006 Family Group VI

Como decía Charlie Brown, amo a la gente, pero detesto a la humanidad. Hace treinta años que vivo en el Ampurdán y evito por sistema la primera línea de mar durante las semanas álgidas del verano. Ayer, en este maravilloso momento del día que los menorquines definen poéticamente como s´hora baixa, fuimos a un chiringuito entre Sant Martí d´Empúries y Sant Pere Pescador, en la bahía de Roses. Lo teníamos todo a favor: había amainado la Tramontana, dejando una atmósfera transparente, y la temperatura era respirable, pero nos habíamos olvidado de la Humanidad. Una de sus características más abominables -tiene muchas, a cual peor- es su terror al silencio; así, en los chiringuitos de playa colocan unos altavoces descomunales y un sonido con los decibelios justos para que sólo puedas hablar a gritos, lo que unido a una música seleccionada por un dj perturbado por los mojitos bebidos a pleno sol, convierte un espacio que podría ser idílico en un verdadero infierno. Ayer, a s´hora baixa, esperando la salida de la luna llena, que en este rincón del Mediterráneo sale por la línea del horizonte marino, mientras pedíamos algo de comer y beber con la sana intención de huir enseguida que llegaran las provisiones, tuvimos que aguantar quince o veinte largos minutos de Guantanamera. ¡Guantanamera! Es un tema que tiene efectos narcóticos, va directo al cerebro y se instala en él durante horas. Ha habido casos en los que se ha tenido que recurrir a la cirujía para extirparlo. No pude evitar comentar lo de la música con la camarera, encantadora, que naturalmente me respondió a través de la mascarilla que a ella le gustaba la música en la playa. ¿Qué podía decir? Tengo una simpatía gremial con la gente que trabaja en la playa en verano, porque yo lo hice, allá por los años 80, y recuerdo que en la escuela de windsurf en la que trabajé tres meses inolvidables no sonó jamás Guantanamera, ni nada que se le pareciera, porque a pesar de la insistencia del camping donde estábamos no quisimos poner música “de ambiente”. Para eso estaba la noche, donde íbamos de vez en cuando a lugares en los que primaba el lenguaje corporal. De día, silencio. En realidad, no del todo; yo vivía en una tienda justo al lado de la playa y durante unos días tuve de vecinos a unos alemanes que se despertaban cada mañana con música de Julio Iglesias, cantando en inglés. Un día tras otro. ¿No tenían otra cinta? Pero coincidíamos poco, a esa hora yo solía irme a la playa, a darme un baño y montar la escuela, en un silencio respetuoso y elegante.

Ayer recordé, una vez más, las palabras de Joan Miró, cuando afirmaba que individualmente se consideraba un optimista moderado, pero colectivamente era un pesimista absoluto.

2 meninas de 73x60 cm 2020 copia

El mundo de la cultura es mitómano y los mitos, con el glamour, pierden la dimensión humana y corren el riesgo de convertirse en reyes eméritos, que, como todo el mundo sabe, son inviolables. Los artistas honestos saben que sacralizar el arte no es una buena idea. De hecho, va en contra de su esencia, que es cuestionar la realidad de la manera más bella posible. Al expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York, que tan buenos momentos me ha hecho pasar, antes de saber que detrás de este éxito estratosférico estaban los servicios secretos americanos, tendrían que cambiarle el nombre: exhibicionismo abstracto me parece más adecuado, pero el mercado lo defenderá a muerte, como hace la Iglesia con sus santos, por el mismo motivo: es un negocio fabuloso. Ya lo decía Ramon Llull: “La salvación no puede comprarse, pero sí puede venderse”.

Mis referencias históricas en materia de pintura y escultura han envejecido mal, no sé si con las literarias me pasará lo mismo. Tengo mucho camino que leer, necesito otra vida, ¡qué pereza! ¿Y si me lo salto y sigo escribiendo sin haber leído a Joyce y Proust?

