en objetos muy próximos. Imagino que observaba de frente la realidad y mi mirada la atravesaba para posarse un poco más allá, donde sí podía focalizar con cierta precisión. Yo no quería que fuese así, como el estudiante disléxico que quiere pero no puede concentrarse.

Está muy claro que mi heroica decisión fue un gran error desde el punto de vista profesional, porque la estrategia en aquellos años era quedarse, exponer, invitar a la colonia española y regresar diciendo que habías triunfado en Nueva York. Lo de menos era el resultado de la exposición.

Entonces no era consciente de que lo mío era atracción al fracaso, para evitar a toda costa que el éxito enturbiara las cristalinas aguas de mi escepticismo existencial.

En 1982 el éxito no era una prioridad, y sigue sin serlo.

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Foto Maria Alzamora

Todavía impactado por las sórdidas imágenes de furgones policiales saliendo de noche de los juzgados de Madrid, llevándose en su interior a la mayoría del gobierno catalán, hombres y mujeres de un probado pacifismo pero con ideas revolucionarias, me siento en un taburete del único bar abierto del barrio. En Barcelona, pasada la medianoche, es muy tarde para cenar, pero el camarero me hace un bocadillo frío y me pone una caña que me sabe a gloria. Fuera, en la calle, vuelve el blanco y negro de los años sesenta.

En la mesa de al lado hay cinco personas de mediana edad. Aparentan unos sesenta años, bien llevados. Parecen dos parejas y un single. Hay restos de cena y parece que van por la tercera botella de vino. El single pide un whisky con agua y hielo.

– No quiero hablar más de este tema. ¡Estoy agotado! El problema, en realidad, no es Cataluña, ni siquiera es España, ¡el problema es el Partido Popular! Cataluña es una consecuencia más de la larga serie de barbaridades perpetrada por este partido, fundado, no lo olvidemos, por un grupo de ex ministros franquistas, que Aznar llevó al poder en el 96 gracias a la ayuda inestimable de Felipe González. Nadie se acuerda de la corrupción de aquel gobierno socialista, que nos parecía insuperable.

Lanza una carcajada sin alegría y bebe un largo trago de whisky, que debe de estar fuerte porque el hielo no ha tenido tiempo de derretirse.

– Nada de lo que ha hecho el PP sería posible sin el PSOE – Sentencia – Porque ni el PSOE es socialista ni el PP conservador. Uno es de derechas y el otro de extrema derecha; siento lástima por la gente de buena fe que les vota, guiándose sólo por el enunciado. – Bebe otro trago, mucho más comedido – Hay fractura social en Cataluña, ¡claro que sí!, pero el máximo responsable es un gobierno que ha destruido el tejido social español con su política ultraliberal, favoreciendo a sus amigos y a sí mismos con privatizaciones, rescates bancarios, amnistías fiscales, financiaciones irregulares que han contribuido a ganar elecciones, ordenadores destruidos a martillazos (¡por Dios!), tarjetas de crédito de libre disposición, AVES sin pasajeros, aeropuertos sin aviones, piscinas sin agua, pabellones culturales y deportivos sin función cultural ni recreativa… Ya lo advirtió el 15M: ¡Esto no es una crisis, es una estafa! El capitalismo salvaje también puede resumirse con una frase igual de sencilla, igual de cierta: robar a los pobres para dárselo a los ricos. Hay fractura social en toda España, ¡naturalmente que sí!, en diez o quince años la diferencia entre ricos y pobres se ha hecho mucho más profunda; cada vez hay menos ricos, pero son más ricos, cada vez hay más pobres y buena parte de ellos rozan la indigencia. Pero no quiero entrar en esto. ¡No puedo más!

Sus amigos apenas intervienen, pero le escuchan con atención y asienten convencidos. Parece tener alguna ascendencia sobre ellos. Lleva una camisa azul pálido con una pequeña marca bordada en el bolsillo y en el respaldo de la silla descansa una americana negra, de tela un poco basta. Es muy delgado, afilado, con el pelo gris muy corto y gafas de montura de titanio. Tiene un tono de voz agradable. Sabe hablar. ¿Será profesor? ¿Conferenciante? ¿Escritor? ¿Periodista? Me inclino por esta última hipótesis, no sé por qué. Me imagino que está de paso por Barcelona y sus amigos le han invitado a cenar. En alguna ciudad europea le espera un hombre o una mujer que se sabe de memoria este discurso tan fluido. Yo no me pierdo palabra, mientras trato valerosamente de comerme un bocadillo que parece hecho de goma. Dice que no quiere hablar del tema, pero está sufriendo un ataque de incontinencia verbal…, eso: incontenible.

