Aunque parezca difícil de creer, el colegio al que fui durante la mayor parte de mi infancia y adolescencia no dejó ninguna huella indeleble en mi personalidad, al menos no de manera significativa. Es una afirmación temeraria, lo sé, porque tiene un considerable margen de error, es imposible adivinar qué hubiera pasado si en lugar del Instituto Técnico Eulàlia hubiera sido La Salle Bonanova, pero ése es mi sentimiento y me atrevería a hacerlo extensivo a la mayoría de la gente que me rodea. Nunca, que yo recuerde, he pensado: “Mira, éste se ha educado en los Jesuitas, se nota enseguida”, o esta chica tiene el sello inconfundible del Colegio Alemán, o del Liceo Francés, o del Virtelia. Otros, observadores más sensibles y perspicaces que yo, serán capaces de sacar conclusiones determinantes sobre el carácter de sus amigos o conocidos en función de la escuela donde estudiaron, yo no. El sistema imprimía carácter, la escuela no. El franquismo, por ejemplo, me hizo inmune a la retórica conservadora; el colegio, en cambio, religioso o laico, permeabilizaba, porque su función primordial era integrar el sujeto al rebaño y encerrarlo en una cerca. Claro que había algunas excepciones y muchos matices, algunos importantes, pero después de darle muchas vueltas a lo máximo que he llegado es a distinguir entre escuela pública y privada, a partir de ahí todas las escuelas públicas se parecen y las privadas también.

Reflexiones como ésta, expresadas en voz alta, suelen soliviantar a mis interlocutores, para los que el deseo de pertenencia es esencial, pero tengo la sensación de que cuando defienden su colegio lo que hacen es alienarse en una categoría social, más allá del nombre de la institución. Pero no es de esto de lo que quería hablar.

Durante todos aquellos interminables años -la etapa escolar es la más larga de mi vida, parecía no acabar nunca- tenía que cruzar media Barcelona para llegar al colegio. Eso sí me marcó. Yo vivía en el Ensanche, hoy L´Eixample, en la calle Lauria, ahora Roger de Llúria, y cada mañana caminaba dos manzanas y media hasta una parada de autobús en el Paseo de Gracia, esquina Mallorca, donde cogía el 22 y pasaba cuarenta o cincuenta minutos mirando sin ver por la ventanilla, mientras subíamos por Mayor de Gracia, hoy Gran de Gràcia, hasta plaza Lesseps, luego enfilábamos la Avenida República Argentina, la calle Craywinckel, el Paseo San Gervasio, el Paseo de la Bonanova, la plaza Sarriá, hoy Sarrià, y unos metros más allá, por fin, llegábamos a la calle Reina Elisenda de Montcada, donde estaba mi colegio: imponente, majestuoso y temible. Ahí sigue, inasequible al desaliento. Soñaba con que en República Argentina el autobús tuviera un grave percance, del que saldríamos todos milagrosamente ilesos, y me hicieran regresar al centro de la ciudad, pero eso nunca sucedió.

Mi colegio era mixto, pero segregado, ellas tenían su propio edificio y apenas coincidíamos. Entrábamos a las nueve y las chicas salían a las seis de la tarde, mientras que nosotros lo hacíamos a las siete, para no confraternizar. Por la mañana estábamos tan dormidos que se nos olvidaba hacerlo. El único día que salíamos a la misma hora era el sábado, a la una del mediodía. O sea que debía de ser sábado. Yo iba con mi amigo Eduardo, que vivía cerca de casa. La nuestra fue una amistad forjada en transportes públicos; merecería un capítulo aparte, porque fue importante para mí. Encontramos asiento delante de la plataforma intermedia, donde se abría una doble puerta de bajada, con un silbido característico, como de aire comprimido. La vimos entrar y sentarse tres o cuatro hileras más adelante, era la chica -apenas una niña, como nosotros- que nos gustaba a todos. Aquel día la habíamos visto, porque uno de los poquísimos lugares donde nos encontrábamos los dos sexos era en misa de nueve, los sábados. Yo la miraba, con el altar por en medio, con la devoción que debería haber reservado al Altísimo, pero no había color, aquella chica era preciosa.

En el autobús repetimos el único rito sexual que conocíamos: la mirada, pero sin el altar por en medio nos sentimos expuestos y Eduardo y yo bromeamos, nerviosos, mientras ella permanecía impasible, como una reina. Pasado un cuarto de hora se levantó y se dirigió a la plataforma, ¡hacia nosotros! Se llamaba Teresa y era preciosa, ya lo he dicho. Se puso delante nuestro y Eduardo se removió, inquieto, era muy nervioso, mientras yo, que era muy tímido, la miraba y no la miraba, embobado. Ella nos ignoró, se giró y miró por encima de un mar de cabezas, en dirección al conductor, y dijo en voz alta e inesperadamente ronca: “¡Parada!”. Eduardo la imitó, con voz más ronca aún, “¡Parada!”, y se rió un buen rato, pero ella hacía otro tanto que había abandonado el vehículo. Yo estaba catatónico, nunca había estado tan cerca suyo. ¿Me vio? Me parece que no, a pesar de que era muy rubio y en aquella época éramos raros. Recuerdo sus facciones como si la tuviera delante, y ha pasado más de medio siglo. Su pelo era oscuro, brillante y lacio, las facciones regulares, bien dibujadas, los ojos también oscuros y la mirada profunda, madura para su edad, y sus labios eran perfectos, su boca parecía cincelada por un artista del Renacimiento. Ella estaba a un metro de distancia, observada por dos rapaces inseguros y ávidos de no se sabe qué, y miró por encima de aquel mar de cabezas en dirección al conductor. Visto con perspectiva, me parece que fue la primera de una larga lista de oportunidades perdidas.

Otro día, al atardecer, era oscuro, debía ser invierno, Eduardo y yo estábamos de pie en la misma plataforma donde había estado ella, hablando de la amistad. Fue una de estas conversaciones profundas que tienes a los catorce años, si tienes la suerte de tener un amigo como Eduardo y un trayecto interminable en el 22. De pronto oímos una voz a nuestra izquierda: “¿Vosotros debéis ser muy buenos amigos, verdad?”. Nos giramos para ver a la persona que nos interpelaba, un fraile de poblada barba gris y sonrisa acogedora. “Sólo los buenos amigos hablan de la amistad como lo estabais haciendo vosotros”. Era verdad. No se nos había ocurrido. En aquella época, a mediados de los años sesenta, no era extraño ver hábitos religiosos, sobre todo curas con sotanas de botonadura interminable y monjas, todos de negro, excepto la toca de las religiosas, que era blanca, pero el hábito de los frailes capuchinos, o franciscanos, que no sé si es lo mismo, era marrón, con cuerda en la cintura y capucha, y llamaba la atención. Se llamaba padre Daniel y entendí que era el que mandaba en su convento. Charlamos un buen rato, no recuerdo el contenido de la conversación, pero sí que pasamos por alto la diferencia de edad y tuvimos una conversación que fue enriquecedora para todos. Bravo por el padre Daniel. Incluso aceptamos su invitación a visitarle en el convento, olvidando por un momento que no teníamos control alguno sobre nuestras vidas, pero fue hermoso suponer que sí, que cualquier día nos acercaríamos por allí y preguntaríamos por él, como buenos amigos. También en esta ocasión la oportunidad pasó de largo; pero, como en el caso anterior, fue tan bello y tan intenso que nunca lo he olvidado.

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