Estoy ojeando un libro titulado La novela de la Costa Azul, de Giuseppe Scaraffia, que narra las andanzas de Flaubert, Maiakovski, Miller, Apollinaire, Gide, Maugham, Cocteau, Wells, Saint-Exupéry, Woolf, Eberhardt y Mann, entre muchos otros, por Menton, Montecarlo, Cannes, Niza, Vence, Saint-Tropez y Marsella. Es un anecdotario sin apenas contenido. En medio de tanta sofisticación, en cierta medida estéril,

Los estallidos de celos de Zelda eran tan imprevisibles como tremendos. Una noche, tras cenar en la Colombe d´Or, en compañía de sus amigos los Murphy, Scott se acercó a una desconocida vestida por completo, desde sus ropas al pelo, de violeta. Era Isadora Duncan, prematuramente envejecida y gorda. Scott, borracho, se arrodilló conmovido ante ella, quien le pasó la mano con ternura por sus cabellos, como se acaricia a un hijo. Zelda los miró impasible. Después, en medio del estupor general, se dirigió al jardín para dejarse caer por las escaleras de piedra. Mientras los presentes quedaban paralizados, pensando que estaría herida de gravedad, ella reapareció en el comedor, serena y manchada de sangre, sin decir una sola palabra.

se cuela una historia de una dimensión considerable. Coco Channel recibió de su amante, el Duque de Westminster -uno de estos pomposos títulos cuyo origen es mejor no investigar-, una villa en Roquebrune-Cap-Martin, en un lugar donde cuenta la leyenda que descansó, bajo tres olivos, María Magdalena, tras abandonar Jerusalén, después de la crucifixión de Jesús. De ahí viene el nombre de la casa: La Pausa. Pero más allá de las leyendas merovingias, me ha impresionado saber que su construcción estuvo inspirada en el orfelinato en el que se crió, hasta tal punto que la gran escalinata de piedra es una copia exacta de aquella que subió y bajó de niña, en condiciones de extrema pobreza y abandono. Eso es cualquier cosa menos una frivolidad. Ahí está toda la historia de la humanidad.

Keeley Forsyth by Maria Alzamora 54

Esta es la foto de Maria Alzamora que ha obtenido el segundo premio del Concurso de Fotografía de la Fundació Vila Casas de este año. En todas las comunicaciones oficiales de la fundación sale cortada por abajo, lo justo para que se vean enteros los pies de la actriz y cantante Keeley Forsyth, en una sesión fotográfica en su estudio de Knaresborough, Inglaterra, con motivo del lanzamiento de su álbum Debris. Un error humano, sin duda con la ayuda de una tecnología informática que toma decisiones por nosotros y también comete errores. En este caso parece que la imagen no pierde fuerza, por eso pasó inadvertido, incluso yo no me di cuenta en un primer momento y copié los links de la fundación, pero Maria sí, Maria sólo vio un poema incompleto. Lo que la máquina borró es atmósfera y el aire es invisible, pero sólo lo parece.

 

41 i 42 Wanda Landowska i Leon Tolsto__i

La semana pasada presenté Suite Albéniz a más de cuarenta alumnos del Curs Internacional de Música Isaac Albéniz de Camprodon, invitado por su director, Gennady Dzubenko. Escogí para hacerlo el Museu Isaac Abéniz, porque ahí está el Mosaic Museu Isaac Albéniz de Camprodon, columna vertebral del relato. El libro no es más que la exposición de las treinta y ocho imágenes que forman parte de este gran collage fotográfico, de cerca de cuatro metros de altura por tres de ancho, acompañadas con un pie de foto un poco más prolijo de lo normal. Insisto mucho en el valor narrativo de las fotos. Todas cuentan historias muy sugerentes. Propuse a los estudiantes hacer una visita guiada al museo y nos detuvimos un poco más de tiempo frente al mosaico. Debido a las medidas de seguridad del coronavirus hicimos dos grupos, para evitar aglomeraciones.