– ¡Los números son muy testarudos! En 2005 el independentismo en Cataluña no llegaba al 15% y hoy roza, si no lo traspasa, el 50%, después de encarcelar al gobierno de la Generalitat por rebelión, sedición y malversación, dándoles apenas veinticuatro horas para comparecer ante una juez de controvertida trayectoria profesional, para decirlo con delicadeza. ¿Qué ha pasado, desde aquellas cuestaciones callejeras de Rajoy, Esperanza Aguirre y sus acólitos pidiendo firmas contra el Estatut, en 2006, como quién pide unas monedas para la Cruz Roja a cambio de lucir una banderita en la solapa? Ha pasado el PP. El PP ha ocurrido y su efecto es devastador. Después de aquella pantomima callejera los catalanes se lanzaron también a la calle, heridos en su orgullo. Yo vine un año desde Madrid para participar en la Vía Catalana, y nunca he sido independentista. Sigo sin serlo. Era más una cuestión de dignidad que de convencimiento político. ¿Y cual fue la respuesta del Gobierno? Arrogancia, intransigencia, intolerancia y desdén. Sin fisuras, sin diálogo, sin propuestas alternativas. ¡A por ellos! La catalanofobia siempre ha dado buenos réditos electorales en España, o apoyo popular, que viene a ser lo mismo, desde Carlos III al General Franco, pasando por Isabel II. Todos ellos prohibieron el catalán. No quiero mirar al pasado, pero lo tengo delante. ¡Tampoco voy a ignorarlo!

Hace una pausa para beber. Me mira, estamos a tres metros de distancia, levanto la jarra de cerveza y brindo por él. Hace lo propio con su vaso alargado, tintineante, y sonríe.

– Y soy de los que cada año empuja el coche de Carlos Sainz para que gane su segundo Dakar; y estoy deseando que el McLaren de Fernando Alonso tenga por fin un buen motor el año que viene, para que pueda demostrar por fin su talento; y he pedaleado con Indurain en pleno verano, bajo un sol de justicia, y le pego duro a la bola ante Federer, cuando juega con Rafa Nadal. Y que no me quiten a Goya ni a Velázquez, ni a Albéniz y Granados, mis paisanos, aunque ellos trascienden el patrimonio nacional, porque son universales. ¡Pero también son muy nuestros!

Consigo terminar el bocadillo y apuro la cerveza. Me quiero ir, pero no me quiero perder el final, si es que lo hay. El orador intuye lo que me pasa y le dice al camarero que me ponga otra caña. Corre un poco su silla y me acerca otra, de una mesa vecina. Somos los únicos parroquianos. Me siento a su derecha pero no me presento, no me da tiempo, porque se gira hacia mí y me dedica sus próximas palabras.

– Sin dejar de ser catalán, puedo ser tan español como cualquiera, siempre que un sector del país no se apropie de lo que es ser español y declare ilegal la tolerancia y el respeto por la diferencia.

Echo de menos el tabaco en los bares y restaurantes, aquellos tiempos en los que todos fumábamos y en estas improvisadas tertulias nocturnas hablábamos de arte y filosofía; de sociología, música y poesía, y los ceniceros rebosaban y había quien encendía un cigarrillo con la colilla del anterior. El humo y el alcohol combinados nos ofrecían un escenario acogedor y proclive a las confidencias, y parecía que las conversaciones y las discusiones eran más intensas. Aunque esta es de las buenas. Estoy pensando en esto y en los cinturones de seguridad, en todas las prohibiciones que he visto nacer a lo largo de los últimos treinta años, y casi me pierdo las frases lapidarias con las que remata la faena.

– ¿Volverán a iluminarnos los madrileños como lo hicieron en la Puerta del Sol, en mayo de 2011? ¿O el Partido Popular es España?