En un lugar muy hostil, los ju/´hoansi trabajan unas 15 horas semanales y pasan la mayor parte de su tiempo haciendo tareas domésticas o dedicándose al arte, tal como hacían nuestros antepasados.

James Suzman, antropólogo sudafricano, entrevistado por Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, no vive en el Kalahari, Namibia, como sus admirados ju/´hoansis, sino que lo hace en Cambridge, Inglaterra, y su economía está lejos del esfuerzo inmediato, propia de esta sociedad de cazadores-recolectores. La vida de estas sociedades, en algunos casos inalterada durante los últimos 100.000 años, según el autor, no es ni ha sido nunca salvaje ni corta, ni desagradable, como nos han contado o nos quieren hacer creer. La que nosotros conocemos, en cambio, basada en la explotación del hombre por el hombre y en la propiedad privada, no es mejor. Atesoramos ingentes cantidades de cosas que no necesitamos y, si se presenta la ocasión, compramos una porción del planeta, que está en venta. Esencialmente, no somos mejores que ellos. Esta ha sido la primera vez que leyendo una Contra de La Vanguardia he sentido la necesidad de sugerir que la frase destacada, con la que abren siempre las entrevistas, no sea del entrevistado, como sucede en el 100% de las ocasiones, sino de la entrevistadora: “¿Cuándo empezamos a equivocarnos?”.

Para los ju/´hoansi el arte es una manera digna e interesante de pasar el tiempo. Nada más, y nada menos.

La abuela de Suth incorporó el teléfono a su vida en la edad adulta y lo utilizaba como un aparato militar de alta tecnología; le infundía respeto. Lo colocó en el descansillo de la escalera, pegado a la pared, en un lugar de paso que no invitaba a largas conversaciones. Sus llamadas eran legendarias: “Salgo”, “Vengo”, “Neil está aquí”; ni saludos ni despedidas, ni un sencillo “¿Cómo estás?”. Si se lo preguntaban a ella, lo ventilaba con un seco “Bien” y colgaba, no añadía “Cambio y Corto” de milagro Su generación todavía estaba digiriendo el ferrocarril. Entraban en la era de la velocidad. La de Suth, por su parte, en la década de los sesenta contempló embelesada las secuencias de 2001 Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, en las que los astronautas hablaban con sus familias y en el monitor aparecían sus imágenes en tiempo real. Aquello era el futuro, en su casa tenían teléfonos de baquelita. Hoy, cualquier niño con un móvil sencillo hace eso mismo sin pestañear. ¿Qué será lo siguiente? ¿El espacio-tiempo? Es inquietante, no tanto por la velocidad con la que se suceden estos cambios portentosos, sino porque no nos hacen más inteligentes, ni más sensibles, ni más creativos, ni mejores personas.

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