Una de las imágenes del mosaico nos muestra a la pianista y clavecinista Wanda Landowska acompañada por León Tolstói, con una dedicatoria de la pianista a mi abuelo. Con toda seguridad, fue autografiada con ocasión de un concierto que dio la intérprete polaca en Palma de Mallorca, donde vivían mis abuelos. Palma tenía en la primera mitad del siglo XX una sociedad culturalmente inquieta y entusiasta, muy aficionada a la música. Los intérpretes solían visitar a mis abuelos; ella era hija del gran Albéniz, había vivido en varias capitales europeas, hablaba media docena de idiomas y conocía a todo el mundo, y en su casa se improvisaban pequeñas veladas musicales. Era sofisticada y cosmopolita, como los artistas a los que agasajaba. Un imponente piano de cola Bechstein -expuesto en el museo-, que le regaló Francis Money-Coutts, el gran mecenas del compositor, presidía la mayoría de aquellos conciertos íntimos, acariciado por las expertas manos de la propia Landowska, de Pura Lago -una pianista gallega que trabajó con Federico García Lorca-, o de Arthur Rubinstein, uno de los grandes iconos musicales del siglo XX. ¿Dónde quiero ir a parar? Uno de los alumnos se dirigió a mí para darme recuerdos de su familia. Taro es hijo del pintor Isao, nieto del escultor Joanet Gardy-Artigas y bisnieto del gran ceramista Llorens Artigas, amigo y colaborador de Joan Miró. Yo mismo fui muy amigo de David Miró, nieto del pintor, que nos presentó a Teresa y a mí a Joanet y Mako, en unos inolvidables días que pasamos en Sant Paul de Vence, con motivo de una exposición de Miró en la Fundación Maeght, en aquel maravilloso espacio diseñado por Josep Lluís Sert, sobrino del pintor Josep Maria Sert, el autor de los frescos del Rockefeller Center de Nueva York y de la catedral de Vic, que fue pretendiente de Laura Albéniz, hermana de mi abuela. No, no es un Who is who. Quiero ir un poco más allá. El mosaico se alza en mitad del recorrido de la escalera en forma de media luna que da acceso al piso superior del museo, y en su base, abrazándola, hay una escultura de Florencio Cuirán, que un grupo de jóvenes artistas de la República, encabezados por García Lorca, Margarita Xirgu y Frank Marshall, alumno de Granados, ofrecieron a Albéniz en su tumba, en el cementerio de Montjuïc de Barcelona, en 1935. El compositor nacido en Camprodón era un liberal, en el sentido progresista del término, que tiene muy poco que ver con su significado actual, y era un referente intelectual de aquella espléndida generación que truncó la Guerra Civil.

En un solo párrafo hemos relacionado Camprodón con Tolstói, Granados con Miró, Artigas con el Rockefeller Center, y Alberto Giacometti -un imprescindible en la Fundación Maeght de Saint Paul de Vence- con Money-Coutts, en un escenario dominado por treinta y ocho imágenes pobladas por personalidades de la época y del entorno del autor de Iberia. Enfrente, cuarenta y tres alumnos apasionados por la música, la mayoría muy jóvenes. Me fascinó verlos cara a cara, dos veces, porque fueron dos grupos, los de antes y los de ahora, los de antes de ayer y los de mañana. Cualquiera de ellos puede dar el salto y habitar el mosaico. Unos y otros tienen un denominador común: la pasión por la música, y una característica poco corriente: no hacen nada por dinero. Esto, en una sociedad liberal, en el sentido que ahora tiene esta palabra, es puro romanticismo. Pero es lo que nos distingue y eso es lo que traté de transmitirles a los cursillistas en el museo: formamos parte de esto, somos como las hojas de un árbol inmenso, cuyo tronco, robusto y sembrado de arrugas, representa la cultura, el arte, y sus intrincadas ramificaciones cada una de sus disciplinas, interrelacionadas entre sí. Hay otros árboles en el bosque, pero hemos escogido éste para abrazarlo.

