Porta de Llull

Dejar de ser pintor y escultor, después de tantos años, es morir un poco y esta circunstancia me ofrece la oportunidad de ver lo que sucede a continuación, una vez acabada la ceremonia de despedida, cuando la gente se dispersa entre sonrisas, palmadas en la espalda y alguna que otra lágrima. La huella de mi paso por el mundo del arte va tomando forma. Lo primero que he aprendido es que es una pisada leve, por más que haya puesto el alma en ello. El tiempo dirá si esta huella permanece visible, petrificada en la lava, o desaparece barrida por el viento.

La escultura pública es más difícil de dejar. Su coste, logística y la calidad de las personas que validan estos ambiciosos proyectos –normalmente políticos con poca o ninguna experiencia en arte o, lo que es peor, expertos en arte contemporáneo–, hacen que pocas de estas obras vean la luz. A los escultores nos definen más los proyectos que las realizaciones.

The Wall, que estuve a punto de hacer en el litoral valenciano –el lugar que me propusieron no me pareció adecuado y cuando propuse un cambio de localización el interés del alcalde se enfrió con la misma rapidez con que se había encendido–, duerme el sueño de los justos, como L’escala de l’enteniment, en sus dos versiones: la que preparé para Mallorca, a petición del comisariado del Any Llull, y la que maqueté a tamaño natural en la exposición de la Fundació Vila Casas en 2016 (hay una versión instalada en el campus de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona). La primera languideció, no encuentro otro adjetivo, mis interlocutores dejaron de responder a mis mails cuando se acabó el Any Llull y se disolvió el grupo de trabajo creado para gestionarlo. Suele pasar. La Porta de Llull aparece una y otra vez en mis sueños, y también su versión «californiana», The Door of Perception, dedicada a Aldous Huxley. No han tenido ninguna oportunidad, a pesar de mis esfuerzos, y viven en las páginas de Elogio del fracaso, un manuscrito de título premonitorio que trato de publicar.

Lo mejor de mi trabajo es lo que no he hecho.

A Jorge Oteiza, después de ganar bienales internacionales y premios nacionales, le ofrecieron muchas exposiciones comerciales donde vender en pequeño formato lo que no era capaz de realizar en grande, pero se negó a entrar en el juego perverso del mercado “porque ya había dicho lo que tenía que decir”. Era un hombre valeroso.

La mayoría de artistas que conozco tienen un momento prometedor, otro brillante y un tercero aburrido. Picasso brilló con el Retrato de Gertrude Stein y el Guernica, antes de pintar compulsivamente mosqueteros, de Clavé deslumbran sus Reyes, el mejor Tàpies es el matérico, hay un Miró antes y después de las Constelaciones y El carnaval del arlequín y así sucesivamente, lo cual me hace pensar que nos hemos equivocado de perspectiva, deberíamos centrarnos en las obras y no en los autores, pero el mercado se vendría abajo.

Hace años que sospecho que la experiencia no es una garantía de calidad. Miguel Ángel esculpió La Pietá a los veinticinco años, la misma edad que tenía Orson Welles cuando rodó Ciudadano Kane. No existe el arte joven, por la misma razón que no existe el arte viejo; el arte aparece cuando hay excitación y riesgo. Es algo que pasa.

Chillida es un caso aparte. En todo caso es mi caso aparte. Era un artista honesto que en un momento de su vida se vio atrapado por el éxito y entonces persiguió un sueño inalcanzable, en la convicción de que la utopía era posible. Tindaya tenía que ser viable porque lo que él buscaba era lo que el hombre desechaba. En las canteras el producto es la piedra, para Chillida era el aire, sólo había que ponerse de acuerdo. No lo consiguió, pero mantuvo la brillantez creativa hasta el final de sus días y de esta manera evitó el aburrimiento de la repetición.

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