AlzamoraExpo3
Espai Volart2, Fundació Vila Casas, 2016

Construir un país –conciencia de país, quiero decir, lo que parece aún más importante que la propia construcción física o material– prescindiendo de la memoria y de su constante actualización y revalorización, es una operación condenada al fracaso. Hasta que no tengamos claro quiénes han sido nuestros escritores, pintores, escultores, músicos, científicos y humanistas, hasta que no tengamos mínimamente asimilado todo este bagaje patrimonial de la tradición no podemos aspirar a casi nada, entre otros motivos porque tampoco tendremos claro quiénes lo son ahora. (Àlex Susanna, Libro de los márgenes).

Una de las tesis de Suite Albéniz es que culturalmente somos un país pequeño y acomplejado que mira al exterior embelesado y es incapaz de valorar lo que tiene cerca. No sabemos lo que tenemos.

España, a pesar de lo que le cuesta modernizarse intelectualmente, conoce bien a Cervantes, Inglaterra a Shakespeare y Alemania a Goethe, mientras que Cataluña, inmersa en un formidable proceso de reivindicación nacional, podría esgrimir con orgullo a Ramon Llull, un referente intelectual europeo de primer orden, pero le cuesta hacerlo porque no lo conoce. No basta con dar su nombre a calles, plazas, institutos y universidades.

Yo he propuesto una aproximación a la obra de Ramon Llull desde la pintura y la escultura, para entrar en su universo de una manera fácil, y funciona. Lo que no funcionó, cuando lo presenté en forma de exposición en la Fundación Vila Casas en 2016, con motivo del séptimo centenario de su muerte, fue la gestión del proyecto. Insistí mucho en que la universidad estuviera presente, porque es el escenario natural de Llull, pero la Universitat Pompeu Fabra no se implicó, más allá de la inauguración de una escultura en su campus de la Ciutadella y unas fotos con el Conseller de Cultura de la Generalitat. La única excepción fue el texto de presentación del catálogo, firmado por Amador Vega, que dio también una conferencia -magnífica-, un día cualquiera de junio. Pero fueron actos aislados. El rector no puso los pies en el Espai Volart, ni los alumnos, que estaban de exámenes, ni los comisarios, de uno y otro lado (fundación y universidad), y no se organizaron mesas redondas, debates ni actuaciones musicales. Y la exposición no itineró, como estaba previsto. No completó el itinerario Llull: Mallorca, Barcelona, Girona, Montpellier y París, pasando probablemente por Céret. Tampoco viajó a la Universidad de Freiburg, en Alemania, donde está la única cátedra del mundo que se dedica al estudio minucioso de la obra del sabio mallorquín, ni se expuso en el Yorkshire Sculpture Park, como hubiera sido mi deseo.

Con Albéniz y Granados, ¡más de lo mismo!

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