mujer 2004

Echo de menos aquella sensación de tiempo suspendido en el aire de las primeras semanas de confinamiento. Nunca pensé que escribiría esto. Aquel silencio me recuerda cuando vine al Ampurdán para quedarme, hace más de treinta años, sin más compañía que los restos de un naufragio sentimental y los bolsillos vacíos. No conocía a nadie en la zona, no tenía teléfono, ni televisión -en aquel momento era en cierta manera heroico-, tampoco llevaba reloj y nunca sabía en qué día de la semana vivía, como durante el confinamiento. A veces me enteraba porque me llamaba algún amigo de Barcelona para venir a verme, suponía entonces que se acercaba un week-end. La llamada se dirigía a una centralita que había en Borrassà, el pueblo vecino, regentada por una mujer que lo sabía todo de todos, de ahí pasaba a una tienda de Ordis y ellos venían a buscarme. Sicilia años cuarenta. Y parece que fue ayer. Acuñé frases -”Soy pobre en dinero, pero millonario en tiempo”-, adopté otras, como esta de Rabindranath Tagore: “Si no responden a tu llamada, camina solo, camina solo”, y decidí dedicar mi tiempo a la acción y la contemplación. La pintura y la playa. La pobreza no ayudó. El frío tampoco. La pobreza, en realidad, me ayudó mucho, me hizo abrir los ojos, y el frío también, no hay quién duerma si tienes que achicar agua de madrugada, en pleno invierno, porque la tormenta es más fuerte que tú. Escribí esto, en junio de 1980: “Las playas nudistas son más respetuosas con la intimidad que las otras, en las que hay pocos límites y en hora punta el hacinamiento es indecoroso. El sol acaricia mi cuerpo sin protección. Fumo un cigarrillo de aroma inconfundible. La marihuana es dulce. El mar está tranquilo. El agua, fría. Mis vecinos más cercanos son una pareja de unos treinta años. Ella lee en la orilla con un sombrero de paja y gafas oscuras. Les envidio porque se tienen el uno al otro. Pasan por delante suyo dos parejas de mediana edad que hacen el recorrido entre Ampurias y los campings de Sant Pere Pescador, chapoteando alegremente como adolescentes. Parecen alemanes, o holandeses. Ellas llevan bikinis de colores que resaltan su bronceado: blanco nuclear y verde fosforescente; ellos bragas náuticas de colores oscuros y rayas deportivas laterales. Uno de ellos ríe sonoramente, con la carcajada típica del que posee un BMW. Me doy la vuelta y trato de concentrarme en mi libro. “El interés negativo se tornó positivo, no a resultas de un sólo suceso, sino más bien porque todo lo demás -el arte, la ciencia, la literatura, los placeres del pensamiento y de las sensaciones- terminaron por parecerme insuficientes. Uno llega a un punto en el que se dice, incluso al pensar en Beethoven, al pensar en Shakespeare: ¿Eso es todo?”. Huxley es exigente. Levanto la vista y miro la pared blanca y deslucida que se levanta en el lindero de la playa, perteneciente a un cobertizo de los de guardar cosas, y la ventana enrejada de la que caen racimos de geranios cansinos, tan abrumados por el peso del sol como lo estoy yo de mi condición de hombre adscrito a un sistema tan descorazonador. Trato de concentrarme de nuevo en la lectura, pero mi cerebro todavía está discutiendo con el tipo del BMW. George Steiner dice que lo importante es ver y comprender. Es obvio, pero no es fácil ponerlo en práctica. En el mundo del arte contemporáneo es muy frecuente ver y no entender nada y la frase más repetida por los pasillos de sus templos es “usted es que no entiende”. Eso no es tan obvio. Me baño. Tengo un hambre voraz.”

expo the wall 036

Hoy he leído un artículo de Sira Hernández, pianista y compositora, sobre Nina Simone, una leyenda del jazz que iba para pianista de música clásica -amaba a Bach por encima de todas las cosas-, pero la segregación racial de su país se lo impidió. Pero no es eso lo que más me ha llamado la atención, aunque sin duda es lo más relevante, sino cuando escribe “bisnieta de esclavos”. Me preocupa la bisnietura, cada vez más, a medida que voy avanzando en la senda de mi compromiso con el legado familiar, pero no sé gestionarlo, porque no es importante. Ser Nina Simone y ser bisnieta de un esclavo sí lo es. Tiene una categoría impresionante.

¿Qué más se puede añadir a esto? ¿Qué sentido tiene… todo? Jesse Owens humilló a Hitler y sus atletas arios en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, pero cuando regresó a Nueva York tuvo que volver a subir al autobús por la puerta trasera, reservada a los de su raza. Tommie Smith y John Carlos alzaron su puño enguantado en el podio de los 200 m lisos de México 68 y fueron expedientados. Carlos había olvidado sus guantes en la Villa Olímpica y Peter Norman, el australiano que quedó segundo en aquella inolvidable carrera, que simpatizaba con los ideales de sus compañeros, le sugirió llevar el guante izquierdo de Smith. Ahora John Carlos recibe honores, mientras el COI dicta normas para que aquel gesto no pueda repetirse.

La vida es aquello que ocurre entre dos interrupciones.

6
Foto Maria Alzamora

Algunos días llego al estudio por la mañana temprano con una idea clara en la cabeza de lo que tengo que hacer: pintar, dibujar, seguir estudiando un sueño de acero de diez metros de altura, continuar un texto en el que llevo algunos días trabajando, añadiendo algo que se me acaba de ocurrir mientras caminaba con Molly y Miss Brown, poco antes de empezar la jornada, o escribir un mail que me parece importante, pero no es frecuente. Lo habitual, cuando abro la puerta del cuarto de jugar, es tener todas esas posibilidades a la vez, por lo que antes de nada debo poner un poco de orden en el caos.

No escribo ficción. Es una manera de hablar, naturalmente, porque los textos autobiográficos son pura fantasía -eso venía pensando mientras caminaba esta luminosa mañana de principios de verano-. La única manera de transmitir verdades es contando mentiras, lo saben los poetas y lo decía V de Vendetta: “Los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos lo hacen para ocultarla”. Escribo en mi nuevo ordenador Mac, en un teclado pequeño, coqueto, acabo de pasarme de PC a Mac y he abandonado un teclado enorme, de color crema, desleído, que me ha acompañado desde el principio de la era electrónica. Sólo me obedecía a mí. Suena Another Brick in The Wall, de Pink Floyd, una y otra vez, en bucle, porque se me ha estropeado el iPod. La música me envuelve y la letra penetra en mi cuerpo por ósmosis, al ritmo sincopado de una acústica espectacular, el punteo de una guitarra eléctrica que tira de palanca, como el pianista de pedal, y unos coros infantiles brutales. Todo eso es objetivamente cierto, como la golondrina que se ha colado en mi estudio hace unos minutos y no encontraba la salida. Ha acabado acorralada entre una cortina transparente, de lino blanco, y el cristal de un ventanal. La he cogido con mucho cuidado -no es la primera vez que lo hago-, sujetándola con firmeza con las dos manos y la he llevado hasta el descansillo de la escalera metálica que da acceso al patio. He percibido su alivio cuando se ha echado a volar. Eso es mentira, no ha sucedido hoy, pero ¿qué más da?

Yo mismo he escrito una biografía, Suite Albéniz, hablando más de mí que de mi ilustre antepasado, aunque negué esa evidencia hasta hace poco tiempo. A lo máximo que llegué es a decir que había escrito una no-biografía, una expresión que ni siquiera era mía, la tomé prestada de un artículo periodístico que salió en la prensa madrileña al día siguiente de la presentación del libro, en junio de 2016. No creo en las biografías. En su autenticidad. Suite Albéniz es un libro. Punto. En uno de sus capítulos transcribo esta anotación del 14 de septiembre de 1880, del diario de viaje del joven Isaac, el que hizo a los veinte años por media Europa en busca de Liszt, a quien ansiaba conocer: “Lo que he pasado en París no he querido contarlo por no acordarme de lo mucho que he sufrido; basta decir que he estado a punto de acabar con la vida”. Ahí está la verdad que busca el autor: en lo que no está escrito.

La biografía de referencia del compositor nacido en Camprodón es Isaac Albéniz: retrato de un romántico, de Walter Aaron Clark, doctor en Musicología por la Universidad de California y profesor de esta materia en la de Kansas, un especialista en música clásica española; sin embargo, cuando acabas de leer mi libro, de ciento cincuenta páginas, estás más cerca de compositor que después de saberlo todo de él, según la versión de este ilustre académico, que ha necesitado cuatrocientas páginas para acabar su retrato.

Llevo varios meses leyendo Ludwig Wittgenstein, de Ray Monk. Aunque no entiendo nada, me tiene enganchado lo que no dice. Wittgenstein es contemporáneo de Freud y Monk apenas habla de la sexualidad de su biografiado, ni de su vida sentimental. Tampoco se detiene el tiempo que se merece en el acto más revolucionario de su vida: su renuncia, a los veintiocho años, a una herencia impresionante, que repartió entre tres de sus hermanos: Helene, Hermine y Paul, el pianista, con la única condición de que nunca se la devolvieran, bajo ninguna circunstancia. Me recuerda a Grigori Perelman, el matemático ruso que en 2010 renunció al premio de un millón de dólares otorgado por el Instituto Clay de Matemáticas, de Cambridge, Massachussetts, por haber resuelto la Conjetura de Poincaré. Grisha vivía con su madre en un apartamento pequeño, humilde, en alguna ciudad de Rusia, pero estaba enfadado con la comunidad científica por su falta de ética, después de que algunos colegas intentaran apropiarse de su trabajo. Wittgenstein pasó de ser uno de los hombres más ricos de Europa a ser un hombre pobre y se fue a dar clases en una escuela elemental de un pequeño pueblo perdido en los Alpes austríacos, llamado Trattenbach. Desde este remoto lugar mantenía correspondencia con Bertrand Russell, entonces profesor invitado en el Universidad de Pekín, y John Maynard Keynes, el economista más influyente del siglo XX. Quiero decir que Ludwig Wittgenstein sabía perfectamente dónde y con quién vivía, pero lo hizo: le tocó la lotería y renunció al premio.

The Wall es una metáfora de la sociedad capitalista a la que pertenecemos. Wittgenstein y Perelman aprendieron que es esencialmente egoísta e injusta y trataron de eludir sus efectos nocivos, que son incalculables, refugiándose en la filosofía y la ciencia, donde en algún momento se creyeron a salvo. Yo también creí que el arte era un refugio seguro. No lo es. El iPod grita Hey! Teacher! Leave them kids alone! por enésima vez, persiguiendo la misma verdad que buscaba yo esta mañana por los caminos de los alrededores del estudio. Hoy he aprendido que para acercarse a ella antes debes renunciar.

AlzamoraExpo21

Vuelvo con Wittgenstein, no con su pensamiento, que sigue siendo inescrutable para mí, sino con su entorno, que me tiene fascinado. Empezando, ya lo he dicho antes, con la increíble paradoja de escribir un libro sobre lógica, ética y metafísica -el Tractatus Logico-Philosophicus- en las trincheras de la I Guerra Mundial, a la que se alistó voluntario en el ejército austro-húngaro, participando activamente en un conflicto tan estúpido como cualquier otro. Una guerra que le enfrentó, además, al país que acabaría siendo el suyo: Inglaterra, porque murió siendo ciudadano británico.

Llego a la página 267 -es una proeza- y me encuentro con el nombre de Martin Heidegger,

San Agustín, Heidegger, Kierkegaard… no son nombres que uno espera escuchar en una conversación acerca del Círculo de Viena, a no ser como objeto de improperios. La obra de Heidegger, por ejemplo, era utilizada frecuentemente por los positivistas lógicos para proporcionar ejemplos de lo que querían decir al hablar del absurdo metafísico: lo que ellos pretendían condenar al cubo de la basura de la filosofía.

otro personaje asociado a grandes contradicciones. ¿Será la paradoja el hábitat natural de la filosofía? A Heidegger se le vincula al nazismo y a Hannah Arendt, lo que es tanto como juntar un felino y un venado en un cercado y esperar que se hagan buenos amigos. El caso es que eso fue exactamente lo que sucedió. Él era profesor en la universidad de Freiburg y ella una de sus alumnas -judía, por más señas-, y entre temarios académicos y discusiones filosóficas intimaron hasta el extremo de mantener una apasionada relación amorosa; clandestina, porque él estaba casado. Este hecho es ampliamente conocido, pero creo que no se le da la importancia que se merece, también en el terreno de las ideas. Sólo imaginándolos bailando, estrechamente abrazados, sin salirse de una baldosa, en una habitación de un hotel perdido en mitad de ninguna parte, expresando con sus cuerpos emociones que están más allá de la palabra, puedo entender que mantuvieran el contacto después de la guerra, a pesar del inmenso abismo ideológico que les separaba. El Holocausto, nada menos. Su correspondencia, con algunos altibajos, duró medio siglo, entre 1926 y 1975, año en el que ella murió. De la inmensidad de aquellos abrazos surgió aquella dependencia emocional, teñida de intelectualidad.

Tampoco hablaré del pensamiento de estos dos filósofos -a Arendt no le gustaba esa palabra; me solidarizo con ella, a mí no me gusta la palabra artista-, pero no puedo evitar pensar que a lo mejor ahí está también el germen del concepto de “la banalidad del mal”, que acuñó Hannah Arendt mientras cubría el juicio de Adolf Eichmann en Israel, en 1961. Ella siempre mantuvo que la responsabilidad colectiva debía primar sobre la individual, sin que eso cuestionara en modo alguno la culpabilidad de Eichmann, el burócrata que cumplía órdenes sin cuestionarlas, al que se utilizó también con fines políticos y propagandísticos, además de jurídicos, en la recién creada justicia universal en favor de los derechos humanos. Estos matices la enemistaron con muchos de sus colegas académicos y literarios, partidarios de apoyar sin reservas la causa de Israel. A lo mejor tuvo algo que ver el recuerdo de su antiguo profesor, convertido en amante, quizás para siempre, lo que le daba una perspectiva que los demás no tenían.

Hannah Arendt escribió profusamente sobre el totalitarismo, Martin Heidegger trató de justificarlo, como Unamuno, pero fueron aquellos encuentros clandestinos entre dos cuerpos acariciados por la brisa, que entraba por la ventana abierta, meciendo las cortinas, vaporosas, de muselina, los que contribuyeron a configurar la personalidad de ambos y, por consiguiente, la de su obra, porque en los artistas -no encuentro otra palabra- vida y obra se confunden.

El mal existe, vivimos rodeados de gente que justifica los excesos del totalitarismo y de líderes que tratan de blanquearlo, no hace falta remontarse a mediados del siglo XX. El amor también.

En el principio fue el verbo, nadie sabe qué verbo.

sillas 8

Hace muchos años, en el complicado período que va de la adolescencia a la juventud, acuñé una frase -apuntaba maneras, pero era exagerado y romántico hasta la exasperación- que decía así: “Prefiero morir en la calle que vivir prisionero de mis miedos”. Era sólo eso, una decena de palabras que mostraban más fragilidad que fortaleza. Intentaba infundirme ánimos, como ahora, con la pandemia coleando. Cuando la escribí, no sé dónde, quizá sólo en la memoria, acababa el colegio o empezaba una carrera universitaria, corría en moto, leía El lobo estepario y Rayuela, Hesse y Cortázar, quería salir de la ciudad, vivir en el campo, pensar distinto, ser poeta -a mi manera, sin palabras-, quería vivir.

player ByN

Es desconcertante. El confinamiento le ha robado la primavera a un buen amigo mío, escultor, que ha sufrido una mala versión del virus, mientras que la gente que vive en grandes ciudades la ha descubierto en su ciudad, para su sorpresa, con la alegre algarabía de los pájaros y la belleza de los parques sin jardineros municipales. Los que vivimos en el campo la hemos disfrutado cada día, cada minuto, exultante, pero sin voces, sin coches -hay un rumor incesante que proviene de autopistas y carreteras, imperceptible, pero no tanto como creíamos-, sin bicicletas y sin aviones surcando el cielo. Hemos descubierto un poco avergonzados que la naturaleza se las arregla perfectamente sin nosotros. De hecho, es más feliz. Ahora ha vuelto el ruido y estamos a las puertas del verano, pero nadie lo diría. Llueve y es una sensación otoñal. Dios se ha equivocado de paleta, ha perdido la de Matisse y ha cogido la primera que ha encontrado, una de Corot, gris. Y ha vuelto el fútbol. En silencio.